La heredera

Jonaira Campagnuolo · Capítulo 16 de 16

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La heredera

Capítulo 16

 

La sangre se le congeló e impidió que las ideas le fluyeran en la mente. Wayne estaba dentro del establo, había golpeado y amordazado a Chase y ahora le bloqueaba a ella la respiración con su poderosa mano, mientras que el frío cañón de una pistola se apoyaba en su cabeza.

—No vas a traer de vuelta a los asquerosos indios —gruñía el hombre, al tiempo que la arrastraba al interior del cuarto donde se hallaba el chico—. Te mataré como a tu padre y luego al imbécil de Matthew Jackson.

Nicole se debatía y se esforzaba por respirar, el corazón le palpitaba con energía en el pecho. Chase estaba amarrado a un poste de madera, y con un trozo de la tela de su propia camisa cubriéndole la boca. El chico gemía intentado gritar y golpeaba el suelo con los pies. Tenía la cara magullada y ensangrentada.

Wayne la lanzó sobre un fardo de paja. Al sentirse liberada, ella comenzó a toser para recuperar el oxígeno. Los nervios y la falta de aire le habían restado fuerzas, solo pudo girar el rostro al escuchar el chasquido de un arma tras ella.

—Dale saludos de mi parte al idiota de Christian —expresó el hombre con burla mostrando una sonrisa enloquecida.

El miedo se le arremolinó a Nicole en la garganta. El hombre levantó el arma y apuntó hacia ella, pero antes de que pudiera disparar, la puerta del cuarto se abrió y alguien entró a toda velocidad, llevándose por delante a Wayne hasta estrellarlo contra una de las paredes de madera.

Matt envolvió sus brazos alrededor del cuello del capataz y lo presionó para dominarlo.

—¡Sal de aquí! —le gritó a Nicole, pero ella se había quedado petrificada por el miedo. Wayne luchaba para liberarse, golpeaba a Matt y pataleaba como un potro enfurecido, lo arrastraba por todo el cuarto logrando impactarlo contra paredes y postes de madera—. ¡Tanner! —vociferaba Matt, pidiendo ayuda. El arma había rodado por el suelo y Wayne se esforzaba por alcanzarla.

En un movimiento brusco, ambos cayeron de espalda. Matt aún mantenía el cuello del capataz aprisionado, pero el peso del hombre lo asfixiaba. Nicole sentía que debía ayudarlo, aunque Matt no lo soltaba parecía que era Wayne quien dominaba la pelea. Se levantó con intención de alcanzar el arma, pero Matt le gritó una negativa que volvió a dejarla inmóvil.

En segundos, Tanner entró acompañado de dos indios, quienes no dudaron en lanzarse encima de ellos para sumarse al altercado. Nicole retrocedió hasta quedar pegada a la pared y se ovilló en el suelo sintiendo un intenso dolor en el vientre.

Se acostó y cerró los ojos, concentrándose en su respiración. Las emociones que acababa de experimentar podían ser perjudiciales para el embarazo, su propio cuerpo se lo advertía. Trató de calmarse mientras escuchaba cómo los hombres luchaban contra Wayne para amarrarlo. Oyó pasos apresurados de otras personas que entraban en el establo, reconoció las voces de empleados, pero ella procuraba centrarse en la relajación de sus nervios.

—Patrona, patrona… —la voz de uno de los peones resonó a su lado—. ¿Está bien? —le preguntó, ella solo asintió con la cabeza y continuó con su ejercicio respiratorio, con los brazos cubriendo su vientre.

—¡Nicole! —el grito de Matt le erizó la piel—. Mi amor, ¿qué pasa? —Sus manos le cubrieron el rostro y la obligaron a mirarlo.

—Estoy bien.

—¿Te duele?

—Un poco.

—¿Te ha hecho daño? —Ella negó con la cabeza—. Te llevaré de inmediato a Abilene —le indicó y comenzó a lanzar órdenes en todas las direcciones que eran cumplidas de manera instantánea.

Ella se quedó muy calmada en el suelo. La voz de Matt a su alrededor y sus cálidas manos la ayudaban a mantener el control. Él supervisaba que los empleados mantuvieran a Wayne bien amarrado, liberaran a Chase y aumentaran la seguridad en el rancho, en caso de que el hombre hubiera pensado visitarlos acompañado por otros sujetos.

Pronto dos ambulancias llegaron, seguidas por varias patrullas de la policía del condado.

—Tranquila, todo va a ir bien —le aseguraba mientras la trasladaban a uno de los vehículos—. Vamos a estar bien, te lo juro.

Ella se aferró a sus manos, por un momento sintió temor.

—No me dejes —le rogó.

—Nunca —aseguró Matt—. Voy a estar contigo, siempre —le prometió.

Horas después, Nicole se encontraba en una habitación de paredes blancas y con un catéter incrustado en el brazo izquierdo, conectado a una botella de suero. Matt se mantenía a su lado, atento a cualquier cambio.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó, después de que una enfermera terminara de controlarle los signos vitales y se marchara.

—Mejor —respondió Nicole. Él se acercó a la cama y envolvió la mano derecha de la chica entre las suyas.

—Tu intención es matarme de un susto, ¿verdad? —la reprendió.

—Te confieso que eso es lo que quería en un principio —reveló ella con una sonrisa—, pero ahora te necesito a mi lado —declaró.

Matt le acarició los cabellos y besó su frente.

—Yo también te necesito, por eso vamos a tener que establecer algunas reglas — le informó. Ella arrugó el ceño—. Wayne está detenido, lo que le hizo a Chase e intentó hacerte a ti es suficiente para tenerlo por un tiempo preso, y nos ayudará a demostrarle a Darryl la clase de sujeto que tiene como capataz, pero no nos garantiza nada. Lo quieras o no, reforzaré la seguridad en el rancho.

Él la observó con el rostro endurecido, no estaba dispuesto a aceptar una negativa. La protegería por encima de lo que fuera, incluso de ella misma.

—Está bien. —Matt la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué has dicho?

—Que está bien. Te dejaré hacer lo que sea en el rancho… pero con una condición.

Él alzó las cejas, intrigado por sus exigencias.

—¿Cuál?

—Que me permitas quedarme… contigo.

Matt sonrió y besó con ternura sus labios.

—Creo que eso ya te lo he dejado claro. Si antes insistía en que regresaras a Lawerence era para alejarte de los problemas y tener más facilidades para resolver cada asunto, pero ahora es imposible, necesito tenerte cerca, verte cada mañana, sentir tu cuerpo caliente junto al mío y probar cada día el dulce sabor de tus labios — le confesó, con voz susurrante—. No permitiré que te apartes de mi lado.

Los ojos de Nicole se llenaron de lágrimas. Odiaba ser tan vulnerable, pero era imposible no emocionarse con las palabras que él le dedicaba. Siempre había ansiado sentirse amada, que alguien no solo le jurara que se quedaría junto a ella, sino que se esforzara por hacer cumplir sus promesas.

—No quiero volver a estar sola —expresó mientras una lágrima le rodaba por la sien. Matt la secó con los dedos y besó sus labios.

—Eso no ocurrirá de nuevo. No solo me tendrás a mí y a nuestro hijo, sino también a tu hermana, a Sabine, a Adele y a todos los empleados del rancho. —Ella se esforzó por sonreír—. No dejarás de ser la patrona, solo que ahora tendrás que compartir la autoridad.

—Lo haré —le dijo y apretó su mano—. Ha sido muy valiente hoy, no imaginas la felicidad que he sentido al verte en el establo. Pensé que Wayne me mataría.

Matt arrugó el ceño y frotó el vientre aún plano de Nicole.

—No sé qué hubiera hecho si él… —La furia no le permitió continuar. Ella decidió cambiar un poco la conversación, para alejarlo de pensamientos nefastos.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó. Matt suspiró antes de responderle.

—Había ido al campo para dejarle a Tanner las instrucciones del trabajo que debía hacerse durante el día, así me quedaba a tu lado y cuidaba de ti. Lo ayudé con algunas labores de urgencia y finalmente fuimos al establo para buscar uno de los tractores, ya que era necesario cortar el pasto. Estando allí escuché los quejidos de Chase. Al acercarme al cuarto de las monturas pude oír cómo Wayne te amenazaba, eso me enloqueció. No te imaginas el miedo que me he sentido.

Él se inclinó hacia la chica y besó su rostro con ternura.

—La noche en que Christian murió, estábamos juntos —continuó Matt—. Nos reunimos en su despacho porque esa mañana Wayne había entrado en el rancho y se había enfrentado a varios empleados. Fuimos a la comisaría y pusimos la denuncia, supuestamente lo habían dejado detenido. Christian se reunió con Darryl y llegó a varios acuerdos con él para mantener a Wayne lejos de nuestras tierras, por eso permití que tu padre fuera solo a los establos, estaba controlando un brote parasitario en algunas reses. —Matt se pasó una mano por los cabellos. Su rostro mostraba el pesar que lo invadía—. Días antes, en medio de una discusión, Wayne había amenazado de muerte a Christian. No debí dejarlo solo, mucho menos ese día. No sabes cuánto me arrepiento de ese error.

—No fue tu error.

—Hoy te he dejado sola, a pesar de que sabía que Wayne rondaba el rancho. He vuelto a fallar.

—No te responsabilices por todo. —Él bajó la mirada, sin dejar de acariciarla—. Nada de lo que ha sucedido es culpa tuya; hiciste todo lo posible por evitar ambos hechos. Con mi padre llegaste tarde, pero conmigo no ha sucedido igual.

—No permitiré que te hagan daño —le aseguró él.

—Lo sé, confío en ti —le garantizó Nicole.

Matt apoyó su frente en la de ella y se quedaron así, cada uno bañándose con el cálido aliento del otro y disfrutando de su compañía. Una unión que comenzaba a entretejerse, con fuerza, dejando fuera de ese lazo los temores y las dudas.

 

Semanas después, Matt regresaba del campo junto a Chase. El chico aún tenía marcado en el rostro los golpes que le habían propinado por simple diversión, pero estaba completamente recuperado de las agresiones. La tranquilidad volvía al rancho.

Las pruebas que habían logrado reunir los policías y lo ocurrido en el establo, parecía ser suficiente para mantener a Wayne tras las rejas por un tiempo largo. Darryl ayudaba para que el sujeto no saliera de allí, sabía que su antiguo capataz había sido un hombre algo violento, pero jamás imaginó que fuera capaz de asesinar. Esos hechos podían empañar su imagen de empresario. La mejor manera de librarse de esa mancha era colaborando con la policía, una ayuda que Matt sabía que sería beneficiosa. Darryl poseía una gran influencia en el estado, su intervención garantizaba que Wayne fuera castigado como merecía.

Dejaron a Randy en el establo, luego se dirigieron a la toma de agua y se lavaron las manos y los brazos antes de dirigirse a la casa principal. El joven fue directo a la cocina, en busca de algo de comer y Matt subió a la primera planta, a la habitación de Nicole, que ahora también era la suya.

Vivían juntos en la casa grande, con el resto de la familia, y le habían cedido la cabaña a Chase. Tenían planificado casarse el próximo verano, después del nacimiento del niño y al culminar la construcción de los edificios adicionales que Christian Landon había ideado para el rancho.

Al entrar en el dormitorio encontró a Estrella, que conversaba con su chica recostada en la cama.

—¡Matt! —La niña reflejó su alegría al verlo y se lanzó sobre él para recibirlo con un fuerte abrazo.

—¿Qué hacen? —preguntó mientras le devolvía el abrazo.

—Hablábamos de cosas de mujeres —respondió la niña y sonrió con picardía.

—¿Otra vez? —se quejó él y lanzó una mirada inquisidora hacia Nicole—. Ayer se pasaron todo el día encerradas en el cuarto con Jane, hablando de «cosas de mujeres» —refunfuñó, aunque debía confesar que le encantaba que Estrella y Nicole fortalecieran cada día los lazos que las unían. A ambas le resultaba beneficiosa esa relación.

—Jane es una experta en esos temas —reveló Estrella con una sonrisa, pero al ver el rostro irritado de Matt, cerró la boca y salió a toda prisa de la habitación, diciendo que ayudaría a su madre con la cena.

Nicole rio con sonoridad, sin preocuparse por la pose severa de Matt.

—No le veo la gracia —la reprendió él.

—No seas celoso, déjala en paz.

—Es muy pequeña para hablar de hombres.

—¡Dentro de poco cumplirá catorce años! —rezongó la mujer—. Es una adolescente, no una niña.

—No me importa —declaró él mientras se quitaba el sombrero y la camisa—. Además, los consejos que le da Jane pueden ser peligrosos.

—¿Peligrosos? —impugnó Nicole con el ceño fruncido. Su amiga la visitaba todos los fines de semana para hacerle compañía. Ella había decidido no cursar ese semestre los estudios que le correspondían para terminar la carrera, con intención de velar por su embarazo y darle más tranquilidad a Matt. El próximo semestre no solo se ocuparía de alcanzar su meta, sino que podría pensar en iniciar una especialización. El descanso le serviría, además, para sosegar el ritmo frenético con el que estaba acostumbrada a vivir—. Aunque viva diciendo que conoce mucho a los hombres, en realidad Roland ha sido el único con quien se ha relacionado.

—Y entonces, ¿de dónde saca sus «super consejos»?

—De las revistas del corazón, ¿de dónde más? —respondió ella sin dar mucha importancia al tema. Matt puso los ojos en blanco.

—Quiero suponer que tú hablas de mí y Jane de Roland, pero ¿de quién demonios habla Estrella? —inquirió con voz paternal.

—De nadie —contestó Nicole con indiferencia mientras tomaba una revista de la mesita y comenzaba a hojearla. No le diría a Matt que su hermana se sentía atraída por Chase. Si lo hacía, él se mantendría vigilante, como un padre celoso, atormentando a la pobre chica y al joven.

—Nicole —le insistió Matt. Sabía que su mujer le ocultaba algo.

—¿Qué? —preguntó ella con fastidio.

—¿No vas a responderme? —insistió él, al tiempo que se acercaba a la cama y comenzaba a desabotonarse el cinto del pantalón. Ella amplió los ojos.

—¿Qué piensas hacer? No se te ocurra subirte a la cama sin haberte dado una ducha —le advirtió y lo señaló con un dedo.

—Creo que no estás en condiciones de exigir nada —le dijo.

—¿Por qué?

—Porque no quieres responder a mis preguntas —aclaró él mientras se quitaba las botas con los pies.

—El doctor me recetó reposo absoluto —le recordó, aunque en realidad, el reposo había culminado días atrás. Su embarazo marchaba sin inconvenientes.

—No te preocupes por eso. Tú no harás nada, cariño —garantizó él y se bajó la cremallera del pantalón—. Yo me encargaré de todo.

Ella lo observó llena de expectativas mientras Matt terminaba de desnudarse y subía a la cama. No le importó que él tuviera una capa de polvo y sudor encima, lo adoraba tal cual como estaba y ansiaba sentir el calor de su piel junto a ella.

Matt se acostó a su lado y la acarició desde el vientre hasta los hinchados senos. Introdujo con habilidad la mano por debajo de la ropa y le pellizcó los pezones para endurecerlos aún más. Su boca devoraba con hambre la de Nicole, robándole gemidos.

—Eres cruel —susurró ella. El hombre le chupaba los labios mientras una de sus manos bajaba por su cuerpo, para introducirse bajo el pantalón corto de pijama que ella llevaba puesto.

—¿Yo? La que no quiere salir de mi mente y me tiene como una caldera encendida eres tú —aclaró—. No sabes cuánto extraño que cabalgues a mi lado — confesó entre besos y gemidos—, te llevaría hasta los pastizales más apartados y te haría el amor, con la naturaleza como único testigo.

—Olvídalo, vaquero —expuso ella con la voz entrecortada por el deseo—. No pienso revolcarme en la tierra —le dijo, y hundió las manos en los cabellos de la nuca de Matt, mientras los expertos dedos de él frotaban los pliegues de su sexo.

Nicole expulsó una temblorosa exhalación cuando uno de ellos se introdujo en su interior.

—¿Estás segura? —le preguntó él con la mirada enfebrecida clavada en ella. Le fascinaba observarla gemir de placer, con el rostro enrojecido y los labios entreabiertos—. ¿No harás todo lo que te pida? —inquirió y apoyó la ardiente erección en su cadera para frotarla en pequeños círculos.

—Hazme lo que quieras —gimió Nicole y abrió las piernas para darle más acceso a su intimidad. Matt la envolvió en un beso urgente y con los dedos agasajaba su sexo.

Para ella aquel tormento duró casi una eternidad, y poco le faltó para perder la consciencia.

Le arañó la espalda al sentir que el organismo se le contraía por completo a causa de un inevitable orgasmo. Ahogó un grito de placer mientras expulsaba toda la tensión que tenía acumulada. El cuerpo se le evaporó como el humo.

Matt sacó los dedos de su intimidad para frotarle el vientre, y le acarició la piel del rostro con la punta de su nariz.

—Te amo, Nicole —le susurró al oído, erizándola por completo, y comenzó a desnudarla para poseerla de nuevo.

—Y yo a ti, mi amor —respondió ella, concediéndole el control sobre su vida.

Desde que se había entregado a los brazos de Matthew y había dejado de lado su obcecado orgullo, desconocía lo que era la soledad. Ahora tenía una familia, un lugar al que pertenecía y varios motivos por los qué luchar.

Así la vida le resultaba más interesante.

Solo un corazón fuerte había sido capaz de domar a un alma salvaje; no para hacerla dócil, sino para fortalecerla.

A diario no solo pedía perdón por los errores cometidos, sino que agradecía su incalculable fortuna. Los golpes la enseñaron a percibir sus debilidades y a esforzarse por evitarlas, y, aunque el trabajo no era nada sencillo, no se cansaría de luchar por su felicidad y la de los suyos.

Nicole Landon nunca se rendía ante un reto, y mucho menos si este era tan gratificante.

Terminaste La heredera

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