La canción de Aquiles

Madeline Miller · Capítulo 18 de 36

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La canción de Aquiles

Dieciocho

Aquella noche me desperté con la respiración entrecortada. La sudación me había empapado y dentro de la tienda reinaba un calor opresivo. Aquiles dormía junto a mí con la piel tan húmeda como la mía.

Salí al exterior en busca de un soplo de brisa marina, pero allí el aire también era pesado y húmedo. Reinaba una quietud de lo más anómala. No escuchaba el flamear de las lonas de las tiendas ni el cascabeleo de algún arnés mal sujeto. Incluso el mar permanecía en silencio, como si las olas hubieran dejado de golpear contra la orilla. Más allá de los rompientes, estaba tan liso como un espejo de bronce pulido.

«No hay viento», comprendí. Eso era de lo más extraño. A mi alrededor no se movía el aire, no soplaba ni un atisbo de brisa. Recuerdo que pensé:

«Mañana no podremos zarpar si esto sigue así».

Agradecí el frescor del agua cuando me lavé la cara; regresé junto a Aquiles e intenté conciliar otra vez un sueño intranquilo.

A la mañana siguiente ocurrió lo mismo. Me desperté bañado en sudor, con la piel rugosa y cuarteada. Bebí de muy buen grado el agua que nos trajo Automedonte. Aquiles se despertó, se pasó una mano sobre la frente empapada y torció el gesto. Se marchó fuera de la tienda para regresar enseguida.

—No hay viento.

Yo asentí.

—Hoy no vamos a irnos.

Nuestros remeros eran hombres vigorosos, pero ni siquiera ellos tenían fuerza para remar todo el día. Necesitábamos viento favorable para ir a Troya.

Y no sopló durante esa mañana, ni aquella noche, ni al día siguiente, ni al otro. Agamenón se vio obligado a comparecer en el ágora para anunciar un nuevo retraso.

—Nos iremos en cuanto sople el viento —prometió.

Pero el aire no regresó. Estábamos acalorados todo el tiempo y el aire era tan abrasador como el roce de las llamas, por lo que teníamos los pulmones en carne viva. Hasta entonces no había sabido lo achicharrante que podía ser la arena ni la aspereza de las mantas. Enseguida se caldearon los ánimos y estallaron las primeras peleas.

Empezamos a preocuparnos con el correr de los días: dos semanas sin viento era algo antinatural, pero Agamenón seguía sin hacer nada.

—Voy a hablar con mi madre —acabó por decir Aquiles.

Me senté en la tienda a sudar y esperarle mientras se entrevistaba con ella. A su regreso, me informó:

—Me dice que es cosa de los dioses.

Pero Tetis no supo, o no quiso, decirle de qué numen en concreto se trataba.

Nos fuimos a ver al jefe de las tropas. Tenía la piel roja de tantos sarpullidos como le habían salido por culpa de la canícula y estaba enfadado todo el tiempo y contra todo, el viento, sus tropas inquietas y cualquiera que le diera la menor excusa.

—Mi madre es una diosa, como sabes. —Agamenón casi le bufó, pero Ulises le puso una mano sobre el hombro para refrenarle—. Ella dice que esta calma chicha no es natural. Es un mensaje de los dioses.

Agamenón no quedó nada complacido al oírlo, nos fulminó con la mirada y nos despidió de su tienda.

Transcurrió un mes, un mes agotador de sueño febril por las noches y días sofocantes. La ira crispaba el semblante de los hombres, pero no estallaron más peleas, pues hacía demasiado calor. Los soldados se tumbaban a la sombra y se odiaban unos a otros.

Al cabo de otro mes todos empezamos a volvernos locos, creo, sofocados bajo el peso de aquel aire inmóvil. ¿Cuánto tiempo más iba a prolongarse aquel suplicio? Eran terribles tanto el cielo resplandeciente que inmovilizaba a nuestra hueste como el calor sofocante que se nos metía en el cuerpo con cada inspiración. Incluso Aquiles y yo, a la sombra de la tienda y con los muchos juegos disponibles, nos sentíamos desnudos y vapuleados. ¿Cuándo iba a terminarse todo aquello?

Por último, corrió la voz de que Agamenón había hablado con Calcante, el sumo sacerdote. Le conocíamos bien, era un tipo menudo y feo, ocultaba su anguloso rostro de comadreja detrás de una barba irregular de color castaño, y tenía el hábito de sacar la lengua y humedecerse los labios antes de hablar. Lo menos agraciado de todo eran sus ojos, de un azul brillante.

La gente se estremecía al verlos. Había algo anormal en ello. Había tenido mucha suerte de que no le mataran nada más nacer.

Calcante sostenía que habíamos ofendido a la diosa Artemisa, aun cuando no era capaz de explicar la causa, y daba la receta habitual: un sacrificio enorme. Se decidió reunir ganado y vino endulzado con miel a la mayor brevedad posible. Agamenón anunció en el transcurso de la siguiente reunión de las tropas que había invitado a venir a su hija con el fin de que le ayudara a realizar los ritos, pues era sacerdotisa de Artemisa y la más joven de cuantas se habían ungido. Tal vez ella lograra aplacar la ira de los dioses.

Luego nos enteramos de algo más: esa hija venía desde Micenas para algo más que una ceremonia, la traían para desposarse con uno de los reyes allí reunidos. Las bodas eran de lo más propiciatorio y complacían a los dioses, tal vez eso ayudara.

El comandante en jefe nos convocó a Aquiles y a mí a su tienda. Tenía la cara arrugada e hinchada, como suele suceder con quienes no duermen bien. La nariz aún seguía colorada y llena de sarpullidos. A su lado se sentaba Ulises, tan sereno como de costumbre.

—Te he hecho llamar para hacerte una proposición, príncipe Aquiles. —

Agamenón se aclaró la garganta—. Tal vez hayas oído… que tengo una hija, Ifigenia. Me gustaría que se convirtiera en tu esposa.

Nos miramos fijamente. Aquiles se quedó boquiabierto, pero logró cerrar la boca.

—Agamenón te ofrece un gran honor, príncipe de Ftía —terció Ulises.

—Sí, y s-se l-lo a-gradezco —tartamudeó con una falta de labia inhabitual en él.

Miró al rey itacense y supe lo que le pasaba por la mente. ¿Y qué pasaba con Deidamia? Aquiles ya estaba casado, como Ulises sabía perfectamente.

Pero el rey itacense asintió de forma imperceptible con el fin de que Agamenón no le viera. Estaba claro. Íbamos a fingir que la princesa de Esciro no existía.

—Me siento muy honrado de que hayas pensado en mí —repuso Aquiles, todavía vacilante. Posó en mí sus ojos con una pregunta escrita en las pupilas.

Ulises lo vio, pues no se le pasaba ni una.

—Por desgracia, solo vais tener una noche para estar juntos antes de que ella deba marcharse de nuevo. Aunque, por supuesto, una noche da para que sucedan muchas cosas.

Sonrió. Pero nadie más lo hizo.

—Unos esponsales serán buenos para nuestras familias y para los hombres, o eso creo. —Agamenón pronunció aquellas palabras con lentitud y sin sostenernos la mirada ni un momento.

Aquiles permanecía a la espera de mi respuesta. Estaba dispuesto a negarse si yo así lo deseaba. Sentí el escozor de los celos, pero de forma muy leve. «Solo va a ser una noche», pensé para mis adentros. «Ese matrimonio le hará ganar influencia y posición; además, así podrá sellar la paz con Agamenón. No va a significar nada». Asentí ligeramente, como había hecho Ulises.

—Acepto —respondió Aquiles, ofreciendo la mano—. Me enorgullecerá llamarme yerno tuyo.

Agamenón tomó la mano del hombre más joven. Yo le observé mientras lo hacía. Sus ojos eran fríos, casi glaciales. Más tarde me acordaría de aquel detalle.

Se aclaró la garganta por tercera vez antes de decir:

—Ifigenia es una buena chica.

—Estoy seguro de que así es. Me sentiré honrado de tenerla como esposa.

Agamenón asintió. Eso era una señal de que debíamos marcharnos, y así lo hicimos. Ifigenia. Un nombre de vocalización exigente, evocaba el sonido de los cascos de las cabras sobre las rocas: veloz, encantador, con brío.

La muchacha llegó al cabo de unos días con su escolta, una guardia de micénicos de rostro adusto; eran hombres mayores, los que ya no valían para librar una guerra. Los soldados salieron a mirar cuando el carro de la princesa pasó traqueteando por el camino pedregoso en dirección a nuestro campamento. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que las tropas habían visto a una mujer. Se regalaron los ojos con la curva de su cuello, el atisbo de los tobillos o las manos que alisaban el faldón de su traje de novia. Los ojos castaños le brillaban de entusiasmo: venía a casarse con el mejor de los griegos.

La ceremonia iba a tener lugar en la improvisada ágora, una plataforma cuadrada de tablazón con un altar levantado justo detrás. El carro de guerra dejó atrás la multitud de guerreros y se acercó aún más a la tarima donde la esperaba su padre, flanqueado por Ulises y Diomedes. Calcante también rondaba por las inmediaciones. Aquiles aguardaba junto al estrado en su condición de novio.

Ifigenia bajó con paso grácil y se encaminó a la plataforma de madera.

Era muy joven, no tendría ni catorce años. Avanzó con un porte a mitad de camino entre la pose de la sacerdotisa y la avidez de una chiquilla. Rodeó el cuello de su padre con los brazos y enlazó las manos entre los cabellos de este. Le susurró algo a Agamenón, que se echó a reír. No fui capaz de verle

la cara, pero las manazas del guerrero sobre los delicados hombros de la muchacha parecían de lo más tenso.

Ulises y Diomedes se adelantaron entre sonrisas y reverencias para recibirla. Ella les contestó con gracia e impaciencia, buscando con la mirada al marido que le habían prometido. Lo encontró con facilidad y no pudo apartar los ojos del dorado pelo de Aquiles. Sonrió, contenta de lo que veía.

Al apreciar la mirada de Ifigenia, Aquiles se adelantó para reunirse con ella, que ahora estaba al borde de la tarima, tan cerca que la tenía al alcance, y le vi tender una mano hacia los dedos huesudos de la muchacha, finos como conchas alisadas por efecto del mar.

En ese instante, la muchacha pareció dar un traspié. Miré a Aquiles: torció el gesto y recuerdo haberle visto moverse para recogerla.

Pero ella no se caía hacia delante, la arrastraban hacia atrás, hacia el altar situado detrás de ella. Nadie había visto moverse a Diomedes, pero le había puesto una manaza sobre el delicado cuello y la sujetaba contra la superficie de piedra del altar. La joven estaba demasiado sorprendida para forcejear, ni siquiera sabía qué sucedía. Su padre sacó del cinto algo que centelleó al sol cuando lo levantó en alto.

El filo del cuchillo cayó sobre la garganta de Ifigenia y la sangre manó a borbotones sobre el altar, cayendo también sobre su vestido. La pobre intentó hablar, pero, asfixiada, no lo consiguió. La muchacha se retorció y se contorsionó, pero el rey argivo siguió sujetándola contra el altar. Al cabo de un buen rato sus forcejeos se debilitaron y pateó con menos fuerza, y por último yació inmóvil.

—La diosa ha sido aplacada —anunció Agamenón con las manos chorreantes de sangre en medio de un silencio sepulcral.

¿Alguien sabía lo que podría suceder a continuación? El olor metálico y salado de la sangre saturó el aire. Los sacrificios humanos eran una abominación desterrada de nuestras tierras desde hacía mucho. Y se trataba de su propia hija. Nos quedamos horrorizados y enfadados, llenos de violencia en nuestros corazones.

Entonces, antes de que fuéramos capaces de movernos, sentimos algo en las mejillas. Nos detuvimos, inseguros, y el fenómeno se produjo de

nuevo. «El viento», me dije, «sopla viento otra vez». Dejaron de verse mandíbulas tensas y todos se relajaron. «La diosa ha sido aplacada».

Aquiles parecía petrificado en su posición junto a la tarima. Le tomé del brazo y tiré de él a través del gentío para llevarlo hasta nuestra tienda. La mirada de sus ojos era salvaje y tenía el rostro salpicado con la sangre de Ifigenia. Humedecí una tela e intenté limpiársela, pero él me aferró la mano.

—Pude impedirlo —aseguró con voz ronca; estaba pálido—. Estaba pegado a ella. Pude haberla salvado.

Negué con la cabeza.

—No podías saberlo.

Hundió el rostro entre sus manos y no dijo nada más. Yo le abracé y en voz muy baja susurré todas las palabras de consuelo que fui capaz de encontrar.

Agamenón nos convocó a todos otra vez en el ágora después de que se hubo lavado la sangre de las manos y se hubo cambiado la ropa ensangrentada. Nos explicó que Artemisa estaba contrariada por el derramamiento de sangre que aquel enorme ejército pretendía realizar en tierras troyanas y exigió un pago por anticipado y en especie. El sacrificio de reses no era suficiente. Era necesario inmolar a una virgen, una sacerdotisa, se requería sangre humana por sangre humana. La hija mayor del líder era la mejor ofrenda.

Ifigenia lo había sabido y había estado de acuerdo, aseguró. La mayoría de los hombres había estado lejos y ninguno había tenido la oportunidad de ver la sorpresa y el pánico en los ojos de la muchacha. Por suerte, creyeron la mentira de su general.

Prepararon una pira para Ifigenia con madera de ciprés, el árbol de nuestros dioses más oscuros, y la prendieron esa misma noche. Agamenón dio orden de abrir un centenar de barriles de vino para celebrar que nos íbamos a Troya con la marea de la mañana. Dentro de nuestra tienda, Aquiles, con la cabeza recostada en mi regazo, se sumió en el sueño del agotamiento. Yo le acariciaba la frente, observando el temblor de su rostro

soñador. En un rincón yacía su ensangrentada túnica de novio. La rabia me henchía el pecho cada vez que la veía o le miraba a él. Aquella era la primera muerte que había visto en mi vida. Levanté la cabeza de Aquiles de mi regazo y me puse en pie.

En el exterior, los soldados cantaban y gritaban, cada vez más beodos, pues no dejaban de beber. La pira de la playa ardía con fuerza, soltando una humareda que se extendía en alas de la brisa. Pasé junto a hombres de andares inseguros y los fuegos del campamento con paso firme y seguro: sabía muy bien adónde iba.

Había guardias apostados delante de su tienda, pero yacían desplomados en el suelo, semidormidos.

—¿Quién eres tú? —inquirió uno, pero yo pasé junto a él y abrí el faldón de la entrada a la tienda.

Ulises se volvió. Estaba de pie junto a una mesa con el dedo sobre un mapa junto al cual pude ver el plato de su cena a medio acabar.

—Bienvenido, Patroclo. Todo está en orden, le conozco —le dijo al guardia que farfullaba disculpas detrás de mí. El itacense aguardó a que se hubiera ido el centinela—. Se me pasó por la cabeza que tal vez me visitaras.

Solté un bufido de desprecio.

—Da igual lo que pasara, tú dirías que lo habías pensado.

Esbozó una media sonrisa.

—Siéntate si gustas. Estaba terminando de cenar.

—Les dejaste asesinarla —le espeté.

—¿Y qué te hace pensar que yo habría podido detenerles? —preguntó mientras me acercaba una silla a la mesa.

—Lo habrías hecho si se hubiera tratado de tu hija. —Me sentía como si echara chispas por los ojos, y quise calcinarle con la mirada.

—No tengo ninguna hija. —Partió un trozo de pan y lo untó en la salsa hecha con jugo de carne asada.

—Pues tu esposa entonces. ¿Qué habrías hecho de haber sido tu mujer?

El itacense alzó la vista hacia mí.

—¿Qué deseas oírme decir? ¿Que no lo habría hecho en tal caso?

—Sí.

—Pues bien, no, no lo habría hecho. Pero tal vez por eso Agamenón gobierna Micenas y yo solo soy príncipe de Ítaca.

Respondía con demasiada facilidad y su paciencia me sacaba de quicio.

—La muerte de Ifigenia pesa sobre tu cabeza.

Un gesto seco frunció la comisura de sus labios.

—Me concedes demasiado crédito. Soy un simple consejero, Patroclo, no un general.

—Nos mentiste.

—¿Sobre la boda? Por supuesto, no había otra manera de que Clitemnestra dejara venir a la muchacha.

«Se refiere a la madre, que está en Argos». Se me ocurrieron un montón de preguntas, pero conocía bien esa treta suya de desviar la atención. No iba a dejarle que me distrajera de mi rabia. Acuchillé el aire con el dedo índice mientras le acusaba:

—Le habéis deshonrado.

Aquiles aún no había pensado en el agravio, pues la muerte de la muchacha le había apenado demasiado, pero yo sí había reparado en ello.

Habían mancillado su honor con aquel engaño.

Ulises desechó la idea con un ademán.

—Los hombres ya se han olvidado de que él formaba parte de esto. Se olvidaron en cuanto se derramó la sangre de la muchacha.

—Te conviene mucho pensar eso.

—Estás enfadado, y no sin razón. —El príncipe se sirvió una copa de vino y la bebió—. Pero ¿por qué acudes a mí? No sostuve el cuchillo ni retuve a la chica.

—Aquiles quedó cubierto de sangre… El rostro, la boca… —bufé—.

¿Sabes el efecto que ha causado?

—Se lamenta por no haberlo evitado.

—Por supuesto —le espeté—. Apenas puede hablar.

Ulises se encogió de hombros.

—Tiene un corazón muy tierno. Es una cualidad admirable, sin duda. Si piensas que va a tener menos cargo de conciencia, dile que situé a

Diomedes donde estaba a propósito, para que él se diera cuenta de todo cuando fuera demasiado tarde.

Le aborrecí tanto que no fui capaz de hablar.

El itacense se inclinó sobre la silla.

—¿Puedo darte un consejo? Es muy sensible, ayúdale a endurecerse si en verdad eres su amigo. Viaja a Troya para matar hombres, no a ayudarlos.

—Sus ojos oscuros me retuvieron como una presa a un riachuelo de aguas rápidas—. Es un arma, un asesino. No lo olvides. Puedes usar una lanza como cayado para los paseos, pero eso no va a cambiar su naturaleza.

Esas palabras me dieron un poco de aliento y pude farfullar:

—Él no es ningún…

—Lo es. El mejor campeón de cuantos han forjado los dioses, y es hora de que lo sepa, y también tú. Si hasta ahora no has oído nada de cuanto he dicho, escucha esto al menos. No lo digo con malicia.

Yo no era rival para él y sus palabras se clavaban como púas, sin que hubiera forma de arrancarlas.

—Te equivocas —le dije.

Ulises no me contestó, se limitó a mirarme mientras me daba la vuelta y huía de su lado en silencio.

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