La canción de Aquiles
Veinticinco
Una muchacha subió a la tarima un día del noveno año de guerra. En el moflete lucía un moratón que se le extendía como vino derramado por la mejilla. Una serie de cintas le caían desde el pelo, unas cintas ceremoniales que la identificaban como servidora consagrada a un dios. Era la hija de un sacerdote, según oí decir a alguien. Aquiles y yo intercambiamos una mirada.
Era hermosa a pesar del pánico. Tenía unos enormes ojos de color avellana y un rostro redondeado; una melena de color castaño le caía suelta sobre las orejas; era de figura delgada y tenía aspecto de niña. Sus ojos se anegaron como dos lagos desbordados y el llanto rodó por sus mejillas.
Llevaba las manos atadas a la espalda.
La cautiva alzó los ojos y miró al cielo en señal de muda plegaria mientras los hombres se congregaban en el ágora. Le di un codazo a Aquiles y él asintió, pero, antes de que pudiera reclamarla, Agamenón puso una mano sobre el suave hombro de la muchacha y anunció:
—Esta es Criseida, y la reclamo para mí.
Dicho esto, tiró de ella para sacarla del estrado y se la llevó bruscamente a su tienda.
Reparé en el gesto de contrariedad de Calcante, tenía la boca medio abierta, como si fuera a formular una objeción, pero luego la cerró, y Ulises dio por terminada la distribución.
Apenas había transcurrido un mes de aquella escena cuando apareció el padre de la muchacha con un cayado claveteado de oro y enguirnaldado con hilo dorado. Tenía un fuerte y ancho rostro de rasgos marcados. Lucía una barba larga al estilo de los sacerdotes anatolios y llevaba el pelo suelto, pero adornado con algunas cintas, a juego con su cayado. Se advertían ribetes de rojo y oro en su túnica suelta, cuya tela se hinchaba y flameaba alrededor de sus piernas. Detrás de él, unos silenciosos sacerdotes de menor rango se esforzaban para soportar el peso de unos enormes cofres de madera. El sumo sacerdote no aminoró el paso para acomodarse al ritmo más lento de sus acólitos, sino que caminó hacia delante sin darles tregua.
La pequeña comitiva pasó por delante de las tiendas de Áyax, Diomedes y Néstor —las más próximas al ágora— y se detuvo ante el estrado. Aquiles y yo nos enteramos y acudimos enseguida, esquivando a los soldados más lentos. Para cuando llegamos, el sacerdote se había plantado allí cayado en mano y con el mentón alzado. Agamenón y Menelao subieron a la tarima y se acercaron a él, el troyano se limitó a quedarse allí con pose orgullosa delante de sus tesoros y sus jadeantes subordinados. Agamenón echaba chispas ante semejante osadía, pero se mordió la lengua.
Por último, cuando se hubieron congregado los suficientes soldados, atraídos de todos los rincones del campamento por los rumores, se volvió para dirigirse a todos ellos, con los ojos fijos en el gentío, mirando a reyes y soldados, y por último a los hijos gemelos de Atreo, que permanecían de pie ante él sobre el estrado.
Habló con voz resonante y grave, acostumbrada a dirigir las plegarias.
Dijo llamarse Crises y, cayado en mano, se identificó como sumo sacerdote de Apolo en la Tróade. A renglón seguido señaló a los cofres, ahora abiertos, para mostrar oro, gemas y objetos de bronce refulgiendo al sol.
—Nada de eso nos dice por qué has venido, sacerdote Crises —dijo Menelao con voz templada, pero con una nota de impaciencia. Ningún troyano se encaramaba al estrado de los reyes griegos para soltar discursos.
—He venido a rescatar a mi hija Criseida. El ejército griego se la llevó de nuestro templo de forma ilícita. Es una joven delgada con cintas en el pelo.
Los griegos murmuraron. Los suplicantes que ofrecían rescates se arrodillaban y se humillaban, no hablaban como reyes dictando sentencia en un tribunal, pero ese hombre era un alto sacerdote, poco acostumbrado a postrarse ante nadie que no fuera su dios, y se podía hacer una excepción.
Ofreció una cantidad de oro generosa, el doble de lo que valía la muchacha, y uno nunca podía desdeñar el favor de un sacerdote. Aquella palabra,
«ilícita», cortaba como una espada afilada, pero tampoco se podía decir que se equivocara al usarla.
—Lo primero de todo, jamás debió ser raptada.
Incluso Diomedes y Ulises asintieron ante esas palabras, y Menelao suspiró de un modo que era como si lo hubiera dicho. Pero Agamenón, grandón como un oso, dio un paso al frente con los músculos del cuello crispados por la ira.
—¿Así es como implora un hombre? Tienes suerte de que no te mate aquí mismo. Yo mando este ejército y no te doy permiso para hablar delante de mis hombres. Ya te doy mi respuesta: no. No habrá rescate. Ella es mi presa y no pienso liberarla ni ahora ni nunca, ni a cambio de esta basura ni de cualquier otra que puedas tratar. —Agamenón cerró las manos a escasos centímetros de la garganta de Crises—. Vete ahora mismo, sacerdote, y que no vuelva a verte por mi campamento… o tus guirnaldas no te salvarán.
Crises apretó los dientes, aun cuando no sabríamos decir si fue a causa del miedo o para tragarse una réplica. Sus ojos brillaron con amargura. Se volvió con brusquedad y en silencio, bajó del estrado y volvió a la playa dando grandes zancadas. Los acólitos le siguieron con sus tintineantes arcones de tesoros.
Seguí contemplando a lo lejos la figura del apenado sacerdote en retirada incluso después de que Agamenón se hubiera retirado y los hombres se hubieran puesto a cuchichear a mi alrededor. Quienes estaban situados al final de la playa dijeron que estaba llorando y que blandía el cayado contra el cielo.
Esa noche, deslizándose entre nosotros como una sierpe rápida y silenciosa, comenzó la plaga.
A la mañana siguiente las mulas pusieron los ojos en blanco y empezaron a dejarse caer sobre las cercas con la respiración agitada entre borbotones de mucosidad amarilla. A eso de mediodía les siguieron los perros, que se pusieron a ladrar y gañir a los cuatro vientos mientras echaban espuma roja por la boca. A última hora de la tarde todos estos animales habían muerto o estaban agonizando en el suelo entre temblores, bañados en charcos de su propio vómito sanguinolento.
Macaón y yo, y después también Aquiles, los quemábamos en cuanto sucumbían, sacábamos del campamento los cuerpos empapados de bilis, cuyos huesos resonaban cuando los lanzábamos a las piras. Aquella misma noche, a nuestro regreso al vivaque de los mirmidones, Aquiles y yo nos frotamos con la áspera sal del mar y nos limpiamos con agua clara tomada del arroyo del bosque. No usamos el Simois ni el Escamandro, los serpenteantes y caudalosos ríos troyanos, porque todos los demás bebían de sus aguas y se bañaban en ellas.
Al día siguiente empezaron a sucumbir los hombres. Cayeron abatidos por la enfermedad a centenares, encogidos allí donde se habían desplomado con los ojos saltones y lagrimosos, los labios cuarteados y sangrando por mentones y muñecas. Macaón, Aquiles, Podalirio y yo, y por último también Briseida, corríamos para arrastrar lejos los cuerpos de las últimas víctimas, abatidas de forma tan súbita como si cayeran por efecto de una lanza o una flecha.
Se creó un campo de enfermos en un extremo del campamento. Primero hubo diez o veinte, y luego cincuenta. Se estremecían a causa de la fiebre, pedían agua a gritos, se arrancaban la ropa para encontrar alivio al fuego que les ardía en las entrañas. Por último, en las postrimerías de la tarde, se les cuarteó la piel, donde había más agujeros macerados que en una manta
agusanada, rezumando pus y carne sanguinolenta. Cuando cesaba el último de sus violentos espasmos, quedaban tendidos en el charco de sus vómitos, el contenido negruzco de sus intestinos mezclado con sangre.
Aquiles y yo utilizamos hasta el último trozo de madera a nuestro alcance para levantar piras. Finalmente, la necesidad nos impulsó a olvidar el decoro y el ritual, y a cada fuego no arrojábamos un cuerpo, sino muchos.
Ni siquiera teníamos tiempo de quedarnos a contemplar cómo la carne y los huesos se deshacían y se entremezclaban.
Al final, acabaron por unirse a nosotros la mayoría de los monarcas. El primero fue Menelao, y después Áyax, capaz de derribar tres árboles de un solo hachazo, y bien que los usamos todos para alimentar una hoguera tras otra.
Mientras trabajábamos, Diomedes iba entre los hombres y acabó por descubrir a los pocos que yacían ocultos en las tiendas, temblorosos a causa de la fiebre y el vómito. Sus amigos los habían ocultado porque aún no querían enviarlos a los campos de la muerte. Agamenón no abandonó su tienda.
Pasó un día, y otro, y otro más, hasta que llegó un momento en que no hubo compañía ni rey que no hubiera perdido docenas de soldados. Aquiles y yo cerramos los ojos de cientos de hombres, y por extraño que pudiera parecer, ninguno de ellos fue un rey. Perecieron nobles menores y soldados de a pie. También tuvimos ocasión de notar que no murió ninguna mujer.
Nos miramos cada vez más recelosos conforme más y más hombres se derrumbaban de repente con un grito, agarrándose el pecho con las manos allí donde la plaga se le había clavado como si fuera un proyectil.
Ocurrió durante la novena noche de aquella pesadilla de cadáveres arrojados a las piras y de sudar pus a chorros. Permanecíamos exhaustos y jadeantes dentro de nuestro pabellón, donde hacíamos trizas las túnicas que habíamos llevado durante el día para luego arrojarlas al fuego. Se había confirmado por mil formas diferentes nuestra sospecha de que no era una plaga natural ni se trataba del brote al azar de una pandemia. Era algo más,
era un fenómeno tan repentino y catastrófico como la calma chicha en Áulide. Aquí obraba el disfavor de una deidad.
Nos acordamos entonces de Crises y de la justa indignación del sumo sacerdote ante la blasfemia cometida por Agamenón y su desprecio a los códigos de la guerra y el rescate justo, y también caímos en la cuenta de cuál era su dios, la divinidad de la luz, la medicina y la plaga.
Aquiles salió de la tienda con sigilo cuando la luna estaba en lo alto y regresó al cabo de poco tiempo, oliendo a mar.
—¿Qué dice tu madre? —pregunté, incorporándome en la cama.
—Que tenemos razón.
El décimo día de la plaga, el aristós achaion y yo nos dirigimos a la playa con el respaldo de todos los mirmidones y nos dirigimos al ágora.
Aquiles se encaramó al estrado y puso las manos en torno a la boca a modo de bocina para que se le oyera desde más lejos. Gritó por encima del rugido de las piras, el llanto de las mujeres y los gemidos de los moribundos, convocando a todos los hombres del campamento.
Los soldados acudieron a trompicones, con recelo y lentitud, parpadeando bajo la luz del sol. Estaban demacrados y tenían aspecto atormentado, temerosos de que los dardos de la plaga se hundieran en sus pechos como piedras en el agua y extendieran sus raíces como ondulaciones en un estanque. Aquiles les observó llegar con la armadura bien puesta y la espada ceñida a un costado. El pelo le centelleaba como agua vertida sobre bronce pulido. No estaba prohibido que algún otro general convocara un encuentro, pero jamás había ocurrido durante los diez años que habíamos pasado ante las murallas de Troya.
Agamenón y sus micénicos se abrieron paso a empellones entre el gentío y el general subió al tablado.
—¿Qué ocurre? —inquirió.
Aquiles le saludó con amabilidad y respondió:
—He congregado a los hombres para hablar de la plaga. ¿Me das licencia para dirigirme a ellos?
La rabia y la vergüenza encorvaron un poco más los hombros de Agamenón; él tendría que haber convocado esa reunión hace mucho, y lo sabía. Ahora difícilmente podría reprender al príncipe de Ftía por hacerlo, especialmente delante de la tropa. El contraste entre ambos dirigentes no podía ser más acusado: Aquiles estaba relajado y exudaba control, había en él un desahogo que desdecían las piras funerarias y las mejillas consumidas.
Agamenón torció el gesto con ese rostro suyo cerrado como el puño de un avaro.
Aquiles esperó a que se hubieran acomodado los hombres, nobles y gente del común. Entonces se adelantó y se dirigió a ellos con una sonrisa.
—Reyes, señores, hombres de los reinos griegos, ¿cómo vamos a librar una guerra si nos mata una plaga? Es tiempo, tiempo de sobra, de que sepamos qué hemos hecho para merecer la ira de un dios.
Se desató una tormenta de cuchicheos y susurros. Los hombres ya habían sospechado de los dioses. ¿Acaso no venía de ellos todo el bien y todo el mal? Pero oírselo decir abiertamente al aristós achaion suponía un alivio. Su madre era una deidad y seguro que él lo sabía.
Agamenón estiró los labios y enseñó los dientes. Estaba demasiado cerca de Aquiles, como si pretendiera echarle del estrado, pero Aquiles no pareció percatarse.
—Tenemos entre nosotros a un sacerdote, un hombre cercano a los dioses. ¿No deberíamos pedirle que hablara?
Los hombres asintieron mientras una oleada de esperanza recorría las filas. Oí un chasquido metálico. Al ver a Agamenón con una mano en su muñeca supe qué era, el pausado movimiento de la hebilla de su manopla.
Aquiles se volvió al rey.
—¿No es eso lo que tú me recomendaste?
Agamenón entrecerró los ojos. No confiaba en la generosidad, no confiaba en nadie. Clavó los ojos en Aquiles, a la espera de una trampa, pero al final, con ingratitud, respondió.
—Sí, lo hice. —Hizo un rudo gesto a sus hombres—. Traedme a Calcante.
La guardia sacó al sacerdote de entre la multitud a empujones. Jamás había tenido un aspecto tan poco agraciado: la barba nunca terminaba de crecerle, le raleaba el pelo y estaba empapado en un sudor agrio. Tenía la costumbre de repasar los labios cuarteados con la lengua antes de hablar.
—Gran rey, príncipe de Ftía, me cogéis desprevenido. No pensé que…
—Aquellos extraños ojos azules iban de Agamenón a Aquiles—. Es decir, no esperaba ser interrogado sobre este tema aquí, delante de tanta gente. —
La voz iba y venía, como una comadreja al abandonar su madriguera.
—Habla —ordenó Agamenón.
Calcante parecía azorado. Se humedeció los labios con la lengua una y otra vez.
—Seguramente habrás hecho sacrificios y habrás orado, ¿no?
—Sí, sí, por supuesto que sí, pero… —la voz le flaqueó—, pero temo que mis palabras enojen a alguien poderoso y que no olvida un insulto con facilidad.
Aquiles se agachó y puso una mano en el hombro sucio del clérigo, que dio un respingo, y le sujetó de forma amistosa.
—Nos morimos, Calcante. No ha lugar para esos temores. ¿Qué hombre de entre nosotros iba a volver tus palabras contra ti? Yo no lo haría, ni aunque dijeras que yo soy la causa. ¿Y vosotros…? —Miró a los hombres que tenía enfrente, y estos negaron con la cabeza—. Ningún hombre en su sano juicio haría daño a un sacerdote.
El cuello de Agamenón estaba tenso como los cabos de una nave. De pronto tomé conciencia de lo raro que se me hacía verle ahí solo. Su hermano, Ulises o Diomedes estaban siempre junto a él, pero ahora todos ellos esperaban a un lado, con el resto de los príncipes.
Calcante se aclaró la garganta antes de tomar la palabra.
—Los augurios demuestran que Apolo está enfadado. —Apolo. El nombre del dios recorrió las huestes como el viento por el trigo del estío.
Calcante miró al hijo de Atreo y luego al príncipe de Ftía. Tragó saliva—.
Al parecer, o eso dicen los augurios, le ha ofendido el trato dispensado a su siervo consagrado, Crises. —Agamenón se cuadró de hombros y fulminó con la mirada al sacerdote, a quien se le trababa la lengua mientras
proseguía—: Para apaciguarle, hay que devolver a la joven Criseida sin pedir rescate alguno y el gran rey Agamenón debe ofrecer plegarias y sacrificios. —Enmudeció después de haber pronunciado esa última palabra, como si le faltara el aire.
La sorpresa dibujó unas oscuras manchas rojas en el semblante de Agamenón. Parecía una gran estupidez o un acto de suprema arrogancia no haber supuesto que todo aquello era culpa suya, pero no lo había hecho. Se hizo un silencio tan profundo que me pareció oír los granos de arena que removíamos con los pies.
El monarca se volvió hacia el sacerdote.
—Gracias, Calcante —dijo con una voz que chisporroteó en el aire—.
Gracias por traer siempre buenas noticias. La última vez fue mi hija.
«Mátala», me dijiste, «porque has enojado a los dioses». Ahora pretendes humillarme delante de todo mi ejército. —Se giró sobre el hombre con el rostro congestionado por la ira—. ¿Acaso no soy tu general? ¿No he velado para que recibieras sustento, ropa y honores? ¿No son micénicos la mayor parte de los soldados de este ejército? La chica es mía, la recibí como premio, y no tengo intención de entregarla. ¿Acaso has olvidado quién soy?
Hizo una pausa, como si esperara o temiera que los hombres gritaran:
«No, no». Mas nadie lo hizo. Frunció los labios y soltó un gruñido.
—Rey Agamenón —terció Aquiles con voz ligera, casi divertida, mientras se adelantaba—, nadie ha olvidado que eres el jefe de este ejército, estoy seguro, pero tú no pareces recordar que todos nosotros somos por derecho propio reyes, príncipes o cabezas de clan. Somos tus aliados, no esclavos.
Un puñado de hombres asintió y más hubieran deseado hacerlo también.
Agamenón profirió un sonido inarticulado y el rostro se le puso púrpura de la rabia. Aquiles alzó una mano.
—No tengo la menor intención de deshonrarte, solo deseo poner fin a la plaga. Envía la chica al padre y acabemos con esto.
El rostro de Agamenón se crispó por culpa de la ira y sus gruesas mejillas se llenaron de pliegues.
—Te comprendo, Pelida. Te crees que por ser hijo de una ninfa de los mares te asiste el derecho de jugar con los príncipes a tu antojo. Nunca te han enseñado cuál es tu lugar entre los hombres. —Aquiles abrió la boca para responderle, pero el micénico se adelantó—. No digas nada. —Sus palabras sonaron como un latigazo—. Te arrepentirás como digas otra palabra más.
—¿Me arrepentiré? —El rostro de Aquiles permaneció inexpresivo—.
No creo, gran rey, que puedas permitirte el lujo de decirme esas cosas —
añadió en voz baja, pero perfectamente audible.
—¿Me amenazas? ¿A mí? —chilló el general—. ¿No le habéis oído amenazarme?
—No es una amenaza. Dime, ¿qué es tu ejército sin mí?
El rostro del micénico enrojeció intensamente de pura maldad.
—Siempre has tenido una opinión demasiado buena de ti mismo.
Debimos haberte dejado donde te encontramos, escondido tras las faldas de tu madre, vestido tú mismo con otras faldas.
Los hombres se quedaron confundidos y torcieron el gesto antes de ponerse a murmurar entre ellos.
Aquiles cerró las manos a los costados y logró mantener la compostura a duras penas.
—Dices eso para desviar la atención de ti. ¿Cuánto tiempo habrías dejado morir a tus hombres si yo no hubiera convocado este concilio?
¿Puedes responder a eso?
Pero el monarca micénico ya estaba rugiendo para hacerse oír por encima de Aquiles.
—Cuando todos estos hombres vinieron a Áulide, se arrodillaron para ofrecerme su lealtad, todos salvo tú. Tengo la impresión de que nuestra tolerancia ante tu arrogancia ha durado demasiado. Es tiempo, tiempo de sobra —dijo, imitando a Aquiles—, de que prestes ese juramento.
—No necesito probarme ante ti ni ante ninguno de vosotros. —Aquiles habló con voz fría y alzó el mentón en gesto de desdén—. Estoy aquí por voluntad propia y tienes suerte de que sea así, o de lo contrario no sería yo quien tendría que arrodillarse.
Había ido demasiado lejos. Los hombres se removieron a mi alrededor.
El hijo de Atreo se lanzó a por esa oportunidad como un ave que se lanza en picado a por un pez.
—¿Habéis oído su orgullo? —Se volvió hacia Aquiles—. ¿No te arrodillarás?
El rostro del aristós achaion era pétreo cuando respondió:
—No.
—En tal caso, eres un traidor a este ejército y se te castigará como a tal.
Tus premios de guerra son rehenes y quedarán a mi cuidado hasta que ofrezcas tu obediencia y sumisión. Empezaremos por la chica, Briseida,
¿verdad? Servirá como compensación por la chica que me veo obligado a devolver.
Me quedé sin aire en los pulmones.
—Es mía, la recibí de todos los griegos —replicó Aquiles. Cada palabra fue cortante como el cuchillo de un matarife—. No puedes quitármela y te costará la vida si lo intentas. Piénsalo, gran rey, antes de perjudicarte.
La respuesta de Agamenón se produjo de inmediato. Nunca iba a achantarse delante de una multitud. Jamás.
—No te temo. Voy a tenerla. —Se volvió hacia su gente—. Traed a la chica.
Advertí la sorpresa en el rostro de los reyes. Briseida era un trofeo de guerra, la personificación del honor de Aquiles. Al quitársela, Agamenón negaba a Aquiles la plenitud de su valor. Al oír murmurar a los hombres, albergué la esperanza de que alguien dijera algo, pero nadie habló.
El gran rey se había dado la vuelta, por eso no vio volar la mano de Aquiles al acero. Se me detuvo el corazón. Le sabía capaz de atravesar de un solo espadazo el cobarde corazón del micénico, pero advertí en su rostro una lucha interior. Aún sigo sin saber por qué se detuvo, tal vez quería para el general un castigo peor que la muerte.
—Agamenón —le llamó. Di un respingo al oír la rudeza de su voz. El rey se volvió y Aquiles le hundió un dedo en el pecho. El micénico no pudo reprimir el resoplido de sorpresa—. Tus palabras de hoy han causado tu muerte y la de tus hombres. No volveré a luchar por ti y tu ejército caerá sin
mi concurso. Héctor os molerá los huesos y esparcirá vuestra sangre por la arena. Y yo lo veré y me reiré. Vendrás a mí en busca de misericordia, pero no la tendrás. Todos morirán, Agamenón, y será por lo que has hecho hoy aquí.
Y soltó un enorme salivazo que cayó entre los pies de Agamenón.
Después, enseguida estuvo a mi altura, y luego me dejó atrás. Tuve una sensación de vértigo mientras me daba la vuelta para seguirle, sintiendo que detrás de mí venían los mirmidones, cientos de hombres vociferantes que se abrían paso entre la muchedumbre que salía en tropel de sus tiendas.
Aquiles llegó enseguida a la playa gracias a unas enérgicas zancadas. Su ira era incandescente, un fuego le ardía debajo de la piel. Tenía los músculos tan tensos que me daba miedo tocarle, no fueran a saltar como cuerdas de arco. No se detuvo cuando llegamos a nuestro campamento.
Tampoco se volvió para dirigirse a los hombres. Agarró la lona que hacía las veces de puerta de nuestra tienda y la arrancó al pasar.
Tenía la boca torcida, nunca la había visto tan fea, y los ojos enloquecidos.
—Le mataré —juró—, le mataré. —Tomó una lanza y la partió por la mitad en medio de una lluvia de astillas. Los trozos cayeron sobre el suelo
—. Estuve a punto de trincharle ahí fuera. No sé por qué no lo hice. ¿Cómo se atreve? —Cogió un aguamanil y lo estrelló contra una silla, haciéndolo añicos—. ¡Los muy cobardes! Todos se mordían la lengua sin atreverse a hablar. ¿Lo viste? Ojalá Agamenón les quite todos sus trofeos. Espero que se los arrebate uno a uno.
—¿Aquiles? —preguntó fuera del pabellón una voz vacilante.
—Adelante —ordenó el interpelado.
—Lamento molestarte. Fénix me ordenó que me quedara para que pudiera enterarme de todo lo sucedido y así podértelo contar luego —
explicó Automedonte.
—¿Y? —preguntó Aquiles.
El auriga vaciló.
—Agamenón preguntó por qué sigue con vida Héctor. Le dijo a la tropa que no te necesitaban y que… tal vez no fueras… lo que dices que eres. —
Otro astil de lanza saltó hecho añicos entre los dedos de Aquiles.
Automedonte tragó saliva—. Ahora van a venir a por Briseida.
Aquiles me daba la espalda y no pude verle cuando se dirigió a su auriga:
—Déjanos.
Automedonte se retiró y nos quedamos a solas.
Iban a venir a por Briseida. Me puse en pie con los puños apretados. Me sentía fuerte, indomable, como si mis pies atravesaran la tierra y asomaran por el otro lado del mundo.
—Debemos hacer algo. Podemos ocultarla, tal vez en los bosques o…
—Lo va a pagar caro, y ahora. —Había una nota feroz de victoria en su voz—. Deja que venga a por ella. Él mismo se ha condenado.
—¿A qué te refieres?
—Debo hablar con mi madre —sentenció, e hizo ademán de abandonar la tienda, pero le agarré por el brazo.
—No tenemos tiempo. A tu regreso ya se la habrán llevado. Debemos hacer algo ¡ahora!
Se volvió y me miró con unos ojos extraños: las pupilas enormes y oscuras le devoraban la cara. Parecía hallarse a muchos kilómetros de allí.
—¿De qué me hablas?
—De Briseida —repliqué, mirándole fijamente.
Aquiles me devolvió la mirada. No pude advertir el parpadeo de alguna emoción en sus ojos.
—Nada puedo hacer por ella —contestó al fin—. Agamenón deberá pagar las consecuencias si elige ese camino.
Tuve la sensación de caer en las honduras del océano con dos pesados lastres atados a los pies.
—No vas a dejar que se la lleve.
Se volvió sin mirarme.
—Esa elección es de Agamenón. Ya le dije lo que ocurrirá si lo hace.
—Sabes lo que le hará a Briseida.
—Agamenón decide —repitió—. ¿No iba a privarme de mi honor? ¿No iba a castigarme? ¡Que se atreva!
Un fuego interior le iluminaba los ojos.
—¿No vas a ayudarla?
—No hay nada que yo pueda hacer —respondió de modo terminante.
Me abrumó el vértigo, como si estuviera bebido; no era capaz de hablar ni de pensar. Jamás me había enfadado con él y ahora no sabía cómo hacerlo.
—Ella es una de nosotros. ¿Cómo puedes dejar que se la lleve? ¿Dónde está tu honor? ¿Cómo puedes dejar que Agamenón la deshonre?
Y entonces, de pronto, lo entendí todo, y la náusea se apoderó de mí.
Me volví hacia la puerta.
—¿Adónde vas?
—He de avisarla —respondí feroz con voz rasposa—. Tiene derecho a conocer tu elección.
Me detuve un instante ante la tienda de Briseida antes de retirar las pieles de la puerta.
—¡Briseida! —me oí llamarla.
—¡Adelante! —me invitó con voz cálida, parecía complacida. Durante la plaga no habíamos tenido tiempo de hablar más allá de lo imprescindible.
Dentro, ella estaba sentada en un taburete y en su regazo sostenía maza y mortero. En el aire flotaba un olor a nuez moscada. Sonreía.
Me retorcí de pena y dolor. ¿Cómo iba a decirle lo que sabía?
—Yo…
Intenté hablar, pero me detuve. Dejó de sonreír al ver mi cara desencajada, se levantó y enseguida acudió a mi lado.
—¿Qué ocurre? —Presionó la fría piel de su muñeca sobre mi frente—.
¿Se encuentra bien Aquiles? ¿Estás enfermo?
Sí, enfermo de vergüenza, pero ahora no había tiempo para la autocompasión. Venían a por ella.
—Ha pasado algo —anuncié. La lengua pastosa se me pegaba a la boca y las palabras no me salían con facilidad—. Aquiles se dirigió hoy a los hombres y les dijo que Apolo enviaba la plaga.
—Eso pensábamos. —Asintió y puso la mano sobre la mía para confortarme. Casi no pude continuar.
—Pero Agamenón no…, y ahora se ha enfadado. Aquiles y él han discutido y ahora el gran rey quiere castigarle.
—¿Castigarle? ¿Cómo? —Entonces advirtió algo en mis pupilas y su rostro se quedó inexpresivo—. ¿Qué ocurre?
—Ha enviado hombres a por ti.
Advertí la llamarada de pánico en sus ojos por mucho que intentó ocultarla.
—¿Qué va a suceder?
Sentí una vergüenza corrosiva que me consumía los nervios. Era como una pesadilla de la que esperaba despertar de un momento a otro, pero no había nada de que despertar, era verdad. Aquiles no iba a ayudar.
—Él…
No fui capaz de decir nada más, pero eso bastó, ella lo supo. Cerró la mano derecha sobre el vestido ajado y rasgado tras el durísimo trabajo de los nueve días anteriores. Gracias a un ímprobo esfuerzo logré farfullar palabras que pretendían ser de consuelo; le dije que la traeríamos de vuelta, que todo iba a ir bien. Mentiras, todo mentiras. Los dos sabíamos lo que iba a suceder en la tienda de Agamenón, y también Aquiles, pero aun así la enviaba allí.
Mi mente se llenó de imágenes apocalípticas y de cataclismo. Deseé que hubiera terremotos, erupciones, diluvios. Solo esos desastres parecían capaces de contener toda mi pena y mi rabia. Deseaba tener el mundo patas arriba y aplastado a mis pies.
Fuera sonó un cuerno. Ella se llevó la mano a la mejilla y se enjugó las lágrimas.
—Vete, por favor —susurró.
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