Juan A. Mateos

Juan Antonio Mateos · Capítulo 6 de 27

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Juan A. Mateos

La Reacción

La Reacción [22]

Grande es el entusiasmo que reina en la capital para resistir a la reacción. La prensa liberal anima al pueblo, y de cada ciudadano se improvisa un soldado y cada soldado es un valiente.

El gobierno pasado durante la revolución, estaba calenturiento, sus medidas eran extraviadas, los triunfos de sus contrarios lo exasperaban y su cólera se ensañaba en los ciudadanos inermes de las capitales, quienes llegaron a arrastrar la cadena del presidiario, para lo cual bastaba una simple denuncia o una sospecha.

El actual gobierno tiene la calma de la justicia, sus providencias no son el eco de las pasiones desenfrenadas, de esas banderas, que aspiran a fines nobles; son las que exigen esa crisis a la que nos ha conducido la ambición de unos hombres que no tienen otro programa que sentarse en la silla presidencial, para burlarse de sus pro-hombres y vengarse de sus enemigos.

El actual gobierno inaugurado por la voluntad de la nación, ha cumplido con uno de sus deberes más sagrados, ha llamado al pueblo y le ha dicho: «¡Has sido siempre víctima de la ambición, te han oprimido porque has estado inerme, han invocado en todas ocasiones tu nombre porque tu causa es la más santa; la guerra civil mata tu industria, estás en la miseria, en la abyección, en el vilipendio; toma las armas, defiende tu libertad amenazada; porque estás llamado a ocupar un lugar distinguido en el mundo civilizado!»

Estas palabras han llegado al corazón del pueblo.

La Guardia Nacional se ha levantado.

México se fortifica, todos aguardan con impaciencia el desenlace de los acontecimientos de Puebla, ahora, que va a llegar al frente de sus parapetos la brigada Villarreal. Esas tropas escogidas y valientes sabrán vencer a esa turba de bandidos, cortando las cabezas de la hidra clérico-militar. Pero para que se vea que en ningún caso los reaccionarios pueden alimentar la esperanza de un triunfo completo, supongamos que hicieran un movimiento sobre la capital, y que fuese la hora llegada.

Nuestras trincheras, se verían coronadas de valientes; el pueblo ha comprendido su misión, y lucharía, hasta sucumbir en la demanda, o escarmentar a sus espoliadores.

Los reaccionarios han creído que México es la llave maestra de la república, y una vez tomado, la revolución está consumada bien presente deberían tener el ejemplo del general Santa Anna, que contando con noventa mil bayonetas derramadas en todo el territorio, de las cuales diez mil estaban en la capital, tuvo que huir al extranjero agobiado por la opinión pública que lo rechazaba; de esa sociedad a quien había escarnecido. Supongamos, sin concederlo porque tal cosa es imposible, que caiga México en poder de los reaccionarios, ¿qué habrían aventajado?; unos palmos más de terreno, que les sería ingrato, como el que hasta hoy han adquirido. El general Vidaurri, cuyo nombre es una amenaza, se adelantaría con sus hombres de blusa, y todos los Estados lo imitarían, enviando fuerzas, para ahogar a la revolución en su cuna. Afortunadamente están palpitantes los recuerdos de la administración pasada, no han reverdecido aún los campos incendiados, ni se han levantado las cabañas derribadas, de los valientes y desgraciados hijos del Sur. Los nombres de Haro, Güitian, Severo Castillo y otros muchos, no se han olvidado; no hay una sola simpatía para ellos, son los Carlinas de México, parodiadores nada más del revolucionario romano. Los periódicos pagados por la reacción debían tener más decoro o más talento. Cierto es que en los gobiernos liberales, todo ciudadano es libre para emitir sus opiniones, pero cuando esa opinión, sea cual fuere, es en contra del gobierno establecido, y esté proclamada por hombres que con las armas en la mano, traten de derribarlo, todo el que las secunde debe tenerse como enemigo y castigarse. Hay impresiones que aunque fáciles de borrar al pronto pueden ser fatales, y de este género son las que propaga diariamente esa prensa mercenaria, que abusando de las instituciones liberales, prostituye su misión torciéndola en favor de los conspiradores de oficio, y poniéndose bajo el influjo de un partido tenebroso que se entiende por telégrafo de oro.

Cuatro meses han pasado desde que el pueblo se lanzó a la imprenta del Universal para hacer justicia sobre esas prensas de maldición, destinadas a reproducir continuamente el programa de nuestro desquiciamiento político. No será muy difícil que esta escena se repita: una vez que los escritores conservadores injurian al pueblo del modo más audaz, los mismos escritores que aconsejaban al dictador de coronase, hoy, ocultando la corona tras de las bases orgánicas que cayeron en medio de la rechifla popular, proclaman de una manera directa los principios de la reacción, insultan a los demócratas, ridiculizan las ideas liberales, y minan el edificio del gobierno con tanta torpeza que más bien causan risa que temor.

La ley de imprenta los ha puesto en conflicto, porque cuando no se escribe con el corazón, sino con miras siniestras y depravadas, se tiembla al poner la firma al pie de un escrito. ¡Nada importa!

Ya está frente a frente el pueblo y la reacción.

Las facciones son como los hombres, se suceden, por consiguiente es fácil anonadarlas.

El pueblo es uno siempre, nunca muere, jamás puede desaparecer.

La reacción proclama oropeles y empleos para unos cuantos favoritos, el pueblo defiende su libertad.

¡LA VOZ DEL PUEBLO ES LA VOZ DE Dios!