Juan A. Mateos
El Parlamentario
Si fecunda fue su labor en el periodismo, vasta su obra como escritor literario, también su verbo ocupa un lapso amplio en la historia parlamentaria de México; este apartado nos llevaría por sí solo un volumen y, en la imposibilidad de realizarlo dentro de la línea de la presente publicación, solamente me concretaré a llamar la atención sobre lo más destacado de su presencia como miembro de algunas de las legislaturas a las que ocurrió, y digo algunas, porque baste al lector saber que ocurrió por espacio de más de quince años al Congreso de la Unión, lo que significa que, en períodos bianuales, estuvo cerca de treinta años ocupando un escaño en las Cámaras.
La mayor actividad de los diputados mexicanos en la segunda mitad del Siglo Diez y Nueve, puede considerarse a partir del Constituyente de 1857 a la Legislatura que cerró sus sesiones en el año de 1884, ya que después, al advenir nuevamente Porfirio Díaz el Congreso de la Unión, asumió una actitud pasiva, los discursos menguaron en fogosidad y las pasiones políticas, acalladas por el dictador, no tuvieron eco en la tribuna parlamentaria; en esta virtud, destacan en estas páginas la presencia y labor parlamentaria de Mateos de 1861 a 1864.
Primera noticia al respecto la situamos en febrero de 1861, cuando resultó diputado suplente del también periodista Florencio M. del Castillo por el sexto
distrito electoral de la ciudad de México.[15]
Posteriormente nos encontramos que resultó electo diputado propietario al Segundo Congreso Constitucional en 1861 por dos distritos electorales y por suerte se decidió en la sesión del 19 de junio que representara el distrito de Allende, del Estado
de Guerrero.[16]
La reseña de algunas de las intervenciones de Mateos nos ofrecen la perspectiva valiosísima de conocer más de su vida, de sus ideas integrantes, de su personalidad parlamentaria, así, en la sesión del 10 de julio de 1861 estuvo a favor del proyecto de ley de amnistía a pesar de que los retrógrados habíanle hecho perder a su hermano Manuel en el fatídico 11 de abril de 1859; Mateos dijo en aquella sesión: «Se ha evocado por uno de los oradores, la sangrienta hecatombe de Tacubaya. Mi hermano fue una de las víctimas. Las balas reaccionarias atravesaron su pecho y su cabeza, y cuando mi madre fue a buscarlo entre los otros cadáveres, no pudo reconocerlo. Pues bien, esta mañana al venir de la sesión, mi madre me ha llamado, y besándome la frente me ha dicho: “Hijo, ve y perdona en nombre de tu hermano”. Yo no creo que la Reforma es un torrente de sangre ni un huracán devastador», y perdonó a los criminales, él que en muchas situaciones había sido un radical trascedente.
Posteriormente habló a favor de los hijos de Huichapan para que añadiera el nombre de Villagrán a aquella población; fue también de los firmantes del proyecto de ley para la apertura de la Escuela de Artes y Oficios el 19 de julio de 1861.
En el Segundo Congreso Constitucional se erigió en un defensor invencible de la separación de la Iglesia y el Estado y así lo manifestó repetidas veces en la tribuna, como cuando también apoyó una proposición del diputado Vicente Riva Palacio para que se publicaran las causas del tribunal de la Inquisición, documentos que pedía la Suprema Corte para relegarlos al olvido; Mateos sostuvo que no se remitieran a la Corte y que se publicaran: «Señores: el clero tiene emisarios en todas partes, en todos los poderes de la Federación, pero sus ideas negras resaltan sobre el rojo de la situación. El día de la verdad ha llegado; el sol ilumina esos antros donde se han perpetrado tantos crímenes que la historia guarda en sus páginas, acusados en esos archivos que hoy abre la revolución».
Para el Tercer Congreso Constitucional Juan A. Mateos resultó electo diputado suplente por el 6.º distrito del Distrito Federal, cuyo titular fue el Lic. Ignacio
Ramírez;[17] este Congreso inició sus labores en septiembre de 1862 y dejó de sesionar en mayo de 1863, cuando la república inició su éxodo al norte.
Restaurada la república en 1867, volvió a figurar como diputado propietario en los subsiguientes Congresos y destaca su actuación en 1874 en que, como miembro de la diputación del Distrito Federal habló en la sesión del 7 de mayo para pedir a la Cámara que aprobara en lo general el dictamen sobre el Código de Procedimientos Criminales cuya expedición era del todo urgente.
La discusión sobre el Proyecto de Ley Orgánica de las adiciones y reformas constitucionales dio margen a debates acalorados que tocaron en algunos aspectos del orden eclesiástico, fue así que en la sesión del 3 de diciembre de 1874 Mateos ocupó la tribuna y fustigó con su verbo emotivo a la reacción, a las Hermanas de la Caridad y exaltó el pensamiento revolucionario: «… Se levanta por nuestros adversarios la fuerza latente que existe en estos momentos en el seno de esta asamblea. Yo no temo a esta explosión de patriotismo; la reforma nunca ha venido al corazón de los pueblos civilizados con el antifaz del miedo, y deslizándose entre sombras y silencio ha bajado como las Tablas de la Ley del Sinaí revolucionario, entre relámpagos y
truenos; ha venido como el hombre, entre lágrimas y sangre».[18]
En las páginas del Diario de los Debates del Congreso de la Unión, guardan un sitio imperecedero los discursos del diputado Juan A. Mateos, principalmente aquellos momentos en que ocupó la tribuna para hacer profesión devota de su fe reformista, de su convicción sin mácula de liberal; ello nos lleva a desenvolver una de aquellas páginas memorables, y ofrecerla en estas líneas a nuestros lectores, como una muestra del verbo parlamentario de nuestro biografiado:
«Esta generación ya casi extinguida por la lucha, pero fortalecida por sus triunfos, ha roto todas sus ligas con sus antecesores, ha pasado sobre todas sus afecciones, a abandonado a la familia a la indigencia y a los azares todos de una revolución sangrienta en que se encontraban dos siglos para exterminarse… Ha caído y se ha levantado, y hoy, después de algunos años de silencio, a un grito de la reforma amenazada, se despierta y vuelve a presentarse trayendo sobre sus cañones el lema de Napoléon el Grande, “Batería de los hombres sin miedo…” Yo traigo, señores, a este debate, una tradición del Cadalso levantado en las tempestades revolucionarios la noche del 11 de abril en Tacubaya. Un hermano querido ascendió a ese patíbulo proclamando la Reforma y envolviendo en su último suspiro un grito a la libertad de su patria, que baja sobre mi memoria desde aquellas rocas ensangrentadas que forman el calvario de la libertad. (Aplausos prolongados) Yo respondo a esa voz sagrada y a través de tantos años, votando en presencia de esta augusta asamblea en favor de las reformas constitucionales. (Aplausos).
»No se trata de las Hermanas de la Caridad, sino de la extinción de una orden religiosa; no venimos a combatirá la mujer, sino a la corporación: He aquí el arma que se os ha presentado delante de vuestra generosidad, señores diputados, un arma demasiado sutil, porque nosotros como hombres y caballeros nos hemos inclinado siempre delante de las damas. Sabemos que bajo esos gorros blancos y esas túnicas azules se oculta el corazón de una mujer; no lo combatimos, no, desarraigamos una institución, y nada más.
»No me había preocupado en el debate de las reformas, y lo confieso sinceramente, esta cuestión de la permanencia de las hermanas de la Caridad en el seno de la república. Era una transacción ya aceptada; sin embargo, habían venido reclamando año por año contra este establecimiento, la prensa y los hombres de la Reforma, porque mientras las mexicanas habían salido de los conventos, porque las habíamos arrojado de allí nosotros los inquisidores rojos, como nos ha llamado uno de los oradores, esta corporación subsistía como una violación flagrante del espíritu reformista.
»Nosotros somos los inquisidores de sayal; nosotros no quemamos hombres, quemamos conventos, y por esos conventos derribados pasa hoy la sociedad mexicana, glorificando la Reforma. Si los primeros días, espíritus débiles y tímidos aun del seno mismo de la Cámara, volvían la cara para santiguarse en presencia de un claustro derribado; hoy esas ruinas son las anchas vías del progreso por donde pasan los extranjeros y la sociedad culta de la república. (Aplausos).
»Marquemos una diferencia histórica:
»Las asociaciones de las monjas y las Hermanas de la Caridad nada tenían de común con esa lepra amontonada durante tres siglos en los monasterios; nada de común con esos hombres de la corrupción de las familias fuera del convento, de los vicios más infamantes dentro del claustro. (Aplausos).
»Pues bien, señores, hemos proscrito a la monja, porque la filosofía de la sociedad la viene proscribiendo. La monja es un miembro que se arranca a la sociedad; la monja cuando se encarcela es una lámpara que se extingue; y nosotros, hombres nacidos de mujeres cada vez que se seca un vientre, lo lloramos.
»La monja es el silencio y la muerte; nosotros estamos aquí para proclamar la libertad y el derecho a la vida, para hacer pedazos las cadenas que oprimen a la mujer y arrancarle esa presa a la tumba.
»La mujer, obcecada en la soledad por los consejos de la carne, cae del trono de las vírgenes para entregarse entre los cantos sagrados al éxtasis amoroso de Santa Teresa. Cristo descendía de los cielos para poner sus manos sobre las manos, sus pies sobre los pies y su rostro sobre las frescas mejillas de la santa. (Rumores).
»Estos sueños estáticos son muy naturales cuando una fuerza impide que se desarrolle el sentimiento humano. La filosofía, señores, ha proclamado en primer lugar los derechos de la naturaleza, y por eso, la Reforma que es la filosofía, quitó las monjas, hizo libre a la mujer y la devolvió a la sociedad.
»Los impugnadores del dictamen han dicho que las Hermanas de la Caridad no son monjas, porque mientras las monjas se separan de la sociedad para entrar al convento, la Hermana de la Caridad sale de la familia y se pone en contacto con el mundo.
»Nosotros podríamos añadir a éste, otro argumento de la misma especie:
»La Hermana de la Caridad entra al contacto con la sociedad; si esta mujer tiene un desliz con el médico, con los curanderos o con los mismos enfermos, a la filosofía no le importa la legitimidad de los hijos; quiere dar hombres simplemente, y esto lo agradece la nación porque aumenta el número de sus ciudadanos. ¿Qué, en el seno de un Congreso y a la hora de una jurisprudencia liberal, solamente los hijos legítimos estarían llamados a las prerrogativas sociales? ¿Cuántos hijos naturales no brillarán ahora, merced al desaparecimiento de esas añejas preocupaciones de la sociedad antigua, ocupando puestos distinguidos en la administración? La filosofía no ve la legitimidad, va a la propagación sin mezclarse en las preocupaciones de los hombres.
»Jugando un pensamiento reaccionario se ha dado en llamar cristiana a la caridad para hacerla ultramontana. No; ella ha subsistido desde los primeros días del Génesis, esa virtud es muy anterior a Jesucristo, quien la encontró a su advenimiento al mundo glorificada en los altares de la humanidad. Él adhirió a ella su doctrina, esa doctrina recogida en las fuentes de Platón, en esa escuela de Alejandría donde el Asia había derramado a torrentes un mundo de civilización; allí se nutrió la ardiente imaginación del gran maestro del cristianismo, haciendo con sus ideas apocalípticas, la metamorfosis de un hombre en un Dios que han reverenciado durante diez y nueve siglos generaciones de generaciones. (Aplausos). La caridad, señores diputados, ha nacido con el espíritu humano.
»Pero bajo todas las apariencias, y también tras el velo de poético espiritualismo con que cubren el cuadro de la realidad los impugnadores del dictamen, descubrimos las reglas de la comunidad monástica, con sus votos, sus reglas, su vida común y su obediencia; comunión que tiene organizado el espionaje de las familias, que tiene la denuncia de los actos, que tiene la elección de confesores colocados como un vigía, en el alma de las Hermanas para que revelen a la superiora los secretos de la conciencia, violando el sigilo del confesionario, para saber si alguna mujer abriga tales o cuales ideas que no estén de acuerdo con esa institución jesuítica que está hoy dominando a todas las sociedades. Ya vemos, señores, que es infiel este romántico cuadro que se nos presenta de las Hermanas de la Caridad; es una estafa hecha a la verdad.
»El señor Martínez de la Torre ha registrado los libros; ha consultado todos los diccionarios, para probar lo que quiere decir en todas las lenguas “sociedad monástica”. Sin embargo, no ha consultado el diccionario constitucional, las crónicas parlamentarias del Congreso Constituyente, donde están reveladas las altas miras de aquellos sabios legisladores. Las Hermanas, ya lo ha dicho un orador, socorren con el dinero de la sociedad mexicana. Reciben ricos donativos. En todas parte se les paga, porque esa caridad la ejercen en los establecimientos del Estado. ¿Adónde está pues la caridad que se paga…?
»Como han estado bajo la administración de los ayuntamientos y de personas seculares durante tantos años, los hospitales, los enfermos, no han tenido menos auxilios que los que ahora reciben, porque ellos han sido siempre dados por la administración.
»Y también se nos presenta como un argumento la bondad personal de las hermanas, cuando la sociedad que forman, y sus miras, y su sistema de educación, se oponen sin embozo a los principios reformistas… y a la caridad misma. Sus estatutos les prohíben tocar a sus enfermos. Les encomienda simplemente la administración económica y la policía religiosa de los hospitales, y la colecta de la limosna, para irla a sepultar en el cofre insaciable de la casa central de Francia.
»Porque estas Hermanas son como esas dragas que se han prohibido en las costas del Pacífico, que arrancan hasta las piedras de cuajo con la concha y con la perla. No, no es esa la institución de aquel hombre que abrigaba sobre su pecho paternal, al expósito arrojado sobre la nieve de las calles de una ciudad impía.
»Ha sido tan insolente la sociedad de San Vicente de Paul, no la que fundó aquel hombre digno que tenía tantas virtudes, que convirtieron al renegado a quien fue vendido por los piratas, sobre los mares de Marsella, a ese digno sacerdote que vino con una misión del Papa al seno de la Francia, donde fue más tarde el Limosnero de Margarita de Valois…
»He dicho que es tan insolente esa orden que, amparada a la arrogancia francesa, se ha negado a que el superior que es un jesuita, resida en la ciudad eterna a pesar de que los estatutos fueron redactados por un cardenal y santificados por un pontífice. Les ha parecido que esta era una abdicación de su poder, que aparecía menguado allí donde reside la Santa Sede, donde el señor de la Cerdeña, ungido Rey de Italia no despierta de su asombro al encontrarse de improviso en el Vaticano, soñando delante de esas ruinas del pontificado que van a alzarse los siglos de la historia para derribarle (Aplausos). Pero sean cuales fueren las tendencias de esa institución extranjera, ella entra en las prohibiciones de nuestras leyes, al desarraigarnos de toda esa rémora al adelanto de la Nación, y a todo lo que ha oprimido y vejado al pueblo. No extinguimos a esa corporación por lo que se refiere a la individualidad, ni la sostendríamos por sus virtudes; la Constitución reformista no quiere las corporaciones religiosas y la ley reglamentaria las suprime en un orden enteramente lógico: rechazamos la caridad bajo la forma de los jesuitas.
»Los impugnadores del dictamen, han pronunciado la palabra más peligrosa en su contra, porque todos han dicho: “Está atacada la libertad religiosa” luego no es una institución civil, que es lo que vienen sosteniendo para libertarlas de la censura de las Leyes de Reforma.
»Todas las demás disposiciones que se nos han citado para formar una tesis teológica contra la ley reglamentaria, son importunas porque cuando toda la República ha aceptado las adiciones constitucionales, ya la comisión no ha tenido más que fórmulas en la ley reglamentaria.
»El único argumento que nos ha traído el señor Martínez de la Torre, cuando ya estaba un poco fatigada su imaginación era el siguiente: nos decía, ¿qué hacemos con esos hospitales, con esos niños que están educando las Hermanas? Yo digo, señor, ¡bendita la hora en que podemos arrancar a esos desgraciados seres que están sujetos a la obediencia ciega de que hablan los estatutos de las Hermanas! Feliz el día en que podemos arrancar de su lado a esa generación que están conquistando por aumentar esas turbas disciplinas que un día, haciendo resonar otra vez el fatídico grito de “religión” renovarán los horrores cuyo recuerdo nos hace estremecer de rabia todavía.
»Quieren renovar a la generación vencida con la que viene, por eso vemos la actitud irritante del clero. Él, puesto a la sombra de esa impunidad que le da la Constitución, está impasible y sombrío, como Felipe II que rezando las vísperas de San Lorenzo del Escorial, no separó sus ojos del breviario cuando recibió la noticia del desastre de la Invencible en los mares de la Inglaterra (Aplausos).
»¡El clero renueva el combate con una insistencia tenebrosa, provocando un antagonismo desesperado!… En la ciudad federal y frente por frente de éstas, los altos poderes de la nación, monseñor Labastida con su cuadrilla de canónigos en la Catedral, con su tren de pastorales y excomuniones. En cada Estado hay un obispo delante de un gobernador, disputándole su poder y su influencia; en cada pueblo, frente a frente del prefecto, está el cura; en cada familia, contrapuesto a la autoridad del padre está el despotismo de un confesor. (Aplausos).
»Yo, señor, seré, profeta como el señor Martínez de la Torre, creo que más tarde del seno de un Congreso de la República ha de salir el rayo que extinga ese gobierno de la conspiración eclesiástica.
»¿Qué clase de sociedad es ésta en que admitimos frailes que, armados con algunas argucias y escudados bajo la tolerancia de cultos se oponen abiertamente a nuestras leyes y las condenan desde la publicidad de la cátedra hasta el silencio del confesionario?
»Tenemos el ejemplo de doscientos ayuntamientos que no han querido protestar las adiciones a la Constitución; merced a los anatemas de la Iglesia Católica ha habido multitud de personas que se han resistido a la protesta.
»Debajo de estos actos, aparentemente espontáneos, palpita la influencia del clero… El clero duerme, pero duerme como la serpiente. Espera su día como Cromwell; pero entonces, señores diputados, los antiguos soldados de la Reforma dirán, echando al aire sus espadas, lo que los caballeros catalanes: ¡hierro, despierta! … (Aplausos).
»El orador a quien vengo refiriéndome, decía que un momento de entusiasmo podrá costarnos más tarde un doloroso arrepentimiento. Decía, evocando la historia, que el señor Riva Palacio estaba hecho una Magdalena por haber votado la expulsión de los españoles en el Congreso de 29. (Risas).
»Diré al señor Martínez de la Torre unos cuantos hechos para que comprenda la filosofía de las citas históricas.
»Los españoles que habían combatido durante setecientos años por su independencia, esos pobres reyes que habían heredado, no como hoy, los palacios y las riquezas, sino una espada para defender a su patria, vinieron por fin al término de aquel camino ensangrentado durante siete siglos. Cuando el Rey llorón les entregó el último baluarte de la Andalucía, ¿qué fue lo que hizo la España? Mandó expulsar a los judíos, y entonces las artes, las ciencias, el comercio, todo se iba con el pueblo árabe, y el mundo decía “España es árabe, es necesario que no se vayan los árabes”. Los rudos soldados de Isabel la Católica dijeron: “Primero la patria; nosotros nos ilustraremos y nos haremos grandes en el porvenir, salvando a la patria, porque las naciones tienen una vida perpetua, y nos queda tiempo para reivindicarnos ante la historia.” (Aplausos).
»La noche del jueves 2 de abril de 1756, si mal no recuerdo, el rey Carlos III habiendo visto que su poder era minado día a día, hizo llamar al Conde de Aranda para consultarle la expulsión de los jesuitas. En aquella noche que ha mencionado se verificó la expulsión, y en aquella noche salieron las familias gritando (como hoy se nos quiere hace creer con la ida de las Hermanas de la Caridad): nos quedamos huérfanos, nos quedamos sin escuelas, sin ciencias, porque, haciéndoles justicia, los jesuitas en el siglo pasado eran los hombres de saber, y con sus libros y con su palabra repartían la ciencia a los pueblos.
»Entonces decía España: ¡Hay huérfanas que se quedan sin pan, hay niños que se quedan sin educación!… ¿qué hizo Carlos III? Dijo: primero es la conservación del Estado; y los jesuitas fueron arrojados de trescientas ciudades del viejo y nuevo continente. (Aplausos).
»¿Qué hizo Felipe el Hermoso, cuando por un espíritu de alta dominación se habían hecho grandes y poderosos los caballeros del Temple? Dijo unas cuantas palabras al oído de Clemente V, quien le proporcionó una bula, y entonces el Rey de Francia, el Rey Cristianísimo, mandó al tormento a sus enemigos, como nosotros hemos acabado con esas turbas de frailes de pestilente memoria.
»Quisiera yo que mis recuerdos me ayudaran para demostrar al señor Martínez de la Torre, que en todas partes y en todos los tiempos han sido primero la patria y las instituciones, que los intereses puramente personales de una clase cualquiera en una nación. La política en las naciones es el arte de la conveniencia, y a México le conviene la extinción de todas esas instituciones que perpetúan el retroceso y la tiranía: su derecho es indisputable.
»Todas las escenas sentimentales que se nos han descrito, formarían el interés de un drama; pero no bastarían a conmover aun a los que velan por la patria, ni el fuerte templo de las leyes.
»Cuando la Reforma está adoptada, cuando por medio de sus altas resoluciones han concluido esos focos de corrupción, no es posible que hoy no concluyamos con los restos que aun quedan existentes, merced a la complacencia de nuestros gobiernos; yo creo que si los oradores que defienden este último baluarte del retroceso hubieran estado en el Congreso hace veinte años, evidentemente se habrían opuesto a las exclaustraciones, diciéndonos que se quedarían sin la sopa de los conventos un puñado de pordioseros; si ellos daban a los pobres la sopa, nosotros les regalamos los conventos. (Aplausos).
»Se han pasado catorce años y esta generación, menos sensible que el señor Riva Palacio, no ha llorado aún sobre la expulsión de los frailes; han transcurrido catorce años desde aquel día en que mi humilde palabra cayó como un grano de arena en la balanza donde se pesaba el destino de las comunidades y no aparece todavía entre mis párpados la primera lágrima.
»No, nadie ha extrañado a los frailes. Volviendo a mi punto objetivo, diré que se ha puesto una parte de México a la casa central de París, en que se pregunta, no lo que han de hacer las superioras extranjeras, sino esto: “¿Qué hacemos con estas desgraciadas que nos han seguido, y a las que hemos rapado y vestido de máscaras?” (Aplausos y risas).
»Ya no nos sirven para nada, ya se descompuso la compañía». (Aplausos y risas).
»Hay sin embargo un destino que podría llamarse providencial. Todas las lágrimas que los padres de las Hermanas de la Caridad han derramado sobre los umbrales del convento, al perder una hija para siempre, están cayendo ahora gota a gota sobre estas mismas desdichadas, que arrepentidas y cubiertas de vergüenza, volverán más tarde; al hogar paterno a empapar con su llanto los pies de los infelices padres a quienes han atormentado con su abandono.(Aplausos).
»Dejemos al curso de los sucesos la hora indeclinable del arrepentimiento, y ya que nuestros padres cumplieron con su alta misión social, cumplamos con el mandato del pueblo en estas horas solemnes de nuestra existencia política. La Cámara unitaria agoniza; de hoy en adelante las decisiones de vuestra soberanía pasarán por el crisol del Senado, en la constitución de esa entidad creada para equilibrio del poder que habéis ejercido sin más límites que vuestra conciencia.
»¡Votad, señores diputados, la ley que provoca este debate, que cuando las Hermanas de la Caridad estén a bordo del vapor y se oiga el cañonazo de leva, responderán nuestras baterías con un adiós fúnebre a esos restos del pasado que esta generación devuelve al Viejo Mundo!… ¡Votad, señores diputados, pronunciad vuestra última palabra en el mundo de la Reforma, que ella será magnífica y sublime
como el último canto de la Ilíada!»[19]
Como ya lo señalé anteriormente en algunas líneas, la letra de Juan A. Mateos, periodística y parlamentaria, es de notorio interés en el régimen de Lerdo de Tejada; sus actuaciones más destacadas en la prensa y en el Congreso corresponden a ese lapso.
Para la Octava Legislatura Constitucional de la Unión, que inició sus labores en septiembre de 1875, Juan A. Mateos resultó electo diputado propietario por el tercer distrito del Distrito Federal, interviniendo a partir de la iniciación de trabajos de aquel cuerpo colegiado en numerosos debates sobre diversos asuntos que permitieron al orador hacer gala de su verbo incendiario, que resonó en la historia de nuestros sucesos políticos, como cuando se aprehendió a Donato Guerra de las filas de la revolución tuxtepecana y Mateos dijo en la sesión del 30 de noviembre de 1876 sus conceptos que lo calificaron definitivamente en la corriente del gobierno de Sebastian Lerdo de Tejada: «El partido de la administración, el partido de la paz de la República, no enclavijará las manos ni rechinará los dientes, como ha dicho su señoría: él ha quemado sus naves delante de esos motines sanguinarios: perecerá en la demanda; él será un partido cadáver arrastrado por las turbulentas olas de la revolución; pero entre tanto no se detendrá ante ningún obstáculo: seguirá su marcha con la ley en la mano, hasta que llegue el momento supremo en que luzca como un
sol de fuego la Constitución de 1857».[20]
Ya en los últimos momentos, en la agonía del régimen de Sebastian Lerdo de Tejada, tambaleante por la revolución porfirista de Tuxtepec, Mateos se erguía en el Congreso defendiendo la legalidad y el orden constitucional en un apasionado discurso al cual corresponden los siguientes fragmentos, de que no hemos querido privar al lector y que sirven para conocer el desarrollo posterior de la vida de Mateos, a su elocuencia política se deben estas líneas:
«Vivimos aún, señores diputados; los augures revolucionarios habían predicho que no nos reuniríamos en el equinoccio de septiembre y ya caminamos en el solsticio de invierno, época en la cual habremos dado solución a las importantes cuestiones que vienen al debate de este período.
»Vivimos aún ciudadanos diputados y, venimos con el valor de nuestras convicciones a enclavarnos a esta tribuna, a apurar gota a gota, la hiel emponzoñada del dicterio, los denuestos de nuestros antiguos amigos y rechazar con valor las agresiones brutales de nuestros adversarios.
»Afortunadamente la revolución nos sorprenderá en el baño como a Marat el puñal de Carlota Corday; nosotros como Juan Huss el gran sentenciado del Concilio de Constanza, ya hemos ensayado nuestras manos en el fuego, y tenemos la convicción de sufrir con valor las llamas de la hoguera.
»Estamos sobre una situación candente y llamamos a las puertas de lo extraordinario.
»Veamos, señores, con la frialdad serena del legislador, si ha llegado el momento que con la cruz roja marcaron nuestros padres los constituyentes en el Pacto Fundamental de la República. Pensamiento sombrío que auguraba que la paz de esta tierra tenía que turbarse, empapando nuestro suelo oleadas de sangre como las que sacuden el Pacífico y Atlántico sobre las rocas de nuestros continentes».
Y después de atacar al movimiento de Porfirio Díaz y los antecedentes del General Manuel González, continuó:
«Aquí, en el seno de la Cámara, como en la época del consulado de Cicerón en los tiempos de Catalina, la revolución viene a tomar asiento en los escaños de este Congreso. La revolución agonizante en los campos de batalla, perdida en el criterio de los hombres pensadores y sentenciada en el mundo de la opinión pública, viene a librar su último combate en esta tribuna; nosotros, como los caballeros antiguos, tenderemos la mano ante nuestros adversarios antes del duelo. Estamos en plena conspiración; en esta Cámara se refleja en estos momentos la situación entera de la República; aquí está la arteria donde palpitan todas las pasiones que forman el caos de nuestra política».
A continuación el diputado Mateos expuso los tres pensamientos o las tres fases que ocupaban la discusión y la pasión en el concierto nacional:
«El principio de la legalidad con todo el vigor de las instituciones, cuyo estandarte sostendremos muy alto a todo trance y a través de toda vicisitud, porque la revolución no nos hará salir en camisa como a los Gracos; caeremos al pie de esa bandera como el último de los cartagineses.
»Sea la segunda, la revolución que viene atropellando todo, que proclama las cortes marciales y el patíbulo, y que viene pidiendo sangre para refrescar sus fauces calenturientas, y un pedestal como la columna de Vendôme donde se asienta la figura de uno de los déspotas más grandes de Europa, para proclamar la dictadura militar y llevar entre sus acicates y las herraduras de sus caballos, las hojas de la Constitución.
»La tercera entidad es una revolución que podemos llamar pacífica. Trae todas las tradiciones del antiguo partido moderado y busca un eslabón constitucional para apoderarse de la revolución: no teniendo elementos para lanzarse al campo de la lucha, se esconde tras la figura de Porfirio Díaz, para salir a la hora del éxito y apoderarse de la victoria. ¡Hermoso cuadro, pero irrealizable! No es posible en el año de 1876 lo que cupo en los sucesos de 1828 y 1832».
Ese análisis de profunda raigambre sobre las tres situaciones que se daban en el ámbito nacional, tuvieron el contenido de una videncia que sólo la experiencia de hombres como Juan A. Mateos podían externar; las realidades futuras demostraron el aherrojamiento de la libertad, el conculcamiento de la Constitución y las transacciones de la dictadura de Porfirio Díaz con la clase reaccionaria tanto clerical como militarista.
El valor cívico demostrado por el diputado Mateos le atrajo la eliminación inmediata de la política nacional al arribo de Porfirio Díaz al poder en el año de 1877, y no es sino hasta 1880 cuando Mateos volvió a figurar en política, esta vez, de nueva cuenta, en la Cámara de Diputados como representante, al Décimo Congreso Constitucional; se dejó entonces escuchar la voz de Mateos, como él mismo señaló en uno de sus discursos, después de todos esos años en que lo alejaron de la política los acontecimientos que envolvieron a la nación bajo el manto del Plan de Tuxtepec; al referido Congreso resultó electo diputado propietario por el sexto distrito del Estado de Hidalgo, y en la sesión correspondiente a la novena junta preparatoria celebrada el 13 de septiembre de 1880 dijo:
«Debo comenzar haciendo un llamamiento a vuestra benevolencia, toda vez que acaba de dejar la tribuna uno de los oradores más elocuentes del 10.º Congreso Constitucional; no es extraño que después de cuatro años de sombra y de silencio, se encuentren enmohecidos los muelles de la palabra, y esta Cámara no debe esperar de mí un gran discurso, ni mucho menos en un negocio tan sencillo, ya definido en el criterio de la comisión, y que está al alcance de las capacidades menos experimentadas, como la de la humilde personalidad que en estos momentos se dirije a la junta».
La actividad del diputado Mateos disminuyó en comparación con la de anteriores Congresos, sin embargo, no cesó de mostrarse el liberal de siempre, ello se demuestra cuando en la sesión correspondiente al día 23 de septiembre de 1880 presentó un proyecto de ley en los siguientes términos:
«Art. 1.º Todos los templos y casas curales de propiedad nacional, que desde la publicación de esta ley estén a cargo, o funcionando en ellos clérigos extranjeros o individuos de la extinguida Compañía de Jesús, serán clausurados por las autoridades políticas y puestos en pública subasta por quienes corresponda.
Art. 2.º El denunciante tiene el treinta y tres por ciento del valor de los edificios.»
Los temas de la instrucción pública, construcción de ferrocarriles, debates electorales, mejoras materiales, deuda pública, y otras materias, fueron toques de atención que vibraron en la Cámara de Diputados a través de la voz del diputado Juan A. Mateos, cuya historia parlamentaria, he reseñado en la mayor brevedad posible, pues material lo hay suficiente para escribir un grueso volumen.
Al inicio del régimen de Manuel González, figuró como ya he dicho en dos legislaturas y en el segundo período de Porfirio Díaz también estuvo en la lista de los diputados, así como en subsiguientes legislaturas cuya presencia prestigiosa siempre fue notoria dentro de la política de la dictadura, aunque sin debates, ya que sabemos que el Porfiriato impidió toda la acción debida al Congreso de la Unión.
Hasta el momento mismo de su fallecimiento, estuvo ligado al Congreso de la Unión y al momento de su deceso desempeñaba un cargo en la Biblioteca de la
Cámara de Diputados.[21]
De Juan A. Mateos, periodista, escritor y político, hemos querido que a través de éstas líneas, quede un recuerdo imperecedero, en virtud de su actitud dentro de la prensa periódica del Siglo Diez y Nueve, como un gran escritor literario y como un vigoroso orador parlamentario; a hombres que como él, mucho dieron en beneficio de México, no podemos menos que venerar ahora que se cumple el setenta aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 29 de diciembre de 1913, a las dos y cuarenta y cinco minutos de la tarde, en los altos de la casa número 63 de las calles de Zarco en la ciudad de México, a causa de una arteroesclerosis y agotamiento.
¡La historia guarde a Juan A. Mateos!
Dr. José Barragán.
Instituto de Investigaciones
Jurídicas. UNAM.