La fórmula Stradivarius
Rubén (Hijo de la providencia)
En el instante presente se encuentra el secreto del pasado y del futuro.
De la Cábala
MADRID. NOVIEMBRE DE 2003
E l inspector Pablo Herrero se asomó fuera de su despacho. Con disimulo miró a los lados. En la comisaría el ajetreo era menor de lo habitual. Los agentes que trabajaban en horario de oficina, de lunes a viernes, hacían lo posible por ir terminando sus tareas antes de irse a casa. Herrero aspiraba a poder hacer lo mismo.
Acompañando la puerta con la mano para evitar hacer ruido y llamar la atención más de lo imprescindible, Herrero se alejó por el largo pasillo, bajó los tres pisos hasta la entreplanta, dejó atrás la máquina del café, donde dos ociosas oficinistas se reían de alguna tontería dicha por un joven agente, y vio la salida.
Sin permitir que la euforia lo embargara, avanzó hacia la puerta de cristal a través de la cual se veía ya la calle.
—¡Inspector!, inspector Herrero —gritó a sus espaldas una voz que se acercaba por el pasillo.
Herrero se detuvo a un metro de la libertad y cerró los ojos con resignación. Su huida del trabajo se había visto truncada por un solícito agente que no parecía tener motivos para pensar que el inspector Herrero tenía casa propia y no vivía en la comisaría.
—Suerte que lo cojo, inspector —dijo el agente uniformado, sin hacer caso del gesto de fastidio de su superior—. Pregunta el comisario por usted. Ha llamado a su despacho, pero usted ya había salido y me ha pedido que mirase por si aún permanecía en el edificio.
Mientras recogía su mesa, Herrero había oído el irritante timbre del teléfono. Por supuesto, no se le había pasado por la cabeza descolgar.
Lamentablemente el comisario Eusebio Martín había sido más rápido que él. El comisario era un tipo generoso con el tiempo de sus subordinados, pero extremadamente celoso del suyo. Seguro que hacía ya un buen rato que había abandonado la faena.
—Realmente es una suerte que me haya encontrado —repuso sardónico Herrero —. ¿Le ha explicado el comisario qué es lo que quiere?
—No, no me lo ha dicho. Simplemente me ha ordenado que lo buscara. Que se trataba de algo de la máxima importancia.
El inspector miró con desesperación el techo del pasillo. Por lo general cualquier tema, por insignificante que fuese, gozaba de la clasificación de máxima importancia para su superior.
—¿Está el comisario en su despacho? —preguntó con sorna Herrero.
—No, ya se ha marchado para casa —repuso el agente sin dar señales de haber captado la ironía—. Tengo la llamada de su móvil retenida. Si le parece se la paso a su despacho.
Herrero subió por la escalera las tres plantas lo más despacio que pudo, tomándose un respiro entre una y otra para coger un poco de aire. Con metro setenta y cinco de estatura, y noventa y dos kilos de peso la última vez que se subió a una báscula, Herrero estaba un poco relleno y no en plena forma física, algo que se la traía al pairo. Como casi todos los hombres había descuidado su aspecto casi desde el día en que se casó. En esto también coincidía con su mujer, a la que no se podría confundir con una sirena como las que adornaban las taquillas de los vestuarios masculinos en la planta baja, mostrando sus intimidades.
Finalmente llegó hasta su despacho. En el teléfono una lucecita roja indicaba que, al otro lado de la línea, alguien aguardaba a que el aparato fuera descolgado y, o poco conocía Herrero a su jefe, o la espera no estaba siendo paciente. Con calma dejó su anacrónico sombrero de ala blanda en el perchero, un regalo de su mujer años atrás que le acentuaba, al decir de sus compañeros, el parecido con el policía de la película El exorcista, colgó el abrigo largo y ligeramente ajado, y con un resoplido se sentó en la torturada silla de plástico amarillo, que prefería a las dotadas de ruedas y palanquitas, anatómicas e inestables, proporcionadas por la jefatura.
—¡Hombre! —dijo una voz maltratada por el tabaco y la ingesta de café hirviendo al otro lado del aparato cuando el inspector se decidió a descolgar—. No se ha dado usted mucha prisa en atender mi llamada.
—Lo siento comisario —contestó Herrero, y sin mucha esperanza añadió—: Salía ya cuando me llegó su recado.
—Me alegro de que aún estuviera por ahí. Si no, hubiese resultado un engorro tener que esperar a que llegara a su casa para trasmitirle el mensaje y habría hecho el viaje en balde. Porque imagino que se le habrá olvidado llevarse el móvil, ¿no?
Ahora era el comisario quien lanzaba las puyas. Herrero, por norma, se dejaba el teléfono en cualquier sitio, con la secreta esperanza, nunca cumplida, de que se perdiera.
—No señor —contestó—. Lo había cogido, pero me temo que anda bajo de batería…
—Sí, claro. Es igual. A lo que íbamos. Se ha producido un asesinato en las afueras de la ciudad, al norte, no muy lejos de Barajas, en una mansión llamada Hybris. El muerto era un tipo de muchísimo dinero, como todos los que viven por allí, pero al parecer además de pasta tenía cierta amistad con un diputado. Me han pedido que destine a mis mejores hombres a este caso. Como comprenderá, me he acordado de usted.
¿Y de quién, si no?, pensó Herrero sin tratar de dar vida a sus pensamientos. De todos los inspectores jefe en nómina de la comisaría, dos estaban de baja, uno de permiso por paternidad, otro llevaba de excedencia un año y su puesto no había sido cubierto. Así sólo quedaban dos: el propio Herrero y un gañán llamado Eulogio Belmonte, estúpido hasta decir basta, al mando de la brigada de delincuencia organizada, del que tanto sus compañeros como los jefes se hacían cruces tratando de imaginar cómo había logrado aprobar los exámenes, no sólo de ascenso a inspector jefe, sino de oposición para entrar en el cuerpo.
—Cuánto honor me hace, señor. Espero no defraudarlo…
—No se pase, Herrero. Imagino que esperaba poder irse a casa temprano y pasar con la familia el fin de semana, pero este caso es de la máxima importancia.
Herrero separó el auricular de su oreja, fastidiado por la insistencia de cómo debía tratarse el caso por parte de su superior.
En realidad el problema no era suyo y el comisario lo sabía. Herrero, como inspector jefe de homicidios, no tenía por qué desplazarse más allá de su oficina. Para eso estaban los inspectores, pero el que estaba de guardia ese fin de semana era José Estévez, un inepto cincuentón hijo de un antiguo comisario que Herrero había tratado, sin ningún éxito, de quitarse de encima y que, por supuesto, el comisario no quería que se ocupara del caso.
Cuando Estévez se enterara de que no lo habían llamado a él, fingiría enfadarse el muy trepa, pero en realidad estaría encantado de que no se pudiera comprobar, una vez más, su ineptitud.
Herrero, mosqueado por ver rotos sus planes y porque el comisario prescindiera del mismo parásito que se negaba a apartar de su grupo, a punto estuvo de argumentar que abandonar el puesto a las cinco, cuando su horario de los viernes era hasta las tres, no suponía irse a casa temprano tal y como había insinuado el comisario.
—… quiero que se acerque personalmente a esa mansión. Los de la policía científica ya se encuentran allí haciendo su trabajo, póngase en contacto con ellos. En cuanto tenga algo, llámeme que estaré esperando. En el gabinete de presidencia del Gobierno están impacientes. Para variar, trate de darme algo que ofrecerles… ¿sigue usted ahí?
La última pregunta vino precedida de un breve silencio. El comisario no era de aquellos que se podían clasificar en la categoría de estúpidos. Sí, más bien, en la de capullos.
—Claro, comisario —repuso Herrero, acercándose de nuevo el auricular—. Estaba tomando nota de lo que mandaba.
—Un día de éstos vamos a tener problemas usted y yo. Bueno, no se entretenga más y salga pitando para allí. No olvide llamarme en cuanto tenga algo.
—A sus órdenes —contestó Herrero a un inerme aparato, ya que el comisario había colgado.
Sin dejar el aparato, marcó el número de su casa. Al cuarto timbrazo saltó el contestador. Esperó a que diese la señal y dejó un mensaje para su mujer, que sin duda estaría de camino a casa, desde la centralita telefónica donde trabajaba. Con voz átona le comunicaba que llegaría tarde y que no lo esperase a cenar. Era un mensaje tan trillado que le salía automáticamente.
Con parsimonia, Herrero se acomodó en la ancha silla de metal y plástico que había tomado prestada del cuarto donde se llevaban a cabo los interrogatorios a los detenidos. Como siempre que necesitaba relajarse o pensar, cogió de una caja una hoja de papel usado destinado al triturador y con unas largas tijeras empezó a cortar esquinas tranquilamente.
Volvió a marcar un número, esta vez una serie más corta, pues era una llamada interna, y preguntó al oficial de guardia si había visto al inspector Estévez. Por algún motivo desconocido para Herrero, el agente trató de ocultar lo evidente: que Estévez no estaba por el edificio, algo de lo que el inspector jefe no tenía la menor duda. Aquel anormal estaría en casa de su amante, una pelandusca con menos cerebro que él.
Siempre lamentaba que la mujer de Estévez no llamara ningún viernes por la tarde, para poder tener la satisfacción de decirle que el imbécil de su marido no había acudido a la oficina, pero era comprensible que la pobre mujer no tuviera ningún interés en preguntar por aquella calamidad.
Una vez cubierto el trámite de preguntar por su inspector, pensó en llamar a Ramírez, el otro inspector que le quedaba, dada la plaga de gripe que asolaba la comisaría. Pero Ramírez llevaba dos días sin dormir, pues a su hijo pequeño le estaban saliendo los dientes, y Herrero lo había mandado a casa. No aportaría mucho en el estado en el que estaba.
Finalmente llamó al subinspector Ponte y al agente Cuéllar, de su grupo, y los citó en el aparcamiento. Arreglándose un poco el arrugado abrigo, tomó el ascensor y bajó a reunirse con ellos.
Repantigado en el asiento del copiloto del coche policial sin distintivos conducido por el servicial Cuéllar, el inspector jefe trataba de relajarse mientras cruzaban las abarrotadas calles de la capital. Detrás, el subinspector Ponte, con un móvil atrapado entre su oreja y el hombro, se esforzaba en recopilar más datos sobre la situación, que apuntaba en una pequeña libreta.
Bajo el asiento de Herrero, había una lámpara azul destellante con un alargador que se conectaba al mechero del coche, pero sus subordinados sabían de sobra que el inspector no haría uso de ella, ni de la sirena escondida bajo el salpicadero, así que se lo tomaban con filosofía.
Hasta que llegaron a su destino, los tres apenas intercambiaron unas palabras sobre las medidas que habían sido tomadas para aislar el lugar del crimen, y otros temas recurrentes como los nuevos calendarios laborales y la tan prometida y esquiva subida de sueldo.
—Inspector Herrero, me alegra verlo por aquí —lo saludó su homólogo de la policía científica, Dos Anjos, cuando se encontraron en la entrada de la mansión.
Herrero recibió con satisfacción el saludo. Miguel Dos Anjos era un joven pero experimentado inspector que conocía el oficio. Aunque tenía nacionalidad española, Dos Anjos era de origen portugués y raza gitana. Había comenzado como patrullero, pateando la calle de noche y luchando contra la desconfianza de sus superiores y de sus propios compañeros, que no acababan de entender qué hacía un gitano en su plantilla. También había tenido que lidiar con su familia al ingresar en el cuerpo. Poco a poco y con gran esfuerzo había logrado ir ascendiendo solventando todas las trabas que se le ponían hasta llegar a la brigada científica. Herrero había trabajado anteriormente con él en otros casos y le había sorprendido su profesionalidad e intuición, algo que el inspector anteponía sobre cualquier otra virtud en un policía.
—Hola, Miguel. Me acaba de avisar el comisario, así que estoy a oscuras. ¿Qué es lo que tenemos?
—Así que el jefe le ha fastidiado el fin de semana —sonrió el inspector y, examinado su libreta, añadió—: No tenemos mucho por ahora. Uno de los muertos se llamaba Nikolaos Tsaldharis. De setenta y tres años de edad. Era el propietario de esta mansión. Impresionante, ¿verdad?
Herrero no pudo sino estar de acuerdo. Todas las construcciones de aquella zona excedían lo que cualquier persona necesitaba para fundar una familia, pero se quedaban pequeñas al lado de la que visitaba ahora. Se trataba de una mansión de tres plantas de al menos ochocientos metros cuadrados cada una, encalada de blanco y rodeada de un inmenso jardín que contenía una piscina olímpica. El perímetro aislaba la edificación de miradas exteriores indiscretas por medio de frondosos árboles, en su mayoría grandes pinos y abetos.
—¿Cómo ha dicho que se llamaba? —preguntó Herrero.
—Nikolaos Tsaldharis —repuso al instante el inspector sin hacerse un lío con la difícil pronunciación—. Un antiguo armador griego, de esos que empezaron con nada y terminaron con más de lo que podían gastar en toda su vida. Vivía solo, atendido por una legión de sirvientes. Por las noches, sin embargo, los despachaba a todos y se quedaba solo con una enfermera. Por lo que me han dicho era un tipo muy extraño. Desde que se retiró, hace ocho años, no había vuelto a salir de estas paredes. Tenía un pasante inglés que hacía funciones de secretario personal, Robert Aldrich. Llevaba toda la administración de su capital, sus negocios, incluso la elección del personal doméstico. Ha sido él quien nos ha avisado.
—Ha dicho usted que el tal Nikolaos era una de las víctimas. ¿Es la enfermera que lo cuidaba la otra?
—Así es. Los asesinatos fueron llevados a cabo pasadas las diez de la noche, cuando los sirvientes ya se habían marchado. Creo que la enfermera murió enseguida. Ahora la verá usted. Se trata de una señora de mediana edad. Susana Escobar, si no recuerdo mal. Sí, efectivamente. Era diplomada en enfermería y llevaba al servicio de Nikolaos desde hace más de nueve años. Aparentemente alguien se le acercó por detrás, le tapó la boca con la mano y la degolló con un tajo profundo que va de oreja a oreja. El asesino la dejó donde la había matado. El viejo no tuvo tanta suerte.
Mientras hablaban habían subido las escalinatas que llevaban a un espacioso salón. En las paredes colgaban pinturas de diferentes épocas, autores y escuelas. Annibale Currad, Caravaggio, Tiziano, Delacroix, David Friedrich y Goya compartían los honores con Picasso, Manet, Degas, Gauguin y Piet Mondrian.
Los suelos de madera noble estaban tapizados por gruesas alfombras persas, chinas y del Turkestán. Sobre los pesados muebles macizos de caoba, descansaban figurillas de ébano y marfil, jarrones chinos, piezas de jade, bustos clásicos e instrumentos de todo tipo.
—Un poco recargado, ¿no le parece? —preguntó Herrero mientras examinaba atentamente una figura de un guerrero oriental modelado en barro.
—Sin duda lo es —repuso Dos Anjos, que de arte andaba poco versado—. Pero aquí hay una fortuna. Estoy seguro de que con lo que cuesta esa figurita terminaría de pagar el piso.
—¿Han echado de menos alguna pieza? —preguntó distraídamente el inspector jefe, sin dejar de observar al guerrero. Sabía que era prematuro hablar de aquello, pero le gustaba tantear las cosas antes de meterse de lleno en la investigación.
—No hemos tenido mucho tiempo aún, pero en principio no parece que haya ninguna marca ni en las paredes ni sobre los muebles.
—Dada la extrema limpieza que hay en esta casa, dudo que queden marcas —dijo Herrero mientras levantaba una pieza ante el horror de los demás policías.
—Puede ser —contestó tranquilamente Dos Anjos, que conocía las maneras poco ortodoxas del inspector jefe—. De todas formas cuando retiremos los cuerpos haremos un barrido a fondo. ¿Qué opina de esto?
Herrero se acercó a la enorme mesa de madera oscura donde se centraba la atención de sus dos hombres y de los de la científica. Un agente, enfundado en un buzo blanco con capucha y mascarilla, disparaba sin cesar su cámara fotográfica desde todos los ángulos.
Sobre la mesa se encontraba el cuerpo desnudo y roto de un hombre mayor. Sin tocar nada y con la tranquilidad que proporciona la experiencia, Herrero examinó concienzudamente el cadáver. Lo habían tumbado boca arriba y le habían atado las piernas a las patas de la mesa. Las manos estaban clavadas al tablero, con gruesos clavos, por las muñecas. En la mano derecha faltaban todos los dedos, que estaban esparcidos por el piso. En la izquierda aún permanecían dos de ellos. Las orejas también habían sido arrancadas y colgaban de la araña de cristal situada sobre la mesa. Una de ellas se veía parcialmente masticada. La misma suerte había corrido la virilidad del pobre individuo. Lo que quedaba de ella estaba al lado del torturado rostro, como si el asesino se hubiese querido asegurar de que la víctima fuera consciente de su tarea. La nariz fracturada y la boca tumefacta, a la que faltaban varios dientes, no ayudaban a reconocer la identidad de aquel despojo.
En el tren de alta velocidad Madrid-Sevilla, Etzel abandonaba la capital española. En el asiento de al lado, para el que había cogido billete por si algún entrometido revisor ponía alguna pega, llevaba una voluminosa caja alargada envuelta en papel de regalo azul y adornada con una vistosa cinta dorada rematada por un gran lazo.
Eran las diez de la mañana y aún quedaba una hora para llegar a la estación sevillana de Santa Justa. Etzel se planteaba el tema del desayuno mientras el paisaje corría por las ventanillas. A pesar de la temperatura controlada del vagón, prefería no quitarse la cazadora de cuero que vestía sobre un polo negro. Unos elegantes zapatos y los artificialmente envejecidos vaqueros completaban su vestuario, discreto pero de calidad. El cabello negro y engominado hacia atrás enmarcaba un rostro pálido, de ojos marrones, e imberbe. Su figura alta y estilizada ofrecía un aire inquietante.
Horas antes, en la mansión del magnate griego, ni el pelo era negro, ni tenía gomina, ni los ojos castaños, ni su vestuario se parecía en lo más mínimo.
Quizá era un exceso de celo pero aunque la policía aún tardaría horas en movilizarse, era mejor no utilizar el aeropuerto de Madrid. Desde Sevilla sería más discreto tomar un vuelo a París, donde tenía previsto descansar unos días.
Justo acababa de meterse el móvil en el bolsillo del pantalón. Etzel había dejado sonar un número convenido de veces el teléfono antes de colgar para informar a su cliente de que había cumplido el encargo. Por fortuna no había habido más contratiempos. En un trabajo anterior, meses atrás, las cosas habían ido aún peor.
Durante un mes había estado controlando la rutina del hombre. En ese tiempo el tipo había llegado a su casa puntualmente a las seis de la tarde, no volviendo a salir hasta la mañana siguiente. El estuche que Etzel debía robar, de gran tamaño, también volvía con él a la misma hora. Etzel ya conocía el interior de la casa, que había recorrido y fotografiado en ausencia de la familia.
Había llegado a la conclusión de que el paquete se quedaba en el despacho de abajo, mientras su propietario, con su mujer e hijos, dormía en la planta de arriba, adonde se retiraban hacia las nueve y media de la noche, después de cenar.
El plan era sencillo: entrar antes de las seis, cuando la casa estaba desierta, esconderse en el pequeño aseo del despacho, que no se utilizaba, y esperar hasta que terminaran de cenar y se fueran a sus cuartos. Después cogería el paquete y saldría por la puerta tranquilamente. Cuando a la mañana siguiente el hombre echara en falta el estuche, Etzel estaría ya muy lejos.
Pero aquella noche uno de los hijos adolescentes del matrimonio volvió a casa bastante más tarde de lo habitual, junto a un grupo de amigos. Los chavales habían estado bebiendo y se acercaron a la casa sigilosamente para que los padres no se dieran cuenta, con tan mala suerte que coincidieron con Etzel, que ya se marchaba con el paquete. El hijo no se dejó engañar y enseguida se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, dio la alerta y todos salieron corriendo detrás. A Etzel no le quedó más remedio que dejar el codiciado y voluminoso estuche y huir apresuradamente para no ser víctima de un linchamiento a manos de los alborotados jóvenes.
Etzel había descargado su frustración con un mendigo que dormitaba en un banco tapado con unos cartones. Cuando se tranquilizó, el indigente sangraba por varios sitios y estaba sin sentido.
Esa noche había jurado resarcirse con un trabajo impecable pero también habían surgido dificultades, siendo necesaria la intervención del propio cliente para que, desde donde estuviese, hiciese una llamada a Suiza solicitando ayuda.
Cuando dos horas más tarde éste llamó y dijo con tono despectivo que el viejo había mentido, Etzel perdió los papeles y se encarnizó aún más con el pobre anciano, que yacía sobre la mesa de su casa. Al final, el viejo confesó dónde ocultaba el estuche. Realmente el escondite era todo un logro técnico, imposible de detectar, pero el cliente no se había mostrado muy razonable con las dificultades sufridas.
GINEBRA. NOVIEMBRE DE 2003
Sentado frente a la mesa de su despacho, Ludwig Dreifuss leía el informe que sostenía en la mano, alumbrado por la pálida luz de un flexo. Aunque eran las cinco y media de la tarde entraba un suave resplandor por el ventanal que daba al lago Leman, donde el Ródano se ensanchaba para bañar las orillas de la ciudad.
Antes de que la oscuridad terminara de cerrarse, Ludwig había estado contemplando la magnífica panorámica, admirando la fuerza del chorro de agua, le Jet d’Eau, que se alzaba ciento veinte metros por encima del lago. También había admirado el fenómeno conocido como seiches, en el que la oscilación de la superficie del agua variaba un metro en un intervalo de tiempo de sólo media hora.
… la exploración del oído derecho se aprecia una zona granulomatosa abombada en epitímpano. El TAC muestra compatibilidad con colesteomatoma. Hipoacusia de conducción con buena conservación de la vía ósea…
El silencio acompañaba a las penumbras en el enorme despacho que Ludwig utilizaba, además, como consulta. Hacía rato que ya no quedaba nadie por la quinta planta del hospital donde él atendía. Marlene, su nueva secretaria, que sustituía a Monique, jubilada la semana anterior, también se había marchado.
La mujer parecía competente, tenía que admitir a regañadientes Ludwig, pero el otorrinolaringólogo era conocido por sus manías perfeccionistas. Había llevado mal la jubilación de Monique, única persona en la que confiaba plenamente tras una relación laboral de diez años.
A sus treinta y siete años Ludwig, tan exigente en su vida privada como en el trabajo, llevaba uno separado. Su mujer, una parisina cinco años más joven que él, no había podido seguir soportando la terrible megalomanía del afamado doctor, optando por dejar una nota en un pósit, donde se podía leer un lacónico Adieu, pegado en la portezuela del microondas, aparato, como casi todos los restantes electrodomésticos de la casa, al que Ludwig no se acercaba jamás. Esta ironía confundió un poco al doctor, que tardó casi dos días en darse cuenta de que su bella esposa le había mandado a paseo.
Si por algo lamentaba el abandono era por su desmesurado orgullo, herido de tal forma que había entablado una auténtica batalla judicial por la separación de bienes. En realidad le traía sin cuidado la repartición, pues disfrutaba de una más que desahogada posición económica, pero luchó con uñas y dientes gastando en abogados más de lo que obtuvo, con el único objetivo de vengarse de su exmujer.
Ludwig había nacido en el seno de una familia bien. Su padre, un estricto y vanidoso cardiólogo, le había legado un temperamento narcisista. Dreifuss padre se había desentendido desde el nacimiento de Ludwig tanto de su hijo como de su mujer, Ruth, hija de un pobre comerciante griego que había sufrido la tragedia de enamorarse de un atractivo e inteligente iceberg.
Estudiante destacado, Ludwig había terminado sus estudios secundarios ante la indiferencia paterna. Lejos de su casa y dolido por la falta de reconocimiento, decidió estudiar medicina y superar a su padre, para demostrarle que se equivocaban con él, se decía el joven Dreifuss. Pero en realidad era un intento patético de ganarse la voluntad de su altivo progenitor.
Durante los años en que permaneció en la facultad, se había negado a aceptar dinero de su casa, viviendo de una beca que cada año renovaba automáticamente gracias a sus brillantes calificaciones, de tomar la tensión a los jubilados y de pequeñas curas.
Fueron años de total dedicación a los estudios. Ludwig no participó en las fiestas estudiantiles, no probó los efectos de la marihuana como sus compañeros ni rondó la cafetería de la universidad.
No tuvo tampoco tiempo para enamoramientos y tan sólo se benefició de algunos escarceos con jóvenes que buscaban un buen marido en la facultad más prestigiosa, escarceos que fueron solventados con rapidez. Alto, atlético, de pelo rubio oscuro, con ojos azules pálidos en los que se podía apreciar lo encantado que estaba de conocerse, Ludwig tenía cierto embrujo sobre las mujeres que no dudaba en utilizar sin escrúpulos cuando sentía necesidad, ocasionalmente, de aliviar su soledad.
Cuando llegó la hora de escoger especialidad, Ludwig ya era consciente de la inutilidad de sus esfuerzos: su padre no se iba a sentir orgulloso de él jamás, así que era una necedad seguir tratando de ganarse su cariño. Liberado de esta carga, dejó de lado la especialidad de cardiología con la que hasta hacía bien poco pensaba que iba a llegar al corazón del viejo Dreifuss y optó por la otorrinolaringología, rama en la que los avances del momento ofrecían grandes posibilidades.
Realizó la especialidad en la Universidad de Viena, con Erik Bruckner, uno de los más afamados expertos del mundo, compaginando los estudios con un trabajo los fines de semana como médico en visitas a domicilio.
No necesitó mucho tiempo para destacar en la facultad. El experto otorrino se fijó en él y pronto lo nombró ayudante suyo, mientras sus compañeros trataban de olvidarlo.
Dos cosas resultaron de este apadrinamiento. Aprendió mucho más que en la facultad y conoció a Fancine.
La bella joven había llegado un día a la consulta de Bruckner acompañada de su padre por un insignificante dolor en un oído. El profesor estaba muy atareado y no se le escapaba que a la chica no le sucedía nada, por lo que, ante el enfado del padre de Fancine, la puso en manos de su ayudante.
La arrogancia de Ludwig, y también su físico, cautivaron a Fancine. A Ludwig, por su parte, le cautivó la idea de emparentarse con aquella familia, el dinero de su padre y lo que luciría con una beldad semejante colgada de su brazo.
Sin problemas pecuniarios, rodeado de la alta sociedad vienesa y con Bruckner como mentor, el futuro se abría diáfano ante él. Pero nada de esto impresionó al viejo Dreifuss que, en su egolatría, continuó ajeno a cuanto lo rodeaba, amargando a su mujer hasta el final de sus días.
Pero la vida, a veces, ofrece destellos de justicia y una semana después de celebrarse los funerales por su esposa, al salir del quirófano y marcharse hacia casa, el ya viudo Dreifuss no se percató de un coche que se le acercaba haciendo unas maniobras extrañas. El conductor, después del accidente, dio una tasa de alcohol en sangre que triplicaba la permitida. El cardiólogo, por el contrario, mostró unas constantes vitales por debajo de las imprescindibles.
El recién doctorado Ludwig, fiel a lo vivido en su casa, no lloró a su progenitor y se limitó a enterrarlo en una tumba sin adornos, lejos de su desdichada esposa Ruth, que descansaba a casi mil quinientos kilómetros de distancia, en Tesalia, la tierra de los centauros y magos, bajo la protección del monte Olimpo.
A Ludwig nunca se le ocurrió pensar que lo que detestaba en su padre era fiel reflejo de lo que terminaría por ser él. Egocéntrico, altanero, inmune a la desgracia ajena, siguió los pasos del viejo y se casó con Fancine. Pero su exmujer no resultó tan sumisa. Un buen día llegó a la conclusión de que compartir lecho con un pintor bohemio, antiguo compañero de estudios, resultaba más cálido que hacerlo con un bloque de hielo.
Vivía en uno de los barrios más selectos de la orilla derecha de la ciudad, cerca del hospital, en un ático que Fancine había decorado con mucho gusto. El enorme apartamento, impoluto gracias a los servicios de una desquiciada mujer de la limpieza temerosa de los exabruptos del doctor cuando éste encontraba la más mínima muestra de polvo, pasaba la mayor parte del tiempo ocupado solamente por la propia interina, que vivía en el cuarto de servicio. Ludwig sólo regresaba a su casa para dormir y muchas veces ni eso, pues se quedaba en el sofá-cama de su despacho, como había hecho las tres últimas noches.
… bajo anestesia local exéresis de granulomas en pars flácida detrás de los cuales se aspira tejido de características epiteliales…
Ludwig dejó caer la cabeza sobre el respaldo del sillón reclinable y, pasando unos dedos por debajo de las gafas sin montura, se frotó los ojos. Los tenía agotados. Hacía tan sólo un rato que se había quitado las lentillas. Presumido como era, no toleraba que nadie lo viera con las gafas puestas. A menudo pensaba en dejarse operar los ojos, pero siempre llegaba a la conclusión de que no había nacido el oftalmólogo lo suficientemente hábil como para ponerse en sus manos.
… abordaje retroauricular. Se toma pericondrio y músculo temporal para reconstrucción. Fresado mastoideo hasta cavidad mastoidea de timpanoplastia anterior que se encuentra llena de abundante tejido de granulación y material sintético de reconstrucción…
Las palabras le daban vueltas en la mente sin llegar a captar su sentido. Aquélla había sido una larguísima jornada, iniciada a las ocho de la mañana con un fino rasurado y posterior ducha. A continuación, el desayuno: café solo con una rebanada de pan untada en aceite de oliva, reminiscencia de su madre. Todo ello lo había dejado en forma para el trabajo.
Por la mañana había realizado tres operaciones, una de ellas bastante delicada con un implante sintético en un oído y las otras dos, igualmente delicadas pero, por su frecuencia, más rutinarias. Precisamente estaba leyendo el informe mecanografiado por su secretaria de una de estas dos.
… no se observa cadena osicular a excepción de un pequeño resto de la crura estapedial posterior unida al ligamento…
Aquella noche Ludwig había quedado en un pub céntrico con una enfermera nueva de urología de la segunda planta. Tenía pensado tomar un par de copas con ella y luego llevársela a su casa. En ningún momento se le pasó por la imaginación, algo que no era su fuerte, que la chica pudiera tener unos planes distintos sobre el desarrollo de la cita.
Miró el reloj. Ya eran las siete y había quedado a las ocho en el pub. Tenía pensado darse una ducha y ponerse un traje limpio que guardaba en el armario del despacho. Luego cogería el Porsche estacionado en el garaje privado del hospital, reservado para la élite del mismo, y se acercaría al centro. En total estimaba que tardaría una hora y cuarto en el mejor de los casos, así que a su cita le tocaría esperar.
Amante de la puntualidad más estricta, como si se tratara de un cronómetro de precisión, de los que se enorgullecían en fabricar las joyerías ginebrinas, carecía de escrúpulos en hacer esperar a quienes se iban a convertir en sus amantes. La posibilidad de que ésta se cansase y abandonara el pub tampoco entraba en sus registros.
Decidió terminar el examen del informe, antes de meterse en la ducha.
… de la cadena por interposición de prótesis total de hidroxiapatita entre platina y tímpano. Se conserva la pared posterior del CAE… reforzada con cartílago conchal y periostio. Obliteración de mastoides con periostio, cartílago y músculo pediculado retroauricular…
Ludwig hizo un par de insignificantes correcciones, más por fastidiar que porque tuvieran importancia, y depositó el informe sobre la bandeja. De un cubilete de cuero tomó una costosa pluma chapada en oro y estampó su firma al pie de otros informes preparados, con enérgicos trazos, luego los dejó en la misma bandeja. Estirándose como un gato se encaminó al baño.
Mientras esperaba a que se calentara el agua, se desnudó colgando con pulcritud el traje en una percha para que el servicio del hospital lo recogiera después. Se miró en el espejo de cuerpo entero. Los cuarenta y cinco minutos corriendo y las cien abdominales diarias, junto a las dos visitas semanales al gimnasio, le hacían estar orgulloso de su cuerpo.
Se metió en la ducha disfrutando con el agua hirviendo que le caía por la espalda. Después de aclararse, se dio un último remojón con agua helada y se envolvió en una toalla.
Una vez vestido y peinado, miró el reloj de nuevo. La chica debería esperar un poco más de lo inicialmente calculado. No se le ocurrió llamar y avisarla de su tardanza. Tomó el ascensor hasta la planta baja, donde en una plaza que ponía reservado se encontraba estacionado su Porsche modelo 911 Carrera, con motor de seis cilindros, tres litros y medio y trescientos veinte caballos, de color plateado. El interior estaba decorado con madera clara y cuero blanco, incluido el volante. Metió la llave en el contacto y a la primera el poderoso motor rugió, rompiendo el silencio reinante en el semidesértico aparcamiento.
Subiendo de vueltas el motor, Ludwig callejeó hasta llegar a la Place des Alpes, donde se encontraba el pub. Con una última mirada en un escaparate para recolocarse milimétricamente la corbata, entró en el local, buscando con la mirada a su ligue. Al fondo, en una mesa, estaba sentada una preciosa morena de inmensos ojos avellanados, enmarcados en un rostro ovalado. La melena en cascada de rizos que le caía sobre los hombros delataba una reciente visita al peluquero. Frente a ella una taza vacía evidenciaba la larga espera.
Ludwig hizo un repaso de la mujer. Tuvo que hacer un esfuerzo por recordar su nombre. Madeleine. Así se llamaba. No era muy alta, pero todo en ella eran curvas, proporcionándole una figura que combinaba a la perfección con su atractivo rostro. Vestida con un ceñido jersey negro de cuello vuelto, sus potentes pechos ponían a prueba la elasticidad de la lana.
Con una sonrisa prepotente en los labios, Ludwig se acercó a su presa.
Alexander Pawlak dejó que su criado lo arropara. Con la vista fija en el techo de la habitación pensaba en lo cerca que estaba ya de completar el proyecto.
Aún no se le había pasado el enfado por la llamada recibida en mitad de la noche desde España, días atrás. En ella su sicario le aseguraba que el maldito griego no estaba en posesión de lo que buscaban y que, como aseguraba el atormentado Tsaldharis, quizá estuviera oculto en Suiza.
Pawlak había maldecido en alemán. Conocían el lugar donde el viejo aseguraba tener el estuche pero lo habían descartado por improbable. El griego no mantenía ningún contacto con la ciudad suiza. Pawlak había visto torturar a personas en numerosas ocasiones y conocía los efectos. Pero en ocasiones los torturados lograban ocultar a sus atormentadores la información y el antiguo nazi estaba convencido de que el griego mentía.
Faltaban pocas horas para que amaneciera y se descubriera lo sucedido en la mansión del millonario griego. Si el viejo había mentido, resultaría difícil volver a pillarlo desprevenido, así que no tenían tiempo que perder. Pawlak dio instrucciones para que el desgraciado fuera mantenido con vida hasta que supieran dónde se hallaba el estuche y, hecho una furia, colgó el teléfono. Rápidamente había explicado la situación a Hermann, su guardaespaldas y hombre de confianza, que realizó una simple y breve llamada telefónica.
Las siguientes horas pasaron muy lentas para Pawlak. Sólo con gran esfuerzo logró el nazi mantener la serenidad mientras aguardaba noticias. Durante esas horas, en la ciudad suiza, varias personas habían sido despertadas bruscamente y puestas a trabajar.
En tiempo récord dos hombres con un documento falsificado accedieron a un despacho y lo revisaron de arriba abajo. Lo mismo hicieron otros dos en un domicilio, donde se toparon con la imprevista presencia de la mujer de la limpieza. Todo fue infructuoso. Entre tanto el propietario del domicilio y del despacho había estado sometido a una discreta vigilancia.
Para pasar las horas de espera, Pawlak había revisado su enorme colección de mariposas, reunidas durante décadas. A sus ochenta y cuatro años magníficamente llevados, ya no tenía más distracción que ésa, aparte de su obsesión por el Proyecto.
Siempre había sido un hombre espartano. Criado en una granja a las afueras de Dresde, en Alemania, no tardó en darse cuenta de que la vida del campo no estaba hecha para él. Gracias a un hermano de su madre pudo cambiar las labores de la granja por los libros.
Con catorce años, una maleta de cartón en la que llevaba una muda limpia, otra camisa, un cuarto de queso escasamente curado y un trozo de pan para el viaje, se había presentado en la estación de tren de la ciudad, donde le aguardaba su tío.
Tampoco resultó una vida fácil. Su tía, una mujer horripilante, había tratado por todos los medios de que se volviera a la granja con sus padres y sus otros siete hermanos, pero finalmente consiguió terminar la carrera de Física y entrar en la nómina de un laboratorio.
Poco le duró la buena estrella, pues la todopoderosa Alemania se encontraba ya inmersa en una lucha abierta en varios frentes y su Führer ya no atinaba a gobernar una nave que iba a la deriva. El laboratorio se mantenía con dificultad y para economizar gastos sus propietarios decidieron prescindir de los servicios del joven empleado.
La siguiente oferta laboral no tardó en llegar y del lugar más insospechado: Waischenfelf, en la Baviera alemana, sede del Instituto Ahnenerbe, dependiente de las temidas Schutz Staffel, las escuadras de protección nazis.
No le quedaba sino dar una única respuesta. Las SS no entendían que un alemán pudiera no querer trabajar para el Reich. Y aquellos cuya lealtad al régimen estaba en entredicho solían terminar en el frente, en inhóspitos calabozos o, directamente, fallecían de muerte repentina.
Para su sorpresa, en el instituto de la antigua Franconia se sumergiría en un proyecto que absorbería su atención para el resto de su vida. Para su desgracia, Alemania estaba condenada a perder la guerra y con ella le llegó el exilio.
Quince años después de que su país perdiera la contienda, con el panorama político mundial más tranquilo, y sin muchas esperanzas de llegar a dar algún día con las claves para llevar adelante el Proyecto, Pawlak desenterró la documentación que había escondido en su precipitada huida de Alemania.
Se puso en contacto con la organización que le había ayudado a fugarse, como a otros tantos nazis, y pidió una suculenta suma de dinero, justificando sucintamente el uso que pretendía darle. Adquirió una mansión, la blindó y encerrado en ella no se volvió a saber nada más de él.
Muchos años después, cuando ya nadie más recordaba el Proyecto, había dado por fin con la esquiva clave. El trabajo estaba a punto de ser concluido tras cincuenta y nueve años de infatigable búsqueda.
La espera había merecido la pena, aunque ahora corría prisa. El plan debía ser llevado a cabo en una fecha concreta, no importaba el año. Pero Pawlak sabía que no podría esperar otro año más. Los médicos le habían asegurado que seis meses era lo máximo que su organismo resistiría antes de sucumbir al cáncer de páncreas.
La cercanía de la muerte podría haber sido un motivo para abandonar la difícil tarea y disfrutar de lo que le quedaba. Al fin y al cabo, todos los que habían participado en ella llevaban tiempo siendo pasto de los gusanos y Pawlak no tardaría en hacerles compañía. Pero precisamente la sombra próxima de la muerte suponía un incentivo para culminar la tarea.
En la carrera que mantenían desde los albores de la Humanidad todas las religiones por alcanzar el Paraíso, él sería el vencedor, el primero en llegar a la meta. Además, y no era poco, el premio sería el deseado por todos los hombres desde que empezaron a ser conscientes de su mortalidad.
En su cuadriculada mente no cabía la posibilidad de fallar. El paso dado esa noche era capital, pero aún quedaban algunos trabajos más. Por suerte, el fracaso de su esbirro en el intento anterior no había alarmado en exceso a las autoridades. La víctima habría relajado de nuevo las medidas de seguridad y, dado lo mucho que viajaba, sería presa fácil. El tiempo apremiaba y los técnicos del laboratorio se mostraban pesimistas, pero a él no le cabía ninguna duda de que lo conseguirían.
Sumido en estas reflexiones, el anciano cerró los ojos ajeno al trasiego de su mayordomo, que, con diligencia y discreción, recogía las ropas de su señor colgándolas en sus perchas, cerrando las contraventanas de los ventanales, regulando la calefacción, comprobando que el timbre estuviera al alcance de la mano por si el dueño de la casa se despertaba en mitad de la noche y precisaba de alguna cosa.
Con mirada profesional, el sirviente echó un último vistazo a la habitación, recolocó el vaso de agua sobre la mesilla de noche y con sigilosos pasos abandonó la estancia cerrando tras de sí la puerta.
En la velada y silenciosa alcoba, el viejo nazi se durmió pensando en los escasos días que aún restaban para la gran lecha. Quizá un pequeño remordimiento por la cantidad de muertes y sufrimiento que estaba costando la empresa debería haberle trastornado el sueño, pero la conciencia había abandonado a Pawlak hacía muchos años.
BAYT SAHUR, ISRAEL. NOVIEMBRE DE 2003
—Hakam, ¿se encuentra bien?
Menasés Liebnitz se despertó ante la llamada de alarma del niño. Con esfuerzo recordó dónde se encontraba. Estaba en la sinagoga. Claro que, ¿dónde, si no?
—¿Has terminado tu estudio?
—Sí, Hakam.
Menasés sonrió ante la mentira del niño. En otros tiempos hubiese sido más estricto y mandado repetir la lección, llegando a castigar al alumno que no se aprendía la Torá. «El peso de los años —se dijo— suaviza el ánimo y pule el carácter». A sus setenta y ocho años Menasés ya no estaba tan convencido de que el Innombrable quisiera que sus criaturas se aprendiesen de memoria todos los preceptos. Posiblemente se contentaría con que los tuvieran en cuenta.
—¿Puedo irme ya, Hakam? —preguntó el niño mirando al rabino.
Hakam. ¿Se merecía que lo llamaran así? ¿En verdad era él un hombre sabio? Menasés tenía sus dudas. Sería falsa modestia decir que sus conocimientos eran escasos. Una vida de estudio y una mente analítica no podían dejar de dar sus frutos. Pero un Hakam. Eso era otra cosa.
—Sí, Josué —contestó con su voz suave—. Mañana repasaremos el Levítico. Saluda a tus padres de mi parte.
El niño salió corriendo del templo y bajó la calle hacia la plaza, donde aguardaban sus amigos. En el interior de la sinagoga Menasés recogía con reverencia los rollos. Los cubrió con las telas de terciopelo y los metió en el arca situada como mandaba la tradición en la pared orientada a Jerusalén y custodiada por el Ner tamiz, la llama perpetua.
Con paso cansino Menasés subió a la tarima, donde se encontraba la gran mesa donde se leía la Torá a la congregación y recolocó la menorá. En uno de los bancos donde se sentaban los fieles observó algo. Se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz. Nada. Su vista era cada vez peor y no podía reconocer el objeto. Bajó de la tarima y se acercó al banco. Un kipá. En la oración de la mañana alguien habría descuidado su casquete para cubrirse la cabeza.
Menasés alargó la mano para recogerlo pero se lo pensó mejor. Quienquiera que lo hubiese olvidado, vendría al día siguiente, posiblemente apurado. Si lo recogía ahora, el descuidado se avergonzaría. ¿Para qué hacerle pasar ese mal trago? Mejor dejarlo donde estaba y que el olvidadizo creyera que nadie se había dado cuenta.
Irguiendo su maltrecha espalda comprobó que todo lo demás estuviera en su sitio antes de abandonar el templo.
De camino a su casa se detendría, como cada tarde, donde Sara, una vieja amiga, viuda desde hacía años. La había conocido al poco de llegar a Jerusalén, cuando aún vivía su marido, un hombre tosco muy implicado en la causa sionista, que se jactaba de haber conocido en persona a Chaim Weizmann, el primer presidente del Estado de Israel. Samuel Heschel, que así se llamaba el fanático marido, había recibido al recién llegado con los brazos abiertos. El paso de Menasés por los campos de concentración nazis y, sobre todo, el haber pertenecido al grupo de Simon Wiesenthal, el cazador de nazis, lo convertían en un héroe y un símbolo a los ojos de Samuel.
Por entonces, cuando Menasés dejó definitivamente Polonia, cansado de recordar, y se instaló en Jerusalén con el ánimo de empezar una nueva vida recién cumplidos los cuarenta y tres años, en su mente no se encontraba la idea de enarbolar otra bandera, en las cuales no había creído nunca, y liderar el movimiento israelí. Poco a poco empezó a tener discusiones con Samuel, que lo acusaba de no querer saber nada de su pueblo y encerrarse en su sinagoga con sus libros de estudio, mientras, en la calle, los judíos luchaban por fortalecer un Estado naciente, un Estado que lo había acogido con generosidad y al que él daba la espalda.
Las visitas se fueron distanciando y cuando las había, Samuel siempre tenía una excusa para salir de la casa. Sara, sin embargo, que en un principio, al contrario que su marido, se había mostrado distante con el rabino, había ido cimentando una buena amistad con éste que le fue de gran ayuda cuando una bomba hizo saltar en pedazos a Samuel, convirtiéndola en viuda.
Desde entonces la mujer había adoptado al apátrida Menasés. Lavaba su ropa y se la remendaba. Le hacía la comida, que el rabino se llevaba a su casa para no dar que hablar a los vecinos. Juntos se hacían compañía en un mundo donde Sara no se encontraba a gusto desde la muerte de Samuel, y Menasés desde la muerte de sus padres, cuando él sólo tenía quince años.
—Hola, Sara —saludó el rabino cuando llegó a la casa.
La mujer estaba tendiendo la ropa en el tendedero del jardín y se volvió encantada al oír su suave voz.
—Hola, Mení. ¿Cómo te ha ido el día?
La mujer miró amablemente al anciano que tenía enfrente. De baja estatura, muy delgado, con el cráneo y el rostro afeitados, de manos artríticas y la perenne cojera, no causaba gran impresión. Quienes no lo conocían, jamás podrían llegar a imaginar que aquel hombrecillo hubiese podido escapar tantas veces de la muerte, sobrevivir a los campos de exterminio y perseguir de forma implacable a los nazis fugitivos. Pero su mirada aún conservaba todo su poder.
—Bien, bien —contestó el rabino—. De nuevo me he dormido mientras daba clase a Josué. El muy bribón ha aprovechado para tratar de engañarme e ir a jugar con sus amigos.
—¿Y te has dejado engañar? —preguntó divertida Sara, fingiendo extrañeza.
—Claro. Soy un viejo de setenta y ocho años. Nadie me puede acusar de no cumplir con mi deber —repuso Menasés adoptando una seriedad igual de falsa.
—Vamos adentro, que empieza a hacer frío —dijo riéndose Sara, y recogió del suelo la cesta con la colada del día anterior, que ya se había secado y en la que estaban incluidas varias prendas del rabino, gastadas por el uso y los lavados—. Te he preparado un gulasch que te vas a chupar los dedos.
Cogidos familiarmente del brazo, los dos ancianos entraron en la casa. En la cocina una estufa caldeaba la estancia, donde un agradable aroma a guiso escapaba de la olla tapada que hervía al fuego. A Menasés aquel olor le recordaba a su patria, algo cada vez más frecuente.
—¿Qué, te vas a quedar ahí con esa cara? —preguntó amablemente la mujer.
—Estaba pensando cuando entré en esta casa por primera vez. Recuerdo que en esa misma olla estabas preparando también gulasch. Yo no me atrevía a decir nada, pero se me hacía la boca agua. Llevaba prácticamente todo el día sin comer.
—Sí, y fue Samuel el que te invitó a comer —apuntó Sara bajando la voz y rememorando con añoranza—. Cuando te fuiste lo regañé. Había hecho gulasch para nosotros dos. Me molestaba que invitase a gente sin avisar.
—Era un buen hombre —dijo Menasés con simpatía.
—Sí, lo era —contestó con un suspiro Sara—. Alocado, fanático, ardiente, impulsivo. Era un niño —volvió a suspirar—. Cómo lo echo de menos.
Menasés respetó ese momento de nostalgia y para no incomodarla se asomó a la ventana. Pronto se recuperó la dueña de la casa y pasaron a conversar agradablemente de las pequeñas cosas cotidianas.
Cuando se desvanecía la luz, Menasés abandonó la casa y se encaminó hacia su apartamento. En una mano llevaba un plato recubierto con papel de aluminio que contenía una generosa ración de gulasch. En la otra, una bolsa de plástico con ropa lavada y planchada, y un trozo de pan para untar el guiso, algo que le encantaba.
Tres manzanas separaban ambas casas. Pese a ello Menasés tardó casi media hora en cubrir la distancia, lamentándose porque el guiso iba a llegar frío, pero resultaba imposible no atender a los saludos de los vecinos. Uno de ellos le regaló una botella de un fuerte tinto casero. Una mujer mandó corriendo a su hija pequeña para que le trajera dos hermosas naranjas que el rabino agradeció, mientras le contaba las últimas locuras realizadas por su hijo mayor, al que no lograba controlar.
—Por fin —dijo en voz alta Menasés al cerrar a sus espaldas la puerta del apartamento. De su boca salió una nube de vaho y es que el invierno se había adelantado, nadie diría que aún quedaba más de un mes para su supuesta llegada.
Aunque la temperatura media invernal solía andar por los nueve grados, lejos de los cero de su Polonia natal y aún más lejos de los inviernos en los campos de concentración nazis, el rabino llevaba cada vez peor la falta de calor.
Decidió no quitarse el abrigo y, cogiendo con dificultad entre sus artríticos dedos una cerilla de la caja, encendió la estufa de butano con la parrilla delantera ya negra de tantas horas de funcionamiento.
La estufa era la única fuente de calor que había en el pequeño apartamento, compuesto por una cocina, que además hacía de sala, y una habitación minúscula donde apenas entraba el camastro sobre el que se acostaba el rabino. El baño era comunitario y para utilizarlo debía bajar los dos heladores pisos que acababa de subir. Cuando por la noche Menasés debía hacer uso de él, solía demorarse hasta que no aguantaba más.
En la cocina un frigorífico, el estropeado hornillo y dos armarios, con un escurreplatos cerca del fregadero, disputaban el sitio a la estufa, una mesa con dos sillas desparejadas, un sillón del que resultaba prácticamente imposible reconocer el color original y un armario con un espejo en la puerta, rajado.
Sobre la estufa colocó el guiso para que se calentara un poco, dejando sobre la mesa de la cocina el correo. Cogió una silla y la acercó a la estufa. Se sentó enfrente. Como siempre, el color del fuego le hizo abstraerse y mientras se frotaba las deformes manos extendidas, sintiendo cómo se calentaban, olvidó por un momento el dolor de la pierna que lo torturaba desde hacía dos días.
Lo normal era que la vieja lesión no diera más guerra que la leve cojera, pero cuando se avecinaba un cambio de tiempo notaba como si le clavaran largos alfileres. Menasés confiaba sin mucha convicción en que aquel dolor presagiara esta vez un aumento de temperaturas. Ya había olvidado el frío de su Polonia natal y su cuerpo agradecía el clima más benigno de la ciudad de David.
El olor del tomate requemado alertó al rabino. Con cuidado para no tirar nada levantó el plato de la estufa y se sentó a la mesa, no sin haber colocado la estufa de forma que le calentara las piernas, en especial la que lo martirizaba. Quitando el papel de aluminio que envolvía el guiso y armado con un tenedor en una mano y un gran trozo de pan en la otra, se dispuso a dar buena cuenta del gulasch.
Estaba delicioso, muy tierno. Sara sabía de sobra que la dentadura de Menasés no respondía bien ante los grandes retos y siempre cuidaba que la carne se deshiciera en la boca sin que fuera necesario masticar demasiado. El rabino, centrado en la tarea, untaba golosamente el pan en la salsa de tomate, sin preocuparse porque algunos trozos de carne estuviesen más bien fríos. Al terminar rebañó con esmero el plato y apuró el pequeño vaso de vino que se había servido. La botella que le habían regalado debería durar al menos una semana y, teniendo en cuenta que la climatología no parecía ofrecer tregua, le sería necesario como reconstituyente.
Cuando terminó de cenar fregó plato, vaso y tenedor, y quitó las migas de pan, que dejó con cuidado en el alféizar de la ventana para que comieran los pájaros que solían venir a visitarlo. Orientando la estufa hacia el desvencijado sillón, se sentó dispuesto a estudiar la correspondencia, que prometía ser tan insípida como de costumbre.
Retiró del escuálido paquete unas fotocopias sobre un lavadero de coches cercano y un librillo con las ofertas del supermercado de la esquina. Siempre tenía duplicados de esos folletos. Aún no había logrado averiguar quién era el vecino que limpiaba de publicidad su buzón y la ponía en el de Menasés.
Una carta de un círculo de cabalistas en el que participaba casi desde que llegó a Jerusalén y al que ya no acudía mereció poca atención. Apartó otra más, en la que, por la letra, pudo reconocer a una devota que, al menos una vez a la semana, le escribía contándole sus sueños, en los que participaba en las vidas de los antiguos profetas. La mujer creía que podían tratarse de visiones premonitorias.
En sus manos sólo quedó un sobre color crema y sin remite. En el anverso, con mayúsculas, venía su nombre y dirección.
Sin abrirlo, Menasés supo lo que venía escrito.