La fórmula Stradivarius
Dan (Juez)
Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los
cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.
Génesis 28; 12
H errero observó con resignación el almuerzo que tenía delante. Era mediodía, estaba hambriento y como siempre que se daban ambas circunstancias había abierto la bolsa donde su mujer le ponía la comida con la secreta y nunca cumplida esperanza de que aquella mañana se hubiera apiadado de él.
Sobre la mesa de su despacho aguardaban, impertérritos, dos sándwiches, uno de atún y el otro de pollo a la plancha, sin una pizca de mayonesa o cualquier otro aliño, y una manzana de postre. Para beber, la perenne botella de litro y medio de agua que tenía que vaciar al menos dos veces al día por culpa de los cálculos de riñón que se le formaban periódicamente.
En las otras mesas sus subalternos, aquellos que no tenían un sitio mejor adonde ir a comer y no querían dejarse parte del sueldo en un restaurante, se aprestaban a dar cuenta también de sus comidas.
Ponte y Cuéllar habían pedido unos platos chinos por teléfono que les habían llegado cinco minutos antes, en manos de una adolescente con un piercing en el labio y un tatuaje que le recorría la mejilla hasta el párpado.
Herrero nunca había probado la comida china. No le llamaba la atención comer una cosa totalmente desconocida que, fuese lo que fuese que hubieses pedido, siempre olía igual. Pero debía reconocer que tanto el inspector Ponte como el agente Cuéllar parecían disfrutar más que él con su almuerzo. Armados con unos palillos, que Cuéllar dominaba como un maestro, remojaban los rollitos de primavera en una salsa anaranjada contenida en un pequeño envase de plástico y se los metían en la boca. A Ponte, no tan ducho en el manejo de los cubiertos orientales, de vez en cuando se le resbalaba su trozo y caía sobre un papel absorbente dispuesto a modo de mantel, obtenido del rollo para secarse las manos que había en los aseos.
En otra mesa y para mayor tortura de Herrero se encontraba Estévez. Al parecer aquel día no había encontrado compañía más agradable y se había encargado una enorme pizza de cuatro quesos cuyo olor agredía los sentidos de Herrero.
No sólo le asqueaba el olor. Era también la forma en la que Estévez se introducía en la boca un desmesurado y deforme triángulo de pizza, al que le colgaban hilos de queso semifundido y goterones de tomate. A continuación la masticaba a medias, se limpiaba con una servilleta del mismo material que los manteles de sus compañeros, sorbía de una lata de cerveza, traída del bar, ya que las de la máquina de la comisaría eran sin alcohol, y seguía hablando con la boca llena.
Otros dos miembros de la brigada, que se encontraban más cerca del maleducado inspector, eran involuntarios receptores de la intermitente charla de éste.
—No te jode que ayer me vino un loco y me empieza a contar una historia de un violín que querían robarle al griego y que por eso se lo habían cargado.
Viendo que sus dos compañeros más jóvenes no tenían más remedio que hacerle caso, mientras comían sus almuerzos, consistentes en sendos bocadillos, uno vegetal y el otro de jamón con tomate, Estévez continuó:
—Cuando yo le contesté que en la casa habíamos encontrado varios violines y que no faltaba ninguno, el tío me respondió que el que él decía estaría escondido porque era un violín robado que el griego había comprado en el mercado negro «¿Y cómo sabe usted eso?», le pregunto y el tío no sabe responder, así que le vuelvo a preguntar: «¿Se trata de algún violín especial?». El judío, porque, no os lo perdáis, el viejo loco era un enano rabino que aseguraba haber venido expresamente desde Jerusalén para contarnos esa historia, ahí estaba, frente a mí, todo vestido de negro, con un sombrero como los que salen en las noticias de Palestina, pero sin esos churros colgando, pues tenía la cabeza monda y lironda.
»Total, que me contesta que era muy valioso, aunque me reconoce que su valor económico sería parecido al de los otros violines que vimos. “¿Y porqué iban a robar ese violín oculto, si podían coger mucho más fácilmente los otros?”. El judío se me queda mirando y me dice al cabo de un rato que el ladrón necesitaba ese violín en concreto. “Ese violín pertenece a una colección muy especial”. Pero no me sabe decir por qué la colección esa es tan especial ni me da más datos…
Herrero, que no había prestado atención al principio al monólogo, aceptándolo como una penitencia añadida a la que suponía el insípido almuerzo, ayudaba a pasar los sándwiches con el agua, abstraído con la mente puesta en algo que había oído.
Según Estévez el rabino había dicho «el ladrón». ¿Era una casualidad, una forma de hablar o el rabino sabía que había sido una sola persona la que había entrado en la casa de Tsaldharis y asesinado a éste y a la enfermera?
Aún no tenían la certeza, pero Herrero sospechaba que realmente el asaltante había actuado solo. ¿Por qué el rabino se había referido a él en singular?
Otro pensamiento, aún más curioso, se le cruzaba. Él conocía al viejo loco del que hablaba el inspector Estévez.
Masticando mecánicamente un trozo de pollo reseco, el inspector jefe recordó el incidente del día anterior cuando llegaba a comisaría para entrevistar al doctor Dreifuss. Venía distraído, preparando la cita, cuando, al doblar la esquina, se tropezó con un hombrecillo todo vestido de negro, con el sombrero típico de los rabinos, que venía en la otra dirección. A consecuencia del encontronazo el anciano se había ido al suelo, rodando el sombrero y mostrando una cabeza «monda y lironda» como había dicho Estévez.
Al ayudar al hombre a levantarse, sus miradas habían coincidido un instante. Aquel momento le había bastado a Herrero para sentir la poderosa serenidad que emanaba de aquel anciano. El inspector jefe, tras recogerle el sombrero, le había entregado una tarjeta por si necesitaba algo, a pesar de entender que los dos habían sido por igual responsables del topetazo.
La entrevista con el médico suizo y el caso que lo ocupaba le habían hecho olvidar el incidente. Recordaba perfectamente la mirada del anciano. Para Herrero, aquel hombrecillo no tenía nada de loco.
Tras el almuerzo, los miembros de la brigada salieron de la oficina para tomar un café en la máquina de la sala de estar. Todos menos Estévez, que salió de la comisaría con una excusa que nadie se molestó en escuchar, y el propio Herrero, que se quedó en su mesa.
Una vez solo, el inspector jefe se acercó a la mesa de Estévez y con cuidado de no desordenar el caos imperante, revisó los papeles hasta dar con lo que buscaba: «Menasés Liebnitz». El rabino se alojaba en un hostal en Trafalgar. Cerca de la sinagoga, recordó Herrero.
Rápidamente, por si regresaba alguno de sus hombres, Herrero echó un vistazo a la declaración del anciano. No había mucho más de lo que había contado Estévez. Lo más llamativo era que la entrevista se cortaba de golpe.
El inspector jefe volvió a su mesa, abrió el cajón, extrajo las descomunales tijeras, tomó de la bandeja de reciclaje una hoja, emborronada por la impresora, y comenzó a hacer triángulos de papel.
—¿Hakam Liebnitz? —preguntó un poco preocupado el dueño del hostal por el teléfono—. Un inspector de la policía pregunta por usted… de acuerdo, se lo digo.
—Enseguida baja, inspector. Me ha pedido que tenga la amabilidad de aguardar un momento.
El policía, sin quitarse su sempiterno abrigo y dando vueltas al sombrero entre las manos, se dedicó a echar un vistazo a los cuadros que colgaban de las paredes. Eran todos unas marinas bastante vulgares pintadas por el mismo autor. Cuando estaba examinando la que parecía más prometedora, oyó una voz a sus espaldas.
—Shalom aleichem, inspector. Soy el rabino Liebnitz. ¿A qué debo esta agradable sorpresa?
—Buenos días, rabino —dijo el inspector extendiendo la mano—. ¿Se acuerda de mí? ¿Qué tal se encuentra?
—Cómo olvidarlo —respondió Menasés con una sonrisa—. ¡Ahora me doy cuenta de que hacía tiempo que no tenía un encontronazo con la justicia!
Los dos se echaron a reír ante el juego de palabras.
—Pero no se preocupe. Me encuentro perfectamente. Así que es usted inspector jefe de policía —dijo Menasés echando un vistazo por primera vez a la arrugada tarjeta de visita que le había entregado el policía el día anterior, cuando chocaron en la calle, en la que se podía leer: «Inspector Jefe Pablo Herrero, Brigada de Homicidios»—. ¿Y qué lo trae por aquí?
—Ayer, antes del tropezón que tuvimos, usted había estado en comisaría. Se entrevistó con uno de mis hombres. Según tengo entendido, aseguraba tener información sobre un terrible crimen cometido hace unos días en una mansión a las afueras de Madrid.
Herrero se dio cuenta de que el hombrecillo que tenía enfrente echaba un vistazo por el rabillo del ojo hacia donde se encontraba el dueño del hostal, que fingía ocuparse del libro de entradas.
—Joseph —dijo el rabino—, ¿sería tan amable de dejarnos una salita donde pueda conversar con el inspector?
El aludido se apresuró a guiarlos a su propio despacho y, tras preguntarles si deseaban tomar algo, se marchó cerrando la puerta a sus espaldas.
—En efecto —dijo el rabino, sentado en una pequeña butaca frente a Herrero, que se había acomodado en el ajado sofá en el que, sin duda, se tumbaba Joseph a descansar cuando las noches eran tranquilas—. Ayer tuve la oportunidad de conocer a uno de sus inspectores. Creo recordar que se llamaba Estévez. ¿Me equivoco?
—En absoluto —contestó Herrero—. He estado examinando su declaración. En ella afirma conocer el motivo por el que asesinaron al señor Tsaldharis. ¿Es eso cierto?
—Sí. Como le expliqué al inspector Estévez, el señor Tsaldharis estaba en posesión de un valioso violín hecho por el mejor luthier de todos los tiempos, Antonius Stradivarius. Violín que su atacante robó.
Herrero miraba directamente a los ojos de su interlocutor. La mirada decidida, limpia y sincera, no ofrecía lugar a dudas.
—Cuando el inspector Estévez le explicó que en la mansión encontramos varios instrumentos, tanto de Stradivarius como de Giuseppe Guarneri, Andrea Amati y Jacob Stainer, todos ellos reconocidos violeros, pero que no hallamos indicios de que faltase ninguno, usted le dijo que el violín del que hablaba no estaría expuesto porque había sido adquirido por el señor Tsaldharis de manera irregular.
—Ese violín fue robado a su propietario y subastado ilegalmente. Tsaldharis se hizo con él después de una dura pugna.
—Los violines que hemos encontrado en la mansión son obras de arte de muchísimo valor. El precio del violín que dice, según usted admite, no es superior al de éstos.
—Le expliqué a su compañero que el valor que tiene ese violín, para el que ordenó robarlo, no es económico —repuso el rabino—. Pertenece a una colección singular. Los demás no le interesan.
—Mire, antes de que me explique cuál es el valor de esa colección, tengo un par de dudas. Primera: como le he dicho, he leído su declaración. Me ha llamado la atención que ésta se vea interrumpida de repente. ¿Hubo algún motivo?
El rabino se lo quedó mirando con una sonrisa que daba a su rostro una expresión de cordialidad que ayudaba a sentirse cómodo en su presencia. En ese momento guardaba silencio, como reflexionando sobre la idoneidad de responder a la pregunta de Herrero, que aguardaba tranquilamente.
—Verá, inspector —comenzó a decir, hablando despacio—. Según transcurría la entrevista fui dándome cuenta de que el inspector Estévez parecía incómodo, como si tuviese prisa y se lamentara de estar perdiendo el tiempo con un desequilibrado. Claro que esto era una apreciación mía, puede que estuviera equivocado. El caso es que no quise perder ni su tiempo ni el mío. Temo que no fui muy educado. Simplemente me levanté y me marché. Espero no haber ofendido a su compañero.
Herrero continuó mirando aquel rostro impasible mientras una sonrisa se iba dibujando en su rostro, que resultó ser contagiosa, pues pronto ambos hombres rieron abiertamente.
—No me gusta hablar mal de mis compañeros, pero he de admitir que el inspector Estévez es un inepto. Si se sintió molesto por su actitud, espero que pueda aceptar mis disculpas.
—Desde el momento en que usted ha tenido la amabilidad de acercarse a mi hostal, no necesito más disculpas, inspector.
—Estupendo —contestó Herrero golpeándose la rodilla con el sombrero—. Primera duda aclarada. Pasemos a la segunda: en su comparecencia usted se refirió a un ladrón en singular. Antes también se ha referido a un asaltante. ¿Por qué cree usted que fue sólo una persona?
—Como le he explicado, ese violín pertenece a una colección. No sé exactamente quién está detrás de todo esto, pero no es el primer instrumento que roba. He estado reuniendo datos a lo largo de muchos años. En los últimos tiempos se han producido varios robos y en todos, aunque en éste quizá no sea así, las pruebas apuntan al trabajo de un profesional. Estará de acuerdo conmigo en que los profesionales en este campo casi siempre trabajan solos.
Herrero lamentó no haber recibido el informe solicitado a la Interpol sobre la persona de Menasés Liebnitz. El aparentemente simple hombrecillo que tenía frente a sí escondía más de lo que mostraba.
—Bien. Dejémoslo así por el momento. Dígame, ¿qué hace a esa colección, como usted la denomina, tan importante como para que alguien mate y torture a un anciano indefenso?
El rabino volvió a guardar un pensativo silencio, calibrando a Herrero, que se mantenía expectante.
—Como se suele decir en estos casos, es una larga historia, inspector —dijo, una vez que se hubo decidido—. No sé si es buena idea contársela. Quizá piense que estoy loco, pero necesito ayuda.
El gesto del inspector manifestaba carecer de prisa e invitaba a comenzar el relato.
—A lo largo de su vida Antonius Stradivarius fabricó más de mil quinientos instrumentos, de los que aún quedan unos setecientos. De ésos, hay doce que son únicos. Esa docena de instrumentos guarda una clave secreta, que es lo que busca la persona que ha contratado a ese sicario que usted busca.
El rabino volvió a guardar silencio.
—¿Cuál es el resto de la historia? —preguntó Herrero cuando quedó claro que el hombrecillo no iba a continuar—. Creí haber entendido que iba a ser larga.
—Durante la segunda guerra mundial —siguió el rabino tras pensárselo un rato— los nazis crearon la Deutsches Ahnenerbe, un instituto para estudios de todo tipo, conocido como la Herencia de los Ancestros. En ese instituto se llevaron a cabo estudios de medicina, aeronáutica, criptología, física, matemáticas, historia, geografía, mitología, literatura y gramática, arte y un largo etcétera. Uno de los departamentos estaba dedicado al esoterismo y lo dirigía un tal Friedrich Hielscher.
»En ese departamento se llevaron a cabo los más extraños y absurdos proyectos. Uno de ellos tenía que ver con unos instrumentos de cuerda fabricados siglos atrás por el genial luthier cremonés. De alguna forma que ignoro, los nazis se enteraron de lo que escondían aquellos instrumentos y buscaron la clave para identificarlos y obtener su secreto. Cuando dieron con esa clave la guerra había entrado en su final y tuvieron que escapar, dejando atrás una pira de documentos ardiendo que no se terminaron de consumir. Parte de esa documentación fue recuperada por los aliados y examinada. Lo que no les servía fue entregado a los Archivos Yad Vashem de Israel. Tras los juicios se lo dieron todo.
»Entre esa documentación había una carpeta chamuscada en la que parecían faltar muchos documentos y a la que los nazis habían otorgado un nivel de confidencialidad muy alto, señal de que para ellos tenía muchísima importancia. Esa carpeta llegó hasta mí y durante años estudié su contenido. Por lo que pude ver, habían logrado identificar parcialmente cuáles eran los instrumentos, pero se encontraron un inconveniente, posiblemente nada serio si no hubiesen perdido la guerra, pero sí para solventarlo desde el exilio.
»Verá. Stradivarius les puso a esos instrumentos los doce nombres en latín de los meses del año. Por algún motivo cambió estos nombres por los de los doce hijos de Jacob, las famosas doce tribus de Israel, de las que provenimos los judíos.
—Imagino que se referirá al Jacob que se hizo pasar por su hermano para que su padre lo bendijera.
—Exacto, inspector, el mismo que se quedó dormido sobre una piedra y soñó con una escalera que subía hasta el cielo, con ángeles subiendo y bajando, y Dios en lo más alto de la escalera. El caso es, inspector, que los nazis sabían los nombres que Stradivarius había puesto a sus instrumentos pero, y aquí está el problema, hoy esos instrumentos han perdido su nombre original. Debían averiguar qué nombres tenían en la actualidad y si habían sobrevivido al paso del tiempo.
—¿Y los encontraron?
—Los han ido encontrando, ahora uno, ahora otro. Pienso que recientemente, y me refiero a este último año, han logrado identificarlos todos y saber dónde se encuentran. Evidentemente han llegado a la conclusión de que la colección está entera, de otra forma no les hubiese servido de nada.
—¿Piensa que aquellos científicos están detrás de este robo? —preguntó Herrero sin mostrar su sorpresa por la rocambolesca historia que estaba escuchando.
—Estoy seguro —contestó sin alterarse el rabino—. Como le he dicho, cuando los alemanes admitieron haber sido derrotados, no perdieron el tiempo. Destruyeron toda la documentación que pudieron y corrieron a ponerse a salvo. Antes le he hablado de Friedrich Hielscher, responsable de la sección esotérica de ese instituto. Además de éste escaparon otros tres nazis que conocían el proyecto. —El anciano rebuscó dentro de su chaqueta hasta dar con un papel doblado varias veces que alisó —. Aquí tiene los nombres de estos tres científicos. Oswald Dönitz, matemático y musicólogo, Friedrich Schäuble, físico, y Martin Eichhorts, historiador especializado en historia de las religiones. De estos cuatro no se ha vuelto a saber. Todas las indagaciones que he llevado a cabo invitan a pensar que han muerto, pero al menos uno de ellos tiene que seguir vivo.
Herrero examinó el papel que tenía en la mano. En una de las caras, escritos con minuciosidad en letra pequeña y anticuada, y con tinta azul, aparecían los nombres de los cuatro mencionados y un pequeño texto a continuación de cada uno de ellos, en un idioma que Herrero fue incapaz de reconocer. La tinta se veía desvaída, por el tiempo transcurrido.
En el otro lado del papel venía un listado de muchos nombres, con unos años al lado. Bastantes de esos nombres habían sido tachados.
—¿Esta lista es de los instrumentos que usted dice?
—Así es, inspector. Como verá, he eliminado varios según he podido ir identificando los que componen la colección. Sólo quedan veinte. En el catálogo que había en la carpeta incautada a los nazis, venían solamente los nombres de éstos tal y como los había bautizado Stradivarius, es decir con los nombres de los doce meses en latín. Cada uno venía con un año concreto entre 1690 y 1737, lógicamente el año en que fue fabricado, lo que eliminaba muchos instrumentos. Ya he señalado que el hecho de que se continúe buscando los instrumentos quiere decir que todos ellos se mantienen íntegros, lo que ayuda a reducir el número de los posibles. Todos ellos deben ser perfectos, así que he descartado de la lista algunos trabajos considerados menores.
»De los veinte que quedan, los que tienen un asterisco, que como verá son nueve, pertenecen seguro a esa colección. De esos, ocho, los subrayados, ya están en poder de ese hombre. Entre los once restantes, todos ellos fabricados en los años 1690, 1713 y 1726, hay tres que completan la colección pero aún no sé cuáles son. No deben caer en manos de esos hombres. Tiene que protegerlos.
—Mi trabajo es detener al que mató al señor Tsaldharis.
—«Nos dirigimos a lo que parece urgente, pero nunca alcanzamos lo que es importante de verdad» —citó el rabino—. Usted quiere encontrar al asesino. Yo, sólo impedir que consiga llevar a cabo sus planes.
Herrero seguía mirando el papel que tenía en la mano. Le costaba volver a mirar aquellos ojos que lo escrutaban.
—¿Y qué se supone que pueden hacer estos instrumentos? —preguntó Herrero, tras un largo y embarazoso silencio.
—Abrir la escalera de Jacob. Son las llaves del Cielo.
Armado con un plano de Madrid, Ludwig conducía el Mercedes alquilado, tratando de situarse. No quería reconocer que se había perdido. La casa del armador griego se encontraba fuera del plano y hacía tiempo que su ruta también se hallaba fuera de los límites del mapa.
Según sus cálculos, un par de kilómetros atrás debía haberse abierto un camino a su derecha, lo suficientemente ancho como para aparecer en un mapa. En un mapa más grande y detallado que el que le habían facilitado en el hotel.
Dándose por vencido, maniobró el Mercedes para entrar en una gasolinera, donde un empleado de raza gitana, con larga cabellera ondulada, negra como el carbón, y unas frondosas patillas llenaba el depósito del ciclomotor de una chica que se reía con sus ocurrencias.
—¿Qué va a ser? —preguntó el gitano sin dejar de servir—. ¿Llenamos?
—No —contestó Ludwig sin bajarse del coche—. Sólo quería saber por dónde se puede llegar a la mansión Hybris.
—¿La casa donde se cargaron al griego? —dijo el gitano—. Se ha pasado el cruce. Tiene que volver por donde ha venido. A kilómetro y medio verá un camino al otro lado. Viniendo de aquí se ve fácil, pero cuando se viene de allí para aquí la entrada queda tapada por los árboles.
—Gracias. ¿No tendrá un mapa mejor que éste?
—Claro, no faltaba más. Tiene unos cuantos. Ahí, al lado de las revistas.
Ludwig bajó del Mercedes, entró en la cafetería de la gasolinera y miró el surtido de mapas, optando por uno de uso complicado pero muy amplio. Esperó a que la chica abonara el importe del combustible entre las descaradas insinuaciones del encargado y después pagó el mapa. Como experto en estas cuestiones, estaba convencido de que la chica no tardaría en regresar por aquella gasolinera.
Conduciendo despacio para no volver a pasarse el cruce encontró, tal como le había dicho el gitano, la entrada al camino. Ahora veía claro por qué se la había pasado. La entrada estaba situada de forma oblicua a la carretera nada más pasar una tupida maraña de árboles muy altos, sin ninguna señalización.
Ludwig se apartó al estrecho arcén, a la espera de hacer la irregular maniobra de pasar por encima de la raya continua. Tenía su riesgo, ya que no podía ver los coches que venían de frente a causa de una cerrada curva. Aun así, cuando lo dejaron de adelantar y no vio venir vehículos, aceleró el Mercedes y cruzó la carretera hasta entrar en el camino.
Trescientos metros después, llegó hasta las cerradas verjas de la mansión. Detuvo el coche y se bajó. Las verjas de hierro, con unas anticuadas filigranas, permitían ver un sinuoso camino también asfaltado, flanqueado por árboles. Los altos muros donde pivotaban las verjas tenían en su parte más alta una alambrada de espino.
A la derecha de las verjas había un interfono dotado de cámara con un único pulsador. Sobre el muro, otra cámara enfocaba la entrada. En una pequeña y sencilla placa de bronce al lado del interfono, venía escrito el nombre de la mansión: Hybris.
Viendo aquellas espartanas instalaciones se preguntó el porqué del nombre. En la entrevista con la policía, el inspector le había explicado que el nombre se lo había puesto su tío y que en griego quería decir «soberbia».
¿Qué persona podría elegir «Soberbia» como nombre para su hogar?
Ludwig pulsó el timbre y aguardó. Al momento se encendió una luz sobre la cámara del interfono y una modulada voz con fuerte acento británico preguntó:
—¿Qué desea?
—Soy Ludwig Dreifuss. ¿Es usted míster Aldrich?
—Sí, señor. Bienvenido. Ahora mismo le abro. Siga, por favor, el camino hasta la casa, al final.
Ludwig condujo el Mercedes entre los árboles, hasta que de pronto éstos dejaron paso a un enorme y cuidado jardín de hierba en medio del cual se alzaba, impresionante, la mansión, de un blanco inmaculado. En la puerta, sobre la escalinata de mármol, severamente vestido, aguardaba un hombre mayor.
—Encantado de conocerlo, míster Dreifuss —dijo en español el pasante del asesinado griego—. Soy Robert Aldrich, ayudante de su difunto tío, míster Tsaldharis. ¿Le ha costado mucho encontrar la casa?
—Un poco, sí —contestó también en español Dreifuss—. Me he pasado el cruce y he tenido que preguntar en la gasolinera.
—¿Mario le ha explicado cómo llegar hasta aquí? —preguntó con una sonrisa el pasante—. En ese caso, para estas horas todo el pueblo sabrá que usted ha venido. Es un buen chico, pero un poco curioso.
—¿Le parece que hablemos en inglés? —preguntó Ludwig y, cambiando de idioma, añadió—: Creo que nos resultará más cómodo a ambos.
—Muy bien, míster Dreifuss —aprobó Aldrich haciendo otro tanto—. ¿Entramos y vemos la casa?
Traspasando el dintel de la entrada, Ludwig se encontró un enorme vestíbulo con una escalinata de mármol en el centro, abrigada con una espesa alfombra roja, sujeta en cada escalón por una barra dorada. En un costado, ingeniosamente integrado, había un ascensor.
—Es esta planta están las cocinas, la biblioteca, el salón principal y el comedor. En la segunda planta, las habitaciones de su tío, su despacho y también el mío, y varias salas más, donde míster Tsaldharis guardaba sus colecciones. También hay una sala con material hospitalario, para el caso de que su tío lo necesitara. La planta de arriba contiene habitaciones para el servicio, pero que no se usan, ya que el servicio no pernocta en la casa, más salas llenas de vitrinas y expositores, y habitaciones para invitados vacías. Su tío apenas recibía visitas. Como verá, era un apasionado coleccionista de arte. Todos los cuadros y esculturas que vea en la casa son auténticos y de enorme valor. También coleccionaba instrumentos de música, auténticas obras de arte. En la biblioteca hallará ejemplares únicos.
—¿Los asaltantes no se llevaron nada?
El pasante se envaró un poco ante tan delicada cuestión.
—Como ya dije a la policía, no hemos echado de menos nada. Estos días hemos llevado a cabo un inventario con los catálogos que míster Tsaldharis guardaba. Hasta la última estatuilla, pergamino o pintura están donde deben.
—Resulta extraño que los asaltantes no se llevaran nada.
—A mí me parece que es cosa de locos —apuntó el pasante con un escalofrío.
Dos horas después, Ludwig se despidió del pasante y montó en el Mercedes. Aún estaba anonadado por lo que había visto. Hasta ese momento no había sido consciente de lo que suponía la herencia. Una vez satisfechas las obligaciones con Hacienda, los empleados y la burocracia, le iba a quedar lo suficiente para vivir como un rey durante diez reencarnaciones.
Sobre la cama de su apartamento, Etzel rememoraba.
En una escueta carta se le había comunicado que el violonchelo Chevillard había sido localizado en Lisboa. Su poseedor trataba de venderlo a través de internet y ya estaba convenido el precio. Etzel sólo tendría que dirigirse a la capital lusa, contactar con el vendedor y hacer efectivo el pago. Sin embargo, en la misiva se lo conminaba a estar alerta. Su cliente sospechaba que el vendedor del violonchelo pudiera tratar de engañarlos.
El pago debía hacerse en efectivo: trescientos mil euros en billetes usados y con numeraciones no consecutivas. Un buen precio para un violonchelo. El nazi no había querido regatear a pesar de saber que el vendedor hubiese tenido muchos problemas para venderlo por la mitad de lo que exigía, pues estaba claro que la procedencia del instrumento era ilícita.
Etzel había tomado un vuelo para Lisboa y se había alojado en un céntrico hotel. Allí debía esperar a que el vendedor se pusiera en contacto. Había permanecido tres días, prácticamente sin salir de la habitación, esperando pacientemente, sumido en la lectura de los Comentarios al Corpus Aristotelicum, del médico y filósofo árabe Averroes. La experiencia le había enseñado que en su trabajo la paciencia era una virtud.
El tercer día de estancia recogió en la recepción un sobre dirigido al nombre falso que había dado. Dentro tan sólo encontró un pequeño plano de la ciudad de Viana Do Castello, con una cruz sobre lo que era una catedral en lo alto de un monte y una fecha: la del día siguiente, a las seis de la tarde.
Abandonó el hotel lisboeta, alquiló un pequeño pero potente utilitario y se encaminó hacia la ciudad costera.
La cita tendría lugar detrás de la catedral de Santa Luzia, pequeño templo que dominaba la ciudad costera desde un monte, al que se llegaba tras machacar los amortiguadores del coche sobre una pista de adoquines.
El día de la cita, a las cinco de la tarde, un despistado turista, joven, de cabellos negros, piel sumamente blanca, ojos verdes, alto y espigado, visitaba la catedral cámara en mano. En el museo que encontró en la parte de atrás, con gestos corteses, pidió la hora a un hombre con unas feas gafas espejadas colocadas sobre un pelo de lo más sucio. El hombre parecía alterado y lo despachó con malas palabras. Pero Etzel ya había comprobado lo que quería: el tipo estaba armado, nervioso y no era policía.
Fuera, en los jardines por los que aún paseaban algunos ociosos, el curioso turista descubrió otro individuo que hacía juego con el anterior. No vio nada más extraño por el lugar y bajó parte de la ladera hasta el vehículo, alquilado, que había aparcado en un lugar discreto, donde se despojó de su disfraz.
Momentos después, con el maletín en la mano, subió las escalinatas que daban a la parte trasera de la catedral y se dedicó a contemplar los jardines tal y como estaba acordado.
Quince minutos más tarde se le acercó un hombre, fumando nervioso un cigarrillo.
—Buenas tardes —dijo el hombre en un mal inglés—. ¿Me esperaba?
Etzel asintió.
—¿Trae el dinero? —preguntó sin preámbulos el hombre.
—Lo traigo —dijo Etzel abriendo un poco la cartera para que al codicioso vendedor se le fuesen los ojos—. Quiero ver el Chevillard.
—Claro, claro. Acompáñeme —dijo el hombre, dirigiéndose hacia el interior de los jardines, donde la niebla, cada vez más espesa, y la falta de luz artificial dificultaban la visión.
Etzel suspiró para sus adentros. Durante su reconocimiento previo del lugar, con su disfraz de turista, había llegado a la conclusión de que la zona era peligrosa y, si querían tenderle una trampa, el mejor lugar sería aquel jardín. Siguió al hombre pero no se le pasó el movimiento de los dos tipos que había visto antes cerrándole la retirada.
Había esperado entregar el dinero y marcharse con el instrumento, pero aquellos aficionados se empeñaban en complicar las cosas. Con irritación pensó que los tres indeseables sólo pretendían robarle y en realidad no tenían el Chevillard en su poder.
—Aquí lo tiene, amigo, ¿qué le parece? —dijo el hombre al llegar hasta una vieja furgoneta, donde abrió las puertas traseras, dejando a la vista el enorme estuche de un violonchelo.
Etzel lo abrió. En su interior encontró un bello y exquisito instrumento. Sacándolo de la funda lo examinó con cuidado: la cruz de Malta con la firma de Antonius Stradivarius, la fecha de 1726. Por ahora todo estaba bien, pero resultaba relativamente sencillo falsificar el sello. No lo eran tanto otras marcas que Etzel sabía dónde buscar: un rasponazo en la tapa que cruzaba el filete, una pequeña desviación de la espiga, la decoloración en el batidor, por debajo de la cuerda de sol.
Tras el concienzudo examen respiró aliviado. Por lo menos el Chevillard era auténtico. Podía ser, incluso, que el vendedor sólo quisiese su dinero y todo el montaje hubiese sido por miedo a caer ellos en una trampa.
—Está bien. Me quedo el instrumento. Aquí tiene el dinero.
—¿Sabe? El caso es que el precio ha subido —dijo el hombre con una sonrisa torva sin dejar de mover las manos—. Tenemos otro comprador muy interesado en este violonchelo. Claro que podríamos llegar a un acuerdo…
—¿Cuánto más quiere?
—El doble.
—No tengo tanto dinero.
—Es una lástima. Pero no se preocupe. Nosotros —dijo apuntando con el mentón a los dos hombres que se acercaban con gesto amenazador— guardamos el dinero, usted nos trae lo que falta y entonces se lleva el violonchelo.
Los tres sonreían dejando entrever sus armas.
—Me temo que eso no será posible —repuso Etzel con voz gélida.
Los matones no llegaron a borrar la sonrisa de sus caras. Mientras uno de ellos se ahogaba en su sangre alcanzado en la garganta por la pistola con silenciador que humeaba en manos de Etzel, su compañero se derrumbaba con un tercer ojo en medio de la frente. Peor suerte corrió el que había llevado la corta negociación. Dos centímetros por encima del ombligo, una mancha roja empapaba su camisa.
—«Las almas de los hombres están entregadas a la avaricia» —dijo Etzel citando un pasaje del Corán mientras apoyaba el tubo del silenciador en un ojo del aterrorizado matón.
Otro suspiro brotó de la pistola empujando violentamente la cabeza del hombre hacia atrás.
Momentos después, con el Chevillard en el asiento trasero bien tapado con una manta, Etzel abandonaba Portugal camino de Santiago de Compostela. En la ciudad gallega contrató los servicios de una prestigiosa empresa de transportes. Serían los encargados de trasladar el valioso instrumento hasta una consigna en la estación de tren de Niza, donde su nuevo propietario se haría cargo de él.
Sujetando en la mano el folleto que le había entregado una simpática estudiante cerca de la Puerta del Sol, Menasés miraba sin ver el estanque donde media docena de barquitas se dejaban llevar movidas por sus intrépidos navegantes.
Le dolía la pierna. Ahora, sentado en uno de los bancos del parque del Retiro, flexionaba de vez en cuando la rodilla, tratando de mitigar un poco el dolor. Había llegado andando por la calle de Alcalá, un buen paseo que le iba a pasar factura.
Sin embargo no eran las molestias de su maltrecha pierna lo que le ocupaba la cabeza. Desde luego, el inspector jefe Herrero no tenía nada que ver con aquel otro individuo que le entrevistara en la comisaría, pero a pesar de ello el policía había sido franco, reconociendo que la historia contada por Menasés era demasiado fantástica para ser dada por cierta sin contrastarla. Al menos, Herrero le había prometido tenerla en cuenta.
Pero no quedaba demasiado tiempo. Menasés sabía por experiencia lo lenta que es la burocracia para estos temas. El inspector tendría que ponerse en contacto con la Interpol, si no lo había hecho antes de la entrevista para comprobar sus antecedentes. También debería comprobar con la policía especializada en arte los detalles que le había facilitado, así como hacer averiguaciones para confirmar la muerte de los cuatro nazis de los que habían hablado. Sobre esto Menasés no tenía mucha fe. Él, a lo largo de los años, había indagado a fondo sin encontrar nada.
Menasés no podía culpar al inspector por poner en duda su historia. Bastante había hecho con escucharla hasta el final, sin levantarse a mitad de explicación y marcharse. Debía reconocer que a los oídos de cualquiera sonaría como la trama ideada por un loco.
Lo único que parecía claro era que debía tomar otras medidas al margen de la policía pero… ¿qué hacer? En otros tiempos podría haber pedido ayuda al equipo de Simon. ¿Quizá aún podría hacerlo? Sabía adónde llamar. Sin duda lo ayudarían.
Pero el grupo de Simon también había cambiado. Sus compañeros se habían retirado o muerto. Sus sucesores estaban relajados y no conocían las operaciones de los viejos tiempos. Quizá ni siquiera se dignaran a escuchar a un viejo como él, o lo trataran como a un desequilibrado, al igual que había hecho aquel policía.
Estos pensamientos habían cruzado por la mente de Menasés mientras descendía por la calle Montera, desde la Gran Vía madrileña hasta la Puerta del Sol. Un par de veces se vio abordado por mujeres vestidas con ajustadas prendas que, con cansadas sonrisas, le proponían subir a una de las pensiones situadas en la calle, donde mantendrían inolvidables relaciones. Menasés no era un mojigato. En los buenos tiempos había mantenido en más de una ocasión el pabellón alto, pero ahora no estaba seguro de pasar la más elemental prueba.
Sumido en sus reflexiones, el rabino llegó hasta la entrada del Corte Inglés de la Puerta del Sol. En ese momento un ulular de sirenas fue creciendo hasta convertirse en un estrépito insoportable. Motos de la policía circulando a toda velocidad abrían paso a una caravana de impresionantes y blindados vehículos negros con las lunas tintadas que impedían ver su interior. Cerraban la comitiva otros vehículos algo más discretos, que lucían destellantes imantados en los techos.
Cuando pasó la comitiva y se apagó el estruendo pareció que la ciudad volvía a tomar el ritmo, como si durante ese paréntesis se hubiese sumido en un letargo. En ese momento una joven de unos diecisiete años, que se ganaba un dinerillo repartiendo publicidad, le entregó sin mirarlo el folleto.
Menasés lo recogió por educación, sin dedicarle más que una somera mirada antes de arrojarlo discretamente en una papelera llena ya de esos y otros deshechos. Continuó andando unos metros antes de detenerse. Algo nuevo daba vueltas en su cabeza. ¿Qué era? Había una nueva variable en el problema que se le escapaba.
Se fijó en el escaparate de una librería y trató de limpiar su mente mientras lo observaba. Una colección de novelas históricas ocupaban la zona principal: El Código Da Vinci, La Conjura Sixtina, El Santuario… En segundo término había libros sobre informática, tratamiento de textos, diseño gráfico. A un lado, manuales sobre la cría del caballo, ajedrez y coches antiguos…
De pronto se volvió y a punto estuvo de chocar con una pareja mayor que también estudiaba la oferta literaria. Esquivado el incidente se encaminó hacia la papelera donde había arrojado el folleto. Y allí, con diversidad de letras y dibujitos para captar la tenue atención del ocasional lector, encontró lo que buscaba.
Se trataba de un programa musical. De las piezas que se presentaban, algunas le sonaban y otras no. El nombre del intérprete, un tal Xavier Puig, le recordaba algo. Pero sobre todo era el nombre del instrumento el que hablaba por sí solo: Piatti.
El violonchelo Piatti. Antiguamente llamado Red Stradivarius, y conocido mucho antes, algo que solamente sabían unas pocas personas que se podían contar con los dedos de una mano, como Isaachar o November. Un noble instrumento que había recibido el nombre de uno de sus antiguos propietarios, Alfredo Piatti, un gran concertista italiano.
En ese momento y mientras se guardaba el panfleto en un bolsillo de su abrigo, caminando sin destino, una idea empezó a forjarse en su cabeza. Cuando llegó, sin ser consciente de ello, a la Puerta de Alcalá, entró al parque del Retiro. Anduvo tranquilamente hasta el estanque y tomó asiento en uno de los bancos, al lado de una joven sudamericana que daba de comer a un ruidoso niño rubio de ojos azules.
Volvió a examinar el panfleto con más atención. En el mismo se informaba de un concierto que se celebraría la noche siguiente en el Teatro Real a cargo del violonchelista Xavier Puig, acompañado de la Joven Orquesta del Conservatorio de Madrid. Se trataba de un acto benéfico para recaudar fondos con los que sufragar la remodelación del conservatorio y la entrada más barata costaba treinta euros.
El Piatti, Menasés tenía la convicción, era uno de los instrumentos que pertenecían a la colección de los doce stradivarius que buscaban sus enemigos. Como cada uno de ellos, era único e insustituible. No quedaba mucho tiempo y dudaba que la policía española hiciera algo para protegerlo o para recuperar el del griego asesinado.
Pero si él conseguía tener acceso a uno de aquellos instrumentos, podría frustrar los esfuerzos de sus adversarios. Con que uno de los doce fuera inutilizado todo el diabólico plan se vendría abajo. Nunca había tenido acceso a una de aquellas preciadas piezas, pero ante sus ojos se abría una oportunidad.
La noche siguiente el Piatti estaría en el Teatro Real y Menasés podría, con un poco de suerte, llegar hasta él.
A pesar de las repetidas indicaciones para que fueran desconectados todos los móviles, una interpretación discordante de las cuatro estaciones de Vivaldi rompió el respetuoso silencio, mientras el avergonzado propietario del artefacto trataba de sacarlo del bolsillo. Un par de chistidos recriminaron al maleducado.
Menasés no captó nada de esto, de la misma manera que era incapaz de apreciar los virtuosismos de los músicos que se esforzaban en dar lo máximo de sí. La atención del rabino se concentraba única y exclusivamente en el enorme instrumento que parecía cobrar vida en manos de su dueño. Su voz grave y poderosa, que a veces destacaba y otras se escondía para dar realce al resto de la orquesta, era disfrutada por todo el público menos por Menasés.
El rabino ocupaba una de las últimas filas del enorme anfiteatro. Aún con las lentes puestas le costaba hacerse una idea de los detalles del escenario. Sumido en un estado de catarsis era incapaz de retirar la mirada del borroso violonchelo mientras en su cabeza trataba de dar sentido al descabellado plan.
—Señoras y señores —dijo el maestro de ceremonias cuando se apagaron los aplausos—. Antes de comenzar la segunda parte del concierto, haremos un pequeño descanso de quince minutos. Les recordamos que no se puede fumar en la sala. Los que deseen hacerlo tienen un espacio habilitado en la cafetería. Asimismo, les agradecemos que mantengan apagados los teléfonos móviles.
Entre tanto, parte del público se había levantado de sus asientos buscando alivio en los baños, inhalar desesperadamente un poco de humo, estirar las piernas o atender el teléfono de las posibles llamadas que se hubiesen producido durante el primer acto.
Siguiendo a la manada, Menasés abandonó la sala sin tener demasiado claro qué iba a hacer. Quizá sería mejor esperar a que terminase el concierto, pero cabía la posibilidad de que en ese momento hubiera demasiada gente en torno al instrumento y su propietario. Por otra parte, podía suceder que a Menasés se le esfumase la determinación.
Deambulando por el pasillo, nadie se fijó en el pequeño anciano que traspasaba las puertas gemelas donde se indicaba que estaba prohibido el paso. Tras las puertas, otro pasillo desnudo llevaba hasta otra puerta doble, donde se indicaba la misma prohibición de acceder. Haciendo caso omiso de nuevo, el rabino penetró en otro pasillo.
Esta vez el pasillo estaba lleno de jóvenes orquestistas con sus instrumentos. Algunos estaban sentados en unas sillas de plástico forradas de tela ignífuga azul. Otros permanecían de pie, demasiado excitados para sentarse. Botellas de agua eran repartidas por sus profesores, que corregían los nimios errores cometidos por sus pupilos. Unos pocos sentados en el suelo repasaban las partituras, afinaban sus instrumentos o ensayaban de manera discreta.
Sin detenerse para evitar que alguien le preguntara qué estaba haciendo allí, el rabino paso entre los estudiantes y sus maestros, continuando a través del pasillo hacia lo que parecían las puertas de los camerinos. Un vigilante jurado aburrido tomaba un café de máquina a la vez que trataba de establecer contacto con dos jóvenes y muy arregladas azafatas.
Como si de un fantasma se tratara, el hombrecillo vestido de negro, con la pelada cabeza cubierta por un anticuado sombrero de ala blanda y una leve cojera, fue de puerta en puerta leyendo los letreros que identificaban a los ocupantes de los camerinos, sin que nadie se fijase en él.
Cuando al final dio con la puerta donde se podía leer Xavier Puig, Menasés golpeó suavemente con los nudillos como si temiera que le respondieran. ¿Qué le diría a su ocupante si éste abría la puerta? ¿Que debía destruir su amado violonchelo para que un loco no se hiciese con él? ¿Le explicaría lo que ese loco pretendía hacer con el valioso instrumento? ¿Cuánto tardaría el vigilante en sacarlo del auditorio y llamar a la policía?
Pensando en alguna disculpa peregrina, Menasés volvió a llamar a la puerta, esta vez con más fuerza. En el interior no se oía nada. Una tercera llamada aún más fuerte tuvo el mismo efecto. Sin pensarlo dos veces, el rabino giró el pomo de la puerta y con sigilo entró en el camerino. No era demasiado grande. Una pequeña cama para descansar, un baño con lo indispensable, una mesa con un gran espejo en la pared, otra más grande con unas sillas alrededor y un cómodo diván con una lámpara de pie al lado era cuanto contenía la estancia.
Sobre la cama había un enorme estuche de color negro con la misma forma que el instrumento que buscaba. Menasés luchó con los cierres hasta lograr abrir la funda. El corazón le empezó a latir más rápido. Allí estaba, en su lecho de terciopelo azul, el magnífico instrumento salido de las manos del gran luthier cremonense Antonius Stradivarius. Uno de los mejores violonchelos que se hubiesen fabricado jamás, de un precio incalculable y por el que sus enemigos no dudarían en matar con tal de hacerse con él.
Indefenso y silencioso, el codiciado violonchelo permanecía ajeno a las emociones que provocaba. Menasés, aún consciente de que el tiempo apremiaba y de que enseguida se abriría la puerta por donde entraría el alarmado concertista, era incapaz de apartar la mirada del interior del estuche. Finalmente y con un gran esfuerzo consiguió levantar la vista. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y extrajo una pequeña lata para rellenar mecheros que había comprado en un estanco. Con torpes manos trató de abrir el precinto de la lata pero sus dedos artríticos se mostraban incapaces.
Cada vez más nervioso, el rabino tiraba de la argolla de plástico. No podía ser. La increíble buena suerte de la que había disfrutado hasta ese momento, permitiéndole llegar hasta el Piatti, le daba la espalda justo en el momento clave. Fuera del camerino, se oían voces que se acercaban. Menasés buscó alrededor, tratando de encontrar alguna herramienta que lo ayudara a abrir la lata.
Sobre la mesa de maquillaje encontró unas tijeras de manicura. Cogiéndolas como si fuesen un puñal atacó el tapón de plástico. Un chorro de gasolina le salpicó las manos. Menasés dejó caer las tijeras y se encaminó hacia la cama, donde aguardaba indefensa su víctima.
En ese momento se abrió la puerta. El propietario del camerino regresaba para recoger el chelo y continuar el concierto. El fuerte olor a gasolina y la presencia de un desconocido que se encaminaba hacia su estuche lo dejaron momentáneamente paralizado.
—¿Qué hace usted? —gritó el concertista, reaccionando por fin, a la vez que se arrojaba encima del anciano y lo derribaba.
El vigilante, que había oído el grito, entró en el camerino e inmovilizó al rabino y le arrancó la lata de gasolina de las manos.
Humillado por el fracaso, Menasés no respondió. Levantado como si fuese un fardo, lo sentaron en una de las sillas, custodiado por el guarda, que, a la vez, informaba a sus compañeros de la situación. En menos de un minuto el rabino se vio rodeado por otros dos hombres y una mujer, todos vistiendo el mismo uniforme. El primer guarda jurado, como el concertista comprobaba el estado de su violonchelo, pintó una escena en la que él combatía heroicamente con un insignificante viejo de setenta y ocho años, mientras le retorcía el brazo a la espalda para dar mayor firmeza a sus palabras e impresionar a las dos azafatas con las que había estado distraído y que, al reclamo del alboroto, se habían acercado.
—Disculpen, señores —dijo irritado el concertista, que veía cómo su intimidad se veía violada por toda aquella gente—. ¿Les importaría abandonar mi camerino? Eso va por ustedes también —añadió, señalando a los vigilantes que se habían apostado en torno al hombrecillo, como si de un peligroso criminal se tratara.
Solamente la intervención del director del auditorio logró que, a regañadientes, los guardas jurados abandonaran su presa.
—¿Le importaría decirme quién es usted y qué trataba de hacer con mi violonchelo?
—Nadie importante —contestó el rabino—. Y mis intenciones ya las sabe. Intentaba destruirlo —añadió señalando el instrumento, que continuaba incólume en su estuche.
—Pero ¿por qué? —preguntó el director del auditorio, un pomposo individuo enfundado en un caro traje cortado a medida.
—Si se lo dijera no me creerían. Pensarían que estoy loco. Y tal vez tengan razón.
—Llamaré a la policía —dijo el director.
—Espere un momento, por favor —dijo el concertista, sin dejar de mirar al hombrecillo. A pesar de la situación, aquel anciano no le parecía un perturbado ni un delincuente. La paz y determinación que percibía en aquel hombrecillo no eran comunes.
—Déjeme marchar —dijo Menasés mirando directamente a los ojos al concertista.
—¡Ni hablar! —protestó el director alzando la voz—. Voy a presentar una denuncia contra usted. No se moverá hasta que venga la policía a llevárselo.
Ajenos a sus palabras, los otros dos hombres continuaron examinándose.
—No va a llamar a nadie —dijo finalmente el concertista—. No deseo presentar ninguna denuncia contra este hombre.
—¡Pero yo, como director del auditorio, sí! —repuso escandalizado el otro.
—¡No hará nada! Su sistema de seguridad es un desastre. Este hombre ha entrado aquí como Pedro por su casa. Si no quiere que denuncie al auditorio por flagrante desidia, va a permitirle marchar ahora mismo. Me hubiese gustado saber por qué quería usted destruir mi violonchelo —dijo el concertista una vez en la salida, mientras el director, rojo como la grana, sujetaba la puerta.
—No merece la pena, señor Puig —contestó Menasés mirándolo de nuevo a los ojos—. Le agradezco lo que ha hecho. Hágame un favor. Vigile como nunca ese instrumento. Alguien tratará de arrebatárselo y no dudará en matar a quien trate de impedírselo. No puedo decirle más. Se lo he comunicado a la policía, pero me temo que no me han hecho demasiado caso.
Alexander Pawlak cerró la puerta de su despacho y se sentó en el confortable sillón situado en medio de la estancia, tras la despejada mesa. Los dos muebles, junto a unos pocos cuadros, eran los únicos objetos que ocupaban ese despacho, pocas veces utilizado por el anciano.
Sobre la mesa, una pantalla plana de ordenador de veintiún pulgadas estaba inerte. Pawlak accionó los pulsadores correspondientes para que tanto la pantalla como la CPU se iniciaran. Al momento, el suave zumbido de los ventiladores destinados a refrigerar las tripas del ordenador se extendió por la sala.
Mientras esperaba a que el sistema estuviera operativo, Pawlak miró el cuadro que colgaba de la pared de enfrente, una representación de Parsifal, pintada por Franz Stassen. En ella, el héroe, símbolo de la pureza y de los ideales nazis, montaba un caballo, con la cabeza gacha y la lanza apuntando al suelo, extenuado en su inútil lucha por encontrar el esquivo Grial.
Pawlak entendía la fatiga del caballero. Él también llevaba demasiado tiempo detrás del Grial pero, a diferencia del héroe, Pawlak estaba a punto de encontrarlo.
Con un acorde, el ordenador anunció su disposición para ponerse a trabajar. El anciano sacó de un cajón de la mesa un teclado inalámbrico y un ratón láser. Introdujo su clave personal y aguardó mientras la máquina la certificaba. Después tecleó en la barra superior: «www.es.groups.yahoo.com». Al momento, la página solicitada apareció en la pantalla.
Consultando un mensaje en el móvil de prepago que le habían mandado, introdujo dentro del grupo fotos-familia el password solicitado, una clave alfanumérica, y esperó mientras en la pantalla aparecía un catálogo de una veintena de fotografías. En todas ellas aparecía un joven matrimonio con su preciosa hija de cinco años. En unas el trío se encontraba jugando en la playa, otras mostraban a la familia subiendo un monte con gran ánimo. En las últimas se veía a los tres pertrechados con guantes, gorros, gafas de sol, bastones y esquíes, en lo alto de unas cumbres nevadas.
Pawlak volvió a consultar el móvil y eligió una de las fotos en la que se veía a la pequeña con cara de susto, iniciando el descenso a bordo de sus pequeñas tablas por una suave ladera nevada. Manejando el ratón, guardó la instantánea digitalizada en el escritorio del ordenador. Acto seguido eligió el grupo fotos-naturaleza y volvió a meter la clave. En el álbum abierto había una quincena de fotos hechas con mucho entusiasmo y poca idea, como las que sacaría un turista en lugares pintorescos. En casi todas aparecían puestas de sol. En unas ocasiones el exceso de luz quemaba la fotografía, en otras no había prácticamente luz y no se apreciaba más que un poco la rojiza línea del horizonte. Algunas estaban sacadas con flash, lo que ayudaba a arruinar, aún más, la fotografía.
Según el móvil, la foto que debía escoger correspondía a un paisaje donde el mar chocaba contra una escarpada costa en la que crecían algunos pinos, mientras el sol se escondía bajo las aguas. El postrero brillo del astro sobre la superficie contrastaba con la negrura del acantilado.
Una vez guardadas las dos fotos en el escritorio, Pawlak abandonó internet. Pulsando doblemente uno de los iconos, inició Camuflage, un programa de esteganografía y, con el ratón, abrió desde el programa la fotografía de la niña. En vez de la foto, apareció en la pantalla un galimatías incomprensible de números y letras que componían el código digital de la fotografía. El anciano no se molestó en mirar la ventana abierta, limitándose a guardar su contenido en una carpeta. Otro tanto hizo con la foto de la puesta del sol.
Cerró el programa Camuflage e inició otro de criptografía, desde el que recuperó las carpetas con los galimatías. El programa sólo tardó un par de segundos en verter el resultado. Al verlo, Pawlak, que se había ido incorporando sin darse cuenta, se recostó con un suspiro de alivio y satisfacción en el sillón.
En la pantalla se leía: «El instrumento va de camino. Reconocimiento positivo. Más problemas de los esperados. Los intermediarios eliminados. El paquete llegará al lugar convenido en veinticuatro horas».
Pawlak borró archivos, carpetas e historiales y pasó un programa de limpieza para eliminar cualquier rastro. Adicto a la seguridad más extrema, no le parecieron exageradas las medidas que tenía por costumbre adoptar su sicario al mandar mensajes.
Una vez apagada la CPU y recogidos el teclado y el ratón, Pawlak aguardó pacientemente sentado en el sillón con el móvil sobre la mesa. Diez minutos después un suave timbre, acompañado de un breve bailoteo del aparato, anunció la llegada de un mensaje.
Su sicario tenía un servicio de telefonía que le advertía cuándo era abierto el álbum de fotos. Había dado tiempo para que el anciano recuperara la información y se mandaba después el inocente mensaje que faltaba. Pawlak no lo leyó, memorizando tan sólo la quinta palabra, tal y como se indicaba en las instrucciones del descifrado correo fotográfico.
Se trataba de la clave para acceder a la taquilla de la estación de Niza donde guardaba el preciado stradivarius.