La heredera
Capítulo 14
Al día siguiente, Nicole se levantó de la cama llena de furia. Había dormido poco la noche anterior. Aún sentía en la piel el roce de las caricias de Matt, en la boca conservaba su sabor y el aire a su alrededor estaba impregnado con su aroma.
Después de asearse y vestirse, bajó a la cocina. Todo le molestaba, desde la ropa que llevaba puesta hasta los sonidos que se producían en el ambiente. Para su tranquilidad, la única que estaba en la cocina era Adele; la saludó con frialdad mientras se servía una taza de café negro.
Lo único que su estómago comprimido pudo aceptar fueron dos tragos de la bebida, dejó la taza aún llena sobre la mesa y se colocó en la cabeza el sombrero de su padre, para salir al campo e iniciar la faena.
La mañana empeoró al entrar en el establo en busca de su yegua Brisa. Allí estaba Wayne, el sujeto alto, moreno y de mirada peligrosa, que trabajaba como capataz en el rancho Drummond. Sabía que el hombre había sido enviado por Darryl por una petición suya, para hacerle llegar a su vecino las observaciones de los documentos que él le había enviado el día anterior, con una oferta para la compra del rancho; así que se acercó para indicarle que la acompañara al despacho, sin embargo, notó que dos empleados suyos se encontraban junto a él, y parecían enfadados.
—¿Sucede algo? —preguntó con voz autoritaria. Chase, que se hallaba cerca, se sobresaltó al oírla y enseguida se marchó. Nicole apretó la mandíbula, estaba segura de que el chico iría a avisar a Matt—. He preguntado si sucede algo —recalcó, y dirigió una mirada desafiante a los dos empleados indígenas que se enfrentaba a Wayne.
—No, patrona. Es solo que este hombre no es bienvenido —expuso uno de ellos, quien encaraba al capataz con una fusta en la mano.
—¿Y desde cuándo ustedes son los que deciden quién es bienvenido o no en mis tierras? —les inquirió indignada. El hombre que había hablado bajó un poco la cabeza, pero mantuvo una mirada cautelosa en el visitante.
—Fue su padre quien le prohibió la entrada —confesó el otro empleado, un sujeto bajito y delgado que se mantenía más alejado y parecía asustado.
Nicole observó a Wayne con el mentón en alto.
—¿Es eso cierto? —indagó. El hombre torció el rostro en una sonrisa desagradable mientras la repasaba de pies a cabeza.
—Estos asquerosos indios manipulaban a su antojo al viejo Landon. Hacían con él lo que querían, incluso con sus tierras y su ganado.
—Deja de mentir, miserable —reclamó el indio de la fusta y se acercó amenazante hacia Wayne.
No solo el capataz se preparó para contraatacar, sino que de pronto aparecieron cuatro sujetos más con grandes pistolas en las manos. Nicole se estremeció y recordó haberlos visto junto a Darryl el día en que fueron a cenar a Abilene. Eran sus guardaespaldas.
—Pero ¡¿qué demonios hacen ustedes aquí?! —reclamó furiosa.
—Disculpe, señorita —expresó Wayne con arrogancia, sin dejar de vigilar a los indios, quienes a pesar de estar más blancos que la leche, se ubicaron cerca de Nicole en actitud defensiva—. Estos sujetos nos atacaron una vez, no podemos descuidarnos.
—Lárguense de mi rancho —ordenó ella, exasperada. Wayne la miró con arrebato. No parecía estar muy dispuesto a seguir su resolución—. ¡Ahora! —insistió, al ver que ninguno de los empleados de Darryl se movían. La actitud de los hombres la había asustado.
—¿Y los documentos? —preguntó en capataz antes de marcharse.
—Tengo que hablar con Darryl sobre esta situación, no aceptaré que ninguno de ustedes entre en mi casa armado y amenace a mis empleados —manifestó con firmeza. Wayne la fulminó con una mirada peligrosa. Nicole se la sostuvo, procurando mostrarse impasible para no demostrar su temor.
Cuando los hombres se marcharon, ella se dirigió hacia los indios.
—No pretendáis pasar de nuevo por encima de mi autoridad —les advirtió.
—Pero, patrona… —trató de intervenir el empleado asustadizo.
—¡Pero nada! No quiero que se tomen atribuciones que no les corresponde — afirmó—. Si algo os molesta, me lo comunicáis, que yo me encargaré del asunto.
—Ese hombre en una ocasión… —quiso explicar el indio que se había enfrentado a Wayne con una fusta, pero Nicole lo detuvo al clavar una mirada autoritaria en él.
—No volváis a poner en tela de juicio mis órdenes —refutó con la mandíbula apretada—. Yo autoricé la entrada de ese hombre y vosotros no tenéis derecho a tratar de esa manera a ninguno de mis invitados. Si existe algún problema me informáis. ¿Entendido?
Los indios cerraron la boca y asintieron con la cabeza, aunque Nicole podía percibir en sus rostros la desaprobación.
—Con su permiso, patrona. Iniciaremos nuestro trabajo —expuso el indio de la fusta y tomó por el brazo a su compañero para arrastrarlo en dirección al campo.
Nicole se quedó allí por un instante. La rabia, el temor y el desconcierto hacían mella en su determinación. Se llenó los pulmones de aire, que de manera extraña comenzaba a faltar a su alrededor, y se encaminó con paso inseguro a la casa. Necesitaba con urgencia un poco de soledad.
Se encerró en el despacho para ocultarse de todos. Caminaba de un lado a otro. El arrepentimiento la atormentaba, así como una punzante molestia en el pecho. No podía seguir de esa manera, sentía que el aire a cada segundo se hacía más pesado. Si no se calmaba, podía verse afectada por alguna enfermedad nerviosa producida por el estrés.
Conocía muy bien los síntomas, su madre los había vivido durante sus últimos años. Además, había ciertas molestias en su cuerpo que la angustiaban. Necesitaba ir con urgencia a Abilene a hacerse varios exámenes, para así confirmar sus sospechas, pero la situación en el rancho parecía salírsele de las manos.
Se detuvo en medio de la habitación, cerró los ojos y se concentró en su respiración, quería encontrar sosiego para sus emociones. Se había comportado como una arpía con los empleados, parecía una niña malcriada, enfadada porque nadie la tomaba en cuenta. Ya era una mujer y si quería hacerse respetar por el personal debía comportarse como tal. No les había dado oportunidad de explicarse, aunque odiaba que la ignoraran, la mejor manera de ganarse su confianza era escuchándolos. Ellos tenían un mal concepto de ella, pero había sido ella misma quien se había construido esa imagen con su actitud necia hacia su padre. Debía demostrarles lo contrario…
—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —preguntó Matt, después de entrar como un torbellino en el despacho provocando que la puerta golpeara contra la pared. Nicole se sobresaltó y se volvió hacia él, quedando muda por la imagen colérica, pero impresionantemente atractiva, que tenía.
El sombrero ocultaba parte de su rostro y lo hacía parecer amenazante, los hombros los mantenía rectos y los puños cerrados, postura que encendió el fuego del deseo dentro de Nicole. La sangre le corrió con violencia por las venas y se acumuló alrededor de su zona pélvica, haciéndola sentirse húmeda entre las piernas. Cuando él se acercó y la arropó con su aroma varonil cada una de sus fibras musculares se le contrajo, los pezones se le endurecieron en segundos y se volvieron tan sensibles que hasta el roce de la tela del sujetador la estremecía.
Retrocedió un paso, no por temor a él, sino para evitar las reacciones que ese hombre provocaba en ella.
—¡Te dije que Darryl es un sujeto peligroso, y sus hombres no son bienvenidos en esta casa!
—Es mi casa… —se excusó con la voz entrecortada. Sentía que le faltaban las fuerzas.
—¡Lo sé! Pero no eres la única que vive aquí, no puedes ser tan inconsciente y poner en peligro a todos —reclamaba Matt sin notar el estado de la mujer. La rabia lo cegaba.
—¿Inconsciente? ¡Te he dicho que es mi casa! Puedo realizar aquí todos los negocios que quiera. —Las quejas del hombre le alteraban los nervios a Nicole, pero la furia parecía nublarle la mente y enfriarle la sangre.
—¡Soy socio de este rancho, cualquier negocio que pretendas hacer debes consultarlo conmigo!
—¡¿Acaso tú consultas conmigo los planes que tienes?! —vociferó ella, respirando con dificultad.
Matt se quedó por un instante en silencio, con la mirada fija en el rostro pálido de la chica.
—Christian dejó instrucciones…
—¡Mi padre murió asesinado! —gritó ella con irritación—. ¡Es imposible que haya dejado instrucciones de nada!
—¡Christian sabía que querían asesinarlo! —reveló Matt, con un tono de voz más alto al usado por ella—. ¡Por eso se ocupó en dejar listo su testamento!
Nicole se quedó de piedra ante aquella confesión. Un oleaje de sangre helada le recorrió el cuerpo de manera acelerada, y al llegarle al cerebro, el mundo comenzó a desvanecerse a su alrededor.
Su organismo se había colapsado por la intensidad de las emociones que había experimentado, perdió el control sobre su cuerpo y, al no tener la fortaleza para sostenerse, se dejó caer.
Al abrir los ojos notó que estaba en su habitación. Una amarga sensación de vacío le invadía el estómago y la piel la sentía helada. Intentó llevarse las manos a la cabeza que parecía estar sumergida en una humareda. No coordinaba bien los movimientos, ni los pensamientos, aún estaba débil.
El rostro de Matt apareció sobre ella. Sus hipnóticos ojos verdes, llenos de preocupación, le sirvieron como punto focal. La calidez de sus manos arropó las de ella y la hizo sentirse segura, hasta eliminar la sensación de vértigo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él y se sentó en la cama junto a ella. Nicole solo alcanzó a asentir con la cabeza, tenía un nudo apretado en la garganta—. Cuando recuperes las fuerzas, te llevaré a Abilene. Lo quieras o no.
—No es necesario que sea tan urgente —expuso ella con voz débil.
—No me importa lo que pienses, te llevaré y punto —aclaró Matt con autoridad.
Nicole cerró los ojos mientras él le acariciaba la frente y los cabellos con ternura.
—Pronto seré médico, creo saber lo que me pasa —aseguró ella aún adormilada. Las caricias del hombre y su voz de arrullo eran mucho más efectivas que cualquier medicina.
—Entonces, dímelo. Porque estoy a punto de sufrir un colapso nervioso por la preocupación —confesó él.
El cuerpo de Nicole se estremeció al sentir los labios de Matt sobre su frente. La besó con suavidad y luego se quedó allí, con la frente apoyada en la de ella, bañándole el rostro con su aliento. Ella se giró un poco hacia él, en busca de sus labios; al encontrarlos, se dejó acariciar por sus besos.
—Casi me matas del susto, Nicole —se sinceró él sobre su boca—. Dime qué te pasa, ¿cómo puedo evitar que eso te ocurra de nuevo?
El corazón de la chica aumentó sus palpitaciones, generándole una fuente de calor que la recorrió entera.
Esta vez tenía que ceder, no debía cometer el mismo error de su madre, de obligar al mundo a girar a su alrededor y a su ritmo. Era imposible que todos se amoldaran a sus condiciones. Podía comprender que lo que sucedía en ese lugar era muy peligroso y ella no podría manejarlo sola, menos ahora que no solo tenía que velar por su bienestar. Pero antes, necesitaba conocer toda la verdad.
—Sin rodeos. Dime lo que sucede y te prometo que me iré hoy mismo del rancho y no volveré nunca más —manifestó sin abrir los ojos y con el dolor expandiéndosele en el pecho.
Al sentir que él se alejaba el miedo la embargó.
—Nicole, mírame —le exigió. Ella obedeció, temerosa porque cumpliera con su petición. Si le daba toda la información, ella no tendría más opciones que irse, y no quería alejarse de su lado.
La mirada entristecida de Matt le estremeció cada fibra de su cuerpo. No sabía cómo demonios había sucedido, pero se había enamorado de él. Separarse sería un duro golpe para su vida. Otro más. De nuevo tendría que acostumbrarse a vivir alejada de la gente que amaba. Sola y vacía.
—Ya no, preciosa. Ahora es imposible. —Las palabras de él la llenaron de esperanza—. Contigo aquí todo se me hace más difícil, pero sin ti no podré hacer nada, mi lucha perdería sentido.
Los ojos de Nicole se llenaron de lágrimas, y a pesar de que intentó evitarlo, una lágrima escapó y rodó por su mejilla. Matt la tomó con su dedo antes de que cayera sobre el acolchado de la cama.
—A tu padre lo asesinaron —continuó—. Y aunque las autoridades declararon que su muerte fue causada por una bala perdida, sin haber hecho ningún tipo de investigación, yo no he dejado de averiguar lo sucedido ni de perseguir al culpable.
—¿Fue Darryl? —preguntó ella con la voz quebrada por la pena.
—Wayne. —La revelación alarmó a Nicole, pero con un suspiro obligó a su organismo a calmarse. Recordó la mirada amenazante que el hombre le había dirigido. A ese sujeto, ella misma le había dado entrada en la casa, solo por un obcecado orgullo—. Nicole, no puedes repetir lo que voy a confesarte —le pidió con seriedad—. Tienes que prometerlo.
—Lo haré —garantizó.
Matt respiró hondo antes de iniciar su explicación.
—Desde hace mucho tiempo existen conflictos entre Wayne y los indios. Él es un hombre violento que le gusta tomar lo que no le pertenece —explicó—. Ellos vivían en una franja de terreno cercana al río Smoky Hill, pero al no tener los documentos de propiedad en regla, Darryl fácilmente se adueñó de las tierras. Sin embargo, había llegado a acuerdos con ellos, pero tiene un capataz con personalidad propia, que no sabe seguir las órdenes de un superior, y terminó creando conflictos que obligaron a Darryl a echar a los indios de sus tierras. Ellos intentaron buscar apoyo en la ley, pero Darryl domina casi toda la ciudad. Es más poderoso de lo que crees.
Ella sintió que el pecho se le contraía, por eso Darryl quería que ella le vendiera el rancho antes de que culminara el negocio con Tucker Laud. Si le concedía parte del terreno a los indios los tendría cerca, y los conflictos con Wayne continuarían.
—Tu padre, cuando se enteró del problema, quiso intervenir. Les dio cobijo en el rancho y buscó asesoría legal para que pudieran reclamar sus tierras, pero Wayne se ha mantenido al acecho. Quiere alejarlos como sea, para que no sigan pretendiendo la región que les pertenecía.
—¿Darryl no sabe lo que hace Wayne?
—Sabe que es un hombre conflictivo, pero también un gran trabajador. Wayne lo ha ayudado a engrandecer su propiedad y mantenerla controlada. Jamás se desharía de él, a menos que le presentemos pruebas, pero aún no las tenemos.
Nicole suspiró y dirigió la mirada al techo. Las manos de Matt aún no se alejaban de las suyas, había entrelazado los dedos, manteniéndolas unidas sobre el vientre de ella.
—Yo podría hablar con él…
—No —la amonestó el hombre.
—Él me escucha…
—Él no te escucha, fuiste tú quien accedió a escucharlo.
Ella observó a Matt con aspereza, le dolía que le dijera en su cara los errores que había cometido.
—Te quiere manipular —continuó—, de la misma manera como intentó hacer con Christian. —Nicole recordó las palabras de Darryl: «No cometas el mismo error de tu padre»—. Aún no tengo pruebas para denunciar a Wayne, pero estoy cerca de conseguirlas, varios policías del condado trabajan conmigo en secreto, están ansiosos por hallar una forma para detener a ese sujeto, ha cometido demasiados delitos en la ciudad, pero Darryl lo protege.
Ella se quedó pensativa, quería hacer algo, había prometido velar por el sueño de su padre y ese hombre amenazaba con destruir aquellas tierras.
—Nicole —Matt se acercó a ella y besó con suavidad sus labios—, necesito que confíes en mí —le pidió, y le acarició con la punta de la nariz la mejilla. Ella volvió a cerrar los ojos, dejándose invadir por las emociones que él despertaba con su cercanía —. Déjame cuidarte, quiero protegerte.
El corazón le dio un vuelco en el pecho por esas palabras. Antes de llegar a Abilene se sentía sola, anhelaba ser parte de algo, atarse a alguien. Era imperioso dejar de lado su terquedad para lograr su sueño, y no solo por ella, sino por la posible nueva vida que venía en camino.
—Matt. —Al llamar su atención él alzó el rostro y la acarició con la mirada—. Creo que estoy embarazada.
La noticia lo dejó petrificado. Ella esperó casi un minuto y al ver que él no reaccionaba, volvió a intervenir.
—No estoy totalmente segura, debo hacerme exámenes, pero tengo todos los síntomas, y…
Él la silenció al apoyar un dedo sobre sus labios. Su mirada cambió, e incluso, su postura. El cuerpo se le irguió y los hombros se le enderezaron. Los ojos le brillaron como dos esmeraldas, pero además, se llenaron de determinación.
—Iremos a Abilene hoy mismo —dictaminó y aquello, más que enfadar a Nicole, la estremeció de pies a cabeza—. Esto cambia las cosas y quiero que lo entiendas.
Ella asintió, lo comprendía, claro que lo hacía. Desde que se había levantado esa mañana lo había entendido, pero la tozudez y los absurdos celos solían ganarle la partida. Debía trabajar con empeño para controlar esas emociones, o seguirían marcando su vida, llenándola de pesares y desdichas.
Matt la besó, con un beso pausado pero profundo, capaz de invadirla por completo, de reclamarla, de hacerla suya. Ella se dejó llevar, lo anhelaba y necesitaba. Abrió la boca para que la lengua de él la poseyera, y le tocara hasta el alma.
—Por favor, Nicole, necesito que confíes en mí y te quedes en el rancho hasta que vuelva.
—No iré a ningún lado.
—Y no vuelvas a comunicarte con Darryl, no le des ninguna oportunidad para que te manipule.
—No lo haré.
Él alzó el rostro y la observó por un instante mientras su mano le acariciaba la mejilla.
—Confía en mí —insistió.
—Y tú en mí, no me dejes al margen —rogó ella. Él depositó un suave beso en sus labios, luego la miró fijamente.
—Lo haré. No cometeré más errores contigo —prometió y le acarició el vientre —. Cuidaré de ti y de nuestro hijo, lo juro.
Ella lo abrazó con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Nunca imaginó que pudiera sentir tanta alegría en el corazón.
—Le pediré a Adele que te traiga algo de comer.
—No creo que pueda comer, siento náuseas.
—Inténtalo.
Ella asintió con la cabeza y, después de un último beso de despedida, se quedó sola.
Antes de que el ama de llaves llegara a la habitación tuvo suficiente tiempo para pensar. Estaba dispuesta a intentarlo con Matt, pero necesitaba más respuestas. Él no le había dado todas las razones y aún había detalles que a ella la atormentaban.
Le pidió a Adele que le trajera el teléfono inalámbrico de la casa. Tenía que ubicar todas las piezas del rompecabezas para terminar de armarlo y así sentirse segura, de lo contrario, siempre tendría una espina clavada en el pecho, que debilitaría cualquier relación que se esforzara por construir.