La canción de Aquiles

Madeline Miller · Capítulo 27 de 36

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La canción de Aquiles

Veintisiete

Había tres piedrecitas sobre las alfombras de nuestra tienda; tal vez las habíamos arrastrado hasta ahí con los pies o habían venido por cuenta propia. Las recogí. Merecía la pena guardarlas.

Aquiles había recobrado fuerzas mientras hablaba.

—No volveré a luchar para él, ya no. Busca arrebatarme mi legítima fama y proyectar una sombra de duda sobre mí en todo momento. No soporta que ningún otro hombre reciba más honra que él, pero se va a enterar… Pienso mostrarle cuánto vale su ejército sin el aristós achaion.

No dije nada al ver lo mucho que se irritaba. Era como contemplar la llegada de una tormenta cuando no tienes donde guarecerte.

—Los griegos caerán si no me tienen a mí para defenderlos. Se verá obligado a suplicar o morir.

Me acordé entonces del aspecto que tenía cuando se fue a ver a su madre: salvaje, enfebrecido, duro como el granito. Me lo imaginé arrodillado ante su madre, sollozando de rabia, golpeando con los puños las piedras recortadas de la orilla.

—Me han insultado, me han deshonrado, han arruinado mi reputación inmortal —debió de quejarse a la diosa.

Me lo imaginé. Ella se acarició su largo cuello níveo y suave como la piel de foca antes de empezar a asentir. Se le había ocurrido algo, había

tenido una idea de diosa, rebosante de venganza e ira. Aquiles dejó de gimotear en cuanto Tetis se la explicó.

—¿Y él lo hará? —preguntó Aquiles sin salir de su asombro. Se refería a Zeus, el rey de los dioses, el de las sienes laureadas por nubes, el dios capaz de coger rayos con las manos.

—Lo hará, está en deuda conmigo —le dijo Tetis—. Zeus desnivelará su balanza de oro y hará que los griegos pierdan una y otra vez hasta que se vean empujados contra la playa, donde caminarán en un revoltijo de anclas y cabos y los mástiles y las proas se harán añicos al caer sobre sus espaldas.

Y entonces sabrán a quién han de implorar.

Tetis se inclinó para besar a su hijo, dejando en su mejilla una brillante marca roja con forma de estrella de mar. Luego se dio la vuelta y se marchó, hundiéndose en el agua como una piedra hasta llegar al fondo.

Solté los guijarros, se deslizaron por entre mis dedos y los dejé donde cayeron, ya fuera por azar o a propósito, tal vez fuera un augurio, tal vez casualidad. Si Quirón hubiera estado allí, tal vez habría podido interpretar los signos y decirnos nuestro destino, pero no estaba allí.

—¿Y si Agamenón no suplica? —inquirí.

—Entonces morirá. Todos ellos morirán. Y yo no lucharé hasta que implore. —Y reforzó la fuerza del reproche alzando el mentón.

Me sentí agotado. El brazo me dolía donde me había hecho el corte y sentí sucia la piel a causa del sudor. No le contesté.

—¿Has oído lo que he dicho?

—Sí. Los griegos morirán.

Quirón había dicho en una ocasión que las naciones eran el invento más estúpido de los mortales.

—Ningún hombre merece más que otro, venga de donde venga —

sentenció en una ocasión.

—¿Y si se trata de un amigo o de un hermano? —le había preguntado Aquiles con los pies apoyados en la pared rosácea de la cueva—. ¿Hay que tratarle como a un extraño?

—Los filósofos discrepan acerca de la respuesta a esa pregunta —le había contestado el centauro—. Tal vez valga más que tú, tal vez no, y el

forastero también tiene amigos y hermanos, así que al final ¿qué vida tiene más valor?

No le respondimos. Teníamos quince años en aquel entonces y aquellas cosas nos venían grandes. A los veintiocho la situación no había cambiado.

Él es la mitad de mi alma, como dice el poeta. Pronto estará muerto y su honor es todo cuanto quedará de Aquiles. La fama es su hijo, su ser más querido. ¿Debería reprochárselo? He salvado a Briseida. No puedo salvarlos a los dos.

Ahora sé cómo contestar a la pregunta de Quirón.

—No hay respuesta —le diría—. Sea cual sea tu elección, te equivocas.

Más tarde, esa misma noche, regresé al campamento de Agamenón.

Sentí clavadas en mí miradas de curiosidad y compasión mientras caminaba. Todos miraban detrás, para saber si venía o no Aquiles. No venía.

Expliqué a Aquiles mi intención y eso pareció devolverle a las sombras.

—Dile que lo siento —me había dicho con los párpados entornados.

No le contesté. ¿Lo lamentaba porque ahora dispone de una mejor venganza? ¿Un desquite que iba a sufrir no solo Agamenón, sino la totalidad de su malagradecido ejército? No dejé que ese pensamiento anidase en mi mente. Se arrepentía y eso era suficiente.

—Adelante —dijo Briseida con voz extraña.

Vestía un vestido de hilo dorado y lucía un collar de lapislázuli. En las muñecas llevaba brazaletes de plata grabada, de forma que tintineaban cada vez que se movía; sonaban como si llevara puesta una armadura.

Estaba avergonzada, me percaté enseguida, pero no dispusimos de tiempo para hablar, pues detrás de mí Agamenón en persona cruzó la estrecha raja de entrada a la tienda.

—La custodio muy bien, ¿lo ves? Todo el campamento será testigo de la estima que le guardo a Aquiles. Solo tiene que disculparse y yo le colmaré de todos los honores que se merece. En verdad, es una desgracia que alguien tan joven tenga tanto orgullo.

La expresión petulante de su rostro me enfureció, aunque ¿qué podía esperar? Aquello era obra mía. «La seguridad de Briseida a cambio de mi honor», había dicho Aquiles.

—Lo has hecho muy bien, poderoso rey.

—Habla con el príncipe de Ftía y dile lo bien que la trato. Ven cuando quieras para verla. —Me hizo objeto de una sonrisa desagradable y se quedó allí plantado, observándonos. No tenía intención de dejarnos a solas.

Me volví hacia Briseida. Había aprendido los rudimentos de su idioma y ahora los usé para dirigirme a ella.

—¿De verdad estás bien?

—Sí. ¿Cuánto va a durar esto? —preguntó con el cerrado acento del idioma anatolio.

—No lo sé —admití. Y era la verdad. ¿Cuánto calor puede soportar el hielo antes de suavizarse? Me incliné y le di un beso—. Vendré a verte muy pronto —le dije en griego.

Ella asintió.

Agamenón no me quitó ojo de encima mientras me iba, y al salir le oí preguntar:

—¿Qué te ha dicho?

También escuché la respuesta.

—Admiraba mi vestido.

A la mañana siguiente todos los demás reyes salieron a la cabeza de sus ejércitos para combatir contra los ejércitos de Príamo, pero el ejército de Ftía no acudió. Aquiles y yo nos tomamos un buen rato para desayunar.

¿Por qué no íbamos a hacerlo? No teníamos otra cosa que hacer. Podíamos nadar, si así nos apetecía, jugar a las damas o echar unas carreras. No habíamos tenido un momento de tiempo libre y asueto desde Pelión.

Pero aun así, no era asueto, parecía más bien un momento de respiración contenida, como cuando el águila se posicionaba sobre la presa antes de lanzarse en picado. Yo estaba todo el tiempo con la espalda

encorvada y no era capaz de dejar de mirar la playa vacía. Estábamos a la espera de ver el comportamiento de los dioses.

No íbamos a tener que aguardar mucho.

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