La fórmula Stradivarius
Simon (He sido oída)
La música es la armonía del cielo y la tierra.
Yuel-Ji, siglo II a. C.
MADRID. NOVIEMBRE DE 2003
-¿ C ree que el pobre hombre se mantuvo consciente? —preguntó Herrero inclinándose sobre la mesa para examinar unas marcas en la ingle del cadáver.
Pululando alrededor, miembros de la policía científica vestidos con buzos blancos, guantes de látex y chalecos reflectantes, armados con pinzas, linternas y lámparas ultravioleta, recogían cuidadosamente en bolsitas de plástico todo tipo de briznas y restos.
—No me cabe la menor duda —contestó Dos Anjos—. Creo que su asesino tuvo la serenidad suficiente como para esperar a que recuperara la conciencia antes de seguir con su trabajo.
—¿Cuánto calcula usted que duró esta carnicería? —preguntó el subinspector Ponte.
—Hombre, es difícil precisarlo pero, dando por supuesto que la enfermera muriera sobre las diez de la noche del jueves y estimando que éste de aquí lo hiciera hacia las seis de la mañana del viernes, me atrevería a apuntar todo ese intervalo.
—Parece que el asesino o asesinos conocían su trabajo. Pese a las heridas que presenta la víctima, no ha perdido mucha sangre. Se han cuidado mucho de que no se les fuese de las manos, ¿no le parece?
—Eso mismo hemos pensado —contestó Dos Anjos—. Quienquiera que haya hecho esto tenía interés en que la víctima llegase en el mejor estado posible al término de la sesión. Para evitar que se desangrara han cauterizado las heridas con un hierro al rojo —dijo Dos Anjos señalando la chimenea, de la que todavía se elevaba alguna voluta de humo. Un atizador requemado estaba entre los rescoldos.
—Se diría que hay ciertos síntomas que apuntan a un perturbado mental.
El inspector jefe Herrero se quedó mirando al de la policía científica para conocer su respuesta. En realidad estaba convencido de que el asesino, casi seguro uno solo, no era un loco de atar sino un profesional sin escrúpulos.
—Eso parecen apuntar los hechos —contestó dubitativo Dos Anjos sin ser consciente de estar siendo sometido a prueba—. Sin embargo creo que es una forma un tanto pobre de desviar nuestra atención. Si damos por sentado que el asesino trabajaba solo, algo que por las trazas parece lo más probable, nos encontramos con que ha asesinado a dos personas. A una de ellas, la mujer, se ha limitado a matarla de una manera rápida y eficaz, dejándola tendida en el mismo sitio que la había sorprendido. La otra víctima es un anciano, con el que se ensaña. Los perfiles más habituales de los maníacos no coinciden con esto. De ser un psicópata, lo más lógico es que hubiese matado sin demorarse al viejo, un hombre y además a las puertas de la muerte, y se hubiese cebado en la enfermera. La mayoría de las veces los desequilibrados prefieren mujeres y víctimas más jóvenes. No, creo que si se hubiese tratado de un desequilibrado hubiera optado por la enfermera. La elección del viejo no me parece casual ni propia de un enajenado.
—Además, el tipo que entró aquí tenía que conocer las rutinas de la casa. Las alarmas están desconectadas. Puertas y ventanas no parecen haber sido forzadas. No hay nada revuelto. Hace falta una buena planificación para eso. Yo también creo que no ha sido obra de un loco —añadió el subinspector Ponte.
—Eso pienso yo —aprobó Herrero, asintiendo con la cabeza—. También me parece que el asesino no se ha tomado un especial interés en llevarnos por esa línea de trabajo, como si se sintiera lo suficientemente seguro. ¿Han comprobado si en la casa falta algo?
—Hemos revisado en compañía de los sirvientes toda la mansión de arriba abajo y no parece faltar nada —contestó el agente Cuéllar—. Los cuadros expuestos por toda la casa son de gran valor y habrá que llamar a un perito para certificar que son auténticos, por si se diera el caso de una suplantación en alguna de las obras de arte. También se han comprobado las cuentas del muerto. Las que son de fácil seguimiento no han experimentado cambios importantes en las últimas cuarenta y ocho horas. Claro que este tipo tendría cuentas en paraísos fiscales. Éstas llevarán algo más de tiempo y puede que alguna incluso se nos escape.
—Parece que el móvil del robo no tiene una buena base —dijo Ponte.
—¿Qué me dicen de una venganza personal? ¿Un competidor, algún empleado enfadado, amantes?
Estas preguntas estaban totalmente fuera de lugar y Herrero lo sabía. Para contestarlas harían falta semanas de largas y aburridas investigaciones, entrevistas, interrogatorios, comprobaciones… pero quería conocer la opinión de sus ayudantes y del inspector de la científica.
—Hemos hablado con el pasante y el servicio —contestó Cuéllar—. El viejo era un misántropo. Nada de amantes femeninos ni masculinos.
—Este hombre sin duda tendría una larga lista de enemigos —opinó Ponte—. Rivales envidiosos, empleados maltratados… nos llevará tiempo comprobarlos todos.
—Estoy de acuerdo —dijo Dos Anjos—. Para llegar donde llegó debió de dejar una larga estela de enemigos. No los envidio, me parece que les espera un largo trabajo.
—Si no le importa, me gustaría conocer su opinión personal —repuso amablemente el inspector jefe a la vez que se rascaba el mentón sin afeitar.
—En ese caso —contestó Dos Anjos sin prestar atención a las pocas educadas maneras de Herrero. Para él era inconcebible no ir perfectamente afeitado. Lo hacía dos veces al día. Una por la mañana y la otra tras la siesta. Su cerrada y oscura barba así lo requería—. Me atrevería a decir que por la servidumbre de poco vamos a enterarnos. Si aceptamos que el asesino es un profesional, quedan descartados los empleados, la mayoría de ellos de avanzada edad. Tampoco podrían éstos costear los servicios de un experto asesino. Esto nos dejaría como único sospechoso al pasante, el señor Aldrich. Goza de una muy buena posición económica. Le falta poco para jubilarse y según he podido saber ha sufrido ya dos infartos. No le debe de quedar demasiado. De haber estafado a su jefe, ahora carecería de importancia el ser descubierto, y la avaricia no pudo ser el móvil. Quizá un trato déspota pudiera explicarlo, pero en cuanto hable usted con él se dará cuenta de que es un individuo incapaz de matar una mosca.
—Vaya, me está dejando usted sin sospechosos —comentó divertido el inspector jefe Herrero, que estudiaba atentamente los cuadros de la sala, mientras sus hombres, Ponte y Cuéllar, examinaban la estancia.
—Ya ve —repuso Dos Anjos encogiéndose de hombros—. No descartaría que la venganza, como usted apunta, fuera el móvil en este caso, pero sería externa. Tsaldharis fue un armador de buques. Además de un entusiasta coleccionista de arte, como es evidente. Se trataba por lo que parece de un hombre sin escrúpulos que amasó una auténtica fortuna, no dudando en vender a su madre cuando le fue necesario. Sin duda sus enemigos se tienen que contar por cientos y muchos de ellos tienen el dinero, las ganas y los medios suficientes para encargar su muerte.
—Pero usted no cree que ése sea el caso —dijo Herrero observando atentamente una figura tallada en mármol que parecía representar algún dios desconocido.
Herrero era un negado en cuanto a pintura se refería, pero siempre se había sentido fascinado por la escultura, de la que creía entender un poco. Si no se equivocaba, aquella figura de ojos grandes, mirada fija con una expresión sin rasgos, era propia del arte sumerio. De ser auténtica, y no había motivos para pensar que no lo fuese, su valor era incalculable y el lugar que debería ocupar era un museo, no la vitrina de un anciano decrépito que había hecho su fortuna sobre el sudor ajeno.
—No sé lo que pensará usted… —tanteó Dos Anjos.
Conocía el procedimiento y sabía que las conjeturas debían basarse en hechos. Aventurar sin conocimiento de causa cualquier hipótesis o descartar de antemano una vía de investigación, terminaba por viciar el trabajo. Pero Miguel sentía un vivo respeto por aquel regordete inspector que siempre iba vestido con el mismo abrigo, la misma chaqueta, unos pantalones que habían ido cediendo según aumentaba de talla su portador, los zapatones ajados y el frondoso bigote, que le ocultaba el labio superior, bien recortado a la altura de éste. Dos Anjos sabía que uno no podía fiarse de aquellos ojillos ocultos bajo enormes bolsas con aspecto de un triste perro San Bernardo.
—Adelante. Hable sin problemas —animó Herrero—. Le prometo que nada de lo que diga será utilizado en su contra. Es más, pienso apropiarme de cualquier deducción magistral que haga por su cuenta como si fuese mía.
—Bien —dijo Dos Anjos más tranquilo por la confianza que ofrecía Herrero—. Yo diría que es un poco tarde para una venganza personal. El que alguien deseara cargárselo está fuera de toda duda, pero ¿para qué esperar tanto tiempo? Eso de que la venganza es un plato que se sirve frío me parece una gilipollez. Si yo hubiese querido cargarme a este tipo, lo habría hecho hace años, no cuando ya tiene un pie en el otro barrio.
—Así pues, no parece que nos quede demasiado que ofrecer al comisario cuando lo llame esta noche, ¿no es así?
—No le envidio, señor. ¿Tiene mucho interés el comisario en este caso?
—De la máxima importancia —dijo Herrero fingiendo extrema seriedad.
Los dos policías aguantaron la risa por respeto al mutilado cuerpo sin vida que, desde la mesa, escudriñaba el techo del salón con ojos sin párpados.
—Disculpe, inspector —dijo un agente uniformado entrando en la sala—. Ha llegado la señora jueza.
—Estupendo. Cuéllar, hágala pasar de inmediato —contestó Herrero—. ¿La acompaña el forense? Bien, así terminaremos antes. ¿Miguel, a usted le falta mucho?
No, inspector. Una última serie de fotos, cuando el forense haya acabado, y estaremos preparados para levantar el cadáver.
—Estupendo —volvió a repetir Herrero. Era un término que utilizaba a menudo —. Cuando he llegado me ha parecido ver fuera a los de la funeraria, esperando. Con un poco de suerte dentro de una hora todos en casa y este pobre hombre al fresco.
—Buenas tardes, inspector jefe Herrero.
—Buenas tardes, señoría.
El policía estrechó la mano que le tendía la jueza, una mujer delgada, con el pelo largo y rubio, que ni de lejos aparentaba la edad que tenía. Herrero mantenía un trato muy cordial con ella. Se conocían de otros casos y los dos habían aprendido a respetarse mutuamente en sus respectivos campos. Cuando en alguna ocasión el policía había necesitado una orden de registro o pinchar algún aparato telefónico, la jueza no había dudado en expedir la orden.
La acompañaban un hombre gordo y calvo, de ademanes afeminados, y una chica desgarbada con una gran carpeta que no se separaba un centímetro de la jueza.
—¿Qué me puede decir, inspector? —preguntó la jueza.
—No mucho, señoría. Hemos encontrado dos cuerpos sin vida. Este que ve aquí pertenecía al dueño de la casa, un tal Nikolaos Tsaldharis, antiguo armador de barcos, en la actualidad retirado, de setenta y tres años de edad, soltero sin hijos. Es de origen griego, aunque tiene la nacionalidad española desde que se instaló aquí, hace veinte años. Con permiso de don Luis, pensamos que fue asesinado después que la otra víctima y tras horas de tortura. Sobre la causa de la muerte es de imaginar que habremos de esperar a la autopsia, pues a simple vista no encontramos una causa única.
Luis Sotelo, forense de profesión, asintió con la cabeza sin acercarse demasiado. Ya tendría tiempo para hacerlo después, con toda la calma del mundo, en el depósito municipal.
—¿Y la otra víctima? —preguntó la magistrada mientras su secretaria tomaba notas como una posesa.
—Es una mujer y está en la cocina. Por favor, si tienen la bondad de seguirme.
Herrero los guió por un pasillo, hasta la cocina. Sobre el mármol del suelo yacía una mujer en una postura grotesca. Tenía los ojos abiertos y desorbitados como si no pudiera entender qué le ocurría. Por debajo del mentón lucía una sonrisa sangrienta desde una oreja hasta la otra.
—Susana Escobar —dijo Herrero echando un vistazo a la tablilla con apuntes que le alcanzaba Cuéllar—. Cuarenta y siete años. Empleada por la otra víctima como enfermera particular. Casada, con un hijo. En su casa no la habrán echado a faltar pues su turno no terminaba hasta la ocho de esta tarde. Ya hemos contactado con el marido. A simple vista parece clara la causa de la muerte que apuntamos en torno a las diez de la noche de ayer.
—¿Han encontrado alguna pista, un móvil, algún sospechoso? —inquirió la jueza.
—Por ahora nada. Los dos finados estaban solos en la mansión cuando fueron atacados. El o los que lo hicieron parecen profesionales. Ha sido un trabajo muy limpio, no hay señales de lucha.
—¿Cuando han sido descubiertos los cadáveres? —preguntó la magistrada.
—Bueno, eso es lo más curioso —contestó Herrero rascándose el cogote—. Da la impresión de que las dos víctimas estaban muertas para las seis y media, hora en la que hace entrada el servicio doméstico. Sin embargo un cúmulo de casualidades se ha conjurado para que hoy nadie apareciera hasta las once de la mañana, cuando la cocinera ha venido a preparar la comida. Parece ser que la cocinera habitual lleva unos días indispuesta y han mandado a una sustituta que llega a esa hora. La mujer no tiene llaves y se ha vuelto loca tocando el timbre, sin que nadie la abriese. Al carecer de móvil ni haber una cabina cerca, cuando se ha aburrido de llamar se ha vuelto a su casa, desde donde ha llamado a la agencia en la que está empleada. Desde allí han llamado por teléfono a la mansión, al móvil de la enfermera y al final al pasante, para informarle de lo que sucedía. Éste, según dice sobre las cuatro, se ha acercado para ver si todo estaba bien y es cuando se ha encontrado este cuadro.
Tres cuartos de hora más tarde, el forense había terminado el examen previo al traslado y la jueza dio por finalizada su inspección ocular, ordenando el levantamiento del cadáver. Los técnicos de la policía científica terminaban de preparar el cuerpo para que fuese introducido por los de la funeraria en una bolsa térmica especial, en la que se le trasladaría hasta el depósito de cadáveres, donde se llevaría a cabo la autopsia.
Con bolsas de plástico envolvieron las manos del difunto por si debajo de las uñas había restos de piel con el ADN de su agresor arrancados en una hipotética lucha por defenderse. Con cuidado levantaron el cuerpo y colocaron debajo la funda mortuoria. Una vez cerrada ésta, se colocó encima de una camilla y lo aseguraron con cinchas para que no se cayera durante el que iba a ser el penúltimo viaje para el anciano griego. Toda la procesión fue abandonando la mansión, dejando atrás a los técnicos, que seguían con el proceso de recopilación de indicios, y a los agentes, a los que esperaba una aburrida guardia en la finca hasta que llegara el relevo.
GINEBRA. NOVIEMBRE DE 2003
—Disculpe, ¿es usted el doctor Dreifuss? Soy el teniente Marcus Klee.
Ludwig dejó sobre la cama el cajón vacío que sostenía y se giró para mirar al que hablaba. Era un tipo de mediana estatura, vestido con un traje de confección que sujetaba en su mano una carpeta negra en la que estaba tomando notas.
Antes de responder, Ludwig echó otro vistazo a su habitación. Parecía que hubiese pasado un ciclón. Armarios, cómodas, cajones, incluso la ropa de cama estaba toda tirada y revuelta. El somier, puesto en pie, se encontraba apoyado en la pared y el colchón de látex, especialmente fabricado para él, tenía la funda rajada y estaba retorcido sobre el galán de noche que su exmujer le regaló las últimas navidades que compartieron.
Lo mismo sucedía con el resto de la casa. En el salón los libros alfombraban el suelo y la biblioteca arrancada de la pared colgaba peligrosamente de un último tirafondo. El costoso televisor de plasma tenía la pantalla más plana que nunca.
La cocina, las habitaciones, los baños, el despacho, nada se había librado de la incursión. Cuadros arrancados, la caja fuerte, que su mujer se empeñó en colocar, pero que después nunca utilizó, había sido forzada, los armarios estaban sin puertas. Así había encontrado su domicilio cuando llegó con su conquista sobre las cuatro de la madrugada, prometiéndoselas muy felices.
La chica había resultado ser lo que él esperaba: una joven con un físico impresionante dispuesta a ganarse el favor de un médico influyente como él. Si se había sentido molesta por la impuntualidad, no había comentado nada.
Mientras tomaban algo, Ludwig había llevado la conversación sutilmente al terreno personal. No es que le importara lo más mínimo el estilo de vida que llevaba la muchacha, pero quería asegurarse de que no hubiese un marido o novio celoso, unas ideas peregrinas sobre una posible relación más allá de dos horas en una cama, o cosas similares.
Pero ella parecía tener las ideas claras. No tenía un bruto detrás, no pretendía más que ganarse la gratitud de Ludwig para hacer carrera en el hospital y para ello estaba dispuesta a entregar su fabuloso cuerpo.
Tras largas horas de tonteo salieron del pub y se encaminaron directamente hacia el Porsche de Ludwig. Éste arrancó el potente motor y emprendió el camino a su casa. Durante el trayecto la enfermera, que no se correspondía con la imagen recatada que ofrecía a primera vista, no tuvo inconveniente en sondear dentro del pantalón de Ludwig sin que a éste le hiciese falta sugerirlo. El viaje de camino al apartamento a bordo del deportivo había sido un sueño. La chica rápidamente había encontrado lo que buscaba y le prestaba toda su atención con la cabeza entre las piernas del doctor.
Un otorrinolaringólogo como él se podía hacer una composición de lugar bastante precisa sobre hasta dónde estaba entrando la punta de su pene, para que los labios de la muchacha llegaran a besarle el escroto.
Las escenas que se sucedieron en el ascensor entre la planta baja y el ático, no eran precisamente las que se pudieran esperar en tan inocente lugar. Poco le faltó al exaltado médico para pulsar el botón de emergencia y cumplir con lo que se le exigía.
La lujuria desapareció instantáneamente en el momento en que las puertas del ascensor se abrieron y vio la del apartamento entreabierta. Apartando de un empujón a la enfermera, accedió al interior.
Más que miedo sentía ira, pues estaba convencido de que aquello había sido un imperdonable fallo de la señora de la limpieza, que, por supuesto, pagaría muy caro su olvido.
Un simple vistazo al vestíbulo le bastó para comprender que la pobre mujer no había sido la culpable del desaguisado: en primer lugar porque nadie en su sano juicio hubiese sido capaz de asolar un apartamento de aquella manera y, en segundo, porque la parte superior del tronco de la interina, junto a su correspondiente cabeza y extremidades, asomaban por la puerta de la cocina. Tenía la mujer además los ojos fijos en el entarimado de roble por el que se extendía un reguero de sangre que procedía, probablemente, de un corte que le seccionaba la garganta.
Los gritos histéricos que empezó a proferir la enfermera descartaron la posibilidad de una ilusión óptica. Ludwig tuvo que prescribir y administrar un calmante a la joven para que se le pasara el ataque de nervios. Cuando la complaciente chica se recuperó de los dos sonoros bofetones que Ludwig le aplicó sin emoción alguna, optó por salir corriendo, dejando a un iracundo doctor calibrando la situación.
Quince minutos después llegaba la primera patrulla de la policía. Los dos agentes se atrevieron a ponerle la mano encima cuando se negó a abandonar la escena del crimen, y hasta osaron amenazarlo con detenerlo por no colaborar y resistirse a la autoridad. Instantes después y mientras trataba inútilmente de razonar con aquellos descerebrados, llegaron más de su prole y entre todos le hicieron pasar un mal rato, que terminó en el momento en que admitió su derrota y dejó la venganza para más adelante.
Furioso con aquellos muertos de hambre por tratarlo de esa manera, se encargó de recordarles que él ganaba más en una semana que ellos en todo un año. Ni que decir tiene que aquello no le sirvió para ganarse la simpatía de los agentes.
También estaba furioso con la mujer de la limpieza, que con su sangre, ya reseca, había arruinado la tarima, con aquellos que se habían atrevido a allanar su santuario, con su mujer, por no ocupar su lugar en la perfectamente planificada vida del doctor, con la enfermera histérica y en general con toda la raza humana.
Ahora aquel mequetrefe le preguntaba si era la persona que había llamado a la policía. ¡Pues claro que había llamado él! ¿Quién, si no, lo iba a hacer?
—Dice usted que llegó a su casa sobre las cuatro de esta madrugada y que se ha encontrado todo tal y como está, ¿verdad? —preguntó el teniente consultando su carpeta, de la que levantaba unas hojas.
—Ya lo he explicado diez veces al menos —contestó irritado Ludwig.
—¿Le importaría volver a explicármelo a mí? —repuso sin inmutarse el policía.
Y Ludwig volvió a contar cómo había llegado a su casa y se había encontrado con todo aquel espectáculo. Omitió mencionar que no estaba solo. No tenía sentido mezclar a su ligue. También obvió mentar el desagradable incidente con los agentes que habían acudido a su llamada. Ya habría tiempo más adelante para tratar el abuso de autoridad sufrido.
—¿Llegó usted solo? —preguntó el teniente Klee.
—Ya les he dicho que sí.
—Sin embargo —repuso impertérrito el teniente, volviendo a echar un vistazo a su carpeta—, un vecino afirma que sobre esa hora oyó los gritos de una mujer y, alarmado, se asomó al descansillo, donde vio que una joven bajaba las escaleras corriendo. Según sus declaraciones, la joven parecía estar llorando y muy alterada.
¡Malditos vecinos! ¡No podían meterse en sus propios asuntos! Ludwig miró al policía, que le devolvía la mirada, impasible. Aquel tipo parecía conocer las respuestas a sus preguntas, entonces ¿por qué cojones no lo dejaba en paz?
—Es cierto que llegué acompañado —dijo Ludwig conteniendo a duras penas la rabia—. No lo he comentado antes para no poner en un aprieto a una dama. Ella no vio nada que no les haya contado yo. ¿Para qué implicarla en este asunto? No hace falta ser un lince para ver que esa mujer lleva muerta bastante tiempo y a esa señorita la he conocido prácticamente esta noche, así que me serviría como coartada y es evidente que no puede tener relación con el crimen. ¿Por qué no dejarla al margen?
—Doctor Dreifuss —contestó el policía—, creo que entenderá que lo que me pide es imposible. Debemos hablar con ella. ¿Podría usted facilitarme su nombre y dirección, por favor?
De mala gana Ludwig le dio el nombre y el número del móvil de la chica, que eran los únicos datos de que disponía. Si al teniente le pareció una actitud un tanto frívola, no hizo ningún comentario.
—Dígame, ¿echa en falta algo? —preguntó el teniente sin levantar la vista de la carpeta, donde escribía con un lapicero con letra pequeña y pulcra—. Joyas, dinero, objetos de valor…
—No, no guardo nada en casa. Cuando mi exmujer vivía conmigo, sí tenía aquí sus joyas pero se las llevó todas.
—¿Tiene motivos para sospechar de alguien en particular? Alguien con el que haya discutido, alguna deuda…
—No. No tengo deudas ni enemigos. Creo que se trata de vulgares rateros, ¿no le parece?
El teniente se rascó con el lápiz el nacimiento del pelo en un gesto que daba a entender sus dudas sobre lo que decía el médico.
—Verá, doctor Dreifuss. No sería capaz de asegurar que está usted equivocado, pero no creo probable su teoría. En primer lugar los vulgares rateros como usted los llama, no tienen por costumbre atacar a las personas que se encuentran en un domicilio. Es más, por lo general evitan este contratiempo y huyen en cuanto se tropiezan con cualquier imprevisto. La persona que ha asesinado a la víctima no es la primera vez que mata. Usted es médico. Fíjese en la precisión del corte. No hay más marcas. No hay síntomas de lucha. Ha sido una ejecución limpia. En segundo lugar, un ratero no permanece mucho tiempo en el lugar; revuelve, coge lo que puede y se marcha. La persona o personas que han hecho esto han registrado todo minuciosamente. Este revuelo parece más un burdo intento de engañarnos. Un ladrón que se toma tanto tiempo en registrar con este detenimiento y mata con semejante frialdad no se olvida de cerrar la puerta cuando se marcha.
»Fíjese en la puerta de entrada. La han forzado. Los asaltantes han taladrado los tornillos que sujetan la corona que blinda el bombillo. Para eso deben conocer con exactitud dónde se encuentran éstos, ya que desde fuera no hay nada que lo indique y cada fabricante los coloca de diferente manera. Después quitan la corona y con una llave de fontanero rompen el bombillo. No queda más que meter un destornillador con la cabeza plana del tamaño necesario para hacer girar el cuadradillo y abrir la puerta.
—¿Y eso no sería capaz de hacerlo un simple ratero?
—Por supuesto que sí. Un buen profesional tardaría menos de dos minutos en abrir esta puerta. Pero no olvide que la empleada del hogar estaba en la casa. Es muy difícil que no se percatara de que alguien estaba manipulando la puerta. Aunque el ruido fuese mínimo, se hubiera dado cuenta. A no ser que tuviera mal oído. ¿Era así?
—No que yo sepa. Y créame, se hubiese dado cuenta. Pero dadas las horas estaría durmiendo. Tiene su habitación al final de aquel pasillo. Con su puerta cerrada no creo que hubiese oído nada. ¿No le parece?
—Tiene razón —admitió el inspector—. Lo habíamos pensado, pero no nos convencía, así que hemos pasado un paño especial por el suelo justo donde termina de abrirse la puerta. Es un paño cargado eléctricamente que atrae las partículas. Se ha llevado a analizar, pero a simple vista hemos encontrado un polvillo metálico cuya composición es casi con seguridad la misma que la de la corona perforada de la puerta. Por si acaso se ha pasado otro paño igual por el suelo bajo el dintel de la entrada y no aparecen restos significativos.
—¿Así que piensan que los asaltantes han forzado la puerta una vez que ya habían entrado en mi domicilio? ¿Y cómo entraron en realidad?
—¿Diría usted que su empleada era de plena confianza?
—Llevaba mucho tiempo trabajando en la casa. La contrató mi exmujer. A pesar de ello me inclino a pensar que sí, que era de confianza.
—¿Sabe usted si cerraba la puerta con llave cuando estaba dentro?
Ludwig forzó el ceño tratando de recordarlo.
—Creo que alguna vez he entrado en casa estando ella y no tenía la llave echada.
—En ese caso, para los que entraron sería muy sencillo. Quizá vinieron preparados para forzar la cerradura, probaron primero por si la llave no estaba echada y pasaron por la jamba una tarjeta de plástico haciendo saltar el resbalón —dijo el teniente—. Todo esto son meras conjeturas, pero es interesante. Yo diría que quien haya estado aquí venía en busca de algo concreto. La empleada oiría algo cuando ya estaban dentro, se levantó y se encontró con el o los asaltantes que la asesinaron en el mismo sitio donde cayó. Después, tranquilamente, buscarían aquello que esperaban encontrar. Luego forzaron la puerta en un intento de confundirnos. El asunto es, ¿encontraron lo que buscaban? Por eso le vuelvo a preguntar: ¿echa algo en falta? ¿Guarda algo de valor que justifique el asalto de su casa?
Ludwig permaneció callado. Su opinión sobre la policía en general y sobre aquel teniente en particular no podía ser más pobre. Para él los agentes estaban al mismo nivel que los retrasados mentales que hacían collares de cuentas. Los mandos del cuerpo de policía apenas se hallaban un pequeño escalón por encima. Ahora no es que su opinión se hubiese transformado milagrosamente, pero miraba con algo más parecido al respeto a su interlocutor.
—¿Ha dicho que se llama Marcus Kleen, teniente? —preguntó inseguro.
—Klee. Marcus Klee —repuso impasible el policía—. Como el pintor.
—Sí, claro, por supuesto. Disculpe —contestó Ludwig, al que la expresión hierática del teniente lo desconcertaba. Estaba acostumbrado a tratar con personas a las que dominar, a las que, en caso de desearlo, podía humillar y ofender. Pero aquel policía no se comportaba como era de esperar. Sabía cuál era su sitio. No envidiaba su posición social, ni se dejaba intimidar por su título ni por sus influencias—. Bien, como le he dicho al principio, no he tenido tiempo de hacer un examen a fondo por si se han llevado algo. Pero créame cuando le aseguro que aquí no hay nada que pueda justificar lo que ha pasado, como usted dice. El mobiliario es funcional, no poseo arte, dinero, joyas, ni antigüedades. Yo diría que lo más valioso que hay aquí es el televisor de plasma que hay en el salón, y ya ve en qué estado se encuentra.
—Bien —dijo el policía—. Por ahora creo que eso es todo. Hablaré con la señorita… Madeleine, ¿verdad? Usted tendrá que pasar por comisaría para prestar declaración. Siento decirle que en los próximos tres o cuatro días su apartamento permanecerá precintado. Si desea coger algo, ropa, efectos personales o cosas así, los agentes harán un inventario y después deberá abandonar su residencia. A la policía científica le espera un largo trabajo —remató, señalando a unos agentes de paisano, con unos chalecos llenos de bolsillos y cruzados por unas bandas plateadas reflectantes que sacaban fotos y examinaban la alfombra armados de guantes y unas bolsitas de plástico, mientras otros compañeros con buzo blanco ensuciaban las paredes con polvos iluminados por luces azules.
—¿Tres o cuatro días, dice? —preguntó, incrédulo—. Sin duda está bromeando.
—No, no lo crea —contestó sin inmutarse el policía—. Lo siento, doctor Dreifuss, trataremos de darnos prisa, pero estas cosas llevan su tiempo. No dudo que lo entenderá. No olvide mostrar las pertenencias que retire a los agentes.
Ludwig, con la cara roja por la humillación y la ira, llenó una bolsa de viaje con ropa y recogió un par de costosos trajes del armario metidos en sus fundas bajo la atenta mirada de una agente de color que anotaba cuidadosamente todo lo que se llevaba. Después bajó al garaje, metió la bolsa en el Porsche y chirriando las ruedas salió del garaje en busca de un hotel donde pasar el resto de la noche.
Asombrado, descubrió que ya amanecía. Con todo lo sucedido había perdido la noción del tiempo. Se acercaba la hora en la que tenía por costumbre levantarse. Por un momento pensó en avisar a Madeleine de que la policía iría a visitarla, pero se lo pensó mejor y retiró el dedo del manos libres instalado en el volante de su coche. «¡Al diablo! —pensó—. Una buena ducha es lo que necesito».
BAYT SAHUR, ISRAEL. NOVIEMBRE DE 2003
Sentado en el sillón, con el abrigo puesto y la estufa de butano peligrosamente encendida ante él, Menasés rememoraba viejos tiempos como le sucedía siempre que, afortunadamente con los años cada vez menos, le llegaba un anónimo amenazando su vida. Al principio, cuando era joven, aquellos toscos escritos lo enfurecían, consiguiendo únicamente aumentar su férrea voluntad de continuar con su trabajo. Según fue haciéndose mayor, el enfado dio paso a la aceptación del dicho Homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre; años de guerra y enajenación, con crímenes brutales de una violencia sin precedentes en la historia de la Humanidad, no habían servido para aprender la lección. Más adelante miraba los anónimos con indiferencia y, de un tiempo a esa parte, sólo le causaba asombro el que aún existiesen personas que pudieran perder el tiempo amenazando a un viejo como él.
Con la cabeza echada para atrás y algún ocasional ronquido, la mente de Menasés volaba por la ciudad de Varsovia, donde había pasado su juventud. Guardaba pocos recuerdos anteriores al año 1939, cuando él tenía catorce años y los nazis invadieron Polonia. Sus dos hermanos mayores, que participaron en la pequeña respuesta civil contra los invasores, fueron acribillados a balazos sin compasión. Menasés y sus padres fueron conducidos desde Rzeszów, su ciudad natal, situada al sureste de Polonia, al gueto de Varsovia. A los dos meses de confinamiento, un soldado alemán trató de abusar de Anna, la madre de Menasés. Frank, su padre, se lanzó sin miramientos sobre el soldado. No tardaron en acudir a la pelea otros militares, pues el asustado soldado no lograba quitarse de encima al enfurecido judío.
Ante los horrorizados ojos de Menasés, escondido en una esquina, tras un puesto de verdura, los alemanes mataron a golpes de culata de sus fusiles a su padre, dejándole el rostro convertido en una masa informe. El soldado que había tratado de abusar de Anna, avergonzado por el miedo y la humillación sufridas, disparó a quemarropa tres veces contra la mujer que, arrodillada, llamaba a su marido, muerto sobre un gran charco de su sangre.
En aquellos tiempos los encerrados en el gueto aún practicaban la solidaridad y Menasés fue escondido de las represalias nazis hasta que logró escapar. Durante un tiempo vivió por las afueras de Varsovia, como otros, subsistiendo a duras penas. Pero como suele sucederles a los fugitivos, el hambre, el frío y la desesperación le hicieron cometer un error y caer de nuevo en manos de los nazis.
Durante los siguientes cinco años, Menasés cambió tres veces de campo de concentración. Pasó primero por Flossenbürg, de donde lo trasladaron a Dachau. Allí coincidió con Isaac Adler, un viejo rabino enamorado de las matemáticas y de la Cábala, que se convirtió en su padre adoptivo mientras permanecieron juntos y lo inició en un mundo de conocimientos para los que Menasés mostró unas cualidades innatas. Además de la Cábala y las matemáticas, Menasés estudió la Torá que el rabino se sabía de memoria.
En el tiempo que ambos coincidieron Menasés pasó de ser un muchacho díscolo y descentrado a un hombre paciente, seguro de sí mismo, metódico y estudioso.
Pero la relativa suerte de encontrar un padre adoptivo también se acabó. Isaac, que hasta entonces había conseguido escapar de las purgas que periódicamente realizaban los alemanes en el campo de concentración, fue seleccionado para unos experimentos.
El doctor Sigmund Hascher había creado en Dachau un Instituto de Medicina Aeronáutica y sometía a los prisioneros a descabellados estudios que la mayoría de las veces les costaba la vida.
Así sucedió con Isaac. Una mañana fría como las demás, el viejo rabino fue separado, junto con otros siete presos más, de las filas formadas en el barrizal. Un soldado apenas mayor que Menasés agarró a Isaac del brazo y se lo llevó. Menasés, alarmado, se salió de la fila para ir en ayuda de su mentor, pero éste con un gesto le indicó que se quedara quieto. Después, con una sonrisa en los labios y mientras se alejaba, bendijo al desolado muchacho, que, por segunda vez en su corta existencia, volvía a quedarse huérfano.
Apenas dos semanas después, los soldados subieron a un camión a veinte prisioneros entre los que se encontraba Menasés. Muertos de frío y sin saber adónde se dirigían, los presos trataban de darse calor entre ellos.
En una de las curvas el camión patinó en una placa de hielo, perdió la estabilidad y cayó por un pequeño terraplén. En el revoltijo de piernas y brazos, los prisioneros escaparon cada uno por su lado, siendo cazados como conejos por la escolta motorizada, que los ametralló sin compasión. Menasés fue uno de los pocos que consiguió esquivar las balas y adentrarse en la espesura. Por suerte para él, los alemanes no tenían perros cerca y logró poner tierra de por medio.
La noche le cogió exhausto y corriendo, sin saber hacia dónde ir. Un cepo colocado por algún cazador se cerró en su pierna, rompiéndole la tibia y el peroné. El dolor le hizo perder el conocimiento. Cuando despertó estaba aterido. Apenas sentía la pierna herida, por el frío. El resto del cuerpo no lo tenía mejor. Apretando los dientes consiguió librarse del cepo y apoyándose en una rama a modo de muleta, continuó avanzando hasta encontrar una granja.
El dueño salió al oír los ladridos de los perros y se encontró con el destrozado muchacho. No era el primer prisionero que veía, así que no se dejó engañar por las explicaciones de Menasés y fingiendo creerlo le dio cobijo.
Le entablillaron la pierna con más ganas que arte, de forma que cuando se hizo el callo en los huesos la pierna no quedó del todo bien, provocándole una cojera que le duraría toda la vida.
Un mes más tarde y casi repuesto, sabiendo Menasés el riesgo que corrían los granjeros al tenerle en su casa, abandonó la granja dejando una nota de agradecimiento.
Su libertad no duró más que unas pocas semanas. Cerca del lago Chiemsee, al sur de Alemania, fue capturado y llevado al campo de concentración de Mauthausen, en la antigua frontera entre Alemania y Austria. Pero ya la guerra estaba llegando a su fin y en 1945 los americanos liberaron el campo.
Una vez libre, sin necesidad de luchar, ni esconderse, huir o sobrevivir como un animal, Menasés, como otros muchos, no supo qué hacer, ni adónde ir. Durante tres años vagó de aquí para allá. Trabajó en cualquier cosa que le salió al paso, pero no acababa de encontrarse a gusto en ningún sitio y terminaba por abandonar pueblos y ciudades, como si temiera arraigar en algún lugar y que eso lo volviera vulnerable.
Un día oyó que un anciano se lamentaba de los escasos rabinos que habían sobrevivido a la guerra y de las sinagogas cerradas por falta de maestros, y recordó las enseñanzas de Isaac Adler, su padre adoptivo en el campo de concentración, que lo acogió bajo su tutela, le enseñó los rudimentos de las matemáticas y de la Cábala, y con el que profundizó en la Torá. Pensando que al viejo profesor le hubiera gustado, decidió retomar sus estudios e ingresó en una yeshiva. Menasés creía haber conseguido al fin la estabilidad que tanta falta le hacía.
Hasta que recibió la llamada de Simon Wiesenthal.
Wiesenthal era un exprisionero con el que había coincidido en Mauthausen, célebre por sus investigaciones para incriminar a antiguos nazis. Este cazanazis había fundado el año anterior el Centro de Documentación Judía, desde donde continuaba su lucha para detener a todos los nazis fugados, y procuraba rodearse de buenos ayudantes. El joven experto en la Cábala y las matemáticas, de mente analítica, al que tomó bajo su manto, era un buen ejemplo.
De esta manera Menasés pasó a ser otro cazanazis, recibiendo sus primeros anónimos amenazantes, de los que el centro hacía colección.
Durante una década se dedicó a mirar fotos, estudiar archivos, entrevistar a antiguos prisioneros de los campos de la muerte, a prisioneros nazis hechos por los aliados y juzgados en Nuremberg. Pero los primeros, en su mayoría, sólo querían olvidar los horrores vividos, y los segundos, a pesar de su indudable voluntad de ayudar para rebajar sus años de reclusión, normalmente eran mandos intermedios. Los altos jerarcas se habían puesto a buen recaudo, suicidado o, simplemente, habían sido ejecutados.
Aun así Menasés y todo el grupo de Wiesenthal continuaron con sus, a menudo, infructuosas indagaciones, atrapando a antiguos miembros de la Gestapo, de las SS y guardianes de los campos de exterminio.
Su momento de gloria, al igual que el del centro, fue doce años después de aceptar la propuesta de Wiesenthal. Una mañana Simon le presentó a Meter Zvi Malkin, otro judío polaco, dos años mayor que Menasés. Los padres de Malkin, con buen criterio, se habían trasladado a Palestina antes del inicio de la guerra, cuando el niño tenía nueve años, debido al creciente antisemitismo. No así la hermana de Malkin, Fruma, y los tres hijos de ésta, que murieron en el Holocausto.
En su adolescencia, Malkin se había incorporado a la Haganá, uno de los grupos clandestinos judíos de Palestina. Después, cuando se creó el Estado de Israel, Malkin fue reclutado por el servicio secreto, el Mossad, donde acabaría llegando a ser el jefe de operaciones.
En la primavera de 1960, Malkin formaba parte de un equipo de agentes enviados a Buenos Aires para atrapar a un peligroso dirigente nazi. El equipo del Mossad había perdido a uno de sus hombres en un accidente y necesitaban reemplazarlo; pero, entre los agentes de la joven organización de espías no había nadie que hablara español.
Malkin se acordó de un viejo amigo, Simon Wiesenthal, que les podría ayudar, y se puso en contacto con él. Cuando le explicó el problema, Simon no lo dudó. Tenía el hombre que necesitaban. Hablaba correctamente el español con un suave acento argentino, debido al tiempo que Menasés había estado en ese país estudiando las organizaciones nazis allí establecidas, que ayudaban a los fugitivos a instalarse en esa república sudamericana, donde les facilitaban nuevas identidades, buenos empleos, dinero, casas y cualquier otra cosa que pudieran necesitar.
Malkin mostró interés en conocer a Menasés y entre ellos rápidamente se estableció un cordial entendimiento. Con el equipo ya al completo ambos se trasladaron a Argentina, donde la operación seguía su curso.
La cacería del nazi fugado había comenzado gracias a la información facilitada por uno de los múltiples colaboradores de Wiesenthal. Se trataba de un antiguo preso de los campos de exterminio que de niño había visto morir a toda su familia en la cámara de gas. El hombre había facilitado la pista de una mujer a la que había reconocido como la antigua amante de un jerarca nazi. Siguiendo los consejos de Simon el hombre la había seducido, convirtiéndola en su propia amante. No tardó en sonsacarle dónde se escondía el criminal, obteniendo incluso una fotografía en la que aparecía el nazi vestido con uno de esos abrigos largos de cuero negro tan característicos en uno de los campos de exterminio.
La mujer también le explicó que el antiguo SS había escapado de los juicios de Nuremberg, celebrados por los aliados al final de la guerra, huyendo a Italia, donde había estado trabajando de granjero antes de cruzar el océano y trasladarse a Argentina. Allí trabajaba de mecánico en una fábrica de Mercedes-Benz, bajo el nombre de Ricardo Clement.
Tras meses de preparación Malkin, Menasés y el resto del equipo consiguieron atrapar en Buenos Aires a Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS, responsable directo del asesinato de millones de personas, encargado de la llamada «solución final del problema judío».
Eichmann, alias Ricardo Clement, acababa de bajarse del autobús de vuelta del trabajo cuando fue interceptado. Malkin, que apenas balbuceaba algunas palabras de español, permitió que fuera Menasés quien se dirigiera al fugitivo. Sin darle tiempo a reaccionar, el alemán fue introducido a la fuerza en un coche que apareció en ese momento y conducido a un lugar seguro, ante la estupefacción de los transeúntes.
Diez días después y tras ser severamente interrogado, lo subieron drogado a un avión comercial, donde sus secuestradores hicieron las veces de auxiliares de vuelo, para vigilarlo. El destino del avión era Jerusalén, donde fue juzgado públicamente, encontrado culpable de crímenes contra la Humanidad y ahorcado dos años después.
Aquél fue su mejor y uno de sus últimos trabajos para el Centro de Documentación Judía. Al cumplir los treinta y siete, Menasés se dio cuenta de que aquella lucha, en la que nadie más que ellos creía, lo estaba destruyendo. Simon trató de convencerlo para que siguiera, pero Menasés no hizo caso, abandonó Austria y se instaló de nuevo en Rzeszów, su ciudad natal, de la que apenas guardaba recuerdos.
No fue sencillo poder entrar en la Polonia que resurgía bajo el control ruso. Convulsa y desorientada, su patria miraba con sospecha a los que trataban de establecerse en ella.
La fortuna, hasta entonces esquiva, quiso que el por entonces primer secretario del Partido Comunista, virtual gobernante de Polonia, Wladyslaw Gomulka, fuese un antiguo compañero de andanzas en el movimiento comunista anterior a la Gran Guerra del padre de Menasés, y lo recibiera con los brazos abiertos, llegando a ofrecerle un destacado puesto en la administración.
Menasés, escarmentado con la política, rechazó el ofrecimiento y trató de pasar lo más desapercibido posible. Seis años permaneció allí, dedicado al estudio y a ejercer como rabino en una pequeña sinagoga, tratando de olvidar los horrores conocidos en los campos de exterminio, la guerra y la posguerra.
Incluso se reencontró con su querida Leah, una buena mujer con la que se casó, a la que había conocido en uno de los campos de concentración. Leah había sido una magnífica superviviente mientras estuvo recluida, pero de vuelta a su tierra no logró adaptarse a los nuevos tiempos y se fue marchitando hasta dejar de nuevo solo a Menasés.
Sin embargo, la suerte le volvió una vez más la espalda. Las malas condiciones de vida provocaron el descontento popular y comenzaron las protestas contra el gobierno. El partido de Gomulka, debilitado, encontró una respuesta recurrente al problema y lanzó una campaña antisemita para reprimir la disidencia. Cientos de judíos fueron cesados de cargos en la administración, el Partido, la universidad y los periódicos, y se vieron obligados a abandonar Polonia.
Temeroso por el resurgir de viejos demonios que creía enterrados, Menasés se apresuró a abandonar su patria, en la que nada era como había conocido en su infancia, y poner rumbo a un Israel exultante y agradecido con el antiguo ayudante de Wiesenthal, que el año anterior había librado y ganado la Guerra de los Seis Días.
Ahogado por la falta de paz espiritual y hastiado por la naturaleza del hombre, recién cumplidos los cuarenta y tres se instaló en Jerusalén, ciudad que nunca había abandonado desde entonces y donde por fin creyó encontrar el descanso que necesitaba.
En su habitación del hotel, Etzel se desnudó delante del espejo de cuerpo entero que tenía el enorme cuarto de baño. Acercando el rostro al cristal se extrajo las lentillas y las arrojó por el inodoro.
El estuche, al que había retirado el papel de regalo y vuelto a envolver como si se tratara de un paquete de mensajería, descansaba sobre el sofá del dormitorio, a la espera de que se pusiera en contacto con su cliente para convenir cuándo y cómo se haría la entrega.
El contacto se establecería por internet, mediante un sistema previamente convenido, medio más seguro que el móvil. Por supuesto, el encuentro personal estaba descartado.
Al recibir el encargo, Etzel se limitaba a tomar nota, solicitar la información que precisaba para llevarlo a cabo, estudiar la viabilidad del mismo, cumplirlo y después, si había algo que entregar, lo dejaba en una consigna. Cuando desde el banco suizo donde guardaba celosamente su fortuna le daban aviso de que el pago había sido ingresado, facilitaba el lugar donde se hallaba la misma, el número de ésta y la clave para abrirla. En esta ocasión sería la consigna de un aeropuerto.
Con los brazos apoyados sobre el lavabo soportando el peso del cuerpo, dejó colgar la cabeza con los ojos cerrados aguardando a que la sensación de mareo pasase.
No era la primera vez que le sucedía. Cada vez que terminaba un trabajo sufría el mismo mal. Le dolían todos los músculos, de la cabeza a los pies. Una especie de espesa nube le adormecía el cerebro, anulando su capacidad de concentración, como si llevara varios días sin dormir. Los reflejos se volvían lentos y los movimientos, pesados.
Etzel había descubierto que los síntomas eran más severos y persistentes cuanto más violento era el trabajo. Y éste lo había sido mucho. El maldito griego le había obligado a emplearse a fondo.
Y no es que Etzel no hubiera disfrutado. Pero había resultado peligroso. Al principio tenía la situación controlada. Tras acceder a la mansión, una vez anuladas las alarmas y matar a la enfermera, el viejo no tenía escapatoria y Etzel disponía de toda la noche para arrancarle lo que deseaba saber.
Había torturado a suficientes personas para conocer cuál era la frontera del aguante humano, así que cuando, tras dos horas de implacable tormento, el griego seguía jurando con la voz rota por el dolor que el estuche no lo tenía él y que estaba en Suiza, terminó por creerlo.
Tras la llamada al cliente y mientras éste comprobaba lo que decía el griego, Etzel había esperado pacientemente, asegurándose de que su víctima no muriera. Su fría calma desapareció al serle confirmado que el viejo había mentido. Entonces había perdido el control.
Ni la rápida confesión del indefenso viejo había logrado detener la desquiciada orgía de martirio prolongada más allá del límite humano. Etzel tardó mucho en darse cuenta de que su víctima llevaba rato muerta. Aun así le costó esfuerzo dominarse. Por suerte, todavía quedaba margen para borrar las huellas que hubiese podido dejar en su desenfreno y marcharse. Pero tenía que reconocer que casi había echado todo a perder, primero por el riesgo de haber podido matar al griego antes de obtener la información y después por prescindir de toda precaución, al no controlar sus actos.
Bajo el fuerte chorro de la ducha, dejaba que el agua, muy caliente, lo golpeara en el rostro y cayera por la cabeza, llevándose el tinte del cabello. Del televisor del dormitorio le llegaban unos ruidos que no podía discernir. Al cabo de media hora, sin fuerzas para enjabonarse y con la piel roja, escaldada, hizo un gran esfuerzo para cerrar el grifo y salir de la bañera. La nube cada vez se espesaba más y volvía los movimientos más lentos y desmañados. Envolviéndose en un albornoz del hotel y con el agua tintada cayéndole en churretones, salió del baño, que, por el vapor, más parecía una sauna, tomó el mando a distancia del televisor y se dejó caer sobre la cama.
Pulsando los botones de forma aleatoria, fue cambiando de canal con tal rapidez que le resultaba casi imposible apreciar la programación de cada uno. Tres películas, una de ellas antigua, de vaqueros, dos programas de prensa rosa, otros dos de estúpidos concursos, un canal de deportes, el de la CNN y tres series.
Dejó una de las series sin prestarle caso. En ella una muchacha andaba de noche por una carretera muy oscura. Iba llorando y continuamente miraba hacia atrás, como si esperase que algo apareciera a sus espaldas.
La cámara recogió de frente un par de tropiezos de la protagonista, una mala actriz. A lo lejos empezaron a distinguirse dos puntos de luz que se iban haciendo cada vez más grandes. La muchacha también se percató y comenzó a hacer gestos para atraer la atención del conductor.
El plano cambió. Ahora captaba sólo las dos luces acercándose, mientras la banda sonora se hacía más siniestra. Para Etzel resultaban hipnóticas aquellas luces que ocupaban la pantalla. Las luces de un vehículo, más y más grandes a cada instante que pasaba.
Etzel miraba fijamente aquellas luces que se le echaban encima. Sólo que ahora no era de noche. El sol se estaba poniendo pero aún había suficiente luz para permitirle percibir la furgoneta blanca que, chirriando las ruedas por la presión del conductor sobre el freno, trataba de no atropellarle. Etzel tenía ocho años y estaba en mitad de la calzada. Las luces parecían dos soles que ocupaban todo su campo visual. Etzel cerró los ojos.
Cuando los abrió, no eran dos sino una única luz. Más blanca y potente. Poco a poco fue dándose cuenta de que se encontraba en una sala amplia, en una cama. Encima, la cara de un desconocido, que le iluminaba primero un ojo y después el otro con una fina linterna. El desconocido le llamaba por su nombre y le preguntaba qué tal se encontraba. En ese momento había caído en la cuenta de que le dolía terriblemente la cabeza y que apenas podía moverla, le pesaba como si la tuviera rellena de plomo.
A partir de aquel día nada volvió a ser lo mismo en su vida. Tras la larga convalecencia, en que demostró un estoicismo que más que alegrar preocupó a los médicos, éstos llegaron a la conclusión de que ya podía irse a casa. Los huesos de la pierna rota habían soldado perfectamente. Pero a nadie se le escapó que la mirada infantil había cambiado. De alegre, brillante y curiosa, a fría, calculadora y desapasionada.
Los médicos no supieron decir a los padres si la recuperaría. En lo que sí coincidieron fue en advertirles de que debería seguir un control periódico para ver cómo evolucionaba la pequeña lesión cerebral sufrida. Una vena estaba colapsada y, por el momento, no se podía operar.
Con los años olvidaron que una vez su personalidad había sido completamente diferente y se habituaron a la nueva. Una personalidad reservada y esquiva, que asustaba a la ya desquiciada madre.
A los quince años mató a un compañero arrojándolo desde la azotea tan sólo porque éste trató de meterle mano. Observó desapasionadamente cómo la sangre fluía por debajo de la cabeza del muerto. Sus sentimientos no fueron distintos de cuando había matado gatos o perros.
Por aquellos días estudiaban en clase de Historia las correrías de un gobernante huno, el pueblo nómada de origen asiático que se abalanzó desde las estepas del Caspio sobre el Imperio romano. Tal gobernante, que captó inmediatamente su atención, fue conocido como Atila, El Azote de Dios, en gran parte de Europa, y entre los alemanes se le llamó Etzel.
Adoptó el nombre y se olvidó del suyo. Continuó experimentando con animales. Cada vez disfrutaba más con la agonía y muerte ajenas, disfrute que se veía empañado por las jaquecas y la sensación de desmoronamiento físico posterior.
En la televisión acababa de empezar una película porno. Etzel, con los ojos hinchados y semicerrados, cogió el mando a distancia para subir el volumen. Una voluptuosa joven, precariamente vestida, el pelo recogido en un pequeño moño y unas anticuadas gafas de miope, realizaba una entrevista de trabajo. El entrevistador, un corpulento hombre de perilla y coleta, por lo menos quince años mayor que ella, le hacía unas tontas y equívocas preguntas a las que la chica contestaba con ingenuas respuestas.
Etzel, sobre la cama y sin dar importancia a los estragos que el agua sucia del tinte estaba causando en la almohada, observó cómo el entrevistador se levantaba, daba la vuelta a su escritorio colocándose detrás de la chica y, con mano experta, la introducía en su entreabierto escote. Ésta dio un pequeño respingo y fingió mostrarse vergonzosa. A través del vestido se veía que la mano del hombre apretaba con fuerza un potente pecho, haciendo gemir a la chica, mientras que con la otra deshacía el recatado moño, soltando la larga melena que ella se ocupó de airear con unos movimientos de cuello.
En la pantalla, el presunto entrevistador, después de sobar sin ningún pudor los generosos pechos de la chica, obligó a ésta a colocarse de rodillas sobre la silla de oficina en la que estaba sentada, apoyando los brazos en el respaldo. De su prominente bragueta extrajo una verga de buen calibre y la colocó ante el rostro de la joven, que se la metió en la boca. Con movimientos precisos y enérgicos, se puso a la tarea, deteniéndose única y brevemente cuando la mano que el hombre tenía puesta en su nuca la forzaba a introducírsela entera.
La pesada e insensible mano de Etzel aceleró la marcha iniciada bajo el albornoz mientras su mente trataba de despejarse lo suficiente para continuar viendo la película, que en ese momento mostraba cómo el actor giraba sobre su eje la silla, de tal manera que el trasero de la chica se le ofrecía.
En un profundo sopor, Etzel alcanzó el clímax ante el espasmo de dolor de ella cuando el hombre, después de levantar el breve vuelo de la falda y apartar el tanga de encaje, apuntaba sin ningún miramiento la punta de su verga hacia la chica y, de un solo empujón, la hundía en ella.