La heredera

Jonaira Campagnuolo · Capítulo 3 de 16

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La heredera

Capítulo 3

 

Nicole decidió no bajar a almorzar. Se excusó con Adele diciendo que prefería comer un aperitivo en su cuarto y descansar del viaje. La bondadosa mujer la tranquilizó asegurándole que la comprendía: en pocas horas su vida había cambiado por completo, no solo había perdido a su padre, sino que además debía abandonar su anterior vida para ocuparse del rancho que había heredado.

Lo que el ama de llaves no sabía era que Nicole no tenía pensado renunciar a la universidad. Se sentía confundida y perturbada por lo que había ocurrido, y, de alguna manera, responsable con los trabajadores que dependían del rancho. Sin embargo, no dejaría de lado su propósito de conseguir el dinero que necesitaba para cursar el último semestre, y hacer las prácticas que le permitirían obtener un título universitario en Medicina.

Pensaba en ello mientras se daba un largo y renovador baño. Sabine tuvo la gentileza de interceder ante Matt para que fuera a buscar su coche, luego ella debería encargarse de encontrar en ese paraje desolado a un mecánico. Menos mal que Roland tenía otro vehículo, y le había cedido ese durante el tiempo que pasaría en Abilene.

Adele le dejó en la habitación una bandeja con algunos trozos de costillas de res asadas, papas con queso y pastel de cereza. Después de asearse y comer, pasó la tarde leyendo los documentos que Markos Edana le había entregado en Lawrence.

Ciertamente, Matthew Jackson había entablado una pequeña sociedad con su padre antes de que este muriera. Él se encargaba de todas las labores, se ocupaba del personal, de los insumos y del cuidado y venta del ganado. Era la columna vertebral del rancho, sin él, sería imposible controlarlo, y eso empezaba a molestar a Nicole. Aquel sujeto con su actitud belicosa la había retado. Estaba ansiosa por ponerlo en su lugar, pero a medida que avanzaba en la lectura de los documentos comprendía que dependía casi en un ciento por ciento de él.

Por otro lado, le extrañaba la situación de la tal Sabine. Su padre le había dejado una importante asignación mensual, mayor a la que le había otorgado a Adele, e incluso había iniciado los trámites para poner a su nombre algunas acciones del rancho. ¿Por qué lo había hecho?

No quería llegar a conclusiones apresuradas. Entre esos documentos existían demasiados interrogantes, como la aparente venta de la mitad del terreno a un tal Tucker Laud, trámite que había quedado inconcluso tras la muerte de su padre. Ella estaba dispuesta a continuar con lo que él había dejado pendiente en vida, sin embargo, se informaría bien sobre cualquier asunto antes de llevarlo a cabo.

Se recostó en el cabecero de la cama cansada de tanta lectura, y dejó vagar la mirada por la habitación. Adele la había instalado en la misma habitación que ella había ocupado cuando vivía con su padre. Christian lo había mantenido exactamente igual: con el empapelado amarillo de ribetes celestes, la ancha cama de cabecero acolchado, el estante blanco que ocupaba toda una pared lleno de libros y recuerdos de la infancia, y los cuadros de paisajes urbanos y las muñecas de trapo colgadas en la pared. Todo se mantenía en su sitio, como si esperaran pacientes su regreso.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, que en esa oportunidad dejó escapar. Lloró con desconsuelo mientras se reprendía internamente por su tozudez. Si tan solo se hubiera atrevido a llamarlo meses atrás para felicitarlo por su cumpleaños, o en la pasada Navidad. Ahora anhelaba un «Hola» o un «Adiós» que nunca llegarían.

Tarde comprendía que si Christian y su madre habían tenido sus problemas de pareja, no era ella a quien le correspondía cobrarle sus errores. Marie, su madre, por muchos años impidió que Christian cumpliera sus sueños. Él era un veterinario que anhelaba perderse a caballo en la inmensidad de una pradera y cuidar de su propio ganado, pero Marie era una mujer de ciudad, que le encantaba vivir de los beneficios que otorgaba la empresa constructora que pertenecía a la familia de Christian, sin importarle si eso lo amargaba cada día. Durante la enfermedad de la mujer, a su padre parecía importarle muy poco lo que le ocurría, aunque nunca dejó de costear los tratamientos. La falta de cariño que él tuvo los últimos días de vida de su madre, quizás se debieron a la falta de cariño que la mujer había tenido con él, el tiempo que vivieron juntos.

Meses después de la muerte de Marie, Christian vendió su parte de la empresa y compro el rancho. Nicole no tuvo otra opción que seguirlo, pero sus quince años no le permitieron entender lo que ocurría, y lo que hizo fue increpar constantemente a su padre por la muerte de su madre, y por haberla separado a ella de su mundo conocido, de sus amigos y de su rutina, lanzándola en esas tierras solitarias, donde solo contaba con la bondadosa Adele para conversar o llorar sus frustraciones.

Aunque había logrado cumplir su sueño, Christian nunca se sintió feliz. Nicole sabía que su actitud malcriada había tenido mucho que ver con esa situación. En ocasiones, él intentó que resolvieran sus diferencias, pero ella siempre se negaba. Ahora se arrepentía.

Cuando las lágrimas se le secaron en las mejillas se levantó de la cama. La soledad le desbordaba las penas del corazón. Se había acostumbrado a que su amiga Jane o Roland rondaran a su alrededor, pero en ese rancho no tenía a nadie que la alejara del dolor. Así que después de lavarse la cara y maquillarse un poco para disimular los ojos hinchados, salió de la habitación para hablar un rato con Adele.

Cruzó toda la casa hasta llegar al amplio comedor, que poseía una mesa de madera de ocho puestos y un balcón que daba al jardín lateral. Junto a este, y pasando unas puertas batientes, se hallaba la cocina, un ambiente espacioso y moderno, poblado de estantes y encimeras fabricados en granito y acero, y con un mesón cuadrado en el centro, donde se encontraba el ama de llaves mezclando harina, canela y levadura caliente.

Estrella estaba sentada junto a ella, abriendo nueces, así como Sabine, que trabajaba afanosa con un mortero.

Las mujeres dejaron por unos segundos sus quehaceres para observarla.

—La heredera nos complace con su presencia —expresó con amarga ironía una mujer parada cerca del ventanal que daba al jardín central.

Nicole la observó con el ceño fruncido, era una india de piel morena y cuerpo esbelto, con los cabellos tan negros como el ébano y unos ojos almendrados que la hacían parecer una gata. Con altivez la mujer dio algunos pasos hacia ella, manteniendo los brazos cruzados en el pecho.

—Eva —la reprendió Sabine, y soltó el mortero en el mesón para girarse hacia Nicole—. Lo siento, ella es Eva, mi sobrina, vino a pasar el verano conmigo en el rancho. Si hay algún problema con que se quede aquí, puedo enviarla de regreso…

—¿De regreso? Claro que no —interrumpió Eva con altanería—. Si la heredera no me quiere aquí, me quedaré en la cabaña con Matt.

Nicole alzó las cejas ante semejante declaración, percatándose de que la mujer no hablada de quedarse en la cabaña «de» Matt, sino «con» Matt.

Sabine suspiró y se acercó a Nicole.

—Disculpa, no volverá a ocurrir.

—No te preocupes —respondió ella, sin dejar de vigilar a la gata que parecía estar preparando las garras para atacar en cualquier momento—, puede quedarse todo el tiempo que quiera, siempre y cuando no me provoque. —Sabine se irguió y estiró las manos a ambos lados de su cuerpo, parecía que esperaba con ansiedad un desplante de Nicole. Por esa reacción ella se apresuró a aclarar—: Yo no vine aquí a enfrentarme con nadie, sino a asumir las responsabilidades que me dejó mi padre. Los problemas que tuvimos en el pasado él y yo es algo privado, ninguno tiene derecho a reclamarme nada, ni a tratarme de manera despectiva —declaró. Notaba que tanto Matt como la india no estaban alegres con su visita, mucho menos la tal Eva.

Sabine quedó inmóvil, sin saber cómo responder ante esas palabras.

—Llegó poniendo condiciones, te lo dije —comentó Eva con una sonrisa triunfal, dirigiéndose tía, pero antes de que alguien pudiera replicar, Adele se acercó a Nicole y la tomó de la mano para arrastrarla hacia el mesón.

—Ven, mi niña, hay pan recién hecho y café, ¿quieres un poco?

—Solo café —dijo la joven y lanzó una mirada desafiante hacia Eva antes de ocupar la banqueta ubicada frente a Estrella. La niña le dedicó una sonrisa tímida y enseguida bajó la vista a su tarea.

—Yo sí que quiero pan —expresó una voz masculina desde la puerta. Matt entró en la cocina haciendo sonar sus botas en las baldosas y se sentó en una banqueta cercana a la niña—. Y si es posible, también quisiera un poco de queso de cabra y mantequilla.

—Para ti, todo es posible —pronunció con voz soñadora Eva mientras corría a servirle la comida al macho de la casa.

Nicole puso los ojos en blanco y desvió su atención a la taza de café que Adele había puesto frente a ella.

—¿Cuándo asumirás el trabajo que te corresponde? ¿O piensas marcharte pronto? —preguntó Matt a Nicole. Ella lo observó por unos segundos, fastidiada de que siempre tuviera una sonrisa llena de satisfacción en el rostro. Cómo le gustaría borrársela de un solo golpe.

—No me iré. Mañana mismo asumiré el trabajo del rancho —contestó con seguridad.

—Bien, porque hay mucho por hacer. Espero que no tengas problemas con el sol o con el olor a estiércol —refutó Matt, y se quitó el sombrero para dejarlo sobre la mesa.

—No te preocupes por mis problemas —objetó ella.

—Cariño, ¿yo también puedo acompañarte a trabajar? —preguntó Eva al hombre, y hundió los finos dedos de una de sus manos en los cabellos oscuros y rizados de él.

—Es una salida solo para propietarios —respondió Nicole, con una sonrisa maliciosa en los labios. No podía dejar pasar la ocasión de molestar a la india.

Eva dejó con brusquedad sobre la mesa el plato que sostenía en su otra mano, que contenía la comida de Matt, y descargó sobre Nicole todo su odio a través de una mirada frenética.

—¿Propietario? —se mofó él entre risas—. Pensé que para ti era un simple peón —expuso al recordar el calificativo que ella había utilizado al llegar al rancho.

—Lo que pensé es que eras un caballero, pero evidentemente me equivoqué — contradijo Nicole, al rememorar la manera en que él la había abandonado en medio de la carretera.

—Solo te daba tiempo para que reconsideraras tu decisión de visitarnos después de años de abandono, luego habría ido a buscarte —confesó el hombre con la mirada fija en ella. Nicole apretó la mandíbula, pero decidió ignorar su comentario. Era evidente que esa gente no la quería.

—Cariño, si la heredera no permite que me quede en la casa, ¿puedo irme contigo a la cabaña? —inquirió Eva con teatral inocencia.

—¡Eva! —la reprendió Sabine, pero la mujer no atendió a su regaño.

—¿Y por qué Nicole Landon no permitirá que te quedes en la casa?

Nicole se molestó al escuchar cómo Matt pronunciaba su nombre con rencor.

—Ella tiene derechos en esta casa —argumentó Sabine mientras intentaba retomar su trabajo con el mortero.

—Ella no puede llegar imponiendo su voluntad, hay cláusulas en el testamento… —comenzó a explicar Matt.

—Por favor, ¿podemos dejar de discutir y merendar en paz? —rogó Adele, cansada de tanta confrontación.

Nicole se llenó los pulmones de aire. Esa conversación parecía ser el inicio de una vida difícil en ese hogar.

—Adele, ¿podrías decirme dónde está la tumba de mi padre? —preguntó dando un trago a su café, pero un resoplido sonoro emitido por Eva estuvo a punto de sacarla de sus cabales. La india pretendía burlarse de ella por su interés en conocer el lugar dónde descansaban los restos de Christian.

Sabine se enfureció y en esa oportunidad tomó a su sobrina por un brazo y la sacó a empujones de la cocina, sin atender sus quejas.

—Yo puedo llevarte, ubicamos la tumba dentro del rancho —ofreció con timidez Estrella. Nicole notó que Matt y Adele compartieron una extraña mirada, pero decidió no preocuparse por sus absurdas intrigas y aceptó la oferta de la niña.

Un rato después, la joven atravesaba con Estrella el patio trasero de la casa, y la granja donde se criaban animales como gallinas, patos, cerdos y vacas lecheras, utilizados para el consumo interno. Varios metros más adelante encontraron la nave de engorde de las reses. La niña se dirigió a la parte trasera de esa instalación y subió por una colina para llegar a las faldas de un inmenso árbol tupelo de hojas verde oscuro, asentado en la cima. Junto al árbol, Nicole divisó un nicho rectangular construido en mármol negro, rodeado de flores de diversos colores y coronado con una lápida cuadrada y la figura de un ángel con las alas abiertas, que miraba con dulzura hacia la tumba.

Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras avanzaba con pasos lentos. El corazón se le contrajo y exprimió toda la pena que había albergado durante años.

Estrella ya se encontraba a los pies de la tumba, se arrodilló sobre la grama y acarició con melancolía la piedra.

Nicole se quedó por un instante detrás de ella. Le era imposible hasta respirar. El árbol creaba una sombra sobre el nicho y la brisa corría haciendo volar los cabellos de ambas. Ya sabía por qué habían elegido ese lugar para enterrarlo, desde allí se podía divisar todo el rancho, hasta los rincones más apartados. La extensión de los terrenos moría en las lejanas montañas, espacio donde las reses pastaban a sus anchas, junto con los terneros.

—No puedo creer que esté aquí —expuso Nicole con pena. No le gustaba llorar frente a extraños, pero Estrella era una chica dulce que parecía de confianza—. Si tan solo… —El dolor la ahogaba y no le permitía expresarse. Cayó arrodillada junto a la niña que también lloraba, pero en silencio.

—A él le hubiera gustado verte antes de morir. Te quería mucho —le confesó Estrella.

Nicole suspiró para detener el llanto, con la mirada fija en la lápida donde estaba inscrito el nombre de su padre.

—¿Te habló de mí?

—Sí, solía enseñarme fotos y me narraba anécdotas de travesuras que hacías de pequeña.

—¿Lo querías mucho? —preguntó. La niña asintió con la cabeza.

—¿Te molesta que lo haga?

—Claro que no. Él necesitaba el amor de una hija.

—Y yo el de un padre —aclaró Estrella—. Fue un intercambio justo.

—¿Y tu padre?

La chica se mordió los labios, parecía que le costaba hablar sobre ese tema, pero después de unos segundos se sentó sobre sus talones para responder.

—Nunca lo conocí.

Nicole dirigió de nuevo la mirada a la tumba. Esa joven no había disfrutado del amor de su padre porque no supo nada de él, en cambio ella había abandonado al suyo por un obcecado orgullo.

—Quiero reparar de alguna manera el error que cometí, por eso vine al rancho. No dejaré que su sueño caiga en el olvido.

Estrella se giró hacia ella y le sonrió.

—¿Hablas en serio? ¿Puedo ayudarte?

La joven asintió y ambas se abrazaron como si aquel gesto sellara alguna especie de pacto.

—¿Cuántos años tienes? —inquirió Nicole, y acarició los cabellos de la niña.

—Trece.

—¿Y estudias?

—Sí, en la secundaria, en Abilene. Matt me lleva y viene luego a recogerme todos los días.

Nicole no pudo evitar endurecer la mandíbula al escuchar el nombre de aquel hombre irritable.

—¿Él es tu amigo?

—Es como mi tío. Mi abuelo lo crio desde pequeño.

—¿Tu abuelo? ¿Por qué?

—No sé. Matt dice que la luna lo guio hasta mi familia, como un regalo caído del cielo.

La curiosidad aumentó en la joven. Ningún niño caía del cielo, provenía de algún lugar. Pero ¿de dónde provenía Matt?

—¿Y cómo llegasteis al rancho?

—Matt nos trajo. Le ofrecieron un trabajo aquí y cuando le dieron la cabaña fue a buscarnos para traernos.

—Pero tú y tu mamá vivís en la casa grande, y no con él —consultó Nicole sin comprender aún la relación. La niña se separó de ella y se secó las lágrimas del rostro.

—Te molesta que estemos allí.

—Claro que no.

—Matt dice que en la casa grande estamos más segura. Su cabaña queda un poco alejada y siempre está sola.

—¿Seguras? ¿De qué?

—De los asesinos de Christian —respondió Estrella alzando los hombros.

La noticia le heló la sangre a Nicole. Los ojos se le ampliaron en su máxima expresión. Giró el rostro hacia la tumba y sintió que todo el organismo se le fragmentaba en cientos de pedazos.

Su padre no había muerto por alguna enfermedad o un accidente laboral, sino asesinado. Su vida había sido arrancada de la tierra de la forma más vil y ella no había estado cerca para evitarlo.

Una asfixiante culpa comenzó a invadirle el pecho y a carcomerle las fuerzas con lentitud.