La fórmula Stradivarius
Isaachar (Hombre de la recompensa)
Escuchad en vosotros mismos y mirad en el infinito del espacio y del tiempo. Allí
resuena el canto de los astros, la voz de los números, la armonía de las esferas.
HERMES TRISMEGISTO
DICIEMBRE DE 2003
E tzel, con la espalda apoyada en la pared del cuartucho, descansaba sobre el frío suelo dejando pasar el tiempo. Quedaba apenas media hora para la medianoche y el vigilante ya habría realizado la primera de las tres rondas que haría hasta que le llegara el relevo de la mañana.
Los tres últimos días, bajo diversas apariencias, había visitado el edificio controlando los accesos, pasillos, puertas y sistemas de seguridad. La conclusión a la que había llegado era que la vigilancia era un tanto pobre.
Puertas y ventanas tenían cierres de seguridad y estaban protegidas por alarmas conectadas con la garita donde los vigilantes tenían los monitores. Las mismas alarmas daban aviso a la empresa de seguridad. Cualquier ventana o puerta exterior que se abriera o fuese violentada activaría de inmediato las alarmas. Ni siquiera los vigilantes podían desconectarlas por su cuenta. Si tenían que salir del edificio, debían dar cuenta antes a la central.
Sin embargo, en el interior no había más alarmas que las de antiincendios. Una persona que estuviera dentro no activaría ninguna medida de seguridad hasta que abandonara el edificio.
El día anterior, sobre la misma hora, Etzel había roto desde el exterior una de las ventanas para estudiar el protocolo seguido por los vigilantes. Éstos habían dado aviso a la policía, que había tardado diez minutos en aparecer con un vehículo de paisano y una patrulla uniformada. No habían mostrado demasiada diligencia y Etzel llegó a la conclusión de que, posiblemente, las alarmas saltaban con cierta ligereza y nadie se mostraba muy desconfiado cuando esto sucedía.
Durante una de sus visitas había podido observar, en la pecera donde se alojaban los monitores, un cuadrante con los calendarios laborales de los vigilantes. Por lo visto, durante la noche solían estar de guardia dos. Cuando a uno de ellos le correspondía librar no era reemplazado y su compañero se quedaba solo.
Los vigilantes nocturnos eran dos veteranos cercanos ya a la jubilación. Etzel había sido testigo del relevo nocturno. Uno de estos veteranos llevaba en una bolsa de plástico lo que parecía un monitor de televisión. Lo más probable era que de eso se tratara y los guarda jurados, contraviniendo las normas de la empresa, miraran un poco la tele para no aburrirse demasiado antes de descabezar un pequeño sueño.
La visita de aquel día al edificio había sido hecha al acabar la tarde, poco antes de que se cerrara al público. Cuando el edificio se fue vaciando, Etzel se escondió en uno de los cuartos para los artículos de limpieza, a la espera de que los vigilantes de la tarde, más jóvenes y dinámicos, dieran la vuelta para cerciorarse de que todo quedaba cerrado y nadie permanecía en el interior.
Permaneció alerta cuando, desde fuera, trataron de girar el pomo de la puerta que había cerrado con la ganzúa tras encerrarse dentro. Era poco probable que se molestaran en utilizar la llave para revisar por dentro un cuartucho cerrado.
Cuando se hizo el silencio se dispuso a revisar su arma a la luz de una pequeña linterna. Era un modelo bastante extraño. Fabricado en un material cerámico, había evitado ser descubierto por los detectores de metal colocados a la entrada del edificio, por donde debían pasar todos los que accedieran a su interior, al margen de que se tratara de visitantes o trabajadores.
Los proyectiles eran de un compuesto similar al kevlar y las camisas de éstos también resultaban indetectables para los aparatos, así que no causaron ningún problema a Etzel cuando pasó tranquilamente por ellos antes de comenzar la visita.
La fatiga se acumulaba en su organismo. En las últimas semanas había cogido casi una docena de aviones, muchos más taxis, y visitado hoteles de diversas ciudades y países. Se había entrevistado con distintas personas y matado a algunas. Todo eso aparte de las largas horas de vigilancia.
Además, aunque no quería pensar en ello, pues sabía que estaba atentando contra sus rígidas normas y que traería desagradables consecuencias, se había echado un amante peligrosamente habitual en esas semanas. Dado su trabajo, era algo que no se podía permitir.
Se acercaba la hora. Poniéndose en pie, estiró los brazos e hizo diversos ejercicios para desentumecer los músculos. Dio un último repaso a la pistola y se la metió en la cintura del pantalón. Después, se puso una extraña máscara negra que sacó de uno de los bolsillos de la cazadora oscura.
Similar a las máscaras antigás militares, tenía dos ventanas oscuras para ver a través de ellas y a la altura de la boca un corto morro de plástico negro. Hizo una prueba antes de quedarse conforme y, con la ganzúa, abrió la puerta como lo hiciera antes para entrar en el cuartucho.
Había algunas cámaras dispersas pero casi ninguna funcionaba, así que Etzel no perdió el tiempo y se encaminó con rapidez a la pecera donde se hallaba el vigilante.
Como había previsto, el hombre se encontraba medio traspuesto. Sobre el mostrador, donde se alineaban los monitores en blanco y negro, estaba el aparato de televisión con las dos antenas desplegadas emitiendo algún programa absurdo en el que se oían risas.
—Buenas noches.
El vigilante saltó de su asiento con el corazón casi saliéndole por la boca. Sin dar crédito a lo que veía, se quedó de una pieza viendo al extraño enmascarado que lo apuntaba con una curiosa y desconocida arma.
—¿Quién es usted? —preguntó cuando se hubo recuperado un poco.
—No se preocupe por eso y présteme atención —dijo la voz grave distorsionada por el aparato incorporado en la máscara que llevaba—. Hágame caso y no le pasará nada. En otro caso lo mataré. ¿Ha entendido?
El pobre hombre no pudo sino asentir, sin poder quitar la mirada del arma que lo apuntaba. Su conocimiento sobre éstas se limitaba al pesado y viejo revólver con el percutor medio suelto que portaba al cinto y que nunca había disparado, y al chopo utilizado en el servicio militar durante su juventud y que le había producido moratones en el hombro por el retroceso.
—Levántese. No trate de hacer nada raro, por favor. No tengo intención de disparar. No es mi intención. Pero si me obliga, no tendré el menor reparo.
Aquello era una mala pesadilla para el vigilante. Siguiendo las instrucciones que se le daban, se desabrochó el cinto y lo dejó caer suavemente al suelo, se giró de espaldas a su atacante y, con más miedo que alma, se puso de rodillas.
Etzel sacó el viejo revólver de la cartuchera, lo estudió un momento y diestramente abrió el tambor, dejando caer las balas con un tamborileo que asustó aún más al amedrentado guarda jurado. Con un par de golpes Etzel inutilizó el arma torciendo el eje del tambor.
—Póngase en pie. Lléveme al sótano.
El hombrecillo, con las manos levantadas sin que se lo hubiesen ordenado, abrió la marcha hasta los ascensores.
—Por la escalera, por favor.
El vigilante obedeció la educada y tajante orden, y abrió la puerta antifuego que daba acceso a la escalera para bajar al sótano. Al final de ésta, otra puerta similar a la anterior daba paso a un estrecho pasillo que terminaba en unas puertas dobles de metal.
—Abra las puertas.
El vigilante tomó las llaves que le tendía Etzel, sacadas del cinto reglamentario, y con manos temblorosas buscó la que necesitaba. Tras cuatro intentos consiguió dar con la apropiada y pudieron acceder al interior.
La estancia era inmensa. Del suelo al techo, filas y filas de abarrotadas estanterías metálicas, algunas de ellas abombadas por el peso, contenían cajas de cartón y de madera, estuches, montañas de libros, algunos envueltos en paquetes aún con el celofán con el que salían de las imprentas, baúles…
Las cajas venían marcadas con números de referencia garrapateados con rotulador. Sin tener el inventario, resultaba imposible encontrar un objeto en concreto. Etzel, apuntando todo el rato al vigilante, miraba desapasionadamente la mareante estancia, rodeada por un húmedo olor a polvo y a viejo, ineficazmente combatido por dos enormes y renqueantes deshumificadores que noche y día filtraban el aire.
Encontró lo que buscaba: un recio sillón de madera tapizado con una tela echada a perder, el clásico mueble carente de gusto que podría ocupar la sala de espera de un dentista o de un banco.
Sobre una de las estanterías había una monumental caja de herramientas de la que asomaban varios mangos de martillos y destornilladores.
Rebuscó en la caja hasta encontrar una bolsa de plástico que contenía bridas de electricista, de las utilizadas para atar los cables.
—Ponga ese sillón contra la pared, delante de esa tubería.
Con un gesto de la pistola obligó al vigilante a sentarse en el sillón y le tiró la bolsa en el regazo.
—Átese a la altura de los tobillos la brida y pásela por los travesaños de las patas. Hágalo bien y estese tranquilo —dijo Etzel observando atentamente cómo se obedecían sus instrucciones—. Ahora, con la mano izquierda haga lo mismo con la otra a la altura de la muñeca. Ajuste más fuerte.
Se guardó el arma en la cintura del pantalón y procedió a colocar otra brida en la mano izquierda del vigilante, asegurándose de que el resto se encontraba suficientemente prieto y que el guarda jurado no se podría soltar. Después cogió tres bridas y las enlazó entre sí, formando una sola. El prisionero no perdía detalle de las maniobras y cuando vio que su captor pretendía colocarle la brida en torno al cuello se revolvió gritando.
Etzel no se inmutó. Extrajo de la cintura la pistola y la puso directamente sobre la bragueta de los pantalones.
—Nadie le puede oír —dijo sin emoción, con la grave voz distorsionada por la máscara—. Si vuelve a moverse disparo. Seguro que a su mujer no le importa.
El convincente tono de voz surtió un efecto inmediato y el hombre se dejó rodear el cuello por la brida, que Etzel pasó por detrás de la tubería dejándolo inmovilizado.
—Ahora me va a decir dónde se encuentra el violín.
—¿Qué violín? —preguntó asustado el celador—. Hay docenas de ellos aquí.
—El stradivarius.
—No tengo ni idea —repuso el vigilante—. Están todos embalados. Sin el número de referencia es imposible saber cuál es cuál.
Etzel extrajo del bolsillo interior de la cazadora un extraño artilugio de aspecto inquietante. Se trataba de una varilla metálica terminada en una concavidad a modo de minúscula cucharilla. Parecía un horrible instrumento de tortura.
—¿Sabe cómo extraían los egipcios el cerebro de sus muertos antes de embalsamarlos? —preguntó Etzel. Ante el gesto de espanto del prisionero, continuó —: Metían un instrumento parecido a éste por la nariz y hurgaban en el cráneo, sacando poco a poco trozos de cerebro hasta vaciar toda la cabeza. Verá, así.
Inmovilizado como estaba y con la brida mordiéndole el cuello, no pudo hacer nada para impedir que Etzel se acercara con la pavorosa cucharilla, salvo gritar y tensar los músculos del cuerpo. Lo único que consiguió fue que las bridas cerradas en las diversas partes de su anatomía le laceraran la carne.
El alargado instrumento, diestramente introducido, avanzó suavemente por uno de los orificios nasales, ante el pasmo del guarda jurado, que, con los ojos cerrados, la frente perlada por el sudor y una húmeda mancha extendiéndose por donde momentos antes había estado apuntando el arma, era incapaz de reaccionar. Cuando llegó a un punto en que la cucharilla tropezó con un impedimento, Etzel dejó de apretar un momento.
—¿Dónde está?
Apoyó sus palabras haciendo una suave presión en la cucharilla.
—¡No, por favor! —logró decir lastimeramente el vigilante saliendo de su bloqueo—. Se lo diré. La octava columna, quinto estante. ¡Lo juro! ¡Por favor!
Etzel dejó la cucharilla colgando de la nariz del hombre y buscó donde le había indicado. Una caja de basta madera de pino, con un único número dibujado con rotulador negro escaso de tinta, ocupaba una parte del estante, rodeada de libros atados con cinchas. Con cuidado bajó la caja al suelo y, ayudándose de uno de los destornilladores de la caja de herramientas, levantó la claveteada tapa. En el interior había un estuche de violín. Abrió los cierres.
Un magnífico ejemplar de color rojo descansaba sobre terciopelo azul, despidiendo destellos bajo la iluminación de los tubos fluorescentes que colgaban del techo. Etzel sacó el instrumento del estuche y lo examinó. Firma, sello y marcas delatoras coincidían. Aquél era el stradivarius que perseguía.
Volvió a guardar el instrumento en su estuche y miró el reloj. Aún quedaban más de cinco horas para que se hiciera el relevo. Pero sabía que, en cuanto traspasara la puerta de entrada, contaría con pocos minutos hasta la llegada de la policía. Con un poco de suerte tardarían un buen rato en encontrar al vigilante, lo que aumentaría el margen para escapar.
De un tirón extrajo la cucharilla de la nariz, que empezó a sangrar entre los aullidos de dolor del hombre. De la caja de herramientas cogió cinta de embalar y dio tres vueltas con ella a la cabeza del gimiente guarda jurado, amordazándolo.
Le costó vencer la tentación de meterle un balazo. Pero no convenía que apareciera un cadáver en aquel lugar. La policía tendría que investigar y la prensa preguntaría qué había sucedido. El robo del violín, sin embargo, era más fácil disimularlo y sabía que a la institución no le interesaría airearlo.
Sin una mirada atrás, Etzel, con el estuche en la mano, abandonó a su víctima, cerró con llave el sótano y subió las escaleras. En cuanto cruzó la puerta de entrada saltaron las alarmas. Sin correr, Etzel se alejó a la vez que se despojaba de la máscara con el distorsionador de voz.
Las cámaras del edificio fueron testigos mudos de cómo se perdía entre las sombras de la noche.
—Buenas noches —dijo Herrero mostrando su placa de policía a través del cristal a la enfermera—. ¿Sería tan amable de ayudarme? Estoy buscando a una persona. Se llama Menasés Liebnitz. Es un rabino. Lo han traído esta tarde aquí.
Herrero aún estaba alterado por la noticia que le había dado Ponte en el despacho. Enseguida se había informado: efectivamente, Menasés había sufrido un grave atentado, aunque no había fallecido. Pero las noticias sobre la gravedad de su estado no eran tranquilizadoras.
—¿Liebnitz, me ha dicho? —preguntó la enfermera mirando la pantalla del ordenador—. Sí. Aquí está. Menasés Liebnitz. Unidad de Cuidados Intensivos. En la primera planta. Pero me temo que no pueda verlo. Sólo se admiten las visitas de los parientes más cercanos y en horarios permitidos.
—¿Podría hablar con el doctor que lo atiende? Es un asunto oficial.
—Ahora sólo está el médico de guardia. Aún estará pasando visita. Si quiere probar.
—Muchas gracias, señorita.
Herrero fue hasta los ascensores. Los dos estaban ocupados. Se dio la vuelta y comenzó a subir por la escalera. Tras preguntar a la enfermera en el puesto de control, aguardó diez minutos hasta que asomó un joven imberbe con una bata abierta sobre un pijama verde, con un fonendoscopio colgando al cuello y las manos en los bolsillos del pantalón. Detrás de él, y con una carpeta en la mano, venía una enfermera mayor que las otras, apuntando algo.
—¿Inspector? Soy el doctor Aranda. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Quería conocer el estado en el que se encuentra el rabino Liebnitz. Me han dicho que está aquí ingresado.
—¿Es usted familiar?
—No. El señor Liebnitz tiene relación con un caso que estamos investigando.
—Estamos buscando algún familiar para que se haga cargo, pero no encontramos a nadie —repuso esperanzado el médico.
—No se preocupe. Ha llegado hace unos días a España y carece de familiares, pero me ocuparé de avisar a sus allegados. Dígame, ¿cómo está?
—Mal. Muy mal. De hecho no creemos que llegue a mañana. Tiene la cabeza abierta por varios sitios, ha perdido mucha sangre, sus órganos funcionan muy mal, algunos a causa de los golpes y otros por la suma de las lesiones y el shock traumático. Le hemos extirpado el bazo, está conectado a una máquina para aspirarle el fluido que inunda los pulmones, el hígado y los riñones están afectados, la presión intracraneal está en los límites. Ésos son algunos de los problemas, al margen de costillas rotas, así como la mandíbula, un pómulo, el fémur derecho y la clavícula izquierda. Creo que, salvo el corazón, que no sabemos cómo aún late, el resto del organismo está a punto de sufrir un fallo múltiple.
—¿No hay ninguna posibilidad? —preguntó apenado el policía, que en el poco tiempo que había conocido al anciano le había cogido un sincero afecto.
—Me temo que no —dijo el médico moviendo la cabeza—. Aun en el improbable caso de que no falleciera por un fallo multiorgánico, las lesiones son de tal envergadura que la supervivencia resultaría inviable. La recuperación, si a eso es a lo que se refiere usted, es imposible. No se detecta actividad electroencefalográfica. Está en situación de muerte cerebral. Si lograra sobrevivir a los próximos días y no se dieran complicaciones ni infecciones, el resultado sería un cuerpo dependiente de las máquinas, una vida vegetativa.
—¿Puedo verlo?
El médico a punto estuvo de explicarle la imposibilidad de las visitas fuera del horario y por personas que no fueran familiares cercanos, pero miró el rostro del policía, donde los ojillos brillantes trataban de contener alguna lágrima, y dudó. Un policía de la edad de aquel inspector y con tantos años de carrera debería ser insensible a esas cosas. Él llevaba poco tiempo haciendo el MIR y ya se había fabricado una concha que lo aislaba. Por eso había hablado con esa crudeza al inspector. Ahora, al ver la reacción de Herrero, lamentaba haberlo hecho.
—Está bien, inspector. Pero sólo un momento. Entienda que es una unidad especial.
—Gracias, doctor. Cinco minutos, se lo prometo.
La sala era redonda con una pecera situada en el medio, donde dos enfermeras controlaban los monitores con las constantes vitales de los pacientes acostados en las camas, situadas en círculo alrededor del control. Salvo la pecera, el resto de la estancia se hallaba en penumbras. Las camas estaban separadas entre sí mediante cortinas. En cada compartimiento, máquinas y monitores realizaban su trabajo entre zumbidos, acompañados con precisa cadencia por varios bips que, en ocasiones, se aceleraban. Un penetrante y desagradable olor a desinfectante y muerte pesaba en el ambiente.
Herrero vio a un joven de unos veinte años acostado que no podía dormir. Su pierna colgaba de un soporte. De la rodilla asomaban los extremos de un grueso tornillo, unidos a un cable de acero que pasaba por una polea con varias pesas de hierro. El tormento tenía que ser brutal, pensó el policía.
En otra cama un anciano amarillento y arrugado, con los ojos cerrados, llenos de legañas, se abandonaba a la máquina que, con inmutable precisión, inundaba sus pulmones de oxígeno, haciendo subir y bajar el pecho del moribundo.
Herrero, impresionado, prefirió no mirar más e hizo caso a los gestos de la enfermera, una rolliza rubia de bote, que le indicaba una de las camas.
La figura acostada podía ser el rabino o cualquier otra persona. Lo único que asomaba por debajo de la sábana era una pequeña cabeza vendada, en la que se adivinaban las cuencas hundidas de dos ojos cerrados, uno de ellos hinchado y amoratado. Del brillo e intensidad que Herrero advirtiera desde la primera vez que se habían visto no quedaba ni rastro. Una sonda le salía de uno de los orificios nasales y un tubo de Gueder mantenía lo suficientemente abierta la boca como para que otro conducto llevara el aire a sus pulmones. De la frente vendada asomaban más tubos. Otros se escondían bajo la sábana. El resultado, impresionante, era un ser indefenso que inspiraba piedad.
—No sufre, inspector —murmuró la enfermera, que se había acercado por su espalda—. Está sedado. No puede sentir nada. Es mejor que se vaya.
Herrero siguió con docilidad a la enfermera hasta la puerta y se despidió. Si al hablar con el médico había tenido alguna esperanza, ésta se había esfumado con la visita.
El viejo nazi asintió. Se encontraba en su mansión, inclinado sobre las enormes mesas cubiertas por vitrinas dentro de las cuales se exponía su magnífica colección de mariposas. Lupa en mano, en el momento en que su guardaespaldas y ayudante entró en la estancia, estaba admirando un magnífico ejemplar de Xanthopan morganii, conocida como La Esfinge de Darwin.
Este lepidóptero, muy difícil de conseguir, era en extremo curioso. Se trataba de una mariposa de cuya existencia estaban seguros los naturalistas, antes incluso de haber visto un ejemplar por primera vez. Una orquídea con los órganos nectaríferos situados a treinta centímetros de la entrada de la flor había puesto sobre la pista al mismísimo Darwin, que dedujo la existencia de una mariposa dotada de una trompa lo suficientemente larga como para polinizarla. El anciano admiró el prodigio de adaptación que suponía el larguísimo apéndice bucal, ejemplo único entre el resto de los lepidópteros.
Pawlak desvió la atención hacia una mariposa gigante, la Saturnia pavonia. Mientras recorría con la lupa el contorno del insecto, reflexionaba sobre lo que le había dicho Hermann. Llevaba años deseando la muerte del judío, pero sentía una especie de fascinación por aquel triste hombrecillo, sumido casi en la miseria, al que se le había robado todo: los padres, el país, la casa, la salud y el futuro. Debía reconocer, pensó con amargura, que el judío había mostrado más ganas de vivir y mayor hombría que muchos de sus compañeros de la raza superior, aunque, por supuesto, jamás lo hubiese admitido en voz alta.
Ahora que el judío se apagaba en la sala de un hospital, Pawlak no sentía alivio por desembarazarse de un enemigo que día a día se había ido acercando cada vez más, poniendo en peligro su sagrada misión. Curiosamente lo único que notaba era añoranza. A su edad ya habían desaparecido todos sus amigos y enemigos. La marcha del último de éstos le hacía sentirse vulnerable.
Bueno, se dijo, por mucho que el judío hubiese sido un ejemplar adversario, estaba muerto o le faltaba muy poco y él, Pawlak, a punto de concluir el trabajo de una vida, después de lo cual le aguardaba el premio. El trofeo que toda la Humanidad había buscado desde que el hombre fuera expulsado del Edén. Y ese trofeo estaba al alcance de su mano.
—Andrés, ven un momento —llamó Herrero.
El subinspector Ponte dejó al agente de la científica con el que estaba hablando y se acercó a su jefe. Con las manos metidas en los cedidos bolsillos de su abrigo, Herrero miraba la inútil fuente donde el pétreo niño jugaba con el delfín.
—Dime, Andrés —dijo el inspector señalando con un gesto de la cabeza la fuente en la que se encontraba la pintada xenófoba—, ¿notas algo raro en lo que está escrito?
Ponte examinó detenidamente el grafiti. Ya lo había hecho antes sin encontrar nada extraño, pero pocas veces Herrero le llamaba la atención sobre algo sin necesidad. ARRIBA ESPAÑA. MUERTE A LOS JUDÍOS. ¿Qué podía haber de especial en esas dos frases?
—Fíjate en la «i» de judío. Está acentuada, ¿lo ves? —señaló esta vez con el dedo el inspector.
—Es verdad —contestó Ponte, que comenzaba a comprender.
—¿No crees que es extraño que una banda de descerebrados sea capaz de colocar la tilde en el lugar correcto? —preguntó sin dejar de mirar la pintada Herrero—. Además, mira el trazo de las letras. Parece forzado. No es una escritura continua. Cada letra parece independiente. Da la impresión de que el que haya escrito esto pretendía disimular su propia letra.
El inspector se giró y volvió a examinar los bancos colocados en círculo y los restos de las botellas rotas.
—Los vecinos dicen que esta zona cada vez es más insegura. Ya no se atreven ni a pasear a sus mascotas. Toxicómanos, latin kings, prostitución. ¿Qué harían unos skins en un parque controlado por los latins? ¿Pretendían pelearse con ellos y al ver al rabino la tomaron con él?
—La gente que hemos entrevistado asegura que hace ya tiempo que no se ven skins por aquí —dijo Ponte.
—Uno de esos cabezas rapadas no se aventuraría solo en el parque —meditó en voz alta Herrero—. Le resultaría muy peligroso. Tendrían que ser varios y con armas. Bates, cadenas, navajas, puños americanos. Sin embargo, las lesiones que presenta Liebnitz no coinciden. No hay heridas de armas, aparte de las causadas por las botellas. ¿Cuántas botellas calculas que se emplearon?
—Hemos encontrado tres fondos de litronas, que al ser más gruesos son más difíciles de romper. Yo diría que no se utilizaron más, por la cantidad de restos recogidos.
—Tres botellas de cerveza para un grupo de varias personas. No menos de diez tendrían que ser para poder enfrentarse a los latins. Poca bebida, ¿no te parece?
—¿Quizá algunos eran abstemios? —bromeó Ponte, viendo por dónde iba su superior.
—Pudiera ser —repuso abstraído Herrero—. Un grupo de skins que no dejan más huellas que tres botellas rotas, dos miserables pintadas y dos esvásticas. Un grupo que además de abstemios son muy educados, no cometen faltas de ortografía y recogen todo: papeles, bolsas, pipas.
—Unos skins que no dejan huellas de pisadas —añadió Ponte—. La gravilla debería estar mucho más revuelta en el caso de que varias personas hubieran estado andando por aquí.
—¿Qué conclusión podríamos sacar? —preguntó Herrero mirando por primera vez al subinspector.
—¿Que alguien pretende engañarnos para que no relacionemos la paliza al rabino con la historia que el pobre hombre nos había contado?
—Da esa impresión, ¿verdad?
—Inspector. El comisario Martín —dijo el agente Cuéllar con tono culpable, tendiendo su teléfono—. Pregunta por usted.
—Aquí el inspector jefe Herrero —saludó el policía con un toque de sarcasmo.
—Me parece que por poco tiempo. ¿Dónde se encuentra usted? —contestó enojado el comisario.
—Estamos en el parque de…
—¿No le ordené olvidarse de ese asunto? —gritó Martín desde el otro lado de la línea—. Le dije que se ocupara de Merino y abandonara esas tonterías.
—Señor, han tratado de asesinar al rabino Liebnitz. El atacante ha tratado de hacernos creer que se trataba de una banda de skins, pero estamos convencidos de…
—El rabino está vivo, ¿verdad? Pues que se encarguen los de bandas organizadas.
—Liebnitz está vivo, es cierto, pero muy grave. Esto no tiene nada que ver con las bandas. Le repito que ha sido una treta para engañarnos.
—¿Tiene pruebas concluyentes? ¿No? Pues déjelo en manos de ellos. Es una orden. Ocúpese de Merino. Quiero al asesino de Tsaldharis.
—¿Quiere al verdadero o le sirve cualquiera? —repuso alterado el inspector y le devolvió el teléfono a Cuéllar, que no sabía que hacer con él, mientras se oían los gritos del comisario.
Herrero, al que le temblaban las manos del sofoco, se alejó unos metros ante la atenta mirada de sus hombres. De espaldas a ellos, trató de recuperar la normalidad en su respiración y en el ritmo cardíaco.
—Lo siento, inspector —dijo Cuéllar al cabo de unos minutos, cuando su superior se unió a ellos, algo más tranquilo—. Me ha cogido desprevenido. Estaba hablando con una señora que suele venir aquí a pasear a su perro y descolgué sin mirar quién llamaba.
—No se preocupe, Cuéllar. No es culpa suya. Andrés, me vuelvo a comisaría. Ocúpate de todo. Si no me equivoco, Martín habrá dado aviso a los de bandas organizadas y se presentarán aquí en breve. Habla con ellos. Quiero todo lo que tengan, aunque imagino que el comisario les habrá dado instrucciones precisas para que nos mantengan al margen. Le diré a Martín que estás detrás de Merino.
—No te preocupes, Pablo. Tendrás una copia de todo lo que salga.
Dos horas más tarde Herrero, sentado en su silla de plástico amarilla tras el escritorio, iba dejando las ampliaciones de unas fotografías a color sacadas por los especialistas de la policía científica en el parque. En algunas, de menor calidad, porque habían sido hechas por los miembros del SAMUR al llegar al lugar, se veía a Menasés tendido en el charco de sangre, en una postura grotesca.
Una a una las iba dejando, tras examinarlas a conciencia, sobre la mesa. Cuéllar, Alonso, Ponte y Ramos respetaban, en el silencio más sepulcral, el estado de ánimo de su jefe. El pobre agente Aldaya no se encontraba presente. Herrero lo había mandado con el imbécil de Estévez a buscar a Merino.
Cuando Herrero volvió del parque, una orden de detención contra Merino aguardaba sobre la mesa. El inspector había maldecido en voz alta, algo que Cuéllar nunca le había visto hacer. Herrero había tomado el teléfono y llamado a uno de sus contactos, citándolo en un bar a dos manzanas de la comisaría y después se había marchado, ante la desesperación de Cuéllar, que no sabía qué inventarse si el comisario preguntaba por él.
Al cabo de media hora, más calmado, Herrero había vuelto de su encuentro con el contacto, un toxicómano que se sacaba su dosis por el tradicional método de cortar, aún más, las papelinas compradas. A éste le había dado un recado para Merino. Debía desaparecer de Madrid por unas semanas si no quería que le endilgaran un asesinato. Cuando se lo dijeran, Merino se ensuciaría los pantalones y desaparecería de inmediato por lo menos un par de meses.
De nuevo en el despacho, Herrero había dado orden a Cuéllar de buscar donde fuera a Estévez. El pobre agente había necesitado un buen rato para dar con el paradero del escurridizo subinspector, que en ese momento montaba guardia, con uno de sus amigos, en un céntrico bar estilo irlandés.
—¿Me buscaba? —preguntó malhumorado Estévez al entrar en el despacho de homicidios.
—Quiero que traigas a Merino —repuso Herrero sin mirarlo, a la vez que le tendía la orden de detención—. Que te acompañe Aldaya. No te molestes en volver sin Merino.
Aldaya, cuya cara era un poema, ya estaba avisado por Herrero de la faena que le tocaba e intentó que no se le notara demasiado.
—Siéntese, por favor —dijo Herrero, señalando una silla al otro lado de su escritorio repleto de fotografías desordenadas.
—¿Quién lo ha hecho, inspector? —preguntó Ludwig sin rodeos.
El inspector lo había llamado para contarle lo sucedido hacía un rato y el médico había acudido a la comisaría lo más rápido posible.
—No lo sé —repuso compungido el policía—. Han tratado de desviar nuestra atención para que pensáramos que era cosa de un grupo neonazi.
—¿Y no lo cree así?
—No. Lo descarto absolutamente. Creo que el autor de esa brutal paliza es el mismo que torturó y asesinó a su tío, pero no tengo ninguna prueba.
—¿Y por qué lo haría? —preguntó Ludwig—. El viejo no sabía más de lo que ya nos había contado. ¿Qué daño les podía hacer? No estamos más cerca que al principio de dar con ellos. ¿Para qué molestarse en acabar con él?
—Quizá sabía algo sin ser consciente de ello. O estaba demasiado cerca de sus enemigos y lo ignoraba.
—Usted dijo que esa gente se encuentra fuera de España.
—Y sigo pensándolo. De lo que no hay duda es de que el asesino de su tío ha vuelto a estar aquí.
—¿Por qué está tan seguro? —preguntó el médico—. ¿Cómo lo sabe?
—El penúltimo instrumento que les faltaba ha resultado ser el Boissier, hasta ahora en poder del Conservatorio Superior de Música de Madrid, y no el Gibson, como apuntaba su amiga.
—¿Lo han robado?
—Lamentablemente, sí. Por fortuna, esta vez no le ha costado la vida a nadie, aunque mucho me temo que sí el puesto de trabajo al vigilante nocturno.
—¿Y qué piensa hacer?
Herrero, tras mirar un buen rato a su interlocutor, se apoyó con los codos en la mesa y dijo en voz baja:
—Atrapar a esos desalmados. —Y, tras recostarse en el respaldo, añadió—: Pero no va a ser fácil. Tengo una enorme presión para que abandone este caso. Los verdugos del rabino son muy poderosos, por lo que se ve, y están tirando de los hilos para que esto se quede sin resolver.
—Tome, doctor —intervino el subinspector Ponte, dejando sobre la mesa una especie de gruesa camiseta sin mangas de color azul.
—¿Qué es esto?
—Un chaleco antibalas —repuso Herrero—. No se alarme, doctor, pero, después de lo sucedido, me sentiría más tranquilo si lo usara. Es discreto y no pesa demasiado, aunque, eso sí, da bastante calor. Pero estamos en invierno, ¿verdad? Tenemos otro para que se lo dé a su amiga. Estoy seguro de que no serán necesarios, aunque nunca se sabe. Me temo que son bastante caros, así que los tendrán que devolver cuando todo esto termine.
Ludwig, impresionado por todo lo que estaba ocurriendo, se dejó ayudar para colocarse la prenda. Realmente pesaba poco. El médico no podía entender cómo aquella cosa podía ser capaz de detener una bala y esperaba no tener que comprobarlo.
—¿Esas fotografías son del rabino Liebnitz? —dijo cuando se hubo sentado de nuevo.
—Sí. ¿Quiere echarles un vistazo? —contestó Herrero amontonándolas.
Ludwig tomó las instantáneas y las examinó con profesionalidad. Vio la sangre seca en los oídos y los orificios nasales de la destrozada cabeza, el charco de sangre y cerveza bajo el cuerpo, los fragmentos de cristal…
—¿Qué es esto, inspector? —preguntó alterado Ludwig.
Herrero tomó la foto que le era mostrada.
—Aquí, justo debajo de la mano. Esas manchas.
—Los de la ambulancia dijeron que estaban hechas, probablemente, por los espasmos del dedo medio seccionado que se ve aquí —contestó Ponte, que se había acercado a la mesa al detectar el nerviosismo en el tono del médico, que señalaba un punto de la foto—. Seguramente el rabino levantaría un brazo para defenderse de algún golpe y el cristal de una botella le cortaría el dedo.
—¿Sería posible ampliarlo? —preguntó Ludwig.
—Pablo, déjame la foto —dijo Ponte—. La voy a escanear.
Instantes después, con un programa avanzado de fotografía, el subinspector, bajo la atenta mirada de su superior y del médico, amplió en la pantalla del ordenador la zona de la mano mutilada.
Debajo del sangriento índice aparecía una pirámide de puntos hechos con la sangre del cercenado dedo: uno en el vértice, dos inmediatamente debajo, tres en la siguiente fila y cuatro en la base.
—Esta figura la he visto yo antes —dijo muy serio Ludwig—. Me la enseñó el rabino. Es una tetractys, el símbolo de los discípulos de Pitágoras. Los que creían en la música de las esferas, en la armonía universal.
Sentada en la cama, Martha veía pasar una y otra vez por delante de ella a Ludwig mientras éste le contaba las últimas noticias. Su rostro, normalmente impávido, se crispaba cada vez más, apretando con fuerza las mandíbulas y frunciendo el entrecejo.
Ludwig tampoco estaba muy contento. La decisión de Martha de coger una habitación en otro hotel diferente al suyo, alegando que así estarían más cómodos, lo había molestado profundamente. No habían ayudado las exclamaciones de desdén al mostrarle el chaleco a prueba de balas que Herrero le había entregado y que se encontraba tirado sobre la cama.
Tratando de apartar el malestar de su mente y obviando la irritación de la profesora, terminaba de explicarle cómo había dado con la clave de la tetractys con la que el rabino les decía que el atentado no había sido fruto de una casualidad por encontrarse en un mal lugar y momento, sino que estaba ligado a toda la historia de los violines.
—¿Qué opinas de todo esto? —preguntó Ludwig cuando hubo terminado.
—¿Qué crees tú? —repuso Martha tratando de contener su disgusto—. Al rabino lo han atacado unos salvajes, unos pandilleros criminales. No es la primera vez que sucede y por desgracia no será la última. No existe ninguna conspiración. Era un buen hombre y sé que le habías cogido aprecio. Los animales que le han hecho eso merecen pudrirse en la cárcel, pero eso no indica que haya una conjura para deshacerse de él.
—¿Y qué me dices de la tetractys que el rabino dibujó en el suelo con su propia sangre? —repuso alterado Ludwig.
—No creo que sea ninguna señal como tú piensas. Pudo ser perfectamente un movimiento convulsivo involuntario tras el ataque. Tú eres médico, sabes que eso sucede.
—Nadie puede formar un triángulo formado por diez puntos a causa de unos espasmos.
—Quizá el viejo, obsesionado como estaba, creyó que el ataque provenía de sus imaginarios enemigos —adujo Martha aún más enojada—. ¡Por favor! Ha vivido en los campos de concentración y después persiguiendo criminales de guerra. Era un anciano. ¿Cómo no ver la mano de sus adversarios en unos asesinos juveniles que lucen esvásticas y gritan contra los judíos?
Ludwig apreció el razonamiento de estas explicaciones, pero mantuvo un obstinado silencio. Sospechaba que Martha tendría probablemente razón. Por otra parte, Herrero estaba convencido de que el ataque no era obra de una banda de skins y que el que lo había llevado a cabo estaba solo y había tratado de confundir a la policía.
—Ludwig —dijo Martha en un tono más suave—, eres doctor en medicina. Un hombre de ciencia, instruido. No puedes dar crédito a esas descabelladas historias y tú lo sabes.
—Mi tío murió de una manera horrible y ahora el rabino. Otros más también han muerto por la misma razón. Tiene que haber algo.
—¿El qué? —insistió Martha—. ¿Otro loco que mata creyendo esas mismas estupideces? ¿Un perturbado que quiere alcanzar la inmortalidad con unos instrumentos fabricados hace cientos de años?
»Los humanos somos el eslabón más alto de la evolución pero, como el resto de los animales, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Y ya está. Lo único que nos diferencia de ellos es que nosotros somos conscientes de nuestra propia muerte y ellos no. Después de la muerte no hay nada más. La creencia en una vida más allá de ésta es un placebo, similar a los que utilizáis en los hospitales, para tranquilizar a los pusilánimes y tenerlos dominados con la promesa de un paraíso que no existe. No resucitamos. Tampoco nos reencarnamos, ni alcanzamos un estado más elevado. Nos pudrimos y el mundo continúa. No hay cielo ni infierno. No existe premio por ser buenos, ni castigo por ser malos.
Ludwig guardaba silencio, sorprendido por la violencia de las palabras de Martha, que continuaba sentada, tensa, sobre la colcha.
—Ludwig, no existen los dioses guerreros que esperan a que alguien reúna doce instrumentos para poder llegar hasta ellos. «La religión es el opio del pueblo». ¿Recuerdas quién dijo eso? Junto a los mitos, la religión ha supuesto la herramienta principal para el mantenimiento de las castas. Los fuertes han dominado siempre a los débiles mediante la violencia y una vez en el poder se han perpetuado mediante el miedo que sus sacerdotes han impuesto. Hasta hace bien poco los reyes eran considerados divinidades. El emperador de Japón sólo renunció a ésta para conservar su vida tras perder la guerra contra los americanos.
»Los terribles castigos del Más Allá y los premios por ser buenos, trabajadores y obedientes en este mundo han sido la droga administrada por todas las religiones para mantener el poder y el orden, para explotar a los más crédulos sin que éstos se atrevan a protestar ni a ambicionar más que las migajas que les dejan. “Si eres bueno y trabajador, el premio será la vida eterna. Si ambicionas lo que yo tengo y no te contentas con tu suerte, irás al infierno”. ¿Y ellos cómo lo saben? ¿Porque Dios les ha hablado? También a mí me ha hablado y me ha dicho que no haga caso de esos charlatanes. Ésas son las leyes que se han inventado los más listos para dominar a los más débiles y vivir como reyes. Y tú lo sabes.
—Estoy de acuerdo en casi todo contigo —repuso Ludwig tratando de mostrarse conciliador—. Pero no puedo dejar de pensar en el rabino. Alguien comparte sus mismas ideas y ha tratado de matarlo para quitárselo de encima.
—El rabino era una buena persona, sí, pero ¿qué hizo? Ayudó a perpetuar el estado de castas. Cuando su pueblo fue aniquilado, ¿qué hicieron los judíos? Se dejaron masacrar esperando que su dios, el dios protector del pueblo elegido, los salvara. ¿Dónde estaba ese dios cuando mataron a seis millones de sus amados hijos? Los designios del Señor son inescrutables, dijeron. ¡Qué fácil! ¿No será que no intervino sencillamente porque no existe? Un dios que todo lo sabe y todo lo ve, ¿no supo del padecimiento de su pueblo? Quizá era un castigo por haberle dado la espalda y venerado al becerro de oro, pero ¿qué culpa tuvieron los miles de niños masacrados, apartados de sus familias, sometidos a la esclavitud, a los experimentos más sádicos? ¿Era ésa la voluntad de su amado dios? Los poderes cabalísticos de los judíos, capaces de cambiar el sino de una batalla según aseguran, ¿dónde estaban? ¿Aguardando una mejor ocasión? ¿Cuál mejor que la de detener aquel genocidio? ¿Qué hicieron los cabalistas y los rabinos cuando sus seguidores caían a miles?
»Nunca, en ninguna batalla, por mucho que digan lo contrario la Biblia y los libros de Historia, el débil ha derrotado al fuerte. Todos los ejércitos se encomiendan a su dios. En ocasiones el dios es el mismo para los dos bandos. Cuando uno de ellos gana es “gracias a Dios”. ¿Cuándo pierde es por culpa de ese dios? No. Es por Su voluntad de castigarles por sus pecados. Los fuertes siempre han ocupado el poder civil y los listos el religioso. “Todo aquel que hace creer a los demás que conoce el futuro, es capaz de dominarlos”. No te dejes engañar tú también Ludwig. Te considero demasiado inteligente para caer en esas argucias.
Tras la perorata, Martha guardó silencio esperando la reacción de su compañero. Ludwig miraba por la ventana, reflexionando sobre sus palabras. En otros tiempos hubiese alabado la claridad de ideas de ella. Ludwig siempre había despreciado las religiones establecidas y, aunque se consideraba agnóstico, estaba de acuerdo con la apreciación de que las religiones sólo servían para controlar a los crédulos. Pero aquel rabino tenía algo que nunca había apreciado en nadie. Era como si resplandeciera. Ludwig podía creer lo que ese hombrecillo dijera. ¿Tendría razón Martha y se había dejado seducir por el anciano?
Realmente la historia no se tenía en pie. Dios había dado la clave a Jacob para que el hombre pudiera acceder a Él y siglos después un artesano había introducido de alguna forma esa clave en unos instrumentos. Ahora, un antiguo nazi los buscaba para instaurar un nuevo Reich. Sonaba ridículo.
Cuando el rabino le había contado la historia de Jacob, su huida y el sueño en el que se le había aparecido Dios en lo alto de una escalera celestial, lo primero que había cruzado la mente del médico era la posibilidad de que el tal Jacob hubiese sufrido una neurosis traumática. Todo concordaba. Eran los síntomas tras un impacto emocional muy fuerte. Una ansiedad derivada de saber que su propio hermano, al que había robado la bendición paterna, lo buscaba para matarlo, le había provocado una excitación tan intensa que su psique no había podido hacerse cargo. Este trauma, manifestado habitualmente en los sueños, venía reflejado por la figura, un padre-dios inalcanzable. No se lo había dicho al rabino, pero esa explicación era infinitamente más plausible que la dada por la Biblia.
—¿Por qué los querrían robar? —preguntó Ludwig a sabiendas de que la pregunta la irritaría.
—¿Te parece poca razón el inmenso valor que tienen? —repuso Martha.
—Pero ¿por qué ésos en concreto, los mismos que había dicho el rabino?
—Será otro loco —dijo sardónica Martha—. Los hay por todos lados.
—¿Qué querrán hacer con ellos? —preguntó Ludwig ajeno al comentario despectivo.
—¡Nada! No pueden hacer nada. Solamente son instrumentos de música — contestó Martha levantando de nuevo la voz.
—Tú misma dijiste que los stradivarius eran mágicos.
—Era una forma de hablar —repuso exasperada Martha—. Quería decir que su sonido es inigualable.
—¿Por qué?
—¿Por qué? ¡Yo qué sé! —exclamó Martha, levantándose y recorriendo la habitación a grandes pasos mientras hablaba—. Ya te dije que cada uno tiene una teoría. Las hay de todos los colores. Un tratamiento de la madera con un hongo. El empleo de madera proveniente de naves de guerra hundidas. Una sustancia contra las termitas empleada por el laudero para proteger los instrumentos contra esta plaga. La sangre de dragón. ¿Quieres conocer la última teoría de unos científicos norteamericanos? Aseguran que el secreto está en el sol. Según ellos, en aquellos años el sol tuvo poca actividad, lo que provocó que en Europa hiciese mucho frío y poca luz. Así, los árboles crecieron más despacio pero su madera fue más densa, lo que les confirió unas características acústicas muy superiores a las normales. ¿Cuál prefieres?
Ludwig, sabiendo que Martha se estaba riendo de él, prefirió no contestar.
—Aun en el caso de que toda esta locura fuera verdad y esos instrumentos tuvieran poderes mágicos, ¿qué cambia? —dijo Martha acercándose a Ludwig, que seguía mirando por la ventana—. Un violín es extremadamente delicado. Cualquier alteración, por mínima que sea, cambia sus características únicas. Todos esos instrumentos han sufrido restauraciones y han sido en muchos casos barnizados de nuevo. Su sonido no es el original. No te obsesiones, por favor. Sabes que tengo razón. Todo eso no tiene ningún sentido.
Martha cogió del codo a su compañero que, testarudo, fingía prestar atención a algo que sucedía en la calle.
—Tú viniste a buscarme a mí —dijo indignada la profesora ante el silencio—, porque era una especialista, ¿recuerdas? Y ahora dudas de mi palabra. Prefieres creer a un viejo loco y ponernos en peligro. Si alguien está detrás de esos instrumentos por la razón que sea y se entera de que tratas de descubrirlo, ¿qué crees que hará?
Ludwig continuó en silencio. Su rostro permanecía pétreo. Cruzado de brazos, parecía no sentir el contacto de Martha.
—Quiero que te marches —dijo por fin Martha con voz gélida—. No puedo estar con alguien que pone en duda mi palabra. Vete.
Sin mirarla, Ludwig recogió la chaqueta, se la puso y abandonó la habitación sin abrir la boca. En el descansillo pulsó el botón del ascensor y mientras esperaba a que éste llegara reflexionó sobre lo ocurrido. ¿Por qué había reaccionado así? Sabía que Martha tenía razón. Él ni siquiera terminaba de creer la historia del rabino. ¿Qué lo había inducido a enfadar a su amante? ¿Se trataba de un orgullo herido por el tono recriminatorio de ella? ¿Podía ser esa actitud tan infantil el motivo de su comportamiento?
Las puertas se abrieron, pero Ludwig no se decidió a entrar. Giró la cabeza y miró la puerta de la habitación. Observó que se había cerrado mal y se veía una ranura de luz por el marco. Las puertas del ascensor volvieron a cerrarse.
Ludwig se acercó dubitativo hacia la puerta de la habitación. Aún le quedaban un par de metros, cuando le pareció oír el sonido de un violín. Se aproximó más y entreabrió la puerta. Ahora podía escuchar la melodía. Provenía de la sala situada a la izquierda del dormitorio.
Tratando de no hacer ningún ruido, Ludwig se pegó a la pared para pasar desapercibido y se acercó cuanto pudo sin descubrirse. Poco a poco asomó la cabeza. Martha se hallaba de espaldas a él, frente al ventanal, y en sus manos tenía su violín, que llevaba a todas partes, y lo acariciaba con el arco.
La melodía era melancólica. Hasta ese momento Ludwig no había caído en la cuenta de la subida de pulsaciones que sufría. Absorto por la imagen no conseguía moverse. Martha, como si del flautista de Hamelín se tratara, lo tenía embrujado, mientras ella, ignorante de la seducción que ejercía, continuaba desgranando las notas.
Ludwig conocía la canción pero no lograba situarla. Era tierna, lenta y a la vez rápida. A pesar de su melancolía hablaba de algo alegre, de esperanza y sueños. Una melodía para calmar la sed, y la inquietud; para despertar el júbilo y la ilusión. Una primavera disfrazada de otoño. El corazón de acero y plástico que Ludwig estaba convencido que tenía en su interior se estaba derritiendo en una sensación que jamás había experimentado.
Sin quitar los ojos de Martha, se dio cuenta de que la estaba viendo desenfocada a causa de las lágrimas. Ella, como una diosa, resplandecía en un efecto causado por la luz que entraba por la ventana. ¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Qué era aquella desazón?
No precisaba ser médico para darse cuenta de que todas sus murallas interiores estaban cayendo una a una, como si el terreno sobre el que estaban asentadas no fuera más que arena mojada. El sonido del violín las estaba demoliendo con más eficacia que el mayor de los arietes. Se dio cuenta de que, en la fortaleza de su indiferencia, estaba entrando un enemigo nuevo y que era demasiado tarde para enfrentarse a él. Por primera vez en su vida ese enemigo lograba tomar la plaza y, para su sorpresa, experimentó una inmensa alegría.
Alborozado como un chiquillo que se enamora por primera vez, notó que el rubor recorría sus mejillas. Tenía ganas de acercarse y abrazarla pero algo lo detenía. Ella podía molestarse por la profanación de su intimidad.
La melodía subió una octava. Ludwig sabía lo suficiente de música como para intuir que la cautivadora pieza estaba a punto de concluir y que Martha podía descubrirlo. De puntillas, alcanzó la puerta sin comprender cómo no percibía ella su presencia. Sin duda los mazazos de su corazón tenían que oírse a kilómetros de distancia.
En las últimas notas y con la puerta ya cerrándose a sus espaldas, logró recordar cuál era la canción que Martha estaba interpretando: Over the Rainbow, de la película El Mago de Oz.
Cinco minutos antes de que la alarma de su reloj, depositado sobre la mesilla de noche, sonara, Ludwig abrió los ojos. No había pasado muy buena noche. La discusión con Martha y, posteriormente, el vergonzante episodio de voyeurismo le habían estado rondando por la mente desde que se acostara, más allá de la medianoche. Cansado de revolverse en la cama, tratando de llamar al sueño, se había levantado y encendido la televisión, cambiando los canales rítmicamente, sin percatarse de qué emitían en cada cadena.
Una película en blanco y negro sobre algún episodio indeterminado de las Sagradas Escrituras fue el somnífero elegido por Ludwig, algo que en otras ocasiones hubiese tenido un efecto fulminante y garantizado. Sin embargo, aquella noche, Morfeo debía de estar de juerga con sus amigos.
Había abierto la nevera y bebido casi todos los botellines que contenían un mejunje cuya base fuese alcohol. Con un estado etílico interesante, había tratado de concentrarse en la película, pero era incapaz de quedarse con los numerosos personajes de rostros dramáticos y llorosos que aparecían y desaparecían de la pantalla.
Un grito, cuando ya asomaba el sol por el horizonte, lo había despertado. Provenía de la televisión, donde unas amas de casa no daban crédito a las virtudes de un prodigioso detergente capaz de exterminar cualquier rastro de suciedad de las camisas de sus desconsiderados cónyuges.
Con dificultad, Ludwig se levantó del sofá y a la vez que cerraba con fuerza los párpados, se llevó una mano a la cabeza, que parecía querer abrirse como un melón maduro para dejar espacio al comprimido cerebro. El explosivo cóctel, bien ligado en su maltratado estómago, amenazaba con cobrarse bajas.
Sin estirarse del todo ni abrir los ojos, había ido deslizándose hasta el cuarto de baño, donde, con una mano, se había encargado de cubrir las contingencias de una más que posible pérdida de equilibrio, mientras que la otra llevaba a cabo las diversas etapas de la evacuación líquida auxiliada, mal que bien, por el oído, que le facilitó la afinación de la puntería.
Con el mismo cuidado, Ludwig salió del cuarto de baño y, a tientas, llegó a la desecha cama, donde horas antes había entablado la feroz lucha con las mantas, culpables de su incomodidad y falta de sueño. Lentamente se sentó y se inclinó hasta reposar la caja de percusión que tenía sobre los hombros en la almohada.
Ahora se encontraba algo mejor, lo cual no quería decir bien. Receloso por si su cerebro trataba de comenzar otra cabalgadura, se fue incorporando sobre la cama hasta quedar bien sentado. Bien, parecía que el cerebro se había cansado de correr y ahora se limitaba a un vago y soportable trote.
Sin embargo, el dolor de cabeza que tenía podía salirse, tranquilamente, de la escala Richter. Tras evacuar de nuevo, se miró al espejo. Se mintió a conciencia al decirse a sí mismo que no estaba tan mal después de la nochecita. Hurgó en su neceser y sacó su botiquín de viaje. Un vaso de agua ayudó a que un par de ibuprofenos bajaran por la garganta.
—Buenos días —dijo en voz baja por el auricular—, ¿serían tan amables de traerme el desayuno, por favor? Lo mismo que ayer. Muy bien, gracias.
El cuarto de hora a remojo, con un agua en la que se podrían escaldar huevos, le puso la piel roja. El último chorro frío le subió las pulsaciones al doble de lo normal. Más aliviado, se frotó con la toalla y procedió a afeitarse, tras lo cual se volvió a examinar en el gran espejo del baño. Ahora no hacía falta mentir para opinar que no se encontraba tan mal.
Unos golpecitos discretos en la puerta anunciaron la llegada del esperado desayuno, que Ludwig se apresuró a tomar.
Tras el zumo de naranja natural, dos tostadas con mermelada de arándanos y otras dos tazas de café solo, se encontraba casi en buenas condiciones físicas. Limpiándose con la servilleta los labios levantó la vista de la bandeja que el camarero había depositado sobre la mesa que estaba frente a la ventana, y miró a través de ésta, permitiendo que sus ojos desenfocaran libremente.
Hasta ese momento entre el despertar, el dolor de cabeza, la ducha y el desayuno había logrado mantener en la sala de espera a su voz interior, pero ya no le quedaban más excusas para no recibirla.
Como si de un huracán se tratase, penetró en su mente todo a la vez: ¿qué había pasado la tarde anterior con Martha? La conversación que habían mantenido rápidamente degeneró, como sucedía cada vez que se trataba la teoría del rabino, en amarga discusión. Recordó la furiosa galerna desencadenada por Martha, galerna que nada bueno presagiaba pero que había tenido un alcance devastador.
Frente a la ventana por la que vagaba la mirada perdida de Ludwig, el tráfico se había detenido. Un policía municipal trataba de hacerse entender por un conductor para señalarle la ruta alternativa que tenía que tomar aquel día, dado que la calle estaba cortada por un tráiler que descargaba una excavadora. Entre los bocinazos del resto de los conductores y los aspavientos del policía, el vehículo no se movía, aparentemente esperando a que el agente, por arte de magia, fuera capaz de hacer que se esfumaran tráiler y excavadora para que pasara él.
Ajeno a este jaleo, Ludwig se frotaba la nuca: ¿por qué se había enfadado tanto Martha con él? No tenía sentido. Quedaba claro que ella no daba ninguna clase de crédito a la historia del viejo rabino, pero ¿por qué le molestaba tanto que él no estuviese tan seguro? Ludwig era un hombre de ciencia poco dado a las especulaciones esotéricas, pero tenía que reconocer que la personalidad del judío lo había cautivado, justo lo contrario que a Martha, a la que la simple mención del anciano le hacía endurecer el rostro.
Sin sacar en claro qué le producía a Martha tanta repulsión hacia el viejo rabino, otro sentimiento, esta vez de vergüenza, se abrió paso. ¿Cómo había sido capaz de espiarla? Había invadido su espacio íntimo, quedándose agazapado mientras ella tocaba su violín. Él no hubiese perdonado jamás que alguien hubiera entrado a hurtadillas en su despacho y se hubiese quedado para verlo trabajar. No importaban las razones que pudiera esgrimir esa persona.
Semejante invasión de la intimidad no tenía excusas. Al menos, se dijo Ludwig, ella no se había dado cuenta.
El recuerdo de este hecho lo llevo a otro que le alteró las pulsaciones del corazón. ¿Se había imaginado aquello o había ocurrido? ¿Podía ser que, como sucediera con Orfeo y su lira, la música del violín de Martha lo hubiera hechizado? Trató de estudiar con objetividad la situación, como si fuera un examen clínico de un conducto auditivo, pero fue incapaz.
Respiración agitada, arritmia, concentración de sangre en las mejillas y abotargamiento en la mente. Si aquello había sido un hechizo, aún perduraba.
Muy sorprendido, Ludwig tuvo que reconocer que no era ningún sortilegio. Mal que le pesara, se había enamorado perdidamente de aquella adusta, fría, distante, aunque en ocasiones apasionada, calculadora, lógica y desconcertante mujer.
Sonriendo como un bobalicón, Ludwig siguió mirando por la ventana a la calle, donde el policía hacía un alarde de paciencia ante los obtusos conductores, que, al igual que les ocurre a ciertos insectos, se quedaban totalmente desamparados cuando tenían que cambiar la rutina y buscar una vía diferente.
Sólo el sonido de su móvil, danzando frenéticamente sobre la mesa, próximo a despeñarse por el borde, fue capaz de hacerle recobrar la razón. Alcanzó el aparato cuando ya parecía inevitable que se consumara la tragedia.
—¿Sí?
—Hola Ludwig, soy Martha. —A lo que siguió un silencio.
—Hola Martha. Ahora mismo estaba pensando en ti… ¿te ocurre algo?
—No. —Otro silencio—. En realidad sí. —Silencio—. Verás, me cuesta mucho esto. Creo que ayer me pasé un poco de la raya y ya sabes cómo me cuesta reconocer las cosas y además estoy un poco avergonzada por mi comportamiento, ya sabes…
A Ludwig aquello le sonó a música celestial. A punto estuvo de hacerse el indignado para que el orgullo de la profesora sufriera un poco más, pero algo le decía que Martha estaba al límite de sus posibilidades y que estirar demasiado la cuerda no sería muy inteligente.
—No te preocupes. Yo tampoco tuve mucha paciencia. —«Mentiroso», se dijo. Sabía que se había mostrado paciente más allá de toda lógica, pero ahora se trataba de tender puentes, ¿no?—. ¿Qué estás haciendo? —preguntó Ludwig para cambiar de tema.
—Nada en especial —repuso algo más tranquila Martha—. Estaba tomando unas notas en mi habitación. Ahora me iba a duchar y eso…
—¿Te gustaría que almorzásemos juntos? —preguntó Ludwig—. Si quieres te paso a buscar…
—Vale —contestó Martha, dejándole con la palabra en la boca—. Estaré preparada. Hasta luego.
Ludwig colgó sin salir de su asombro. Lo había llamado arrepentida, él había sido lo suficientemente cortés como para restar importancia a lo ocurrido, aceptar culpas que no eran suyas, e incluso la había invitado a almorzar, y, encima, ella le había cortado la frase, limitándose a darle instrucciones antes de despedirse.
Con un gesto de cabeza trató de cerrar las puertas interiores a la Indignación y al Orgullo, que ya llamaban al estado de sitio y a la guerra santa contra el enemigo.
Conectó el ipod, seleccionó los temas y al momento una música clásica, suave, fresca y alegre, interpretada con maestría por los violinistas Oistrakh, inundó la habitación, siendo un formidable refuerzo en la lucha contra el Orgullo y la Indignación.
—Hola, ¿qué tal? —preguntó Ludwig tras un ramo de flores cuando Martha abrió la puerta de su habitación.
—¡Oh! ¿Son para mí? Muchas gracias.
La profesora se apartó de la puerta para dejarle pasar mientras aspiraba el aroma de las flores. A Ludwig le pareció que con ese gesto trataba de interponer el ramo entre sus rostros, pero apartó el pensamiento.
—Estoy en un momento, siéntate si quieres —dijo Martha mientras pasaba a su lado, camino del baño. Justo antes de entrar, como si hasta ese momento no se hubiese dado cuenta, envió por el aire un beso a Ludwig, que se sentó en un costado del sofá de la salita, tratando de que no se descubriera su perturbación. Las cosas no iban como había pensado.
—Ya estoy preparada, ¿nos vamos? —preguntó Martha al cabo de cinco minutos.
—Estás muy guapa. No te había visto con falda larga. Me gusta, y más lo que se esconde debajo.
Ludwig aprovechó que ella pasaba por delante de él para cogerla por la cintura y tratar de sentarla encima de sus rodillas. Martha soltó una pequeña carcajada pero, como un gato, se revolvió y no tardó en soltarse, ante la sorpresa de Ludwig.
—Veo que te has puesto el chaleco que te dio tu amigo.
—Sí, pero tú no.
—Queda mal con esta ropa —contestó con despreocupación Martha.
—¿Te pasa algo? —preguntó Ludwig, extrañado por el comportamiento distante de la profesora.
—No. No es nada. Venga, vámonos. Tengo que pasar un momento por recepción a preguntar si ha llegado una carta que estoy esperando.
Dolido, Ludwig salió de la habitación seguido por Martha, que aún cogió una pequeña mochila de lona y un libro fotocopiado y anillado, y se encaminaron al fondo del pasillo para llamar al ascensor. Ludwig evitaba mirarla y guardaba un hosco silencio.
—No te lo tomes a mal —dijo Martha sin mirarlo—. Es mi forma de ser, estoy avergonzada y me resulta difícil tratarte como si no hubiese ocurrido nada. Ya se me pasará.
—¿Te sientes avergonzada y la única forma que tienes de pedir disculpas es tratarme así? —preguntó con acidez Ludwig mientras pulsaba el botón correspondiente al garaje.
—Ya se me pasará, venga, déjalo —contestó la profesora sin mirarlo, mientras se subía, aún más, la cremallera de la cazadora verde acolchada, a juego con la falda.
En silencio llegaron hasta la planta baja y salieron del ascensor. Nada más abandonarlo Martha hizo un gesto de fastidio y, con un rápido beso en la mejilla, le dijo a Ludwig:
—Tengo que volver a subir, se me ha olvidado coger el móvil. Pregúntale por favor al recepcionista si ha llegado algo para mí. Nos vemos enseguida en el coche. Toma, lleva esto, por favor —añadió a la vez que le metía el libro fotocopiado entre la camisa y la cazadora.
Ludwig, sin saber cómo actuar, vio cerrarse las puertas del ascensor y se dirigió hacia el mostrador, sin molestarse en sacarse el libro que llevaba contra el pecho.
El recepcionista que lo atendió aseguraba no tener nada para la señorita Mazowiecki y Ludwig volvió a tomar el ascensor hasta la planta inferior.
El médico no se encontraba tan sólo como creía en el garaje, prácticamente vacío de coches. Entre las sombras que dejaban las lámparas fluorescentes, una figura vestida de negro se desplazaba silenciosa de columna en columna.
Etzel, con una Walther calibre veintidós, provista de silenciador y puntero láser, se acercaba hasta su presa con un pasamontañas negro y unas gafas de sol. Cuando Ludwig apretó el mando a distancia y el BMW 320D alquilado emitió un alegre beep-beep y encendió por dos veces las luces de emergencia, Etzel se interpuso entre los dos y dirigió el arma hacia un aterrorizado Ludwig, que, blanco del espanto, no acertaba a reaccionar.
—¿Qué quiere?
Fue lo único que le dio tiempo a decir antes de que su atacante, sin haber articulado palabra, dibujara en su pecho un punto rojo de láser, borrado milésimas de segundo después por dos orificios, uno tras otro, en la prenda.
Etzel contempló cómo el cuerpo del médico se proyectaba hacia atrás, haciendo más ruido al caer en el suelo que las dos balas al abandonar el arma.
En cuanto su atacante se hubo alejado, Ludwig abrió los ojos, boqueando. Debería estar muerto, pero la suerte había querido que los disparos impactaran justo donde tenía guardado el libro fotocopiado que le había metido Martha en la cazadora. El libro había amortiguado el letal impacto de los proyectiles y el chaleco había hecho el resto. Claro que eso su atacante no lo podía sospechar. Pero el intenso dolor que sentía en el pecho hizo temer al médico que se hubiera roto alguna costilla.
Con un inmenso esfuerzo logró ponerse en pie, mientras su acelerada mente trataba de asimilar lo que acababa de ocurrir. ¿Quién había tratado de matarlo? No se había llevado nada, ni el coche ni la cartera. Tampoco le había pedido nada. Sólo cabía una intención: acabar con su vida. Tenía que estar relacionado con el tema de los violines y con el atentado sufrido por el viejo rabino. Habiendo acabado con el anciano, ahora habían ido a por él y…
¡No! No podía ser. ¡Ahora irían tras Martha, a la que imaginarían en su habitación!
Apretándose el pecho con una mano llamó al ascensor y se arrojó dentro en cuanto se abrieron las puertas. Al instante golpeó histérico el pulsador para que comenzara a ascender.
—¡Socorro! —fue lo primero que oyó cuando se abrieron las puertas.
El grito venía de la escalera auxiliar, hacia la que corrió. En el rellano de la escalera observó una figura encogida en posición fetal, que se tapaba los oídos con manos temblorosas.
—Martha, no te asustes. Soy yo, Ludwig —dijo jadeando.
—Ha venido un hombre con una pistola y me quería matar —farfulló Martha con la cara llena de lágrimas y sorbiendo por la nariz—. Tenía una pistola… Lo he visto y me he escapado por la escalera. Ha venido corriendo, pero me he apoyado contra la puerta para no dejarlo pasar… Gritaba y decía que la abriera, que me iba a matar. Yo también gritaba, pero no ha venido nadie para ayudarme. De pronto ha dejado de golpear la puerta.
—Vale, vale —dijo Ludwig agachado y abrazado a ella, tratando de consolarla—. Ya ha pasado todo, no te preocupes.
—Pero ¿quién era ese hombre? ¿Por qué quería matarme? —sollozó Martha.
La profesora no pudo continuar, ahogándose en su propio llanto. Ludwig se sentó a su lado y colocó la cabeza de ella en su hombro. Le acarició el pelo a la vez que le hablaba suavemente para que se tranquilizara. Mientras, tratando de olvidar el intenso dolor que sentía en el pecho, su cerebro trabajaba a toda velocidad.
Aquel hijo de puta lo había dado por muerto y su intención de asesinar a su amante se había frustrado. Quizá algún ruido, como el del ascensor al abrir sus puertas, lo había asustado y había escapado… o igual no.
Quizá la interrupción le había supuesto un pequeño contratiempo y de un momento a otro regresaría para acabar su trabajo.
—Vamos, Martha —dijo Ludwig, tirando de un brazo de la profesora y conteniendo un grito de dolor—. Tenemos que entrar en tu habitación y llamar a la policía. Aquí no estamos seguros.