La canción de Aquiles
Ocho
A la hora del desayuno todo el mundo estaba al corriente de la marcha de Aquiles. Las miradas y cuchicheos de todos me siguieron hasta la mesa y perduraron cuando fui a por comida. Mastiqué y tragué aunque cada trozo de pan ingerido me sentaba en las tripas como si fuera piedra. Deseaba alejarme de palacio. Quería respirar al aire libre.
Me dirigí al olivar, arrastrando los pies sobre la tierra seca. Me pregunté si esperaban que me incorporase a la instrucción con los demás chicos ahora que él se había ido y también si alguien iba a percatarse o no de mi ausencia. En parte esperaba que lo hicieran. «Azotadme», pensé.
Podía oler el mar. Estaba en todas partes: en el pelo, en las ropas, en el sudor pegajoso de la piel. La podredumbre húmeda e insalubre del océano se hallaba en todas partes y me afectaba incluso en la arboleda, entre el moho de las hojas y la tierra. Cuando sentí arcadas, me incliné contra el tronco de un árbol, cuya corteza me laceró la frente. Eso me avivó. «Debo alejarme de este olor».
Anduve rumbo a septentrión por uno de los caminos contiguos a palacio, saturado de polvo en suspensión levantado por las ruedas de los carros y los cascos de los caballos. Poco después del palacete la pista se bifurcaba en dos direcciones: un ramal se dirigía al suroeste a través de herbazales, rocas y colinas bajas; por ahí había venido yo tres años atrás; el otro culebreaba en dirección al norte, hacia el monte Otris, y tras el mismo,
el monte Pelión. Seguí el trazado de ese camino con la mirada: bordeaba las faldas boscosas de las montañas antes de desaparecer entre las mismas.
Un sol de justicia caía a plomo sobre mí desde el cielo estival como si pretendiera hacerme volver a palacio, pero aun así, me demoré. Había oído decir que nuestras montañas eran de una belleza extrema: había perales y cipreses, y arroyos alimentados con el agua de hielos recién derretidos. Allí dispondría de frescor y sombra; allí estaría lejos del brillo cegador de las playas y el centelleo del mar.
«Podría ir». La idea se me ocurrió de repente, pero me pareció fascinante. Había recorrido aquel sendero solo para escapar del mar, pero ahora el sendero se abría ante mis ojos, ofreciéndose para llevarme a las montañas. «Junto a Aquiles». Empecé a respirar deprisa, como si intentara acompasar los pulmones al ritmo desbocado de mis pensamientos. No tenía ninguna pertenencia, nada que me perteneciera, ni una túnica, ni una sandalia. Todo era propiedad de Peleo. «Ni siquiera necesito hacer el equipaje».
Mía solo era la lira de mi madre, guardada en el arcón de madera situado en aquel cuarto interior de música. Vacilé un momento mientras pensaba si podría volver para llevármela, pero ya era mediodía y solo disponía de la tarde para viajar antes de que descubrieran mi ausencia, o al menos me hice esa ilusión, y enviaran a alguien tras mis pasos. Miré de soslayo hacia palacio, donde no vi a nadie. Los guardias debían de hallarse en otro sitio.
«Ahora, ha de ser ahora».
Eché a correr. Mientras me alejaba del palacio y bajaba por el camino en dirección al bosque sentí en los pies un dolor similar al que habría sentido si hubiese caminado sobre piedras al rojo vivo. Mientras trotaba, me prometí que si alguna vez volvía a verle me guardaría mis pensamientos.
Ahora sabía qué alto precio podía pagar si no lo hacía. Sentí calambres en las piernas e hirientes punzadas en el pecho. Persistí.
Rompí a sudar a chorros y mi transpiración chorreaba hasta caer al suelo antes de que yo lo pisara. Cada vez estaba más sucio por culpa del polvo y de los trocitos de hojas que se me pegaban a las piernas. Mi mundo
circundante se redujo al paso de mis pies y la siguiente yarda polvorienta del camino.
Por último, al cabo de una hora, tal vez dos, fui incapaz de seguir. Me doblé a causa del dolor. El brillo del sol vespertino empezó a declinar mientras en los oídos me resonaba el tamborileo del pulso. Ahora, cuando el palacio de Peleo quedaba a una distancia considerable, el sendero transcurría por una zona densamente poblada de árboles a ambos lados. A mi derecha se alzaba el Otris, y el Pelión inmediatamente detrás. Observé con fijeza la cima del Otris e intenté calcular a qué distancia se hallaba.
¿Diez mil pasos? ¿Quince mil? Eché a andar.
Conforme pasaban las horas me encontraba más débil y tembloroso, y daba trompicones con frecuencia. El sol había dejado el cenit hacía mucho y se le veía colgar a baja altura en el cielo de occidente. Me quedaban cuatro o cinco horas de sol a lo sumo y el monte parecía estar tan lejos como de costumbre. De repente tomé conciencia de que no iba a llegar al Pelión antes del anochecer. No tenía comida ni agua ni esperanza de hallar abrigo, no tenía nada, salvo la túnica empapada por el sudor de mi espalda.
No iba a dar alcance a Aquiles, ahora estaba seguro de eso. Había abandonado el camino primero y luego a su caballo para subir a pie por aquellas laderas. Un buen rastreador habría observado los bosques del camino y habría reparado en una rama rota o torcida allí donde un muchacho se había abierto camino, pero yo no era un buen explorador y el sotobosque contiguo al camino me parecía todo el rato igual. Me pitaban los oídos a causa del cricrí de los grillos, los gritos penetrantes de las aves y el áspero resuello de mi respiración. Me dolía el estómago como cuando se padece hambre o desesperación.
Y entonces hubo algo más: un sonido desnudo al borde de lo audible.
Pero yo lo oí y me quedé helado a pesar del calor. Conocía ese sonido.
Tenía una nota de sigilo, era la voz de un hombre exigiendo silencio. Era la reacción ante un nimio paso en falso o el crujido de una sola hoja, pero había bastado.
Me envaré y agucé el oído con el miedo agolpado en la garganta. ¿De dónde venía esa voz? Clavé la mirada en la vegetación a uno y otro lado del
sendero, mas no tuve valor para moverme: el eco amplificaría el menor de los sonidos y lo haría audible en lo alto de la montaña. Ignoraba qué peligros podía correr, pero todos desfilaron por mi mente: soldados enviados por Peleo, la propia Tetis, cuyas manos eran frías como la arena cuando me agarró por el cuello, o bandidos, pues estaba al tanto de que acechaban por los caminos y había oído contar historias de chicos raptados y retenidos hasta morir por culpa de los abusos. Mientras intentaba contener el aliento y reprimir todo movimiento, cerré los puños con tanta fuerza que los dedos se me volvieron blancos. Mis ojos se posaron entonces en un compacto manojo de milenrama en flor tras el cual podría ocultarme. «Ve ahí ahora mismo».
Volví con rapidez la cabeza al detectar un movimiento entre los árboles próximos al camino, pero reaccioné demasiado tarde. Alguien o algo me golpeó por la espalda, haciéndome caer de bruces contra el suelo. El atacante se me echó encima. Cerré los ojos y esperé la cuchillada.
Pero esta no llegó. No hubo nada, nada, salvo silencio y unas rodillas clavadas en mi espalda. Al cabo de un momento percibí que el agresor había puesto las rodillas de forma que me sujetaran sin hacerme daño.
—Patroclo.
«Pa-tro-clo».
No me moví.
La presión de las rodillas cesó y unas manos me levantaron con suavidad. Aquiles me estaba mirando.
—Esperaba que vinieras —dijo.
Me dio un vuelco el estómago, convertido en un hervidero de nervios y alivio al mismo tiempo. Permanecí pendiente de Aquiles, sin perderme detalle de su pelo argénteo y la suave curva de sus labios carnosos. Mi gozo era tan intenso que no me atrevía a respirar. No sabía qué podía decirle. Tal vez podría decirle «Lo siento», o incluso algo más. Despegué los labios para hablar, pero entonces una voz detrás de nosotros formuló una pregunta:
—¿Está herido el muchacho?
Aquiles volvió la cabeza. Desde mi posición, debajo de él, solo podía ver las patas de un caballo, y más concretamente, los espolones castaños de
unos menudillos cubiertos de polvo.
—Doy por hecho, Aquiles el Pelida[5] —continuó la voz con calma—, que esta es la razón por la que aún no te has reunido conmigo en la montaña, ¿no?
Mi mente empezó a comprender casi a tientas. Aquiles no había acudido junto a su instructor. Había permanecido ahí esperándome.
—Saludos, maestro Quirón. Te pido disculpas. Sí, no había venido antes por esto —dijo Aquiles, adoptando una voz principesca.
—Ya veo.
Deseaba fervientemente que mi amigo se levantara, pues me sentía muy ridículo en el suelo debajo de él. Y estaba asustado. La voz del hombre no mostraba ira, pero tampoco amabilidad. Era clara, grave y desapasionada.
—Arriba —ordenó.
Aquiles se levantó muy despacio.
En ese momento me habría puesto a gritar de muy buen gusto si el miedo no me hubiera atenazado la garganta. Por eso, en vez de un alarido proferí un ruido similar a un gañido medio estrangulado y me arrastré hacia atrás.
Las musculosas patas de caballo terminaban en el torso igualmente membrudo de un hombre. Contemplé fijamente la zona donde la lustrosa pelambrera castaña se convertía en piel, allí donde tenía lugar la unión imposible de cuadrúpedo y humano.
Sin apartarse de mi lado, Aquiles hizo una inclinación de cabeza y se disculpó.
—Lamento mucho el retraso, maestro centauro, pero debía esperar a mi amigo. Acepta mis disculpas, por favor. —Se manchó de polvo y tierra la túnica limpia al arrodillarse—. Deseaba ser tu pupilo desde hace mucho.
El rostro del centauro era tan serio como su voz y aún más entrado en años, por lo que pude apreciar. Lucía una barba negra cuidadosamente recortada.
Contempló a Aquiles durante unos instantes antes de responder:
—Agradezco la deferencia, pero no necesitas arrodillarte ante mí, Pelida. Dime, ¿quién es este compañero que nos ha hecho esperar a los dos?
Aquiles se volvió hacia mí y me tendió una mano. Yo la cogí con aire vacilante y me ayudé de ese punto de apoyo para levantarme.
—Este es Patroclo.
Supe que me tocaba hablar cuando se hizo un silencio.
—Mi señor —dije con una reverencia.
—No soy un señor, Patroclo Menoitiades. —Levanté la cabeza al oír el nombre de mi padre—. Soy centauro y preceptor de hombres. Me llamo Quirón.
Tragué saliva y asentí sin atreverme a preguntar cómo sabía mi nombre.
Me estudió con la mirada antes de decir:
—Estás exhausto, por lo que parece. Necesitas agua y comida. Hay un largo viaje hasta mi hogar en Pelión, demasiado para que tú puedas hacerlo a pie. Hemos de buscar otra fórmula.
Quirón volvió grupas y yo hice lo posible por no quedarme boquiabierto al verle mover las patas.
—Viajaréis sobre mis lomos —anunció el centauro—. No suelo ofrecer algo así a unos desconocidos, pero toda regla tiene su excepción. —Se detuvo unos instantes—. Supongo que os han enseñado a montar, ¿verdad?
Los dos nos apresuramos a asentir.
—Menuda lástima. En fin, olvidad todo cuanto habéis aprendido. No me gusta sentir el apretón de unas piernas ni ser taloneado. El que vaya delante debe agarrarse a mi cintura y el de detrás, a la cintura de su compañero. Si alguno de vosotros piensa que va a caerse, que lo diga.
Aquiles y yo intercambiamos una mirada a toda prisa mientras él se adelantaba.
—¿Y cómo voy a…?
—Me arrodillaré para que podáis subir. —Quirón dobló las patas caballares en el suelo. Su lomo era amplio y, al estar perlado de sudor, relucía ligeramente—. Agarraos a mi brazo para mantener el equilibrio —
nos aleccionó el centauro.
Aquiles lo hizo, pasó una pierna al otro costado y se acomodó. Entonces me tocó a mí. Al menos no me había tocado ser el jinete de delante, demasiado cerca de donde la piel daba paso al pelaje castaño. El centauro
me ofreció el brazo para ayudarme y yo lo acepté. El miembro era largo y musculoso, y cubierto por abundante vello negro que no guardaba relación alguna con su mitad cuadrúpeda. Me senté y estiré las piernas sobre sus amplios lomos todo cuanto pude, hasta casi resultar incómodo.
—Ahora voy a ponerme de pie —anunció Quirón. El movimiento fue muy suave, pero, aun así, me agarré a Aquiles. La criatura tenía una alzada muy superior a la de un caballo normal, así que los pies me colgaron tan lejos del suelo que me entraron mareos. Aquiles apoyó con suavidad las manos sobre el tronco de Quirón—. Vas a caerte si te agarras con tan poca fuerza —le avisó el centauro.
Enseguida me sudaron las manos ante la intensidad con que me aferraba al pecho de Aquiles. No tuve valor para aliviar mi presa ni por un momento.
El modo de andar de un centauro era menos simétrico que el de un caballo y lo irregular del terreno solo empeoraba las cosas. Además, me resbalaba peligrosamente sobre el pelaje sudado.
El paso firme de Quirón no decreció ni un ápice mientras subíamos entre los árboles a toda velocidad a pesar de que, hasta donde yo era capaz de apreciar, no había sendero alguno. Yo daba un respingo cada vez que un traqueteo impulsaba mis talones contra los costados del centauro.
Durante la ascensión, Quirón, sin variar un ápice esa voz suya tan seria y formal, nos decía cosas como:
«Ese monte de ahí es el Otris».
«Los cipreses son más frondosos y grandes en el lado norte, como podéis ver».
«Ese arroyo afluye en el río Apidano, que atraviesa las tierras de Ftía».
Aquiles se volvió para mirarme. Sonreía de oreja a oreja.
Subimos a mayor altura todavía, y el centauro sacudía su gran cola negra para espantar a las moscas de todos nosotros.
Quirón se detuvo de forma tan repentina que me encontré estampado contra la espalda de Aquiles. Habíamos llegado a un pequeño calvero en medio de un bosquecillo rodeado en parte por un afloramiento rocoso.
Todavía no nos hallábamos en la cima, pero estábamos cerca, y sobre nuestras cabezas refulgía un cielo azulísimo.
—Hemos llegado.
Quirón se arrodilló para facilitarnos la bajada. Saltamos de su lomo con cierta inseguridad.
Nos hallábamos delante de una cueva, pero ese nombre no le hacía justicia, pues no era de piedra oscura, sino de pálido cuarzo rosa.
—Venid —invitó el centauro.
Le seguimos al otro lado de la boca de la gruta, lo bastante alta como para que no tuviera que agacharse. Bizqueamos un poco, pues en el interior reinaba la penumbra, aunque no era tan intensa como debería haberlo sido gracias a las paredes de cristal. En uno de los confines manaba una fontana cuyo curso parecía desaguar en la misma piedra.
En las paredes colgaban una serie de instrumentos de bronce extraños que no reconocí. Sobre el techo de la gruta podían verse líneas y manchas de colores conformando las constelaciones y representando el movimiento de los astros. Los anaqueles tallados en piedra contenían docenas de jarras de cerámica adornadas con marcas inclinadas. En un rincón atisbé colgadas liras y flautas, y junto a ellas, utensilios de cocina.
Había una gruesa yacija de dimensiones humanas acolchada con pieles de animal. Quirón la había preparado para Aquiles, pero yo no pude ver dónde se acostaba el centauro. Tal vez no dormía.
—Sentaos ya —nos ordenó. Dentro de la gruta imperaba un frescor de lo más agradable después de haber pasado tantas horas bajo el sol. Me dejé caer sobre uno de los cojines señalados por nuestro anfitrión—. Mañana estarás dolorido y agotado, pero será más llevadero si comes algo —me aseguró.
Se valió de un cucharón para servirnos un guiso espeso de verduras y carne preparado en un perol puesto a hervir en un pequeño fuego al fondo de la gruta. También había fruta: unas redondas bayas rojas que guardaba en el interior ahuecado de un afloramiento rocoso. Comí con fruición, sorprendido de lo hambriento que estaba. Miré otra vez a Aquiles. Notaba
un hormigueo y me encontraba en las nubes de puro alivio. «He escapado», me felicité.
Mi recién cobrada audacia me hizo señalar varios de los instrumentos de bronce colgados en la pared.
—¿Qué son?
—Instrumental de cirugía —me contestó, sentándose delante de nosotros con las patas de caballo dobladas.
—¿Cirugía? —pregunté. No conocía esa palabra.
—Sanación. A veces olvido la barbarie de los países del llano —repuso con voz neutral, calmada y objetiva—. A veces resulta necesario amputar un miembro. Eso de ahí se usa para el corte, y eso otro, para la sutura. La amputación de un miembro permite la salvación del resto del cuerpo. —Se hizo cargo de la fijeza con que miraba esos utensilios, asimilando la finalidad de los afilados bordes dentados de los mismos—. ¿Te gustaría aprender medicina?
Me sonrojé.
—No sé nada de nada.
—Respondes a una pregunta diferente a la que te he hecho.
—Lo siento, maestro Quirón. —No deseaba enfadarle. «No sea que me mande de vuelta».
—No hay razón para disculparse. Limítate a responder a la pregunta.
—S-sí, me en-encantaría a-aprender —tartamudeé un poco—. Parece bastante útil, ¿a que sí?
—Lo es, y mucho —convino Quirón antes de volverse hacia Aquiles, que había seguido el hilo de nuestra conversación—. Y tú, Pelida, ¿también piensas que la medicina es útil?
—Por supuesto —respondió Aquiles—, pero, por favor, no me llames Pelida. Aquí… soy solo Aquiles.
Los ojos oscuros del centauro chispearon durante unos instantes con un destello que era casi de diversión.
—Muy bien. ¿Ves algo aquí que te gustaría aprender?
—Eso. —Aquiles señaló los instrumentos musicales, las liras, las flautas y una cítara de siete cuerdas—. ¿Tocas?
—Sí —respondió Quirón, cuya mirada volvía a ser formal.
—Como yo —repuso Aquiles—. He oído decir que enseñaste a Heracles y a Teseo a pesar del gran grosor de sus dedos. ¿Es cierto?
—Sí.
Me invadió una sensación momentánea de irrealidad. Había conocido a Heracles y a Teseo, los había conocido… de niños.
—Me gustaría que me enseñaras.
El rostro severo del centauro se suavizó.
—Para eso te han enviado aquí: para que pueda enseñarte lo que sé.
Quirón nos guió por las inmediaciones de la cueva con las últimas luces de la tarde. Nos enseñó dónde tenían su cubil los leones de la montaña y nos mostró por dónde fluía el río de aguas lentas y caldeadas por el sol a fin de que pudiéramos bañarnos.
—Podrías bañarte… si te place. —Me miraba a mí mientras lo decía.
Había olvidado mi desaseo, con manchas de sudor y polvo del camino. Al pasar una mano entre los cabellos sentí la arenilla en los dedos.
—Y yo —dijo Aquiles. Se quitó la túnica y se zambulló. Le seguí un instante después.
El agua estaba fría en la zona honda, pero no de un modo desagradable.
Quirón siguió enseñándonos desde la orilla.
—Mirad, lochas, ¿las veis? Y también percas. Esa de ahí es una vimba.
No vais a encontrar ninguna tan al sur. Podréis reconocerla por la boca respingona y el vientre plateado.
Las palabras del centauro se entremezclaban con el correteo de las aguas sobre las rocas, suavizando cualquier posible extrañeza que pudiera haber entre Aquiles y yo. Había algo en el rostro de Quirón, firme, tranquilo e imbuido de autoridad, que nos hacía niños de nuevo, sin nada más en el mundo, salvo aquel momento de juego y la cena de la noche. Resultaba difícil recordar lo sucedido aquel día en la playa mientras él rondara cerca de nosotros. Nos sentíamos más pequeños al lado del corpulento centauro.
¿Cómo se nos podía haber ocurrido pensar que éramos adultos?
Salimos de la dulce agua clara y sacudimos los cabellos bajo los últimos rayos del sol. Me arrodillé junto a la orilla y me serví de piedras para restregar mi túnica y sacar de la tela las manchas de polvo y sudor. Habría permanecido desnudo hasta que se hubiera secado la prenda, pero la influencia de Quirón era tal que ni siquiera se me pasó por la imaginación.
Seguimos a nuestro anfitrión de vuelta a la gruta con las túnicas arrugadas y retorcidas después de haberlas escurrido. El centauro se detenía de vez en cuando y señalaba los rastros de liebres, codornices y ciervos.
Nos explicó que les daríamos caza en días venideros y nos enseñaría a batir el terreno. Le escuchábamos y le preguntábamos con avidez. Nuestros únicos interlocutores en Ftía eran el adusto maestro de lira y el propio rey, medio dormido la mayoría de las veces que hablaba con nosotros. No sabíamos nada del bosque ni de las habilidades mencionadas por Quirón.
Mi mente vagó de vuelta al instrumental colgado en las paredes de la cueva, a las hierbas y otras herramientas de sanación. Cirugía, como él había dicho.
Era casi de noche cuando entramos otra vez en la caverna. Quirón nos asignó tareas fáciles: recoger madera y alimentar el fuego del claro, situado en la boca de la cueva. Nos demoramos junto a las llamas al terminar, agradecidos de calentar el cuerpo en un aire cada vez más frío. Estábamos agradablemente cansados. Nos pesaban brazos y piernas de tanto andar y nos sentamos, entrelazando cómodamente nuestros pies. Hablamos de lo que íbamos a hacer al día siguiente, pero lo hacíamos con pereza. Se nos llenaba la boca al hablar y lo hacíamos despacio a causa de la satisfacción.
Cenamos más guiso acompañado de un tipo de pan fino que Quirón cocinó en una lámina de bronce puesta sobre el fuego. Tomamos bayas con miel silvestre de la montaña como postre.
Había cerrado los ojos y estaba ya en un duermevela cuando el fuego se redujo a rescoldos. Estaba caliente y el musgo y las hojas caídas suavizaban el suelo de debajo. No podía creer que aquella mañana me hubiera despertado en la residencia de Peleo. El pequeño claro y la cueva de paredes centelleantes eran más vívidas de lo que jamás serían las pálidas paredes blancas de palacio.
Me sobresaltó la voz serena de Quirón cuando dijo:
—Voy a decirte una cosa, Aquiles: tu madre me ha enviado un mensaje.
Aquiles tenía apoyado el brazo sobre mí, por eso noté cómo se le tensaban los músculos. A mí se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué dice? —repuso mi amigo con tono neutro, eligiendo las palabras con cuidado.
—Que en caso de que te siguiera el hijo exiliado de Menecio, debo impedirle que esté en tu compañía.
Toda la modorra se me pasó repentinamente y me incorporé de golpe.
La voz de Aquiles sonó despreocupada en la oscuridad cuando repuso:
—¿Y dijo por qué?
—No lo hizo. —Cerré los ojos. Al menos no iba a ser humillado delante de Quirón con la historia de la playa, aunque era un magro consuelo. El centauro añadió—: Infiero que tú conoces su manera de pensar en este tema. No me gusta que me engañen.
Agradecí la penumbra al sentir mi sonrojo cuando percibí una nota de mayor dureza en la voz de nuestro anfitrión. Carraspeé para aclararme la garganta, afónica de no hablar, y repentinamente seca.
—Lo siento —me oí decir a mí mismo—. No es culpa de Aquiles. He venido por mi propia cuenta. Él no sabía que iba a venir. No pensé… —Me detuve y rectifiqué—. Esperaba que ella no se diera cuenta.
—Eso fue una tontería por tu parte. —El rostro de Quirón estaba oculto por las sombras.
—Quirón —empezó Aquiles con bravura, pero el centauro alzó la mano.
—El mensaje llegó esta mañana, antes de que vinierais ninguno de los dos, así que, en realidad, no me habéis engañado a pesar de vuestra bobería.
—¿Lo sabías? —Fue Aquiles quien habló; yo jamás me habría atrevido a encararme con el centauro en ese tono tan audaz—. Entonces, ¿qué has decidido? ¿Vas a ignorar ese mensaje?
—Tetis es una diosa, y también es tu madre —repuso Quirón con una nota de malcontento en la voz—. ¿En tan poco valoras sus deseos?
—La honro, pero en esto se equivoca.
Aquiles apretaba los puños con tanta fuerza que se le marcaban todos los tendones, pude verlo a pesar de la tenue luz.
—¿Y por qué se equivoca, Pelida?
Se me hizo un nudo en el estómago y escruté la oscuridad, no muy seguro de la respuesta de Aquiles.
—Ella cree que… —La voz le flaqueó y casi no pude respirar, pero luego dijo—: Patroclo no es inmortal y, por tanto, tampoco un compañero adecuado.
—¿Y a tu juicio lo es? —quiso saber el centauro, sin dejar apreciar en el tono de voz la respuesta que le gustaría oír.
—Sí.
Se me pusieron coloradas las mejillas. Aquiles había apretado los dientes y había contestado sin la menor sombra de duda.
—Ya veo. —El centauro se volvió hacia mí—. Y tú, Patroclo, ¿eres digno?
Tragué saliva.
—Eso no lo sé, pero deseo quedarme. —Hice una pausa, tragué saliva de nuevo y añadí—: Por favor.
Se hizo el silencio hasta que habló nuestro anfitrión.
—Aún no había tomado una decisión cuando os traje aquí. Tetis ve demasiados fallos, algunos reales y otros no tanto. —La voz de Quirón volvió a ser inescrutable. La esperanza y la desesperación aparecían y desaparecían—. Ella también es joven y actúa con los prejuicios de los de su clase. Yo tengo más edad y me congratula decir que soy capaz de evaluar a los hombres con mayor claridad. No tengo objeción alguna a que Patroclo sea tu compañero. Esto no va a gustarle, pero ya he arrostrado antes la ira de los dioses. —Hizo una pausa—. Se hace tarde, es hora de que durmáis.
—Gracias, maestro Quirón —agradeció Aquiles con fervor y voz firme.
Nos pusimos en pie, pero yo vacilé.
—Yo quería… —Y señalé con dedos crispados al centauro.
Aquiles entendió mi intención y desapareció en las sombras de la cueva.
Me volví hacia nuestro maestro.
—Me iré si mi presencia llegara a ser un problema.
Hubo un silencio prolongado y casi pensé que no me había escuchado hasta que al fin me contestó:
—No pienso dejar que se pierda tan fácilmente lo que habéis ganado en este día.
Me dio las buenas noches y yo me reuní con Aquiles en la cueva.
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