La fórmula Stradivarius

Iñaki Biggi · Capítulo 4 de 15

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La fórmula Stradivarius

Leví (Vínculo)

 

Las notas de la música son solamente cinco, pero sus combinaciones son tan

numerosas que es imposible escucharlas todas.

TS’AO TS’AO. Guerrero y poeta chino

 

MADRID. NOVIEMBRE DE 2003

 

A rmado de sus tijeras, el inspector jefe de la Brigada de Homicidios de la Comisaría Central, Pablo Herrero, recortaba pequeños triángulos de una hoja de papel destinada a reciclar. Con movimientos precisos iba girando la hoja con la mano izquierda, colocándola en el ángulo justo para dar un tijeretazo con la derecha. Los que llevaban tiempo trabajando con él sabían que en esos momentos no había que interrumpirlo. Su cerebro estaba corriendo al galope.

En realidad Herrero les podría haber dicho que no era así, en absoluto. La manía de recortar trocitos de papel con las grandes tijeras le relajaba y limpiaba su mente. Gracias a este ejercicio de relajación el inspector lograba dejar espacio en su mente para las nuevas conjeturas.

Habían pasado setenta y dos horas desde que se descubriera el espantoso crimen en la mansión Hybris, y aún no habían conseguido avanzar ni un milímetro en la investigación. El comisario Martín estaba que se subía por las paredes.

Cuando la jueza por fin había autorizado el levantamiento del cadáver, Herrero había dejado en manos del inspector Dos Anjos la escena del crimen y regresado con el subinspector Ponte y el agente Cuéllar a la comisaría, desde la que llamó a su superior.

—Dígame, Herrero, ¿han encontrado algo?

—Me temo que no, señor —respondió Herrero sentado en su silla de plástico amarillo y sin quitarse ni el abrigo ni el sombrero—. La o las personas que han cometido el crimen, sabían lo que hacían. Han podido trabajar con tranquilidad. Un trabajo de profesional, diría yo.

—¿Cree que pueda tratarse de una banda organizada, como la de los colombianos que detuvimos la semana pasada?

Ese «detuvimos», dicho sin ningún rubor, se refería a Herrero. Dotado de una gran memoria selectiva el comisario parecía haber olvidado las pegas presentadas por él mismo a lo largo de toda la investigación, alargada por espacio de varios meses. En comisaría se amontonaban entre tanto expedientes que reclamaban atención y el escaso personal no podía abarcar semejante tarea. El comisario, político ante todo, daba saltos de uno a otro expediente abandonando los que se presuponía iban a ser arduos y ordenando a sus hombres centrarse en los que podrían ser resueltos en poco tiempo. De esa manera las estadísticas de la memoria anual reflejarían un índice de casos resueltos más elevado.

 

Durante el tiempo en que la investigación de la banda colombiana trajo de cabeza a Herrero, éste no logró quitarse de encima al comisario, que lo conminaba a abandonar el caso y centrarse en las denuncias menores. Herrero, por su parte, lograba desviar prácticamente todo el trabajo a sus inspectores y, ayudado por el subinspector Ponte, con el que trabajaba desde hacía muchos años, llevaron a cabo una pesada investigación que parecía no avanzar.

En las afueras de Madrid, en las urbanizaciones más lujosas, donde vivían aquellos a los que la diosa Fortuna había sonreído, urbanizaciones vigiladas con guardias de seguridad provistos de radio transmisores, impresionantes porras de policarbonato, perros amaestrados, motocicletas y coches eléctricos, para no contaminar y no molestar con su ruido al selecto vecindario, y demás parafernalias, se había producido una docena de robos con secuestro y pago de rescate.

El modus operandi siempre era el mismo. Tres hombres de aspecto sudamericano entraban en una casa controlada durante un par de semanas, a la hora en que menos miembros de la familia se encontraban en su interior. Tras atar a los ocupantes, a ser posible alguna hija o la mujer del propietario, llamaban a éste por teléfono y le daban un plazo de un par de horas para reunir una cantidad de dinero que fuera posible conseguir en tan poco margen de tiempo sin levantar sospechas en el banco o dentro de su entorno. Mientras el propietario, al que le permitían hablar con el secuestrado ya maltratado para que el pánico se reflejara bien por el teléfono, conseguía reunir el dinero, los secuestradores limpiaban la casa. En algún caso habían llegado a abusar de sus víctimas, sin terminar de consumar la violación.

La banda de asaltantes parecía elegir momento y víctima al azar, complicando de esta manera el trabajo de la policía, que normalmente se encontraba con la dificultad añadida de unos denunciantes muy poco dispuestos a colaborar, horrorizados ante la posibilidad de que los agentes, y quizá Hacienda, se inmiscuyeran en su vida privada.

Todas las vías de investigación topaban contra un muro. Se indagó entre los soplones, se mostraron a las víctimas cientos de fotos, se interrogó a los asustados guardias de seguridad, a la empresa encargada de las alarmas, al servicio doméstico, frecuentemente ilegales sudamericanos, filipinos o de países eslavos que, por esta misma razón, estaban poco dispuestos a colaborar.

Al final, como sucede con muchas investigaciones, un golpe de suerte provocó la caída de la banda. Ésta, que inevitablemente se había ido convenciendo de su impunidad, robó en una casa una estatuilla de mármol del alado dios Mercurio, copia de la que se guarda en el Louvre de París.

La estatuilla había terminado en el negocio de un conocido receptador de objetos robados al que Herrero fue a visitar con motivo de otra investigación. En aquella ocasión los policías buscaban, orden de registro en mano, alguno de los treinta relojes de oro, marca Rolex, que unos desconocidos habían robado a un representante, al que habían molido a palos antes de dejarlo semiinconsciente y huir con su maletín.

Mientras los agentes revolvían todo el establecimiento, seguidos por las oportunas protestas del propietario según estaba establecido en el guión del ancestral juego policía-delincuente, Herrero miraba los objetos que se exponían. Televisiones, ordenadores, bicicletas, tablas de esquí y snowboard, con sus respectivas botas. Equipos de música, más relojes, joyas y un sinfín de objetos de lo más variado.

En una vitrina de cristal, que también estaba a la venta según una amarillenta etiqueta de cartón pegada, había unas figuritas de porcelana, piedra volcánica, mármol y otros materiales. Examinando de cerca la vitrina, Herrero comentó:

—Bonita colección. ¿Son buenas?

—Claro, inspector —contestó el perista—. ¿Le gusta alguna en especial?

—Ésta me parece muy interesante —dijo señalando una talla colocada entre un unicornio de madera y un jarrón de porcelana—. Yo diría que cuesta unos cuantos años de cárcel.

El receptador no tardó en ofrecerse voluntario para colaborar en cuanto vio la que se le venía encima. Un mes más tarde, la banda de asaltantes a domicilio, puesta bajo vigilancia, se mostró muy sorprendida cuando accedió a la vivienda que llevaban controlando un par de semanas y se encontró con un equipo de los GEOS, perfectamente identificados, apostados y pertrechados, que los recibieron con los brazos abiertos y las armas preparadas.

Desde aquel día el comisario sufría una pertinaz amnesia que le impedía recordar de quién era el mérito.

 

—No lo creo, señor —respondió Herrero tras meditar la pregunta un instante. A punto estuvo de contestar afirmativamente y tener en ascuas a su superior durante unos días, pero algo le decía que no era una buena idea—. Más bien parece un caso aislado. Quien haya hecho este trabajo venía con una idea clara. En la casa había objetos de gran valor y obras de arte. Da la impresión de que no se han llevado nada. Todo está en orden.

—¿Diría usted que se trata de un robo?

Herrero se había quedado callado al otro lado de la línea. Sabía que lo que contestase serviría al comisario para dar cuentas a quien fuera que lo estuviera apretando. De acertar, Herrero no ganaría nada, pero si fallaba, su superior no dudaría en achacarle la culpa.

—Es precipitado aventurar nada aún señor. No tenemos…

—Corte el rollo, Herrero, que no está hablando con la prensa. Dígame sí o no.

—Yo diría que sí. Es sólo una corazonada. No me da que sea obra de un psicópata, sería un trabajo demasiado difícil. ¿Un ajuste de cuentas después de tanto tiempo? No parece probable. Aún no hemos encontrado ningún heredero o testamento. ¿Alguien de su entorno? Demasiado profesional.

—Descartamos una banda organizada y partimos de la hipótesis de que se trata de un robo, ¿correcto?

—Creo que aún no se puede descartar nada, pero me inclino a pensar que ha sido un solo asesino profesional con un encargo muy concreto. Las torturas serían para hacer hablar al viejo.

—¿Cree que lograron hacerle hablar?

Herrero pensó en los despojos tirados sobre la mesa. La expresión de agonía. Las terribles mutilaciones. Horas a merced de un despiadado asesino.

—No creo que haya nadie capaz de soportar lo que le han hecho al pobre diablo. Cualquiera vendería a su madre con tal de que lo mataran de una vez.

—Muy bien —contestó satisfecho el comisario, que ya tenía algo que presentar —. Una última cosa. ¿El juez ha decretado secreto de sumario?

—Así es. El caso lo lleva la jueza de instrucción seis.

—De acuerdo. Entonces ya sabe. Discreción. Que no pase como otras veces. Si necesita más personal para que le ayude pídaselo a Zapiola y pónganse a trabajar. Este caso es de…

«… la máxima importancia», terminó para sus adentros Herrero. Discreción. Pero ¡si el más peligroso era, precisamente, el propio comisario, que en cuanto tenía algo no perdía tiempo en airearlo a los cuatro vientos! Desde hacía tiempo Herrero había decidido ofrecer a su superior información que no fuese crítica.

Consideró por un momento la posibilidad de aceptar el ofrecimiento y pedir al subcomisario Ernesto Zapiola más hombres, pero finalmente lo descartó. En otras ocasiones lo había hecho, con no muy buenos resultados. Los agentes escogidos tardaban, como era lógico, en hacerse con la situación y en algo urgente molestaban más de lo que ayudaban.

 

Pasadas las diez de la mañana sobre el secante de la mesa de Herrero, se acumulaban multitud de triángulos isósceles, escalenos y equiláteros de papel. En tres días no habían avanzado nada. La autopsia reflejaba que el óbito se había producido sobre las seis de la mañana del viernes, producido por una parada cardiorrespiratoria en un organismo totalmente agotado. El informe pericial, transcrito con todo tipo de detalles y fotografías, enterrado bajo la montaña de recortes de papel, ocupaba treinta y dos folios.

Además de la extensa y minuciosa descripción de las numerosas heridas, lo que más llamaba la atención era la alta concentración de noradrenalina en el organismo del anciano. Como Herrero sabía tras largos años en la profesión, ese neurotransmisor inunda el cuerpo en casos extremos de estrés, alarma o pánico, sin duda como los padecidos por Tsaldharis.

La toma de huellas no había aportado nada. Se habían encontrado impresiones dactilares a cientos por toda la casa, pero casi todas pertenecían al personal y Herrero dudaba de que las que faltaban por identificar arrojaran alguna luz. Visto lo visto, el asesino no podía ser tan chapucero como para olvidarse de usar guantes. No aparecían huellas de pisadas, manchas, restos orgánicos o cualquier otra pista. Habían interrogado al pasante inglés y a la servidumbre. Si aquellos asustados empleados habían conspirado para cargarse a su jefe, el inspector se metía a monja.

De las vías de investigación abiertas, la más prometedora parecía ser la de la empresa de alarmas. El propietario de la mansión había mandado cambiar todo el sistema unos meses antes. Uno de los técnicos que había trabajado en la nueva instalación llevaba sin aparecer por el taller desde hacía un par de días. Sus padres no tenían idea de dónde podía estar su hijo, algo que no parecía preocuparlos demasiado.

En la ficha policial el desaparecido técnico tenía antecedentes por pequeños trapicheos con hachís y marihuana, un par de peleas en bares y por hurto de un bolso en un autobús. La ficha era antigua y el chico parecía haberse reformado desde hacía años, pero aun así Herrero había mandado buscarlo bajo las piedras si hacía falta. Su fotografía estaba en los tablones de la comisaría y repartida por todos los coches patrulla.

Herrero, a pesar de la presión a la que estaba sometido, sabía que tocaba esperar. Aunque los de la científica no habían aportado nada, Dos Anjos le había prometido revisarlo todo. Tampoco la autopsia arrojaba ningún indicio. No se había encontrado ningún familiar de la víctima. El pasante del griego aseguraba que su cliente no había sido robado y Herrero estaba dispuesto a creer que el hombre era honesto.

El inspector jefe sabía por experiencia que, cuando el caso se encuentra en un callejón sin salida, de nada vale ofuscarse. Siempre resulta mejor esperar.

—Inspector. Creo que hemos encontrado algo —dijo el subinspector Ponte entrando en el despacho.

 

GINEBRA. NOVIEMBRE DE 2003

—Señorita ¿creen que me podrán atender hoy? —preguntó irritado Ludwig a la agente que ocupaba el mostrador de la comisaría—. Es posible que no lo crea, pero tengo otras cosas que hacer, además de perder el tiempo viendo pasear a sus compañeros arriba y abajo.

—Lo lamento pero tendrá que esperar.

La policía contestó mecánicamente sin ni siquiera mirarlo. Era una enorme veterana, acostumbrada a torear todo tipo de situaciones. No iba a ser un prepotente y maleducado doctor quien la intimidara.

—Sucede que llevo haciendo eso mismo veinte minutos.

La mujer se encogió de hombros y, sin contestar, continuó con su guerra particular contra una grapa torcida que sujetaba un legajo.

Ludwig, rabioso por aquel trato indiferente al que no estaba acostumbrado, volvió a exigir una vez más la inmediata presencia de un superior. La policía, impasible, cogió el teléfono, marcó una línea interna y, tras comunicar apáticamente la petición de Ludwig, colgó el aparato diciendo que en ese momento su superior no estaba disponible y que debería seguir esperando.

Apretando los puños y las mandíbulas, Ludwig se sentó en la sala de espera. Sabía que la policía no había llegado a hablar con nadie, pues su fino oído había captado el timbre del aparato descolgado durante la supuesta conversación. Se sentía insultado y de buena gana se hubiese marchado de no ser por la citación en la que se le comunicaba que, habiendo hecho caso omiso a las dos anteriores para presentarse a prestar declaración, caso de no hacerlo de nuevo, sería detenido.

Estaba convencido de que la espera a la que lo estaban sometiendo en parte era por venganza y en parte para ponerlo nervioso antes de la toma de declaración.

Tratando de serenarse, prometiéndose que ya ajustaría cuentas con aquellos indeseables, cogió una revista en la que con complicados gráficos se daba cuenta de la importantísima labor ejercida por la policía en la ciudad. Estadísticas sobre denuncias por infracciones de tráfico se mezclaban con otras de alcoholemias. Memorias acerca de los delitos cometidos contra la propiedad que, de creer lo reflejado en aquellos esquemas coloreados, eran solventados en una proporción milagrosa.

«A ver si sois capaces de coger a los hijos de puta que me han destrozado la casa», pensó sin acordarse para nada de la desdichada empleada del hogar que había perdido la vida.

—¿Señor Dreifuss? —le dijo la policía señalándole con un gesto una puerta—. Ya puede pasar. Lo están esperando.

—¿Doctor Dreifuss? —preguntó esta vez un tipo nervioso, sentado frente a la pantalla de un ordenador—. Soy el instructor Thévenet. Lamento que haya tenido que esperar, pero hoy andamos un poco saturados de trabajo.

«Seguro que lo lamentas», pensó Dreifuss mientras simulaba no ver la mano que le tendía.

Sin hacer caso de su descortesía, el policía se ajustó las gafas con montura metálica plateada sobre el puente de la nariz y comenzó a teclear. Sin apartar la mirada del monitor solicitó el pasaporte o el carné de conducir a Ludwig y se dispuso a transcribir sus datos.

Durante el rato que permanecieron en silencio, cumplimentando el instructor los trámites previos a la denuncia, Ludwig se volvió a plantear, una vez más, la posibilidad de comentar con el agente el asunto que lo tenía preocupado desde el día anterior.

El lunes, al llegar a su despacho, antes de que lo hiciera ningún otro empleado, se sentó en su cómoda butaca frente al escritorio, con la intención de relajarse un poco. Tres noches en un hotel con ocasionales llamadas de la policía, que, sin facilitarle información, le hacía diversas preguntas, habían logrado minar su ánimo.

 

Balanceándose en la butaca, de pronto un detalle llamó su atención. En el bote de cuero repujado, regalo de su exmujer en un viaje que hicieron juntos a la India —de eso parecían haber pasado miles de años— Ludwig depositaba plumas, rotuladores de colores y un portaminas con el que solía tomar notas.

Desde que se pinchara con el extremo del portaminas, había adoptado la costumbre de colocarlo con la punta hacia abajo, descansando en el fieltro verde que forraba el interior del cubilete. Ahora el portaminas estaba del revés y su agresivo extremo punzante desafiaba la mirada de Ludwig.

Por unos instantes permaneció mirando el lapicero sin hacer una interpretación del hecho. Poco a poco una idea fue germinando en su mente. Su secretaria había tenido la osadía de profanar su sancta sanctorum. La sangre se amontonaba en su rostro y se disponía a levantarse del sillón para encararse con la intrusa cuando cayó en la cuenta de que, dadas las horas, aún no habría llegado a trabajar.

Tampoco podía haberlo hecho durante el fin de semana, pues él fue el último en abandonar la planta el jueves a la tarde, último día de la semana que trabajaba normalmente, ya que los viernes los dedicaba a estudiar y ponerse al día. El despacho permanecía cerrado y el personal de limpieza carecía de llaves, siendo lo habitual que hiciesen la limpieza al mediodía, bajo la supervisión de su secretaria, mientras él almorzaba.

Por un momento la duda trató de abrirse paso en su organizado cerebro, pero no pasó de ahí. Aquello no era un desliz del propio Ludwig. Alguien había accedido a su despacho y movido el portaminas.

Desconcertado, echó un vistazo al resto de la habitación. Todo parecía estar como él lo había dejado. Se acercó al armario donde guardaba su ropa. Todo en orden: las camisas, el otro traje, la ropa para entrenar, los zapatos, su colección de corbatas. Cerró el armario y revisó el otro armario, donde guardaba su instrumental de trabajo. También parecía estar en orden.

Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron.

—Buenos días, doctor. Le traigo los informes que me solicitó. Le dejo éstos para su firma. A las diez tiene una timpanoplastia.

La enfermera se marchó sin aguardar contestación. La mente analítica del otorrino se puso en marcha y dejando a un lado sus sospechas, que atribuyó a los hechos sucedidos y la falta de descanso, se centró en su trabajo.

La rutinaria intervención se complicó más de lo esperado. La pericia de Ludwig se encontraba mermada y nadie en toda la sala de operaciones dejó de darse cuenta. Por fortuna la segunda operación que debía realizar aquel día se había suspendido a causa de una inoportuna fiebre del paciente, que, a juicio del anestesista, suponía riesgos innecesarios.

En otra ocasión Ludwig hubiese presionado para llevar a cabo la intervención. Aquella vez no. Al mediodía fue a almorzar con un compañero oftalmólogo, que, como siempre que se juntaban para comer, una vez al mes normalmente, insistía para que Ludwig se operase de la vista. La tarde fue un incesante ir y venir de pacientes. Su trabajo se reducía a examinar el estado de éstos, que, previamente, ya habían pasado por las manos y el equipo de sus ayudantes.

Sólo cuando se marchó todo el personal retornó la calma. Sentado frente a la mesa del despacho volvió a mirar interrogativamente el portaminas. A lo largo de la jornada se había intentado convencer de que aquello no tenía ninguna importancia. Él mismo, sin darse cuenta, habría colocado el lapicero en esa posición. Quizá se le había caído y su secretaria lo había vuelto a poner en su sitio.

Algo en su interior le decía que no era así. Volvió a examinar el despacho. Limpio, ordenado, cada cosa en su sitio… menos aquel portaminas, que ya lo empezaba a obsesionar. Seguro que no le hubiese dado tanta importancia al hecho de no haber sido por lo ocurrido en su domicilio.

—Buenas tardes, doctor Dreifuss —lo saludó el empleado de recepción cuando el médico salía del hospital con intención de cenar algo en la cafetería de la esquina—. ¿Funciona ya la instalación de aire acondicionado?

Ludwig, que apenas había respondido al saludo del recepcionista, se paró y preguntó:

—¿Cómo dice?

—Le preguntaba si ya funciona el aire acondicionado de su despacho, doctor Dreifuss.

—¿Por qué no habría de funcionar?

—Bueno, creo que tenía algún problema —contestó un tanto confuso el recepcionista—. Los de mantenimiento tuvieron que entrar el viernes de madrugada en su despacho para repararlo.

Aquello alertó a Ludwig, pero fue lo único que sacó en claro. Al parecer la noche en cuestión, sobre las tres de la mañana, dos trabajadores a los que no conocía el conserje, pidieron la llave de su despacho para reparar la ventilación. Le mostraron el parte interno con la firma falsificada de Ludwig y el empleado les facilitó la entrada.

—Espero no haber hecho nada mal —se alarmó el recepcionista—. Me aseguraron que era muy urgente. Decían algo de unos cultivos que podían estropearse por la temperatura.

El médico lo tranquilizó, afirmando que, efectivamente, el aire acondicionado no funcionaba correctamente y que él había dado la orden para repararlo, olvidándose después del asunto. Lo que menos quería el otorrino era que se extendiera por el hospital la noticia de que unos desconocidos habían entrado en su despacho quién sabe con qué intenciones.

—Disculpe, señor Dreifuss —oyó preguntar a una voz—. ¿Se encuentra bien?

Era el policía, que ya había terminado de rellenar la denuncia con sus datos personales y empezaba con las preguntas. Ludwig decidió no mencionar el allanamiento de su despacho.

—Sí, sí. Por supuesto. Disculpe, estaba pensando.

—No se preocupe —contestó amablemente el policía—. Si le parece, para no hacerle perder más tiempo, le haré unas preguntas. Por cierto, me ha pedido el teniente Klee que le comente que ya hemos hablado con la señorita Haskil. Confirma todo lo que usted nos explicó. No es que fuese usted sospechoso pero, como comprenderá, tenemos que comprobarlo todo.

Ludwig, que en un primer momento se quedó en blanco al escuchar aquel desconocido apellido, hizo un gesto vago con la mano. Así que Madeleine se apellidaba Haskil. Pues muy bien. No tenía ningún interés en volver a encontrarse con la señorita Haskil.

Durante cerca de dos horas estuvo sentado en el estrecho despacho policial respondiendo a las recurrentes preguntas del instructor.

—¿Está usted seguro de que no sospechan de mí? —dijo apretando los puños por debajo de la mesa—. ¡Es la quinta vez que me pregunta si tengo alguna idea de quién ha entrado en mi casa y por quinta vez le respondo que no!

—Tengo entendido —repuso el policía sin inmutarse por el exabrupto del doctor — que no hace demasiado se ha separado usted de su mujer de una manera, digamos, poco amistosa.

—¿Y qué tiene eso que ver? —contestó Ludwig tratando de contenerse—. ¿Insinúa usted que mi exmujer ha entrado en mi casa forzando la puerta de entrada, ha asesinado a la mujer de la limpieza y después lo ha desordenado todo para llevarse unas medias olvidadas?

 

Cuando Ludwig salió de la comisaría su rostro habitualmente pálido se mostraba congestionado y una vena serpenteante se le marcaba en la frente.

Fuera del insulso edificio se detuvo para tomar aire. A su alrededor el tráfico del mediodía dificultaba el tránsito. Los dóciles conductores ginebrinos aguantaban estoicamente que el semáforo se pusiera en verde para avanzar otra docena de metros.

Era un día soleado aunque frío. La luz invitaba a pasear y Ludwig, que había acudido en taxi, pues por aquella zona el estacionamiento era bastante escaso, se encaminó meditabundo hacia el hospital. Aún no podía regresar a su domicilio, la policía debía acabar de tomar huellas, fotos y esas cosas a las que se dedicaban.

Por el camino Ludwig trataba de encontrar algún sentido a lo que estaba sucediendo. En lo único que la policía se mostraba firme era en no considerar a los intrusos como unos ladrones chapuceros. Estaban convencidos de que habían ido allí con algún propósito muy concreto para buscar algo que esperaban encontrar en su domicilio. Fuera de eso, carecían de cualquier sospecha y Ludwig dudaba que llegaran a encontrar algo más.

Lo que no sabía la policía era que los allanadores también habían visitado su despacho para continuar la búsqueda, presumiblemente con el mismo resultado, pues Ludwig estaba convencido de no tener nada que pudieran desear.

Se acercó a la orilla del lago. Apenas era consciente, sumido en sus pensamientos, de la gente que se cruzaba por el camino. Jóvenes en patines con la cintura de los pantalones muy por debajo de la cadera, camisetas de manga larga y chalecos acolchados de plumas. Unos con melenas, otros con el pelo al cero y la cabeza cubierta con una gorra del revés. Algunos con una barbita recortada o largas patillas. Todos con auriculares en los oídos para aislarse del mundo que los rodeaba.

También coincidía con parejas de enamorados y parejas de ancianos que aprovechaban las escasas horas de sol para calentar sus viejos huesos, bien abrigados con bufandas, sombreros y abrigos. Ejecutivos con maletín en una mano y el móvil en la otra avanzaban muy deprisa mostrando, a quien estuviera interesado, la importancia de su trabajo, inmaculados en sus trajes y peinados engominados.

Una hora más tarde entraba en el hospital. Devolvió el saludo de la recepcionista y se acercó al ascensor para el personal.

—Buenas tardes, doctor —le saludó la secretaria en cuanto entró—. Ha llamado el teniente Klee hace media hora. Me ha pedido que lo llame en cuanto llegue. Dice que es urgente.

Ludwig se metió en el despacho y cerró la puerta ignorando la mirada de curiosidad de la secretaria. ¿Qué querría ahora la policía? ¿Habrían encontrado algo?

—Buenas tardes, doctor Dreifuss —lo saludó el teniente cuando al fin se puso al teléfono, tras varios minutos de pasarse unos a otros la llamada, con el consiguiente aderezo de una infernal versión de El lago de los cisnes—. Soy el teniente Klee.

—¿Qué desea, teniente? —contestó Ludwig—. Acabo de salir de su comisaría. ¿Es que han encontrado algo nuevo?

—Bueno. Ha sucedido algo —contestó evasivo el policía—. Pero sería conveniente que se acercara usted por aquí. Sé que para usted supone una molestia, pero créame que es importante. Si tiene algún problema para venir, no tengo inconveniente en mandarle un coche camuflado. ¿Qué le parece?

Al médico le parecía espantoso. Lo único que le faltaba era que el personal del hospital lo viera subirse a un coche de la policía, reconocible por muy camuflado que fuese. Los rumores ya se habían desatado, sin duda gracias a la señorita Haskil. No era necesario que añadiera más madera.

—No, déjelo —dijo al policía—. En quince minutos estoy allí.

A bordo de su Porche se dirigió a la comisaría, donde aparcó en el reservado. Si tanto interés tenían en verlo, lo menos que podían hacer era permitirle aparcar allí.

—¿Qué sucede, teniente? —preguntó cuando le pasaron al despacho.

Klee, sentado tras una aséptica mesa de formica llena de papeles y la pantalla de un ordenador, le ofreció asiento, indicándole con un gesto que en un minuto estaba con él, mientras escuchaba lo que alguien le decía por el teléfono. Cuando se despidió, colgó y, juntando las manos encima de la mesa, miró al médico.

—Siento molestarlo de nuevo, señor Dreifuss. He recibido una llamada desde España. ¿Conoce usted a un tal Nikolaos Tsaldharis?

—No había oído ese nombre en mi vida —contestó Ludwig. Notaba cómo se volvía a irritar por el misterio que envolvía al policía—. ¿Se supone que lo tendría que conocer? ¿Qué tiene que ver con el allanamiento de mi domicilio?

—Quizá nada —contestó sin inmutarse el teniente—. La madre de usted se llamaba Ruth Tsaldharis, ¿no es cierto?

Ludwig se quedó callado. No había relacionado aquel apellido con el de su madre de soltera.

—¿Sabía usted que su madre tenía un hermano en España? —volvió a preguntar el teniente.

—No, no tenía ni idea —contestó extrañado Ludwig—. Que yo sepa, mi madre era hija única. Tiene que tratarse de otra persona.

—No, lo hemos comprobado. Eran hermanos.

—Bien, ¿y qué? Tengo un tío en España que mi madre me había ocultado. ¿Qué tiene que ver esto con lo de mi casa?

—Tenía un tío en España —dijo el teniente sin apartar la mirada—. Ha muerto. Lo han torturado y asesinado en su mansión de Madrid la misma noche en que entraron en casa de usted y mataron a su empleada. Parece ser que es usted su único heredero.

 

BAYT SAHUR, ISRAEL. NOVIEMBRE DE 2003

¡Ay de ti, ciudad que provocas la ira! Y eso que fuiste ya rescatada, oh paloma estúpida…

Menasés leía con voz monocorde el libro de Sofonías donde se predecía la destrucción de Jerusalén por la ira de Yahvé a causa de la corrupción de sus costumbres. Aquella mañana se había despertado en el sillón con la ropa arrugada y la boca seca. Había lamentado no haber hecho uso de la cama. Últimamente no estaba tan sobrado de energías como para poder prescindir de un buen descanso nocturno.

En el suelo, donde cayó al quedarse dormido, había quedado el amenazante anónimo. Sin prestarle más atención, Menasés había hecho una bola con él y lo había tirado a la basura. La misiva era tan poco original como todas las anteriores. Mal escrito, en mayúsculas, decía escuetamente: Perro judío. Lamentarás no haber muerto en los campos como el resto de los de tu camada.

Ahora, mientras dirigía el rezo de la mañana en su sinagoga, Menasés sentía un dolor en el cuello y en la espalda que rivalizaba con el de la pierna.

… yo he exterminado las naciones enemigas y han quedado arrasadas sus fortalezas: he dejado desiertas sus calles y no pasa alma por ellas; sus ciudades han quedado desoladas, hasta que no ha quedado hombre ni habitante alguno…

Cuando escuchó de labios del rabino Isaac este fragmento en Dachau, se había rebelado contra la fe de su mentor. ¿Dónde estaba ese Dios, amante y defensor de su pueblo? ¿Dónde, el castigo divino para aquellos que exterminaban a los hijos de Abraham?

Isaac no había respondido al joven Menasés. Éste había pensado que su maestro carecía de respuestas para tales preguntas. Con el paso del tiempo empezó a dudar de si ése era de verdad el motivo por el que el rabino continuó con la lectura sin contestar.

Una vez terminado el acto religioso, Menasés recogió el libro y lo guardó junto al resto. Los asistentes más jóvenes aguardaban a que los mayores salieran del templo antes de comenzar sus estudios.

Hasta el mediodía Menasés estudió con sus alumnos el Shemot, el Éxodo, como es conocido entre los gentiles, que cuenta las andanzas del pueblo judío cuando, dirigido por Moisés, escapó del faraón de Egipto tras las diez plagas, la larga travesía por el desierto hasta llegar al monte Sinaí, más allá del cual los aguardaba la tierra prometida.

Como de costumbre lo que más llamó la atención a sus alumnos fue el paso del mar Rojo, cuando Moisés, invocando al dios hebreo, consiguió que las aguas se separaran y permitieran a los judíos cruzarlo, para volverse a cerrar sobre el ejército egipcio, que los perseguía.

Menasés no podía dejar de ver las caras de satisfacción de sus alumnos cuando, tras afligirse por la esclavitud de sus ancestros, la venganza del Señor alcanzaba y destruía a sus verdugos. Él mismo, cuando estudió al lado de Isaac esos pasajes, había reclamado, con el corazón inflamado, la misma suerte para sus nuevos opresores. Ni siquiera Isaac lograba evitar que en sus ojos se leyera el ansia de venganza, del ojo por ojo, a pesar de sus esfuerzos para que su discípulo no lo notase.

Pero el Innombrable debía de estar muy ocupado cuando lo de los alemanes. Tan sólo al final había mandado una plaga compuesta de americanos, rusos, franceses e ingleses, que ni siquiera consiguió destruir a aquellos miserables asesinos.

Al mediodía, Menasés despidió a los alumnos para que fueran a casa a comer y él se encaminó a un pequeño y decrépito restaurante donde solía almorzar. Sentado a una mesa al final del restaurante, Menasés aguardó pacientemente a que el propietario del local, que atendía él solo a toda la clientela mientras su mujer se ocupaba de la cocina, tuviera tiempo y fuera a ofrecerle el menú.

Las mesas restantes estaban ocupadas de igual manera por personas solitarias, casi todas de edad avanzada, en cuyos rostros inexpresivos se podían ver las secuelas de una vida triste e insignificante.

Ben, el propietario del restaurante, se acercó con una jarra de barro que contenía un poco de vino tinto. Con la frente y las axilas de la camisa sudados, se aprestó a tomar nota. No había demasiada oferta, pero la comida solía ser generosa, rica y, lo que era más importante, económica. Una vez apuntado el menú escogido, se recolocó el lapicero en la oreja, arrancó la hoja de la libreta y se metió ésta en el bolsillo del delantal.

Sobre la mesa, además de la jarra, un vaso, un trozo de pan, los cubiertos envueltos en una servilleta de papel y un plato al que se le habían ido los colores de tanto fregoteo, el rabino tenía un periódico que ojeaba sin prestar atención.

La primera página estaba dedicada al problema palestino y a unas declaraciones del primer ministro, Ariel Sharon, prometiendo mayor dureza contra los que ponían en peligro la nación. A Menasés semejante personaje lo llenaba de vergüenza. Le parecía mentira que, después de los sufrimientos padecidos en un pasado cercano, no se hubiese aprendido la lección y el perseguido se rebajase a ejercer el papel de perseguidor.

Tras pasar las páginas de política y las de sucesos, miró lo que había ocurrido por el mundo, lejos de las fronteras que años atrás se había autoimpuesto, justo en el momento en el que Ben llegaba con un desbordante plato de sopa muy caliente a juzgar por la cantidad de vapor que desprendía.

Un tren descarrilado, incendios, guerras. El presidente Bush que se comportaba como si fuera un faraón…

Asqueado y apenado por tantas desgracias, y para no amargar la sopa que estaba a punto de empezar a tomar, pasó la hoja.

Nunca llegó a saborearla. Con la cuchara a medio camino de la boca, su rostro perdió el color, el corazón pareció detenerse para empezar a galopar, la musculatura de la espalda, que en un primer momento se había contraído, cedió, doblándose como si cien kilos o veinte años le hubiesen caído encima.

Menasés leía una y otra vez la pequeña columna escondida en una esquina de la página, esperando que una nueva lectura le indicara que estaba equivocado, que había sido un error y que en realidad ponía algo muy diferente a lo que él había entendido. Pero por más que releía el artículo, éste seguía diciendo lo mismo:

… encontrado asesinado en su mansión de la capital de España. Según fuentes de la policía la víctima presentaba indicios de extrema violencia por todo el cuerpo. Nikolaos Tsaldharis, de setenta y tres años de edad, era un multimillonario armador de barcos de origen griego, afincado en España desde su retiro del mundo de los negocios. Tsaldharis había recibido numerosos encargos de Israel para renovar su flota naval, llegando a ser amigo personal del ex

primer ministro Benjamín Netanyahu. La policía española carece por el momento de cualquier pista que conduzca a la detención…

Con un suspiro dejó el periódico sobre la mesa. Miraba por la sucia ventana del bar sin ver. Su mente viajaba muy lejos en el espacio y en el tiempo. Un estanque por el que paseaban parejas de enamorados, jubilados ociosos, madres que empujaban carritos en los que viajaban infantes arrebujados en mantas y colchas. Niños más mayores jugando sobre la hierba…

Cogido del brazo por su preceptor, Simon Wiesenthal, que le felicitaba por la exitosa operación en la que habían capturado a Adolf Eichmann, los dos paseaban por la orilla despacio sin rumbo fijo. Menasés apenas hablaba, dejando el peso de la conversación a su compañero. Su intuición le decía que Simon estaba haciendo tiempo para tratar el verdadero motivo que le había llevado a citarlo. Ahora que Eichmann había desaparecido, Menasés no tenía una misión especial y esa reunión en apariencia informal bien pudiera ser un nuevo encargo.

Pero no estaba preparado para escuchar lo que Simon le dijo cuando finalmente se detuvo a mirar los botes que se deslizaban por la superficie del estanque. Necesitó mucho tiempo para convencerse de que su amigo hablaba en serio y que no se había vuelto loco. A partir de aquel día, el tiempo que permaneció en la organización que Simon comandaba lo empleó en llevar a cabo la esquiva misión que éste le encargó ese día en el parque.

Cuando Menasés abandonó definitivamente Austria, dejó atrás casi todo lo relacionado con el Centro de Documentación Judía y tan sólo en un par de ocasiones volvió a ver a Simon. Lo único que se llevó consigo fue una manoseada carpeta de cartón no muy gruesa, en cuya portada, escrito con un rotulador negro, se podía leer una única palabra: Bifrost.

Desde entonces, pacientemente y sin contar con los medios de los que disponía la asociación abandonada, la carpeta había ido engordando con informes, recortes de periódico, trozos de papel garrapateados, alguna fotografía.

Menasés, absorto, no oyó a Ben, que le preguntaba si la sopa no estaba buena. Se esforzaba por recordar cuándo fue la última vez que había examinado el contenido de la carpeta, de cuya existencia solamente él tenía conocimiento y que permanecía escondida dentro del desvencijado colchón en el que dormía, envuelta en una bolsa de plástico.

Posiblemente había sido un año y medio antes. Cuando introdujo en ella un recorte de una revista especializada en música que Menasés se agenciaba con escrupulosa puntualidad, en la que se daba cuenta del robo de una viola fabricada en 1701, conservada como una obra de arte, ya que McDonald, como se conocía, era la mejor viola que había salido del taller del maestro Stradivarius.

Durante el siguiente año no hubo más noticias y Menasés quiso creer que sus enemigos, dada su avanzada edad, habrían muerto o desistido en su empeño. Por eso, cuando catorce meses más tarde el renombrado violonchelista español Xavier Puig sufrió un intento de robo en su domicilio, en el que el ladrón había tenido que abandonar en su huida el chelo que pretendía sustraer, Menasés se negó a aceptar la posibilidad de que tuviera relación.

Pero ahora no podía hacer caso omiso a la alarmante noticia del magnate griego asesinado.

Como en trance, Menasés abandonó el restaurante, sin probar su comida, sin abonarla y sin contestar a las preguntas del propietario ni a los saludos de los demás comensales. Se dirigió a su casa y rebuscó en el colchón. Junto con la ya abultada carpeta de cartón, originalmente de un color amarillo, extrajo de entre lo muelles un cilindro de celofán. En él estaban enrollados una considerable cantidad de billetes de cien dólares americanos.

No necesitó mucho tiempo para recoger la casa y poner en orden sus cosas en la sinagoga. Cuando la abandonó y cerró la puerta no sintió nada. La fatalidad aligeró la despedida. Sólo cuando pasó por casa de Sara y le explicó lo que tenía que hacer, las silenciosas lágrimas de ésta alcanzaron su corazón.

 

Menasés, sentado en la sala de espera del aeropuerto Charles de Gaulle, recitaba sus oraciones sin perder de vista la pantalla donde a cada momento cambiaban las salidas y llegadas de aviones. Miércoles cinco de noviembre, señalaba la cabecera y debajo una interminable lista de vuelos.

—… pasajeros con destino a Madrid, puerta ocho…

Menasés, como otros de los que pacientemente aguardaban, se levantó y se encaminó hacia el lugar de embarque. No reparó en un hombre de treinta y tantos que al oír el aviso había cerrado una revista de medicina, la había guardado en una costosa cartera de cuero y había seguido su misma dirección.

El rabino esperó a que le llegase el turno, detrás de una mujer que viajaba con un niño y una pareja de chavales que se hacían bromas, nerviosos sin duda por su primer viaje en avión. Por el contrario Ludwig Dreifuss, con su cartera de cuero y una maleta Samsonite de ruedas, pasó por la puerta VIP y subió sin demora a la zona de primera clase del aparato.

El caprichoso destino quiso que esa primera vez que coincidían no se fijaran el uno en el otro.

 

Eran las nueve de la mañana cuando el imponente Mercedes negro con ventanillas oscurecidas se detuvo frente a la entrada del aeropuerto. Del asiento del conductor se bajó un hombre muy rubio, de pelo corto, con un caro traje negro, camisa azul y corbata azul marino con unas finas rayas grises. La ropa hecha a medida disimulaba eficazmente el musculoso y elástico cuerpo del guardaespaldas, así como la sobaquera que llevaba bajo el brazo derecho, de la que pendía una automática marca Steyr modelo M-9, de fabricación austriaca, con cargador para quince balas Remington Golden-Saber, nueve milímetros, de punta expansiva.

El rubio, tras echar un vistazo a los alrededores a través de sus Ray-Ban polarizadas con montura de pasta y no metálica como manda el manual del buen guardaespaldas, abrió la puerta trasera del otro lado y ayudó a bajar al anciano.

Pawlak, apoyándose en el marco, se irguió en toda su estatura. Debido a la edad, medía unos centímetros menos que en otros tiempos, pero aún tenía una figura formidable, y se encaminó hacia las puertas dobles del edificio.

Una pareja de policías que vigilaba la zona llamó la atención al rubio por haber dejado estacionado el Mercedes en un lugar prohibido, pero éste se limitó a hacer un gesto hacia el vehículo. Los policías vieron a través del parabrisas una tarjeta plastificada en el salpicadero que les hizo retroceder. Con un gesto pidieron disculpas al impasible guardaespaldas, que, ignorándolos, caminaba un paso por detrás del anciano, barriendo con la mirada todo el entorno.

Pawlak, ajeno a todo esto, alcanzó las puertas, que se abrieron silenciosamente al detectar su presencia. En el recibidor se detuvo y examinó los paneles informativos: partidas, llegadas, información, lavabos, oficinas…

Consigna. Allí estaba lo que buscaba. Girando en la dirección que indicaba la flecha, el anciano recorrió doscientos metros antes de llegar a una sala de taquillas metálicas. En la mano había ido apretando una pequeña llave de seguridad que llevaba grabado un número de serie.

Incapaz de distinguir las numeraciones sin acercarse a menos de medio metro, levantó la mano en la que sostenía la llave sin mirar atrás. Al instante, el rubio tomó la llave, miró el número y buscó entre la serie de filas. Rápidamente dio con la taquilla e introdujo la llave, la giró, abrió ligeramente la portezuela y echó un vistazo, por seguridad, al interior. Una vez satisfecho, terminó de abrirla y se apartó a un lado. Pawlak avanzó los dos pasos que lo separaban de la taquilla y sacó de ésta un maletín metálico con cerradura de secuencia numérica.

 

Aquella mañana su mayordomo le había traído en la bandeja del desayuno un pequeño sobre con su nombre. Por remite sólo llevaba un extraño dibujo que parecía hecho al azar y que el anciano reconoció como la runa de la vida, símbolo del Instituto Ahnenerbe.

Dentro del sobre sólo había una llave. El lugar al que pertenecía ésta le había llegado por medio de una página web encriptada como era costumbre.

Ahora Pawlak dio vueltas con dificultad a las ruedecitas de la cerradura hasta colocar la secuencia que había memorizado. Con un chasquido, hizo saltar los pestillos y levantó la tapa. Dentro, un viejo estuche de violín estaba rodeado de trozos de poliestireno expandido para protegerlo de los golpes. El anciano renunció a su primer impulso de abrir el estuche allí mismo para examinar el contenido y volvió a cerrar los pestillos girando las ruedecitas.

Con el maletín en la mano, Pawlak se encaminó a la salida del aeropuerto, seguido por el rubio. Al acercarse, el Mercedes emitió un bip, señal de que se había abierto, pero sin que se encendieran las luces intermitentes como era lo normal. El puntilloso guardaespaldas se había encargado de que desactivaran esa función por seguridad.

Acomodado en el asiento posterior del vehículo, Pawlak ancló la bandeja fijada al respaldo delantero y colocó el maletín encima, volvió a hacer rodar las ruedecillas hasta dar con la clave e hizo saltar los pestillos. Sacó el estuche y retiró el maletín dejándolo descuidadamente a su lado.

Antes de abrir el estuche le dio un par de vueltas entre las manos, examinándolo. Luego, sintiendo que se le aceleraba el corazón, lo abrió. En el interior un violín rojo, por el que Nikolaos Tsaldharis y otros habían perdido la vida, indiferente a la expectación que levantaba, descansaba sobre su cama de fieltro azul.

El anciano, con reverencia, sacó del estuche el conocido como el Diamante rojo y se lo acercó al rostro. Sí, allí estaba la cruz de Malta con las iniciales A. S. encerradas en un doble círculo y la inscripción Antonius Stradivarius Cremonensis / Faciebat Anno 1732.

Aquello no quería decir nada. Los instrumentos de cuerda de Stradivarius tenían el dudoso honor de ser de los objetos más falsificados a lo largo de los siglos. Burdas imitaciones portaban las mismas etiquetas y grabados que los originales.

Pero éste no era una falsificación. Como un padre que reconoce cada uno de los rasgos de un hijo, Pawlak iba identificando las singularidades del instrumento: una pequeña cicatriz en el mástil; las imperceptibles huellas de unas manos cuidadosas que, con el máximo cuidado, habían restaurado el instrumento cuando un aguacero se lo había llevado, dejándolo tirado en una playa; una muesca con forma de paréntesis en el filete; la triple línea de madera de chopo y peral paralela al borde de la tapa; una imperceptible marca hecha por un antiguo propietario, Sascha Jacobsen, en el tasto, la pieza de ébano pegada al mástil por donde corren las cuerdas y los dedos las presionan.

Aún permaneció un buen rato Pawlak examinando el violín. Sabía que aquél era el instrumento que buscaba pero, en su manía perfeccionista, necesitaba comprobar cada uno de los detalles antes de darse por satisfecho.

—Hermann, al laboratorio —dijo el anciano sin levantar la mirada de su juguete.

El rubio, que hasta ese momento había estado conduciendo sin rumbo fijo, abandonó la glorieta que estaban rodeando en la primera salida y encaminó el vehículo hacia la autovía.

Acomodado en la parte trasera, el anciano rememoró, como le sucedía cada vez que llegaba a sus manos un nuevo instrumento, el rostro de alguien muy cercano y, a la vez, extremadamente lejano.

Cuando el seis de junio de 1944, 152 000 soldados, entre americanos, británicos y canadienses, en 2500 barcos y auxiliados por 20 000 paracaidistas, tomaron las playas de Normandía, el atareado Pawlak, que por entonces aún no se había cambiado de apellido, ni se enteró de aquella conmoción histórica, enfrascado como estaba en sus investigaciones.

Sólo a finales de abril del año siguiente, al hacerse obvio que el fin de la guerra estaba a la vuelta de la esquina y con él las represalias de los ganadores, tomó la documentación falsa que le entregaron con el nombre de Alexander Pawlak y siguió a los hombres que habrían de sacarlo de Alemania.

Durante años, tras estar escondido en un convento italiano, vivió oculto en Olsztyn, una ciudad industrial del norte de Polonia, donde trabajó en un pequeño laboratorio farmacéutico. Sus conocimientos medios de química, en un territorio devastado por el conflicto bélico y necesitado de mano de obra hambrienta de medicinas con las que combatir las plagas que acompañan a toda guerra, fueron bien recibidos.

Poco a poco sus temores a las represalias fueron desapareciendo. Se compró una pequeña casa y se casó a sus cincuenta y cuatro años con una insípida mujer llamada Marja, hija del jefe del laboratorio en el que trabajaba. En los escasos encuentros nocturnos que mantuvo con ella, Marja concibió a una preciosa niña y no el varón que Pawlak anhelaba para que continuara la agotadora tarea que se había impuesto.

 

Borrando de su mente la imagen de su hija, Pawlak miró distraídamente por la ventanilla del automóvil el paisaje que rápidamente quedaba atrás.

Media hora más tarde, conduciendo a más de doscientos cincuenta kilómetros por hora y ajeno a los golpes de claxon que en ocasiones le daban los aterrorizados conductores a los que adelantaban, el Mercedes llegó a la verja de entrada de la alambrada que rodeaba una construcción de acero y cristal.

En su garita, un vigilante leía indolente un periódico. Al ver llegar el automóvil se puso en pie de un salto, se estiró las puntas de la chaqueta del uniforme y abrió las puertas dobles de entrada. Su saludo fue ignorado por los dos ocupantes del vehículo.

Hermann dejó el Mercedes pegado al moderno edificio. Mientras el guarda cerraba la verja, el escolta ayudó a su señor, abriéndole la puerta y cogiendo el estuche.

Seguido de Hermann, Pawlak entró en el edificio y avanzó hasta el ascensor sin hacer caso a los saludos que le dedicaba la recepcionista. El silencioso aparato los llevó hasta el tercer piso. Un largo pasillo, con dos puertas a la derecha y una frente a éstas, se encontraba custodiado por un trajeado esbirro que, de inmediato, viendo el estuche que transportaba el escolta, abrió la solitaria y pesada puerta de la izquierda.

—Señores, les traigo trabajo —dijo a modo de saludo el anciano, señalando el estuche que traía su guardaespaldas—. Éste es el Diamante rojo.

Uno de los dos técnicos de laboratorio, que en esos momentos se encontraba mirando las pantallas de un microscopio electrónico, se levantó de su taburete para recoger el maletín.

El laboratorio no era grande, pero estaba admirablemente bien dotado de los últimos adelantos en tecnología: sondas, videoendoscopios, un aparato de rayos X fluorescentes portátil, y otro de rayos ultravioletas, minicámaras, espectrógrafo de infrarrojos, un escáner y otros similares. También había sámplers, amplificadores, limitadores digitales, grabadoras, altavoces y una mesa de mezclas, además de camillas, mesas, recipientes de todos los tamaños, herramientas y sustancias químicas. Dos de las cuatro paredes quedaban cubiertas por enormes pantallas planas, gráficos y pizarras.

En el tabique que separaba la estancia con la contigua, se abría una gruesa puerta insonorizada que daba acceso a una sala anecoica, cuyos muros estaban recubiertos por diedros de espuma para absorber las ondas sonoras y eliminar las reverberaciones.

Esta sala permitía aislar el sonido de cada instrumento y registrar con exactitud en los ordenadores toda su escala de frecuencias. Allí los técnicos estudiaban las características acústicas y los diferentes sistemas de afinado.

La cuarta pared del laboratorio era de cristal blindado. Como una enorme vitrina, exhibía la colección de valiosísimos instrumentos que hasta ese momento había logrado reunir el anciano, guardados en óptimas condiciones de humedad, temperatura, presión y composición atmosférica.

El técnico, con el maletín en las manos, se acercó a una de las mesas de acero y lo dejó encima con precaución. Extrajo de su interior el estuche y, como ya había hecho entre tanto su compañero, se puso unos guantes blancos para abrirlo. Dentro descansaba el violín causante de la muerte de su último dueño.

Sacaron el instrumento y lo depositaron con exquisito cuidado sobre la superficie metálica. Mediante un mando unido a ésta por un cable enrollado, levantaron el tablero hasta colocarlo a una altura que les permitiera observarlo sin tener que agacharse.

—Si le parece, doctor Pawlak, empezaremos por hacerle una endoscopia y una tomografía —dijo el segundo de los técnicos, preparando el instrumental necesario.

—Lo dejo en sus manos —repuso el anciano, sin dejar de observar el cálido colorido del instrumento objeto de tanto interés.

Pawlak, tras un último vistazo, se giró y abandonó el laboratorio, encaminándose hacia el ascensor. Cuando se abrieron las puertas, apareció ante él el director de la fundación, el señor Koerner, que hasta ese momento no se había enterado de la presencia en la escuela de su jefe.

—Doctor Pawlak —lo saludó con una sonrisa ensayada—. Disculpe que no me haya presentado antes. Lamentablemente, no he sido avisado de su llegada hasta hace un instante.

—Buenas tardes, señor Koerner —respondió el anciano—. Espero no llegar demasiado tarde.

—En absoluto, no se preocupe, doctor. Sígame, por favor. Está todo preparado, comenzaremos enseguida.

Bajaron hasta el segundo piso, respetando Koerner el silencio de su jefe y sintiendo en su espalda la mirada acerada del guardaespaldas.

 

Franz Koerner, austriaco de nacimiento y amante de la más absoluta de las puntualidades, había proferido un exabrupto al recibir una llamada del rubio guardaespaldas para que retrasasen el comienzo de la clase, ya que el anciano mecenas quería estar presente. Pero era demasiado inteligente para poner en peligro su fabuloso sueldo, que doblaba el anterior, ya de por sí respetable, como director de una central de gas en una remota región de la antigua Unión Soviética.

En la escuela que Pawlak le había confiado para su dirección, estudiaban cincuenta alumnos, elegidos entre los más prometedores violinistas del mundo. Ninguno abonaba cantidad alguna. Aquel que era elegido para ingresar en la prestigiosa Escuela Superior de Violín Antonius Stradivarius recibía una espléndida beca, que incluía el internado en el mismo centro, los gastos pagados para que una vez al mes visitaran a su familia, aunque ésta viviera en la otra punta del planeta, y una educación integral, incluso con los estudios religiosos que sus progenitores estimaran oportunos.

Obtenían, además, la más sobresaliente formación musical que era posible conseguir. Pawlak no había escatimado en gastos. Los mejores maestros del mundo eran reclutados a golpe de talonario para la escuela, a pesar de que no necesitaban ese reclamo. Aun manteniéndose en el anonimato, entre los profesionales del gremio ser seleccionado como profesor para la escuela suponía un prestigio tal que muchos no hubiesen dudado en prestar sus servicios de forma gratuita durante unos años, sabiendo que, después, los más afamados conservatorios de Europa y América se darían de tortas por incorporarlos a sus claustros.

Cuando los alumnos terminaban la carrera, durante un período más o menos largo en función de su edad y preparación, eran contratados de forma automática por las principales orquestas del mundo. Un joven violinista que se matriculara en esa escuela no necesitaba preocuparse por su futuro económico y laboral.

Claro que, como en todo, existía un precio. Los alumnos aprendían pronto que había normas. Máxima aplicación, obediencia y sacrificio. Los ratos de ocio y distracción estaban severamente racionados. Más de un alumno no había podido adaptarse a esa vida monacal, habiendo sido expulsados algunos de la escuela.

Franz Koerner había sido el artífice implacable de todo aquello, siguiendo las instrucciones del visionario Pawlak. Era el abad de aquel monasterio musical. Temido por alumnos y profesores, y respetado por el anciano nazi, en la mente calculadora de Koerner estaba el permanecer sólo un par de años más en el centro, algo que, desde luego, se había cuidado mucho de explicar a Pawlak.

Lo que no sabía el director de la escuela era que a ésta le quedaban unos pocos meses de vida, algo que el nazi, a su vez, había olvidado mencionar.

 

—Creo que le va a encantar el programa escogido para hoy —señaló Koerner cuando entraron en la espaciosa sala dotada de la mejor acústica que la tecnología del momento podía permitir.

—No lo dudo, señor Koerner —contestó el anciano sin hacer caso de las lisonjas de éste y tomando asiento en una cómoda butaca situada en una posición privilegiada.

—Maestro Heifetz —le dijo el director al nieto del famoso maestro Jascha Heifetz—, puede comenzar cuando guste.

El director tomó asiento en otra butaca de respaldo alto, cerca de Pawlak, en un segundo término. A sus espaldas, sentados en las gradas, el resto del claustro de profesores y los alumnos de la escuela guardaban un sepulcral silencio.

Koerner siguió con atención el concierto echando subrepticios vistazos al rostro del viejo, que lograba ver de refilón, para tratar de adivinar si lo que escuchaba era de su agrado. Koerner era sordo, musicalmente hablando, y le resultaba casi imposible distinguir la música salida de unas manos virtuosas de la que procedía de un violinista callejero.

Se guiaba por las expresiones en las caras de los profesores y en la de Pawlak. Por el momento no le cabía duda de que el recital estaba siendo un éxito.

Cada dos meses se llevaba a cabo un pequeño concierto en el que participaban los doce alumnos elegidos por el claustro, lo cual suponía un acicate para los estudiantes. Por qué el número de estos debía ser doce suponía un misterio para el director.

Entre los concertistas, de todas las edades hasta los diecisiete años, había chicos y chicas de todos los continentes y colores. Pawlak aparcaba sus manías racistas a la hora de escoger a sus alumnos. Para él un virtuoso judío o negro resultaba igual de útil que uno ario.

Durante las dos horas que duró el concierto, con una breve pausa para que descansaran los concertistas, Pawlak no se movió ni un ápice de su butaca, siguiendo las evoluciones de sus muchachos. Era un repertorio muy variado, con piezas de Giuseppe Valentin y Niccolò Paganini, algunas de gran complejidad técnica, y ejecutadas magistralmente. Cuando terminó el recital, Pawlak y el resto de los presentes premiaron a los esforzados violinistas con un largo aplauso.

El viejo nazi había confirmado lo que ya sabía: los muchachos estaban preparados. Ya sólo faltaba terminar de reunir los instrumentos.

—Hermann, llévame a casa —dijo Pawlak una vez que se hubo acomodado en el asiento trasero del Mercedes. Se encontraba fatigado y nada más acabar el concierto se había levantado para felicitar a los niños. Luego se apresuró hacia la salida, ignorando la palabrería del director, que lo siguió hasta la entrada.

 

Impasible, el rubio guardaespaldas puso en marcha el Mercedes y salió a la carretera. No tardaron demasiado en llegar a la mansión blindada donde vivía Pawlak.

De todos los empleados de la casa, sólo Hans y Hermann eran alemanes. El primero llevaba muchos años a su servicio. Hermann, sin embargo, solamente tres, pero su lealtad y eficacia estaban fuera de toda duda. Había llegado recomendado por la desconocida hermandad que también le facilitaba a Pawlak los ingresos necesarios para mantener aquel nivel de vida.

Mientras Pawlak descansaba en un sofá de la sala de abajo, Hermann revisaba la mansión desde la sala de cámaras que grababan todos los movimientos tanto del interior de la casa como del exterior. Examinaba de forma aleatoria fragmentos de grabación del tiempo que había permanecido ausente.

El rubio guardaespaldas era capaz de un solo vistazo de encontrar cualquier nimia anomalía. El desafortunado responsable debía dar cuenta de manera inmediata de ella. Si el alemán consideraba que se trataba de una negligencia, el empleado era despedido en el acto. Si no, una bronca con afiladas expresiones germánicas convencía al sirviente de que sería mejor estar más atento en lo sucesivo.

Hans dejó sobre una mesita baja una bandeja de plata que contenía un platillo con la medicación del anciano y un vaso de agua, y se alejó en silencio, sin enturbiar la ensoñación de su señor.

Con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, Pawlak pensaba en los tres instrumentos que aún le faltaban.