La heredera

Jonaira Campagnuolo · Capítulo 5 de 16

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La heredera

Capítulo 5

 

El veterinario llegó al final de la tarde, acompañado por un joven empleado del rancho vecino. Atendió a los animales en el establo, en medio de un tenso silencio. Matt no se apartó en ningún momento de los visitantes y parecía evaluar cada uno de sus movimientos y gestos.

El personal se mantenía alejado, solo Tanner se encontraba en las cercanías, pero a una distancia prudencial.

—No son serias las heridas —explicó el veterinario, un hombre delgado, de cabellos oscuros y gafas gruesas; mientras el joven que lo acompañaba guardaba los instrumentos que había utilizado en un maletín—, con los cuidados adecuados en algunos días se recuperarán. Si les parece…

—Mañana mismo contrataremos a un experto —aseguró Matt, antes de que el hombre se ofreciera a vigilar a los animales—. Gracias por sus servicios.

El sujeto, de nombre Greg River, lo observó por un instante y endureció la mandíbula.

—No tiene nada que agradecer —se giró hacia Nicole y le obsequió una sonrisa —. Cada vez que me necesite puede llamarme. —Sacó una tarjeta personal del bolsillo de su pantalón y se la entregó.

—Muchas gracias, señor River —apuntó ella y, después de recibir la tarjeta, echó una ojeada hacia Matt, que la traspasaba con una mirada severa—. Le pagaré por su servicio.

—No se preocupe, señorita Landon. Tome la visita como un obsequio de bienvenida de mi patrón, que estoy seguro de que pronto vendrá a saludarla — anunció Greg y se dirigió con el joven hacia Tanner para marcharse del rancho.

Nicole percibió que Matt apretaba los puños y no perdía de vista al veterinario mientras se iba.

—¿Puedes explicarme qué sucede? —le preguntó ella al quedar solos, pero este solo le dedicó una mirada desdeñosa antes de encaminarse al exterior.

Nicole suspiró con cansancio y se quedó por unos segundos con los animales antes de marcharse a la casa. Pasó el resto de la tarde en su habitación, estaba exhausta, tanto física como mentalmente. Sentía que allí no la querían, que no lograba encajar.

Sin embargo, comprendía que hasta ahora solo se había interesado por conocer el trabajo del rancho, sin relacionarse lo suficiente con los empleados. Si quería investigar la muerte de su padre y obtener información, no hacía las cosas de manera inteligente. En vez de imponerse debería doblegarse un poco, para saber qué se urdía entre ellos.

Después de una larga ducha, se colocó unos pantalones deportivos azules con el logo de su universidad y una camiseta color crema de cuello bordado. Se enfundó unas cómodas zapatillas de lona y se encaminó en dirección al comedor. Pronto sería la hora de la cena.

Bajó las escaleras notando que la casa se encontraba desolada y oscura, solo se divisaba una luz brillante que escapaba por la puerta entornada de la biblioteca, ubicada en el lado contrario al pasillo del comedor.

Decidió continuar hasta la cocina, pero el murmullo de la voz enfadada de Matt le llegó a los oídos.

—Maldita sea, esa mujer me complicará las cosas —escuchó. La curiosidad le ganó la partida, así que decidió acercarse esforzándose para que sus pisadas fueran silenciosas. Por alguna razón supuso que se refería a ella.

—¿Y si tratas de explicarle la situación? —Aquellas parecían ser palabras de Sabine.

—¿Para qué? ¿Quieres que nos eche a todos del rancho? —Esa definitivamente había sido una expresión rencorosa de Eva.

—Ella no puede sacarnos de aquí, el testamento es muy claro —justificó Matt.

—Christian no culminó los trámites de la herencia —insistió Sabine—. Ella es su hija, tiene derecho a tomar las decisiones que quiera.

El silencio fluyó por unos segundos, hasta que Matt habló de nuevo.

—Tenemos que sacarla de aquí cuanto antes. Ahora Darryl ya sabe de ella y puede empeorarlo todo. —La sangre se le congeló a Nicole.

—¿Cómo? —inquirió Eva.

—Desde que me la encontré tirada con el coche cerca del rancho, le dejé bien claro que no era bienvenida. Esperaba que así se sintiera incómoda y se marchara, pero no es fácil de persuadir —explicó él—. Buscaré la manera de enfurecerla para que se marche por voluntad propia.

—Puedo ayudarte…

—Eva —interrumpió Sabine. De nuevo un tenso silencio imperó en la estancia—. Ve a ayudar a Adele a servir la cena —ordenó con severidad.

Nicole sintió que la ira le recorría las venas, pero debía ocultarse cuanto antes. Si Eva obedecía, pronto saldría de allí y la encontraría.

Abrió rápidamente la primera puerta que halló y entró en una habitación oscura, y cerró la puerta con sumo cuidado. Al escuchar que las pisadas fuertes y apresuradas de Eva se extinguían, volvió a abrir, pero se quedó cerca, en caso de que tuviera necesidad de esconderse de nuevo.

—Matt, ¿estás seguro de que esa estrategia servirá?

Un sonoro resoplido se oyó antes de que el hombre hablara.

—No quiero traicionar a Christian, pero ella no me deja más opciones. Si se queda, todos los planes se nos vendrán abajo.

Para Nicole, lo que había escuchado era más que suficiente. Con eso se confirmaban sus sospechas, aquellas personas ansiaban sacarla de allí para hacer con la propiedad de su padre lo que se les viniera en gana.

Controló la rabia mientras se ocultaba en la habitación oscura. En su escondite, se apoyó en la puerta cerrada para respirar con profundidad y sosegar las emociones.

Quería salir y enfrentar se a ellos cara a cara. Gritarles que a pesar de su lejanía y los conflictos que pudo haber tenido con Christian, por alguna razón él decidió dejarle a ella el rancho y no a ellos. Tendrían que respetar esa voluntad, y si no estaban dispuestos a hacerlo, entonces ella se lo exigiría. Pero no podía actuar de manera impulsiva. Lo que allí ocurría además de complejo, parecía peligroso. Debía pensar con frialdad cada una de sus acciones, para no cometer ningún error.

Al sentirse más calmada decidió encender la luz y quedarse un rato en ese lugar, así podría comenzar a trazar un plan. Necesitaba mezclarse con los trabajadores y obtener de ellos respuestas, que le permitieran comprender la situación y establecer las mejores maneras para sacar a todos los traidores del rancho.

Tanteó en la pared en busca del interruptor, la oscuridad era marcada. Al hallarlo y lograr iluminar el cuarto, quedó conmovida por la imagen que se reveló. Aquella habitación había sido el despacho de su padre.

El inmenso escritorio de roble tallado con butaca reclinable seguía destacando frente a la entrada, y, sobre él, ya no se hallaba atornillado a la pared el cuadro de un prado soleado e interminable, sino una gran fotografía de ella cuando tenía quince años, y posaba sonriente sobre un caballo negro días después de haber llegado al rancho.

Las lágrimas le anegaron los ojos. Se sentía desdichada. Se había comportado como una completa idiota durante años, y el único modo que tenía para reparar su error era cuidando del sueño de su padre.

Avanzó hacia el escritorio y apretó la mandíbula para ahogar el llanto. Sabía que con eso no lograría resolver sus problemas. Tenía miedo, debía aceptarlo, y no solo por enfrentarse contra la avaricia que existía en ese lugar, sino por el hecho de tener que desprenderse de su propia vida para estar allí. Porque si iba a luchar contra ellos para defender esas tierras, debía olvidarse de la universidad por un buen tiempo. Quizás, para siempre.

Acarició la madera del escritorio con melancolía, se acercó a la butaca y pasó la mano con dulzura por el respaldo. Le hubiera gustado ver a su padre una vez más sentado en ese lugar, pero comprendía que eso ya no era posible.

Al escuchar sonidos en el exterior se irguió. Oía voces tras la puerta, quizás de Matt y Sabine, que salían de la biblioteca. Al ver que la manija giraba, se sentó en la butaca y asumió una pose relajada.

La puerta se abrió con lentitud y la cabeza de Matt, enfundada en su sombrero, se fue asomando. El hombre repasó la habitación con la mirada, y, al ubicarla, su rostro reflejó al principio desconcierto, luego indiferencia.

—Señorita Landon —dijo y entró en el despacho cerrando la puerta tras de sí. Nicole podía jurar que afuera se hallaba Sabine, y, con ese saludo, él le avisaba de quién se encontraba dentro de la habitación.

—Señor Jackson —lo saludó con apatía.

Matt metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se acercó al escritorio, hasta detenerse frente a ella, con la mesa como obstáculo entre ambos.

—¿Qué haces aquí? —preguntó él.

—Es mi despacho —expresó ella con frialdad—. ¿Por qué has entrado sin llamar? —lo provocó.

—Tienes razón. Lo lamento —se disculpó, con la mirada fija en los ojos castaños de la chica—. No sabía que lo usabas y al ver que la luz estaba encendida, decidí investigar.

—Veo que eres arriesgado —expresó Nicole mientras se levantaba de la butaca —. No sales sin un arma y te atreves a investigar cuando algo llama tu atención — enumeró al tiempo que se acercaba a él—. Si yo hubiera sido un delincuente te hubiera volado la cabeza de un disparo cuando te has asomado sin anunciarte.

Él mantuvo una pose inquebrantable, sin dejar de mirarla.

—Le prometí a Christian que cuidaría del rancho y es lo que hago.

—Hablas como si hubieras tenido la oportunidad de despedirte de él —declaró Nicole, deteniéndose a escasos centímetros de Matt—. Tengo entendido que mi padre murió de manera repentina, asesinado —recalcó aquella última palabra—, y fuiste tú quien lo encontró —concluyó. Él endureció la mandíbula, pero no se apartó.

—¿Qué tratas de decir? ¿Piensas que yo asesiné a Christian?

—No he dicho eso, solo intento comprender lo ocurrido.

Los ojos de Matt llamearon. Avanzó un paso y la tomó con firmeza de la barbilla, para levantarle más el rostro y acercarlo al suyo.

—Hace cinco años que te largaste, no sabes nada de lo que aquí sucede. Te sugiero que no hagas conclusiones apresuradas.

Ella se libró de su agarre, enfadada. Retrocedió un paso, pero no eliminó su postura soberbia.

—Mi padre me dejó el rancho a mí, no a ti, ni a Sabine —aclaró con aspereza—. Tengo derecho a hacer las suposiciones que quiera.

—Lo mejor es que te vayas, regresa a la universidad, yo puedo hacerte llegar las…

—¡No!

Ambos quedaron inmóviles, enzarzados en una lucha silenciosa. En una guerra de voluntades que ninguno estaba dispuesto a perder.

—No cometas el mismo error que tu padre —advirtió él.

—¿Cuál? ¿Confiar en ti?

Matt se irguió, se ajustó el sombrero en la cabeza y achicó los ojos antes de hablar.

—No. Creerse intocable —señaló y volvió a acercarse. Esta vez Nicole parecía intimidarse por su altura y arrogancia—. Christian no me escuchó y terminó con la cabeza traspasada por una bala. Te juro que no permitiré que eso suceda de nuevo — advirtió mientras volvía a tomarle la barbilla a la chica con una mano. Ella amplió los ojos, pero se quedó inmóvil—. Si tengo que atarte a la pata de la cama para salvarte de algún peligro, lo haré.

La cercanía de Matt derribó todas las barreras de Nicole. Sin poder evitarlo dejó escapar un gemido. Los labios de él se estremecieron al recibir el cálido aliento de la chica. Cerró los ojos complacido y unió sus bocas con un beso intenso, arrollador y anhelado.

Ella al principio se mantuvo rígida, pero la lengua de Matt se introdujo con facilidad en su boca y con caricias ansiosas le robó cualquier pretensión de negarse. Una avalancha de placer le recorrió las venas, que en segundos le llegó al cerebro, adormilándole las neuronas y cada parte de su organismo. Quedó así, a merced de él.

Con un brazo, Matt le rodeó la cintura y la pegó con firmeza a su cuerpo, para evitar que ella se debatiera o se alejara. Sin embargo, Nicole no pensaba hacer nada de eso. Puso en funcionamiento los últimos hilos de nervios que le quedaban activos, y envió un mensaje a sus brazos para que se enlazaran en el cuello del hombre.

Aunque pareciera imposible, el beso se profundizó. Ambos se daban en aquella entrega, se aferraban con desesperación al otro como si esa fuera la primera o la última vez que lo harían.

Los cuerpos se frotaron como dos pedernales, creando chispas a su alrededor que amenazaban con formar un fuego abrasador capaz de consumir todo a su alrededor.

—¡¿Matt?!

La repentina intervención de Eva los sacó a los dos de su ensoñación. Se alejaron con dificultad, e intentaron controlar la respiración y los acelerados latidos del corazón.

—¿Matt, qué…? —La mujer estaba lívida por la furia. Había ido a buscarlo al ver que Sabine entraba en la cocina sin él. Oyó la discusión en el despacho y esperó a que saliera, pero al notar que tardaba decidió asomarse, presenciando la frenética escena de los besos.

—Ve al comedor, Eva —ordenó el hombre con la voz ronca y ajustando el sombrero a su cabeza. A la india la sangre se le había escapado del rostro, los ojos le brillaban y los puños le temblaban levemente. Nicole se acomodaba la ropa con una pequeña sonrisa en los labios, aprovechaba la ocasión para vengarse de la mujer por todas las veces que la había provocado.

Después de un minuto de tensión, Eva se marchó; no sin antes dirigirle una dura mirada de advertencia a Nicole.

—No quiero que salgas del rancho sin protección —le exigió Matt al quedar solos. Aún se notaba perturbado, en su mirada parecían reflejarse ruegos y necesidades que ella no podía reconocer—, ni andes sola por los terrenos.

—Tengo derecho a saber lo que ocurre —sentenció Nicole e intentó sonar autoritaria, pero en realidad, las piernas no dejaban de temblarle por la intensidad del beso que acababa de recibir.

—Lo sabrás, cuando yo logre descubrir la verdad —reveló él y después de compartir con ella una profunda mirada, se retiró.

Al quedar sola, Nicole se sentó con abatimiento en la butaca, apoyó un codo en el reposabrazos y sostuvo su trastornada cabeza. El cuerpo le ardía y la sangre le fluía rabiosa por las venas. Matt había sabido apabullarla y cegarla para obtener lo que quería, no podía permitir que aquello se repitiera.

No debía mostrarse frágil ante el enemigo. Él la quería fuera del rancho y estaba aliado con Sabine y Eva para arrancarle la herencia.

Aunque el beso le agradó y lo había anhelado, tenía que tomarlo como un simple juego. Él había podido percatarse de la influencia que creaba en ella, estaba segura de que se aprovecharía de esa debilidad para manipularla y empujarla a seguir sus dictámenes.

Si quería mantenerse firme y salvar el rancho de su padre, no podía perder la cabeza, ni por Matt ni por nadie.