La fórmula Stradivarius
Neptalí (Mi combate)
La Divinidad es un círculo cuyo centro se encuentra en todos los sitios y la
circunferencia en ninguna parte.
HERMES TRISMEGISTO
-¿ I nspector jefe Herrero? —preguntó la voz de la telefonista de la comisaría—. Aguarde un momento, le paso una llamada de la oficina nacional de Interpol.
—¿Inspector jefe Herrero? —dijo la voz de otra mujer—. Soy la inspectora Amanda Sanmartín. ¿Qué tal está?
—Muy bien, inspectora —contestó gentilmente Herrero—, encantado de hablar con usted.
—Lo he estado llamando al móvil —dijo la policía—, pero no había manera. Todo el rato me daba fuera de cobertura.
—Lo tenía sin batería —mintió con descaro Herrero, acostumbrado a echar mano de esta excusa—. Siento causarle tantas molestias.
—No se preocupe, no ha sido ninguna molestia. Aquí tengo los resultados que me pidió. ¿Por dónde quiere que empiece?
—Si no le importa, por Menasés Liebnitz.
—Menasés Liebnitz, nacido en Rzeszów, ciudad situada al sureste de Polonia, capital del voivodato del mismo nombre, junto al río Wislok, en 1925, posiblemente en el mes de junio. Su familia murió durante el internamiento en el gueto de Varsovia. Desde los dieciséis años estuvo internado en campos de concentración, de los que visitó tres, protagonizando varias fugas. Del último de ellos, el de Mauthausen, fue liberado en 1945 por los americanos. Matemático y cabalista, además de rabino. Se le respeta como un Hakam, un sabio en su religión. Durante años colaboró con Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis. Se le atribuye haber tomado parte en la detención y secuestro de Adolf Eichmann, un nazi fugado que vivía en Argentina, considerado el padre de la «solución final». De ser verdad, habría trabajado con el Mossad. Se casó, pero su mujer murió. Al cumplir cuarenta y tres años lo dejó todo y se exilió en Israel, donde ha llevado una vida tranquila, como rabino, a las afueras de Jerusalén.
—¿Tienen alguna fotografía reciente?
—Sí, se la mando ahora mismo por fax, junto con todo su historial. En realidad le mando tres fotos. Una de ellas está sacada en el campo de concentración de Mauthausen cuando fue liberado. Otra es de la boda con su mujer. La más reciente es de hace dos años. Es un hombre pequeño, lleva la cabeza afeitada, viste siempre de negro y tiene una cojera, probable consecuencia de un accidente sufrido durante una de sus fugas de los campos nazis. ¡Ah! Carece de número tatuado, como es lo normal en los prisioneros judíos. Se lo hizo borrar de una manera muy dolorosa nada más quedar libre.
Todo aquello concordaba con la imagen que Herrero tenía del pequeño rabino.
—¿Qué me dice de los cuatro nombres alemanes que le facilité?
—No mucho. Sí le puedo adelantar que ha costado bastante esfuerzo que nos facilitaran la información. Parece evidente que hay interés en no remover viejas heridas. En cualquier caso le adelanto lo que luego le llegará por fax.
»Friedrich Hielscher. Fue miembro de una oscura organización racista en la que luego se inspiraría Hitler y a la que pertenecieron muchas celebridades de aquella época y miembros del Estado Mayor del ejército alemán. Parece ser que los nazis crearon un centro de estudios en el que entraban todas las ramas del saber, desde la física nuclear, en la que estaban bastante avanzados cuando fueron derrotados, gracias a Dios, hasta la medicina, pasando por la historia y la gramática. Este Hielscher se ocupó de dirigir, y no se asuste, la sección esotérica de ese instituto. ¿Ha visto usted la película de Indiana Jones? Pues realmente los alemanes estuvieron buscando el Arca de la Alianza, el Santo Grial, la lanza con la que atravesaron a Jesucristo en la cruz y todo tipo de cosas igual de extrañas. ¿Qué le parece? Hielscher fue detenido en septiembre de 1944 por la Gestapo, no se sabe bien por qué, y liberado tres meses después. Tras la guerra compareció en los juicios de Nuremberg como testigo a favor de un tal Sievers. Él no fue encausado. Después desapareció. Se cree que se marchó a Costa Rica y murió en 1956.
»Oswald Dönitz. De origen austríaco. Un genio matemático y musicólogo. Trabajó en la sección matemática del instituto, pero fue trasladado a la sección esotérica de manera fulminante, sin conocerse los motivos. Tras la guerra fue llevado a Argentina, como la mayoría de los nazis fugados. En 1963 falleció de una trombosis y fue enterrado en Buenos Aires, sin ceremonias, ya que nadie se quiso hacer cargo del cuerpo.
»Friedrich Schäuble. Un joven y prometedor físico captado por el instituto y llamado a colaborar en el proyecto de la bomba atómica. Al igual que Dönitz fue trasladado al departamento esotérico. Tampoco se sabe el motivo. Cuando estaba terminando la guerra fue sacado del país a través de Suiza, pasando por Italia. De allí a Egipto, donde estuvo un par de años para terminar en Brasil. Al cabo de un año de llegar a Brasil murió en un accidente de avión.
»El último: Martin Eichhorts, historiador y teólogo. No se sabe cuáles son sus orígenes, ni cómo llegó hasta el instituto. El caso es que junto a los anteriores y otros cinco especialistas en distintos campos, trabajó, bajo la dirección de Hielscher, en sus absurdos proyectos. Éste fue detenido por los aliados cuando trataba de abandonar Italia a bordo de un barco mercante. Lo llevaron a Nuremberg para ser juzgado. Pero los aliados bastante tenían con los juicios a los carniceros nazis como para ocuparse de un historiador. Lo dejaron libre y, cuando se dieron cuenta del posible error, el hombre había desaparecido. De cualquier forma, se le da por muerto y enterrado en Panamá.
—Dígame, inspectora —preguntó Herrero tratando de asimilar el chorro de información—. ¿Qué edad tendrían hoy en día estos hombres?
—Hielscher posiblemente andaría por la centena. Dönitz y Schäuble ochenta y tres. Eichhorts ochenta y uno.
—¿Pudiera estar alguno de ellos vivo?
Al otro lado de la línea se hizo el silencio durante unos instantes. Cuando Herrero iba a preguntar si se había cortado la comunicación, se oyó de nuevo la voz de la inspectora:
—Verá. Sobre los nazis que tuvieron cierta relevancia, y éstos la tendrían si tenemos en cuenta las molestias que se tomaron para sacarlos de Europa, es difícil saber qué ha pasado. No es el primer caso en que un antiguo nazi es dado por muerto y sigue andando por ahí. ¿Pudiera ser el caso de alguno de éstos? No sabría decírselo a ciencia cierta. Personalmente creo que no eran tan importantes como para molestarse en falsificarles los certificados de defunción una vez que ya se encontraban a salvo fuera de Europa. Me inclinaría a pensar que realmente fallecieron. En todo caso no les quedaría mucho tiempo de vida, ¿no cree?
—Eso parece. ¿Qué me cuenta del violín por el que le pregunté?
—¿El stradivarius conocido como el Mesías? Fabricado en 1716. Parece ser que ha tenido una existencia un tanto azarosa, pasando por varias manos. Actualmente se encuentra expuesto en el Museo Ashmolean, en Oxford, Inglaterra. El acceso a la sala donde se halla está muy restringido y las condiciones de seguridad son extremas. A pesar de ser el violín más conocido de Stradivarius y una de sus mejores obras de arte, no ha sido tocado nunca en un concierto. Existen algunas dudas sobre si fue fabricado por Antonius Stradivarius o uno de sus hijos. Los peritos que lo han examinado no se ponen de acuerdo. Hay quienes consideran que la madera empleada en la parte superior del violín es posterior a la fecha de fallecimiento del artista. De cualquier forma su valor actual es, aproximadamente, de unos veinte millones de libras, unos trece millones de euros.
—Perdone que le pregunte —dijo con voz suave Herrero—, ¿el violín expuesto en el museo de Oxford pudiera tratarse de una imitación?
Al otro lado de la línea se hizo de nuevo el silencio.
—Inspector Herrero. Estoy acostumbrada a responder las preguntas más insólitas que pueda imaginar. Pero la investigación que usted está llevando a cabo se lleva la palma. ¿Tiene motivos para pensar que el Mesías ha sido suplantado? No es mi especialidad. Tendría que llamar a la Sección Internacional de Arte, pero debería explicarles un poco de qué va esta historia.
—No, no se moleste. Era una pequeña idea. Un palo de ciego, por así decirlo. Bueno, inspectora Sanmartín, me ha ayudado usted mucho. No sé cómo agradecérselo.
—¿Quizá contándome un poco de qué va todo esto? —repuso la policía, que no se dejaba engañar por la súbita pérdida de interés de Herrero—. Me ha despertado la curiosidad.
—Tal vez más adelante, inspectora —repuso evasivo Herrero—. Créame que lo siento, pero por ahora no puedo ser más explícito. Muchas gracias otra vez. La llamaré algún día.
—Estaré esperando con ganas esa llamada, inspector —contestó la mosqueada inspectora, antes de interrumpir la conversación.
Dejando el teléfono sobre su base, Herrero se quedó mirando al techo. Las averiguaciones parecían confirmar la tesis de Estévez sobre la inestabilidad psíquica del rabino. Pero Herrero, por principios, no se fiaba de las hipótesis fáciles de su subalterno. Le gustaba dejarse guiar por su instinto y éste le decía que el rabino no estaba loco.
Si los cuatro sospechosos del rabino Liebnitz estaban muertos y los instrumentos sobre los que había reunido información se hallaban a salvo, la trama del judío era irreal. Podía ser incluso que tuviera razón en que al griego lo hubiesen matado para robarle un violín. Al fin y al cabo se trataba de un objeto de extraordinario valor y no resultaría extraño que un conocedor de su existencia quisiera hacerse con él. Un estrafalario coleccionista, algún perturbado mitómano. Preferir el violín oculto y dejar otros más accesibles e igual de valiosos podía tener una explicación más racional que la propuesta por Liebnitz.
Al cabo de un rato de profunda meditación, ajeno al paso de sus ayudantes y al jaleo de teléfonos y pulsaciones en teclados de ordenadores y anticuadas máquinas de escribir, Herrero tomó de nuevo el auricular a la vez que abría un manoseado cuaderno con números de teléfono.
—Buenas tardes, soy el inspector Herrero. ¿Se acuerda de mí? ¿Qué tal se encuentra?… estupendo, yo también, muy bien, gracias. Tenía interés en hablar con su marido… no, no hace falta. Si le viene bien, preferiría pasar por allí y hacerles una visita… Estupendo, ¿le parece bien dentro de media hora? ¿Sí? Estupendo. Muchas gracias, nos vemos enseguida. Sí, me acuerdo de la dirección… hasta ahora, adiós.
Herrero dejó el teléfono y miró su reloj de pulsera, regalo de su mujer el día de su boda, hacía miles de años. Hizo un rápido cálculo mental. Todavía podía encontrar en su despacho al inspector de Scotland Yard al que había conocido en un congreso de policías y con el que había entablado amistad.
Poniéndose de pie cogió el odiado móvil y se lo metió en el bolsillo del abrigo. De la percha tomó el sombrero, se aseguró de llevar las llaves y la placa, se recolocó el revólver corto para que ni molestase ni quedase a la vista y abandonó la oficina en dirección a la calle, tras advertir a sus compañeros que estaría localizable en el móvil.
De camino a la boca de metro, sacó el aparato del bolsillo, examinó la agenda, eligió un número y pulsó el botón verde. Al cabo de veinte segundos, una conocida voz chapurreó en castellano.
—Vaya, cuánto tiempo sin saber de ti, Pablo. ¿Qué tal va esa vida? ¿Alguna figurita que no aparece?
Ted Rendell era especialista en arte de Scotland Yard y en alguna otra ocasión Herrero le había consultado acerca de alguna pieza, sobre todo cuando tenía relación con la escultura, la debilidad del policía español.
—Muy bien, Ted. Me alegro de oír tu voz. ¿Qué tal Elizabeth y los niños?
—Fantástico. Todos muy bien. ¿Cómo es que me llamas desde el móvil? ¿Por fin entras en el mundo moderno?
—No, no temas. Es que no quería llamarte desde la oficina.
—Caramba, qué misterioso. ¿Todo bien?
—Sí, estupendo —tranquilizó Herrero a su amigo—. No te preocupes. Sólo quería hacerte una pequeña consulta. Estoy con un caso en el que ha asomado un violín expuesto en un museo de Oxford.
—¿Cuál de ellos? —preguntó el policía británico.
—Uno de Stradivarius.
—¿El Mesías de Antonius Stradivarius?
—El mismo. No pretendo hacerte perder el tiempo. Sólo quería preguntarte si ese instrumento es realmente de Stradivarius.
—¿Te refieres a la teoría de que fue uno de sus hijos el que lo hizo? ¿O a esa otra de que se trata de una imitación del tratante francés Vuillaume que le dio el cambiazo hace más de un siglo? Cualquiera de las dos es infundada.
—Me refería a una tercera posibilidad. Que el violín haya sido sustituido en los últimos tiempos.
Silencio.
—Dime, Pablo —dijo Rendell articulando despacio las palabras—, ¿vas a estar en este número el resto del día? Ahora tengo un poco de trabajo. ¿Qué te parece si te llamo luego?
Antes de que un sorprendido Herrero tuviera opción a contestar la línea estaba muerta.
—Encantado de volver a verlo —dijo Herrero extendiendo la mano—. ¿Qué tal resultó la visita a la mansión de su tío? Una propiedad magnífica, ¿no le parece? Me gustó especialmente una serie de figuras armenias. Me temo que de pintura no sé nada, aunque me han asegurado que las colecciones del señor Tsaldharis son extraordinarias.
—Yo tampoco sé mucho de arte —repuso Dreifuss, tomando asiento en una incómoda silla un tanto destartalada—. Tampoco es mi estilo, así que no he sabido apreciarlas. Me ha llamado. ¿Quiere eso decir que tienen algo nuevo?
Se encontraban los dos, solos, en la oficina de la comisaría. Herrero se había ocupado de buscar trabajo para sus ayudantes lejos de allí, mientras se entrevistaba con el suizo.
—Bueno, las investigaciones continúan. Como ya le dije, el técnico encargado de la instalación de alarma en la mansión apareció asesinado y pensamos que su muerte está relacionada con la de su tío, así que estamos buscando entre el entorno del operario. Seguimos comprobando las últimas operaciones bancarias e inmobiliarias de su tío, lo cual nos está costando un gran esfuerzo y continuamos con las indagaciones de rutina. No lo voy a aburrir con los detalles. Créame que estamos en ello. Si le he llamado es por otro motivo. Un tanto fantástico, diría yo.
Herrero se echó para atrás en su silla de plástico amarilla, entrelazando las manos sobre su regazo.
—He recibido la visita de un extraño personaje. Es un anciano rabino llegado desde Jerusalén. —El inspector se pasó descuidadamente una mano por la pernera del pantalón para quitar una pelusa y retomó la explicación—. Me ha contado una historia increíble. Según él, a su tío lo mataron para robarle un valioso y raro violín que Tsaldharis poseería de una manera un tanto irregular.
—Pero ustedes me han dicho que no robaron nada.
—Eso parece, pero este rabino insiste en que los asaltantes se han hecho con ese instrumento. En principio, tal y como comentamos, la existencia de ese violín podría explicar la inusitada violencia con la que se emplearon los asaltantes y el allanamiento de su casa y su consulta.
—Poca cosa me parece.
—Por supuesto, simplemente quería indicar que un desconocido objeto como ése pudo desencadenar la tragedia. Verá, me he informado sobre ese hombre. Aquí tiene su biografía. Impresionante, ¿verdad?
El policía dejó que Ludwig examinara el dossier y a continuación le relató la conversación mantenida con Menasés. Cuando terminó, después de un buen rato, los dos se quedaron en silencio.
—¿Usted cree todo eso? —preguntó, escéptico, Dreifuss.
Herrero se encogió de hombros levantando las cejas.
—He conocido muchos locos en mi vida y he escuchado historias aún más absurdas que ésa. Algunas han resultado ciertas. No sabría qué decirle.
—¿Cómo dijo ese hombre que se llamaba el proyecto alemán?
—Proyecto Bifrost —contestó Herrero—. Según he podido averiguar, es el nombre con el que los normandos conocían el arco iris, que para ellos era un puente a Asgard, el reino de los dioses, por donde los guerreros caídos en combate llegaban hasta el Valhalla.
—¿Qué me dice de los cuatro nazis sospechosos?
—Llamé a la oficina de la Internacional Criminal Police Organization. La Interpol. Según les consta a ellos los cuatro murieron hace años.
—Eso descarta la teoría del rabino, ¿no le parece?
—Debería. El caso es que, por si acaso, llamé a un antiguo capitán de la policía de cuando yo era joven. Le conté por encima el asunto. Quedó en hacer unas discretas indagaciones por su cuenta. He hablado hace un rato con él. Según me ha asegurado, uno de los alemanes ha estado viviendo en Marbella hasta hace un par de años, cuando murió a causa de un derrame cerebral.
—¿Y la Interpol no lo sabía?
—Verá, durante muchos años, después de muerto Hitler, aquí gobernó Franco y se dio asilo a algunos nazis. Oswald Dönitz, el matemático, salió de Alemania y tras unos años en Sudamérica se instaló en España con documentación falsa, a sabiendas de las autoridades. A la muerte de Franco, con la transición y la democracia, se pensó que era mejor no remover la herida y no se hizo nada.
—Así que al menos ése está muerto. ¿Y los otros?
—No sabemos nada. Friedrich Hielscher en todo caso sería centenario. La lógica dice que estará muerto, lo que reduciría los sospechosos a dos, pero no he podido averiguar nada sobre ellos, al margen de la información de la Interpol. Tampoco, en caso de dar crédito a esta historia, habría que descartar que el que esté detrás de todo esto no sea uno de los hombres que dice el rabino.
—Por lo que le he entendido, ese hombre le proporcionó una lista con los nombres de los instrumentos que, según él, buscan los asesinos de mi tío. ¿Ha podido averiguar algo de ellos?
Herrero rebuscó entre la montaña de carpetas e informes que tapizaban su mesa. Tras descartar varios, cogió una carpeta amarilla, no más gruesa que el resto, y rebuscó dentro hasta que sacó una hoja.
—Aquí está —dijo satisfecho el policía—. Veamos. El rabino Liebnitz me dio una lista con veinte nombres de instrumentos fabricados por Antonius Stradivarius. Varios de ellos están en paradero desconocido, por haber sido robados o por no haber salido a la luz. Algunos han sido comprados y revendidos, en ocasiones en subastas clandestinas o adquiridos por compradores anónimos, por lo que se han perdido sus pistas.
—¿Hay algo que pueda descartar o dar crédito a esa historia?
—Todo es muy vago y muy difícil de comprobar. Aun en el caso de que realmente el violín haya sido robado o adquirido de manera fraudulenta, no necesariamente queda probada la tesis del señor Liebnitz.
Herrero se echó hacia delante en la silla, apoyando los codos sobre la carpeta abierta.
—Tiene que prometerme que lo que le voy a decir quedará entre nosotros dos. En todo caso, yo negaría tajantemente haber dicho lo que le voy a contar.
El policía relató la conversación mantenida con su colega británico, sin dar el nombre ni la posición de su contacto. Contó también que aquella misma noche, tras haber visitado a su antiguo capitán en casa de éste —debiendo tomar el espantoso biscuit que la mujer de su exjefe preparaba y tras ponerle al día de cómo andaban las cosas por comisaría, coincidiendo en que los tiempos pasados eran mejores, cuando el cuerpo de policía era respetado en los juzgados y en los despachos y temido en la calle, no como ahora, válgame el Cielo, con todos esos inmigrantes que atacaban a la gente decente—, Herrero había vuelto a su casa con la promesa por parte del jubilado capitán de averiguar qué había sido de los otros dos nazis fugados.
—¿Cómo vas, Pablo? —había dicho Rendell, con un tono de voz no tan jovial como en la conversación anterior.
—Vaya, ya me había olvidado de ti —contestó el policía español—. ¿Estabas muy ocupado antes?
—Algo así —respondió el británico—. ¿Puedes decirme a qué viene tu interés por el Mesías?
—Tengo un caso de asesinato —repuso con cautela Herrero, alarmado por el tono de su, en otras ocasiones, jovial amigo—. A lo largo de la investigación ha salido de forma tangencial el violín ese. ¿Por qué? ¿Sucede algo?
—¿Hasta qué punto es importante lo del violín en ese caso tuyo?
—No lo sé —contestó con sinceridad Herrero—. Todo lo más que te puedo decir es que espero que no tenga ninguna importancia.
—Mira, Pablo, lo que te voy a contar es de carácter extremadamente reservado y oficioso. Se guarda en el mayor de los secretos. ¿Tengo tu palabra?
—Tienes mi palabra de que sólo lo usaré excepcionalmente.
—Vale. Confío en ti. No sé cómo te has enterado pero tienes razón. El Mesías ha desaparecido. No sabemos cuándo con exactitud pero en los seis últimos meses alguien ha dado el cambiazo, colocando en su lugar una buenísima imitación. Sólo al llevarlo al laboratorio para su limpieza los conservadores se han percatado del cambio. Ahora dime, ¿hay algo que yo debería saber sobre ese robo?
—Yo le expliqué lo que sabía —le dijo Herrero a Ludwig, que se hallaba inmerso en el relato—. Cuando colgué me prometió estar atento por si se enteraba de algo más y yo hice lo mismo.
—Así que el judío tenía razón. El violín había sido sustituido por otro —repuso el médico, impresionado—. Pero usted me ha dicho que la Interpol no sabía nada de ello. ¿Cómo puede ser?
—Lo mismo me he preguntado yo. Llamé directamente a la secretaría general, en Lyon, donde tengo un conocido con el que estuve hablando. Lo sondeé en el transcurso de una conversación amigable. No parecía saber nada y me pareció sincero. O mentía muy bien, algo que no tiene sentido, o son muy pocos los que tienen acceso a esa información, o sencillamente no tienen ni idea.
—¿Eso es posible? ¿No tienen obligación de comunicar estos asuntos?
—La policía de cada país es muy celosa de sus asuntos internos. Técnicamente la cooperación es total, pero a veces se ocultan datos. Hay una cuarta posibilidad que me asusta más.
—¿El que alguien esté tapando el asunto?
—Sí. La Interpol está en permanente contacto con el FBI. Tampoco ellos saben nada de este tema. Si hay alguien tapando esto es muy poderoso.
—¿Cree usted que éste es el caso? —preguntó muy interesado Ludwig, al que la trama le estaba absorbiendo.
Herrero tardó un tiempo en contestar, durante el cual se volvió a reclinar, para contemplar la moldura de escayola del techo, las manos sobre el regazo, como si estuviera solo.
—Pienso que hay algo raro —dijo sin dejar de contemplar la moldura—. Como le dije, el rabino afirmó que ya habían intentado robar un violonchelo llamado Piatti pero el ladrón tuvo que abandonarlo mientras huía. Bien, el caso es que nadie sabe nada de ese intento de robo. Curioso, ¿verdad? El propietario del instrumento presentó denuncia, pero ésta no aparece por ningún lado.
—¿Le explicó ese rabino qué iba a hacer el ladrón si reunía todos los instrumentos?
—No. El señor Liebnitz no tiene la menor idea de cuál es la clave que esconden esos instrumentos.
—Perdone, inspector —dijo el suizo tras reflexionar un rato—. No puedo creer que usted dé crédito a una historia tan extravagante. Un complot ideado por un anciano nazi para reunir una colección de violines fabricados hace más de dos siglos, con el fin de alcanzar el reino de los vikingos. Ese rabino tiene que estar loco y todas las pruebas sobre las que basa su quimera son circunstanciales.
—No está loco, señor Dreifuss —dijo el policía bajando la vista—. Lo miré a los ojos. Ese hombre cree de verdad lo que dice. El asunto es: ¿es cierto lo que cree? Espero con toda mi alma que no.
—¿Por qué? ¿Le asusta que se abran las puertas del Cielo? —preguntó socarrón Ludwig.
—No —contestó el policía, inmune al cinismo del médico—. Me asustan las muertes que estén por venir. Aún les faltarían algunos instrumentos y tienen prisa.
Ludwig abandonó la comisaría con la cabeza dándole vueltas. La sacudió y se restregó los ojos. No daba crédito a lo que había escuchado. Pero aún lo sorprendía más la disposición que él mismo había mostrado para tener en consideración aquel cúmulo de disparates.
A pesar de hacer un día desapacible, Ludwig optó por ir caminando hasta su hotel. Era media tarde y la luz escaseaba. Bajando por la Gran Vía fue pensando en los siguientes pasos. Aún debía pensar qué hacer con la mansión de su tío y las obras de arte. El resto de la enorme herencia tendría que esperar. Lo mejor sería empezar por llevar a la finca un perito especializado en arte que tasara las obras y le aconsejara qué hacer. También habría que tasar la mansión.
Ludwig entró en una elegante cafetería, pidió un cortado y las páginas amarillas. Mientras le servían el café, revisó el listín apuntando en una servilleta los números de teléfono de aquellos gabinetes de arquitectura que mejor impresión le daban. Cuando terminó, comparó las direcciones con el plano de Madrid que llevaba. Estaba de suerte. Una de las direcciones que más lo habían convencido estaba en la calle del Arenal, a un par de manzanas de la cafetería.
Con el móvil, confirmó el horario del gabinete y terminó el café. Media hora más tarde salía del estudio de los arquitectos, después de haber concertado una cita para la mañana del día siguiente con uno de los socios. Ahora sólo faltaba encontrar al perito de arte. Pero, dada la hora, lo dejaría para mañana. Quizá el administrador inglés de su tío pudiera encontrar uno.
Dejando de lado estos asuntos, se concentró en buscar un buen restaurante donde regalarse con una exquisita y temprana cena. Después iría a ver algún espectáculo.
A la mañana siguiente Ludwig se levantó con resaca. La noche anterior durante la cena se había bebido media botella de un Borgoña. Un Romanée-Conti de precio desorbitado. Tras el café, el maître le había aconsejado un espectáculo de variedades un poco picante, donde se había bebido un par de copas de genuino champán en compañía de un par de coristas. Aburrido por las risas de las chicas y un tanto achispado, se había acercado al barrio de Salamanca, siguiendo a un grupo de jóvenes que parecía que estaban de fiesta.
Allí había perdido la cuenta de los cubalibres trasegados, de la hora y casi hasta la cartera cuando unos golfos habían pensado que se encontraba más borracho de lo que en realidad estaba.
Incapaz de encontrar por sí solo el camino de vuelta al hotel, había cogido un taxi, donde se quedó dormido nada más montarse. Al llegar no se había extrañado de la abultada cantidad que marcaba el taxímetro y le dio al sorprendido conductor las vueltas, el doble de lo que le había estafado por la carrera.
Incorporándose en la cama, Ludwig tomó el auricular del teléfono y encargó el desayuno. Un café solo, doble, con un par de comprimidos de paracetamol y un zumo de naranja. Mientras esperaba a que llegara el pedido, se metió en la bañera y dejó que el agua, muy caliente, eliminara los rastros superficiales de la juerga.
Aún estaba desnudo en el neblinoso cuarto de baño cuando llamaron a la puerta. Ludwig se puso una bata y abrió. El olor del café recién hecho inundó la habitación. Con un trago del zumo ayudó a las pastillas en su descenso por la garganta y comenzó con el café. Tenía que darse prisa. Le quedaba menos de una hora para llegar a la gasolinera de Mario, donde había quedado con el arquitecto para que no se perdiera.
—Buenos días —saludó Ludwig a Pedro Espinosa, el arquitecto—. ¿Lleva mucho tiempo esperando? Lamento el retraso. Aún no me aclaro con los trayectos.
—No se preocupe —contestó Espinosa—. Acabo de llegar y he aprovechado para echar gasolina. ¿Le parece que empecemos?
—Claro. Sígame. Ya he hablado con el administrador, el señor Aldrich. Nos está esperando con los planos de la propiedad. ¿Voy delante y usted me sigue?
Diez minutos después ambos coches se detenían a la entrada de la mansión Hybris. En esa ocasión a Ludwig no le hizo falta bajarse del coche. El prevenido pasante estaba atento para franquearles el paso.
—Buenos días, míster Aldrich —saludó Ludwig en inglés—. Le presento al señor Espinosa. Su dominio del inglés es mejor que mi español, así que si les parece nos comunicaremos en ese idioma.
—Por mí, perfecto —dijo el pasante—. Encantado de conocerlo, señor Espinosa. Tenga —añadió mostrándole unos tubos de cartón—. Éstos son los planos de la mansión y de los jardines. Espero que esté todo.
—Me vendría bien una mesa un poco amplia para extender los planos.
—Por supuesto —contestó el anciano, retirándose de la entrada y haciendo un gesto de invitación con la mano—. Pasemos al despacho de la derecha. Creo que será el lugar idóneo.
Espinosa extendió sobre la enorme mesa los diferentes planos. Escogió los alzados de las tres plantas y de los cimientos, que sujetó en sus extremos con varios libros para que no se volvieran a enrollar. Después, calándose unas minúsculas gafas para miopes, se inclinó sobre las enormes hojas y durante un cuarto de hora no profirió palabra ni levantó la vista.
—Bueno, creo que me hago una idea. Si le parece, doctor Dreifuss, comenzamos la visita. Podríamos empezar por la planta baja e ir subiendo, dejando la base y el tejado para el final, ¿está de acuerdo?
Con el plano de la planta baja y una cámara de fotos en las manos, Espinosa fue sacando fotos, midiendo con un metro láser, calibrando estructuras y materiales, comprobando que todo se ajustara al plano y se mantuviera en óptimas condiciones. De vez en cuando se detenía y tomaba unas ininteligibles notas en un cuaderno con un lápiz que se había colocado en la oreja. El detalle del lápiz le había gustado a Ludwig. Daba la impresión de que aquel hombre conocía su trabajo y estaba acostumbrado a andar por las obras y no sólo por los despachos.
Lo mismo hicieron con la segunda y tercera plantas. Espinosa cambiaba los planos y los informes de calidades según ascendían. En la tercera planta dio la impresión de tener problemas.
—¿Sucede algo, señor Espinosa? —preguntó Ludwig al ver que el arquitecto volvía a medir una sala por tercera vez con el moderno aparato.
Espinosa comparó las lecturas del aparato con el plano que portaba. Después se colocó en mitad de la sala y estudió el pasillo por la puerta abierta con expresión abstraída. No contento, abrió un ventanal y salió al balcón para examinar la fachada. Después volvió adentro e hizo más anotaciones.
—Señor Espinosa —dijo Ludwig, que se estaba irritando por las evoluciones autistas del arquitecto—, ¿podría decirnos, por favor, qué ocurre?
—Disculpe, doctor Dreifuss, pero es que esto es muy extraño.
—¿Qué es tan extraño?
—A esta planta le faltan unos cuantos metros cuadrados.
—¿Cómo dice? —preguntó Ludwig, extrañado—. ¿Que le falta qué?
—Veintidós metros cuadrados.
—¿Y dónde se supone que están? —preguntó el médico.
—Detrás de esta pared —contestó el arquitecto, señalando con el lápiz un muro.
—No lo entiendo —dijo Ludwig, mirando sorprendido al pasante, que le devolvía la misma mirada—. ¿Quiere decir que hay veintidós metros de la casa ocultos detrás de esa pared y que no podemos acceder a ellos? ¿Con qué finalidad? ¿Es algo estructural?
—No, si lo fuera quedarían reflejados en los planos. Yo diría que alguien se ha molestado en disimularlos y le aseguro que con gran habilidad. Es más, de no haber tenido los planos me hubiese costado dar con el engaño. Un trampantojo.
—Perdone ¿qué es eso de un trampantojo? —quiso saber el administrador.
—Una ilusión mediante la que se engaña a una persona haciéndole ver lo que no es. Algo así como un truco de magia.
—¿Me está diciendo que alguien ha hecho juegos de magia para hacer desaparecer un trozo de la planta? —preguntó Ludwig.
—Yo diría que sí. ¿Le parece que busquemos la entrada? Pudiera ser que estuviera tapiada, en cuyo caso quizá sería oportuno llamar a la policía, por si acaso. ¿No creen?
Los tres se pusieron a mirar la forma de acceder a aquella zona oculta, siguiendo las instrucciones del arquitecto. Descontando una de las paredes, que estaba desnuda salvo por dos cuadros de pintores expresionistas, las otras cuatro estaban cubiertas por librerías desde el suelo al techo.
Les llevó casi una hora dar con la entrada y fue de una manera casual. El pasante, subido a una escalera de mano, estaba retirando uno a uno los libros para mirar detrás por si encontraba un resorte escondido, cuando uno de los tomos cayó de costado, ocasionando un efecto dominó que se llevó por delante un montón de libros e hizo que varios cayeran al suelo. Los otros dos hombres llegaron corriendo desde donde estaban registrando, pensando, por el estrépito, que el anciano se habría caído.
Mientras recogían los valiosos ejemplares entre las disculpas de Aldrich, Espinosa se encontró con un ejemplar que tenía las hojas centrales recortadas de tal manera que formaban un hueco donde había un mando a distancia. Sorprendido por el hallazgo, el arquitecto pulsó el único botón. Al momento se oyó un resorte y la enorme y pesada biblioteca se levantó mediante unos poderosos brazos hidráulicos como si fuera la puerta de un garaje.
Ante los atónitos ojos de los tres espectadores apareció una sala sin ventanas, lujosamente vestida con caros tapices, gruesas alfombras y una luz artificial pensada para no dañar las obras de arte que allí descansaban, alojadas en impolutas vitrinas de cristal. Cuadros, esculturas, papiros, libros ricamente encuadernados, monedas, jarrones, instrumentos de cuerda, porcelana, cerámicas y tallas ocupaban cada rincón de la sala.
Como si de un sueño se tratara, Ludwig avanzó hasta una de las vitrinas de cristal, dentro de la cual se exponían diversos objetos sobre una cama de terciopelo rojo. Una de las baldas se encontraba vacía y la tela tenía distinto color allí donde había descansado un objeto de mediano tamaño. Una nota manuscrita por una mano temblorosa identificaba la pieza retirada: Diamante rojo.
—Creo que deberíamos llamar a la policía —dijo el anciano pasante.
—Bueno, al final parece que la historia del rabino Liebnitz tiene parte de verdad — dijo Herrero sin entrar en la sala escondida, donde los técnicos de la policía científica estaban aplicando sus dispositivos y herramientas. Rayos de luz ultravioleta provenientes de los polilight barrían las vitrinas en busca de huellas dactilares. Un especialista examinaba con un extraño aparato parecido a un osciloscopio el lecho de terciopelo donde supuestamente había estado durmiendo el violín robado.
—Sigo negándome a creer ese cuento —repuso Ludwig, moviendo la cabeza—. Admito que el robo de ese violín haya sido la causa del asesinato de Tsaldharis, pero no puedo aceptar la idea de un complot nazi.
—Al menos tenemos el móvil del asalto —dijo Herrero, encogiéndose de hombros—. Eso nos dará algo con lo que continuar. Hasta ahora sólo habíamos dado palos de ciego.
—No quisiera inmiscuirme en su trabajo, inspector —dijo Ludwig, apartándose para dejar pasar a otro técnico con un extraño aparato entre las manos—. Pero creo que ese rabino sabe más de lo que aparenta. ¿Tiene pensado interrogarlo de nuevo?
—Deje eso en mis manos —repuso Herrero, haciendo un gesto vago con la mano —. Dígame, ¿qué piensa hacer usted?
—Tenía idea de consultar con un perito en arte para saber qué hacer con todo esto. Pero me intriga esta historia. ¿Qué tenía tan importante ese violín como para justificar semejante barbarie? Y no me diga que es la clave para visitar a Odín.
—No lo sé —repuso Herrero—. Para mí lo importante es atrapar al asesino e impedir que vuelva a matar. Me temo que no tengo tiempo para indagar sobre los instrumentos, salvo en la medida en que sirva para capturar a los culpables.
—Mientras usted busca a esos criminales, yo buscaré un especialista en instrumentos de cuerda para ver si él puede arrojar alguna luz a este misterio. Espero que no tenga ninguna objeción.
—Ninguna, ninguna —respondió el policía—. Pero recuerde: Sea o no una fantasía la historia del rabino, si los asesinos siguen las pautas que nos ha dicho el señor Liebnitz, tratarán de hacerse con el resto de los instrumentos muy pronto. Han demostrado no tener reparos en deshacerse de aquellos que puedan suponer un estorbo para sus planes, así que no se descuide y ande con tiento, doctor.
A punto de perder la paciencia, Ludwig miró la pantalla en la que se indicaban los vuelos. De forma intermitente aparecía la lista de los que estaban por llegar y de los que iban a salir.
Su avión llevaba media hora de retraso. Una tormenta en el norte de Francia había obligado al aparato a permanecer en tierra, a la espera de que mejoraran las condiciones atmosféricas.
Ahora, en los monitores se indicaba que la puerta de embarque era la número siete, cuando media hora antes era la quince. Los pacientes pasajeros se habían levantado al conocer el cambio, recorriendo el largo pasillo hasta la puerta correcta.
Frente a un monitor, Ludwig se sentó y abrió un periódico alemán que había comprado en la librería del aeropuerto. De cuando en cuando echaba un amenazador vistazo a la pantalla como para avisar a ésta de que un nuevo retraso o cambio de puerta sería mal recibido.
Tenía intención de viajar a Viena. En Madrid poco podía hacer. Entre tanto durase la investigación sobre la violenta muerte de su tío, el juez había decretado que sus bienes fuesen retenidos. La policía no precisaba de su ayuda y no tenía sentido permanecer en un hotel de la capital española a la espera de acontecimientos.
Además, la extraordinaria historia del rabino había despertado su curiosidad. El descubrimiento de la sala secreta donde el viejo Tsaldharis escondía aquellas piezas obtenidas de forma fraudulenta había confirmado la idea del rabino acerca del motivo por el que habían asesinado al griego.
Claro que de ahí a tomar en serio toda la extravagante idea de un complot nazi mediaba una buena distancia. En ningún momento había creído Ludwig que la explicación que daba el rabino tuviera algún asomo de verdad, pero no podía negar que, efectivamente, el violín sustraído había sido el motivo del asesinato.
Decidido a descubrir cuánto de todo aquel absurdo encerraba alguna lógica, había acudido al Conservatorio Superior de Música, donde se había entrevistado con su director. Éste, un hombre sumamente serio y capaz, le había contado algo de la historia de Antonius Stradivarius, de su fama, de su misteriosa calidad inigualada, de algunos instrumentos por él fabricados, de un precio fabuloso, de los cuales el conservatorio poseía uno.
El director había lamentado no poderlo enseñar al distinguido médico, aduciendo que esos días el violín permanecía aislado en el laboratorio para someterlo a una exhaustiva revisión. Tras la poco aclaradora charla, el director, que no tenía demasiada intención de responder las preguntas que le planteaba Ludwig, había aconsejado a éste que visitara a un especialista en el tema, pensando que era la mejor forma de terminar con aquella entrevista. Para su asombro, el estirado otorrinolaringólogo había aceptado visitar la capital de Austria con el fin de consultar a un experto en instrumentos de cuerda cremonenses.
—Por favor, señor, abróchese el cinturón.
La azafata, una morena de grandes ojos castaños y melena negra rizada, le sonrió mientras hacía una demostración de cómo se cerraba el cinto de seguridad.
Ludwig hizo como le decían y volvió a sumirse en la lectura del diario. Instantes después, el aparato, que había rodado despacio hasta el comienzo de la pista, donde habían cobrado potencia los motores, salió disparado, impulsando a los pasajeros contra sus asientos. Enseguida el morro y después la cola se separaron del asfalto y el aparato cogió altura.
En el asiento de al lado del de Ludwig, un niño repeinado y vestido como un pequeño adulto, comentaba con la señora que posiblemente era su madre, sentada a su lado, tratando de concentrarse en una revista de interiorismo, que las nubes que quedaban atrás, por debajo del enorme pájaro, tenían la consistencia de fabulosas montañas de algodón.
A la altura a la que volaban, el cielo se encontraba despejado, aumentando la belleza del espectáculo, hasta que el morro del avión descendió, entrando en las nubes, que pasaban como sedas rozando las ventanillas. Momentos más tarde unas furiosas gotas golpeaban con fuerza los cristales, aumentando la sensación de frialdad y tristeza, al pasar del cielo azul a uno casi negro.
—Por favor, permanezcan sentados en sus asientos y con el cinturón abrochado mientras el aparato siga en movimiento.
Al descender para realizar la maniobra de aproximación, el avión se sacudió a causa de las turbulencias por la tormenta que habían estado sobrevolando.
La advertencia de la azafata fue unánimemente ignorada en cuanto todas las ruedas del pájaro tocaron tierra y se estabilizó.
Cerca de la terminal el avión se detuvo. Un enorme tubo, similar al de un aspirador, se adhirió como una sanguijuela a la portilla de salida para que los pasajeros pudieran acceder al edificio.
Tras pasar los trámites, Ludwig abandonó el aeropuerto internacional de Schwechat y se aproximó al primer taxi de la fila.
—Hotel Albatros, por favor —dijo en alemán.
El taxista metió la marcha y se incorporó al tráfico en dirección al centro. Ludwig ya había estado varias veces allí, bien de turismo, bien por algún congreso médico. En tales ocasiones siempre había cogido una habitación en el Albatros.
Veinte minutos después subía en el ascensor del hotel con su pequeña bolsa de viaje colgando en bandolera del hombro, dispuesto a darse una buena ducha. Tenía una entrevista con el experto al día siguiente, en un conservatorio. Ludwig se había sorprendido de que el especialista no trabajara en el principal conservatorio de Austria o, al menos, en alguno de los más reputados.
Tras la ducha y el cambio de ropa, había bajado para cenar y después había acudido a su tradicional cita, cuando visitaba la ciudad, con el café Kleines en la Franziskanerplatz. Como siempre, el local se hallaba atestado de gente. Mientras Ludwig miraba la carta de cafés y se decidía entre un turkischer, un café turco, solo y fuerte, servido a la manera tradicional, o un einspanner, un gran vaso de café cubierto de nata montada, estudiaba la parroquia, que conversaba distendida.
Dos horas más tarde y sin haber captado la atención de una joven y seductora morena de ojos azules, ni caído en las garras de dos rubias veteranas que lo miraban sin disimulo, Ludwig se volvió solo y frustrado a su hotel.
—¿Profesor Mazowiecki? —preguntó Ludwig en alemán cuando entró en la sala.
Se encontraba en el conservatorio donde tenía concertada la entrevista con el experto en violines. Había dormido toda la mañana, almorzado en un café y asistido a un concierto de jazz en otro café hasta la hora convenida. Al preguntar por el profesor en la entrada, le habían dicho que lo esperaban en el despacho número tres, segundo piso.
—¿Doctor Dreifuss? —preguntó a su vez una cabeza rubia sin levantar la mirada de un violín que estaba encordando sobre una estantería.
—¿Es usted Mazowiecki? —volvió a preguntar Ludwig con un tono un poco sorprendido.
En esa ocasión la corta melena rubia dejó lugar a un bello rostro, cuando su propietaria levantó la cabeza. Pómulos altos, piel blanca y los ojos grisazulados más pálidos que Ludwig hubiese visto nunca. El esbelto cuerpo, de largos miembros, le hacía parecer aún más alta. Iba vestida con un jersey verde de punto grueso, con el cuello vuelto, que se ajustaba en torno a dos pequeños y redondos pechos, unos vaqueros ajados y unas botas parecidas a las de Ludwig, de color amarillo.
—Sí, soy yo —contestó con tono seco la profesora—. ¿Hay algún problema?
—En absoluto —repuso con rapidez Ludwig—. Sólo que me habían dado a entender que iba a entrevistarme con un profesor.
—Si quiere puedo buscarle uno. ¿Le parece bien uno mayor, gordo, un poco calvo, de barba poblada y chaqueta de lana apolillada?
—No, no es necesario —dijo Ludwig poniéndose nervioso por las maneras autoritarias que mostraba la profesora—. No tengo nada en contra de que usted sea mujer. Más bien es al revés.
—¿Al revés? —preguntó la profesora, alzando las cejas—. ¿Qué espera usted de esta entrevista, doctor?
Ludwig se estaba poniendo cada vez más nervioso e irritado. Era la primera ocasión en que una mujer era capaz de descolocarlo.
—Disculpe —contestó cortante—. Lamento si la estoy molestando o haciendo perder el tiempo.
—La verdad es que sí que me está haciendo perder el tiempo —repuso sin inmutarse la profesora y volvió a centrarse en el violín.
Ludwig se quedó sin saber qué hacer. No había previsto la respuesta. Su orgullo le ordenaba salir de la estancia con un portazo, pero a la vez le pedía que resolviera de inmediato aquella situación vejatoria. En ese momento, había olvidado el motivo que lo había traído hasta allí.
—¿Aún sigue aquí?
—Sigo aquí. Me temo que no esperaba un recibimiento tan desagradable.
—¿Ah, no? ¿Y qué esperaba entonces? ¿Un profesor olvidadizo y bien educado que le aclarara sus dudas? —dijo la joven maestra, volviendo a levantar la mirada—. Mire, doctor Dreifuss, la verdad es que estoy muy ocupada. Deberían haberme consultado sobre la posibilidad de concertar una cita con usted, pero no lo han hecho y ahora aquí está usted. Sé que no es su culpa, pero tampoco lo es mía. Lo siento.
—Me han dicho que es usted una de las mayores expertas en violines stradivarius y necesito hacerle unas preguntas.
—El mayor experto del mundo es mi padre. Por desgracia, es muy mayor y no le gustan las visitas. Creo que he heredado su carácter —dijo la profesora, dejando los pequeños alicates encima del instrumento—. ¿Son muchas esas preguntas?
—En realidad no lo sé —contestó Ludwig, que no quería desaprovechar la pequeña tregua—. Verá, un tío mío ha sido asesinado de una forma bastante desagradable, casi con toda seguridad con el único motivo de robarle un violín stradivarius.
La profesora Mazowiecki sufrió un pequeño sobresalto del que se recuperó de inmediato. Entornando los ojos con interés preguntó:
—¿Qué violín?
—¿Cómo?
—Le pregunto que qué violín.
—Se llama el Diamante rojo —respondió Ludwig confuso—. Es un stradivarius de 1732.
—Varios instrumentos fabricados por Stradivarius han llevado ese nombre. Pero sé de cuál me habla. Siéntese, por favor.
El aula, estrecha y alargada, carecía de mesa. Un piano adosado a la pared, un par de espejos de cuerpo entero para ensayar frente a ellos, unas estanterías metálicas y una pizarra pentagramada con emborronadas anotaciones hechas con rotulador negro componían, además de las dos sillas plegables en las que se sentaron uno frente al otro, el único mobiliario.
—Así que su tío tenía el Diamante rojo. Y lo han matado para robárselo —dijo la profesora, cruzando una pierna sobre la otra y cogiéndosela por la rodilla con las manos entrelazadas—. Sabrá que el violín no le pertenecía, ¿verdad?
—Eso me han dicho —contestó Ludwig molesto.
—Ese violín fue robado hace años y comprado en una subasta clandestina. La vida de ese instrumento ha sido un tanto agitada, ¿sabe? Su propietario era un tal Sascha Jacobsen, de la Filarmónica de los Ángeles. En 1953, cuando viajaba en su coche, fue sorprendido por un aguacero tan fuerte que el agua se llevó el vehículo, con el violín dentro, sin que Jacobsen pudiera evitarlo. Al día siguiente un paseante caminaba por la playa y se encontró el estuche de un violín medio enterrado. La funda estaba llena de arena y agua, y el violín, roto. El hombre resultó ser amigo del director de la orquesta y lo llamó. De esta manera Jacobsen recuperó el violín, que mandó restaurar a Han Weisshaar, un luthier sobresaliente. De vuelta en sus manos, Jacobsen decía que sonaba mejor que nunca.
—Y después lo robaron —añadió Ludwig, que no lograba retirar la mirada de aquellos fríos ojos aguados.
—Sí. Se lo robaron a su heredero hace unos diez años. Desde entonces nadie ha vuelto a saber nada de él. Dígame, doctor, ¿por qué le interesa el violín? ¿Apreciaba mucho a su tío?
—Llámame Ludwig. ¿Puedo tutearte?
—Ya lo estás haciendo. Mi nombre es Martha.
—En realidad no lo llegué a conocer —continuó explicando Ludwig—. Me enteré de su existencia cuando me llamaron desde España para comunicarme que era el único heredero de su fortuna.
—La cual tiene que ser respetable, si se ha podido permitir comprar un stradivarius —apuntó Martha.
—Sí, lo es. El caso es que la policía no encontró nada que pudiera indicar quiénes fueron los asesinos ni por qué lo habían matado. Fue un viejo rabino el que nos puso sobre la pista del violín.
—¿Un viejo rabino? —preguntó la profesora.
Ludwig le contó cuanto sabía del extraño personaje, lo cual se reducía a lo que le había dicho el inspector de policía Herrero. Durante un buen rato, y ante el completo silencio de la profesora, Ludwig le fue explicando la teoría del judío.
—¿Qué te parece? —preguntó cuando hubo terminado.
—Una completa sandez —contestó Martha, justo antes de que se oyeran unos golpecitos en la puerta y apareciera un niño de unos diez años con un estuche de violín tan mojado como su ropa de abrigo.
—Buenas tardes, Bruno —saludó la profesora—. Entra. Mira, Bruno, éste es el señor Dreifuss. Se va a quedar mientras damos la clase. —Al decir esto, Martha levantó las cejas en un gesto de interrogación hacia Ludwig, que, sin darse cuenta, asintió.
Durante una hora, Ludwig fue transparente. El niño y la profesora, centrados en su ensayo, no parecían acordarse de su presencia. La clase había comenzado con un ensayo de escalas y arpegios. Bruno, pese a su corta edad, dominaba bastante bien el instrumento. Sin embargo, Martha le cortaba de vez en cuando y le hacía repetir, mostrándole con su propio violín cómo debía hacerse.
—¿Has preparado Vivaldi? —preguntó Martha, colocando una partitura sobre el atril—. Bien. Vamos a empezar desde aquí.
A Ludwig le pareció que la profesora era muy exigente. Su relación con el niño aparentaba ser distante, muy profesional, lo que corroboraba la idea que se había hecho de ella.
—El acento más marcado. Como si fuese una campanada, mira.
Y lo repetía ella, exagerando el movimiento. Ludwig, al que la clase le estaba aburriendo, no pudo dejar de apreciar la intensidad con la que Martha vivía la música. Con la cabeza inclinada sobre el violín y golpeando en el suelo con el pie para marcar el ritmo, se mostraba ajena a todo cuanto no fuera la melodía que expresaba su instrumento.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Martha cuando terminó la clase y el niño se hubo marchado, algo aliviado según le pareció a Ludwig.
—Muy interesante.
—¿Ah, sí? Me ha dado la impresión de que te has aburrido mortalmente. Te he visto contener un par de bostezos.
El médico se puso rojo y carraspeó, nervioso.
—A mí también me aburre dar clases. En realidad nunca lo hago pero me han pedido que sustituyera hoy a un profesor que se ha puesto enfermo.
—Tenía entendido que dabas clases en este conservatorio.
—Soy profesora de violín pero no ejerzo —dijo Martha sin dar más detalles—. Tengo el resto de la tarde libre. ¿Te apetece ir a tomar algo?
—Esa historia absurda que me has contado, ¿la crees? —preguntó Martha mientras sostenía la jarra de cerveza de la que había echado un buen trago, que le había dejado un bigote blanco que no se preocupó en limpiar enseguida.
—No, claro —repuso a la defensiva Ludwig, sin poder retirar la mirada de aquellos ojos hipnóticos—. Pero no me negarás que es curiosa.
—Sí, está bien para una novela de suspense, pero es una patraña. ¿La policía le ha dado alguna credibilidad?
—Creo que no. El caso lo lleva un tal inspector Herrero. Es un policía a la antigua. Un buen tipo, y parece que sabe lo que hace. Está intrigado con esa historia.
—Vamos a ver —dijo la profesora—, imagino que querrás que te explique por qué me parece una sandez esa historia. Hay varios motivos.
»En primer lugar, los instrumentos de cuerda, como el resto de las cosas, envejecen. Un violín fabricado hace tres siglos suena distinto a como lo hacía cuando salió de las manos del luthier. La madera es como el buen vino, su sonido se perfecciona con los años. Su estructura interna se va secando, fosilizando, endureciendo y ganando rigidez, lo que le da más calidad, pero altera el tono. Bien, sigamos. Además del cambio a través de los siglos, están las restauraciones, algunas de ellas merecedoras de la pena de muerte para los que las perpetraron. A casi todos, por no decir a todos los stradivarius, al igual que a los instrumentos de otros grandes luthiers de aquellos tiempos, se les han hecho transformaciones. Han sido abiertos, vueltos a barnizar, sustituidas algunas de sus piezas, modificado el puente, que antiguamente era plano y ahora es curvo, elevado en arco, a consecuencia de lo cual la presión de las cuerdas, más largas, ha aumentado, siendo necesario aumentar las medidas de la barra armónica. Y así todo.
»Un violín es algo muy complejo. Para que te hagas una idea: cada uno lleva doscientas cincuenta horas de trabajo, está compuesto por unas setenta piezas y lacado con cuarenta manos de barniz. Las partes principales exteriores son: la tapa, normalmente dos piezas de abeto pegadas a lo largo de la línea central; el fondo, que suele ser de arce o álamo; las costillas de arce, que son las piezas curvas laterales que unen la tapa y el fondo, seis en total, tres por cada lado; la cabeza, también de arce, que termina en una espiral o voluta, donde va el clavijero, donde están las clavijas de ébano, para tensar las cuatro cuerdas; el mástil, con el bastidor de ébano, que es donde el violinista presiona las cuerdas. Esto además de las cuerdas, antiguamente de tripa y hoy de acero o fibra sintética.
»¿Te aburres? Pues eso no es todo. Por dentro, y de vital importancia, tenemos: la barra armónica, una pieza de pino que ayuda a aguantar la presión de las cuerdas a través del puente; el alma, que como su nombre indica es el alma del instrumento, una pequeña barra de abeto sujeta tan sólo por la presión entre la tapa y el fondo. Su función es transmitir las vibraciones de la tapa al fondo y así hacer resonar todo el interior. Dependiendo de su colocación sonará más agudo, cuanto más cerca esté del puente, o más grave, cuanto más alejada. El más leve cambio en la colocación altera por completo la calidad y el volumen del sonido.
Martha hizo un alto en la explicación para echar otro trago de la jarra sin perder de vista la expresión del abrumado Ludwig.
—¿Te das cuenta? Cualquier alteración, por mínima que sea, en una de estas piezas, y sólo te he nombrado las más importantes, cambiaría el sonido del violín. Como te he dicho todos han sido abiertos y a muchos les han cambiado piezas. También han sido barnizados posteriormente, ya que con el tiempo pierden laca.
—¿Y eso tiene importancia?
—Decisiva. El barniz sella el instrumento e impide la entrada de impurezas y humedad. Pero, y lo que es más importante, influye en la resonancia del instrumento o, lo que es lo mismo, en su sonido. La laca no es, como se podría pensar, una película lisa meramente decorativa. Si observáramos un violín a través de un microscopio electrónico, descubriríamos que la superficie en realidad parece una cadena montañosa. Esos picos y valles absorben y modifican las vibraciones cuando el instrumento es tocado.
»La calidad de un violín depende de cuatro factores: la madera, el luthier que lo fabrique, el diseño y, por supuesto, el barniz. Es determinante. De hecho la leyenda asegura que el secreto de los violines stradivarius viene dado por el barniz que empleaba su fabricante.
Ante el silencio de Ludwig, la profesora continuó:
—Hay quien dice que Stradivarius sumergía la madera que iba a utilizar en agua, para que el poro se abriera. Con esto se conseguirían dos cosas: una, eliminar las impurezas de la madera y dos, que el barniz penetrara luego más adentro. También hay quien afirma que Stradivarius, para ahorrar dinero, utilizaba madera de barcos de guerra hundidos en la costa de Venecia. ¿Curioso, verdad? El caso es que Stradivarius barnizaba sus instrumentos con tonalidades rojizas, lo que no era corriente, los demás artesanos lo hacían con tonos ocres. Sobre esto también hay discrepancias: unos dicen que Stradivarius utilizaba los mismos componentes para el barniz que sus colegas, añadiendo algún colorante vegetal por cuestiones estéticas, y otros aseguran que ese elemento adicional, al que llaman sangre de dragón, una resina gomosa roja, obtenida del fruto de una palmera malaya que Marco Polo trajo de Oriente, es lo que le confiere ese sonido casi mágico.
—Ahora que lo dices —dijo Ludwig haciendo memoria—, algo de eso me explicó el director del conservatorio madrileño que me dio tu nombre. Hablaba del secreto de Stradivarius.
—Seguro. Se ha convertido en un mito para explicar por qué son los mejores.
—Pero no pareces estar muy convencida.
—Con Stradivarius ha pasado lo que con otros muchos mitos de hoy en día —dijo Martha—. Por circunstancias, se ha convertido en el elegido. Pero en su tiempo, sus instrumentos se cotizaban a la par que los Guarneris y por debajo de los Amati y los Stainer. Pero ocurrió algo que nadie podía prever. Cambiaron los gustos. Los cuartetos de cuerda que tocaban en pequeñas salas dieron paso a las grandes orquestas, que actuaban en amplios auditorios. Los instrumentos necesitaban más volumen, más potencia. Los Stradivarius, por la forma en que habían sido fabricados, ofrecían una gran potencia en frecuencias de dos mil a cuatro mil hercios, a las que el oído humano es más sensible. Estas frecuencias en salas pequeñas son absorbidas por las paredes, pero en estancias grandes resultan más audibles.
—¿Qué hace que un instrumento sea perfecto? —preguntó Ludwig.
—Varias cosas. Primero su potencia acústica, o sea, el mayor volumen sonoro que puede emitir sin ruidos, ni oscilaciones. Sin alteraciones. Segundo, que posea un timbre agradable. El timbre es la cualidad específica que nos permite distinguir dos o más sonidos iguales en altura, duración e intensidad producidos por diferentes instrumentos o voces. Tercero, que tenga un equilibrio sonoro perfecto… La sensibilidad o fácil respuesta del instrumento para todos los sonidos… La sensibilidad di soglia, es decir, inmediata… Una duración notable de vibración…
Ludwig se estaba arrepintiendo de haber hecho la pregunta pero no le quedaba más remedio que continuar atento.
—También es importante la fácil emisión de los sonidos parciales, la ausencia absoluta de ruidos, batimientos, notas falsas…
—¿Quieres otra cerveza? —preguntó Ludwig al ver que Martha había terminado la jarra, deseoso de tomar la iniciativa.
—No, es tarde —dijo la profesora y, mirando directamente a los ojos de Ludwig, añadió con toda naturalidad—: Vivo aquí cerca. ¿Te apetece venir a cenar a mi casa?
—Señor, es para usted —dijo el guardaespaldas rubio alcanzando su móvil a Pawlak.
El anciano se quedó un momento perplejo. Aquello se salía de lo habitual. Alguien llamaba al móvil de Hermann preguntando por él. Alguien que conocía el número de teléfono de su ayudante, lo cual indicaba que también sabía que Pawlak no solía hacer uso de esos artilugios. Alguien lo suficientemente cercano como para que el susceptible guardaespaldas no se alarmara y le tendiera el aparato.
Se encontraban en la escuela privada del anciano con el director Koerner preparando el programa para el concierto que los jóvenes violinistas ofrecerían ante un selecto número de invitados, con motivo de la Nochebuena, en la mansión del anciano nazi. Sentados alrededor de la mesa del director, elegían las piezas que serían interpretadas en tan especial noche. De pronto, el teléfono del rubio comenzó a sonar.
Ajeno al timbre, Pawlak había continuado fingiendo atender las disposiciones del director, que aconsejaba unas obras y desechaba otras. Koerner también proponía los nombres de los alumnos más brillantes que podían tomar parte en el recital y los solistas más apropiados para cada pieza. El anciano asentía con descuido a las explicaciones del director.
El rubio guardaespaldas había sacado el aparato de su bolsillo y mirado la pantalla para reconocer el número. No movió un músculo cuando vio en ella que el teléfono desde el que llamaban tenía un número sin identificación. Se lo colocó en la oreja derecha antes de proferir un seco Ja. Después permaneció un rato escuchando, sin decir nada, hasta que, tapando el auricular, se lo ofreció a su jefe.
Pawlak consiguió vencer su fobia a aquellos aparatos y se lo acercó al oído.
—Buenas tardes —dijo una voz desconocida en alemán—. No se alarme, señor. Mi teléfono y el de su hombre están protegidos por un sistema de codificación muy seguro y casi imposible de rastrear. Aun así, la conversación será breve. Tras ella, su hombre tiene instrucciones precisas para deshacerse de este aparato y cambiar de número.
Pawlak no había dicho ni una palabra y consideró superficial hacerlo ahora, por lo que se limitó a escuchar.
—Hemos recibido cierta información que podría suponer un grave peligro para usted. La policía española está trabajando en un caso de asesinato. Sus investigaciones los han llevado a preguntar por el paradero de cuatro hombres, los señores Eichhorts, Schäuble, Dönitz y Hielscher. También han preguntado por un tal Menasés Liebnitz, un judío polaco que estuvo en los lager y que, tras la guerra, se unió al grupo de Simon Wiesenthal. Dicho judío abandonó años después al cazanazis y se retiró a Jerusalén, de donde no había vuelto a salir hasta ahora. Parece ser que, en estos momentos, se encuentra en Madrid y posiblemente esté detrás del interés de la policía por esos cuatro hombres.
»También han preguntado, aunque no sabemos si esto guarda relación, por la situación en que se encuentra un violín expuesto en un museo de Oxford, conocido por el nombre de el Mesías, y han pedido un listado con todos los instrumentos robados en los últimos cinco años. Se han interesado por el intento de robo de un violonchelo conocido como el Piatti. El policía que ha cursado la petición se llama Pablo Herrero, es inspector jefe de la Brigada de Homicidios de la Policía Nacional, un hombre metódico, tranquilo y poco ortodoxo en su profesión. Tiene fama de ser un buen profesional.
»Continuaremos vigilando al judío y al policía, y le tendremos informado de cuanto ocurra. De todas formas, creemos que quizá sería necesario eliminar a Liebnitz. Puede que guarde información relevante de los tiempos en que trabajaba para Wiesenthal. Si desea algo más, ya sabe cómo localizarnos.
El anciano colgó y mantuvo el mismo silencio. El director de la escuela había dejado de hablar hacía rato al ver el inescrutable rostro de su jefe.
—Disculpe, señor Koerner —dijo pensativamente Pawlak—. Me temo que he de irme. Siga usted con el programa y lo discutiremos en otro momento.
El anciano se levantó de la silla y se encaminó hacia la puerta, seguido por el silencioso guardaespaldas.