Juan A. Mateos
El desamparo de los jesuitas
El desamparo de los jesuitas [38]
El Tribunal Supremo de la Nación se reunió ayer en acuerdo pleno para revisar la sentencia del Juez de Distrito que dispensó el amparo a los jesuitas extranjeros.
Nunca ha estado la sesión más solemne, ni ha resplandecido con tanta majestad la justicia de México.
Se abrió el debate con la elocuencia oratoria, con la lógica inflexible del presidente de la corte, apoyando el principio constitucional, base de la disposición del ejecutivo en su decreto de expulsión.
El ministro de Paso del Norte hacía su debut en el Supremo Tribunal, en un negocio de alta importancia para la República.
Ninguno de sus argumentos tenía réplica, ninguna de sus ideas podía controvertirse en la alta escuela del derecho.
Iglesias tuvo arranques sublimes de patriotismo, arranques irresistibles ante los cuales se inclinaban el corazón y el raciocinio.
El magistrado Arteaga, que ha sostenido a los jesuitas desde que se inició la cuestión en la prensa, tomó a su cargo la tarea imposible de la réplica.
Esa réplica no puede tomarse a lo serio en tela de análisis constitucional.
Ramírez habló a su vez; ¡aquella voz era la de la Reforma, era un eco robusto de nuestros padres los Constituyentes!
Ramírez, el Ministro de 61, el que mandó derribar en una noche los conventos en medio de la tempestad revolucionaria; Ramírez que ha sido el asta-bandera, donde ha flameado la Constitución vencedora.
A ese hombre extraordinario se le vio encenderse al fuego del sol de 57, y hablar como el sagrado oráculo de las instituciones.
Altamirano, joven impetuoso apenas contenible en el debate habló con entusiasmo, recorrió la historia y fijó a su vez el principio, como un hábil marino que tira sus anclas en un seno conocido.
Para que estuviese asociado a un acontecimiento tan notable lo que tiene de más pensador el foro mexicano, tomó la palabra León Guzmán, el Procurador General de la Nación.
El diputado del constituyente estuvo tan severo con el Juez de Distrito, como desdeñosos sus altos colegas.
El Procurador General no sólo se enfrascó en la revocación de sentencia tan absurda, sino que inició el juicio de responsabilidad. Seguióse la votación, y la sentencia de amparo fue revocada por los magistrados, con excepción del Ministro Arteaga.
La corte envió al Tribunal del Distrito al juez Bucheli como a un reo de lesa Constitución.
Es el siglo condenando a un período.
Es la época sentenciando al pasado.
Es la democracia moderna, escupiendo el rostro del retroceso y el fanatismo.
La cuestión está terminada.
Los jesuitas pasarán como habíamos augurado, las aguas del Atlántico.
El Juez se sienta en el banquillo dejos acusados.
Ésta es la justicia de la República.