Juan A. Mateos

Juan Antonio Mateos · Capítulo 7 de 27

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Juan A. Mateos

Situación. Pasado y Porvenir

Situación[23]

 

Pasado y Porvenir

 

Llamado por los acontecimientos, el actual supremo magistrado a representar el principal papel en la escena política, se deseaba con ansia ver el programa de su gobierno; los periódicos de la oposición no cesaban de decir que la actual administración no llevaba una marcha franca, y suponían que el sostenedor del Plan de Ayutla, si no se filiaría, como era imposible, bajo las banderas conservadoras, al menos no empuñaría con firmeza la bandera progresista. Cada paso, cada disposición del gobierno, ha ido formando los artículos de ese programa tan deseado. El hombre salido del pueblo y conducido por el pueblo a regir los destinos de la nación, no podía adoptar otro plan político que el demandado por las circunstancias. La revolución hecha exclusivamente por el pueblo escarnecido y vejado durante el fatal período de la administración de Santa Anna, no consentiría en doblar su frente vencedora sino ante los principios democráticos, único faro de salvación en la tempestad política en que se agita todavía. Porque cuando un pueblo se identifica con una idea, es preciso para borrarla, que pasen cien generaciones, porque las ideas se heredan y se transmiten. Las revoluciones traen consigo, como consecuencia necesaria, las ideas exageradas, que sólo la prudencia puede templar. La Francia de 93, arrastró a la guillotina hasta a sus héroes, y las páginas de oro de esa revolución, no pueden leerse porque están manchadas con sangre; ¿qué se hizo el gorro frigio?

¿Cayó también al golpe del verdugo con la cabeza de Luis XVI…? Un mar de sangre separa a la nobleza del pueblo, los rencores de esa nobleza perseguida en sus últimos atrincheramientos, han colocado a Napoleón III en un trono levantado sobre los escombros de la República; medio siglo está desafiando a ese azote de la Francia; el siglo XIX verá la resurrección de esa República inaugurada entre las barricadas de cuarenta y ocho.

En México, la sangre ha rescatado también los principios democráticos; los satélites del tirano, incendiaron los pueblos, talaron los campos, saquearon las ciudades y se anegaron en la sangre de los mexicanos; el pueblo pedía venganza, y Dios acercó el día de su justicia. El pueblo de México no es sanguinario, ni tiene esas tendencias salvajes a la hora de sus triunfos, como se advierte, aún en las naciones más civilizadas; la compasión lo caracteriza; levantó su clamor, y cuando ha visto las víctimas en sus manos, ha pedido el olvido y el perdón. ¡Sublime abnegación que no comprenden las almas ruines de sus expoliadores!…

Comonfort vio con serenidad, encapotarse el horizonte político amenazando una nueva tempestad, que ha conjurado a la cabeza del pueblo, que le ha confiado su porvenir. Su conducta en la última revolución provocada por las ambiciones quiméricas de un eterno conspirador, ha sido la del cónsul romano en la guerra catilinaria. Ha dejado conspirar a Haro públicamente y tener jesuitas revolucionarios en su casa; ha sabido con certeza, que daba pagas a los oficiales para que marchasen a engrosar las filas reaccionarias y tenía confidencias íntimas con algunos jefes del ejército; sin embargo, se toleraba su imprudencia porque el presidente decía lo que Cicerón: «Con quitarle la vida a él solo, a mi entender únicamente se reprimiría un poco esta peste, pero no se podría atajar para siempre. Y si se saliere y llevare consigo los suyos, y juntare en un mismo lugar a los demás náufragos recogidos de todas parte, no sólo se logrará la total extinción de esta peste que tanto ha sucundido sino que se arrancarán de raíz los retoños y se acabará la semilla de todos los males que afligen a la República». El presidente quiso probar a esos conspiradores, que la fuerza se estrella ante la voluntad nacional.

No estaban aún derribadas las trincheras y cubiertos los fosos, cuando el presidente, haciendo uso de la facultad que tenía de señalar, por el art. 4.º de la capitulación, la manera con que habían de quedar los oficiales y jefes reaccionarios en el ejército, les mandó recoger los despachos, y desde general hasta sub-teniente, los puso en las filas de los soldados rasos. Este golpe mortal a las aspiraciones de los vencidos los acabó de poner en desconcierto. Multó al clero de Puebla por la parte activa que tuvo en la contienda civil.

El art. 4.º de la capitulación, vino a templarse con el indulto: este acto de misericordia, ha sido juzgado como hijo del honor; ¿podría tenerlo el que plantó sus banderas en los parapetos de Puebla y obligó a sus enemigos a humillarse, teniendo las armas en la mano y el campo libre para sucumbir con más honor? Los que esparcen esas especies, fueron acaso los más cobardes y pusilánimes que hubo en el sitio de Puebla; oradores de cafés y alamedas no son temibles, por impotentes; plantas parásitas aún en las clases más degradadas de la sociedad, no crecen sino al arrimo de otras más atrevidad o menos tontas. El gobierno sabe sus opiniones y comprende sus tendencias, mide sus fuerzas, y los ve con el más profundo desprecio.

El clero se opone con toda su fuerza a la intervención de sus bienes, llave maestra de su influencia política. Un obispo se rebela, y sale desterrado; los conservadores gritan y dicen que el pueblo se opone a esa violencia, porque una docena de sacristanes y hermanos de la cofradía se agrupan por curiosidad a presenciar un espectáculo enteramente nuevo para ellos. El gobierno oye impasible estas fábulas y no ceja un solo paso en la marcha que se ha propuesto.

En las repúblicas es de sumo interés que las clases se mantengan a un mismo nivel, porque la preponderancia de una de ellas es un contraprincipio en el sistema democrático: una facción que prepondera, cae en la tiranía, y la tiranía de una facción es peor que la de un rey absoluto; cuando la sociedad pierde su nivel debe desquiciarse.

Una sola providencia, fuera de las ideas proclamadas, nos traería la adversidad.

La energía y la firmeza son las salvadoras en las crisis de más riesgo; si el gobierno se desalienta y no escucha los consejos de las amigas y se ensordece la voz del pueblo, podrá verse en conflictos. Ya que el Sr. Comonfort se ha conducido con tanto acierto, y es el hombre de las circunstancias, le aconsejamos que continúe como hasta ahora; si su caída está decretada, cosa que no creemos posible, descienda de su puesto con la gloria de haber trabajado por el adelanto de su país, sin haber cometido inconsecuencia alguna con el pueblo que lo ha elevado.

Todos los mexicanos de corazón y juicio es preciso que trabajen incesantemente; porque las instituciones peligran mientras el gobierno no tenga un sostén, un apoyo sobre que descansar; hagamos notar a nuestros enemigos por sus tendencias retrógradas, obremos sin embozo. Tenga cada uno en la frente su sentir acerca de la República.