La heredera

Jonaira Campagnuolo · Capítulo 1 de 16

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La heredera

Capítulo 1

Jonaira Campagnuolo

 

La heredera

 

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Titivillus 07.06.15

Título original: La heredera

Jonaira Campagnuolo, 2014

Editor digital: Titivillus

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Capítulo 1

 

Los ojos de Nicole Landon brillaron llenos de expectativas. La adrenalina le circulaba briosa por las venas y le incrementaba los latidos del corazón.

Giró el acelerador ligeramente hacia atrás, sin soltar el freno. El motor de la Ducati tronó y la rueda trasera se deslizó sobre el pavimento dejando una marca de neumático grabada, y una estela de humo y polvo tras ellas. Esa noche, las anchas calles de Lawrence en Kansas, estaban desoladas, lo que le permitiría valerse de cualquier estrategia para ganar aquella carrera. Había mucho dinero en juego. Recompensa que ella necesitaba.

Un claxon se escuchó por encima del ruido de las cinco motos y de los gritos de los presentes. Los competidores soltaron enseguida el freno y despegaron como cohetes mientras la luna les iluminaba el camino con una tenue luz.

Para los apostadores que invertían en aquella competición, el final podía ser predecible: Dylan Roda participaba con su imponente Kawasaki Ninja y pretendía ganar por quinta vez la contienda. Sin embargo, Nicole estaba decidida a robarle el trono.

Cuando llegó al punto dónde debía retornar para hacer el último tramo del recorrido, la chica lideraba el grupo, pero al inclinarse para iniciar el cruce apareció de forma repentina a su lado la Kawasaki. Ella se enderezó para no colisionar contra el competidor y redujo la velocidad, la maniobra le permitió evitar una catástrofe, sin embargo, no solo Dylan pudo arrebatarle la posición, otros dos competidores pasaron junto a ella como una exhalación y la obligaron a detenerse.

—Imbécil —gruñó, antes de ponerse de nuevo en marcha para alcanzar la meta.

No ganaría, lo sabía, pero no se rendiría. Aceleró al máximo la moto y no descansó hasta llegar al final, pudiendo sobrepasar solo a uno de los contendientes; lo que le otorgaba un triste tercer lugar.

Mientras Dylan lo celebraba junto con sus amigos y los apostadores se regodeaban a su alrededor, felices por el triunfo, Nicole se detuvo en un lateral. Un sujeto alto y de piel morena se acercó y sostuvo la moto para que ella bajara.

—Calma, ya veremos cómo hacer un reclamo —propuso el hombre, pero aquella oferta no amilanó la indignación de la mujer.

Nicole se quitó el casco y permitió que largos rizos de color marrón cobrizo le cayeran sobre la espalda. Una cazadora de motero en tonos rojos y blanco la cubría, y le ocultaba el cuerpo delgado y curvilíneo haciéndola parecer más recia de lo que en realidad era.

—Eso no se quedará así —declaró ella. Le entregó el casco a su amigo y se acercó al tramposo contrincante mientras se quitaba los guantes de cuero, y los guardaba en los bolsillos traseros de su pantalón de mezclilla.

Para llamar la atención del sujeto, le golpeó el hombro con un dedo.

Al girarse, Dylan apreció el rostro trigueño de Nicole Landon endurecido por la ira. Los ojos castaños de la chica lo observaron con frialdad y sus labios, perfilados en forma de corazón, se apretaron entre sí para contener las decenas de improperios que tenía acumulados en la boca.

El hombre le dedicó una sonrisa burlona mientras los ojos le chispeaban por la fechoría cometida. Sin mediar palabras, ella le lanzó un fuerte derechazo en la mandíbula.

Ante su arremetida, Debika, la novia de Dylan, se lanzó sobre Nicole y la tumbó en el suelo para enzarzarse en una aguerrida pelea. Dos compañeros del agraviado se acercaron para ayudar a la mujer a reprenderla; con el ataque, Nicole había roto una de las reglas no escritas de esas carreras: no pretendas hacer justicia por tus propias manos, los que deciden, son los apostadores.

Ella estaba harta de depender de las decisiones de otros. No era la favorita en esa competencia, y por ser la única mujer, tenía todas las de perder. El mundo aún no dejaba de ser machista, mucho menos, el ilegal. Así que no le quedaba otra opción, debía hacer su propia justicia, al menos, para no sentirse frustrada.

Varios de los presentes salieron en su defensa, lo que ocasionó una reyerta grupal descontrolada. Apostadores y curiosos se unieron al conflicto, sin apoyar a ningún bando, solo dispuestos a pasar un buen rato en medio de golpes y patadas.

En el suelo, Nicole había logrado dominar a Debika. Tenía a la mujer contra el pavimento y se encontraba sentada a horcajadas sobre ella, con una mano aferrada a su cuello. Alzó el puño con intención de estrellarlo sobre la pequeña naricita de la chica, quien en ocasiones, se había burlado de Nicole por sus constantes esfuerzos para destacar en actividades que eran propias de los hombres, como las carreras de motos ilegales; pero alguien la tomó por las costillas y la alzó como a una muñeca por los aires, alejándola de la trifulca.

—¡La policía!

En medio de su furia ella no se había percatado de la llegada de varias patrullas, quienes en segundos alumbraron la calle con sus luces de colores. Los presentes comenzaron a escapar con nerviosismo en todas direcciones. La sacaron de la pelea y la metieron con brusquedad en el asiento trasero de un viejo Dodge Neon.

—¡Maldición, Roland, podrías haber esperado a que le fracturara la nariz! —le gritó al hombre que antes la había ayudado con la moto.

—Me hubiera gustado verlo, pero la policía se acercaba muy rápido —expuso el sujeto con una sonrisa.

—¿Y la moto? —preguntó la chica mientras se esforzaba por controlar su agitada respiración.

—El dueño se la ha llevado apenas escuchamos las sirenas de las patrullas — explicó Jane, la novia de Roland y mejor amiga de Nicole, una joven de piel morena, cabellos rizados y ojos almendrados, que en ese momento estaba frente al volante, huyendo hacia las residencias estudiantiles de la Universidad de Kansas.

Nicole se pasó una mano por los cabellos y observó afligida hacia el exterior.

—¿Y ahora qué demonios haré? —preguntó abatida. Ronald, que estaba sentado a su lado, suspiró antes de responderle.

—Ya se nos presentará otra oportunidad.

—El dinero que me quedaba lo invertí para que me consiguieran esa moto, ¡ya no tengo nada! —se quejó ella—. Si no hubiera sido por las trampas de Dylan, habría ganado la carrera.

—Amiga, no es necesario que te arriesgues de esa manera, deberías llamar a tu padre. Él es la mejor solución a tus problemas —expresó Jane. No tuvo que observar a Nicole para saber que la desesperación se borraría del rostro de su amiga y sería suplantada por la rabia.

—Buscaré otra posibilidad —manifestó la aludida con frialdad, para dar por terminada la conversación. La propuesta de la chica la irritó.

Roland y Jane compartieron una mirada por el retrovisor. Nicole era libre de tomar las decisiones que considerara correctas para su vida, aunque para ellos, algunas fueran un grave error.

Minutos después llegaron al edificio de residencias. Ellas subieron al piso que compartían y Roland se marchó en el auto.

En silencio, Nicole se metió en su habitación. Se quitó la cazadora, que lanzó al suelo junto a los guantes, y con los pies se quitó las botas. Cayó en la cama como un saco de patatas, en medio de un profundo suspiro. No quería dejarse llevar por la angustia, pero durante ese verano debía encontrarle una salida efectiva a sus problemas económicos, sin tener que recurrir al déspota de su padre. Ya no tenía dinero, ni para subsistir ni para pagarse la carrera de Medicina. El trabajo de camarera que hacía durante las tardes y la beca de la universidad no eran suficientes para cubrir todos los gastos. En seis semanas iniciaría el último semestre. Necesitaba de diversos equipos e insumos para realizar las prácticas en el hospital de la ciudad; si no hallaba dinero pronto, le sería imposible culminar los estudios.

Cerró los ojos y se dejó dominar por el sueño. Con la mente descansada, las ideas le fluirían mejor. Nicole Landon jamás se rendía ante un reto, ni se dejaba dominar por la adversidad.

 

—Nicole, Nicole… despierta.

El cansancio le impedía abrir los ojos, necesitaba más horas de sueño para recuperar las fuerzas, pero el brusco zarandeo que le dio Jane la despertó por completo. Su amiga había abierto la cortina de la única ventana del cuarto, permitiendo que intensos rayos de luz entraran en la habitación y le maltrataran las somnolientas pupilas.

—¿Qué pasa? —preguntó molesta, al tiempo que intentaba levantarse para sentarse sobre el acolchado. Se había quedado dormida con la ropa puesta.

—Un abogado de tu padre te busca.

El sueño se le escabulló de manera repentina. Los ojos se le abrieron en su máxima expresión y se le llenaron de rencores pasados.

—¿Qué dices? —consultó.

Jane la observó con extenuación, ambas había llegado durante la madrugada a la residencia y el abogado se había presentado a primera hora de la mañana.

—Le dije que estabas dormida, pero insistió en verte. Dice que es importante.

Nicole puso los ojos en blanco y se levantó.

—Salgo en unos minutos —informó a su amiga y entró en el baño.

Después de asearse y usar los servicios, se ató los cabellos en una cola alta. No había tenido noticias de su padre desde hacía cinco años, y aunque era la última persona en la faz de la tierra de la que quería saber algo esa mañana, no podía negar que la visita le calzaba como anillo al dedo.

Christian Landon era un hombre al que le sobraba dinero y ella, una mujer que tenía muchos gastos. Cuando Nicole se marchó de casa, cinco años atrás —apenas cumplió los dieciocho—, se esforzó por no recurrir a él. Y había logrado un buen trabajo, pero la carrera de Medicina era muy costosa y le impedía continuar con su orgullo intacto.

Su padre, en ocasiones, se había comunicado con ella para pedirle que limaran sus asperezas y le ofreció muchas veces su ayuda. Sin embargo, Nicole se mantuvo fiel a su promesa: no llamarlo a menos que sucediera una desgracia. Pero la desgracia ya había ocurrido, ella se hallaba en bancarrota y si no encontraba dinero, podía echar a perder todo el esfuerzo que había dedicado a sus estudios.

Era momento de dejar de lado su actitud rencorosa e intentar congeniar con el cabeza dura de Christian Landon. Ambos eran soberbios, pero cinco años serían más que suficiente para comenzar a olvidar los resentimientos. O al menos, suavizarlos. Además, Nicole empezaba a sentirse sola. Jane le había informado días atrás que pronto se iría a vivir con Roland. Ellos eran sus únicos amigos, si se iban, no tendría con quién compartir penas y logros, y aunque su padre no poseía mucha paciencia para escucharla, era lo único que le quedaba en el mundo. Debía esforzarse por entablar con él, al menos, una pequeña amistad.

Salió de la habitación, vestida todavía con la camiseta blanca y el pantalón de mezclilla que había llevado puestos la noche anterior, para participar en la competición de motos. Encontró afuera, sentado con rigidez en la mesa del comedor, a un hombre delgado, vestido de traje y con un poblado bigote que solo dejaba al descubierto su labio inferior. El sujeto se levantó apenas ella hubo entrado en la estancia, cruzó las manos en la espalda y la saludó con una venia de la cabeza.

—Señorita Landon, soy Markos Edana, abogado del señor Landon. Hemos intentado comunicarnos con usted desde hace dos semanas.

Ella se irguió. No le confesaría que había perdido meses atrás la línea del teléfono móvil por no poder pagarla.

—Me robaron el teléfono —mintió. El sujeto la observó con detenimiento por un instante.

—Lo lamento, pero le traigo malas noticias.

Nicole se quedó inmóvil, aquellas palabras no le gustaron. El temor comenzó a recorrerle las venas mientras en su corazón se albergaba un fatal presentimiento.

—Señorita Landon —continuó Edana—, su padre murió hace dos semanas.

 

¿Muerto? ¿Heredera? A pesar de la larga conversación que había tenido con el abogado, Nicole aún no asimilaba esas palabras. Cuando el hombre acercó su rostro huesudo y le pidió que firmara los documentos apoyados sobre la mesa del comedor, ella se estremeció.

—Señorita, disculpe, pero estoy apurado. Mi vuelo sale en menos de dos horas.

La joven observó los ojos negros del abogado. Se notaban agotados y lejanos. A él no lo interesaba lo que ocurría dentro de su cabeza, o en su corazón, necesitaba su rúbrica sobre aquellos papeles para completar su misión, y después, volver a lo suyo.

Respiró hondo, pero el aire que pasaba a sus pulmones estaba tan denso que casi la ahogaba.

Tomó el bolígrafo que él le ofrecía y, con un leve temblor en la mano, firmó cada uno de los documentos que le presentaba. Al terminar, pestañeó varias veces para detener las lágrimas. No lloraría frente a un extraño.

Eso fue todo. Hasta ese momento duró aquella extraña y repentina reunión. Al poco rato Markos Edana se había marchado, y la dejó allí, en su departamento, con un sobre amarillo y sellado sobre la mesa, y una taza vacía y manchada de café.

Jane se acercó para intentar consolarla, pero el golpe de la noticia que había recibido le impedía a Nicole pensar con claridad. Una sensación confusa se agitó en su estómago y subió con lentitud hacia su pecho para convertirse en una poderosa arcada. Corrió a su habitación y se encerró en el baño, logrando llegar a tiempo al inodoro para descargar los recuerdos que tenía atorados en la memoria.

Cuando pasaron los espasmos se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared, cubierta de azulejos. No podía llorar. Los sentimientos contradictorios que se desataban en su interior la mantenían conmocionada.

Su padre llevaba dos semanas muerto, y aunque era cierto que nunca se hablaban y que se tenían escasa paciencia, el golpe no dejaba de ser duro. Le hubiera gustado haber tenido la oportunidad de despedirse.

El abogado no solo le trajo la mala noticia, sino, además, la copia del testamento del difunto, donde la nombraba heredera de todos sus bienes, y responsable de culminar los trámites y negocios que había dejado inconclusos en vida.

La ansiedad comenzó a agitarle de nuevo el estómago. Ahora era la propietaria de un rancho con vacas, caballos, decenas de empleados y quién sabía qué tipo de deudas en medio de las inhóspitas tierras de Abilene, en Kansas, un lugar al que una vez juró, nunca más regresar.