La canción de Aquiles
Diecisiete
Pero nuestro primer destino fue Áulide, ciudad portuaria situada en el estrecho de Euripo. Consistía en una lengua de tierra de lo más adecuada por tener la suficiente línea costera para poder varar todas nuestras naves a la vez. Era quizá también un símbolo: el poder visible de la Hélade ofendida.
Tras cinco días de ir dando tumbos sobre la mar picada junto a la costa eubea, rodeamos el último obstáculo del sinuoso estrecho y vimos aparecer Áulide. La escena se presentó a nuestros ojos de sopetón, como si hubieran retirado un velo; era una costa atestada de embarcaciones de todo tamaño, forma y color, cuya playa aparecería alfombrada por un alternante tapete de miles de hombres detrás de los cuales podía verse la parte superior de las tiendas, que se prolongaban hasta el horizonte. Nuestros hombres se afanaron en los remos y nos condujeron hasta el último rincón vacío de la atestada playa, lo bastante grande para dar cabida a nuestra flotilla. Poco después, cincuenta anclas fueron arrojadas desde la popa de otras tantas naves.
Resonaron los cuernos. Los mirmidones de otras naves ya habían empezado a avanzar entre las olas hacia la playa, nos rodearon con sus albas túnicas hinchadas por el viento y los dos mil quinientos guerreros se pusieron a corear el nombre de su príncipe a una señal imperceptible a nuestros ojos.
—A-qui-les.
Se volvieron a mirar espartanos, argivos, micénicos y todos los demás hombres situados a lo largo de la costa. La noticia corrió por las filas como si de una ola se tratase, y unos decían a otros:
—Ha venido Aquiles.
Vimos congregarse a reyes y reclutas cuando los marinos colocaron la pasarela para bajar a tierra. Los soberanos estaban demasiado lejos para que pudiera verles el semblante, pero sí reconocí los penachos exhibidos por sus escuderos delante de ellos: el estandarte amarillo de Ulises, el azul de Diomedes, y detrás el más grande y deslumbrante, un león sobre un fondo púrpura, el símbolo de Agamenón y de Micenas.
Aquiles contuvo el aliento y me miró. La bulliciosa multitud de Ftía no era nada en comparación con aquello, pero estaba preparado, lo advertí por el modo en que sacaba pecho y el fiero brillo de sus ojos verdes. Anduvo hacia la pasarela y se detuvo en lo alto. Los mirmidones avivaron los gritos y ahora no gritaban solos, otros muchos ocupantes de la playa se unieron a ellos. Un capitán mirmidón de amplio pecho puso las manos a modo de bocina delante de la boca y gritó:
—Príncipe Aquiles, hijo del rey Peleo y la diosa Tetis. ¡Aristós achaion!
El aire cambió como si respondiera a esa voz y abrió un hueco entre las nubes por el que la centelleante luz del sol se derramó sobre Aquiles, le recorrió el pelo, la espalda, la piel, y lo bañó en oro. De pronto pareció más grande y su túnica arrugada por el viaje marino se estiró hasta ser brillante y blanca como una vela. Sus cabellos se convirtieron en una llamarada vivaz al reflejar aquel resplandor.
Los hombres exclamaron con asombro y al poco estalló otra salva de vítores. «Es cosa de Tetis», pensé. No podía ser obra de nadie más. La nereida estaba forzando los límites de la divinidad para propiciar la causa de su retoño y la estiraba como si fuera nata sobre cada centímetro de la piel de Aquiles. Estaba dispuesta a ayudar a que su hijo consiguiera la máxima fama posible, obtenida a tan alto precio.
Acerté a ver el atisbo de una sonrisa en la comisura de su boca. Aquiles disfrutaba de todo aquello, saboreaba la adoración rendida por la multitud.
Más tarde me confió que él no sabía qué había pasado, pero cuando yo le comenté mi hipótesis, él no la cuestionó ni le extrañó.
La tropa le abrió un camino entre sus filas para dejarle pasar hasta el corazón de la muchedumbre, donde le esperaban los reyes. Cada nuevo príncipe debía presentarse ante sus pares y el nuevo comandante. Ahora le tocaba a Aquiles. Descendió por la pasarela en cuatro zancadas y pasó entre las filas de hombres, deteniéndose a diez pies de los monarcas. Yo estaba unos metros por detrás de él.
A pie firme nos estaba esperando Agamenón, el de la nariz curva y puntiaguda como el pico de un águila. Los ojos reflejaban su inteligencia y chispeaban de codicia. Era de pecho amplio y constitución robusta. Tenía aspecto de ser un veterano curtido, pero también más viejo de la cuenta, aparentaba más edad que los cuarenta que sabíamos que tenía. A su izquierda se hallaba Menelao, rey de Esparta y causa de la guerra. Había mechones grises enhebrados a los cabellos de intenso color rojo que yo recordaba. Se parecía a su hermano: era alto y ancho de hombros, fuerte como una yunta de bueyes. Tenía los ojos negros de su familia, pero tenía una nariz menos curva. Era un hombre sonriente y de facciones agraciadas, cosa que no podía decirse de su pariente.
El único otro rey a quien pude identificar con seguridad era Néstor, el anciano de ojos agudos, mentón cubierto por una rala barba de pelo blanco y rostro consumido por la edad. Era el más anciano de los mortales vivos, según se decía, un astuto superviviente de mil escándalos, batallas y levantamientos. Gobernaba el arenoso dominio de Pilos, a cuyo trono aún se aferraba con tenacidad para decepción de las docenas de hijos que habían envejecido más y más, mientras que él, en vez de morirse, seguía engendrando hijos de sus bien afamadas entrañas. Dos de esos descendientes le sostenían por los brazos para mantenerle firme, apartando a empellones a otros soberanos para hacerle un sitio en la parte delantera de la playa. Se quedó boquiabierto y perdió el aliento de entusiasmo cuando nos vio. Le encantaban las conmociones.
Agamenón se adelantó un paso, abrió los brazos en ademán de bienvenida y permaneció con gesto majestuoso a la espera de venias,
reverencias y juramentos de lealtad como los que él había hecho. Ahora le correspondía a Aquiles ponerse de rodillas y ofrecerlas.
Pero el recién llegado no se arrodilló ni saludó a voz en grito al gran rey, tampoco inclinó la cabeza ni le ofreció un regalo. No hizo nada, salvo permanecer erguido delante de todos con el mentón alzado con orgullo.
Agamenón apretó los dientes. Parecía un idiota, allí, con los brazos extendidos, y él lo sabía. Mi vista recayó sobre Ulises y Diomedes, que echaban chispas por los ojos. A nuestro alrededor se extendió un silencio de lo más incómodo y los hombres intercambiaron miradas.
Puse los brazos a la espalda y entrelacé las manos mientras observaba la jugada de Aquiles. Su semblante parecía tallado en piedra mientras enviaba su mensaje al rey de Micenas. «No me das órdenes». El silencio se prolongó más y más, doloroso, expectante, como un cantante que alarga demasiado el final de una frase.
Aquiles rompió a hablar justo cuando Ulises se adelantaba para intervenir.
—Soy Aquiles, hijo de Peleo, hijo de dioses, el mejor de los griegos. He venido a traeros la victoria.
La sorpresa silenció a los hombres durante unos instantes, pero luego rugieron en señal de aprobación, y a todos nos invadió el orgullo. Nuestros héroes nunca eran modestos.
—Agamenón, líder de hombres, hemos traído al príncipe Aquiles para que se comprometa a ayudar —dijo Ulises, cuya mirada advirtió a Aquiles.
«No es demasiado tarde», venía a decir, pero el príncipe de Ftía se limitó a sonreír y se adelantó un paso para zafarse de la mano del itacense.
—He venido por voluntad propia para ofrecer mi ayuda a tu casa —
anunció a grito pelado. Después, se volvió hacia el gentío circundante, y siguió—: Me honra luchar junto a tantos nobles guerreros de nuestros reinos.
Eso levantó otra ovación, prolongada y ruidosa, que tardó varios minutos en apagarse. Finalmente, el comandante en jefe habló desde el paraje pétreo de su semblante con la paciencia del veterano que ha peleado duro para ganar.
—Desde luego, tengo el mejor ejército del mundo, y te doy la bienvenida a él, príncipe de Ftía. —Esbozó una abrupta sonrisa—. Lástima que hayas tardado tanto en venir. —Había una acusación implícita en esas palabras, pero Aquiles eligió no responder, y Agamenón empezó a hablar de nuevo, alzando la voz para hacerse oír por todos—. Ya nos hemos demorado bastante, hombres de Hélade. Mañana zarpamos hacia Troya.
Retiraos a vuestras tiendas y preparaos.
Entonces, se volvió con determinación y se dirigió hacia la orilla caminando a grandes trancos.
Los reyes pertenecientes al círculo íntimo de Agamenón le siguieron, dispersándose en dirección a sus barcos. Figuraban entre ellos Ulises, Diomedes, Néstor, Menelao, y algunos más. No obstante, otros se demoraron para tener ocasión de saludar al nuevo héroe: el tesalio Eurípilo, Antíloco de Pilos, el cretense Meríones y el médico Podalirio.
Hombres de los más lejanos países de la Hélade habían acudido allí atraídos por la promesa de gloria u obligados por un juramento; muchos de ellos estaban allí desde hacía meses a la espera de que los rezagados del ejército se fueran incorporando y, según dijeron, mirando a Aquiles furtivamente, tras ese tedio agradecían cualquier distracción inofensiva, en especial si era a costa de…
—Disculpa la intrusión, príncipe Aquiles —interrumpió Fénix—, pensé que te gustaría saber que nuestro campamento está preparado. —Hablaba envarado a causa de la desaprobación, pero allí, delante de todos los demás, no iba a pronunciar censura alguna.
—Gracias, honorable Fénix —repuso Aquiles—. ¿Me disculpáis si…?
Todos le disculparon, por supuesto, se verían más tarde o al día siguiente. Vendrían con su mejor vino para brindar juntos. Aquiles prodigó apretones de manos, prometiendo que así sería.
De vuelta al campamento, los mirmidones pululaban a nuestro alrededor con fardos de equipaje, vituallas, postes y tiendas. Un hombre con los colores de Menelao se aproximó a nosotros e hizo una reverencia.
—El rey no puede venir —se disculpó, pero había enviado al heraldo para darnos la bienvenida. Aquiles y yo intercambiamos una mirada elocuente. Era una inteligente jugada diplomática. No venía él en persona porque no nos habíamos hecho amigos de su hermano, pero, aun así, daba la bienvenida al mejor de los griegos.
—Un hombre que juega a dos bandas —le susurré a Aquiles.
—Y que no puede permitirse el lujo de ofenderme si quiere recuperar a su esposa —replicó él, también en voz baja.
El acantonamiento principal era un caos vertiginoso, una locura en acción: el tremolar de las enseñas, las ropas tendidas en cuerdas y los laterales de las tiendas se entremezclaban con el movimiento apresurado de miles y miles de hombres. Detrás del campamento se hallaba el río, donde podía verse la marca que indicaba el máximo nivel del caudal de agua alcanzado al principio, cuando las tropas acababan de llegar; y luego estaba el ágora, el centro del mercado, con un altar y un podio improvisado; y al final del todo estaban las letrinas, unas largas zanjas a cielo abierto siempre repletas de hombres.
Nos observaban allá donde fuéramos; yo también vigilaba estrechamente a Aquiles, a la espera de ver si Tetis volvía a hacer que su pelo brillara más o le hinchaba los músculos. Si lo hizo, no me percaté; toda la gracia que vi era suya: sencilla, sin adornos, gloriosa. Saludaba con la mano a los hombres que no le quitaban la vista de encima; les sonreía y los saludaba al pasar. Yo escuchaba las palabras pronunciadas desde detrás de las barbas desgreñadas, los dientes rotos y las manos encallecidas.
— Aristós achaion.
¿Era tal y como habían prometido Ulises y Diomedes? ¿Creían que esos miembros finos podrían repeler a un ejército troyano? ¿Podría ser un muchacho de diecisiete veranos el más grande de nuestros guerreros? Y
mirara donde mirase, al mismo tiempo que veía esas preguntas, veía también las respuestas. «Sí», se decían unos a otros, «sí, sí».
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