Juan A. Mateos
El Escritor
En líneas anteriores ya hemos manifestado el paralelismo que existe en los trabajos de Mateos como periodista y como escritor. Al mismo tiempo que sus preocupaciones políticas dieron nacimientos a diversos artículos para la prensa periódica de México, también sus inquietudes literarias se manifestaron a través de poemas, dramas, novelas y diversos escritos, a que ahora paso a referirme.
Al mismo tiempo que se conocen sus artículos políticos en 1856 en las páginas de El Monitor Republicano, también salieron a la luz pública sus poemas que, del año mencionado en 1875 suman una buena cantidad; algunos de ellos fueron publicados en dos libros de versos que tituló Paginas de Juventud y Romances y Leyendas aparecidos en el año de 1875 bajo el rubro prestigioso de la imprenta de Ignacio
Cumplido,[6] a estas publicaciones se puede añadir la titulada El General Porfirio Díaz en las Batallas de Oriente que apareció en 1888, integrándose la publicación a través de ocho romances en verso, escritos por Mateos, en virtud de encargo especial de Ignacio María Escudero, Presidente de la Asociación Mutualista Militar. El libro fue dedicado a la esposa del General Díaz indicándosele en la dedicatoria que era una narración poética de hechos bélicos y que se publicaron en el siguiente orden: 5 de Mayo; San Agustín; La Evasión; La Revancha; el 2 de Abril; San Lorenzo; El Sitio de México y Epílogo.
Algunos de sus biógrafos indican que después de la guerra de Reforma es cuando se dedicó con mayor entusiasmo a la literatura, comenzando a escribir sus
interesantes novelas históricas y para el teatro.[7] Respecto a esta última materia, tenemos la primera noticia cuando el 27 de enero de 1861 en compañía de Vicente Riva Palacio obtuvo un espléndido triunfo literario por el drama Odio Hereditario estrenado en el Teatro Iturbide, según la noticia que publicaron algunos periódicos de
la ciudad de México.[8]
Sobre su trabajo teatral se ha referido un acucioso periodista con motivo de su trabajo sobre Mateos de José Guadalupe Zuno Hernández; aludiendo a los primeros pasos dados por nuestro biografiado en materia teatral: «Veía al teatro, pues, con el prestigio de ser uno de los más fervorosos combatientes de la Revolución de Ayutla, y defensor de la Reforma Juarista. Su producción dramática, a partir de Odio Hereditario, es fecunda, abundante, una veces en colaboración con Riva Palacio, y otras él sólo. Borrascas de un Sobretodo, El Incendio Del Portal de Mercaderes, La Ley del Uno Por Ciento, fueron dramas que se estrenaron inmediatamente después, en el propio Teatro Iturbide, suscritos por ambos, o sea por Juan A. Mateos y Vicente Riva Palacio»
«Así comenzó lo que llamó la crítica de entonces la gran ofensiva teatral de los dos militares y escritores. Luego vendrán El Abrazo de Acatempan, La Hija del Cantero, La política Casera, Temporal y Eterno, La Catarata del Niágara, El Tirano Doméstico y otras más en las que recogían asuntos nacionales, políticos y costumbristas, que alcanzaron aplauso unánime».
«Mateos escribió también, él sólo, obras teatrales de diversa índole: zarzuelas como la Revista de Guante Blanco con música de José Austri y El Sueño de un Loco, con música de Jordá, comedias como Los Grandes Tahúres, La Muela del Juicio, Luna de Miel, La Calle de Enmedio, dramas como La Monja Alférez, La Muerte de Lincon, Los Dioses se van. Se le recuerda no sólo por su fecundidad, su tremenda facilidad para escribir, sino por su propósito de crear un teatro nacional, con asuntos y
problemas de todas las clases sociales, costumbres y sucesos históricos…»[9]
Algunas de las obras teatrales tratadas con antelación fueron publicadas en un tomo por Mateos y Riva Palacio con el nombre de Las Liras Hermanas que apareció en 1871 con el pie de imprenta de F. Díaz de León y S. White; Las Liras Hermanas contuvieron Odio Hereditario, La Policonomanía, La Hija del Cautivo, Temporal y Eterno; Borrascas de un Sobretodo; Martín el Demente y La Catarata del Niágara.
Al año siguiente, en junio de 1872 se puso en escena su comedia El Novio Oficial.
[10]
Fue autor también de las obras teatrales La Huelga, Los Dioses se van, El Otro y Ave Negra esta última estrenada en el Teatro Principal de la Ciudad de México en
1881.[11]
Pluma infatigable que incursionó en el periodismo con gran renombre, incansable y fecundo escritor cuya obra teatral bosquejada apenas, lo eleva a un sitio privilegiado en los anales de la historia del teatro; siempre buscando en el artículo, en el poema o en la comedia, un sentido, una perspectiva característica de nuestro siglo diez y nueve: el espíritu nacional, estructurado y proyectado con sentido político, económico y social.
Autores nacionales y extranjeros han referídose a su obra escuetamente, Luis Alberto Sánchez lo señala dentro de una época vigorosa y fecunda para la novelística mexicana diciendo al respecto: «Aparecen una serie de relatos sobre la invasión francesa por Juan A. Mateos, autor de El Cerro de las Campanas lugar donde fue liquidado el efímero Imperio de Maximiliano, Mateos noveló al cura Hidalgo en sus Sacerdotes y Caudillos; a Morelos en Los Insurgentes, donde figura también Iturbide,
y a Porfirio Díaz en [12] La Majestad Caída. »
Carlos González Peña al estudiar la literatura nacional del siglo diez y nueve señala que: «La novela histórica, que gozó de especial boga, tuvo numerosos cultivadores. Entre ellos resalta D. Juan A. Mateos, escritor prolijo y sin estilo, bien que sus principales novelas El Sol de Mayo, Sacerdotes y Caudillos, Los Insurgentes, Sor Angélica, Los Dramas de México escritas entre 1868 y 1887, tengan cierto valor
histórico por su documentación.»[13]
Además de las mencionadas novelas, escribió otras muchas, demostrativas de un gran talento, y una fecundidad sin límites.
Quisiera opinar someramente sobre todas y cada una de ellas, pero los límites naturales de las presentes páginas lo impiden, además del obstáculo principal consistente en la carencia, por todos los conceptos deplorable, de las obras de Mateos en las bibliotecas de nuestra ciudad.
Su obra titulada Memorias de un Guerrillero no solamente tiene la característica de la novela de la época, sino el acopio numeroso y cierto de fechas, lugares, nombres y descripciones, tan importantes para el conocimiento de aquellos años, de situaciones que no pueden constar en las páginas de los libros de historia pero que, de sumo interés, se sirvió el escritor para incluirlos en sus novelas; trabajos o capítulos más bien, nacidos de una pluma testiga y participante en casi todos los hechos que incluyó en sus relatos.
Memorias de un Guerrillero comienza relatando el triunfo de la Revolución de Ayutla en la ciudad de México, la acogida a la Revolución por los estudiantes y hombres destacados en su pensamiento progresista; todo un conjunto vivido y vivido, más en la novela que en la historia, siendo esta última, materia esencial de la primera.
En las páginas de Memorias de un Guerrillero lucen los sucesos históricos: el gobierno del General Juan Álvarez; el ámbito en que se expidió la Ley de Administración de Justicia (Ley Juárez); el levantamiento reaccionario de Puebla en el año de 1856, el Congreso Constituyente, el Plan de Tacubaya, y los múltiples acontecimientos gloriosos de la Guerra de Reforma, que integran las páginas de ese libro, emotivo y plagado en detalles de gran interés como la reseña de los acontecimientos que tuvieron desenlace fatal el 11 de abril de 1859, en que asesinaron a su hermano, y cuyos siguientes párrafos corresponden a aquel acontecimiento: «El rencor de los clérigos y la piedad de unas cuantas mujeres, convierten en delirio homicida el regocijo de la victoria.
El jefe se lanzó una mirada irónica de compasión, y se sonrió ligeramente.
Una nueva escolta llegó a la puerta.
Apareció otro oficial, y la voz que había pronunciado los primeros nombres, volvió a hablar:
Agustín Jaúregui, Santiago Ortega, José María Sánchez, Antonio Contreras, Alberto Abad, Quintín Duval, MANUEL MATEOS… —¡Presente! dijo Manuel, con voz de trueno. ¿Es usted hermano del escritor Juan A. Mateos? —Sí: es mi hermano. ¿Y del coronel Miguel Mateos, que está con los latrofacciosos? Sí; es mi hermano. ¿Y del licenciado José P. Mateos, que acaba de escapar de Tepic, del poder del General Lozada? Sí; es mi hermano. —Buena familia —dijo con ironía el oficial.
—Mi padre dijo Manuel peleó por la Independencia; hemos heredado su sangre. —¡Basta! gritó el oficial pasen a las filas. —¡Adelante! exclamó Manuel, y siguió resuelto.
Un joven, o digamos mejor, un niño, el poeta Juan Díaz Covarrubias, practicante de medicina, levantó, para ver a Manuel, sus negros ojos dilatados por el espanto, diciéndole con tono doliente: ¿Tú también hermano mío? ¿Será posible? ¡No, Manuel, Manuel! Yo estoy soñando aún. Espera… —dijo Manuel— haciendo un signo de silencio, sin aparta, la vista del hombre que nombraba a los prisioneros. El joven al escuchar su nombre, tendió los brazos para buscar un punto de apoyo y encontró la vigorosa mano de Manuel, que se adelantó a sostenerlo».
Aquellos fueron los prolegómenos de la matanza del 11 de abril, consumada por disposición del tigre Leonardo Márquez en los seres inocentes, siendo la pasión política brazo del verdugo que escribió las páginas dramáticas de aquella fecha y llevó a la inmortalidad a Los Mártires de Tacubaya.
Memorias de un Guerrillero concluye en principios de 1861 cuando volvió a la ciudad de México, vencedor y triunfante el ideal democrático, el Licenciado Benito Juárez.
Antes de proseguir, cabe concluir también una opinión de uno de sus contemporáneos, del famoso político y escritor Vicente Riva Palacio, a cuya bien cortada pluma pertenecen los siguientes párrafos:
«En la prensa, en la tribuna, en el teatro, en el periodismo, en la leyenda, en el poema, en la poesía lírica, en todas partes nos encontramos con Juan Mateos. ¡Vaya si ha sido trabajador!
Su nombre, como literato, es conocido en toda la república, y apenas habrá un rincón en nuestro país en que no haya penetrado alguna de sus obras.
Mateos tiene un talento claro, una imagen ardiente, una facilidad extraordinaria para escribir, y es fecundo como una sardina y atrevido como el primero que comió zapote prieto; pero escribe mucho y lee poco. Es una planta que necesita poco riego, y toma su alimento de la atmósfera que le rodea.
Tiene Juan Mateos, como autor dramático y como novelista, el gran mérito de haber intentado crear la escena nacional: alguna vez se ha atrevido, mas que a presentar en el teatro las costumbres de la clase alta de nuestra sociedad, a llevar a él a personajes escogidos entre los hombres del campo, exhibiendo en el palco escénico los tipos del guerrillero y del labrador.
El público recibió con aplausos esa novedad: indudablemente aquel hubiera sido el principio de una nueva era para nuestra escena, si por desgracia Juan no se hubiera encontrado con un obstáculo que es casi insuperable, que hará abortar todas las tentativas que se hagan para formar un teatro nacional, y que nos obligara a no ver representadas mas que comedias españolas o dramas traducidos del francés.
Mateos, luchando contra todos estos obstáculos, ha conseguido ver representadas sus obras y estar ya reconocido, entre nosotros, como autor dramático y a salvo de los escollos con que tropieza el poeta novel y desconocido.
Como novelista, Mateos ha logrado no sólo renombre sino provecho. Un literato en México vive con mucha dificultad de su pluma, porque si no alcanza un buen lugar en la redacción de un periódico, la publicación de sus trabajos, aun cuando pueda conseguirla a costa de heroicos sacrificios, le produce pocas ganancias; y Mateos ha vendido bien todas sus obras, teniendo relativamente un extraordinario número de suscriptores.
El Sol de Mayo, El Cerro de las Campanas, Sacerdote y Caudillo y Los Insurgentes, pertenecen a la novela histórica; y no pocas veces, datos que en publicaciones serias relativas a la historia del país no pueden encontrarse, se hallan en algunas de las novelas de Mateos.
Para escribir cualquiera de ellas, ha sacudido su indolencia y ha buscado y encontrado la manera de referir los acontecimientos públicos más notables, enlazándolos con la ficción del argumento de una manera fácil y natural.
El carácter y las costumbres de algunos de nuestros hombres distinguidos, están mejor pintados en los libros de Mateos que en muchas de las biografías que de ellos se han escrito.
Juan es perezoso porque tiene la facilidad para comprender y para escribir. En la tribuna, cuando no convence, alucina, o por lo menos agrada: tiene siempre una extraña novedad en sus frases y en sus giros y es difícil encontrarle un plagio porque no ha ido a beber la inspiración a extraña fuente. Los hombres que han leído mucho, son plagiarios sin quererlo y sin comprenderlo; el que vuelve a apagar un incendio huele a humo, y él sin embargo juraría que no, aunque todos lo sientan a diez metros de distancia.
No diré que Juan Mateos sea un gran orador, porque un orador perfecto, o al menos con pocos defectos, que se acerque siquiera al modelo que de él nos presentan los maestros, o al ideal que tenemos formado, seguramente es muy difícil encontrarlo; pero orador en el sentido de meditar más o menos una cuestión, y, ocupando la tribuna, expresarse con facilidad y casi con elegancia y hacer un
discurso, sí puedo decir que Juan Mateos es orador».[14]
Continuando el bosquejo sobre el novelista, ahora paso a referirme a su trabajo intitulado El Cerro de las Campanas y cuyo tema central fue la guerra de intervención francesa, desde los momentos mismos en que cayó Puebla hasta el detalle circunstanciado de la caída de Querétaro, el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía y la toma y capitulación de la plaza de la ciudad de México por las fuerzas del General Porfirio Díaz.
El Cerro de las Campanas puede considerarse una continuación de Memorias de un Guerrillero ya que el relato de principio en mayo-junio de 1863 reseñando con visión histórica los momentos trágicos en que el gobierno constitucional presidido por el licenciado Benito Juárez abandonó la ciudad capital en compañía de los funcionarios civiles más destacados y parte del ejército republicano rumbo a San Luis Potosí.
Las cualidades de las novelas de Mateos señaladas en líneas anteriores por Riva Palacio, encajan perfectamente en El Cerro de las Campanas por sus datos precisos y detallados de situaciones que no figuran en los libros históricos que se han ocupado de dicha época.
Infinidad de acontecimientos llenan las páginas de esta obra de Mateos, basta conocer los años a que se refirió: de 1863 a 1867, para comprender el cúmulo de noticias en la trama de la novela propiamente dicha.
Como escritor, Juan A. Mateos tuvo una excelente capacidad para escribir sobre los hechos históricos, y así como hizo referencia en sus obras a los hombres de la Independencia, de la Reforma y de la Intervención, su existencia, y fecundo talento le dio oportunidad solemne de escribir sobre la Revolución de 1910, tema central de su novela La Majestad Caída integrada bajo los siguientes rubros: El Centenario; La Primera Chispa; Viento de Fronda; El Hombre y la Sombra; El Mar que se Encrespa; El Alpha de la Revolución; El Destino; Duelos y Quebrantos; Las Olas Altas; El Nudo Gordiano; Ciudad Juárez; En la Boca del Cráter; La Última Noche y finaliza el libro con el capítulo titulado Adiós.
Párrafo final, emotivo, que envuelve aquellos momentos en el lienzo de la tragedia porfirista, es el siguiente:
«Treinta y cinco años de omnipotencia, de embriaguez cesárea, de incienso cortesano, de ilusiones, de popularidad, de halagos de la suerte que lo hizo temido y opulento, se abismaban en la abstracción, para no dejar visible sino al joven patriota, que sin más riquezas que su haber de soldado, sin más ambición que las caricias de la gloria, soñaba con las ilusiones de la edad, durmiendo al raso en el lecho que le ofrecían los campos de batalla. Absorto en esa vuelta hacia el pasado, volvió a caer en el sopor, y su sueño fue dulce, dilatado y profundo. Al día siguiente, pálido de emoción y con la cabeza descubierta, dirigió un adiós a la multitud que lo acompañaba hasta la orilla del océano. Volvió la vista y contempló la bandera tricolor y lanzó un gemido; sus ojos se llenaron de lágrimas, oyó el estampido de los cañones y la marcha nacional; recordó su grandeza de ayer y casi demente se lanzó a la barca que lo llevó a bordo del “Ipiranga” que se balanceaba en las ondas encadenadas de la bahía. Se asió de la borda del buque, porque ya no podía sostenerse, presa de la agitación nerviosa que lo subyugaba, sacudió su blanco pañuelo y dijo un adiós a la tierra mexicana. El hombre de los nervios de acero, sintió penetrar en sus entrañas el más horrible de los dolores. El “Ipiranga” viró de bordo y se entró en las soledades del océano. Sus olas, poco antes agitadas, se habían calmado; el sol asomando por encima de un grupo de pardas nubes, lanzaba su áureo rayo sobre la nave. Callaban los rumores del golfo, que al sentir sobre sus lomos el peso de aquella nave, lanzó un grito terrible que se cirnió sobre el océano y se perdió en las inmensidades del cielo.
¡Paso a la majestad caída!».
Cuadro tan humano señala a su autor cierto en la historia y benigno con el vencido: gran soldado de la Reforma, equivocado gobernante que cayó bajo el impulso de una nueva época.