La canción de Aquiles
Veintiseis
A lo lejos, dos hombres caminaban por la estrecha lengua de arena.
Enarbolaban el emblema púrpura de Agamenón con el símbolo de los heraldos grabado en las túnicas. Les conocía, eran Taltibio y Euríbates, los principales emisarios de Agamenón; se les tenía por hombres discretos que gozaban de la confianza del gran rey. Se me formó un nudo de odio en la garganta. Deseé verlos muertos.
Los heraldos se acercaron entre las miradas furibundas de los guardias mirmidones, que hacían resonar sus armaduras de forma amenazadora. Se detuvieron a diez pasos de nosotros, parecieron pensar que eso bastaría para escapar si Aquiles perdía los nervios. Me permití regodearme en una serie de imágenes sanguinarias: Aquiles se les echaba encima, les retorcía el pescuezo y los dejaba sobre el suelo, desmadejados como conejos muertos entre las manos del cazador.
Tartamudearon un saludo sin dejar de mover los pies y con la mirada gacha.
—Hemos venido a hacernos cargo de la custodia de la chica —dijeron a continuación.
El aristós achaion contuvo la rabia y les contestó con sarcasmo y fría acritud. Toda aquella representación suya de gracia y tolerancia me hizo rechinar los dientes. A Aquiles le gustaba dar esa imagen de sí mismo, la del joven ofendido que acepta estoicamente el despojo de su premio de
guerra y sufre el martirio delante de todo el campamento. Oí mi nombre y vi que todos me miraban. Debía ir en busca de Briseida.
Ella me estaba esperando con las manos vacías, pues no iba a llevarse nada.
—Lo siento —musité.
Ella no me dijo «Todo va bien», porque no lo iba. Percibí la cálida dulzura de su respiración mientras se inclinaba hacia delante y me rozaba los labios con los suyos. Luego, siguió adelante y se marchó.
Taltibio le cogió de un brazo y Euríbates del otro. Ambos hundieron los dedos en la piel de Briseida, y no con suavidad precisamente. Tiraron de ella, deseosos de alejarse cuanto antes de nosotros, obligándola a elegir entre moverse o caer. La anatolia se volvió hacia nosotros. Quise conjurar la desesperación de sus ojos y miré fijamente a Aquiles, con la esperanza de que levantara la vista y cambiara de idea, pero no lo hizo.
Salieron del campamento a toda prisa y poco después apenas fui capaz de distinguir sus figuras de las de otras siluetas oscuras que caminaban por la playa, comiendo, paseando y cuchicheando sobre la enemistad de sus reyes. La ira me consumió con la misma facilidad que un incendio devora los matorrales.
—¿Cómo puedes dejar que se la lleven? —mascullé, apretando los dientes.
—Debo hablar con mi madre —repuso con rostro demudado, huero, incomprensible como un idioma extranjero.
—Pues vete.
Le vi marcharse. Sentí en el estómago una quemazón como si en él ardieran unas brasas y me dolían las palmas de las manos de tanto como hundía en ellas las uñas. «No conozco a ese hombre, nunca antes le he visto», dije en mi fuero interno. Sentí hacia él una rabia cálida como la sangre. Jamás iba a perdonarle.
Me imaginé destrozando nuestra tienda, destrozando la lira, hundiéndome un cuchillo en las tripas y sangrando hasta morir. Quise ver su rostro resquebrajado por el dolor y la pena. Quería hacer añicos la máscara
de fría piedra que se había deslizado sobre el rostro del chico que conocía.
Había entregado a Briseida pese a saber lo que iba a hacerle Agamenón.
Ahora esperaba de mí que yo aguardase impotente y obediente. Nada podía ofrecerle al Atrida a cambio de la seguridad de la muchacha. No podía sobornarle ni suplicarle. El monarca micénico había esperado largo tiempo para obtener ese triunfo, así que no iba a soltarla. Me vino a la mente la imagen de un lobo protegiendo su hueso. En Pelión abundaban ese tipo de lobos capaces de cazar hombres si el hambre les acuciaba lo suficiente. «Si uno te acechara, debes darle algo que desee más que a ti», me había aconsejado Quirón.
Solo había una cosa que el gran general deseara más que a Briseida. Me eché un cuchillo al cinto y salí. Jamás me había gustado la sangre, pero eso ya no tenía remedio.
Los guardias repararon en mí un poco tarde y se sorprendieron de verme armado. Uno reaccionó lo bastante rápido como para agarrarme, pero yo le hundí las uñas en el brazo y me soltó. Me miraron con necia expresión de sorpresa. ¿Acaso no era yo el perrito faldero de Aquiles? Se hubieran enfrentado a mí si yo hubiese sido un guerrero, mas no lo era, y yo ya me había colado en el pabellón para cuando pensaron que debían retenerme.
Lo primero que vi nada más entrar fue a Briseida. Estaba encogida en un rincón con las manos atadas. Agamenón estaba de pie, de espaldas a la entrada, y la increpaba. Una chispa de triunfo iluminó su rostro cuando me vio entrar. Debió de pensar que había venido a suplicar. Imaginó que acudía allí como embajador de Aquiles para implorar clemencia. O quizá para entretenerle a él, lo cual me enfureció.
Abrió los ojos con desmesura cuando alcé el cuchillo e hizo ademán de sacar el suyo mientras abría la boca para llamar a su guardia, pero no le di tiempo a hablar. Me abrí las venas de la mano izquierda de un tajo. Me rasgué la piel, sí, pero la herida no fue muy profunda. Me di otra cuchillada y esta vez sí le acerté a la vena. Un surtidor de sangre lo puso todo perdido
y, mientras unas gotas salpicaban a Agamenón, oí gritar horrorizada a Briseida.
—Las noticias que traigo son verdad, lo juro por mi sangre.
Agamenón se echó atrás. El juramento y la sangre contuvieron su mano.
Él siempre había sido supersticioso.
—Bueno —repuso de manera cortante, intentando recobrar la dignidad
—, pues en tal caso cuéntame esas nuevas.
Percibí cómo la sangre me bajaba por el brazo, pero no me moví para restañarla.
—Estás en un grave peligro —le aseguré.
Me miró con desdén.
—¿Me estás amenazando? ¿Para eso te ha enviado?
—No, él no me ha enviado, en absoluto.
Entrecerró los ojos, a través de los cuales pude ver cómo trabajaba su mente para unir todas las piezas.
—Seguro que vienes con sus bendiciones.
—No —le aseguré. Ahora me escuchaba con atención—. Aquiles conocía tus intenciones hacia la chica —le solté. Observé a Briseida por el rabillo del ojo, pero no me atreví a mirarla directamente. Notaba de forma apagada el latido de mi muñeca y podía sentir el calor de mi sangre y la sensación de desangrarme. Solté el cuchillo y puse el pulgar sobre la vena para ralentizar la rápida pérdida de sangre.
–¿Y…?
—¿No se te ha pasado por la cabeza preguntarte por qué no te impidió llevártela? —inquirí con desdén—. Podría haberte matado a ti y a todo tu ejército. ¿No has pensado que podría haberte rechazado? —Agamenón se sonrojó, pero no le di tiempo a abrir la boca—. Te dejó llevártela. Te mueres de ganas por acostarte con ella, y él lo sabe, como también que eso será tu perdición. Ella le pertenece, la ganó en buena lid, prestando un buen servicio. Los hombres y los dioses se volverán contra ti si la violas. —
Hablé con deliberada lentitud para que cada palabra hiciera blanco en su objetivo.
Todo cuanto decía era la pura verdad, aunque el micénico estaba demasiado cegado por el orgullo y la lujuria como para verlo. Briseida se hallaba bajo la custodia de Agamenón, mas seguía siendo un trofeo de guerra propiedad de Aquiles y mancillarla era mancillar el honor de Aquiles, el mayor insulto concebible a su honor. Aquiles podría matarle por ello e incluso Menelao lo consideraría justo.
—Has ido al límite de tu poder para apoderarte de ella. La tropa te lo ha permitido porque el príncipe de Ftía se ha mostrado demasiado orgulloso, pero no van a permitirte mucho más. —Nosotros obedecíamos a nuestros reyes, sí, pero dentro de los límites de la razón. Si los premios del aristós achaion no estaban a salvo, no lo estaban los de nadie. No iban a dejar que esa clase de rey gobernara por mucho tiempo.
Agamenón no había pensado en nada de esto. Lo fue comprendiendo poco a poco, por oleadas que acabaron por ahogarle hasta que admitió con desesperación:
—Mis consejeros no me han dicho nada de esto.
—Tal vez no sabían qué pretendías o quizás eso sirva a sus propios intereses. —Hice una pausa para considerar esta hipótesis—. ¿Quién mandará si tú caes?
Sabía la respuesta: Ulises y Diomedes, los dos juntos, usando a Menelao como figura decorativa. Empezó a comprender por fin el valor de mi regalo.
No había llegado tan lejos siendo un idiota.
—Le has traicionado al prevenirme.
Eso era cierto. Aquiles le había dado a Agamenón una espada con la que atravesarse y yo le había agarrado la mano para que no lo hiciera. Eran palabras fuertes y amargas.
—Sí.
—¿Por qué? —quiso saber.
—Porque está mal. —Sentí la garganta en carne viva, como si hubiera apurado un cáliz lleno de arena y sal.
Agamenón me contempló. Era muy conocido en el campamento por mi honestidad y buen corazón. No había motivo alguno para no creer en mí.
Sonrió.
—Lo has hecho bien. Te has mostrado leal a tu verdadero señor. —Hizo una pausa para degustar, y conservar, el sabor de estas palabras—. ¿Está al tanto de tus actos?
—Aún no —admití.
—Ah. —Entrecerró los ojos para recrear mejor la escena y advertí que la sensación de triunfo crecía en él hasta alcanzar el máximo.
Era un experto consumado en lo tocante al dolor. Nada podía causar más dolor a Aquiles que aquello: el hombre más próximo a su corazón le traicionaba ante su peor enemigo.
—Te prometo que la liberaré si me pide perdón. Lo que merma el honor de Aquiles es su orgullo, no yo. Díselo.
No respondí a eso. Me erguí, me acerqué a Briseida y corté sus ataduras.
Ella me miró con ojos redondos, sabedora de cuánto me había costado hacer aquello.
—Tu muñeca —susurró, pero no fui capaz de contestarla. La cabeza me daba vueltas, aturdida por el triunfo y la desesperación. Había empapado con mi sangre la arena de la tienda.
—Trátala bien —dije.
Me di la vuelta y abandoné el pabellón. «Ahora está a salvo», me dije,
«va a darse un festín con el regalo que acabo de hacerle». Rasgué un trozo de túnica y me vendé la muñeca. Estaba mareado, aunque no sabía si era a causa de la pérdida de sangre o por lo que había hecho. Lentamente, comencé a recorrer el largo camino que había de vuelta a la playa.
Se hallaba de pie junto a la tienda cuando regresé. Su túnica estaba empapada allí donde se había arrodillado a orillas del mar. Su rostro hermético parecía un lienzo en cuyos bordes se apreciaban síntomas de fatiga, como si se estuviera deshilachando por los bajos. Como el mío.
—¿Dónde has estado?
—En el campamento. —No estaba dispuesto a contárselo, aún no—.
¿Cómo está tu madre?
—Bien. Estás sangrando.
La sangre había empapado la venda y empezaba a gotear.
—Lo sé.
—Déjame echarle un vistazo. —Le seguí obedientemente al interior de la tienda, donde me tomó el brazo y retiró las vendas. Trajo agua limpia para lavar la herida y le puso un emplasto de milenrama y miel.
—¿Ha sido con un cuchillo?
—Sí.
Los dos éramos conscientes de la inminencia de la tormenta, pero la estábamos dilatando todo lo posible. Me puso vendajes nuevos en torno a la muñeca y luego me trajo agua y comida. A juzgar por la expresión de su rostro, supe que yo tenía mal aspecto y estaba pálido.
—¿Vas a decirme quién te hirió?
Me imaginé respondiéndole: «Tú», pero eso no dejaba de ser una chiquillada.
—Me lo hice yo mismo.
—¿Por qué?
—Por un juramento. —Ya no podía demorarse más. Le miré abiertamente a la cara—. Me entrevisté con Agamenón y le conté tu plan.
—¿Mi plan? —Su réplica sonó monocorde, casi indiferente.
—Dejar que violara a Briseida para luego poder vengarte de él. —Dicho en voz alta sonaba bastante más sorprendente de lo que yo había pensado.
Se puso de pie y me dio la espalda, así que no pude verle el rostro, pero en vez de eso pude ver la crispación de sus hombros y la tensión de su cuello.
—De modo que le avisaste, ¿eh?
—Sí.
—Podría haberle matado si lo hubiera hecho, lo sabes —me dijo con la misma voz indiferente—. O haberle exiliado. O haberle obligado a dejar el trono. Los hombres me habrían honrado como a un dios.
—Lo sé.
Se hizo el silencio, un silencio peligroso. Permanecí a la espera de que se encarara conmigo para gritarme o pegarme. Se dio la vuelta al cabo de un rato.
—La seguridad de Briseida a cambio de mi honor. ¿Te hace feliz el cambio?
—No hay honor en traicionar a los amigos.
—Me resulta extraño que tú te pronuncies contra la traición.
Esas palabras me produjeron casi más dolor del que era capaz de soportar. Me obligué a pensar en la muchacha anatolia antes de contestar:
—No había otra forma.
—La antepusiste a ella por encima de mí.
—Por encima de tu orgullo —precisé. Usé el término hibris[14], la palabra que empleábamos para referirnos a esa arrogancia que llega hasta el cielo, cuya virulencia y rabia es tan espantosa como la de los dioses.
Cerró los puños. «Tal vez me ataque», llegué a pensar.
—Mi vida es mi reputación —replicó con respiración irregular—. No tengo nada más. No voy a vivir mucho más tiempo. La memoria es todo a cuanto voy a poder aspirar. —Tragó saliva en abundancia—. Sabes eso y, aun así, ¿vas a dejar que Agamenón la destruya? ¿Le ayudarás a arrebatármela?
—No, no lo haría. Pero la memoria ha de ser digna del hombre. Quiero que seas tú y no un tirano recordado por su crueldad. Hay otras formas de hacérselo pagar al micénico, y lo haremos. Yo te ayudaré, lo juro, pero no de ese modo. Ninguna fama merece lo que has hecho en el día de hoy.
Me dio la espalda otra vez y permaneció en silencio. Me quedé mirándole. Memoricé cada pliegue de su túnica, cada grano de sal seca y arena pegado a su piel.
Cuando habló de nuevo, había fatiga y derrota en su voz. Tampoco él sabía enfadarse conmigo. Éramos como un bosque mojado en el que no prendía el fuego.
—Entonces, ¿ya está hecho? ¿Está a salvo Briseida? Debe de estarlo, o no habrías regresado.
—Sí, está segura.
Suspiró con fatiga.
—Eres mejor hombre que yo.
Eso era el comienzo de una esperanza. Nos habíamos infligido heridas el uno al otro, pero ninguna mortal. Briseida no había sufrido daño alguno, Aquiles volvía a su ser y mi muñeca iba a sanar. Habría un después tras todo esto.
—No, eso no es cierto. —Me levanté y me dirigí hacia él. Puse una mano sobre su piel tibia—. Hoy te has perdido y luego te has encontrado.
Sus hombros subieron y bajaron cuando soltó un gran suspiro.
—No digas eso, no hasta que hayas oído el resto de lo que he hecho.
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