Juan A. Mateos

Juan Antonio Mateos · Capítulo 3 de 27

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Juan A. Mateos

El Periodista

La ciudad de México fue la cuna de Juan A. Mateos cuyo primer latido se produjo el 24 de junio de 1831 en los brazos de sus padres Remigio Mateos y Matilde Lozano.

Inició sus estudios en la escuela del profesor José María Rico y los continuó en el Colegio de San Gregorio, viéndose interrumpidos por las pasiones políticas, por los rencores de los reaccionarios hacia los liberales, y su padre, hallándose en las filas de los últimos, no pudo escapar a sus represalias; liberal ancestral desde entonces conoció las pasiones de la lucha ideológica que se planteaba en el concierto nacional y a la que Mateos entraría poco después, ungido de una pasión cívica.

Por efectos de la invasión norteamericana, se trasladó a la ciudad de Toluca para continuar sus estudios en el famoso y prestigiado Instituto Científico y Literario del Estado de México, donde trabó conocimiento con alumnos destacados que posteriormente constituyeron una generación valiosa en la vida pública del país; en aquella institución recibió cátedra del insigne republicano Ignacio Ramírez, no siendo raro por tanto que le hubiese heredado conceptos radicales que en años próximos fueron escritos o pronunciados en el Congreso de la Unión; lecciones bien aprendidas

que en la situación obligada fueron aplicadas.[1]

Fue uno de los alumnos que más destacaron durante los estudios que realizó en el centro educativo de la ciudad de Toluca en compañía de su hermano Manuel, éste, que fuera inmolado por los esbirros de Leonardo Márquez el 11 de abril de 1859 en Tacubaya, siendo uno de los mártires que conoce la historia. Los documentos del Instituto del Estado de México dan fe del brillante paso por aquellas aulas del joven Mateos, cuyo nombre apareció prominente en la ceremonia solemne de la distribución de premios que se verificó el 1.º de diciembre de 1848 junto con Mariano Arizcorreta, su hermano Manuel y Gumersindo Mendoza como alumnos distinguidos; aquella fecha no fue una más, sino que se distinguió en virtud de que era la primera vez que se efectuaban exámenes públicos; fue también sustentante distinguido del plantel en 1850 junto con los alumnos Joaquín M. Alcalde e Ignacio M. Altamirano, entre otros; igual circunstancia concurrió en su persona en el examen público con obtención de premios en la ceremonia de fin de cursos del 12 de diciembre de 1851 junto con los alumnos Mariano Arizcorreta, Gumersindo

Mendoza, su hermano Manuel y Jesús Fuentes Muñiz.[2]

Posteriormente volvió a la ciudad de México a continuar estudios de Derecho en el Colegio de San Juan de Letrán; en estos años se inició en el periodismo pudiendo tan solo mencionarse su primer artículo en El Monitor Republicano de Florencio M. del Castillo Velasco en el año de 1856, órgano también en que se empezaron a publicar algunos de sus poemas que serán objeto de mención en el apartado correspondiente de este ensayo.

Sus biógrafos señalan que en 1856, filiado a los hombres de la Revolución de Ayutla, fue a combatir el movimiento subversivo de los reaccionarios en la ciudad de Puebla, dejando momentáneamente sus estudios; después del triunfo liberal regresó a la ciudad de México a proseguirlos hasta alcanzar el grado de abogado en el año de 1857.

A los 24 años de edad empezó su carrera de periodista político publicando el artículo titulado «La Reacción» que apareció en el periódico El Monitor Republicano, a partir de entonces, estudios y profesión de escritor, demostraron que Juan A. Mateos no solamente era incansable con la pluma, sino también un preocupado constante por los problemas nacionales y un partidario decidido de la Reforma. Hombre de su generación, empezó a entregarse a las pasiones políticas, a las luchas del pensamiento, consciente del momento trascendental que vivía la joven nación, cuya estructuración y nacionalidad exigía el concurso de sus buenos hijos.

Su cálamo fue el servidor fiel del régimen emanado del Plan de Ayutla, presintiendo y valorando que ese movimiento era la llave de un nuevo orden que terminaría el planteamiento del edificio nacional; en términos de esa virtud, atacó a los reaccionarios de Puebla en 1856, censuró y polemizó con los redactores conservadores que en la trinchera de la libertad de imprenta lanzaban tiros a mansalva contra el gobierno liberal; radical en sus frases, fustigó a los conservadores diciéndoles en un artículo que escribió el 8 de mayo: «El Pensamiento no puede salir de México porque está defendiendo los intereses del clero. Las sotanas consagran una capellanía al pago de artículos, y a la opaca luz de las sacristías se confeccionan esos párrafos, escándalo del sentido común»

Esa tónica destaca en los artículos de Mateos: radicales, como era el caso de ser liberal frente a un orden de situaciones públicas que pretendían continuar los postulados del coloniaje español en su aspecto político, económico y social.

Su ejercicio de periodista le señaló un camino: la Reforma; una sola meta: México.

Posteriormente prestó su concurso en la guerra de Reforma, militando bajo las órdenes de hombres de la categoría del general Zaragoza, Berriozábal, González Ortega y Arteaga, habiendo sido de éste último secretario; aquellos días de lucha civil, marcaron la vida de Mateos con el hierro de la tragedia: su hermano Manuel, compañero de estudios, joven tribuno, «… de arrogante figura, de pecho generoso y devasto talento, ya popular por su torrentosa elocuencia, cayó prisionero en Tacubaya y fue pasado por las armas en unión de un grupo de jóvenes patriotas, todos salidos del colegio, poetas, médicos y escritores» el 11 de abril de 1859.

Uno de sus biógrafos nos proporciona líneas interesantes para conocer el desarrollo posterior de la vida de Mateos: «Durante la invasión francesa estableció en la capital algunos periódicos, desafiando audazmente la terrible penalidad del Código Militar aplicado a las leyes de imprenta. Un brillante artículo en defensa de Nicolás Romero le atrajo la cólera del Mariscal Bazaine y juzgado sumariamente en las cortes marciales, se le sepultó en un calabozo de la ex-Acordada. Indultado Mateos y puesto en libertad, volvió a empuñar la pluma, recibiendo varias advertencias, y al fin de una noche fue asaltado por un enjambre de esbirros y metido en la diligencia, llevado a los calabozos de San Juan de Ulúa y de allí a las mortíferas playas de Yucatán, sin más consuelo que la honrosa compañía de una docena de patriotas, entre los cuales se hallaba el ilustre Ramírez. Vuelto del destierro de 1867, fue a incorporarse en el Ejército de Oriente bajo las órdenes del General Porfirio Díaz que venía sembrando en rápida marcha la savia prodigiosa de sus victorias. Se halló en la batalla de San Lorenzo y en el sitio de México. Triunfante la República, el Presidente D. Benito Juárez lo nombró Secretario de la Suprema Corte de Justicia. Pasó después al Congreso de la Unión donde ha permanecido ocupando un asiento entre los más

brillantes oradores parlamentarios».[3]

Desde 1856 en que aparecieron artículos con su firma en el diario El Monitor Republicano también se dieron a luz numerosos poemas; en el transcurso de su ejercicio de periodista se mostró paralela tal actitud y en 1861 no escribió artículos para el periódico, mas sí algunos poemas como el que leyó en los funerales de Miguel Lerdo de Tejada y el que escribió en la conmemoración de la Batalla de Churubusco. En el año de 1862 se publicaron en el Monitor su poema dedicado al diplomático peruano Manuel Nicolás Corpancho, el poema al Ejército Mexicano en la jornada del 5 de mayo y el que leyó en el panteón de San Fernando en la inhumación de los restos del General Santos Degollado. Igualmente, su carrera política corrió paralela con actuaciones brillantes en el Congreso de la Unión y como Secretario que fue del

Gobierno del Distrito Federal en tiempos del General de brigada Ángel Trías.[4]

Con antelación se ha hecho referencia escueta de sus actividades de 1863 a 1867, año este último en que el día 17 de septiembre renunció al cargo que se le había confiado por el Distrito de Tlalpan a la Convención Nacional, renuncia que obedeció

a razones particulares.[5]

Destacado autor poético, sus trabajos se publicaron esporádicamente en las páginas del periódico de García Torres, que en el año de 1871 incluyó diversos artículos sobre teatro y temas de actualidad política; pronto volvió a ingresar en forma permanente al periodismo, cuando el 8 de noviembre de 1871 fue llamado por el impresor Vicente García Torres, en virtud de un cambio de personal en la redacción de El Monitor Republicano y entonces el señor Mateos «cuya ilustración era una garantía» pasó a encargarse de la parte política en la sección de editoriales; igualmente comenzó a escribir numerosas noticias correspondientes a la sección de la gacetilla.

El prestigio de su pluma indica por que fue a engrosar la redacción de uno de los periódicos de mayor circulación y prestigio nacional.

Para comprender su pensamiento político y sus escritos de entonces, es necesario hacer la siguiente reflexión: Juan A. Mateos fue en la época de Ayutla y la Reforma un periodista liberal, defensor de las instituciones democráticas y del territorio amenazado por la intervención francesa; estas características permanecen en un gran número de escritores de aquellos años y que estuvieron filiados en el juarismo libertario y progresista; al restaurarse la República en 1867, nació una nueva época: se escindió el gran partido liberal y los diferentes grupos, con caudillos y pensadores, se lanzaron unos contra otros. De 1867 a 1877 puede considerarse un lapso distinto y trascendente; período de luchas álgidas en que Mateos, como otros muchos, ocupó un escaño en la prensa de oposición; sus artículos fueron hirientes y atacaron al ámbito oficial en la sucesión presidencial de 1871, por lo que sus artículos interesan para el estudio detenido de aquellos sucesos.

Lejos la intervención, derrotada la reacción, la lucha se enfrasca alrededor de la defensa de tres hombres: Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz. La prensa de entonces tomó partido y las figuras entraron a la polémica.

A fines de 1871, Mateos escribió en el Monitor censurando la política del gabinete de Juárez, él apareció filiado a las huestes del porfirismo y encontramos su razón, en la lealtad al amigo junto con el cual había luchado en 1867 contra los últimos vestigios del retroceso; estas cuestiones nos explican su partidarismo y sus artículos nos hacen conocer ya no sólo la época, sino también el pensamiento de la oposición; las bases de la lucha y su controversia política.

En esa secuencia, estudiaremos un nuevo periodismo, muy distinto al de la reforma y la intervención; la cuestión de la patria se había finiquitado en el Cerro de las Campanas, ahora entraba al terreno de la discusión pública, las ideas de cada uno de los grupos, sus perspectivas para el mejor desarrollo de las instituciones nacionales, los vicios administrativos, los ataques personales; cada grupo hizo su juego, y cada periodista tomó un nuevo rumbo en los avatares de la historia nacional.

La política interna lo envolvió todo; prensa y tribuna señalaron un momento trascendental, sucesos que la historia aún no tiene por completo definidos.

El fallecimiento del Presidente Juárez el 18 de julio de 1872, calmó la efervescencia de la oposición y Mateos vio al nuevo régimen de Sebastián Lerdo de Tejada como una excelente promesa de progreso.

Al igual que artículos políticos, también se publicaron algunas piezas oratorias de Mateos, como el discurso que en el aniversario de la Independencia pronuncio en septiembre de 1872, haciendo un llamamiento a efecto de conservar la tranquilidad pública. La característica de orador dentro de su personalidad, es un símbolo más de su figura, y un signo adyacente para la precisa valoración del biografiado.

La elevación a la primera magistratura del país de Lerdo de Tejada, abrió un paréntesis en las luchas civiles e hizo apreciar la alborada pletórica de nuevos propósitos en un concierto de tranquilidad. Mateos dejó de escribir furibundos artículos de oposicionista y comenzó a analizar las situaciones de mayor urgencia; sus escritos comenzaron a tratar de los múltiples problemas de la administración pública, dentro de un marco ecuánime; el progreso constituyó una nueva bandera en la palestra del periodismo de Mateos.

Jubiloso escribió sobre la partida del ferrocarril a Veracruz, diciendo que era un sueño que su generación veía realizado; por otra parte, al aplicar en 1873 una política liberal el gobierno de Lerdo de Tejada, Mateos fue de los primeros escritores que no olvidaron su honda raigambre progresista, apoyó esa política y polemizó continuamente con los escritores de las publicaciones clericales; radical sin mácula, atacó furibundo el núcleo de la organización jesuita en México en numerosos artículos; basado en los principios de la Constitución y la Reforma señaló que los jesuitas caían en la parte penal de la ley y que ningún sofisma, por bello que fuere, podía surgir superando a la verdad y a la filosofía.

Batallador con la espada, soldado con la pluma, Mateos escribió implacable contra los jesuitas en aquel año de 1873; con verdades que aunque sorprendentes, no perdieron por ello su veracidad y en muchos conceptos siguen siendo aplicables; no olvidemos que por circunstancias de su vida estudiantil había sido discípulo del enorme Ignacio Ramírez; «El jesuitismo —dice Mateos— es una cifra que dice lo mismo en la Europa que en América, siempre el mismo de todos los siglos, siempre las mismas tendencias, siempre el mismo plan de conspiración. Nosotros, que no pactamos con los errores tradicionales de la sociedad en que vivimos, aún a costa de nuestro bienestar íntimo y social, recogemos el guante, aceptamos el reto, y estaremos en el terreno hasta la última hora del combate»

Su trabajo como editorialista fue oportuno y relativo al pulsamiento de todos los negocios importantes a la cooperación de mejorar el desarrollo nacional.

El 30 de agosto de 1873, se separó de la redacción de El Monitor Republicano quedando solamente como esporádico colaborador; mas no tardó en volver al periodismo político actuante y a partir del 1.º de enero de 1874 ingresó al diario El Correo del Comercio como redactor en jefe y responsable.

Dentro de las páginas de El Correo del Comercio exaltó las instituciones liberales, la Constitución Federal de 1857 y su pluma sutil y romántica ofreció la magnífica descripción de un viaje a Cacahuamilpa en visita presidencial.

La reseña del viaje a Cacahuamilpa es interesante por el aspecto de la época que nos ofrece detalladamente; leer aquellas páginas no solamente otorgan curiosidad, sino también nos dan a conocer los problemas de aquellos días, problemas en cuanto a transporte, clima, paisajes, trasbordos, etc. Aquel viaje lleno de vicisitudes ahora se efectúa sin peligros y con la rapidez que el progreso ha hecho posible; en aquel entonces significó una aventura casi romántica trazada por la fina pluma de Juan A. Mateos.

El deleite de su lectura me ha llevado a incluir aquella reseña en la presente antología.

Por otra parte, aquel viaje a Cacahuamilpa en compañía del Presidente Lerdo de Tejada y comitiva oficial, puso de relieve los ataques de la oposición.

El 2 de junio de 1874 Mateos dejó la redacción de El Correo del Comercio; una noticia de la gacetilla dijo: «D. Juan A. Mateos. Este caballero amigo nuestro se ha separado de la redacción del Correo del Comercio por exigirlo así sus muchas ocupaciones…»

Mas el periodista parlamentario volvió a la lucha en las páginas de El Siglo Diez y Nueve a principios de enero de 1875, bajo la jefatura de redacción del eminente escritor Julio Zárate; los fueros de la Reforma penetraron al público lector a través de los radicales artículos de Mateos que defendió la constitucionalización de las Leyes de Reforma y la aplicación del Código Fundamental a las organizaciones eclesiásticas. El contenido inmarcesible de la Reforma fue la inspiración de sus artículos para justificar el término del grupo de las llamadas Hermanas de la Caridad; las disposiciones del gobierno al respecto fueron protestadas por los periódicos clericales y los grupos conservadores, a los que dedicó Mateos varios artículos para demostrar la justicia social en las medidas dictadas por la administración del Presidente Lerdo de Tejada: «Pero la Revolución viene indeclinable, si los conservadores no la hacen, la hacemos nosotros en el seno de la paz; porque la Constitución no es sospechosa desde que esos miserables la invocan y la defienden; haremos otra más adecuada y esto lo aconseja la experiencia y el mismo pacto fundamental; tendremos otra alocución que la popularice, el nombre de México sonará en voz de Reforma, y el mundo entero sabrá que esta tierra es el asilo de la libertad, que el Papa vale menos que nada delante del progreso, que los impostores religiosos, que el sacerdocio, que todos los creyentes, encontrarán garantías en nuestro suelo como no atenten a la salud pública ni a las instituciones. Que México va en alas de la ilustración moderna, que ha atravesado por medio de las censuras de la intolerancia fanática y de las protestas al apolillamiento político, firme y sereno como una nave enmedio de las tempestades, que no extraña en su frente una tiara o una mitra, si lleva el gorro frigio y los laureles de la libertad».

A fines de 1874 el último día de diciembre, los redactores de El Siglo Diez y Nueve dieron por terminado su contrato con el editor, y es así como concluye, con el último día de aquel año nuestro estudio del periodista Juan A. Mateos, distinguido siempre como una pluma liberal, radical y defensora sin mácula de los principios de la Reforma. Aunque posteriormente escribió en otros periódicos de la ciudad de México como El Tiempo y El Imparcial, a nuestro juicio su actividad más valiosa se encuentra en los años de 1871 a 1875; de las postrimerías del régimen de Juárez al evolucionista de Sebastián Lerdo de Tejada; es por ello que el interés primordial de esta antología se ha dirigido a ese lapso. Por otra parte también considero que la época del interinato y el interregno constitucional de Lerdo de Tejada es de los menos estudiados, en tal virtud el presente ensayo aspira modestamente a contribuir al mejor conocimiento de aquel régimen.

Mateos y sus compañeros de redacción se despidieron de sus lectores expresando la fuerza que guió todos y cada uno de sus escritos y con el cual concluyó el presente apartado, demostrativo de la característica viril de aquellos hombres a los que profesamos un devoto recuerdo de su inmortal memoria: «Hemos defendido las conquistas obtenidas por el gran partido liberal en el transcurso de muchos años de luchas y sangre, porque esas conquistas tienen aun numerosos y encarnizados enemigos que pretenden hacer estériles sus inmensos resultados. Hemos defendido el orden legal, amenazado también continuamente por los adversarios de la libertad y de la democracia, porque fuera de él no vemos más que la deshonra primero, y luego, el aniquilamiento completo de nuestra patria. Para fortificar aquellas conquistas, para que el orden legal se asiente sobre sólidas y firmísimas bases siempre hemos creído que la Reforma debía seguir su marcha majestuosa, y a ese fin han tendido nuestros trabajos en la prensa; hemos querido —y tales son nuestras más íntimas convicciones — que la Reforma después de regenerar nuestras instituciones políticas, regenere también nuestras instituciones sociales, derribando todo ese complicado monumento de opresión que por tantos años pesará sobre nuestros conciudadanos. Y hemos procurado defender todo lo que en nuestro concepto debe redundar en bien y en provecho de la República porque no concebimos la libertad sino como la fuente inagotable y fecunda de todo progreso y de todo bienestar para la humanidad».