La fórmula Stradivarius
Zabulón (Cohabitación)
Cada pensamiento musical está íntimamente, indivisiblemente relacionado con la
armonía total, que es la Unidad.
LUDWIG VAN BEETHOVEN
E l inspector Herrero, sentado en el sofá de la salita de la habitación de Martha, aguardaba a que sus compañeros terminaran de tomar declaración a ésta y a Ludwig.
Había sido avisado por Ponte de lo ocurrido. El doctor Ludwig, tras encerrarse en la habitación de la profesora con ésta, había telefoneado a la comisaría y pedido que le pusieran con Herrero, pero aquel día el inspector libraba y se encontraba de compras con su mujer por el centro de la ciudad, aprovechando que los comercios aún no habían subido los precios de cara a la Navidad, para ir comprando los regalos que, como mandaba la tradición, serían repartidos el día de Reyes.
Para el inspector Herrero, ir de compras no era tan horrible como pudiera parecer. Incluso le hubiese gustado, de no ser por la inevitable acumulación de gente en cualquier lugar, algo que, según avanzaban los años, llevaba cada vez peor.
Pero ir de tiendas con su mujer solía concederle momentos para sumirse en sus pensamientos. Su mujer jamás le consultaba sobre un regalo. Herrero se limitaba a transportar los paquetes. Liberado de la presión que suponía elegir, probar y pensar, tenía el tiempo libre para observar, algo que sabía se le daba muy bien.
Le gustaba entrar en las tiendas y fijarse en las personas: ese chico alto de espesas patillas que miraba una camisa, en realidad no perdía ojo a la dependienta que, a su vez, coqueteaba con uno de los encargados. La mujer bajita y rolliza que iba acompañada por una adolescente vestida a la moda y muy metida en su papel de joven rebelde, trataba de encontrar una camiseta que, siendo del gusto de su hija, le cubriera convenientemente el piercing que ésta lucía en su ombligo y el par de revoltosos pechos que tensaban el top negro bajo la corta cazadora vaquera que llevaba, pues el frío era el precio que había que pagar por la moda imperante.
Herrero podría haberle evitado trabajo a la buena mujer avisándola de que, por definición, cualquier prenda que pudiera ser de su agrado nunca lo sería de su hija, aunque la mujer ya era consciente de tamaña desgracia.
Por deformación profesional también estudiaba las medidas de seguridad de los locales y los movimientos de los guarda jurados. Como era de esperar, ambas cosas solían carecer del menor de los rigores, siendo muchas veces una mera coreografía para impresionar a los clientes y, teóricamente, asustar a los posibles rateros. Pero Herrero sabía que los carteristas, los que robaban al descuido, los que se metían prendas bajo la ropa arrancando el chip de seguridad o, más avanzados tecnológicamente, se llevaban las prendas en inocentes bolsas de plástico recubiertas en su interior de papel de plata, también conocían los sistemas de seguridad y la calidad de ésta, por lo que, a la postre, los únicos que quedaban impresionados eran los clientes honrados.
De hecho, en más de una ocasión había atrapado in fraganti a un carterista. Incluso una vez había logrado evitar un atraco en unos grandes almacenes.
Aquella mañana las compras navideñas no habían tenido tantas emociones. Herrero, cargado de bolsas, se encontraba sentado al sol en un banco, mientras su mujer estaba en una juguetería, discutiendo la idoneidad de un rompecabezas para un niño de seis años. La chica del establecimiento miraba con cara de resignación a la mujer. Era muy joven, posiblemente una estudiante que se sacaba un dinerillo y pertenecía a la generación en la que los rompecabezas, puzzles y demás inventos quedaban a la altura de los ábacos y las hachas de pedernal. Si la vieja quería que la ayudara de verdad, podía darle el nombre de tres o cuatro juegos de videoconsola con los que su sobrino fliparía.
Herrero, en el exterior del local, echó un discreto vistazo a su reloj de pulsera, con la esfera amarillenta por los años. Se acercaba la hora de comer.
—Inspector Herrero —saludó un agente de uniforme sobre una motocicleta—. El subinspector Ponte anda buscándolo.
—Muchas gracias, enseguida lo llamo.
Si Ponte lo andaba buscando es que era algo importante. Si hubiese sido el comisario Martín, le habría llamado una vez más al teléfono apagado sobre la mesilla de noche, pero Ponte ni se habría molestado. Herrero le había dicho el día anterior que le tocaba salir de compras con su mujer y el subinspector sabía por dónde podía andar, así que habría mandado a varios motoristas y agentes a pie por la zona para localizarlo.
—Andrés, soy Pablo. ¿Me buscabas? —preguntó Herrero desde una cabina de teléfono, tras marcar los números copiados de la ajada libreta que siempre llevaba en el bolsillo.
—Hola, inspector —contestó Ponte utilizando el grado de su superior en vez de su nombre de pila, señal de que alguien más se encontraba por allí—. Ha llamado el doctor Dreifuss hace un rato muy asustado. Al parecer alguien ha tratado de matarlos a él y a la profesora Mazowiecki cuando salían del hotel de ésta. Yo me encontraba ocupado y he mandado dos patrullas, además de Cuéllar y Ramos, para allí. En estos momentos estoy llegando al hotel con Aldaya. El doctor Dreifuss insistía mucho en hablar con usted.
—Bien hecho, Andrés. Cuando llegues al hotel dile a Aldaya que pase a buscarme, lo espero frente al edificio de Correos.
La mujer del inspector y las bolsas con los regalos fueron introducidas sin protestas en un taxi y Herrero se dispuso a esperar tranquilamente a que lo vinieran a buscar. Un cuarto de hora más tarde ya se encontraba en la habitación del hotel, donde Martha, sentada en una butaca, más pálida que de costumbre si eso era posible, tenía la mirada perdida en los dibujos de la alfombra. No se había inmutado al ver llegar al inspector, al contrario que Ludwig, que se había mostrado muy satisfecho con la presencia del policía.
De boca del médico había escuchado la versión sobre el intento de asesinato. No había hecho ninguna pregunta, dejando el control de la situación a su ayudante Ponte, ante la desilusión de Ludwig, al que le parecía que aquel caso se le estaba yendo de las manos al inspector, único policía por el que había llegado a sentir respeto. Sentado en el sofá, en silencio, sin quitarse el abotonado abrigo de paño y su sombrero de fieltro, con las manos sobre las rodillas, parecía más un abuelo que hubiese salido al parque para tomar el aire que uno de los mejores inspectores con los que contaba la policía.
Ponte, sin embargo, sabía que todo aquello era fachada. Conocía lo suficiente a su jefe como para saber que había algo extraño en todo aquello que lo confundía y que la pose aparente de ausencia se debía a que estaba dejando la mente en blanco para que aquello que lo perturbaba saliera a la luz.
Ajeno a todo esto, Herrero daba vueltas en su cabeza a los datos de los que disponía, que no eran muchos. Al llegar al lugar del incidente, uno de los miembros de la policía científica le había comentado que el asaltante había utilizado un calibre veintidós. Aquello no tenía sentido. Un profesional nunca utilizaría una munición de tan escaso poder perforante.
—Inspector, hemos terminado —dijo al cabo de un rato Ponte—. El doctor Dreifuss se personará a lo largo del día en comisaría para presentar denuncia. He dispuesto, si a usted le parece bien, que una patrulla se quede aquí hasta que recojan sus pertenencias. Posteriormente se les trasladará a otro hotel en un vehículo camuflado. Los de la policía científica ya se han ido.
—Estupendo —dijo Herrero, y con las palmas en las rodillas se ayudó para levantarse del sofá. Dreifuss se encontraba detrás del subinspector, sintiendo lástima por Herrero, que parecía acabado.
—Dígame, doctor —preguntó Herrero tras quitarse el sombrero, mostrando una calva con la piel manchada por la edad—. ¿No había nada en el agresor que le recordara algo?
—No —respondió confuso el interpelado—. ¿Qué podía haber?
—No lo sé —respondió el inspector—. Toda esta historia me resulta de lo más extraña. Quien haya tratado de asesinarlos ha resultado ser un poco torpe, ¿no cree? No puede con usted porque, por fortuna, llevaba ese libro de fotocopias bajo la cazadora y el chaleco que le dimos. Luego atenta contra la señorita y es incapaz de atraparla. No parece un trabajo muy profesional y hasta ahora todo lo relacionado con la muerte de su tío ha llevado el sello de un experto.
—No sabría qué decirle —contestó confuso Ludwig—. Igual no era el mismo.
—El que el asesino ponga tanto empeño en no mostrar ni un centímetro de su rostro, con un pasamontañas y unas gafas de sol dentro de un garaje, me hace pensar que quizá temiera que usted lo reconociera.
—¿Y quién podría ser? —preguntó Ludwig, extrañado.
—Lo desconozco, por eso le pregunto de nuevo y piénselo bien, por favor: ¿Algo en el comportamiento de ese individuo, un gesto, la forma de andar o de moverse podría recordarle algo?
Ludwig se tomó su tiempo, recordando lo vivido antes de negar con la cabeza.
—No. No hay nada —respondió el médico—. ¿Y tú, Martha? ¿Te fijaste en algo que te llamara la atención?
—Si es que prácticamente no lo vi —dijo la profesora, hablando por primera vez desde que Herrero llegara.
—Bueno —dijo el inspector calándose el sombrero—. Si recordaran algo, no olviden llamarnos. Por tonto que parezca. Y si podemos hacer algo por ustedes, díganmelo, por favor.
Poco a poco los agentes abandonaron el hotel dejando, tal y como había dicho el subinspector Ponte, una patrulla de guardia.
—¿Quiere que lo llevemos a casa, inspector? —preguntó solícito Ponte.
—No. Prefiero ir a la oficina, pero te agradecería que alguien se pasara por casa para recoger mi medicación contra el colesterol.
Sentado en su silla de plástico amarillo, frente a la mesa del despacho, Herrero dejaba que su mirada fuera de las fotos del asesinato del griego, a las del atentado sufrido por el rabino y a la enorme carpeta llena de documentos escritos en diversos idiomas, recortes de prensa y viejas fotos, que habían encontrado en la habitación del judío.
Armado con sus enormes tijeras, la pirámide de triángulos de papel iba aumentando, sin que hasta el momento hubiese servido para aclarar las dudas del inspector.
Herrero sabía que no habían avanzado nada desde el primer día. Salvo que el asesino del griego se había aprovechado del idiota del técnico en alarmas, que, en pago, había encontrado la muerte; que el objetivo de tan inhumano crimen había sido el robo de un violín, y que la persona que les había puesto sobre la pista se debatía entre la vida y la muerte, atacada por el o los mismos que se habían cargado al griego. No tenían nada. Ni una pista. Ni un sospechoso. El comisario quería cerrar la investigación y la misma Interpol veía el asunto con recelo.
El doctor Dreifuss se había implicado a fondo en el asunto y en su interior daba crédito a la sorprendente teoría del rabino, algo que podría convertirse en un problema en un momento dado. Pero la profesora era nueva en esto, no estaba relacionada con el tema, incluso consideraba una insensatez toda la historia. Caso de haber estado en compañía de Ludwig en el garaje, podía ser lógico que el chapucero asesino tratara de matarla, pero ¿subir a buscarla? ¿Qué sentido tenía aquello?
Quizá quien se encontraba detrás de todo se había visto en peligro y había llamado a un inepto para que los matara. Pero ¿qué peligro? Si no habían avanzado nada en las investigaciones. ¿Estaban sobre la pista y ni ellos mismos lo sabían?
Herrero se había mostrado muy reacio al principio acerca de la historia del rabino Menasés y había dado más crédito a la persona que a la teoría. Según había ido avanzando la investigación, la trama nazi se había mostrado inconcebiblemente aceptable. No cabía duda de que los que estaban detrás de todo aquello tenían muchísimo poder y dinero. Eran capaces de presionar a un comisario de la policía española pese a ser, presumiblemente, extranjeros. Se podían permitir gastar dinero a espuertas para comprar los instrumentos que buscaban o robarlos y tenían sicarios capaces de todo. No era fácil disponer de una infraestructura como ésa aunque se poseyera mucho dinero.
El intento de acallar la voz del judío no hacía sino ratificar por dónde iban los tiros. Y si alguien tenía dudas acerca de la identidad de los atacantes del rabino, como le sucedía al comisario Martín, allí estaba aquella foto en la que se veía el triángulo de puntos dibujado por el moribundo rabino con su propia sangre en el suelo, para confirmar que el anciano, cobardemente atacado, había reconocido a sus agresores.
Que hubiesen intentado asesinar al médico y a la profesora indicaba que los culpables conocían sus movimientos y los de la propia policía. Así que, al revés de lo pensado en un primer momento, los asesinos no se habían limitado a asesinar al griego y robarle el instrumento para desaparecer enseguida, sino que los estaban controlando, pero ¿por qué? ¿Qué tenían ellos que fuese del interés de los asesinos? Si la trama nazi era real, ¿qué podía importarles a ellos las investigaciones y los movimientos de un inspector de la policía española, un viejo judío y un médico aburrido? ¿Estarían las respuestas en aquella carpeta de cartón arrugada descubierta en la habitación del rabino? Pero ¿qué podría descubrir él que Menasés no hubiese encontrado tras tantos años examinándola?
Recostado en su silla, Herrero utilizó con desgana las tijeras para abrir la carpeta, mostrando el primero de un sinfín de recortes amarillentos e ilegibles. Lanzó un suspiro. Necesitaría intérpretes para traducir aquello. Por lo que podía ver a simple vista, abundaba el inglés, el alemán, el francés, el italiano y el hebreo.
Dejó la carpeta a un lado y se concentró en la foto donde se veía el extraño triángulo de puntos bajo el dedo cercenado del rabino.
La tetractys, el extraño símbolo por el que se reconocían los alumnos de Pitágoras, formado por el mágico número diez, suma de los cuatro primeros números únicos que participaban en las proporciones por las que se regían los intervalos musicales y los movimientos de los astros, según el sabio griego.
Eso es lo que le había explicado Ludwig, y a él se lo había contado Menasés. La armonía universal era, según el rabino, lo que buscaban los nazis, lo que defendía Pitágoras.
¿Realmente el rabino supo de dónde le había llegado el ataque o simplemente aprovechó el suceso para encaminarlos en aquella dirección? ¿Y cómo sabía que su agresor pertenecía al bando de sus enemigos? ¿Lo habría reconocido? Pero no tenía sentido que hubiesen mandado a una persona a la que el anciano pudiera reconocer.
Para Herrero era evidente que el ataque no había sido llevado a cabo por unos cabezas rapadas, como alguien había tratado de aparentar. Precisamente esa falsa apariencia apoyaba la teoría del rabino, pero ¿forzosamente le daba la razón? Quizá el rabino estaba convencido, en su obsesión, de que el ataque había procedido del complot nazi y estaban siguiendo una pista falsa a causa de una fantasía senil.
Demasiados interrogantes y peros, se dijo Herrero mientras dejaba esa fotografía y cogía otra. El rostro sanguinolento y deformado del anciano judío lo miraba a través de los párpados cerrados. Su rostro no transmitía nada. Ni miedo, ni ira, ni perdón, ni paz. Era inexpresivo y parecía estar aguardando algo. Algo, por ejemplo, como qué iba a hacer Herrero al respecto.
Mientras miraba la fotografía le vino a la mente su primera conversación con Menasés. En un momento dado y después de escuchar al anciano referir la lucha por hacerse oír sobre los horrores del Holocausto, el inspector le hizo una pregunta.
—¿No se cansa, después de tantos años, de dar vueltas a lo mismo? Fíjese: ya nadie recuerda aquellos tiempos. Los hay que no terminan de creerse lo que pasó y los otros no quieren saberlo. Hoy nadie desea rememorar todo aquello. La historia está para aprender de los errores y la Humanidad debe conocer lo que sucedió para que no se repitan semejantes atrocidades, pero insistir de continuo sólo sirve para hastiar y que nadie quiera escuchar.
—Recuerdo —contestó tranquilamente el anciano— el cuento de un orador que pronunciaba su discurso en una plaza vacía, hasta que alguien se le acercó y le preguntó para qué se molestaba si nadie lo estaba escuchando. «Para no olvidarme de mis principios», contestó el orador.
—Por mucho que usted pueda vivir —repuso el policía—, no creo que jamás sea capaz de olvidar aquella pesadilla.
—En eso tiene razón. ¡Cómo olvidar semejante barbarie! Pero lo que no debo olvidar es lo que se siente, para tratar de que nadie más lo sufra, ¿entiende? No quiero rememorar todo aquello para clamar venganza y obtener un mar de sangre nazi. Quiero justicia para con los que ya no la pueden pedir por sí mismos y atención al resto de las personas, para que estén alerta y nunca vuelva a ocurrir algo semejante.
—Lamento parecer agorero —dijo Herrero encogiéndose de hombros—, pero creo que el ser humano tiende a ser destructor. Los nazis no han sido los únicos. Ustedes mismos, en Palestina, han hecho otro tanto. Los españoles arrasamos culturas enteras en América. Los Balcanes. Las guerras tribales africanas. Los americanos en Vietnam. Los ingleses, franceses, chinos… Nadie se libra.
—¿Y usted piensa que siempre será así?
—Creo que lo que ha dado la hegemonía al ser humano sobre el resto de los animales ha sido su capacidad de adaptación y su crueldad innata. Una ferocidad que ningún otro ser vivo ha sido capaz de igualar. Lo que en otros tiempos le dio el poder al humano sobre sus competidores, se convertirá en su perdición. Pienso, sinceramente, que la raza humana está condenada a su autodestrucción.
—Es usted muy pesimista, inspector.
—Dicen que un pesimista es un optimista escarmentado.
—Una de nuestras oraciones dice así: Ose shalom bimbromáv, hu iaasé shalom aleinu, que significa: «El que tiene la paz en las alturas, nos dé a nosotros la paz aquí».
»Arriba está la paz, abajo la justicia, en Oriente la compasión y en Occidente la verdad. Cuando el hombre, dueño de la tierra, sea capaz de reunir a Oriente con Occidente, es decir la compasión con la verdad, entonces habrá justicia en la tierra, lo que obligará a la paz a bajar de las alturas.
—Me gustaría poder creerlo —había contestado Herrero.
—Dígame, inspector. Usted es un buen policía. Se toma con gran interés su trabajo. No concuerda esta actitud con la que tendría una persona que está convencida de la inutilidad de acabar con el mal. A lo largo de tantos años he conocido a muchos policías que justificaban su desidia alegando que, hiciesen lo que hiciesen, el mal jamás desaparecería.
—Y yo pienso lo mismo —respondió Herrero—. Pero, al menos, hay que luchar porque el margen sea tan pequeño como podamos. Ése es el trabajo de la policía.
Dejando la fotografía sobre la mesa, el inspector siguió recortando triángulos de papel. En la pizarra blanca que tenía enfrente, sobre un caballete, y a la que no hacía caso, solamente un nombre faltaba por tachar con el rotulador rojo: Piatti.
Herrero tenía discretamente vigilado, desde hacía días, el hogar del propietario del violonchelo durante las veinticuatro horas del día. Pero aquella vigilancia carecía de autorización y estaba acumulando un montón de horas extras entre sus hombres. No podía prolongar mucho más esa protección del instrumento sin dar cuenta a su superior. Pero sabía qué diría el comisario Martín.
Sólo cabía rezar para que el intento de robo se produjera en las siguientes cuarenta y ocho horas, tope que se había puesto Herrero para mantener la vigilancia sin tener que informar de ello.
—Pablo, ¿crees que el asesino se encuentra en España?
El que preguntaba desde la mesa de enfrente era el subinspector Ponte. Llevaba un rato viendo las maniobras de su jefe, respetando su silencio. Sabía que el inspector se hallaba entre la espada y la pared y que la vigilancia del Piatti, cuando se divulgara, porque saber se iba a saber, traería problemas al poco ortodoxo inspector.
—No sé, Andrés. Todo indica que esta operación está siendo llevada desde fuera del país. El que nos haya afectado parece circunstancial y sólo debido a que buscaban varios instrumentos que se encontraban en nuestro país. En los demás países que han sido afectados, la investigación está en punto muerto, lo que habla a las claras del poder que tiene esa gente. Aquí mismo, si fuese por el comisario, la investigación estaría cerrada. Que hayan atentado contra el doctor indica que saben que seguimos investigando la línea del rabino. Pero ¿por qué molestarse? Falta sólo una semana para el solsticio y únicamente les queda el Piatti, ¿para qué alarmarnos matando al médico y a la profesora?
—De haber tenido éxito —apuntó Ponte—, sólo quedaríamos nosotros en esta línea de investigación, y no tardaríamos en ser apartados definitivamente del caso.
—Es posible —aceptó Herrero—. ¿Tenemos la casa vigilada?
—Sí, pero hasta ahora no han detectado nada extraño.
—¿Sabemos todos los movimientos que va a hacer el violonchelo de aquí al día veintidós? Por cierto, a qué hora tendrá lugar el solsticio.
—Sí, a las siete horas de la mañana y cuatro minutos exactamente —contestó Ponte, mientras pasaba las hojas de un cuaderno hasta dar con lo que estaba buscando —. Mañana, día quince, a las once de la mañana, tiene un último ensayo en el Teatro Real, ya que al día siguiente debe dar un concierto ante los reyes a las veinte horas. El diecisiete, propietario e instrumento tienen dos reservas en primera clase para volar a Viena. El vuelo sale a las tres y media de la tarde. En Austria dará dos conciertos los días dieciocho y diecinueve. Otro avión los llevará el día veinte a Canadá, donde tienen concierto el veintiuno y el veintitrés.
—Estupendo. Entonces tenemos que el Piatti permanecerá en España tres días más y luego saldrá de nuestra jurisdicción. Hasta ahora han tenido pocos fallos, si descontamos el atentado contra el médico, que no termino de ver claro. Puede que se estén precipitando porque se les acaba el tiempo. Aun así no creo que ignoren que estamos vigilando el instrumento. ¿Por qué no vuelven a presionar al comisario para que abandonemos la vigilancia?
—¿Porque no lo van a robar en España y les da igual? —sugirió Ponte.
—Eso es lo que me temo. No creo que se arriesguen a robarlo en el concierto ante los reyes. Las medidas de seguridad serán muy superiores a las que podamos ofrecer nosotros. Una de dos: o tratan de hacerse con él mañana aprovechando el ensayo en el Teatro Real o esperarán a que salga del país. Quizá piensen que en Austria la vigilancia será menor.
—Yo también lo pienso así. Han trabajado demasiado aquí y un nuevo intento puede ser arriesgado. Los austriacos no estarán advertidos. La Interpol no va a hacer nada para avisarlos.
—Habrá que pensar algo —dijo Herrero a la vez que se incorporaba en la silla para coger otro papel de la bandeja de reciclaje y seguir haciendo triángulos.
—¿Quieres que mantengamos la vigilancia de la casa? No podremos aguantar mucho más.
—Seguiremos un poco más. Con este tema no me fío de nadie. No me gustaría que supieran de nuestras dificultades para continuar con el servicio y estuvieran esperando precisamente a que lo desmontemos. Para el ensayo de mañana haremos un esfuerzo. Además del equipo de paisano, quiero que haya agentes de uniforme preparados y en las cercanías por si son necesarios. Esto lo podremos justificar sin demasiados problemas. Es el momento más vulnerable antes de que el instrumento abandone el país.
—Muy bien. Esta noche estará Ramos con otro agente.
—Estupendo —contestó distraído Herrero. Su mente estaba en otro lugar. Había dejado de lado las tijeras y los recortes. De debajo de la mesa había sacado una caja de cartón de las usadas para empaquetar el papel de fotocopiadora y había arrojado en su interior todos los triángulos de papel. Tras hacer sitio en su mesa puso en primer plano la abultada carpeta de cartón que había pertenecido al rabino y se dedicó a examinar su contenido.
Pasaba las hojas sin mucha atención. Lo poco que estaba escrito en castellano lo leyó por encima, pero no parecía contener nada interesante. Con las fotografías se demoraba más. Prácticamente todas eran muy antiguas, en blanco y negro. Algunas estaban tomadas con antiguos teleobjetivos y el grano era muy grueso, o se trataba de ampliaciones. En cualquier caso, las instantáneas eran de muy mala calidad. Las mejores correspondían a revistas y eran de los instrumentos que figuraban en la lista. Dos de ellas pertenecían al Piatti. En una estaba con su propietario, un hombre simpático y campechano, como había comprobado Herrero cuando habló con él a raíz del intento por parte del rabino de quemar el instrumento.
Al inspector aquel violonchelo le parecía de lo más normal. ¿Qué lo hacía tan especial, aparte del evidente valor económico que tenía, para que alguien no dudara en gastarse una fortuna y lo persiguiese por todo el mundo, matando si era necesario?
Ahí estaban las fotos del Mesías, el Alard, el Canto del cisne, el Boissier, el último en aumentar la colección de aquellos chiflados, y todos los demás, junto con otras de otros instrumentos posibles pero ya descartados.
Tras un largo rato examinando inútilmente aquellas fotos de instrumentos, las dejó de lado y se concentró en las que salían personas. Muchas iban vestidas con uniformes alemanes, algunas eran de los juicios de Nuremberg. Había fotos de Hitler, Himmler, Hess, Eichmann, al que el rabino había ayudado a atrapar. Fotografías de los campos de concentración cuando fueron liberados, con esqueletos andantes asomados tras las alambradas, montañas de cadáveres apilados como sacos.
Una de las fotos que más lo impactó fue la de dos desnutridos reclusos, con trajes de rayas, sosteniendo entre los dos unas enormes tenazas con las que hacían presa en la cabeza de un cadáver, puro hueso y pellejo, y lo arrastraban en dirección al crematorio.
Herrero no lograba quitar la vista de esa fotografía, donde se podían leer todos los horrores de aquella infamia. La mirada hacia la cámara de los dos presos que arrastraban, como una res al matadero, a uno de sus compañeros, sabiendo que, tarde o temprano, ellos mismos terminarían de la misma manera, estaba vacía. Sus rostros no reflejaban miedo, ni horror, ni piedad, ni vergüenza… nada. Eran rostros de personas a las que, hacía ya tiempo, habían robado el alma.
«¿Podía ser —se preguntó una vez más Herrero— que los mismos individuos que orquestaron y dirigieron aquello siguieran vivos y continuaran maquinando? ¿Aquellas bestias carentes de sentimientos eran las que perseguía él?». Para Herrero, lo mismo que para cualquier persona del siglo XXI, todo aquello se había acabado hacía años. Por mucho esfuerzo que hiciera, su mente se resistía a aceptar que aquellos monstruos respiraran aún el mismo aire que él.
Veinte millones de civiles asesinados, las cámaras de gas, el hambre, el frío, las marchas de la muerte, los experimentos médicos, familias diezmadas…
Si en aquella carpeta estaba la clave para acabar con aquellos salvajes, él, Pablo Herrero, hijo de un cabo del ejército de Franco, haría lo posible por encontrarla. Sentía que se lo debía a todas aquellas personas que habían desaparecido de este mundo antes de que llegara su hora. Se lo debía a sus tíos, que, traicionados por su propio hermano, el cabo Herrero, habían muerto como animales. Se lo debía a aquel hombre que, tumbado en la cama del hospital, había dado su vida para que las nuevas generaciones no tuvieran que pasar por una pesadilla parecida.
—Andrés, hazme un favor. Necesito intérpretes de hebreo, inglés, alemán, francés, italiano y, si no me equivoco, ruso.
—Pablo —repuso el subinspector Ponte tras una breve pausa—, te la estás jugando. Si se entera Martín, nos cuelga de las pelotas.
—No te preocupes, Andrés. Haz lo que te pido, por favor.
En la cama, con los pies en alto, apoyados en la pared, Etzel se cubría la cabeza con una camiseta. Se había tomado tres analgésicos y aún parecía que le fuese a explotar. Cualquier movimiento le causaba vértigo. Cualquier rayo de luz le taladraba el cerebro. Su oído se había afinado hasta lo indecible. Era capaz de oír una conversación en voz baja que dos mujeres de la limpieza mantenían en el pasillo del piso de abajo. También era capaz de oír el sonido que hacía el agua que pasaba por el desconectado aparato de aire acondicionado. Hasta el paso de su sangre por las venas le retumbaba en la cabeza.
¿Qué le estaba ocurriendo? Jamás había fallado de una manera tan estrepitosa. El médico estaba vivo. Debería haberse cerciorado de que el trabajo estaba terminado antes de irse. ¿Por qué no se había asegurado metiéndole una bala entre los ojos, una vez que se encontraba indefenso en el suelo?
No podía justificarse por las prisas. Había tenido tiempo de sobra. El tipo no sospechaba nada y tenía el coche alquilado a más de cincuenta metros del ascensor. Cincuenta metros sin más lugares para esconderse que algunas estrechas columnas y unos escasos vehículos. Tampoco había clientes del hotel, ni personal de seguridad. Las condiciones eran las idóneas. Incluso cuando se había mostrado, su víctima, que, por su envergadura, podía haber dado algún tipo de problema, se había quedado bloqueado, como les ocurre a los conejos cuando se les deslumbra de noche con una luz.
Etzel había apuntado al pecho y disparado dos tiros silenciados por el grueso tubo que remataba el cañón del arma. ¡Puf! ¡Puf! Dos agujeros separados por menos de medio centímetro. Dos tiros perfectos y letales. El médico había saltado por los aires, catapultado por el impacto de los proyectiles de aleación, en teoría con el corazón destrozado.
Una vez en el suelo. Etzel había pasado por encima, echando un simple vistazo al rostro del médico. ¿Por qué diablos no lo había rematado?
¿Qué haría ahora aquel entrometido? ¿Se asustaría, cogería su inmensa herencia y saldría volando hacia su preciosa casa en Ginebra, o seguiría jugando a los detectives?
Lo más probable, teniendo en cuenta lo cerca que había visto la muerte, era que hiciese las maletas y se marchara a disfrutar de aquella fortuna caída del cielo. ¿Qué sentido tenía heredar semejante riqueza si luego no la disfrutabas? En cualquier caso, el trabajo había sido un desastre y el cliente no se mostraría muy contento cuando se enterara.
Le había escrito un mensaje encriptado dentro de una página web relacionada con la reforestación de la selva amazónica, informándolo de manera precisa sobre el resultado del atentado. Para calmar un poco su más que previsible ataque de furia, le había dejado entrever sus planes sobre cómo tenía previsto llevar a cabo el robo del Piatti. No acostumbraba a adelantar sus intenciones pero, después del fallo, el viejo merecía un poco de atención extra. Además, el nazi se encontraba muy nervioso y, dada la cercanía del solsticio, era capaz de cometer alguna tontería que trastocara sus planes.
Etzel sabía que el violonchelo estaba bajo vigilancia y que su propietario se hallaba sobre aviso. No convenía tentar a la suerte con una operación arriesgada. Había que aguardar el momento oportuno y Etzel sabía cuál era. Ahora sólo cabía esperar que el viejo no se precipitara y optara por hacerlo a su manera. Etzel había fallado en su último encargo, pero era algo que no alteraba para nada su tarea. Lo importante era el instrumento y hasta el momento todo había ido como tenía planeado.
No, el viejo esperaría como hasta ahora había hecho. Despotricaría y amenazaría, pero confiaría en Etzel. Sabía lo cerca que estaba de su objetivo.
—Señor, el ataque contra el doctor Dreifuss ha fallado.
El viejo Pawlak se encontraba dando de comer a sus peces de colores. Le gustaba ver cómo se peleaban por la comida, que les era racionada para fomentar la lucha por la supervivencia. En unas peceras adyacentes, algo más pequeñas, criaba, por separado, ejemplares de Betta splendens, el pez luchador tailandés.
Por puro entretenimiento, a veces atrapaba con un pequeño salabardo uno de los vistosos y coloridos peces tropicales y lo arrojaba dentro de una pecera ocupada por un aguerrido luchador tailandés. La pelea siempre se saldaba con la muerte del pacífico y aterrorizado pez tropical, que no tenía ninguna posibilidad ante el despiadado asesino.
En otras ocasiones, los enfrentaba uno contra otro. Entonces parecía que el agua hervía. Los dos combatientes se enzarzaban en una lucha a muerte, sin cuartel. Con sus pequeños dientes destrozaban las aletas de su contrincante. Según el ánimo que tuviera Pawlak en ese momento, el combate podía terminar con la muerte inclemente del vencido. En otros casos los separaba antes, aprovechando una peculiar característica de la especie tailandesa.
Estos peces, incapaces de obtener del agua todo el oxígeno que precisan, deben salir de vez en cuando a la superficie para tomar aire con unos pequeños órganos situados debajo de las branquias. Pawlak aprovechaba esta necesidad y, con la redecilla, devolvía al combatiente a su pecera. Los desastres derivados del salvaje combate, si no eran mortales, se regeneraban en cuestión de pocas semanas.
A veces Pawlak introducía en la misma pecera tres ejemplares. Le gustaba estudiar cómo dos de ellos aunaban sus esfuerzos para acabar con el tercero, más débil, antes de enfrentarse en la batalla decisiva.
Antes de oír las palabras de su guardaespaldas, el humor de Pawlak era plácido, mientras repartía camarones entre los hambrientos animales. Después de recibir la negativa noticia, su carácter se agrió. Sin darse la vuelta para mirar al impertérrito Hermann, el nazi sacó de la pecera grande un ejemplar precioso y ya crecido de pez ángel y lo introdujo en la del más pequeño de sus peces luchadores.
A pesar de doblar en tamaño a su asesino y de sus frenéticos esfuerzos por escapar, el combate fue desigual y breve.
—Hermann, mira a ver si hay algún mensaje —dijo con voz contenida el anciano, sacando con el salabardo el cadáver mutilado del pez ángel.
—Enseguida, señor —contestó el rubio escolta, que se encaminó al despacho del nazi, donde inició el proceso para acceder a la página en la que Etzel había ocultado su mensaje. Hermann utilizó con precisión los dos programas necesarios para abrir la fotografía de una espumosa cascada de agua en el centro de una densa vegetación.
Minutos después, Pawlak, sentado frente al monitor, leía el mensaje ya descifrado, en el que se le comunicaba el fracaso en el intento de eliminación de los adversarios.
Por supuesto, el nazi tenía sus propias fuentes de información, que le daban las noticias prácticamente al instante. Por eso Hermann había podido enterarse del fracaso antes de que leyeran el mensaje oculto en la página sobre la reforestación del Amazonas.
El rostro del anciano se había ido amoratando de la furia, una de sus manos se agitaba espasmódicamente y apenas lograba mantener el labio inferior quieto.
Hermann no tardó en percatarse de lo que estaba ocurriendo y por su radioemisor impartió las órdenes oportunas. Antes de que el anciano se desplomara sobre el teclado, Hermann ya lo tenía sujeto y lo tumbaba en el suelo, donde la enfermera, que llegó corriendo, aflojó la rígida corbata del nazi, abrió el almidonado cuello de la camisa y, con ayuda del guardaespaldas, lo sentó en una silla de ruedas para llevarlo a su habitación. En el lecho, la enfermera le colocó una mascarilla de oxígeno y le tomó las constantes vitales. Minutos después, el color, que había desaparecido del rostro del anciano al recibir el síncope y perder el conocimiento, regresaba a su rostro.
—No debería levantarse durante el resto del día, ni recibir visitas, ni ningún tipo de sobresaltos —dijo la enfermera como si hablara para sí. Sabía que el viejo haría lo que le viniera en gana, pero cumplía con su obligación de advertirlo.
La enfermera corrió los cortinones para dejar la habitación en penumbra y, tras comprobar de nuevo la mezcla de oxígeno y el nivel de la botella, abandonó la estancia. Nada más podía hacer por su paciente. Su organismo estaba tallando y el día menos esperado, más pronto que tarde, se detendría para siempre. Entre tanto llegaba ese momento, su función en aquella casa se limitaba a prolongar en lo posible aquella vida, una tarea difícil, pues sus instrucciones eran sistemáticamente ignoradas por el díscolo enfermo.
—Hermann —dijo a través de la mascarilla el anciano con voz muy débil—. Acércate más. Dile a Hans que salga.
El rubio guardaespaldas lanzó una mirada gélida al mayordomo, que se resistía a abandonar la estancia de su señor. No hizo falta más para que Hans se diese por enterado.
—Quiero que llames a Otto. Dile que quiero hablar con él ahora mismo. Me da igual dónde esté.
—La enfermera ha dicho que necesita descanso —dijo con voz átona el guardaespaldas.
—En cuanto esté preparada la comunicación, despiértame —dijo el nazi tras aspirar con ansia el oxígeno, sin aparentar haber oído las palabras de su ayudante. Envuelto en la enorme toalla del hotel, Ludwig se miraba en el espejo. No se reconocía. El espejo no le reflejaba la imagen serena, arrogante y cautivadora a la que estaba acostumbrado. El perfil de un hombre hecho a sí mismo con gran esfuerzo. El de quien ha tenido que luchar solo toda su vida y por fin ha tocado el cielo.
En vez de eso, el espejo le devolvía la imagen de un hombre dubitativo influenciado por las mareas. Un hombre dependiente de una mujer, al que las cosas le suceden sin que él en ningún momento sea capaz de anticiparse, ni mucho menos controlarlas.
¿En qué momento el reputado doctor Ludwig Dreifuss, uno de los mejores especialistas en otorrinolaringología de toda Europa, se había convertido en un hombre corriente y hasta vulgar?
Sosteniéndose la mirada no dejaba de sorprenderse. Acababa de ducharse tras haber hecho el amor con una bellísima mujer, que, lejos del ardor acostumbrado, había mantenido una actitud estática, como si aquello no fuera con ella. El Ludwig de otros tiempos, ante ese panorama, hubiese gozado de aquel cuerpazo que se le ofrecía hasta aburrirse y después se hubiese levantado, duchado y abandonado la habitación, posiblemente sin una palabra de adiós.
Sin embargo, el nuevo Ludwig había tratado de todas las maneras posibles de seducir, hacer gozar e implicar a la mujer a costa de su propio disfrute. Y al final se había sentido mal por no lograr sacarla de su ensimismamiento.
¿Era eso el amor? ¿No implicaba, por lo menos al principio, una entrega total? ¿Un anteponer el placer y las necesidades del otro a las de uno mismo? ¿Estaba siendo él el desconsiderado al haber querido hacer el amor a pesar de que ella no se mostraba participativa? ¿O era que Martha no sentía lo mismo por él?
Nunca antes preguntas de este tipo se le habían cruzado por la mente, ni siquiera cuando empezaba a salir con su exmujer.
Para completar el cuadro, estaba preparándose para ir de buena gana a una maloliente comisaría, donde un amargado funcionario le haría preguntas, algunas de ellas de índole privada, tras esperar en una horrorosa sala blanca con un par de cuadros espantosos, unas sillas desvencijadas y una mesa baja llena de revistas manoseadas.
¿Dónde había quedado el orgulloso doctor que viajaba al volante de un flamante Porsche con una sonrisa despectiva?
Ludwig miró la revuelta cama, donde, arrebujada bajo las mantas, dormía la desconcertante belleza que había ocasionado tantos cambios. ¿Estaría dispuesto a regresar a los tiempos en que él era un semidiós inalcanzable que siempre obtenía lo que quería, al precio de no volver a ver a Martha?
Ludwig, que siempre había despreciado los impulsos primarios desencadenados por la liberación de feniletanolamina en el cerebro, sabía cuál era la respuesta y no pretendía racionalizarla. ¿Qué le importaba ahora su casa de Ginebra, los ingresos por su solicitada consulta, su magnífico Porsche de asientos de cuero, la fama y el honor de ser considerado una eminencia en su campo, incluso la recién llegada fortuna que alcanzaría para vivir como un rey más de una vida?
En ese momento lo único que le importaba era que Martha estuviera bien arropada y descansase. ¿Qué le hubiera dicho él a un amigo que le pidiera consejo, ante semejante encrucijada?
Se terminó de vestir, tratando de dejar a un lado esas cuestiones y, tras dar un beso al bullo envuelto de la cama, abandonó la habitación y bajó al vestíbulo.
Tenía el coche alquilado en el garaje pero no le apetecía conducir por el centro de la capital, buscando la comisaría en medio de la marea de coches, así que solicitó un taxi a un botones. En menos de cinco minutos, un orondo y sudoroso taxista se bajaba de su vehículo con ciertas dificultades para ayudarlo, pensando que llevaría equipaje. Ludwig le facilitó la dirección de la comisaría y el taxista arrancó.
Para evitar pensamientos incómodos, el médico se entretuvo los veinte minutos que duró el viaje examinando al chófer, algo que no tenía costumbre de hacer. En otros tiempos, caso improbable de coger un taxi, se hubiese parapetado tras un dossier o una revista médica para evitar la conversación del taxista. Estaba seguro de que en esas ocasiones hubiese sido incapaz de dar la más elemental descripción del chófer si se la hubieran pedido. Otro cambio más.
Ahora observaba la brillante papada del conductor, que le tapaba el cuello cerrado de una camisa azul celeste. La que debía ser una asfixiante corbata color granate le caía sobre la hermosa colina que era su prominente panza. El hombre llevaba la cabeza muy rasurada para disimular la avanzada calvicie. Carecía de patillas y la piel de la zona donde debería ir la barba estaba brillante del sudor y azulada. Apenas tenía cuello y sus fofos brazos terminaban en unas manos limpias con bastante vello en las dos primeras falanges de los gordezuelos dedos.
El hombre conducía con pericia, sin enfadarse por las maniobras erráticas de los demás conductores, pero no se abstenía de hacer una pifia siempre que la ocasión lo aconsejaba para ahorrar la espera. Embutido en su sillón, el taxista se dedicó a su tarea hasta anunciar que ya habían llegado.
—Tendrá que esperar un momento —le dijo la agente que estaba en la recepción de la comisaría, una rubia mal teñida que aún no había asumido su verdadera edad y trataba de rebajarla con tallas ajustadas y abundante maquillaje—. Si es tan amable de sentarse allí, lo aviso en cuanto uno de los instructores libre.
Durante la siguiente media hora Ludwig fue testigo de un interminable ir y venir de gente. Muchos eran agentes de uniforme, otros iban vestidos de paisano con muy poco éxito, ya que se notaba a la legua su profesión. De otros no supo decir si eran policías o personas que, como él, habían venido a hacer alguna gestión. En cualquier caso no lo parecían. También entraron ancianos para saber si sus gafas, o su paraguas, habían aparecido, a preguntar por alguien o por una dirección.
—Doctor Dreifuss, me llamo Isabel —se presentó una joven muy delgada, con el pelo castaño recogido en una coleta—. Si es tan amable de acompañarme, terminaremos enseguida.
Tras los consiguientes formulismos y presentación del pasaporte, la chica le hizo una serie de preguntas que tenía apuntadas en una hoja. Sin duda se las habían facilitado los inspectores que habían acudido al hotel.
—Pues esto es todo, doctor Dreifuss —dijo la joven agente, pulsando una tecla. Mientras la impresora hacía su trabajo, añadió—: El inspector Herrero me ha pedido que, cuando termináramos, lo acompañara a su despacho, si a usted le viene bien. Ahora, si me firma aquí y aquí… Muy bien. Esta copia es para usted.
—Doctor, me alegro de verlo —dijo el inspector Herrero cuando la policía le franqueó el paso y se despidió con una sonrisa—. Pase, pase. Siéntese, por favor. ¿Ya ha terminado con el trámite de la denuncia? Estupendo, ¿quiere un bombón? Son unas trufas estupendas que me compra mi mujer en una pastelería pequeñita de Alcobendas cuando va a visitar a su hermana. ¿No? Claro, es usted médico. Las caries, ya se sabe. En fin, dígame, ¿qué tal se encuentra?
—Bien, bien —contestó Ludwig cruzando las piernas y poniéndose cómodo con una sonrisa. Por lo poco que conocía al inspector sabía que toda aquella verborrea había tenido el objeto de tranquilizarlo, como si aquello fuese una visita de cortesía —. Ahora ya mejor.
—Estupendo —repitió el policía echando un vistazo a la hoja que le había entregado la agente con la denuncia del médico, como haría el propio Ludwig con una radiografía que le mostrara su enfermera—. Me alegro. ¿Y la señorita Mazowiecki?
—Bueno, creo que más tranquila. Ahora se ha quedado en el hotel descansando. Ha sido muy duro para ella.
—Claro, claro —asintió comprensivo Herrero, dejando caer la denuncia sobre el escritorio—. Es un shock. Mucho descanso y tranquilidad. Pero ¿qué le voy a decir a usted? La señorita está en las mejores manos.
—Gracias, inspector. ¿Saben algo sobre el hombre que nos atacó?
—Nada. El atacante no fue en coche. Hemos inspeccionado todas las cintas de las cámaras del garaje y los accesos, y no hemos visto nada. Los empleados del garaje y los vigilantes no recuerdan haber visto a nadie extraño por allí. No nos queda otra alternativa que pensar que el atacante entró por el hotel y que tenía cierta idea de dónde se encontraban las cámaras, pues logró eludirlas todas. Los casquillos recogidos son de una munición muy poco usual, Ranger SXT. El arma se utilizó con silenciador. Las huellas de los zapatos y todo eso, en un garaje con polvo y continuo ir y venir de coches y personas, como puede imaginar, no nos van aportar mucho.
—¿Entonces?
—Seguiremos como estábamos —contestó tranquilamente Herrero—. Si conseguimos algo sobre este asaltante, lo investigaremos, por supuesto, pero me temo que no va a ser así y creo que es mejor continuar en la línea de la investigación general.
—¡Pero no tienen ninguna pista! —exclamó Ludwig levantando las manos.
—Tiene razón. Los asesinatos de su tío y del pobre desgraciado que facilitó la caída de las alarmas no han proporcionado nada, lo mismo que la agresión al rabino.
—Por cierto, ¿cómo está?
—Sin cambios. Los colegas de usted dicen que su cerebro está muerto y que en cuanto el corazón se canse se parará.
—Lástima, era un buen hombre —dijo apesadumbrado Ludwig—. Ni siquiera he tenido el detalle de ir a visitarlo.
—No se preocupe, que no se lo tendrá en cuenta. No, no es un chiste macabro. El simple hecho de que lamente no haber ido a visitarlo para él sería todo un honor, créame.
»Como le decía, todas esas vías no nos están llevando a ningún lado. El asesino es un profesional y no creo que esté fichado en España, lo cual no quiere decir que nunca haya trabajado aquí. Actúa y se marcha. No deja huellas.
—¿Y la Interpol? ¿No puede ayudar?
Herrero se entretuvo un momento estirándose del extremo del recortado bigote antes de responder.
—Verá, doctor Dreifuss —explicó bajando un tono la voz—. Es difícil reconocerlo, pero en todos los sitios, bajo la alfombra, hay porquería, ¿entiende lo que quiero decir? Tengo motivos para pensar que la Interpol no sólo no está por la tarea de colaborar, sino que se mostraría muy interesada en estar al tanto de nuestros movimientos, por escasos que éstos sean. Es más, le voy a confesar que posiblemente los conozcan muy bien.
—Es usted el optimismo personificado.
—Sí, ¿verdad? Mi mujer opina lo mismo. En fin, las buenas noticias son que tenemos dos vías de actuación que yo catalogaría de ventajosas. Si damos crédito, aunque sea entre comillas, a la historia del rabino, y creo que debemos hacerlo, entre otras cosas, porque si no lo hacemos la investigación está muerta, tenemos, por un lado, la fecha límite para que reúnan los instrumentos, o sea, antes del veintidós de diciembre, día del solsticio de invierno. Estamos a catorce, lo que da un margen de una semana. El violonchelo que les queda por robar está en España y, mientras permanezca aquí, lo tendremos custodiado. Lo malo es que en unos días irá a Austria y allí será otra cosa.
—Eso por un lado, dice usted —repitió Ludwig ante el silencio del policía—. ¿Y por otro?
—Por otro, tenemos el atentado que ustedes dos han sufrido —contestó Herrero mirando directamente a los ojos de Ludwig.
—¿Y? Creo recordar que me ha dicho que no espera sacar nada en limpio de ahí.
—Cierto. Pero si no me equivoco, lo volverán a intentar.
—¿Cómo dice? —preguntó exaltado Ludwig.
—Tranquilícese, amigo mío. No me diga que le sorprende lo que acabo de decir.
—No, claro. Ya había pensado en esa posibilidad, pero prefiero creer que han intentado asustarnos y que no se volverá a repetir.
—Mi opinión es que, en el caso de su amiga, puede que sea así —repuso Herrero haciendo un gesto con la mano que no comprometía a nada—. Pero en su caso, creo que lo prefieren muerto.
—¿Y eso lo ha pensado ahora? Porque he venido solo desde el hotel y me podían haber matado por el camino.
—¿Quién? ¿Juan? ¿El taxista que lo ha traído hasta aquí?
—¿Le conoce?
—¿A Juan?, desde hace años —respondió sonriendo el inspector—. Hicimos juntos la academia para ingresar en la policía. Tiene un problema en la espalda y por eso está en los calabozos. Pero aún es el campeón de la comisaría en los certámenes de tiro.
—¿Es policía? —preguntó Ludwig frunciendo el ceño.
—Sí. Cuando nos fuimos, lo llamé y le pedí que me hiciera el favor de coger el taxi de su cuñado y lo fuera a buscar cuando usted pidiera uno.
—¿Y si llego a venir en el coche que tengo alquilado?
—Lo dudo, a menos de que tenga usted un buen dominio de mecánica. No arranca. Nos hemos ocupado de ello. De todas formas, otros dos agentes de paisano lo han seguido en todo momento.
—Vaya, no sé qué decir —dijo asombrado Ludwig—. Nunca antes me habían utilizado como cebo.
—No se preocupe. Estaba bien protegido —dijo Herrero metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Pero tenemos un problema. Toda esta parafernalia que hemos montado para asegurarnos de que ustedes se encuentran fuera de peligro y, de paso, para ver si el asesino vuelve a asomar, no cuenta con la debida autorización. Tampoco la tiene el servicio de vigilancia del instrumento que les queda por robar. No, no me pregunte cómo puede ser. El hecho es que es así. No dispongo de agentes para protegerlos y vigilar el instrumento. Me sería de gran ayuda que usted contratara los servicios de una agencia de seguridad que pudiera proporcionarle una escolta a usted y a la señorita.
—¿Guardaespaldas?
—Así es. La situación no tiene nada de divertida. Su vida está en peligro. Quizá la de la señorita Mazowiecki también. Sólo sería una semana, después no habrá problema, pero necesita esa escolta.
—¿Y de dónde la saco?
—Si no tiene problema —apuntó el inspector—, yo podría proporcionarle una. Sé que suena a chanchullo: yo le aconsejo un servicio y, qué casualidad, se lo puedo conseguir. No es así. Un antiguo compañero, que se jubiló por una incapacidad debida a un disparo que sufrió en una rodilla, montó una empresa de seguridad. Es igual que todas, ni mejor ni peor, ni más ni menos cara. Pero sus empleados son de toda confianza y él es amigo mío. Tendría su colaboración en el caso de que apareciera el asesino. Él me localizaría enseguida. ¿Qué le parece?
—Bien. Si usted cree que es necesario…
—Lo creo. Coménteselo a la señorita Mazowiecki. Lo de la escolta, quiero decir. Un coche camuflado lo llevará a su hotel. Esta noche seguirán bajo nuestra vigilancia y para mañana tendré preparado el servicio de escolta, no se preocupe por nada. Váyase al hotel y descansen.
Mientras Ludwig se levantaba para abandonar el despacho del inspector, éste añadió sin demasiado convencimiento:
—¿Sabe? Yo, en su lugar, aprovecharía para disfrutar de unos días de vacaciones. Si le gusta el submarinismo me han hablado muy bien de unas islas caribeñas. El agua es cristalina y hay todo tipo de peces. Podría llevar a su amiga.
—Y tiene razón —dijo Martha sentada en el borde de la cama, tras escuchar de boca de Ludwig la conversación que éste había mantenido con el inspector Herrero—. Te han disparado dos veces. Si no llega a ser por el libro que llevabas en la cazadora y el chaleco antibalas, ahora estarías muerto. Necesitas esa escolta y alejarte de todo esto.
—¿Y qué me dices de ti? —preguntó Ludwig—. También trataron de matarte. Necesitas esa escolta lo mismo que yo.
—No estoy de acuerdo. El inspector te ha dicho que los asesinos no tienen nada contra mí. Tú, por tu cabezonería, eres el que corre peligro.
—Yo asumo los gastos. Por favor, déjame que contrate un par de hombres para que te protejan. Sólo sería una semana. Necesito saber que estás a salvo. Si te ocurriera algo, me sentiría culpable.
—¿Ahora me dices que te sentirías culpable si me sucediera algo? —preguntó enfadada Martha, retorciendo bajo su barbilla la sábana—. Te he pedido de todas las maneras posibles que dejes este asunto, que no te metas donde no te llaman. Son asesinos, Ludwig. Esto no es un juego. Aquí si te equivocas o te tropiezas con alguien, te matan. ¿Por qué no lo dejas en manos de la policía? Ellos son profesionales. Saben hacer frente a cosas así.
Ludwig se pasó una mano por el pelo y se dirigió a la ventana para no cruzar la mirada con la de ella. Sabía que tenía razón. El inspector Herrero le había aconsejado lo mismo. ¿Por qué no abandonaba? Hasta el momento lo único que había conseguido era que casi lo mataran, y a Martha con él. No había averiguado nada y era presumible que en la semana que quedaba todo siguiera igual. ¿Por qué no dejarlo?
La mirada confiada del anciano rabino lo observaba. El mismo hombre que había tenido una vida llena de dolor, sufrimiento y una muerte atroz. El mismo que era capaz de dejar a un lado la venganza contra aquellos que le habían quitado todo, aquellos que habían hecho de él lo que era y no lo que podía haber llegado a ser. El mismo anciano que, a solas, le había confesado que la policía nunca podría acabar con aquello por sí misma.
De alguna manera sentía que el hombre que no había cruzado aún la frontera de la muerte, pero que nunca volvería a caminar entre los vivos, confiaba en él, en que él seguiría la lucha contra ese mal infame.
—Todo esto es una locura —dijo Martha junto a su oreja mientras lo abrazaba. El sonido que hacía la combinación de seda color malva al rozar contra su ropa le erizaba los pelos de la nuca—. No quiero que nos pase nada, Ludwig, sólo quiero disfrutar de estos momentos a tu lado.
Sí, era una locura dar crédito a la lunática historia de un anciano medio muerto y poner en peligro su propia vida y la de la mujer que amaba.
—Ven a la cama, Ludwig —le susurró ella tirándole de un brazo—. Ven, yo te haré olvidar.
Antes de darse cuenta, Martha ya estaba de nuevo sentada al borde de la cama, con las piernas abiertas, y él de pie entre ellas. Las manos de ella bajaban la cremallera del pantalón y lo desabotonaban. Ludwig, inmerso en el perfume animal que ella exudaba, se dejaba hacer. Un par de tirones vigorosos hicieron descender los pantalones por las blanquecinas piernas de Ludwig junto con su ropa interior.
Martha cogió con ambas manos el hinchado miembro de su amante y estiró la piel hacia abajo hasta hacerle daño. Cuando Ludwig emitió un gemido, volvió a estirar hacia arriba, apretando más. Así una y otra vez. Ludwig sentía todo el cuerpo en tensión, incapaz de relajar un solo músculo. Sentía la urgencia de tumbarla en la cama y penetrarla salvajemente, pero el cuerpo no le respondía.
—¿Te gusta así? —preguntó con malicia Martha.
Una descarga eléctrica recorrió la espina dorsal de Ludwig, obligándolo a arquear dolorosamente la espalda en un espasmo. Por dos veces no pudo contenerse y estuvo a punto de eyacular, pero ella sabía lo que se hacía y las dos veces cortó la emulsión pellizcándole en la base del pene, lo que, además de doloroso, resultaba eficaz. Esta maniobra lo estaba volviendo loco, cerca ya del paroxismo.
—Por favor —tartamudeaba él—. Por favor…
Era lo único que podía decir, mientras sus manos se enredaban en el cabello de ella.
—Ven, tómame —dijo Martha, sabiendo lo que sentía, a la vez que le ofrecía su espalda y se agachaba apoyándose en la cama.
No tardó Ludwig en vaciarse en el interior de su amante y enseguida una flojera, como si le hubiesen quitado los huesos de las piernas, se apoderó de él, impidiéndole permanecer de pie. Se tumbó en la cama y Martha se puso a horcajadas encima de él. No tardó demasiado en volver a poner en forma el asta. Montada sobre su amante, empezó a cabalgar, tirando salvajemente del vello que cubría su pecho. A pesar del dolor, que le hacía saltar las lágrimas, Ludwig notó que se volvía a enardecer. Volvió a cogerla por el cabello de la nuca y tiró hasta que Martha se arqueó hacia atrás, llegando los dos a la vez a un brutal orgasmo, entre gemidos y gritos, empapados de sudor.
Antes de caer dormido, extenuado, Ludwig oyó la voz de ella, que, desde muy lejos, le pedía de nuevo que dejara todo aquello. En la calle ya se habían encendido las luces artificiales, pero a él ninguna luz lo podía mantener ya en el mundo de la vigilia.
—Andrés, salimos ya.
—Vale —contestó Ponte, sosteniendo el móvil entre el hombro y la oreja a la vez que tecleaba en el fijo de su escritorio un número interno—. Ahora mismo aviso a los patrullas. ¿Alguna novedad?
—Ninguna —contestó el agente Cuéllar—. Parece que nos dirigimos directamente al lugar. Vamos tras él.
—¿Dónde estáis ahora? —preguntó el subinspector Ponte tapando el auricular del fijo con la mano.
—Abandonando la urbanización de Mirasierra. Dentro de un par de minutos nos meteremos en la M-607 de Colmenar. Imagino que entraremos por la M-30.
—De acuerdo. ¿Qué coche lleva el objetivo?
—Un todoterreno Toyota Land Cruiser azul oscuro, con matrícula Bravo Kilo Mike, negativo, sexto, negativo, segundo.
—Muy bien. Los patrullas asignados para el apoyo son el Papa tres y el ocho.
—Entendido. Tenemos la emisora encendida. Si necesitamos apoyo los llamamos por ella.
—Central, soy el subinspector Ponte. A partir de este momento y hasta nuevo aviso, los patrullas que le he comentado antes estarán ocupados. ¿Puede asignarnos un canal cerrado?
—Pueden utilizar el canal dieciocho —contestó escuetamente una voz grave. Por detrás se oían timbres de teléfono, voces y un teclear continuo—. A los patrullas asignados les retiro la disponibilidad hasta nueva orden.
—Gracias, central —contestó Ponte y colgó el teléfono. Con el móvil aún entre la oreja y el hombro dijo—: Canal dieciocho para comunicaros con los patrullas. Es un canal privado.
Sin esperar a que Cuéllar respondiera, Ponte cortó la comunicación y cogió el radiotransmisor que tenía sobre la mesa. Giró el potenciómetro del volumen hasta encenderlo. Con otra ruedita fue cambiando de canal hasta llegar al dieciocho.
—Papa tres y Papa ocho, para Hotel dos. ¿Me reciben? —llamó Ponte acercándose el aparato a la boca.
—Aquí Papa tres —dijo una voz a través de la estática.
—Adelante para Papa ocho —contestó otra voz parecida.
—El objetivo es un Toyota Land Cruiser azul oscuro Bravo Kilo Mike, negativo, sexto, negativo, segundo. Va por la M-607 en dirección a la M-30.
—Atención Hotel dos —intervino Cuéllar—. Estamos entrando ya en la M-30 hacia el sur.
—De acuerdo Papa tres y Papa ocho, ¿han escuchado? A partir de este momento estén a disposición de Hotel cinco.
El subinspector Ponte dejó la radio encendida sobre su mesa y se acercó al escritorio de Estévez, que fingía estar enfrascado en un dossier.
—José Luis —dijo Ponte inclinándose sobre la mesa de su compañero—. Espero que el comisario no llegue a enterarse de lo que está pasando, porque, si no, voy a tener una pequeña conversación con tu mujer acerca de las visitas que haces a determinados locales y, si me pide ayuda para arrancarte los cojones, tendré mucho gusto en complacerla.
Estévez, atemorizado por el tono de Ponte, dudó por un momento si discutir, incluso en ir directamente a hablar con el comisario, pero optó por mostrarse ofendido ante la idea de que él fuera un chivato.
Ponte lo dejó mascullando sus quejas y se sentó frente al monitor para continuar tecleando sin perder detalle de lo que se hablaba por el radio transmisor. Conocía lo suficiente a Estévez para saber que éste no diría nada ante su amenaza. Ahora que el comisario estaba a bien con él por haberle facilitado un sospechoso en el caso del millonario griego, no necesitaba ir a contarle las andanzas de Herrero.
A kilómetros de distancia, el Toyota azul oscuro conducido por el propietario del violonchelo más custodiado del mundo en ese momento era seguido de cerca por un Golf verde desde el que Cuéllar y Ramos no lo perdían de vista. El dueño del instrumento no se había negado a colaborar ni a ser seguido, pero había insistido en que todo se hiciera sin que su familia fuera consciente de la situación. Él mismo, aun sabiendo que era custodiado, prefería no tener ningún contacto con sus guardianes.
Cuando el inspector Herrero habló con él tras lo ocurrido con Menasés, el día en que el rabino trató de quemar el violonchelo, el propietario se mostró muy cortés pero contundente. Nada de policías rondando por su casa. Si querían vigilarla tendría que ser discretamente. Para los movimientos del instrumento fuera de la casa, el propietario había facilitado una agenda de los ensayos y conciertos que debía ofrecer, y prometido que, si se daba alguna alteración de esos planes, Herrero sería avisado de inmediato.
A unos cien metros por delante del todoterreno, circulando a velocidad crucero, uno de los vehículos patrulla trataba de mantener la distancia, algo no demasiado difícil, ya que el propietario del Piatti conducía a velocidad constante, justo en el límite señalado.
Trescientos metros por detrás del Golf camuflado, la otra patrulla rodaba tranquilamente, esperando instrucciones. Este segundo vehículo tenía menos problemas para mantener la posición, ya que, en su pantalla del GPS, los marcadores de los demás coches facilitaban la tarea.
El único coche que no aparecía marcado en el GPS era un quinto vehículo, otro todo terreno, un BMW negro, serie 5, que rodaba cuarenta metros detrás del Golf camuflado, donde su ocupante había logrado por fin sintonizar el canal dieciocho de la policía, gracias al barrido de un escáner conectado a un ordenador portátil que estaba sobre el asiento del copiloto. El conductor, trajeado de negro, no perdía de vista los coches que lo precedían. En su propio GPS se reflejaba la ruta más lógica que seguirían y, por ahora, el músico la mantenía con exactitud.
El perseguidor estaba evaluando las medidas de seguridad establecidas por la policía y hasta qué punto el dueño del violonchelo colaboraba con ellos. Por lo visto, la única contribución consistía en permitir que lo siguieran a distancia. Eso era bueno.
En un momento dado se había colocado al lado del Toyota perseguido y miró con discreción a su interior. Allí estaba. En el asiento trasero, sujeto con un arnés especial, iba el enorme estuche negro con el tan deseado instrumento. Por un momento pensó lo fácil que podía ser hacerse con él, teniéndolo a menos de dos metros, pero prefirió no precipitarse. El plan seguiría adelante.
—Papa ocho, aquí Hotel cinco —dijo Cuéllar por el micrófono—. Adelántese por favor hasta el punto Charlie y examine la zona. Controle los vehículos estacionados y el acceso.
—Recibido Hotel cinco —contestó la voz con estática.
Al momento, el patrulla que iba delante puso las luces azules rotativas del techo en marcha y aceleró para llegar con tiempo al Teatro Real. Los coches de los concertistas iban a estacionar en un aparcamiento aledaño.
—Hotel cinco para Papa ocho —llamó la radio al cabo de un rato, cuando la caravana ya estaba cerca del final.
—Adelante, Papa ocho —contestó Cuéllar.
—Todo revisado. Nada extraño. Hemos estacionado cerca de los jardines, como en una patrulla ordinaria.
—Recibido. Enseguida llegamos. Estamos abandonando la M-30 por la salida 18. Papa tres, en cuanto entremos sigan adelante y quédense por la cuesta de San Vicente.
—Recibido, Papa tres.
El conductor del BMW negro también había escuchado las instrucciones dadas por Cuéllar a los patrulleros. No quería levantar sospechas, así que no entraría en el aparcamiento donde iba a estacionar el Toyota. Su idea era dejar el coche cerca e ir paseando como si fuese un turista. Tenía tiempo para estudiar los alrededores hasta que terminara el ensayo.