La canción de Aquiles
Veinticuatro
Pasaron los años y un soldado, uno de los hombres de Áyax, empezó a quejarse sobre la duración de la campaña. Nadie le hizo caso en un principio, pues el tipo era feísimo y un conocido sinvergüenza, pero se mostró cada vez más elocuente.
—Han pasado cuatro años y nadie lo diría. ¿Dónde están los tesoros?
¿Y las mujeres? ¿Cuándo vamos a marcharnos? —Áyax le atizó un golpazo en la cabeza, pero el alborotador no se calló—. ¿Veis cómo nos tratan?
Poco a poco, el descontento se extendió de un campamento a otro.
Habíamos sufrido una estación terrible, particularmente húmeda, espantosa para hacer la guerra, con una gran abundancia de heridas, sarpullidos, torceduras de tobillos por culpa del lodo e infecciones. Las irritantes moscas se habían instalado de forma permanente sobre el campamento, y en algunos puntos había tantas que los enjambres parecían nubes de humo.
Hombres de un talante huraño y llenos de picores empezaron a rondar por el ágora. En un primer momento se limitaron a reunirse en corrillos poco nutridos y cuchichear, luego se les unieron muchos soldados y empezaron a hacer oír sus voces con más fuerza.
—¡Cuatro años!
—Ni siquiera sabemos si Helena está allí. ¿Alguien la ha visto?
—Troya jamás capitulará ante nosotros.
—Todos deberíamos dejar de luchar.
Agamenón dio orden de azotarles en cuanto los escuchó, pero al día siguiente eran el doble, y algunos, y no pocos, eran de Micenas.
El líder envió una fuerza armada para dispersar a los malcontentos, que se escabulleron para regresar en cuanto la tropa se hubo marchado. La reacción de Agamenón consistió en enviar una falange a guardar el ágora día y noche, pero esta tarea era frustrante y penosa, pues había que estar de guardia a pleno sol y soportar a las moscas. Al final de la jornada la falange se quedó en cuadro por culpa de las deserciones y aumentó el número de amotinados.
Agamenón se sirvió de espías para saber el nombre de los críticos; los hizo detener y azotar, pero al día siguiente varios cientos de hombres se negaron a luchar. Algunos alegaron estar enfermos, pero otros no dieron excusa alguna. Se corrió la noticia y de pronto más hombres se sintieron indispuestos. Arrojaron escudos y espadas en un montón delante de la tarima y bloquearon el ágora. Cuando Agamenón intentó abrirse paso por la fuerza, se cruzaron de brazos y no se movieron.
Agamenón se sonrojó más y más al ver que le negaban el acceso a su propia ágora y apretó con tanta fuerza su cetro de recia madera con bandas metálicas que los nudillos de los dedos se le volvieron blancos. El hombre situado enfrente de él le lanzó un salivazo que cayó a sus pies, y él alzó el cetro y lo descargó con fuerza sobre su cabeza. Todos oímos el chasquido del hueso al romperse. El golpeado se desplomó fulminado.
No creo que el Atrida pretendiera golpearle tan fuerte. Se quedó petrificado, contemplando el cuerpo tendido a sus pies, incapaz de moverse.
Un compañero se arrodilló para retirar el cadáver. Tenía la mitad del cráneo hundido a resultas del porrazo. Los hombres pasaron la noticia entre cuchicheos con un sonido similar al de un rayo. Muchos de ellos sacaron los cuchillos. Oí murmurar algo a Aquiles y enseguida se fue de mi lado.
El rostro de Agamenón reflejó a la perfección la gradual comprensión de su error. Había cometido la imprudencia de dejar atrás a su leal guardia y ahora estaba rodeado. Si había alguien dispuesto a ayudarle, no llegaría a tiempo. Contuve la respiración, convencido de que estaba a punto de verle morir.
—¡Hombres de Hélade! —Todos se volvieron hacia él al oír los gritos.
Aquiles se había encaramado a lo alto del montón de escudos. Estaba serio, pero parecía un campeón de los pies a la cabeza, era hermoso y fuerte—.
Estáis enfadados.
Eso llamó la atención de la tropa, pues desde luego que lo estaban.
Resultaba poco frecuente que un general admitiera ante sus hombres que tenían ese estado de ánimo.
—Hablad, decid los motivos de vuestra queja.
—Queremos irnos. —La voz provenía de la parte final del gentío—. La guerra es inútil.
—El general nos mintió.
Se oyó un creciente murmullo de conformidad.
—Esto dura ya cuatro años. —Esa última voz fue la más airada de todas.
Yo no podía culparles. Esos cuatro años para mí eran un regalo, un tiempo arrebatado a las manos miserables del destino, pero a ellos les habían privado de una vida, lejos de sus hijos y esposas, lejos de la familia y el hogar.
—Es vuestro derecho cuestionar estas cosas —convino Aquiles—. Os sentís engañados. Se os prometió la victoria.
—¡Sí!
Atisbé el rostro de Agamenón, retorcido por una mueca de rabia, pero el general se hallaba entre la multitud, y no podía ni zafarse ni hablar sin montar una escena.
—Decidme, ¿acaso os creéis que el aristós achaion lucha en una guerra sin esperanza? —Los soldados no respondieron—. ¿Y bien?
—No —respondió alguien.
Aquiles asintió con gravedad.
—No, no, y estoy dispuesto a jurarlo por lo que queráis. Estoy aquí porque creo en la victoria. Y pienso quedarme hasta el final.
—Esto está bien para ti —replicó una voz—, pero ¿y para los que quieran irse?
Agamenón abrió la boca para responder. Imaginé perfectamente lo que podría haber dicho. «De aquí no se va nadie. Los desertores serán ejecutados». Por suerte, Aquiles fue más rápido.
—Podéis marcharos cuando gustéis…
—¿Podemos…? —preguntó una voz, llena de dudas.
—Por supuesto. —Aquiles hizo una pausa y les dedicó su sonrisa más amigable y jovial—. Pero yo me quedaré con vuestra parte cuando tomemos Troya.
Esa respuesta alivió la tensión del ambiente y escuché unas cuantas risas. El príncipe de Ftía les hablaba de tesoros a ganar, y donde había codicia, había esperanza.
Aquiles advirtió el cambio de ánimo de la tropa y dijo:
—Ha llegado el tiempo de tomar el campo o los troyanos van a pensar que tenemos miedo. —Desenfundó su acero y lo sostuvo en alto—. ¿Quién se atreve a demostrarles lo contrario?
Alguien voceó su acuerdo y enseguida se produjo un clamor general cuando los hombres reclamaron sus armaduras y recogieron las lanzas.
Levantaron en vilo el cadáver y se lo llevaron. Todos se mostraron de acuerdo en que siempre había sido un alborotador. Aquiles descendió de la tarima de un salto y pasó junto a Agamenón, saludándole con un asentimiento formal. El rey de Micenas no dijo nada, pero observé cómo no le quitaba la vista de encima durante mucho tiempo después de eso.
Tras el motín abortado, Ulises ideó un proyecto con el fin de mantener a los hombres demasiado ocupados para descansar: una gigantesca empalizada erigida alrededor de todo el campamento. Pretendía que tuviera quince kilómetros de longitud para proteger las tiendas y las naves de un posible ataque desde la llanura. En la base habría un foso lleno de lanzas y puntas afiladas.
Yo estaba convencido de que los hombres iban a darse cuenta de que era una estratagema en cuanto Agamenón lo anunciara. En los cinco años de guerra, ni el campamento ni las naves habían corrido el menor peligro por
muchos refuerzos que recibiera el enemigo. Después de todo, ¿quién iba a superar a Aquiles?
Diomedes se apresuró a tomar la palabra para alabar el plan y asustó a los hombres con visiones de salidas nocturnas de los troyanos y barcos en llamas. Eso último fue de lo más efectivo, pues nadie podría regresar a casa sin naves. Al final de la jornada, los ojos de todos relucían con avidez.
Cuando los soldados se dirigieron alegremente a los bosques con sus hachas y niveles, Ulises se fue en busca del primer alborotador, que respondía al nombre de Tersites, y sin armar mucho alboroto le dejó inconsciente de una paliza.
Así se acabaron los motines en Troya.
Las cosas cambiaron después de aquello, tal vez por el trabajo coyuntural en la estacada o por conjurar la violencia gracias a la misma, pero todos nosotros, desde el soldado de a pie hasta el mismísimo general en jefe, empezamos a pensar en Troya como una suerte de hogar. Nuestra invasión se había convertido en ocupación. Hasta ese instante habían vivido como carroñeros, consumiendo los despojos de las tierras y granjas devastadas, pero ahora empezamos a construir, y no solo el cercado, sino otros edificios característicos de un poblado: una forja, un redil para el ganado robado a las granjas vecinas, y hasta un cobertizo para el alfarero.
En ese último, artesanos no profesionales se pusieron a trabajar para reemplazar los objetos de cerámica que habíamos traído con nosotros, pues la mayoría de ellos estaban rotos o sufrían serios deterioros por culpa del duro trato recibido en el campamento. Todo cuanto teníamos ahora era robado o usado, y había tenido al menos dos propietarios. Solo seguían impolutas y puras las insignias y las armaduras de los reyes.
Los soldados empezaron a sentirse más como compatriotas y menos como integrantes de una docena larga de ejércitos distintos. Aquellos hombres que habían zarpado de Áulide siendo cretenses, chipriotas y argivos eran ahora simples griegos. Todos formaban parte del mismo bando frente a la otredad de los troyanos. Las distinciones se difuminaron entre ellos al compartir comida, mujeres, vestidos e historias de batallas. La fanfarronada de Agamenón de unir a todos los griegos no fue tal, después
de todo. El sentimiento de amistad tan impropio de nuestros reinos tan belicosos y aquella camaradería perduraron incluso años después, y durante una generación no hubo guerras entre quienes habíamos luchado en Troya.
Tampoco yo fui una excepción. Tuve ocasión de conocer a muchos hombres durante aquellos seis o siete años, ya que pasé cada vez más horas en el pabellón de Macaón y menos tiempo con Aquiles en el campo de batalla. Todo el mundo terminaba por pasar por la tienda médica en un momento u otro, ya fuera por un dedo aplastado o un uñero. Incluso Automedonte vino, cubriéndose con la mano un terrible forúnculo. Los soldados se encaprichaban con sus esclavas y las traían a nosotros cuando se quedaban en estado. Les entregábamos a sus hijos en medio de enérgicos lloros y les curábamos las heridas sufridas cuando se hacían mayores.
Y no solo me traté con la soldadesca. Con el tiempo, llegué también a conocer a los reyes. Al final de cada jornada Néstor quería su jarabe para la garganta, templado y endulzado con miel; Menelao tomaba opio para las jaquecas y Áyax, un preparado para aliviar la acidez de estómago. Eso me hizo ver lo mucho que confiaban en mí; acudían a mí en busca de consuelo.
Y ellos me cayeron cada vez mejor, sin importar lo difíciles que se pusieran durante los consejos.
Me granjeé una reputación y un prestigio en el campamento. La gente acudía a mí, confiados en la rapidez de mis manos y en el poco daño que causaba. Podalirio estaba cada vez menos en el pabellón médico a la hora de su turno y era yo quien permanecía allí cuando se ausentaba Macaón.
Aquiles empezó a sorprenderse cuando saludaba a la tropa mientras paseábamos por el campamento. Me sentía gratificado cuando ellos me contestaban con un saludo y señalaban una cicatriz que había sanado bien.
Cuando nos alejábamos, Aquiles meneaba la cabeza.
—No sé cómo te acuerdas de ellos. A mí me parecen todos iguales, te lo juro.
Me reí y volví a señalarlos.
—Ese es Estéleno, el auriga de Diomedes, y ese otro Podarces, su hermano fue el primero en caer, ¿te acuerdas?
—Son demasiados —repuso—. Será más sencillo si todos se acuerdan de mí.
Nuestra hoguera empezó a estar menos concurrida cuando una mujer tomó discretamente a un mirmidón primero como amante y luego como esposo. Y luego otra, y otra. Ya no necesitaban sentarse junto a nuestro hogar, tenían el suyo propio. Nos alegramos. En el campamento había risas y por la noche se oían voces de placer, y más tarde llegó la hinchazón de los vientres. Los mirmidones sonrieron con satisfacción. Nosotros acogíamos de buen grado todo aquello, toda esa felicidad suya era como la guinda en el pastel de la nuestra.
Al cabo de un tiempo, solo quedó Briseida, la de negros cabellos y rostro más afilado que de costumbre. Jamás tomó un amante a pesar de su belleza y de que la rondaron casi todos los mirmidones. En vez de eso, ella se convirtió en una especie de tía, una mujer con dulces, pociones de amor y telas suaves para el maquillaje de los ojos. Así es como pienso en nosotros cuando recuerdo nuestras noches en las playas de Troya: Aquiles y yo sentados uno junto al otro, cerca del sonriente Fénix, Automedonte trabucándose la lengua en el remate de los chistes y Briseida, la de mirada discreta y ojos raudos, riendo a carcajadas.
Me desperté antes del alba y sentí la primera punzada de frío en el aire.
Era un día festivo, donde se ofrendaban al dios Apolo los primeros frutos de la cosecha. Junto a mí descansaba el cálido cuerpo desnudo de Aquiles, lánguido a causa del sueño. Reinaba la oscuridad en el interior de la tienda, y yo apenas podía verle los rasgos de la cara, la fuerte mandíbula y la dulce curva de sus ojos. Quise despertarle para verle abrir los párpados, un espectáculo del que nunca me cansaba a pesar de haberlo visto miles de veces.
Deslicé la mano sobre su pecho y le acaricié los músculos del vientre.
Ahora los dos estábamos bastante musculados, incluso yo, después de pasar tantos días en el campo de batalla y el pabellón blanco de los médicos. Me sorprendía a veces ver algún atisbo de mí mismo. Era un hombre ancho, como mi padre, aunque más enjuto.
Él se estremeció al contacto de mis dedos y yo sentí crecer el deseo en mi interior. Retiré las mantas para poderle ver del todo. Me incliné y le rocé con los labios, dejando sobre su estómago un reguero de besos suaves.
Las luces del alba se filtraron por la puerta de la tienda y el interior se iluminó, lo cual me permitió ver el instante en que se despertaba y tomaba conciencia de mi presencia. Nuestros miembros se deslizaron unos sobre otros, siguiendo senderos que habíamos recorrido tantas veces con anterioridad, y aun así seguían siendo nuevos.
Nos levantamos algo después y tomamos el desayuno. Habíamos alzado los faldones de la tienda para que entrara el aire que ahora se desparramaba sobre nuestra piel de un modo muy agradable. Por el espacio abierto observábamos el ir y venir de los mirmidones a sus quehaceres, el paseo de Automedonte hasta la orilla para darse un baño y el mismísimo mar, de aspecto tentador y aguas cálidas gracias al calor estival. Apoyé la mano sobre la rodilla de Aquiles con familiaridad.
Ella no entró por la puerta, simplemente apareció allí, en el centro de la tienda, donde antes había un espacio vacío. Solté un jadeo y retiré la mano que había estado apoyada en él. Era una tontería, lo sabía incluso mientras lo hacía, pues ella era una diosa y podía vernos cuando se le antojara.
—Madre —la saludó.
—He recibido un aviso. —Soltó las palabras con brusquedad, como haría un búho mientras picoteaba un huevo. El pabellón estaba en penumbra, pero la piel de Tetis emitía luz… y frío. Podía verle todos los rasgos del semblante, cada pliegue de su centelleante atuendo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la vi tan de cerca, desde Esciro. Yo había cambiado desde entonces. Había ganado fuerza y tamaño, y ya me crecía la barba, aunque me la solía afeitar. Pero ella seguía igual,
por supuesto que sí—. Apolo ha montado en cólera y busca formas de actuar contra los griegos. ¿Vas a ofrendarle hoy un sacrificio?
—Sí —contestó Aquiles. Los dos respetábamos los días festivos a rajatabla, rajábamos las gargantas de las ofrendas y quemábamos la grasa.
—Debes… —repuso Tetis con la mirada fija en Aquiles. No parecía verme siquiera—. Ha de ser una hecatombe. —Esa era la mayor de nuestras ofrendas, un centenar de ovejas o de vacas. Únicamente los hombres de mayor riqueza y poder podían permitirse un acto de devoción tan oneroso
—. Da igual lo que hagan los demás, tú haz lo que te digo. Los dioses eligen bando y no debes incurrir en su ira.
Nos íbamos a pasar todo el día sacrificando animales y el campamento iba a apestar a osario durante una semana, pero Aquiles asintió y prometió:
—Lo haremos.
—Aún hay más —anunció la diosa.
Se me hizo un nudo en la garganta cuando vi vacilar a la nereida. Debía tratarse de algo terrible si hacía dudar a una diosa.
—Una profecía dice que el mejor de los mirmidones va a morir antes de que pasen otros dos años.
Aquiles se quedó completamente inmóvil, pero dijo:
—Sabíamos que iba a suceder.
Ella movió la cabeza con vehemencia.
—No. La profecía augura que estarás vivo cuando eso suceda.
Aquiles torció el gesto.
—¿Sabes a qué puede referirse?
—No —contestó—. Temo algún truco. —Las Moiras eran bien conocidas por hablar en enigmas muy poco claros hasta que se había colocado la última pieza; entonces eran de una claridad amarga—. Debes estar atento e ir con mucho cuidado.
La diosa no parecía haberse percatado de mi presencia hasta ese momento, pero entonces posó en mí los ojos y arrugó la nariz, como si acabara de detectar un hedor. Se volvió hacia su hijo y le espetó:
—Él no es digno de ti. Nunca lo ha sido.
—En eso no estamos de acuerdo —respondió Aquiles. Lo dijo como si lo hubiera repetido cientos de veces, lo cual era probable.
Tetis profirió por lo bajo un sonido de desdén y se desvaneció.
—Está asustada —me dijo Aquiles, volviéndose hacia mí.
—Lo sé —contesté, y carraspeé en un intento de deshacer el nudo de mi garganta.
—Si yo estoy excluido, ¿quién es el mejor de los mirmidones?
Hice un repaso de nuestros capitanes y pensé en Automedonte, que se había convertido en el valioso segundo de Aquiles en la batalla, aunque no hasta el punto de designarle como el mejor.
—No tengo ni idea —respondí.
—¿Crees que puede referirse a mi padre?
Peleo estaba en casa, Ftía. Había luchado con Heracles y Perseo. En sus tiempos había sido una leyenda gracias a su bondad y a su coraje, aunque no sabía yo si eso valía también para tiempos venideros.
—Tal vez —admití.
Permanecimos en silencio durante un tiempo hasta que al final él dijo:
—Supongo que no tardaremos en saberlo.
—No eres tú, al menos estamos seguros de eso.
Esa misma tarde realizamos el sacrificio tal y como nos había indicado Tetis. Los mirmidones prepararon unas grandes hogueras junto al altar y yo sostuve más y más cuencos mientras Aquiles iba rebanando cuellos.
Quemamos los muslos con cebada y granadas, y sobre los restos vertimos el mejor vino. «Apolo ha montado en cólera», nos había dicho la nereida. Era uno de nuestros dioses más poderosos, capaz de detener el corazón de un hombre con sus flechas, raudas como los rayos del sol. No se me conocía por tener una especial piedad, pero ese día oré a Apolo con una intensidad que habría rivalizado con el mismísimo Peleo. Y fuera quien fuera el mejor de los mirmidones, también recé una plegaria por él.
Briseida me pidió que le enseñara algo de medicina y a cambio me prometió formarme en el área de la botánica, algo indispensable para la
menguante reserva de Macaón. Estuve de acuerdo y pasé unos días estupendos con ella en el bosque, partiendo ramas de árboles que colgaban a baja altura para luego sacar de debajo setas y hongos tan suaves y delicados como la piel de un niño.
En el transcurso de aquellos días su mano rozaba la mía de vez en cuando. Ella alzaba la vista y sonreía. Gotas de rocío pendían de su pelo y sus orejas como si fueran perlas. Llevaba una falda larga atada por comodidad alrededor de las rodillas, lo que permitía ver sus pies, firmes y fuertes.
Uno de esos días hicimos un alto para desayunar. Sacamos pan envuelto en telas, queso, tiras de cecina, y dimos buena cuenta de ello, luego fuimos a un arroyo, donde bebimos de la corriente. Era primavera y nos hallábamos rodeados por todas las muestras de la fertilidad de las tierras anatolias.
Durante tres semanas, la naturaleza se vestía de todos los colores, estallaba hasta el último capullo y los pétalos se desplegaban en todo su esplendor.
Luego, cuando pasara el arrebato de ese alboroto, se asentaría para dejar obrar laborioso al verano. Era mi estación favorita.
Debí haberlo visto venir y al no haberlo hecho es posible que se me tenga por estúpido. Le estaba contando una historia, algo relacionado con Quirón, creo, y ella me escuchaba, con los ojos oscuros como la tierra donde estábamos sentados. Se quedó callada cuando yo terminé, lo cual no resultó extraño; a menudo se sumía en el silencio. Nos quedamos sentados uno junto al otro con las cabezas muy próximas, como si estuviéramos conspirando. Podía oler la fruta que acababa de comerse y la esencia de rosas que había prensado para las otras chicas y que aún le manchaba los dedos. Pensé en lo mucho que la apreciaba y miré su semblante serio y sus ojos almendrados. La imaginé de niña, el revuelo al correr de sus piernas huesudas con arañazos de tanto subir a los árboles. Me habría encantado conocerla entonces, que ella me hubiera acompañado en la casa de mi padre y hubiera podido lanzar piedras con mi madre. Casi podía imaginarla allí, rondando por el lindero de mis recuerdos, y entonces… sus labios rozaron los míos. Me quedé inmóvil de la sorpresa. Su boca era delicada y un poco vacilante. Cerró los ojos con dulzura. Mis labios se entreabrieron por su
cuenta, casi por costumbre. Así transcurrió un momento, con el suelo a nuestros pies y la brisa removiendo el efluvio de las flores. Entonces ella retrocedió con los ojos bajos a la espera de un veredicto. El pulso me martilleaba los oídos, pero no como cuando se trataba de Aquiles. Era algo más cercano a la sorpresa y el miedo a herirla. Puse una mano sobre las de Briseida y entonces ella lo supo, lo supo por la forma en que le tomé la mano y el modo en que la miré.
—Lo siento —murmuró.
Sacudí la cabeza, pero no se me ocurrió nada que decir. Ella alzó los hombros, que parecían alas plegadas.
—Sé que tú le amas —dijo, vacilando antes de pronunciar cada palabra
—, ya lo sé, pero pensé que… Bueno, algunos hombres tienen esposas y amados.
Su rostro se empequeñeció y parecía tan triste que no fui capaz de permanecer callado.
—Briseida, si alguna vez hubiera deseado tomar esposa, te habría elegido a ti.
—Pero tú no deseas tener una mujer.
—No —respondí con la mayor gentileza posible. Ella asintió, y volvió a bajar los párpados. Escuché la lentitud de su respiración y un débil temblor en su pecho—. Lo siento —repetí.
—¿Ni siquiera deseas tener hijos? —inquirió. La pregunta me sorprendió, pues yo mismo me tenía todavía por un crío, aunque muchos de mi edad habían sido padres varias veces.
—No creo que yo fuera un gran padre —contesté.
—Yo lo veo de otra forma.
—¿De veras?
Lo pregunté con tranquilidad, pero pareció sonar muy hondo, así que ella vaciló y respondió:
—Tal vez.
Y entonces, cuando ya era demasiado tarde, comprendí lo que en realidad me había pedido. Me sonrojé, avergonzado por mi falta de consideración. Me sentí humillado, abrí la boca para decir algo, quizá para
darle las gracias. Pero Briseida ya se había puesto de pie y se estaba sacudiendo el vestido.
—¿Nos vamos?
Solo podía hacer una cosa: levantarme y unirme a ella.
Esa noche no pude dejar de darle vueltas a lo de Briseida y mi hijo. Vi el tropiezo de unas piernas, y unos mechones negros, y los grandes ojos de la madre. Nos vi junto al fuego a Briseida, a mí… y a nuestro hijo jugando con un trozo de madera que yo le había tallado. Aun así, había un vacío en la escena, el dolor de una ausencia. ¿Dónde estaba Aquiles? ¿Muerto? ¿O
acaso nunca había existido? Yo no podía vivir esa vida. «Pero Briseida no me lo ha pedido». Ella me lo ha ofrecido todo, ella misma, el niño y también Aquiles.
Me moví para ponerme enfrente de Aquiles.
—¿Has pensado en tener hijos?
Tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormido.
—Ya tengo uno.
Eso me sorprendía cada vez que me acordaba. Su hijo con Deidamia.
Tetis le había dicho que era un niño, se llamaba Neoptólemo. «Nueva guerra». Se le conocía por su apodo, Pirro; se lo habían puesto por el intenso color rojo de su pelo. Me perturbaba pensar que una parte de Aquiles vagaba por el mundo.
—¿Se parece a ti? —le había preguntado en una ocasión. Aquiles se había encogido de hombros antes de contestar:
—No lo he preguntado.
—¿Y te gustaría verle? —inquirí ahora.
Él negó con la cabeza.
—Es mejor que le críe mi madre. Estará mejor con ella.
Yo no estaba de acuerdo, pero no era el mejor momento de decirlo.
Esperé un instante para que él me preguntara si deseaba tener hijos, pero no lo hizo. Su respiración se hizo más acompasada. Siempre se dormía antes que yo.
—Aquiles…
—¿Sí…?
—¿Te gusta Briseida?
Crispó el gesto, pero no abrió los ojos.
—¿Gustarme?
—Ya sabes, para gozarla…
Abrió los párpados, más alerta de lo que yo había esperado.
—¿Y eso qué relación tiene con los niños?
—Nada. —Pero era obvio que yo estaba mintiendo.
—¿Desea tener un hijo?
—Tal vez sí.
—¿Conmigo?
—No.
—Eso está bien —repuso, y entornó de nuevo los párpados. Pasaron unos instantes y yo estaba convencido de que se había dormido, pero entonces dijo—: Es contigo, quiere tener un hijo tuyo.
Mi silencio fue su respuesta. La manta que le cubría se le resbaló sobre el pecho cuando se incorporó.
—¿Está preñada? —preguntó. Había en su voz una tirantez como no había apreciado nunca.
—No.
Los ojos de Aquiles bucearon en los míos en busca de respuestas.
—¿Y tú quieres tenerlos? —me preguntó. Advertí su lucha interior en su semblante. Los celos eran algo insólito en él, no formaban parte de su persona. Estaba herido, pero no sabía cómo verbalizarlo. De pronto, me sentí cruel por haber sacado el tema.
—No, no, creo que no.
—Si así lo quieres, estaría bien. —Eligió con cuidado cada palabra.
Pretendía ser justo. Pensé otra vez en el chico de cabellos negros; y luego pensé en Aquiles.
—Ya está bien ahora —respondí.
El alivio de su semblante me colmó de dulzura.
Las cosas fueron un tanto forzadas durante algún tiempo después de aquello. Briseida me evitaba, pero yo la llamaba e íbamos juntos a pasear, como siempre habíamos hecho. Conversábamos sobre los cotilleos del campamento y sobre medicina. Ella no me hablaba de esposas y yo tenía buen cuidado de no sacar a colación el tema de los niños. Aun así, advertí una gran ternura en sus ojos cada vez que me miraba y yo hice lo posible para devolvérsela en la medida que me era posible.
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