La canción de Aquiles
Quince
La estancia tenía varios tapices raídos y cuatro sillas. Me obligué a sentarme erguido, con la espalda pegada al respaldo de madera, como haría un príncipe. El semblante de Aquiles reflejaba la tensión de lo vivido y el cuello se le había puesto colorado.
—Fue una trampa —acusó.
Ulises permaneció imperturbable.
—Fuiste listo a la hora de esconderte; debíamos serlo aún más para encontrarte.
Aquiles enarcó una ceja con altivez principesca.
—¿Y bien? Ya me habéis encontrado. ¿Qué queréis?
—Que nos acompañes a Troya —contestó el itacense.
—¿Y si no deseo ir?
—En tal caso, haremos saber todo esto. —Diomedes alzó el atavío tirado que había usado Aquiles.
Aquiles se sonrojó como si le hubieran abofeteado. Una cosa era llevar un vestido, impelido por la necesidad, y otra muy distinta que todos lo supieran. Nuestro pueblo reservaba los más feos apelativos para los hombres que actuaban como mujeres; semejantes insultos habían provocado la pérdida de muchas vidas.
Ulises alzó una mano, pidiendo contención.
—Todos los aquí presentes somos nobles y no debería ser preciso llegar a tomar tales medidas. Espero que seamos capaces de ofrecerte otras razones que te hagan aceptar de buen grado…, como la fama, por ejemplo.
La ganarás a raudales si luchas a nuestro lado.
—Habrá otras guerras.
—No como esta —refutó Diomedes—. Va a ser la mayor contienda de nuestro pueblo, será recordada en leyendas y cantada durante generaciones.
Serías un bobo si te la perdieras.
—No veo otra cosa que un marido cornudo y la ambición de Agamenón.
—En tal caso, estás ciego. ¿Hay algo más heroico que luchar por el honor de la mujer más hermosa del mundo contra la ciudad más poderosa de oriente? Perseo no puede presumir de tanto, ni Jasón. Heracles mataría a su mujer de nuevo a cambio de tener la ocasión de acompañarnos.
Dominaremos Anatolia y todo el camino hacia Arabia. Grabaremos nuestros nombres en las historias de todas las edades venideras…
—Pensé que habías dicho que iba a ser pan comido y que íbamos a estar en casa para el próximo otoño —conseguí decir. Debía hacer algo para poner freno a ese torrente de palabras.
—Mentí. —El príncipe de Ítaca se encogió de hombros—. No tengo la menor idea de cuánto tiempo va a durar. Será más breve si contamos contigo —apostilló, mirando a Aquiles. Sus ojos oscuros te arrastraban como la resaca y daba igual que nadases contra ella—. Los hijos de Troya son conocidos por su habilidad en el combate y escribirás tu nombre en las estrellas con sus muertes. Si te pierdes la guerra, dejarás pasar tu posibilidad de ser inmortal. Te quedarás atrás, serás un desconocido.
Sumarás más y más años, envejecerás en la oscuridad del anonimato.
Aquiles crispó el gesto.
—No puedes saber eso.
—En realidad, sí. —Ulises se reclinó sobre el respaldo de la silla—.
Tengo la fortuna de conocer algo a los dioses. Y ellos me han considerado lo bastante adecuado para compartir conmigo una profecía sobre ti.
Debía haberlo imaginado: Ulises no iba a venir con un escabroso chantaje como único recurso. En las historias le llamaban polutropos[9], el de los ardides. El miedo se removió en mí como la ceniza.
—¿Qué profecía? —quiso saber Aquiles.
—Tu divinidad se consumirá sin usar y tus fuerzas menguarán si no vienes a Troya. Como mucho, acabarás como nuestro anfitrión, el rey Licomedes, enmoheciendo en una isla olvidada y sin sucesores varones.
Cualquier Estado cercano conquistará Esciro a no mucho tardar, y eso lo sabes tan bien como yo. Pero no le matarán, ¿por qué iban a hacerlo? Puede consumir sus años en algún rincón, senil, solo, comiendo el pan blando que le tiren. La gente preguntará quién era a su muerte. —Las palabras llenaron la habitación, consumiendo el aire hasta que no fuimos capaces de respirar.
Esa vida era horrible, pero Ulises era incansable—: Ahora es conocido porque se cruzan su historia y la tuya. Tu fama será tan grande si vas a Troya que cualquier hombre pasará a la leyenda eterna solo por haberte dado una copa. Serás…
Las puertas se abrieron de sopetón en medio de una lluvia de astillas y Tetis se personó en el quicio de la puerta, flamígera como una llama viva.
Todos sentimos su condición de diosa: nos chamuscó los ojos y calcinó los extremos rotos de la puerta.
Finos fragmentos de la puerta destruida cubrían la barba oscura de Ulises, que se puso en pie.
—Te saludo, Tetis.
La mirada flamígera de la diosa fue a por el mortal como una serpiente se lanza a por su presa. La tez de Tetis refulgió. El aire tembló ligeramente alrededor de Ulises, como si lo consumiera el calor o soplara una brisa.
Diomedes, que había caído al suelo, se alejó poco a poco. Yo cerré los ojos para no ver el estallido de llamas.
Abrí los ojos durante el silencio sepulcral que se hizo a continuación. El itacense seguía ileso y los puños apretados de la nereida se estaban volviendo blancos. Mirarla ya no quemaba los ojos.
—La doncella de ojos grises siempre ha sido muy amable conmigo —le explicó el itacense, casi a modo de disculpa—. Ella sabe por qué estoy aquí,
bendice y protege mi propósito.
Tuve la impresión de que me había perdido una parte de la conversación y ahora me esforcé para reconstruirla. La doncella de ojos grises debía de ser… la diosa de la guerra y sus artes. Se decía que premiaba la inteligencia por encima de todas las cosas.
—Atenea no tiene hijos que perder. —Las palabras chirriaron mientras salían de su boca y flotaron en el aire.
Ulises no hizo intento alguno de contestar, solo se volvió hacia el príncipe de Ftía y le instó:
—Pregúntale a ella, pregunta a tu madre qué es lo que sabe.
El interpelado tragó saliva. El sonido se oyó en toda la habitación. Los ojos de Aquiles se encontraron con las pupilas negras de su madre.
—¿Es cierto lo que dice?
—Lo es, pero hay más; él no te ha contado la peor parte —repuso con voz monocorde, como si las palabras fueran pronunciadas por una estatua
—. Jamás regresarás si vas a Troya. Morirás joven allí.
Aquiles empalideció.
—¿Es eso cierto?
Eso es lo primero que preguntaban todos los mortales con incredulidad, miedo y sorpresa. «¿No soy yo una excepción?».
—Lo es.
Yo me habría venido abajo si Aquiles me hubiera mirado en ese momento, me habría echado a llorar y jamás me habría detenido, pero no apartaba los ojos de su madre.
—¿Qué debo hacer? —inquirió con un hilo de voz.
Un temblor alteró las aguas tranquilas del semblante de Tetis.
—No me pidas que yo elija —contestó antes de desvanecerse.
No consigo recordar qué dijimos a esos dos hombres, ni cómo nos fuimos de su lado ni cómo llegamos a nuestros dormitorios. Recuerdo su semblante: la piel tensa de las mejillas y la palidez apagada de su frente.
Tenía hundidos los hombros, por lo general tan erguidos y perfectos. La
pena creció en mi interior hasta que estuvo a punto de ahogarme. «Su muerte». Solo de pensarlo me sentía morir, caía en picado a través de un cielo absolutamente negro.
«No debes ir». Estuve a punto de decirlo mil veces, pero en vez de eso sostuve sus veloces manos entre las mías. Estaban frías y muy quietas.
—No sé si podré soportarlo —dijo al fin.
Había cerrado los ojos, como para no ver aquel horror. No se refería a su muerte, yo lo sabía bien, sino a la pesadilla tejida por Ulises: la pérdida de su esplendor, la consunción de su gracia. Yo había visto cuánto júbilo obtenía de su propia habilidad y esa pujante vitalidad, siempre bajo la superficie. ¿Qué era él, sino maravilloso y radiante? ¿Quién sino él estaba destinado a la fama?
—No me importa, me da igual en qué te conviertas. —Las palabras se escaparon a duras penas por entre mis labios—. Eso me da igual. Estaremos juntos.
—Lo sé —contestó en voz baja.
Él lo sabía, pero le resultaba insuficiente. El pesar era tan grande que amenazaba por atravesarme la piel. A su muerte, Aquiles enterraría con él todas las cosas veloces, hermosas y luminosas. Abrí la boca para hablar, pero fue demasiado tarde.
—Voy a ir —anunció—. Iré a Troya.
El destello rosado de su labio, el verde febril de sus ojos, su rostro desprovisto de arrugas… Nada en él decaía ni se marchitaba. Él era áureo, deslumbrante, era la primavera. La envidiosa muerte se bebería su sangre y sería joven de nuevo.
Me miraba con unos ojos profundos como el abismo.
—¿Vas a acompañarme? —quiso saber.
El interminable dolor del amor y el pesar estaba ahí. Quizás en otra vida podría haberme negado, tal vez podría haberme tirado de los pelos y puesto a chillar, tal vez en otra vida podría haberle hecho afrontar solo esa elección, pero no en esta. Él navegaría rumbo a Troya y yo le seguiría, incluso hasta la muerte.
—Sí, sí —contesté con un hilo de voz.
El alivio inundó su rostro y se extendió a mi persona. Le dejé que me sujetara y apretara tanto que no había espacio entre nosotros para que cupiera nada.
Después hicieron acto de presencia las lágrimas, y se derramaron, y las constelaciones se pusieron a girar sobre nosotros, y la luna empezó a trazar su fatigoso curso. Yacimos acongojados e insomnes mientras transcurrían las horas.
Aquiles se levantó con gesto forzado cuando clareó el alba y anunció:
—Debo decírselo a mi madre.
Estaba pálido y le habían aparecido ojeras. Ya parecía mayor. El pánico creció en mi interior. «No vayas», quise decir, pero él se puso una túnica y se marchó.
Me tendí de espaldas e intenté no pensar en el paso de los minutos. En el día de ayer los teníamos en abundancia y ahora cada uno era como una gota de sangre perdida.
La habitación cobró un tono gris y luego se volvió blanca. La cama era demasiado grande y sin él se enfrió. No escuchaba sonido alguno y esa quietud me asustaba. «Es como una tumba». Me incorporé, me froté los miembros y les di palmadas para hacerlos entrar en calor mientras intentaba controlar la creciente histeria. «Así es como va a ser cada día sin él». Sentí una tirantez ciega en el pecho, como un grito. «Cada día sin él».
Abandoné el palacio, desesperado por poder gritar, e inicié el ascenso a los acantilados de Esciro, unas grandes rocas desde las que se dominaba el mar. Los vientos me zarandeaban y las piedras eran resbaladizas a resultas de las salpicaduras del mar, pero la tensión y el peligro me estabilizaron.
Subí como una ardilla hacia el pico más traicionero, un lugar adonde hasta la fecha había tenido miedo de ir. Las rocas estaban lo bastante afiladas como para hacerme cortes en las manos y dejaba manchas de sangre allí donde pisaba. Di la bienvenida a ese dolor puro y cotidiano. Resultaba ridículo lo fácil que era de soportar.
Alcancé la cima, un descuidado montón de rocas desgastadas amontonadas al borde del precipicio, y permanecí de pie sobre ella.
Mientras efectuaba el ascenso se me había ocurrido una idea temible y temeraria.
Me puse de cara al mar y grité al viento arrebatador.
—¡Tetis, Tetis! —El sol estaba en su cenit en ese momento; madre e hijo debían de haber terminado la entrevista hacía mucho tiempo. Inspiré por tercera vez.
—No vuelvas a pronunciar mi nombre.
Me volví hacia ella y estuve a punto de perder el equilibrio. Las rocas se me clavaron en los pies y el viento me azotó de firme. Me agarré a un saliente de piedra para sujetarme y alcé la mirada.
Estaba más pálida que de costumbre, la suya era la blancura del primer hielo de invierno. Había estirado los labios para exhibir los dientes.
—Eres un idiota, baja de ahí —me instó—. Tu estúpida muerte no va a salvarle.
No era tan audaz como me creía. La malicia de su rostro me hizo estremecer, pero me obligué a hablar para preguntar algo que necesitaba saber de ella.
—¿Cuánto va a vivir?
Ella profirió un sonido similar al aullido de una foca; necesité unos instantes para comprender que era una risotada.
—¿Por qué? ¿Para prepararte? ¿Para intentar evitarlo? —El desdén presidía el semblante de la nereida.
—Sí, si puedo —respondí. Soltó otra vez ese sonido—. Por favor. —Me puse de rodillas—. Dímelo, por favor.
La carcajada cesó, tal vez porque me había arrodillado, y la diosa me contempló por un momento.
—Héctor morirá primero —respondió—. Eso es cuanto se me ha dado a conocer.
«Héctor».
—Gracias.
La nereida entrecerró los ojos.
—No te atrevas a agradecerme nada. He venido por otra razón. —Su voz siseó como el agua vertida sobre carbones al rojo. Yo esperé mirando su rostro, blanco como un hueso astillado—. No va a ser tan fácil como él se cree. Las Moiras[10] han prometido fama, sí, pero ¿cuánta? Mi hijo va a necesitar proteger su honor con extremo cuidado. Es demasiado confiado y los hombres de Hélade son como perros a la greña —soltó con desprecio—.
No van a tolerar la preeminencia de ningún otro. Yo haré cuanto esté en mi mano, y tú también. —Su mirada recayó sobre mis largos brazos y huesudas rodillas—. No vas a desacreditarle, ¿lo entiendes?
«¿Lo entiendes?».
—Sí —contesté, y así era. La fama de Aquiles debía merecer el precio que iba a pagarse por ella, una vida. Una ínfima brisa rozó el dobladillo del vestido de Tetis, lo cual me hizo pensar que estaba a punto de marcharse de regreso a las cuevas del océano. Algo me impulsó a ser audaz y pregunté—:
¿Es Héctor un buen soldado?
—El mejor, a excepción de mi hijo —respondió ella.
Tetis volvió la mirada hacia la derecha, donde el acantilado caía bruscamente.
—Viene hacia aquí —anunció.
Aquiles coronó la cima y se acercó a mi posición. Estudió mi rostro y mi piel ensangrentada.
—Te he oído hablar —dijo.
—Con tu madre —respondí.
Se arrodilló y puso uno de mis pies sobre su regazo para luego, con suavidad, limpiar la suciedad y el polvo y retirar los trocitos de roca de las heridas. Rasgó una tira del bajo de su túnica e improvisó un fuerte vendaje para restañar la sangre.
Cerré mi mano sobre la suya y le dije:
—No debes matar a Héctor.
Alzó el hermoso rostro realzado por el dorado de sus cabellos para mirarme.
—Mi madre te ha contado el resto de la profecía.
—En efecto.
—Y tú crees que nadie, salvo yo, puede matar a Héctor.
—Así es.
—¿Y pretendes ganarle tiempo al destino?
—Sí.
—Ah. —Una tímida sonrisa se extendió por su semblante. Siempre le habían encantado los desafíos—. Bien, pero ¿por qué iba a matarle? No me ha hecho nada.
Y entonces sentí un atisbo de esperanza por vez primera en mucho tiempo.
Zarpamos esa misma tarde, pues ya no había razón para demorarse. El rey de Esciro, siempre consciente de sus deberes, vino al muelle para despedirnos. Los tres nos quedamos allí, hablando con fría formalidad, mientras Ulises y Diomedes se encaminaban al barco. Iban a escoltarnos de regreso a Ftía, donde Aquiles debía reunir sus propias tropas.
Quedaba una cosa pendiente por hacer y yo sabía que Aquiles no deseaba hacerla.
—Licomedes, mi madre me ha pedido que te transmita su deseo. —Un leve temor alteró el semblante del anciano, pero le sostuvo la mirada a su yerno.
—¿Es sobre el pequeño?
—Sí.
—¿Y cuál es su voluntad? —inquirió el monarca con precaución.
—Desea educar al niño ella misma. —La voz le tembló al ver el rostro del viejo rey—. Mi madre dice que va a ser un varón y que lo reclamará cuando esté destetado.
Se hizo el silencio. Licomedes cerró los ojos. Intuí que estaba pensando en su hija, cuyos brazos no iban a poder abrazar ni al esposo ni al hijo.
—Ojalá no hubieras venido —deseó.
—Lo siento —se disculpó Aquiles.
—Marchaos —susurró el anciano monarca.
Le obedecimos.
Navegamos a bordo de una nave de excelente acabado y con una nutrida tripulación. La dotación se movía con calma y competencia. Los cabos de fibras nuevas centelleaban al sol y los mástiles eran tan recientes que parecían árboles vivos. El mascarón de proa era una belleza como no había visto igual en mi vida: una mujer alta de cabellos y ojos oscuros con los dedos de las manos enclavijados como en un gesto de contemplación. Era hermosa, pero discreta. Tenía una barbilla elegante y el pelo recogido en un moño, así que era posible admirar su cuello de cisne. El mascarón estaba pintado de forma primorosa, interpretando a la perfección hasta el menor detalle.
—Estáis admirando a mi mujer, según veo.
Ulises se unió a nosotros junto a la barandilla, donde apoyó los musculosos antebrazos.
—Al principio se negó a permitir que el artista se acercara a ella. Tuve que hacer que la siguiera en secreto. Al final, creo que todo salió bien.
Un matrimonio por amor era tan raro como los cedros del Líbano, y casi me hizo desear que ese hombre me cayera bien, pero ya había visto demasiadas sonrisas suyas.
—¿Cómo se llama? —preguntó Aquiles por educación.
—Penélope —contestó el príncipe de Ítaca.
—¿Es nueva la nave? —tercié yo. Si él deseaba hablar de su esposa, yo prefería hablar de cualquier otra cosa.
—Sí. Hasta el último tablón está hecho con la mejor madera de Ítaca. —
Palmeó la barandilla con su manaza como un jinete el flanco de su caballo.
—¿Otra vez te has puesto a alardear de tu nuevo barco? —preguntó Diomedes, que se acababa de unir a nosotros. Se había recogido los rizos negros con una banda de cuero, lo cual confería a su rostro un aspecto más afilado de lo habitual.
—Sí.
El argivo lanzó un salivazo al mar.
—El rey de Argos está hoy inusualmente elocuente —ironizó Ulises.
Aquiles no les había visto antes el juego, cosa que yo sí, y su vista iba de uno a otro. Al final, una pequeña sonrisa le curvó la comisura de la boca—.
Dime —prosiguió Ulises—, ¿crees que esa viveza intelectual tuya proviene de que tu padre se comiera los sesos de aquel hombre?
—¿Qué…? —El príncipe de Ftía se quedó boquiabierto.
—¿No conoces la historia del poderoso Tideo, rey de Argos, devorador de cerebros?
—He oído hablar de él, pero nada sobre lo de los cerebros…
—Pensaba hacer pintar la escena en nuestra vajilla —repuso Diomedes.
Yo había tomado al argivo como el perro de Ulises en el banquete de Esciro, pero entre los dos hombres había un entusiasmo y un antagonismo tan placentero que solo era posible entre iguales. Y también recordé haber oído el rumor de que Diomedes era otro favorito de Atenea.
—Recuérdame que no cene en Argos en una buena temporada.
Diomedes se echó a reír. No era un sonido agradable.
Los dos reyes tenían ganas de hablar y se demoraron junto a la borda con nosotros y empezaron a intercambiar historias de viajes marinos, guerras, pruebas ganadas en un lejano pasado… Aquiles era un oyente ávido que formulaba una pregunta tras otra.
—¿Dónde te hiciste eso? —Y señaló la cicatriz de la pierna del rey de Ítaca.
—Ah, esa es una historia que sí merece ser contada —repuso el interpelado, frotándose las manos—. Pero antes debo hablar con el capitán.
—Señaló con un ademán al sol, cuya esfera completa colgaba suspendida a poca altura sobre el horizonte—. Pronto vamos a tener que detenernos para acampar.
—Yo iré —se ofreció el argivo, incorporándose desde donde se había recostado sobre la borda—. He oído esa narración casi tantas veces como la nauseabunda del tálamo nupcial.
—Tú te lo pierdes —gritó Ulises mientras el otro, ya de espaldas, se alejaba—. No le hagáis ni caso. Su esposa es una perra con un mal genio de
cuidado capaz de amargarle el carácter a cualquiera, en cambio, la mía…
—Juro que como acabes esa frase te tiro por la borda y tienes que ir a Troya a nado. —El vozarrón de Diomedes recorrió toda la longitud del barco.
—¿Lo veis? —Ulises meneó la cabeza—. Un amargado.
Aquiles rio, encantado con ambos. Parecía haber olvidado su parte a la hora de desenmascararle y todo cuanto había sucedido con anterioridad.
—¿Por dónde iba?
—La historia de la cicatriz —se apresuró a recordarle Aquiles.
—Ah, sí, la cicatriz. Cuando tenía trece años…
Observé cómo le cautivaban las palabras del señor de Ítaca. «Es demasiado confiado». Pero no tenía intención alguna de convertirme en el cuervo posado todo el tiempo sobre su hombro que se pone a anunciar desgracias.
El sol se deslizó hasta desaparecer de los cielos y nosotros nos acercamos a una oscura franja de tierra donde teníamos intención de acampar. La nave halló un fondeadero y los marineros la arrastraron sobre la costa para pasar la noche. Luego descargaron los suministros: comida, lechos y tiendas para los príncipes.
Nos instalamos en el campamento dispuesto para nosotros, consistente en un pequeño fuego y un pabellón.
—¿Está todo en orden por aquí? —preguntó Ulises, que se había acercado.
—Muy bien —contestó Aquiles, y esbozó una de sus sonrisas fáciles y llenas de honestidad—. Gracias.
Ulises respondió con otra sonrisa que dejó ver sus dientes, cuya blancura se realzó por el contraste con la negritud de su barba.
—Excelente. Os basta con una tienda, ¿no? Tengo entendido que preferís compartirlo todo, tanto aposentos como sacos de dormir, o eso he oído…
El acaloramiento y la impresión se me subieron a la cara, y oí cómo Aquiles, que estaba a mi lado, dejó de respirar.
—Vamos, vamos, no hay necesidad de avergonzarse. Es moneda corriente entre los muchachos. —Se rascó el mentón con aire evaluador—.
Aunque ya hace mucho que dejasteis de ser unos niños. ¿Qué años tenéis?
—Eso no es verdad —refuté. Estaba colorado y la sangre de mi rostro prendió fuego a mi voz, que se oyó por toda la playa.
El itacense enarcó una ceja.
—Verdad es lo que los hombres creen y eso es lo que creen de vosotros, pero tal vez anden equivocados. Si ese rumor te preocupa, déjalo atrás cuando te embarques rumbo a la guerra.
—Eso no es de tu incumbencia, príncipe de Ítaca —contestó con voz tensa Aquiles, enojado.
Ulises alzó ambas manos en un gesto de disculpa.
—Me excuso si os he ofendido. He venido a desearos buenas noches a ambos y a asegurarme de que todo estaba a vuestro gusto. Príncipe Aquiles, Patroclo. —Hizo una reverencia con la cabeza y regresó a su tienda.
El silencio se instaló entre nosotros dentro de la tienda. Yo me había preguntado cuándo iba a plantearse aquel asunto. Muchos chicos tomaban a otros como amantes, tal y como había dicho Ulises, pero esas historias terminaban cuando se hacían mayores, a menos que se tratara de esclavos o de mancebos de pago. A nuestros hombres les gustaba conquistar y no confiaban en un hombre que era conquistado.
«No vas a desacreditarle», había dicho Tetis. Y ese era uno de los aspectos a los que se refería, por eso dije:
—Quizá tenga razón.
Aquiles levantó la cabeza y torció el gesto.
—No es eso lo que piensas.
—Yo no pretendía decir… —Empecé a retorcerme los dedos—. Yo seguiría a tu lado, pero podría dormir fuera para que la cosa no resultara tan obvia. Tampoco necesito asistir a tus reuniones y…
—No. A los hombres de Ftía no les preocupa y el resto puede hablar cuanto guste. Seguiré siendo el aristós achaion. —El mejor de los griegos[11].
—Esto podría ensombrecer tu honra.
—Pues entonces ya está hecho. —Apretó los dientes con determinación, resuelto—. Si dejan que mi gloria suba o baje por esto…, son idiotas.
—Pero Ulises…
Sus ojos verdes como hojas de primavera se encontraron con los míos cuando dijo:
—Les he dado mucho, Patroclo, pero no pienso darles esto.
Y ya no hubo nada más que añadir después de eso.
Al día siguiente, cuando Noto, el dios del viento del sur, hinchó nuestra vela, buscamos a Ulises en la proa.
—Príncipe de Ítaca —le llamó Aquiles con voz formal; ya no hubo ni una sola de las sonrisas juveniles de la jornada anterior—, desearía oírte hablar de Agamenón y el resto de los reyes. Me gustaría saber más de los hombres a los que voy a unirme y de la princesa por la que voy a luchar.
—Muy prudente por tu parte, príncipe Aquiles. —Ulises no efectuó comentario alguno sobre el cambio operado en el príncipe de Ftía, si es que lo notó. Nos condujo hasta unos bancos situados en la base del mástil, justo debajo del vientre inflado de la vela—. Bueno, ¿por dónde empiezo? —Se rascó con aire ausente la cicatriz de la pierna, más descarnada, pelada y arrugada a la luz del día—. Por un lado, está Menelao, cuya esposa debemos recuperar. Se convirtió en rey de Esparta después de que Helena le eligiera como esposo. Eso puede contártelo Patroclo. Se le tiene por un buen hombre, valiente en el combate y muy querido por casi todo el mundo.
Muchos reyes se han sumado a su causa de buen grado, no solo quienes estaban obligados por el juramento.
—¿Quiénes? —inquirió Aquiles.
Ulises empezó a decir los nombres, llevando la cuenta con sus grandes manos de granjero.
—Meríones, Idomeneo, Filoctetes. Áyax, bueno, los dos Áyax, el grande y el pequeño. —Uno era el tipo a quien yo recordaba del salón de Tindáreo, el hombrón del escudo; no tenía idea alguna de quién podría ser el otro—. También debemos incluir allí a Néstor, el viejo rey de Pilos. —
También me sonaba ese hombre. Había navegado con Jasón, el argonauta, de joven en busca del vellocino de oro. Sus días de guerrero habían quedado atrás hacía mucho, pero acudía a la guerra con su consejo y sus hijos Antíloco y Trasimenes.
Los ojos de Aquiles se habían oscurecido y su rostro estaba concentrado.
—¿Y qué me dices de los troyanos?
—Está el rey Príamo, por supuesto. Los hombres dicen que tiene cincuenta hijos y que todos han crecido con una espada en la mano.
—¿Cincuenta hijos?
—Y otras tantas hijas. Se le conoce por ser un hombre piadoso y muy querido por los dioses. Todos sus hijos son famosos por derecho propio, desde Paris, el amado de la diosa Afrodita y célebre por su belleza, por supuesto, hasta el más joven, que apenas tiene diez años, pero supongo que también será feroz. Se llama Troilo, según creo. Combate a su lado un primo de buena cuna. Se llama Eneas y es hijo de la mismísima Afrodita.
—¿Y qué hay de Héctor? —Aquiles no le quitaba la vista de encima a Ulises.
—Es el hijo mayor de Príamo, su heredero, el favorito del dios Apolo, el más poderoso defensor de Troya.
—¿Qué aspecto tiene?
El príncipe de Ítaca se encogió de hombros.
—Ni idea. Se cuenta que es grandón, pero eso es lo que se dice de la mayoría de los héroes. Tú le conocerás antes que yo, así que serás tú quien me lo cuente.
Aquiles entrecerró los ojos.
—¿Por qué dices eso?
Ulises compuso un gesto seco antes de responder:
—Soy un soldado competente, pero solo eso; estoy seguro de que Diomedes estaría de acuerdo conmigo. Mis talentos son otros. Yo no sería recordado si me enfrentara con Héctor en el campo de batalla, pero tú, por supuesto, eres harina de otro costal. Te harás célebre con su muerte.
Me quedé helado.
—Tal vez sí, pero no veo razón para matarle —replicó Aquiles con frialdad—. No me ha hecho nada.
Ulises soltó una risilla por lo bajo, como si le hubieran contado un chiste.
—No habría ningún tipo de guerras si los soldados matasen únicamente a quienes les han hecho una ofensa personal, Pelida. —Enarcó una ceja—.
Aunque tal vez no sería tan mala idea, pues en ese mundo quizá fuera yo el aristós achaion, y no tú.
Aquiles no contestó. Se volvió para mirar el costado de la nave y las olas circundantes. La luz del sol incidía sobre sus mejillas, iluminándolas hasta hacerlas refulgir.
—No me has contado nada de Agamenón.
—Sí, el poderoso rey de Micenas. —Ulises volvió a echarse hacia atrás
—. Vástago orgulloso de la casa de Atreo. Su bisabuelo Tántalo era hijo de Zeus. Seguramente has oído su historia.
Todo el mundo conocía el suplicio eterno de Tántalo. Para castigar el desprecio de este hacia los poderes de los dioses, estos le habían arrojado al más profundo foso del inframundo, donde el rey sufría hambre y sed a perpetuidad, mientras había agua y comida justo fuera de su alcance.
—He oído hablar de él —admitió Aquiles—, pero jamás supe cuál fue su delito.
—Bueno… En tiempos del rey Tántalo todos los reinos de la Hélade tenían el mismo tamaño y los reyes vivían en paz, pero Tántalo estaba insatisfecho con su parte y empezó a conquistar por la fuerza los dominios de sus vecinos. Dobló sus tierras, y luego volvió a doblarlas, pero eso no le dejó satisfecho. Su éxito le hizo ser orgulloso y, una vez que hubo vencido a todos cuantos se le enfrentaron, buscó derrotar a los propios dioses, no con las armas, pues no hay mortal capaz de vencer a los dioses en la batalla, sino con la traición. Deseaba demostrar que los dioses no lo sabían todo, pero resultó que sí lo sabían.
»Tántalo convocó a su hijo, Pélope, y le preguntó si deseaba ayudar a su padre. “Por supuesto”, respondió Pélope. El padre sonrió, desenfundó la espada y le cortó el cuello de un solo tajo. Después, troceó el cuerpo con
cuidado y asó las porciones al fuego. —La imagen de la carne del muchacho atravesada por un pincho me revolvió el estómago—. Tántalo llamó a su padre, Zeus, en el Olimpo y le dijo: “He preparado un festín en tu honor y en el de los tuyos. Apresúrate, pues la carne aún está tierna y fresca”. A los dioses les encantan ese tipo de banquetes, pero cuando llegaron, el olor del estofado de carne, normalmente tan jugoso, pareció sofocarles a todos. Zeus supo de inmediato lo que había ocurrido, cogió a Tántalo por las piernas y le arrojó al Tártaro, para que allí padeciera un castigo eterno.
El cielo estaba luminoso y la brisa soplaba con fuerza, pero bajo el hechizo de la historia de Ulises me sentí como si a nuestro alrededor fuera de noche y estuviéramos sentados junto al fuego.
—Después, Zeus reunió los trozos del muchacho y les insufló una segunda vida. Pélope se convirtió en rey de Micenas a pesar de ser solo un niño. Fue un magnífico monarca, distinguido por su piedad y sabiduría, aunque padeció muchos sufrimientos durante su reinado. Algunos dijeron que los dioses habían maldecido al linaje de Tántalo, condenándolos a todos a la violencia y al desastre. Los hijos de Pélope, Atreo y Tiestes, nacieron con la ambición del abuelo y cometieron crímenes tan sanguinarios y oscuros como los de Tántalo. Una hija violada por su padre, un hijo cocinado y devorado…, y todo ello en medio de una enconada rivalidad por el trono.
»La fortuna de la dinastía únicamente parece haber cambiado ahora, gracias a la virtud de Agamenón y Menelao. Los días de la guerra civil han terminado y Micenas prospera bajo el justo gobierno de Agamenón. Se ha ganado un merecido renombre por su habilidad en el manejo de la lanza y la firmeza de su liderazgo. Tenemos mucha suerte de que sea nuestro general.
Yo pensaba que Aquiles había dejado de escuchar hacía mucho, pero se volvió al oír aquello con gesto de pocos amigos y precisó:
—Todos somos generales.
—Claro —convino Ulises—, pero vamos a enfrentarnos al mismo enemigo, ¿no? Veintitantos generales en la batalla significarían caos y derrota. —Hizo una mueca—. Sabes cómo somos cuando estamos juntos,
acabaríamos matándonos entre nosotros en vez de a los troyanos. El éxito en una guerra como esta pasa por estar todos unidos en un único propósito y encauzar las voluntades para ser una única lanza en vez de mil alfileres. Tú guiarás a los de Ftía y yo a los itacenses, pero debe haber alguien que nos emplee a cada uno dentro de nuestras habilidades, por muy grandes que sean estas —concluyó, señalando a Aquiles con un gentil ademán.
Pero el príncipe de Ftía ignoró el cumplido. El sol poniente proyectaba sombras sobre su rostro y le iluminaba unos ojos categóricos y acerados.
—Voy por libre voluntad, príncipe de Ítaca. Aceptaré el consejo de Agamenón, mas no sus órdenes. Espero que comprendas esto.
El interpelado sacudió la cabeza.
—Los dioses nos salven de nosotros mismos. No ha empezado la batalla y ya nos estamos preocupando por los honores.
—Yo no estoy…
Ulises movió una mano.
—Créeme, Agamenón comprende la enorme valía de tu incorporación a su causa. Fue el primero en desear que vinieras. Serás recibido en nuestro ejército con toda la pompa que pudieras desear.
Aquiles no se refería exactamente a eso, pero le andaba cerca. Me alegró oír el grito del vigía, anunciando que había avistado tierra a proa.
Esa noche, después de apartar los platos de la cena, Aquiles se tendió de espaldas sobre la cama.
—¿Qué piensas de esos hombres que hemos conocido?
—No lo sé.
—Estoy contento de que al menos Diomedes se haya marchado.
—También yo. —Nos habíamos separado: el rey argivo se quedó en un cabo de la costa septentrional de Eubea, donde iba a esperar a sus tropas, procedentes de Argos—. No me fío de ellos.
—Supongo que pronto sabremos cómo son —comentó Aquiles.
Permanecimos en silencio, dándole vueltas a todo aquello, mientras escuchábamos el apenas perceptible repiqueteo de las gotas de lluvia en el
techo de la tienda, pues fuera había empezado a chispear.
—Ulises predijo tormenta para esta noche.
Una tormenta en el Egeo desaparecía tan deprisa como se desataba.
Nuestro barco estaba varado a salvo en la playa y al día siguiente ya estaría despejado.
Aquiles me estaba mirando.
—Siempre tienes revuelto el pelo aquí. —Me tocó la cabeza justo detrás de la oreja—. Creo que nunca te he dicho lo mucho que eso me gusta.
Se me erizó el cabello allí donde sus dedos me habían tocado.
—No —respondí.
—Lo hice. —Deslizó la mano hacia la base de mi cuello y acarició la vena que discurría por el mismo—. ¿Y qué me dices de esto? ¿Te he dicho lo que me parece? Justo ahí…
—No.
—Entonces, seguramente esto… —Movió las manos sobre los músculos de mi pecho, calentando la piel con su tacto—. ¿Te he hablado de esto?
—Algo me dijiste. —Contuve un poco la respiración al hablar.
—¿Y qué me dices de esto? —Su mano se demoró sobre mis caderas, acercándose a la línea de los muslos—. ¿Lo he mencionado?
—Sí.
—¿Y te he hablado de esto…? Seguro que sí, no me habría olvidado. —
Esbozó su sonrisa gatuna—. Dime que no.
—No te olvidaste.
—Ni tampoco de esto. —Ahora su mano era incansable—. Sé que te he hablado de esto.
Cerré los ojos y pedí:
—Dímelo otra vez.
Después, Aquiles se durmió a mi lado y llegó la tormenta vaticinada por Ulises; zarandeó con fuerza las paredes de tosca lona de la tienda. Escuché el chapaleteo de las olas sobre la arena, acercándose una y otra vez. Él se
removía y el aire del interior de la tienda con él, impregnando el ambiente con su suave aroma a musgo. «Es esto lo que voy a echar de menos. Me mataré antes que perderlo», pensé, y luego me pregunté: «¿Cuánto tiempo tenemos?».
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