La heredera
Capítulo 7
Abrió una caja de madera laqueada que se hallaba sobre el escritorio, y se encontró una colección de lápices y bolígrafos y un abrecartas de metal. Junto a la caja se hallaba un pisapapeles con base de granito, que sostenía la imagen de un caballo fabricado en plata. Acarició con ternura la cabeza del animal mientras suspiraba. Tenía un nudo atado en el estómago que la llenaba de temor.
Al sentir que alguien llamaba a la puerta del despacho, se sobresaltó.
—¿Quién? —preguntó Nicole. Por unos segundos hubo silencio.
—Matt.
Al escucharlo, todo su cuerpo vibró. Se irguió e intentó convencerse de que aquello era producto de la ira. Ese hombre estaba aliado con las indias que vivían en el rancho y ansiaban quitarla a ella de en medio para quedarse con el control de su herencia. No podía permitirse sentir nada por él, pero su desbocado corazón estaba ubicado muy lejos de su cerebro. Los razonamientos no le llegaban ni en susurros, solo los oleajes de adrenalina que su estúpido cuerpo producía cada vez que percibía la presencia de aquel hombre.
—Pasa —ordenó. Enseguida la manija se movió y la puerta comenzó a abrirse con suavidad. Nicole se cruzó de brazos y se esforzó por asumir una pose altiva mientras Matt entraba—. ¿Qué quieres? —inquirió con indiferencia.
Él no respondió enseguida, primero se dedicó a admirarla con total descaro. Se ajustó el sombrero en la cabeza al tiempo que sus ojos, brillantes como esmeraldas, saboreaban el cuerpo de la chica. Ella se había preparado para la cena con Darryl. Llevaba puesto un minivestido de tirantes y pliegues delicados color turquesa, que caía sobre su cuerpo delgado y curvilíneo como si estuviera envuelta en una sábana. El tono de la prenda le iluminaba el rostro y volvía más expresivos sus ojos castaños, resaltados por un sobrio maquillaje.
—¿Qué quieres? —volvió a preguntar al ver que él no respondía.
—Creo que te debo una disculpa —reveló Matt. Nicole amplió los ojos, aquello no se lo esperaba.
—Bien… acepto tus disculpas —titubeó. Él continuaba su avance, alterando los nervios de la chica.
—Estás hermosa. —La confesión del hombre le erizó la piel. Estuvo a punto de retroceder, pero decidió no moverse ni un centímetro, a pesar de que sentía el aliento masculino sobre su rostro. Alzó el mentón y lo miró con arrogancia.
—Espero que Darryl opine lo mismo.
—Ese imbécil solo tiene ojos para sus vacas.
Nicole iba a protestar, pero la mano de Matt llegó más rápido a su cuello. Con el dorso de un dedo él lo recorrió, desde la clavícula hasta el soberbio mentón, que sostuvo con firmeza para que ella no desviara el rostro.
La respiración de la mujer se profundizó y los brazos le colgaron laxos a ambos lados de su cuerpo.
—Maldita sea, me haces las cosas más difíciles —confesó él con voz susurrante —. Con solo verte se me olvidan hasta las promesas.
El corazón de Nicole se detuvo cuando vio a Matt quitarse el sombrero y acercarse decidido a su rostro. Su aroma la estimuló como si fuera una droga y la instó a abrir los labios y cerrar los ojos.
Él se fundió con su boca, al principio fue cálido y cortés, le acariciaba los labios como si fueran una fruta exquisita y codiciada, de esas que se quieren consumir hasta el último bocado, sin dejar escapar siquiera, una gota de su jugo. Luego la intensidad subió, a medida que el anhelo tomaba las riendas de sus reacciones.
Con su brazo libre, Matt le cubrió la cintura y la apretó a él. Nicole se rindió a sus atenciones, le era extremadamente difícil negarse, lo único que pudo hacer fue apoyar las manos en su pecho.
Sintió el cuerpo masculino firme, de piel suave, y su lengua se movía inquieta, capaz de robarle a su cerebro cualquier rastro de inteligencia.
Sabía que no estaba bien dejarse llevar por esa situación, pero qué demonios, llevaba mucho tiempo sin recibir las caricias de un hombre. Necesitaba sentirse amada.
—¿Qué me estás haciendo? —jadeó él, sin atreverse a soltarla. Sus brazos se enlazaron alrededor de ella y la elevaron del suelo para sentarla en el borde del escritorio.
Con agilidad le abrió las piernas y se ancló entre ellas para frotar su miembro duro en el sexo húmedo, cubierto solo por unas delgadas bragas. Nicole por instinto se arqueó, estaba hipersensible y, al captar el fuego que desprendía su erección, gimió.
Con ambas manos Matt le aferró las nalgas y la empuñó a él mientras le devoraba el estilizado cuello. Uno de los tirantes del vestido de la chica bajó por el hombro, facilitándole al hombre el trabajo de apartar con la boca la tela que cubría uno de sus pechos.
Ella no llevaba puesto sujetador. Cuando la prenda cayó y dejó al descubierto su seno redondo de pezón sonrosado, él lo cubrió con la boca y lo absorbió por completo, hasta hacerla erizar por el placer.
—Matt… —gimió.
—Aquí estoy, cariño —aseguró él y alzó la cabeza para mirarla a los ojos. Ella tenía el rostro enrojecido, los parpados caídos y los labios entreabiertos e hinchados. Esa imagen lo excitó aún más. Metió las manos por debajo del vestido y buscó con ansiedad la tira de las bragas. Se alejó un poco para retirar la prenda, pero en segundos retomó su posición.
Se apoderó de nuevo de su boca, sin embargo, esta vez fue Nicole la que profundizó el beso, ansiosa por explorar y consumir cada rincón de él.
Matt le introdujo una mano entre las piernas y le frotó el sexo llenándose los dedos con la miel que escapaba de su interior. Al hallar el botón de nervios, lo pellizcó y estimuló, obligándola a detener el beso para jadear. Las uñas de Nicole se clavaron en la espalda del hombre y estuvieron a punto de romperle la tela de la camisa.
—Matt, por favor, hazlo… —rogó.
Él no necesitó más súplicas. Sentía que de un momento a otro su organismo se colapsaría y estallaría en mil pedazos.
Se desabrochó a toda prisa el pantalón y liberó su miembro, para luego seguir agasajando el sexo húmedo e hinchado de Nicole, que exigía como ella que lo liberaran de su prisión.
—Aférrate a mí —le pidió y comenzó a penetrarla con sutileza, sin dejar de mirarla profundamente a los ojos. Ella hundió los dedos en los cabellos de la nuca de él, para sostenerse, sintiendo como Matt la llenaba y se apoderaba de cada fragmento de su existencia.
Cuando los cuerpos estuvieron acoplados, sus bocas también lo hicieron, enseguida comenzó una danza de embestidas, al ritmo de los gemidos y jadeos que ambos emitían.
Nicole cerró los ojos y dejó que el placer la llevara de la mano al limbo. Abrió todas sus defensas para dejarse dominar por las fuertes sensaciones que Matt le hacía experimentar. Necesitaba esa liberación, llevaba mucho tiempo acumulando anhelos.
Alzó el rostro hacia el techo y tuvo que morderse los labios para no gritar el exquisito placer que el orgasmo le producía. Él hundió la cara en el cuello de ella y la apretó en un abrazo posesivo mientras los espasmos pasaban.
Ambos respiraban con dificultad, aferrados al cálido cuerpo del otro, captando al máximo la suavidad de su piel a través del susceptible contacto. Se sentían como si hubiesen llegado a su destino después de años vagando perdidos en el mundo. Ninguno de los dos se quería apartar y alejarse de aquella sensación tan gratificante.
—Señorita Landon… —Nicole escuchaba que alguien susurraba su nombre. Por un momento pensó que era Matt, pero a medida que el desenfreno del deseo se asentaba, notaba que la voz que la llamaba no era la de él. Parecía femenina.
—¿Vas a responder, cariño? ¿O lo hago yo? —Ella observó al hombre sin comprender lo que decía. Él le dedicó una sonrisa arrebatadora y en vez de salir de ella para darle la oportunidad de reaccionar, se hundió más y comenzó a mover las caderas en círculos para avivar de nuevo la excitación en Nicole. Aunque segundos antes había culminado, no había logrado aplacar su deseo—. Estrella te llama. Darryl debe de haber llegado —le informó, sin dejar de menearse.
La atormentaba con suaves arremetidas, que le dificultaba a la mujer poner en funcionamiento las neuronas. Con esfuerzo recordó que se había preparado para salir a cenar con su vecino, y que una niña la llamaba al otro lado de la puerta, para informarle de que había llegado y la esperaba fuera.
—Matt, detente… —le pidió, pero él aferró más su abrazo y aumentó las embestidas. Nicole no podía escapar, ni quería. La fricción que el miembro hinchado del hombre hacía dentro de ella la llevaba de nuevo al limbo. Sentía que pronto perdería la conciencia—. Matt… —suplicó entre gemidos y apoyó la frente en la de él.
A lo lejos escucharon como Estrella la llamaba de nuevo por segunda vez.
—Dile que se vaya —le ordenó, con la voz entrecortada por la pesada respiración. Nicole estaba envuelta en un torbellino de placer, como pudo le informó a la niña que pronto saldría.
Al eliminar la interrupción, Matt arremetió con renovadas fuerzas. El corazón de Nicole martilleó en su pecho a medida que él se adueñaba de su cuerpo y de sus emociones. Aquella tortura se transformó en los minutos más largos y deliciosos de su vida, un placer que logró dibujarle una sonrisa en el rostro.
Sollozó cuando un segundo orgasmo la sacudió, y estuvo a punto de hacerla caer en la inconsciencia, dejándole toda la piel sensible, con un cosquilleo agradable recorriéndola.
Después de un tiempo que ninguno de los dos supo determinar, ambos levantaron el rostro y se miraron a los ojos. Ella pudo percibir un brillo diferente en la mirada de él, algo se había transformado, tanto en Matt como en ella, pero no era capaz de definirlo de ninguna manera.
—No puedo salir así —expuso la chica con una voz gruesa y rasposa.
—Quédate. Sacaré a Darryl a patadas del rancho.
Matt la abrazó con una ternura que le alborotó cientos de mariposas en el estómago. Pero a medida que la cabeza se le despejaba, recordaba que no podía dejarse dominar por él. Ese hombre escondía algo y quería manipularla para que ella accediera a marcharse y dejarle el control del rancho. Aquella sección de sexo, aunque había sido la mejor que había tenido en su vida, no podía concederle a Matt las riendas de su vida. Al menos, mientras intentaba comprender lo que allí ocurría.
—No, iré. Pero necesito…
Él arrugó el ceño y salió despacio de ella. La bajó del escritorio, las piernas de Nicole parecían hechas de gelatina. Con caballerosidad le acomodó el vestido y se inclinó para tomar las bragas que habían caído al suelo, junto a su sombrero.
—En la biblioteca hay un tocador, ve a arreglarte que yo lo distraeré.
Ella lo miró a los ojos y de nuevo los notó lejanos. Estuvo a punto de llorar, su frialdad la afectaba, pero lo que hizo fue erguirse. Tomó la prenda que él le entregaba y la cartera que había dejado sobre una de las sillas del despacho, y con paso tembloroso se dirigió a la puerta. No obstante, antes de marcharse, se giró hacia Matt, y compartió con él una profunda mirada.
Salió del despacho y se encaminó a la biblioteca, esforzándose por controlar la decepción y la pena. El corazón se le oprimía en el pecho, odiaba la facilidad con que Matt la dominaba. No le gustaba que nadie la sometiera, pero no podía negar que él ejercía una fuerza poderosa sobre ella. Adoraba sentirlo cerca y tener sus manos y su boca sobre su cuerpo. Parecía un experto en las artes amatorias, porque con cada caricia lograba restarle determinación.
Ese era el plan del hombre, su estrategia para lograr sacarla de la casa; debía encontrar alguna forma de revertirlo y volverlo en su contra.
Minutos después, al salir del tocador de la biblioteca, Nicole parecía otra vez una persona decente. Aunque no podía dejar de sentir en el cuerpo la avasalladora pasión con la que Matt pretendía apoderarse de su existencia.
Al llegar al vestíbulo se encontró con una escena confusa. Matt y Darryl se hallaban en medio de la habitación, enfrentados. Ambos con el cuerpo rígido, los puños cerrados y el rostro endurecido. Al sentir la presencia de ella, los dos hombres se relajaron y se alejaron un paso.
—¿Lista, corazón? —preguntó Darryl y, al girarse hacia ella, la repasó de pies a cabeza.
—Sí. Disculpa que te haya hecho esperar tanto tiempo, atendía…
—No me des explicaciones —pidió él, sin dejar de vigilar por el rabillo del ojo a Matt, que se mantenía cerca y evaluaba cada uno de sus movimientos con mirada iracunda—. Las mujeres cuanto más se hacen esperar, más deseadas se vuelven — expresó con una sonrisa provocativa en los labios.
Nicole se fijó que el cuerpo de Matt se tensaba aún más, así que decidió acelerar la partida. Darryl se adelantó para abrirle la puerta. Cuando ella se dio la vuelta para marcharse sintió que Matt le tomaba la mano, en una suave y tímida caricia. Al dirigir el rostro hacia él se estremeció; la observaba con un gesto suplicante en los ojos.
El corazón se le aceleró y por un instante estuvo a punto de detenerse y correr a sus brazos, en busca de protección, pero pronto recordó que en ese lugar no hallaría seguridad, sino a un hombre deseoso por urdir algún plan para sacarla del rancho, y, esta vez, para siempre.
Suspiró para llenarse de valor y regresó su atención a Darryl. El hombre le abrió la puerta con una sonrisa victoriosa en los labios.
Salieron de la casa y en segundos cruzaron el jardín. Nicole sintió en la piel la invasión de una brisa helada, que la recorría entera. El estómago se le llenó de ansiedad, que se esforzó por ignorar, mientras bajaban los escalones de piedra para llegar al lugar donde se hallaban aparcados dos Lincoln de color negro.
Alrededor de los vehículos se encontraban varios sujetos, vestidos con vaqueros, camisas a cuadros y chaquetas de cuero. Todos de aspecto intimidante. Nicole arrugó el ceño, esos hombres esperaban a Darryl, parecían sus guardaespaldas.
Ella contó a seis y notó que cada uno portaba un arma de fuego semioculta dentro de las solapas de la chaqueta. Aquello la angustió, ¿para qué necesitaba ese hombre tanta protección? ¿Quién demonios era?
La subieron a la parte trasera de uno de los coches y Darryl se acomodó junto a ella. En el asiento del copiloto se encontraba un hombre moreno, alto y robusto, de cara ancha, que la observó con una mirada extraña, con una mezcla de amenaza y burla en sus ojos.
Los vellos de la nuca de Nicole se erizaron, y, por instinto, se abrazó a su cuerpo.
—Wayne, al restaurante del Brookville Hotel —le ordenó Darryl al sujeto. El hombre asintió y le hizo un gesto con la cabeza al chófer para que pusiera el vehículo en marcha.
Mientras los coches salían de Landon Ranch, Nicole echó una ojeada hacia la casa. Halló a Matt parado en los escalones del jardín, con la mirada fija en el vehículo donde ella iba. Se incorporó en el asiento e intentó apartar el temor. No sabía en qué demonios se había metido, pero hallaría una manera de salir de allí. Así como tenía buen tino para meterse en problemas, siempre había contado con una excelente agilidad para liberarse de ellos. Esa ocasión no podía ser diferente, aunque pareciera mucho más peligrosa.