La heredera
Capítulo 6
Al día siguiente, y después de una mañana difícil por haber pasado horas entre el ganado, revisando cada animal y garantizando el funcionamiento del rancho, Nicole llegó a la casa exhausta, cubierta de tierra y con los pantalones manchados de lodo y quién sabía qué otras cosas.
Olía mal, estaba sucia y con los cabellos atados en una trenza mal hecha. Se abanicaba con el sombrero mientras cruzaba el jardín. Había dejado a su yegua en el establo, al cuidado de Chase, y a Matt y a Tanner dirigiéndose a la granja con el nuevo veterinario.
—Es más bella de lo que pude imaginar.
Aquel saludo la hizo girar sobre sus talones. Quedó sin aliento al ver al hombre que se acercaba. Era alto y delgado, de andar firme y pasos largos; aún en ropas de trabajo se notaba elegante, y mantenía la espalda recta para destacar el pecho fibroso. Al llegar junto a ella, él se quitó el sombrero y reveló una seductora sonrisa.
—Señorita Landon, bienvenida a sus tierras —expresó el sujeto. Parecía irreal, con los cabellos rubios y cortos peinados hacia un lado, ojos amarillos de mirada intensa y un aroma a colonia que envolvía. Por las escasas arrugas alrededor de los ojos ella podía deducir que estaba en sus cuarenta, pero se encontraba muy bien conservado. No podía negar que era atractivo.
Intentó recomponerse los cabellos, pero al recordar que tenía peor aspecto que las reses de su rancho, bajó los hombros y se alejó un paso de él.
—Gracias por la bienvenida, ¿usted es…?
—Darryl —confesó el hombre—. Darryl Vince, su vecino. —Y le mostró una sonrisa arrebatadora. Ella alzó las cejas al recordar que Matt había mencionado ese nombre la noche anterior, cuando hablaba con Sabine y Eva en la biblioteca.
—Bien… creo que ya sabe quién soy yo —le dijo.
—Cómo no saberlo, si tiene los mismos ojos castaños de su padre, aunque debo confesarle que usted es mucho más hermosa que Christian. —Nicole lo observó con mayor detenimiento mientras se abanicaba con el sombrero—. Mi veterinario me ha informado de que ayer estuvo por aquí.
—Sí, tuve un incidente con unos animales y no tenía quien los atendiera. Le prometí que le pagaría por la molestia, pero no aceptó.
—Él sabe lo que le conviene. Si lo hubiera hecho, yo mismo le cortaba las manos por atrevido. —Ella amplió los ojos e intentó sonreír ante esas palabras—. Si necesita nuevamente de sus servicios no dude en llamarlo. Lo pongo a su disposición.
—Gracias, pero ya hemos contratado a uno para el rancho.
El hombre no apartaba su mirada evaluadora de la joven. Por un momento Nicole se sintió cohibida, no estaba presentable como para recibir visitas.
—La última vez que la vi era una delicada flor a punto de abrir sus pétalos, pero con una energía desbordante reflejada en sus grandes y expresivos ojos —alabó Darryl, haciéndola ruborizar—. Ahora está más hermosa que cualquier flor existente —dijo, y la repasó de pies a cabeza con un extraño brillo en los ojos—. Demasiado hermosa.
Nicole sintió que los vellos de la nuca se le erizaban. Algo en la voz o en la postura del hombre hizo disparar sus alarmas.
—Gracias —respondió. Cada vez que conocía a alguien le era fácil predecir sus intenciones por la forma en que se expresaba o la postura, sin embargo, aquel sujeto la había abordado teniendo las defensas bajas, por eso le costaba reconocer sus verdaderos propósitos.
—Lamento mucho la muerte de Christian —continuó él—. Tu padre y yo fuimos muy cercanos, nos prestábamos ayuda en todo momento, e incluso asesoría con respecto al funcionamiento de nuestros ranchos. Por eso me gustaría invitarla a cenar, para que construyamos una fuerte relación de amistad.
—¿Cenar? —preguntó ella con desconcierto.
—Sí, en Abilene hay buenos restaurantes. Imagino que nadie la ha agasajado desde que llegó. ¿Acepta mi invitación?
Ella se tragó un resoplido e imaginó al ordinario de Matt invitándola a cenar a un lujoso restaurante, para crear algún lazo de amistad. Tuvo que ocultar una mueca de decepción que involuntariamente se le dibujó en el rostro.
Darryl ladeó la cabeza y fijo los ojos amarillos en ella. Esperaba una respuesta.
—Sí, acepto —respondió.
—¡¿Qué es lo que aceptas?!
Nicole se giró con el corazón en la boca al escuchar la voz de Matt tras ella. Él se acercaba con rapidez, proveniente del establo, tenía los puños apretados y el rostro ceñudo, y sus ojos se notaban más verdes que de costumbre. Al verlo, ella no pudo evitar recordar el beso que se habían dado la noche anterior. Aunque pasó toda la mañana procurando no rememorar esa escena, en ese instante parecía bullirle en la memoria el sabor mentolado de su boca y las suaves caricias de su lengua.
—¿Qué haces aquí? —Matt se dirigió con irritación hacia el visitante, al tiempo que se detenía cerca de Nicole.
—¿Te importa? —Al escuchar la provocación de Darryl, ella pudo comprender parte de la situación. Era evidente el rencor que se tenían.
—Sí, me importa —respondió Matt con la misma sequedad y tomó el brazo de Nicole para llamar su atención—. ¿Qué es lo que has aceptado? —le preguntó a ella con la mandíbula apretada.
Nicole se soltó de su agarre y le dirigió una firme advertencia con la mirada. No se dejaría apabullar por nadie, y, mucho menos, delante de extraños.
—No deberías tratarla así —rebatió Darryl con voz amenazante.
—Si has venido a saludar, ya te puedes ir —le escupió Matt y lo traspasó con la mirada.
—Matt, no seas grosero —le reprochó Nicole.
—No te preocupes, corazón —intervino Darryl. Sus palabras lograron que el cuerpo del hombre se tensara y se acercara más a la mujer—. ¿A qué hora puedo pasar a buscarte?
—¿De qué demonios habla?
Nicole por un momento se desorientó. Matt estaba casi sobre ella, la arropaba con el calor de su ira y exigía una respuesta.
—El señor Darryl Vince me ha invitado a cenar esta noche.
—No irás —decretó él. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía que sus dientes estaban a punto de romperse.
—Iré —aseguró Nicole y se volvió de nuevo hacia Darryl—. Lo siento, ¿puede venir a las ocho? —le preguntó con amabilidad. Sabía que Matt estaba detrás de ella, a punto de estallar por la rabia, pero no permitiría que él dominara su vida. Le dejaría bien claro que era la dueña absoluta de su destino.
—Por supuesto —expuso el hombre con una enorme sonrisa triunfal en los labios, y se colocó el sombrero mientras echaba una ojeada hacia Matt, con los ojos impregnados de amenazas. Se despidió de Nicole y se marchó haciendo sonar sus brillantes botas en las baldosas de cemento del jardín.
Ella observó como el hombre se subía al asiento del copiloto de un Land Rover Defender y salía de su rancho dejando una estela de polvo a su paso. Sin mirar a Matt se dio la vuelta y caminó con rapidez hacia la casa. Quería demostrar que sus decisiones no admitían reclamos, pero en realidad lo que hacía era huir. No tenía argumentos para defender su postura. No conocía al tal Darryl y en ese primer encuentro le había resultado arrogante; tampoco podía decirle que lo había hecho como venganza por lo que había escuchado la noche anterior, así que lo mejor era escapar de su posible interrogatorio.
Al llegar a la casa, se dirigió a toda prisa a las escaleras, pero Matt la detuvo cuando estaba en el primer escalón, reteniéndola por un brazo.
—No pretendas esconderte —le advirtió al tener su rostro frente al suyo, a escasos centímetros, con las miradas enlazadas en un debate de voluntades.
Sabine, que se encontraba limpiando la sala privada, al escucharlos se acercó al vestíbulo para saber qué sucedía.
—¡No seas idiota! —se quejó Nicole y se libró de su agarre de un manotazo.
—¡¿Qué demonios piensas hacer?!
Por los gritos que se proferían, Adele y Estrella salieron de la cocina con nerviosismo y se acercaron al vestíbulo.
—¡¿Yo?! ¡Tú eres quien se toma derechos que no le corresponden! —gritó ella.
—¡Los tengo!
—¡Que tengas en tu poder algunas acciones del rancho no te hace dueño y señor de nada, y mucho menos de mi vida!
Tras Sabine apareció Eva, con una sonrisa socarrona en los labios.
—Esos sujetos son peligrosos, Nicole. Darryl es un cabeza dura y sus hombres no son bienvenidos en el rancho —explicó Matt, pero ella no deseaba escucharlo, así que le dio la espalda para marcharse a su habitación, sin poder dar un paso. Él volvió a retenerla—. No sabes lo que ocurre, no puedes tomar…
—¡Yo tomo las decisiones que quiera y cuando quiera! —rugió Nicole.
—¡Pues tendrás que tragarte el orgullo, porque no permitiré que hagas lo que te dé la gana! —anunció él con furia. Se acercó más a ella, con la determinación reflejada en las pupilas. Nicole se mantuvo altiva, aunque los puños le temblaban levemente por la rabia—. Christian pudo haber permitido tus caprichos, pero yo no lo haré.
Aquella advertencia la afectó. Por un momento pareció que se doblegaba. Perdió la rigidez del cuerpo y los ojos se le llenaron de lágrimas. Pero pronto se recompuso; el ceño se le frunció mientras señalaba a Matt con un dedo acusador.
—Escúchame bien, Matthew Jackson. Tú no me conoces, así que no pretendas dominarme. Si voy a equivocarme, es mi decisión.
—No lo permitiré —aseguró él sin dejarse intimidar por el desafío de la chica.
—No te corresponde a ti elegir. Recuérdalo —concluyó ella y, después de compartir una mirada desafiante con él, le dio la espalda y subió con pasos enérgicos las escaleras. Dejando a todos allí, en medio de un tenso silencio.
En su habitación, Nicole se quitaba las botas con brusquedad cuando escuchó que alguien tocaba con timidez a la puerta.
—¡¿Quién?! —preguntó con irritación. Si Matt pretendía molestarla de nuevo con sus reclamos, estaba dispuesta a echarlo a patadas.
—Adele —informó una tímida voz al otro lado de la puerta.
Ella aspiró todo el aire que pudo y cerró los ojos durante diez segundos, luego los abrió, y permitió la entrada al ama de llaves.
Sin mirar a la mujer, ella se dirigió a la cómoda, y comenzó a desatar la trenza en la que había sujetado sus cabellos.
—Mi niña, ¿qué ha ocurrido? —preguntó Adele con angustia mientras se acercaba a Nicole y la miraba a través del espejo.
—Nada —respondió con sequedad, mientras intentaba contener las lágrimas en los ojos.
—No te enfades con Matt, él solo…
—¡Él es un imbécil, Adele! —reprochó Nicole para impedir que el ama de llaves intercediera por el hombre—. No permitiré que ni él ni nadie intenten imponerme algo.
—Hija, Matt solo…
—Adele —volvió a interrumpirla y fijó una mirada impasible en ella—. Si Matt tiene razón en lo que alega, no ha sabido cómo demostrarlo. Yo no voy a ceder ante una imposición, si quiere mi colaboración, que me explique con detalles lo que sucede. No soy un cero a la izquierda, soy la dueña de este rancho —aclaró.
—Nicole, dale una oportunidad —rogó la mujer.
—¿Y por qué no me da una oportunidad él a mí? ¿Acaso no la merezco? —Los ojos de Nicole se llenaron de pesares, bajó los hombros y en medio de un suspiro se sentó en el borde de la cama—. Sé que fui cruel con mi padre, no te imaginas cuánto me arrepiento de eso —confesó, con la mirada entristecida clavada en el suelo. Adele se sentó junto a ella y la ayudó a desatar la trenza de sus cabellos—. Tuve mis razones para comportarme así con Christian, tú lo sabes. Nadie tiene derecho a castigarme por eso, mi conciencia se encarga de hacerme pagar mi error.
—Hija, siempre has sido una niña buena, quizás un poco rebelde, pero nunca maliciosa, eso tu padre lo sabía —explicó Adele, con una voz tan dulce y maternal que hizo estremecer a Nicole—. Escucha a Matt. Él es un poco brusco para decir las cosas, pero no es un mal hombre.
—No te dejes hipnotizar por sus encantos, Adele —argumentó Nicole con una amarga sonrisa en los labios.
—Mi niña, una vez tomaste una decisión apresurada y hoy te arrepientes de ello. No cometas el mismo error.
Nicole se levantó como un resorte de la cama, se alejó del ama de llaves y la miró con severidad.
—Mi error no fue marcharme del rancho como todos creen, sino mantener el orgullo con mi padre por mucho tiempo. Él y yo no podíamos vivir juntos, ambos éramos testarudos, irme fue la mejor decisión —explicó con una postura inflexible—. Si lo que hice hoy es o no un error, ya lo sabré. Lo que quiero que todos entiendan es que no soy una niña a la que pueden manipular como les venga en gana, o echar cuando les provoque. —Antes de concluir se irguió con soberbia—. Soy la heredera, la patrona del rancho; el que no quiera seguir mis órdenes y aspire a imponer su voluntad por encima de la mía, tendrá que coger sus cosas y largarse.
Adele la observó durante unos segundos con sorpresa, luego se levantó de la cama y asintió con resignación.
—Se lo haré saber a los demás —dijo la mujer con la cabeza gacha, y salió de la habitación.
Aunque un torbellino de dolor amenazó con doblegar la decisión de Nicole al ver la pena en Adele, se mantuvo inalterable.
Al quedar sola se lanzó boca abajo en la cama y gritó con fuerza sobre la almohada, para desahogar las emociones, pero dispuesta a no retractarse. Si quería hacerse respetar tenía que imponerse, ya que ni Matt ni nadie en ese rancho, darían su brazo a torcer.