La fórmula Stradivarius
Judá (Alabanza)
La música constituye una revelación más elevada que ninguna filosofía.
Ludwig van Beethoven
- ada, inspector —dijo el subinspector Ponte, dejando caer sobre la mesa un dossier N grapado, donde estaba la comparecencia del gerente de la empresa de
alarmas que había renovado el sistema de seguridad en la mansión del armador griego —. El pobre hombre está acojonado, con perdón de la expresión. Al parecer el pasante, ese tal Robert Aldrich, hombre para todo al servicio de Tsaldharis, había contratado los servicios de la empresa de alarmas hacía dos meses. El viejo desconfiaba de la anterior, según dijo el pasante, sin motivo y quería cambiar. No se reparó en gastos. A pesar de que el gerente de la empresa insistió en hacer un presupuesto previo, el pasante lo único que deseaba saber era cuándo empezaría la instalación, cuánto iban a tardar y la fiabilidad del sistema. El gerente sacó la conclusión de que, a ojos del pasante, el cambio de sistema de seguridad era innecesario, tan sólo un capricho del viejo.
—¿Y qué dice del sistema instalado? —preguntó Herrero—. ¿Es normal que fuese tan fácilmente burlado?
—Jura y perjura que es lo mejor que hay actualmente en el mercado. La mansión está rodeada por un muro de piedra de tres metros de altura. Separada del muro, a dos metros de éste, se levanta una alambrada medio metro más alta que la tapia, rematada con alambre de espino. El pasillo entre la alambrada y el muro se mantiene perfectamente limpio de maleza y suciedad, y está permanentemente vigilado por un circuito cerrado de televisión. Las cámaras tienen visión nocturna y las imágenes llegan a una oficina de la empresa. Además, cuentan con sensores de movimiento, lo mismo que la propia alambrada. Basta que un objeto del tamaño de un gato se mueva en el pasillo interno o toque la alambrada para que se dispare la alarma en la centralita.
—Vamos, que el asesino entró por la puerta principal.
—Eso o volando —repuso Ponte restregándose los fatigados ojos—. El único acceso al recinto es por la verja de entrada por la que accedimos cuando la visitamos. Tiene un interfono y la apertura es remota, desde la casa. Tras ésta, si recuerda, hay un segundo portalón de hierro. Si alguien tratara de derribarlo, necesitaría poco menos que un tanque. También tiene cámaras.
—Estupendo.
—¿Verdad? Pues no es todo. La casa está rodeada por un haz de infrarrojos a diferentes alturas y cruzados. Para sortearlos, además de unas gafas especiales, hay que ser Catherine Zeta Jones, como en la película esa con Sean Connery.
—Me temo que no la he visto —dijo Herrero, encogiéndose de hombros.
—No se ha perdido nada. La casa, por dentro, lo que todas: detectores de movimiento, infrarrojos en los accesos, detectores de cambios de temperatura, ventanas con cristales a prueba de balas, puertas blindadas, detectores de cambio de presión y algunas virguerías más que ahora no recuerdo —dijo el subinspector para terminar.
—¿Y todo eso funciona?
—Según el gerente, a la perfección. Dos veces al día se hace una simulación desde la central, no me pregunte cómo porque no he logrado entenderlo, y una vez cada quince días se revisa in situ. La última revisión fue cuatro días antes del crimen y todo parecía funcionar correctamente.
—¿Quién efectuó la revisión? —preguntó Herrero—. ¿El desaparecido técnico de alarmas?
—Así es, pero debe de ser lo normal. El sistema lo monta un equipo y las revisiones las hace un miembro del mismo acompañado por un supervisor que garantiza que el montador no modifica el sistema. Ya sabe, para evitar tentaciones a los empleados.
—Pues parece que no ha dado muy buen resultado esa precaución.
—Cierto. Cuéllar ha tomado la comparecencia del supervisor que acompañó a San Gil, el técnico desaparecido. Está deseoso de colaborar. Creo que su empleo cuelga de un hilo. Afirma que en la revisión siguió todas las rutinas y que en ningún momento se separó de San Gil. Cuéllar cree que el supervisor dice la verdad.
—¿Qué dicen del técnico?
—Trabajaba bien y no se quejaba, lo cual, viendo las horas que metía y el sueldo que cobraba, es bastante decir. El gerente pidió los antecedentes, pero como la ficha es muy antigua, la tiene en blanco. Nunca antes había dado problemas ni faltado al trabajo. Callado, solitario. No han podido añadir ningún dato más. Tampoco los padres de San Gil, a los que hemos entrevistado, aportan nada. No saben de su hijo desde hace tres años.
—Repasemos —dijo Herrero cerrando los ojos y echando peligrosamente el cuerpo hacia atrás en la silla—. Tenemos dos cadáveres en una mansión aparentemente invulnerable en la que, en teoría, no había nadie más. Las medidas de seguridad no parecen haber sido violadas. Por otro lado tenemos un técnico en alarmas, con antecedentes por pequeñas faltas, que colaboró en la instalación y revisión del sistema de seguridad y permanece desaparecido desde la víspera del doble crimen. —El inspector hizo una pequeña pausa antes de preguntar sin abrir los ojos—: ¿Cree posible que ambas cosas no tengan relación?
—Difícilmente —respondió Ponte—. A menos que alguien permaneciera en el interior de la mansión cuando se marcharon los empleados del servicio y la abandonara al día siguiente, aprovechando el revuelo, el asesino ha necesitado de la colaboración de alguien que conociera a la perfección el sistema de seguridad y que le franqueara la entrada.
—Estoy de acuerdo. Ocúpese de encontrar a ese tal San Gil. Llévese a Ramos. Alonso y Cuéllar seguirán con el resto de la investigación y las entrevistas. Estévez y Aldaya los ayudarán y se ocuparán de atender a la gente que llame.
—No creo que a Estévez le haga mucha ilusión atender a los pirados —se aventuró Ponte a insinuar.
—A mí tampoco el tenerlo cerca, pero ¡qué le vamos a hacer! Si no está conforme, que vuelva a coger la baja o se vaya a otra comisaría.
El subinspector Ponte se alejó de la mesa de Herrero para impartir las órdenes recibidas. Sentado en su silla de plástico amarilla el inspector volvió a echar un vistazo a la autopsia del griego: Colapso multifuncional por agonía extrema… El pobre hombre había pasado por un infierno.
Herrero descartaba la venganza: nadie en su sano juicio era capaz de cometer aquella carnicería por grande que fuese la ofensa. No se habían llevado ni revuelto nada. Cada vez estaba más convencido de que el asesino buscaba algo concreto. Algo a lo que no tenía acceso o no sabía dónde se ocultaba. Y de que la violencia sobre el griego había sido usada para sonsacarlo.
El inspector jefe dejó sobre la mesa las enormes tijeras con las que cortaba triángulos de papel y se frotó la nuca. Al fondo de la oficina, el subinspector Estévez hacía aspavientos y le lanzaba miradas asesinas que a Herrero le resbalaban.
—Cuéllar, ¿le importaría ir un poco más despacio? —preguntó el inspector jefe Herrero, aferrado al asidero situado en el techo del vehículo camuflado—. No creo que el cadáver se vaya a escapar.
En realidad, el agente Cuéllar circulaba a la misma velocidad que el resto de los ocupantes de la vía a pesar de llevar encendidos los distintivos magnéticos destellantes que les daban prioridad. Pero, acostumbrado a las manías de su jefe, prefirió no decir nada y continuar un poco más lento.
Hacía dos horas que Herrero había ordenado al subinspector Ponte que se ocupara personalmente de encontrar al técnico en alarmas y ahora compartían plaza en un Renault Laguna blanco sin distintivos policiales junto a Cuéllar y Ramos.
En tan breve plazo de tiempo, como sucedía a menudo, los acontecimientos se habían precipitado. Primero al aparecer, tras penosas investigaciones, un familiar y heredero del viejo griego asesinado.
El hecho de que el sobrino del armador Nikolaos Tsaldharis tuviese nacionalidad suiza y, aparentemente, no hubiese tenido contacto antes con su rico pariente, no había facilitado la labor de la brigada de homicidios para solicitarle una entrevista. La suspicaz y poco colaboradora policía helvética, muy celosa en todo lo concerniente a sus conciudadanos, había precisado de muchas explicaciones antes de facilitar su cooperación.
El comisario, ávido de noticias, no se había mostrado muy satisfecho cuando Herrero se había presentado en su despacho para contarle las novedades y pedir su intervención ante la embajada suiza.
—¿Cree necesario hacer venir a ese hombre? —había preguntado el comisario, Eusebio Martín—. Al fin y al cabo usted mismo dice que no conocía la existencia de su tío, cosa que lo descarta como sospechoso. ¿En qué podría ayudarnos?
—Eso mismo debió de objetar el tal Dreifuss, según dice la policía suiza — contestó pacientemente Herrero—, lo que no quiere decir que sea cierto, como puede imaginar.
—No me venga con ésas. Se está pasando con sus impertinencias y me está cansando. El doctor Dreifuss es una eminencia. ¿Qué interés podría tener en mentir y negar que conociera a su tío?
—Bueno —repuso Herrero alzándose de hombros y sin inmutarse por las veladas amenazas—, yo diría que la herencia que va a recibir, descontando por supuesto lo que se quede Hacienda y los gastos de papeleo, es una buena razón para jurar no tener ni idea de estar emparentado con un millonario.
—¿Y por qué no habría de reconocer que sabía de su existencia y que, simplemente, no tenía trato con él? Nos resultaría muy difícil implicarlo en el crimen. Además, si nos está mintiendo y realmente se conocían, podríamos llegar a averiguarlo y en ese caso pasaría a ser el principal sospechoso.
—Quizá haya pensado que, en su calidad de eminencia y por su nacionalidad, no lo molestaríamos si aseguraba no tener noticias de la existencia de un lío rico…
—Como yo estaba sugiriendo, iba usted a añadir. ¿Me equivoco? —retrucó el comisario visiblemente incómodo.
La conversación había durado unos minutos más, durante los que el comisario había tratado de alterar la flema del inspector jefe amenazándolo sutilmente con cambiarlo de brigada. El problema era que a Herrero le daba igual y que ambos sabían que el comisario no tenía dónde elegir para sustituirle.
Cuéllar detuvo el coche camuflado delante de la barrera que los agentes uniformados trataban de mantener. Varios aburridos y morbosos paseantes trataban de atisbar entre los cuerpos de los policías inclinados sobre la hierba. Algunos preguntaban sobre el motivo de aquella actuación y, ante la negativa de los agentes a facilitar cualquier explicación, llegaban a exigir, como ciudadanos contribuyentes, información fidedigna.
A esa hora de la mañana los paseantes eran numerosos. Había salido un día despejado aunque frío y los madrileños que no debían acudir a sus puestos de trabajo disfrutaban de un buen paseo por el parque del Retiro.
—Pase, inspector —dijo uno de los agentes uniformados que mantenían la barrera y, a duras penas, la paciencia con los ciudadanos contribuyentes.
—Gracias —repuso Herrero—. ¿Sería posible aumentar el perímetro de seguridad? Si no tienen suficientes efectivos, solicítenlos. Creo que con colocar la barrera en aquella esquina será suficiente.
El agente, haciendo uso de su radiotransmisor, llamó a su superior, comunicándole las órdenes del inspector. Enseguida, varios de los agentes que se encontraban curioseando se sumaron a la barrera y ésta fue trasladada a donde Herrero había indicado, de manera que, a pesar de las protestas de los curiosos, la diversión se les acabó, ya que desde la nueva posición no se podía ver nada.
—Vaya, Dos Anjos. Me alegra verlo de nuevo. Qué casualidad que le haya tocado este caso —saludó satisfecho Herrero al inspector de la policía científica.
—Yo también me alegro de verlo —contestó éste, levantando la mirada de la carpeta donde tomaba notas, al lado de un cuerpo tirado sobre la hierba—, pero no es casualidad. No me tocaba a mí, pero me avisaron de quién podía ser la víctima e insistí en hacerme cargo. Me pareció que a usted le gustaría.
—Y no se ha equivocado, créame. Veamos, ¿qué tenemos?
—Sobre las diez de la mañana —explicó Dos Anjos—, un hombre que paseaba su perro tuvo que meterse entre estos arbustos porque el animal no atendía a sus llamadas. Lo que había atraído la atención del animal era esto. —Señaló con el bolígrafo el cadáver—. Se trata de un varón de unos treinta y pocos, de raza blanca, metro setenta y cinco y unos setenta kilos de peso.
»El dueño del perro llamó a comisaría y desde allí desplazaron una patrulla y un camuflado. Los tiene allí. Los agentes comprobaron que el cuerpo estaba sin vida y, sin tocar nada, acordonaron la zona y dieron aviso.
—Entiendo que no quisieran tocar nada —repuso Herrero contemplando el estado lamentable en que se encontraba el cadáver.
El cuerpo, tendido de espaldas y ligeramente inclinado sobre un costado, tenía los párpados y los labios mordisqueados por las alimañas del parque. En el cuello, una repugnante herida llena de huevos y larvas de mosca le iba de oreja a oreja, manchando la camiseta blanca de sangre coagulada. Bajo ésta algún animal había estado alimentándose y algunos restos quedaban salpicados en la hierba.
—¿Quién ha identificado el cuerpo? —preguntó Herrero.
—Los agentes que se encargaron de acordonar la zona descubrieron un ciclomotor detrás de aquellos árboles. Estaba sin candar y sin bloqueo. Pensaron que se trataba de otro ciclomotor robado y comprobaron la matrícula. No figuraba como sustraído. Por si acaso cotejaron la placa con el número de bastidor y descubrieron que no coincidía. El ciclomotor era robado y le habían cambiado la matrícula. ¿Adivina a nombre de quién está la matrícula falsa?
—Imagino que de nuestro desaparecido técnico en alarmas, San Gil.
—Exacto —contestó Dos Anjos—. Así que los agentes han pedido que les trajeran la foto del carné de la empresa de alarmas y han comprobado que se trataba de él. Cuando me he enterado, he pedido venir. Como puede imaginar, el compañero que debía venir ha quedado encantado con la idea.
—Me hago una idea. ¿Qué más me puede decir?
—Probablemente la causa de la muerte sea ese corte profundo en la garganta. No he querido hurgar, pero da la impresión de que la tráquea ha sido seccionada completamente y el objeto cortante ha llegado hasta la columna. No se aprecian síntomas de lucha. Sobre el tiempo transcurrido, a primera vista yo diría que unas setenta y dos horas, claro que es difícil de asegurar. Ahora le estamos tomando las huellas dactilares.
—Usted cree que lo han asesinado una vez muerto el armador griego —dijo Herrero.
—Bueno, es mucho aventurar. Pero si me deja divagar, yo diría que este tío había quedado con el asesino aquí, igual para cobrar su parte del trabajo, y cuando se descuidó, el asesino lo agarró por detrás, tapándole la boca con una mano, y con la otra le abrió la garganta, dejándolo donde está. No hay rastros de que el cadáver haya sido arrastrado y las livideces se corresponden con la postura del cuerpo. Está oculto a la vista. Naturalmente, era cuestión de tiempo que lo encontráramos pero el que lo mató se aseguraba así unas horas o días, como ha sido el caso, para desaparecer. ¿Qué opina?
—Que verdaderamente es mucho aventurar, pero creo que está usted en lo cierto —repuso Herrero metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo y recorriendo los alrededores con la mirada—. Es una lástima —añadió con resignación—. Era nuestra mejor pista. ¿Qué me dice, Ponte?
El subinspector, que había acompañado a Cuéllar a interrogar a los primeros policías en llegar al lugar del crimen, y al dueño del perro que había descubierto el cadáver, se incorporó al grupo. Sus datos no aportaron nada nuevo.
—Lo siento, inspector jefe —dijo Dos Anjos cuando Ponte terminó de leer sus escasas notas—. Esperemos que la autopsia o la inspección ocular nos ofrezcan algo. Revisaremos palmo a palmo la zona para ver si encontramos huellas o cualquier otra cosa, no se preocupe.
Muy bien. Ahí tenemos al juez de instrucción, con la secretaria y el médico forense. Ramos, hágame el favor de acompañarlos hasta aquí.
El vuelo había resultado movido. En su asiento de primera clase, Ludwig trataba de concentrarse en la revista de medicina sin conseguirlo. Dos asientos más atrás, al otro lado del pasillo, una mujer de mediana edad y más que mediano peso chillaba como si la estuvieran torturando cada vez que el aparato descendía por una turbulencia. El pobre hombre que viajaba a su lado, probablemente su sufrido marido, le agarraba de la mano dándole con la otra unas palmaditas.
Los lamentos de la señora se mezclaban con los que provenían de la parte trasera, tras las cortinillas, mucho más concurrida. Las azafatas habían tenido que mostrarse muy activas para atender a aquellos que tenían el estómago demasiado delicado.
Cada vez que el aparato entraba en una zona especialmente turbulenta y comenzaba a agitarse como una lavadora, los viajeros menos avezados gemían al unísono, y cuando caía, los gritos acompasados parecían ensayados. Ludwig, visto que no había manera de concentrarse en la lectura, los esperaba con malicia.
Al tomar tierra en el aeropuerto de Barajas, los viajeros suspiraron aliviados y comenzaron a aplaudir como si hubiesen sobrevivido a un naufragio. Ludwig no perdió el tiempo y se desentendió de los comentarios de la histérica mujer. Con paso ágil se encaminó a la salida y abandonó el avión sin contestar a las palabras de la bonita azafata que le agradecía haber volado con su compañía.
Tras los trámites burocráticos en la aduana, Ludwig buscó un taxi. Desechó los dos primeros pues, a su particular juicio, eran vehículos muy viejos y presentaban unas lamentables medidas de higiene. Al taxista elegido le presentó un papel en el que se leía una dirección. El taxi arrancó y se adentró en la jungla de tráfico.
—Deberíamos ir por la M-30, pero he oído por la radio que un camión ha arrollado una furgoneta y está todo atascado. Parece que están desviando la circulación…
El conductor trató un par de veces más de entablar conversación, primero en español y después en un pésimo inglés. Al ver que el pasajero no respondía puso la radio.
Ludwig había entendido lo que se le decía. Hablaba castellano como para mantener una conversación sin problemas, ya que durante un año había vivido en Barcelona, colaborando con un prestigioso especialista en su campo. Pero no tenía ninguna intención de conversar con el desconocido conductor de un taxi.
Las vistas eran espantosas, como suele suceder en los suburbios de las grandes capitales. Enjambres de polígonos industriales y alguna deslucida urbanización, todo rodeado por carreteras con más o menos carriles. Solares en los que crecían salvajemente arbustos y hierbas de color grisáceo por el polvo que les llegaba de la carretera, lucían unos carteles en los que con dificultad se podía leer el número de teléfono de su afortunado propietario.
El paisaje cambió al entrar en el paseo de la Castellana. Ludwig se alarmó por la forma en que el taxista cambiaba de carril continuamente buscando adelantamientos imposibles. Pronto descubrió que era la manera en que conducían todos. El paseo estaba saturado de vehículos cuyos tubos de escape volvían el aire irrespirable. Los cláxones se mezclaban con sirenas de ambulancias, que, a duras penas, lograban abrirse paso en aquella marea.
—¿Queda mucho para llegar? —preguntó Ludwig, que ya se estaba irritando, haciendo uso de su castellano con fuerte acento.
—Cinco minutos —contestó el taxista—. Enseguida llegamos al Prado. Aquello que ve al final es la plaza Cibeles, la madre de los dioses del Olimpo, ¿conoce su historia? A los turistas les suele gustar —continuó el conductor, que parecía encantado de poder mostrar sus conocimientos en el campo de la mitología clásica—. Era una diosa romana. Estaba casada con su hermano, Crono, y entre los dos gobernaban el mundo. Crono fue advertido de que uno de sus hijos le quitaría el trono así que en cuanto nacían se los comía. Hasta que nació Zeus y…
—Disculpe —cortó Ludwig—. ¿Le importaría subir un poco el volumen de la radio?
El conductor, resentido, se calló y pulsó la tecla correspondiente, sumiéndose en un taciturno silencio. Al poco pasaron por delante de la fuente donde se alzaba la diosa. Ludwig observó pasar el edificio de Correos, el Museo Naval y el de Thyssen-Bornemisza.
El taxi se detuvo en la plaza Cánovas del Castillo. El conductor se limitó a anunciar el importe de la carrera y rechazó, con un gesto de altanería, la propina que le era ofrecida tras sacar las maletas de la parte trasera de su vehículo. Sin dar tiempo a Ludwig de recoger sus bultos, el taxi arrancó.
—Buenas tardes —lo saludó con educación el recepcionista del Gran Hotel Canarias.
—Tengo reservada una habitación a nombre de Dreifuss.
—Desde luego, señor. Un segundo, por favor —contestó el recepcionista moviendo el ratón del ordenador—. Aquí está. Doctor Dreifuss, habitación 602.
Con un gesto llamó a un botones, que aguardaba expectante.
—¿Desea alguna cosa más? —preguntó solícito el recepcionista.
—¿Le importaría conseguirme un plano de la ciudad? A ser posible en inglés.
—Descuide, señor. Se lo subiremos a su habitación.
—No. Déjelo aquí. Querría descansar sin ser molestado. Al bajar ya lo recogeré.
Cuando el botones cerró la puerta, con la propina discretamente oculta en el bolsillo, Ludwig se tiró cuan largo era en la enorme cama. Alargando la mano cogió el mando a distancia de la pantalla plana Sony situada enfrente y fue cambiando de cadena sin hacer demasiado caso.
Al cabo de un rato, aburrido con la programación, apagó el televisor y se asomó al ventanal. En la calle, la fuente de Neptuno sobre un carro entre los chorros de agua lucía espléndida con la iluminación artificial, a pesar de no haber oscurecido del todo aún.
Ludwig abrió el minibar y comprobó el contenido. Al final se decantó por una Heineken suficientemente fría. Con la botella en una mano entró en el cuarto de baño revestido de mármol, puso el tapón a la bañera y abrió el grifo del agua caliente, dejando que se llenara. Mientras aguardaba, colocó sobre una de las mesillas unos altavoces alimentados con pilas a los que conectó el ipod que solía llevar. Encendió el aparato y reguló el sonido.
Instantes después el cantante de Manowar interpretaba Courage. Desde la cama, donde se había vuelto a tumbar para hacer tiempo, Ludwig seguía el ritmo de la balada, moviendo un pie. Quienes llegaban a conocer sus peculiares gustos musicales nunca dejaban de extrañarse.
Entre los sones de los coros, Ludwig se quedó dormido. En el ipod, las voces masculinas se esforzaban en un himno guerrero propio de las películas de Conan el Bárbaro. La música introdujo en sus sueños a un enorme jinete de largos y enredados cabellos, poblada barba, pecho descubierto lleno de cicatrices, vestido tan sólo con un pantalón ajustado de piel y unas calzas atadas con cintas de cuero, que, espada en mano, avanzaba al frente de una nube de polvo, causada por el ejército de bárbaros que lo seguía.
En el sueño parecían avanzar a cámara lenta. El caballo, negro como la noche, movía la cabeza a ambos lados enseñando los dientes. El jinete saltaba arriba y abajo, siguiendo el movimiento del galope, blandiendo la enorme espada de doble filo sobre su cabeza…
Ludwig se despertó repentinamente. Al abrir los ojos no supo dónde se encontraba. Tenía la boca seca y el cuerpo sudado. Sentía la cabeza como embotada. Poco a poco fue siendo consciente: se encontraba en una habitación de hotel en Madrid. El ipod continuaba con otro estilo de música y posiblemente el cambio lo había despertado. Estaba tumbado en la cama esperando que la bañera se llenara… ¡La bañera!
Levantándose de un salto entró en el baño. El agua ya había sobrepasado el aliviadero y caía mansamente por un costado de la bañera, encauzándose hasta un desagüe de seguridad del suelo. Ludwig cerró el grifo y quitó el tapón para que el agua no siguiera desbordando. Cuando calculó que ya era suficiente colocó de nuevo el tapón, se desnudo y se sumergió. El agua estaba muy caliente. Ludwig cerró los ojos asomando tan sólo la nariz y trató de no pensar en nada.
Sin embargo una y otra vez le venía a la mente la cuestión que no lo había abandonado desde el día en que su piso y después su consulta fueron allanados. ¿Quiénes habían entrado en su casa y qué buscaban? Y por si fuese poco misterio, ¿quién era ese tío, hermano de su madre, del que nunca había oído hablar? El policía suizo pensaba que ambos enigmas tenían una conexión. Ludwig opinaba lo mismo, pero ¿cuál podía ser? La única conclusión era que los asaltantes buscaban algo en casa de su desconocido pariente, algo que no habían encontrado y que creían poder encontrar en su propia casa o en su consulta.
Por mucho que tratara de pensar, Ludwig estaba convencido de que, fuese lo que fuese lo que buscaban los asaltantes, él no lo poseía. Había llegado a analizar todos los objetos, cuadros y documentos heredados de su madre, por si alguno de ellos tuviera algún valor que lo hiciese interesante. Sin ningún resultado. Tenía que ser algo que su tío tenía o había tenido en algún momento y que, al no dar con ello, los asaltantes daban por hecho que obraba en su poder.
El agua se había quedado tibia y su piel arrugada como una pasa. Se puso de pie y quitó el tapón mientras se aclaraba con agua. Una vez libre del jabón se vistió y cogió el teléfono. De la cartera sacó un número que marcó.
—Brigada de homicidios —dijo una voz de hombre con fuerte acento local que dificultó a Ludwig la comprensión.
—Desearía hablar con el inspector Herrero —contestó Ludwig de forma pausada.
—En estos momentos no se encuentra aquí —repuso la voz—. ¿Con quién hablo?
—Soy Ludwig Dreifuss. Acabo de llegar a Madrid. Había quedado en reunirme con el inspector.
—Desde luego, señor Dreifuss. El inspector se ha marchado a casa y hoy no volverá. ¿Le parece que le concierte una cita para mañana?
Una hora más tarde, tras recoger el plano de la ciudad en recepción y seguir el consejo del recepcionista, Ludwig se encontraba sentado en un moderno restaurante de diseño, cerca de la céntrica plaza del Carmen. Una ensalada demasiado aliñada para su gusto, y un carpaccio de salmón regados con una botella de Bordón, dieron paso a un sorbete de cava, previo al café.
Justo antes de tomar el postre, en una mesa cercana se habían sentado dos chicas y un chico. Ludwig no tuvo problemas para darse cuenta de que dos de ellos formaban pareja y que la chica que quedaba, una pelirroja de piel pálida, cara alargada, ojos azules y figura estilizada, lo miraba a él de manera discreta. El instinto depredador de Ludwig se despertó y la siguiente vez que la muchacha miró, Ludwig le mantuvo la mirada. La chica, después de esbozar una sonrisa, desvió la mirada y pareció concentrarse en lo que se hablaba en su mesa.
Ludwig llegó a la conclusión de que su presa no tenía el mismo interés que él. Si la muchacha pretendía un cortejo en toda regla, Ludwig no estaba dispuesto a lucharlo. Con un gesto llamó al camarero y le pidió la cuenta. Cuando se la mostraron la revisó y la depositó sobre la bandejita de cristal en la que la habían traído, junto a una tarjeta bancaria y su pasaporte.
Con una sonrisa de despedida dedicada a la pelirroja, Ludwig aceptó su abrigo, que le ofrecía el camarero, y abandonó el restaurante. Fuera se encontró con que la fauna había cambiado. Mujeres, casi todas sudamericanas o de origen eslavo, se apostaban en las paredes. Ecuatorianos y peruanos extendían sobre las aceras sábanas llenas de fulares, pañuelos y pequeños juguetes de todo tipo. Altos africanos exponían de la misma manera discos compactos piratas, atentos por si de improviso se presentaba la policía.
Un par de magrebíes y luego una pareja de lo que seguramente eran yonquis lo evaluaron, terminando por dejarlo pasar sin meterse con él. Ludwig, por si acaso, apretó el paso. No necesitaba mirar el plano. Ya se lo había memorizado mientras aguardaba la cena. Optó por bajar hasta la calle de Alcalá y desde ahí, por la carrera de San Jerónimo para llegar hasta la plaza donde se encontraba su hotel.
Un cuarto de hora más tarde, tras lavarse a conciencia los dientes y quitarse las lentillas, Ludwig dormía plácidamente. En esa ocasión no soñó con ningún jinete guerrero al frente de sus hordas cabalgando a cámara lenta.
El rabino había sido uno de los que no lo había pasado bien en el avión. Con un suspiro de alivio, se soltó el cinturón cuando el aparato ya se había detenido al final de la pista.
A pesar de haber volado lo suficiente como para haber dado un par de vueltas alrededor del mundo, no conseguía acostumbrarse a la sensación de vacío en el estómago cuando el aparato se desplomaba. No había resultado el peor de sus viajes, pero ya hacía años que no se apartaba del suelo y suponía un alivio volver a tocarlo. El viaje de vuelta, que ya carecería de urgencia, lo haría en barco.
Si es que volvía, pensó de nuevo. Desde que decidió ir a Madrid, la sospecha de que era un viaje sin retorno lo había asaltado constantemente. Sin ser consciente de lo que hacía, en las últimas horas pasadas en Jerusalén se había despedido de los pocos amigos que tenía, de su sinagoga, de sus alumnos y lugares más queridos.
El adiós más doloroso había tenido lugar, como no, en casa de Sara.
—¿Estás seguro de lo que haces? —le preguntó su amiga.
Menasés no había sabido cómo sacar el tema. Después de una charla insustancial, la perspicaz mujer había intuido que el anciano tenía algo que decirle y que iba a resultar doloroso para los dos.
—Dime, ¿qué te preocupa?
—Sara, me tengo que ir —respondió el rabino tras un largo rato de dar vueltas entre sus manos al sombrero de ala ancha.
—¿Adónde irás?
—A España. A Madrid.
—¿Es por lo de…?
—Sí. En Madrid creo que está la clave para terminar con esto de una vez.
—Menasés —dijo Sara con una sonrisa triste en el rostro—. Eres un anciano. Ya no puedes ir por ahí tú solo como antes ocupándote de esas cosas. Deja que otros lo hagan. Puedes llamar al grupo de Simon. Son más jóvenes y —añadió con dulzura— han tenido un buen profesor.
—¿Y qué les cuento? Me tomarían por loco, lo sabes muy bien. Pensarían que son los delirios de un viejo que no se resigna a pasar a la Historia. No, Sara. He sido un perezoso demasiado tiempo. Ahora cada día que pasa el riesgo es más alto. Se acerca el momento.
Fue en ese instante, rompiendo el silencio incómodo que se había instalado entre los dos, cuando ella hizo la pregunta que atormentaba a Menasés y que aún escocía: «¿Estás seguro de lo que haces?».
¿Lo estaba? ¿No era un gesto de orgullo? ¿Un intento de conjurar la fatalidad? ¿La tentativa de alguien, que desde niño se había convertido en un superviviente, para eludir la muerte, cada vez más cercana? ¿Un querer beber del Grial?
Se había hecho todas estas preguntas. Conocía el alma humana. Sabía que, a las puertas de la muerte, un hombre se siente vulnerable y trata de aferrarse a la vida. Pretender salvar a la humanidad era un motivo ideal para considerarse imprescindible, una razón de peso para convencer a la muerte de que retrasase su llegada.
Sara lo había estrechado entre sus brazos como nunca antes lo hiciera. Durante un buen rato los dos ancianos habían permanecido abrazados en silencio.
—Adiós, Menasés Liebnitz —fueron sus últimas palabras.
Menasés subió al autobús que recogía a los pasajeros al pie de la escalerilla. El vehículo arrancó y se encaminó hacia la aduana.
Una vez cumplimentados los trámites, algo que le llevó más tiempo que a Ludwig, que ya había tomado el taxi para cuando Menasés aún no había recogido su maleta, el rabino salió a la zona de espera y buscó con la mirada.
A su alrededor los pasajeros sonreían y saludaban con la mano a aquellos que habían venido a recogerlos. Menasés se sumó a aquellos que aún no habían encontrado a los que esperaban y buscó entre aquel mar de brazos y rostros sonrientes.
No conocía a la persona que debía acudir a buscarlo, sólo sabía que se llamaba Sholem. Había contactado con él por mediación de un colega cabalista que durante años había vivido en Madrid y tenido mucho contacto con toda la comunidad judía de la capital española. El cabalista había llamado al tal Sholem, buen amigo suyo, pidiéndole encarecidamente una cálida acogida para Menasés. Sholem había insistido en que, durante lo que durara la estancia de Menasés en Madrid, éste se alojara en su casa.
Pero Menasés había rechazado categóricamente tal posibilidad. Necesitaba plena libertad de movimientos y no quería estar atado a celebraciones, reuniones y vida familiar con toda clase de tíos, primos y demás parientes de Sholem, que se mostraría muy orgulloso de acoger en su casa a una leyenda viviente. Para no contrariar demasiado al desilusionado Sholem, había accedido a dar un par de charlas en el centro principal de la comunidad.
Por un hueco que se hizo entre la multitud apiñada en la zona de llegada del aeropuerto, Menasés vio a un hombre de mediana edad, de poblada y arreglada barba, acompañado por un aburrido adolescente que, desde el fondo, también estaba buscando a alguien.
—¿Hakam Liebnitz? —preguntó el hombre cuando el rabino se acercó.
—Shalom aleichem —contestó el anciano rabino y, recordando su oxidado castellano aprendido en Argentina, añadió—: Por favor, llámame Menasés. Te estoy muy agradecido por venir a buscarme. ¿Este hombretón es tu hijo?
—Así es, Menasés —repuso el hombre, orgulloso de la confianza que le ofrecía su huésped—. Se llama Zalman. Permite que lleve tu maleta.
—Vaya, le quedaré muy agradecido. No sé muy bien qué he metido dentro, pero pesa mucho.
Manteniendo la informal conversación, los tres salieron del aeropuerto y se montaron en un Opel Vectra estacionado en el aparcamiento. Sholem no se había enterado del accidente del que le había hablado el taxista a Ludwig y se metió de lleno en la M-30, sin entender las indicaciones de la policía de tráfico, que intentaba encauzar el máximo de vehículos por otras vías.
Dos horas más tarde, sumidos los dos adultos en una conversación teológica de la que Sholem parecía disfrutar mucho, no tanto Menasés y desde luego en absoluto Zalman, llegaron a un hostal en la zona de Trafalgar, cerca de la sinagoga Beth Yaacov. El dueño del hostal, Joseph Beguin, un madrileño descendiente de judíos afincados en España un siglo atrás, estaba esperando al que iba a ser su ilustre huésped. Le proporcionó la mejor habitación y entre él y Sholem lo convencieron de que la estancia sería pagada por la comunidad, teniendo la delicadeza de no preguntar qué urgente problema le había traído de forma tan precipitada a Madrid.
Menasés, destrozado por el viaje, aún debió conversar un rato con sus anfitriones para no herir su sensibilidad. Sholem le brindó repetidas veces la ayuda de su hijo para que le sirviese de guía durante su estancia en la capital, declinando Menasés amablemente el ofrecimiento. Cuando al final se marcharon el anciano respiró aliviado. Ya era tarde para él. Aquella noche no habría cena. Instantes más tarde dormía.
—Shalom aleichem, Joseph —saludó Menasés a la mañana siguiente cuando, tras ducharse, bajó a la recepción.
A pesar de que en el hostal no daban de desayunar, el dueño le tenía preparado un termo con café, una jarra de leche y unas magdalenas, que Menasés comió con mesura. Mientras lo hacía, Joseph le entregó, tal y como se lo pidiera el rabino la víspera, un plano de Madrid con los horarios y recorridos de los diferentes servicios públicos de transporte y le recordó que los servicios religiosos eran a las ocho de la tarde, y que estarían muy contentos de poder contar con su presencia.
Media hora más tarde Menasés y su plano caminaban por la calle en dirección a la comisaría más cercana que, según había podido ver, se encontraba a unas tres manzanas.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo?
La policía que se encontraba en la recepción miró con curiosidad a aquel anciano enjuto, calvo y bien afeitado, que se había descubierto, al entrar, de su sombrero de fieltro de ala ancha. Vestido con un usado traje también negro, el hombrecillo la miraba a través de unas gafas de cristales redondos con determinación.
—Buenos días, señora. Deseaba hablar con alguien sobre un asesinato cometido hace unos días.
—¿A qué asesinato se refiere usted?
—Al de un hombre griego que mataron en su domicilio. Tengo información que podría ser de interés.
La policía no mostró demasiado empeño por saber qué información podía tener un anciano tan extraño pero, por si acaso, tomó el teléfono. Les habían advertido sobre este asunto. Cualquier persona que insinuara tener algún tipo de información sobre el salvaje asesinato del armador griego debería ser entrevistada por los investigadores de homicidios. El problema era que la brigada de homicidios estaba en la comisaría de otro barrio.
Tres llamadas más tarde, la policía hablaba en persona con el inspector Estévez. Éste, que estaba solo, pretendía escaparse para hacer una visita a un amigo con el que tomar un trago y la inoportuna llamada lo puso de mal humor. Preguntó a la agente si el individuo tenía pinta de estar loco, como casi todos los que entrevistaba en relación con el crimen, pero la agente no cayó en la trampa. Si por algún motivo la entrevista no se llevaba a cabo y resultaba después que habría sido importante, el inspector alegaría que la agente había catalogado de loco al hombre y se lavaría las manos.
Soltando una maldición, Estévez dio orden de que un búho, coche sin distintivos de la policía, recogiera al informante y lo acercara al despacho. Calculó que si no había mucho atasco y resolvía pronto la entrevista aún estaría a tiempo para esa copa.
—¿Cómo dice que se llama? —preguntó el inspector Estévez.
—Menasés Liebnitz.
Al rabino no se le escapaba la incomodidad del policía sentado con indolencia tras la mesa del despacho. Acostumbrado a tener que catalogar a las personas, no tardó en calificar al policía de incompetente.
—¿Dice que tiene información sobre el asesinato del señor Nikolaos Tsaldharis? —preguntó levantando una esquina de una carpeta para leer el apellido del griego, con el que se hizo un lío—. ¿Lo conocía usted?
—No, no lo había visto nunca. Realmente no sé quién lo ha matado, pero sí por qué.
—¿Sabe por qué han matado a ese hombre? —preguntó socarrón el policía—. Vaya, me alegra oírlo. ¿Y por qué cree usted que lo hicieron?
—Para robarle un violín.
Estévez se incorporó un poco en la silla y prestó atención. Hasta ese momento todas los entrevistados le habían manifestado móviles a cada cual más incongruente. Amantes despechados, deudas millonarias con gente que no tenía dónde caer muerta, misteriosas tramas políticas…
Pero el griego tenía una variada colección de piezas de arte, muchas de ellas relacionadas con la música, y entre ellas había varios valiosos violines.
—¿Qué le hace pensar que querían robar un violín?
—El señor Tsaldharis poseía un violín que sus asesinos buscaban. Un stradivarius de 1732.
Estévez abrió la carpeta, en cuya tapa se podían apreciar varios círculos oscuros, sin duda por haber servido de posavasos, y revisó el contenido mientras Menasés guardaba silencio.
—Encontramos en casa del señor Tsaldharis varios violines —dijo el inspector, tras releer parte del dossier en silencio—. Dos eran de Antonius Stradivarius. Uno fabricado en 1703 y el otro en 1715. Ninguno coincide con el año que usted dice y créame, hemos buscado a fondo. No falta ninguno. El servicio doméstico y su pasante coinciden en ello. Hemos hablado con la aseguradora que cubría cualquier eventualidad de los instrumentos y sólo tenía estos dos, aparte de otros fabricados por diferentes artesanos.
—El señor Tsaldharis tenía en su poder ese violín. No podía asegurarlo porque lo había adquirido ilegalmente. Ese violín fue robado hace dos años y los ladrones se lo vendieron a Tsaldharis.
Estévez mostró una sonrisa de autosuficiencia. Ahí estaba. Por fin había aparecido la teoría conspirativa. Miró el reloj de pared situado detrás del rabino y pensó que aún estaba a tiempo para quedar con su compañero de juergas.
Ante la mirada impaciente del policía, el hombrecillo desglosó su intriga, hasta que de pronto se interrumpió bruscamente. Había llegado a la conclusión de que aquel desagradable policía no iba a suponer ninguna ayuda. Estaba perdiendo el tiempo hablando con un majadero.
—Bueno. Veo que usted no cree nada de lo que digo —dijo Menasés poniéndose en pie—. Imagino que tendrá usted cosas mucho más importantes que hacer que atender los desvaríos de un loco. Creo que será mejor que me vaya.
Un confundido inspector Estévez, cogido en renuncio, trató de convencer a Menasés de que en absoluto pensaba que estuviera loco. A pesar de ello el rabino se dirigió con resolución a la salida.
En la calle, una vez recuperado el pasaporte y devuelto la tarjeta que lo identificaba como visitante, Menasés se detuvo ante la puerta de la comisaría y respiró profundamente. Había previsto desde el primer momento que no lo tomarían en serio, así que había contado la parte de la historia más creíble con la esperanza de despertar la curiosidad de la policía.
Pero estaba claro que aquel idiota no tenía el más mínimo interés. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Sería posible hablar con algún superior de aquella nulidad? No podía ser que un tipo como Estévez estuviera al frente de una investigación como ésa. ¿O sí?
Meditando sobre su siguiente paso. Menasés se alejó de la comisaría. Sumido en sus pensamientos chocó al doblar la esquina con un hombre de mediana edad. La diferencia de corpulencia y reflejos terminó con Menasés en el suelo en una caída ridícula. Enseguida el hombre se inclinó para ayudarlo a levantar.
—Discúlpeme, no tenía intención —dijo el preocupado hombre mientras le tendía el sombrero recogido del suelo—. ¿Está usted bien?
—Sí, sí. Ha sido culpa mía, no se preocupe. Venía despistado.
Por un momento la mirada de los dos se cruzó. El rabino vio a un buen hombre, sensato y sinceramente interesado por su estado.
—No se preocupe, de verdad. Estoy bien y no, no necesito que me atienda una ambulancia, muchas gracias.
—Estupendo entonces. De todas maneras tenga mi tarjeta. Si necesitara algo, no dude en llamarme.
De manera descuidada, Menasés guardó la tarjeta en un bolsillo y se despidió con un sentido apretón de manos. Mientras se alejaba no pudo evitar comparar la amabilidad de aquel hombre con la impertinencia del policía que lo había atendido en la comisaría.
Ludwig se despertó tarde y con hambre. Había dormido de un tirón doce horas. Las últimas dos semanas habían resultado muy intensas y su cuerpo precisaba descanso. Tomó el mando que tenía sobre la mesilla de noche y, pulsando un botón, descorrió las cortinas, permitiendo que la luz inundara la habitación. Tras estirarse a fondo se levantó para tumbarse en el suelo, sobre la espesa alfombra artesanal.
Primero una tanda de veinticinco abdominales, seguida por otra igual de flexiones y vuelta a empezar. Después de las cuatro series de ejercicios, realizó varias asanas estirando suavemente los distintos músculos y terminó sentándose sobre sus talones, controlando la respiración y tratando de aislarse de lo que le rodeaba volviendo su mente hacia su interior.
Quince minutos después Ludwig se incorporó y entró en el baño. El afeitado y la ducha posterior se vieron amenizadas por los sones de saxofón de Charlie Parker en el ipod. Concluida la higiene personal, bajó al restaurante, donde pidió un abundante desayuno, del que dio cuenta mientras leía el New York Times.
La entrevista concertada con el inspector Herrero estaba acordada para primera hora de la tarde, o lo que a juicio de la voz con la que había hablado Ludwig era primera hora. Para Ludwig las cuatro era más bien media tarde, pero se abstuvo de comentarlo. Había apuntado la dirección y luego la había buscado en su plano. La comisaría se hallaba prácticamente al lado de la plaza de España. Calculó que andando tardaría poco más de media hora en llegar, así que si salía para allí a las tres y cuarto sería puntual.
Aún quedaban casi dos horas para las tres y cuarto, había terminado de almorzar y el sol lucía. Ludwig llegó a la conclusión de que alargar el trayecto dando un paseo por el parque del Retiro podía ser una buena idea.
A esas horas el parque no tenía muchos visitantes. Para las costumbres españolas se acercaba la hora de la comida, y los madrileños se dirigían a sus mesas. Ludwig lo prefería así. Los únicos ocupantes del parque eran algunas parejas, pocas, de ancianos sentados en los bancos más próximos a las entradas del parque, que se calentaban con los tibios rayos de sol, al igual que sucedía a los pies del lago Léman, cerca de su hospital, y en todos los parques del mundo. Todos en silencio, se dijo Ludwig. Sin duda tantos años de convivencia habían acabado con los temas de conversación.
También se encontró personas solitarias paseando perros que, gracias a sus animales, confraternizaban entre ellos. En el estanque del Palacio de Cristal una mujer madura trataba de plasmar el paisaje en un óleo, con más voluntad que acierto según Ludwig, y otra anciana daba de comer a las palomas, que se alborotaban tratando de conseguir su parte de migas de pan.
Pasando al costado del Palacio de Cristal, ante la mirada interesada de la mortalmente aburrida vigilante, continuó el paseo hacia el gran estanque, donde se detuvo. Miró su reloj e hizo unos cálculos rápidos. Aún le daba tiempo para sentarse en uno de los chiringuitos y tomarse tranquilamente un café.
Ya instalado en la terraza al sol fue calibrado por un par de subsaharianos. A pesar de la ropa informal que Ludwig llevaba —botas altas Timberland, vaqueros ajados a la piedra, una camiseta azul y una cazadora de cuero de aviador—, el corte de las prendas hablaba de una buena cantidad de dinero, no lo que solían vestir los maderos de paisano que a veces patrullaban el parque para tratar de pillar in fraganti a los vendedores de droga. Al final uno de ellos se le acercó y en un mal inglés le ofreció su mercancía mostrándosela en una inmensa mano semicerrada: marihuana y hachís. El proveedor también podía proporcionarle cocaína, heroína y speed, si Ludwig así lo prefería.
Sin dignarse a mirar a la cara a su interlocutor, Ludwig se desentendió de éste con un gesto y esperó a que se marchara. Un nuevo vistazo al reloj le indicó que ya era la hora de seguir la marcha. En la esquina del estanque cogió el camino diagonal hacia la Puerta de Alcalá y salió del parque. A esa hora la circulación todavía era más o menos fluida y los vehículos pasaban a toda velocidad.
Desde la plaza de la Cibeles, la misma cuya historia tratara de contarle el taxista el día anterior, llegó hasta la Gran Vía. En la otra punta de la calle estaba la comisaría.
—Buenas tardes. ¿Qué deseaba? —preguntó solícito un agente de la policía en el recibidor.
—Buenas tardes —contestó Ludwig—. Tengo una cita con el inspector jefe Herrero.
—¿Le importaría decirme su nombre?
—Dreifuss. Ludwig Dreifuss.
El agente, al que parecían quedarle pocos días para su jubilación, se caló unas anticuadas gafas bifocales que le colgaban de una cadenita en el cuello y miró atentamente el monitor del ordenador, mientras con mano inexperta movía el ratón.
—Sí, aquí está. Ludwig Dreifuss ¿verdad? —dijo el policía, satisfecho de haber conseguido encontrar lo que buscaba—. Avisaré al inspector. Casualmente hace un rato que ha llegado. Estará en su despacho.
Mientras hablaba, tomó el teléfono y examinó una lista pegada con celo en el canto del mostrador donde recibía a las visitas. Tuvo que revisarla un par de veces antes de dar con el número. Una vez lo vio, marcó cuidadosamente cuatro cifras y aguardó a que le cogieran.
—El señor Dreifuss pregunta por el inspector jefe Herrero… sí, acaba de llegar… Un segundo, inspector. —Y dirigiéndose a Ludwig preguntó—: Disculpe, señor Dreifuss, ¿desea un intérprete? ¿No? Muy bien. —Volviendo al teléfono continuó—: No, no necesita intérprete… de acuerdo, ahora mismo.
—Lo están esperando, señor Dreifuss —dijo el agente cuando colgó el aparato—. Ahora vendrán a buscarlo. ¿Me permite su documentación, por favor?
Ludwig le extendió su pasaporte, que el policía guardó en un casillero. A cambio le entregó una tarjeta plastificada, en la que se podía leer, en grandes letras azules, la palabra visitante, con una pinza metálica para que se la colgara de la cazadora.
—¿El señor Dreifuss? —dijo a su espalda una voz que Ludwig reconoció como aquella con la que había hablado por teléfono para concertar la cita—. Soy el inspector Estévez, ¿qué tal el viaje?
Ludwig trató en un primer momento de hacer como que no veía la mano tendida, pero finalmente se vio obligado a estrecharla cuando se hizo evidente que el policía vestido de paisano no iba a retirarla. El apretón que recibió fue blando. El policía tenía la mano fría y húmeda. Era como darle la mano a un pez.
Ludwig siguió al policía por el edificio sin entrar en la conversación que éste mantenía solo. No se le escapó que los saludos recibidos por su anfitrión por parte del resto del personal eran puro formulismo. Había quien, descaradamente, miraba a otro lado cuando se cruzaban o quien después de saludar ponía una mueca de desagrado.
Al parecer el policía no se daba cuenta de nada de esto. O estaba ya acostumbrado, se dijo Ludwig. A él le resultó particularmente desagradable. No le hacía ninguna gracia tener que tratar con un tipo así.
—Inspector jefe Herrero —dijo el policía después de abrir una puerta en la maraña de pasillos de la comisaría—. El señor Dreifuss.
—¿Qué tal está, doctor Dreifuss? —le dijo el inspector jefe—. Me alegra tenerlo aquí, ¿quiere sentarse, por favor?
A Ludwig le sorprendió el tono de voz cálido y sereno que tenía el inspector jefe. Sentado en el otro lado del escritorio en una silla de plástico amarillo, el policía, algo mayor y con cierta barriga, vestía una usada camisa blanca con finas rayas verticales de color azul y una ancha corbata, también azul, con un estampado antiguo.
Lo que más llamó la atención de Ludwig fue su rostro. Parecía el de un apacible San Bernardo. Mejillas flojas, nariz bulbosa bajo la que aparecía un recortado mostacho entrecano, la parte superior de la cabeza calva y los costados de pelo blanco protegiendo unas enormes orejas peludas.
Pero sus ojos, entrecerrados por unas profundas ojeras, tenían una húmeda mirada que desmentía lo anterior. Era una mirada curiosa y a la vez respetuosa. Una mirada que había visto muchas cosas; unas terribles y otras tiernas. Una mirada que ofrecía confianza y sinceridad. Era la mirada de un hombre que hacía mucho tiempo había aceptado el mundo tal y como es y que vivía en paz consigo mismo. Ludwig pensó que mucha gente se había rendido a esa mirada.
El inspector Herrero permanecía en silencio, dando tiempo a su visitante para que se encontrara cómodo, mientras Estévez acercaba una silla y se acomodaba a un lado de la desvencijada mesa.
—¿Le apetece un café, doctor Dreifuss? —preguntó Herrero sin apartar la mirada —. ¿Sí? ¿Quizá un cortado, o un café con leche? Estupendo. —Y sin mirar a su subordinado añadió—: Estévez, ¿sería tan amable de traer un café solo para el señor Dreifuss y un chocolate para mí? Gracias.
No se le escapó que Herrero se estaba deshaciendo sin demasiadas ceremonias de su segundo. Una breve sonrisa afloró a los labios de Ludwig. Sin duda el inspector jefe había intuido que Estévez no era del agrado del visitante, como tampoco parecía serlo del suyo.
Para su propia sorpresa Ludwig se sentía cómodo. El inspector parecía una persona con la que se podía hablar, agradable, intuitivo, y había comprendido enseguida que a Ludwig no le gustaba ir estrechando la mano de desconocidos y lo había respetado.
—Mientras esperamos los cafés —dijo el policía—, ¿qué le parece si hablamos un poco de lo que le ha traído hasta aquí? Imagino que es usted un hombre ocupado y no me gustaría hacerle perder el tiempo.
—Gracias, inspector. La verdad es que me gustaría terminar con esto cuanto antes. Es una situación insólita y bastante desagradable. Han allanado mi casa, asesinado a mi empleada del hogar y después me he enterado de que soy el heredero de un millonario tío materno de quien no tenía la menor idea que existiera. Todo esto es demasiado confuso.
—Lo entiendo perfectamente, doctor Dreifuss, ¿le parece bien que lo llame doctor? Estupendo. Efectivamente, como usted bien dice, la situación es insólita. He hablado con mis colegas de Ginebra, con la Interpol y, no lo voy a engañar, he investigado acerca de su persona al igual que lo ha hecho la policía suiza, aunque ellos lo nieguen, por supuesto. Sólo algunas multas de tráfico por conducir a velocidad excesiva. Es un Porsche 911, ¿verdad? Magnífico coche. Siempre he soñado con tener uno.
Ludwig sintió que el policía hablaba con sinceridad, incluso el comentario acerca de su vehículo no era para agradar. Le estaba cayendo bien aquel inspector.
—¿Tienen idea ustedes de quién ha podido hacer esto?
—La verdad es que estamos a oscuras. El crimen ha sido de una planificación y ejecución perfectas. Él o los asesinos son excelentes profesionales. No hemos encontrado huellas, ni testigos, ninguna pista. A pesar de las medidas de seguridad de la casa, alarmas, cámaras, cerraduras, etcétera, han entrado limpiamente y actuado con absoluta impunidad. Seguimos buscando pero me temo que no vamos a encontrar nada por ese lado. Por ahora nos estamos concentrando en el móvil. Es posible que por ahí podamos avanzar más.
—Creo —señaló Ludwig—, y la policía de Ginebra coincide en ello, que el allanamiento de mi casa y el asesinato de mi desconocido tío están relacionados.
—Es lo que parece, ¿verdad? —asintió el inspector—. Ahora. ¿Por qué cree usted que se cometieron ambos delitos?
—No lo sé. He estado pensando sobre ello. La única conclusión a la que llego es que alguien quería algo que pensaba que podía tener mi tío. Al no encontrarlo, de alguna manera supo de nuestro parentesco y pensó que lo podía tener yo.
—¿Y es así?
—Estoy seguro de que no. No se me ocurre nada que pueda poseer y que alguien desee. Carezco de joyas o de obras de arte valiosas. En cuanto a mi tío, como sabe, me he enterado de su existencia hace sólo unos días.
—Cierto. Así me han informado. En resumen: tenemos una persona o personas en pos de algo que puede estar en poder de un anciano millonario. La casa de éste es un fortín y para acceder hay que conocer al detalle las medidas de seguridad, algo muy difícil de conseguir, por lo que los asaltantes, digamos que son varios, no actúan a la ligera. Es de suponer que, antes de tomar al asalto la casa, se han asegurado de que su tío, el señor Tsaldharis, no tiene lo que buscan en otro lugar. Así que entran, matan a la enfermera y torturan a Tsaldharis para que éste les diga dónde tiene escondido lo que sea que quieren, ¿le parece que hasta aquí podríamos ir bien?
Tras un gesto de asentimiento de Ludwig el inspector continuó:
—Estupendo. Entonces, el anciano, en cuya casa los asaltantes no encuentran nada, atormentado de manera salvaje, lo involucra a usted. Los asaltantes se ponen en contacto con alguien en Ginebra para que den con su casa y la registren a fondo. Sin duda los autores son unos tipos con recursos para poder improvisar de semejante manera.
—Quizá ya conocían de antes la relación de parentesco —aventuró Ludwig.
—Buena puntualización —aplaudió el inspector—. Sin embargo, pienso que de haberlo sabido, primero hubiesen registrado su domicilio. Es más fácil y si, como parece, son excelentes profesionales, usted no se hubiese dado cuenta. No hubiera hecho falta montar semejante espectáculo ni matar a la empleada de hogar, algo que, estoy convencido, hubiesen preferido no hacer.
—¿Y eso por qué? —preguntó Ludwig—. No creo que esa gente tenga reparos en matar.
—Está claro que no. Pero suelen preferir los trabajos limpios. Traen menos complicaciones, ¿sabe? Rehúyen todo lo que sea llamar la atención sobre sus actividades.
»No, yo creo que el anciano les habló de su sobrino en la capital suiza. El registro de su domicilio es apresurado, lejos de la planificación con la que entraron en casa de su tío. He cotejado las horas. Me inclino a creer que los asaltantes desconocían su existencia y que Tsaldharis les habló de usted.
—¿Y adónde nos lleva eso?
—Si convenimos que en casa de Tsaldharis los asaltantes no encontraron nada, sólo nos quedan dos posibilidades: una, que tampoco encontraron lo que buscaban en la casa de usted y dos, que sí lo encontraron.
Al llegar a este punto Herrero calló y se quedó mirando de manera plácida a Ludwig.
—¿Espera usted que yo diga algo? —preguntó Ludwig al cabo de un larga pausa.
Entre tanto Estévez había llegado con el café y el chocolate, los había dejado sobre la mesa de su superior y se había vuelto a marchar sin que nadie pareciera darse cuenta.
—Ya le he dicho que en mi casa no faltaba nada y que tampoco recuerdo que guardara nada de valor.
—¿Su madre de usted, no le dejó alguna herencia, un recuerdo que para usted pueda no tener demasiado valor pero que sí lo tuviera para otras personas?
—¿Y cómo sabría yo que lo que para mí pueda tener sólo un valor sentimental, pudiera ser tan importante para alguien? Pero no. He revisado lo poco que me quedé de mi madre y no hay nada que justifique todo esto.
—Si los asesinos pensaban que usted estaba en posesión de lo que buscaban y no lo encontraron en su domicilio, resultaría lógico pensar que lo abordarían a usted como hicieron con Tsaldharis o registrarían otras pertenencias suyas, no sé, por ejemplo, su consulta, ¿no está de acuerdo? ¿Le molesta que haga esto? Estupendo. Me aclara la mente y me ayuda a pensar con más claridad.
Herrero había sacado de un cajón sus tijeras con mango de plástico azul y recortaba triángulos de un folio ya usado.
—La verdad —empezó a decir despacio Ludwig, tras pensarlo un momento— es que mi consulta también fue registrada y de una manera muy discreta, tal y como apuntaba usted. No dije nada a la policía suiza porque no quería enredarlo todo aún más. No se llevaron nada tampoco.
—Bueno —dijo animadamente Herrero—. Eso ya está mejor. La verdad es que me tenía preocupado. ¿Le importa que dé aviso a mis colegas suizos? Me temo que, dadas las circunstancias, es necesario, y quién sabe, quizá encontremos alguna pista. Hará falta que me firme una autorización para que puedan acceder a su consulta pero ya la prepararemos luego.
Si Herrero pensaba que Ludwig ocultaba algo, o podía estar implicado en los crímenes, lo disimulaba muy bien. En ningún momento había cambiado la expresión amable de su rostro.
La conversación no daba para más. Quedaba claro que el policía no había esperado conseguir demasiada información y que Ludwig o no sabía o no iba a admitir saber nada. Aún permanecieron hablando diez minutos más de generalidades sobre el caso, mientras Estévez redactaba la autorización de registro para que la firmara Ludwig. En ella se facultaba de forma voluntaria a la policía suiza para entrar en su consulta y registrarla en presencia de dos testigos escogidos por Ludwig. Una vez hechos los trámites, el inspector Estévez acompañó a Ludwig a la salida. En esta ocasión el policía no abrió la boca hasta la misma puerta, donde masculló un inaudible adiós.
En la calle, Ludwig se abrochó la cazadora. Quedaba ya poca luz. En la cabeza daba vueltas a la reunión mantenida con el chocante policía. No habían sacado nada en claro, algo con lo que el inspector parecía contar. Debía admitir que éste le había causado impresión. Aún podía sentir sus húmedos ojos mirándolo con curiosidad.
Tratando de despejar la mente decidió comenzar la noche con un aperitivo antes de decidir adónde ir a cenar.