La heredera
Capítulo 2
Nicole tomó la Interestatal 70 y en menos de dos horas llegó a Abilene, atravesando en el coche de Roland los poblados de Topeka y Junction City. Cruzó la ciudad y se adentró entre las extensas praderas que conducían a los ranchos de la zona. Anduvo por calles de asfalto, rodeadas por cercados de alambres y troncos que delimitaban los terrenos de pastar, bañados por un abrasador sol de mediodía.
Guiada por un rudimentario mapa que le había facilitado el abogado, llegó al sendero que se sumergía en las tierras de Landon Ranch. Desde hacía cinco años no recorría esos terrenos, no confiaba en los recuerdos que aún conservaba. Sin embargo, cuando faltaba poco menos de dos kilómetros para llegar a la casa, el Dodge comenzó a fallar. Sabía que el vehículo no funcionaba a la perfección, pero tenía la esperanza de que como mínimo le sirviera para llegar al rancho.
Aparcó en el margen del camino mientras el tubo de escape del vehículo humeaba, y descendió del vehículo después de activar el mecanismo que abría el capó. La cálida brisa le hacía volar la falda del vestido vaporoso color avellana que llevaba puesto, y le llegaba a la mitad de muslo, así como los largos cabellos. Las botas de cuero negro, que le tapaban las pantorrillas, crujían con cada pisada que daba sobre la tierra desprovista de pasto del margen de la carretera.
Con cuidado, levantó la tapa, dejando escapar una columna de humo blanco proveniente del radiador.
—Lo que me faltaba —masculló. El inclemente calor de aquel paraje la había obligado a conducir con el aire acondicionado encendido, pero eso había afectado severamente al vehículo. Ahora tendría que esperar varios minutos hasta que se refrescara, para renovar el agua del radiador y hacerlo funcionar de nuevo. Si es que lograba hacerlo.
Apoyó las manos en el borde de la carrocería y se inclinó hacia el motor para verificar que todo estuviera en orden. La postura le subió un poco la falda del vestido.
—Lindas piernas.
Se incorporó rápidamente al escuchar una voz masculina a su espalda. Al girarse, quedó paralizada frente a un imponente caballo color chocolate de patas blancas, que soportaba el peso de un hombre de complexión recia, cuyos músculos de las piernas se le marcaban en los vaqueros desgastados como si fueran a romper la tela. La camisa que llevaba puesta poseía los tres primeros botones abiertos, mostrando una parte de su pecho dorado. El sujeto se aferró a las riendas de su caballo, para impedir que este se moviera. Los fibrosos brazos le brillaron por el sudor que le cubría la piel.
Nicole alzó las cejas y se obligó a dirigir su atención al rostro masculino, pero la sombra creada por su sombrero color hueso le ocultaba las facciones. Lo único que pudo divisar fue la mandíbula cuadrada, poblada por una sombra de barba oscura, y unos labios finos.
El desconocido inclinó la cabeza y la saludó con un ligero toque de ala de su sombrero, y una sonrisa chispeante.
—¿Qué hace una hermosa damita en un camino seco y desolado? —preguntó con una voz vibrante que provocó un cosquilleo en el vientre de Nicole.
Aquella sensación poco habitual la hizo entrar en razón. Oteó los alrededores, divisando solo algunas reses pastando a lo lejos. No sabía de dónde había salido el sujeto, ni cómo había hecho para llegar hasta ella sin hacer sonar los cascos de su caballo al caminar. Recordó lo peligrosas que podían volverse esas tierras, sobre todo, para una mujer sola.
Evitó dar una imagen de niña perdida irguiéndose frente a él. Alzó el mentón y miró al vaquero con seguridad.
—Estoy a pocos kilómetros de mi destino, pero el coche me ha dejado tirada.
El hombre bajó del caballo de un salto. Las botas con espuelas golpearon el suelo haciendo volar una nube de polvo. Echó hacia atrás el sombrero permitiendo que la luz le iluminara el rostro. Nicole estuvo a punto de quedarse sin aliento al observar unos profundos iris color esmeralda que la miraban con intensidad.
—Si estás cerca puedo llevarte en mi caballo, luego envías a alguien para que venga a recoger el coche —propuso y dirigió su atención al vehículo—. Dudo mucho que este viejo Dodge logre funcionar.
Mientras él valoraba el motor, Nicole lo observaba con más detalle. Era alto, de hombros anchos y cintura estrecha, y se movía con una soltura habitual en las personas fuertes y seguras de sí mismas.
—¿Qué me dices? —preguntó el hombre con una sonrisa pícara; había notado la evaluación que la chica hacía de su cuerpo—. ¿Te vienes conmigo? A Randy le agradan las damitas perdidas —confesó refiriéndose a su caballo.
Nicole endureció el rostro. No le gustaba que la trataran como a una tonta.
—No estoy perdida, señor…
—Matthew Jackson —notificó él, y levantó un poco su sombrero con una mano para hacer una venia con la cabeza—, pero puedes llamarme Matt.
Ella sonrió con aire de suficiencia.
—Está bien, Matt. Como te dije antes, no estoy perdida, me encuentro a pocos kilómetros de mi casa.
—¿Tu casa? —expuso él y repasó a la mujer de pies a cabeza—. En este camino lo único que encontrarás será a Landon Ranch, y muchísimos kilómetros más allá, hallarás el rancho Drummond.
—Yo voy a Landon Ranch —reveló ella, ocasionando que el cuerpo del hombre se tensara por completo—. ¿Sigue en pie tu ofrecimiento? —preguntó y se cruzó de brazos.
Él se quedó por un instante en silencio. La observaba como si buscara en su rostro algo que había perdido.
—Yo trabajo en ese rancho desde hace años y no recuerdo haberte visto alguna vez. ¿Quién eres? —inquirió con desconfianza.
—Nicole Landon, la nueva propietaria —informó ella con tono soberbio.
Matt retrocedió un paso y apretó la mandíbula. Nicole pareció dudar, pero mantuvo la postura altiva para que él no se percatara de que podía intimidarla.
De manera repentina, el hombre se alejó y subió al caballo. Ella se quedó desconcertada.
—Creo que te hará bien caminar un poco —expresó Matt—. Así conoces más a fondo las tierras que una vez abandonaste —le reprochó y espoleó a su caballo para ponerlo a galope en dirección al rancho.
Nicole se quedó allí, inmóvil, y con la boca abierta. Completamente trastornada por la reacción del sujeto.
Observó los alrededores y solo encontró desolación y un viejo coche inservible que aún humeaba. Cerró los puños y se esforzó por no perder la cordura. ¿Qué clase de recibimiento era aquel? ¿Así se comportaban todos los empleados del rancho? ¿Qué había dicho sobre ella su padre para que un desconocido la tratara de esa manera?
Después de la muerte de su madre la convivencia con Christian Landon se había vuelto un imposible. De la noche a la mañana él se transformó en un hombre autoritario y prepotente, que no tenía consideración ni siquiera con su propia hija. Cuando ella cumplió la mayoría de edad aprovechó la excusa de que iniciaría la universidad para marcharse de su lado, y construir un muro entre ellos a base de culpabilidades.
Al enterarse de su repentina muerte había aceptado ir al rancho para reconciliarse con su recuerdo, ya que era muy tarde para hacerlo con él, pero parecía que su padre le había preparado una lección, y ese imbécil de Matthew Jackson se lo hizo saber.
Fue bastante incrédula al pensar que Christian le había dado en herencia el rancho para congraciarse con ella y disculparse por los errores cometidos. Pero no era así, o su padre se había equivocado en el testamento o, de seguro, hallaría un rancho destruido, plagado de deudas y de hombres irritables como el que acababa de conocer, siendo aquella la manera en que el difunto se vengaría por su abandono.
Aún enfadada, se dirigió al maletero del coche y sacó un bolso de viaje, que colgó sobre uno de los hombros, y una maleta de lona.
No se había alejado de su padre por un error cometido por ella o ni por ningún tipo de capricho, todo había comenzado cuando su madre aún vivía y descubrieron la enfermedad que le afectaba el corazón. Christian, en vez de colaborar para que se recuperara, se comportó como un verdadero patán, aumentando la depresión de la mujer hasta llevarla a la muerte. Después de eso, la vida entre padre e hija se basó en reproches y discusiones. Christian quiso imponer su autoridad, algo que Nicole no aceptó de buena gana. La única manera de solucionar el conflicto era separándose.
Si aquella herencia era una especie de venganza, la afrontaría con valentía. No era una cobarde, estaba dispuesta a llegar hasta el rancho y enfrentarse a lo que su padre le había dejado. No se dejaría intimidar por nadie, mucho menos por un empleado como Matthew Jackson.
¿Quién demonios se creía ese tal Matt? ¿Acaso pensaba que ella era una débil doncella que se asustaba fácilmente con el rugido de un dragón?
Cerró el maletero con brusquedad y subió la manija extensible de la maleta, para arrastrarla por la carretera. Andaría los kilómetros que fueran necesarios para llegar a su casa y poner orden.
Sí, había abandonado esas tierras cinco años atrás, pero nadie tenía el derecho de juzgarla.
No existía fuerza humana capaz de detener una tormenta, y la que se producía en su pecho era tan poderosa que sería capaz de destruir a todo el que se interpusiera. Ella había llegado dispuesta a tomar las riendas. No la conocían, pero se iban a enterar de cuáles eran sus intenciones.
Minutos después, alcanzó el arco de cemento que sostenía el nombre tallado en madera del rancho, acalorada y llena de polvo. La valla estaba abierta, quizás, por un gesto condescendiente del tal Matt, así que entró en dirección a la casa principal sin preocuparse de que las débiles ruedas de su maleta pudieran dañarse al rodar por un sendero de tierra y piedras.
No pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas a medida que la vivienda aparecía. Las emociones le brotaron aflorando viejos recuerdos. El hogar estaba ubicado en medio de un pequeño bosquecillo creado dentro de una extensa pradera, con intención de reducir la intensidad de los rayos del sol y la alta temperatura que estos producían durante la mayor parte del año.
La casa tenía forma de U, de estilo colonial y paredes blancas, que encerraba un jardín lleno de helechos, girasoles silvestres, añil, hortensias y lobelia escarlata, y poseía un estanque circular en el centro, adornado con una enorme vasija de barro. En el lateral derecho se podía encontrar el establo para los caballos y el garaje para los vehículos, y en el lateral izquierdo se hallaba la cocina, el comedor y las habitaciones del servicio, que tenían acceso interno.
Subió los peldaños de piedra que precedían al jardín, golpeando la maleta con cada escalón, sin poder apartar la mirada de la parte central de la vivienda, que contaba con dos pisos. En la planta baja se encontraban el vestíbulo, la biblioteca, la sala privada y el despacho de su padre, y arriba, las habitaciones.
Recordaba bien la distribución de la casa, siempre le había encantado. No sabía cómo podía ser fresca durante los días de calor y cálida cuando las temperaturas bajaban. Debía reconocer que había sido la mejor adquisición de su padre después de la muerte de su madre, aunque los días que vivió dentro de esas paredes no fueron del todo agradables.
Mientras atravesaba el jardín escuchó un silbido proveniente del establo, al girar el rostro observó a Matt, con un hombro apoyado sobre un poste de madera y los brazos cruzados en el pecho. La miraba insolente, con una sonrisa cínica en el rostro. Detrás de él, un joven delgado y de cabello negro cepillaba a su caballo y la evaluaba con curiosidad.
—Pensé que no te atreverías a caminar hasta el rancho —se burló él—. A las niñas de ciudad las intimidan los espacios abiertos y naturales.
Ella achicó los ojos y decidió replicarle.
—Lamento que tus conocimientos sobre las personas que vivimos en el mundo exterior sean limitados —se defendió—. Eso es lo que ocurre cuando se vive mucho tiempo entre vacas, peón. —Nicole se esforzó por endurecer la pronunciación del calificativo, así le dejaba bien claro cuál era su puesto. Ella era la dueña y él, un simple empleado. Pero puso los ojos en blanco al ver que sus palabras lo que provocaron fue aumentar la sonrisa en el sujeto y el desconcierto en el joven que lo acompañaba.
Cansada de perder el tiempo con absurdas distracciones, ignoró a Matt y caminó hacia el pequeño pórtico fabricado en madera oscura que adornaba la entrada de la casa. Tocó el timbre y esperó paciente a que le abrieran la puerta. Una chica de unos doce años, de largos cabellos castaños atados en dos trenzas y con rostro de facciones indígenas adornado por unos preciosos ojos grises, la recibió.
—¿Sí?
—Hola, ¿se encuentra la señora Thompson? —preguntó. El abogado le había informado que su padre había mantenido hasta el final de sus días a la misma ama de llaves. La señora Adele Thompson era una mujer dulce y bondadosa, y, con seguridad, sería el único personal de confianza que ella tendría en esa casa.
—Sí, entra —respondió sonriente la niña mientras abría más la puerta para darle paso al vestíbulo.
Cuando estuvo dentro, el corazón de Nicole se apretó en un puño. Lo primero que divisó fue el retrato de su padre colgado en la pared, sobre una repisa ataviada con flores naturales. El rostro severo de Christian Landon, de mirada fría y rictus serio, la traspasó como si en realidad estuviera presente.
Con un profundo suspiro controló su turbación y se giró hacia el pasillo que conducía hacia al área de la cocina, por donde había desaparecido la chica.
Se contuvo de evaluar la residencia. Al entrar pudo fijarse que continuaba exactamente igual a como la había dejado, con sus paredes blanquísimas, haciendo contraste con la escalera y los muebles fabricados en madera oscura, y con la misma lámpara de bronce y porcelana colgada en el techo. Temía encontrar más objetos que le despertaran dolorosos recuerdos, el retrato de su padre la había dejado entristecida.
Sin embargo, cuando apareció la figura robusta y sonriente de Adele Thompson, con el eterno delantal puesto sobre sus vestidos y el cabello canoso recogido en un moño, no pudo evitar que las emociones se agitaran en su interior.
La mujer se secaba las manos con un paño que le colgaba de un hombro y, al verla, dio un grito de alegría y apresuró el paso para llegar hasta ella y abrazarla. Nicole dejó caer el bolso de viaje en el suelo y soltó la maleta para abrir los brazos y recibirla. Una lágrima logró escapar de sus ojos, demostrando la alegría que la embargaba.
—Mi niña, no sabes lo feliz que me hace tenerte de nuevo en casa —confesó la mujer. Nicole se alejó un poco de ella para mirarla, pero aún con las manos sobre sus brazos. Las emociones le habían creado un nudo en la garganta, que le impedía expresarse. Adele, al notar los grandes ojos castaños de la joven llenos de lágrimas, se afligió—. ¿Te informaron…? —No pudo continuar. Nicole sabía lo mucho que ella había amado a su padre, lo había tratado como a un hijo por lo que su muerte debió de producirle un gran dolor.
—Sí —expresó con el rostro endurecido mientras se secaba la lágrima que tenía marcada en la mejilla—. Me informaron esta mañana, dos semanas después de su muerte —formuló con reproche.
Adele comprimió el rostro en una mueca de decepción.
—Intentamos llamarte al único número telefónico que tenía tu padre, pero no respondías. Incluso, enviamos a una persona a buscarte al apartamento en el que vivías, pero nos avisaron de que ya no vivías en el mismo lugar y como las clases ya se habían acabado por las vacaciones de verano, fue imposible encontrarte.
Nicole recordó que tuvo que abandonar el lujoso apartamento que su padre le había alquilado, después de que ella se negara a que le enviara más dinero, para no tener que deberle nada. Al no poder costearlo por sus propios medios, tuvo que mudarse a las residencias estudiantiles, que eran más económicas, y nunca se preocupó en informar sobre su nueva dirección.
—Lo siento —se disculpó Adele con pesar—. El abogado nos prometió que le pediría a la universidad que le dieran noticias sobre tu paradero, pero se le había presentado un inconveniente familiar y no pudo encargarse antes de eso.
Ella asintió, se sentía dolida, pero sabía que todo había sido por su culpa.
—No te preocupes, ya estoy aquí —habló Nicole y en ese momento reparó en la presencia de una mujer morena, de rasgos indígenas y cabellos negros, parada detrás de ellas, y, con la chica que la había recibido anteriormente abrazada a su cintura. La mujer alzó el mentón mientras la niña parecía esforzarse por contener las lágrimas.
Adele se percató de que algo había llamado la atención de Nicole, y, al girarse, mostró cierto sobresalto.
—Oh, perdón. No las he presentado. —El ama de llaves estiró una mano para invitar a la india a acercarse—. Nicole, quiero que conozcas a Sabine. Ella y su hija Estrella viven en el rancho desde hace cinco años.
Sabine se aproximó con recelo, sin soltar a la niña.
—Bienvenida, señorita. Mi hija y yo estamos a su servicio —le dijo y después de hacer una venia con la cabeza se alejó—. Ahora, si nos disculpan, debemos encargarnos de la comida —informó y se marchó con la niña a la cocina.
—Bueno… —expresó Adele contrariada, al quedarse a solas—, ellas me ayudan con la limpieza de la casa —explicó con una sonrisa nerviosa, pero Nicole pudo notar una extraña inquietud en el ama de llaves—. ¿El abogado no te habló de ellas?
La joven negó con la cabeza y recordó el sobre amarillo que Markos Edana le había entregado con información del rancho. Había quedado tan perturbada con la noticia de la muerte de su padre que no se preocupó en revisarlo. Lo único que logró fue meterlo dentro de la maleta antes de salir de Lawrence.
—Estaba apurado porque debía tomar un vuelo. Me prometió que en unos días vendría para explicarme ciertas cosas —notificó y respiró hondo antes de continuar —. Papá me dejó a cargo del rancho.
—Sí —confirmó Adele—, pronto se realizará la venta del ganado y necesitan con urgencia aclarar el tema de la herencia para comenzar a preparar la subasta de las reses.
Aquello erizó la piel de Nicole, no tenía ni la más mínima idea del trabajo que debía hacerse allí. Ahora tendría que ocuparse de los animales, del personal, de la casa y de los problemas que se presentaban en ese lugar, como si ella no tuviera los suyos.
—Yo puedo ayudarte con todo lo referente a la casa, pero del ganado y de la granja no sé mucho —le explicó Adele mientras tomaba el bolso de viaje del suelo y la manija extensible de la maleta.
—Dame, yo la llevo —se apresuró a decir Nicole y agarró la pesada maleta para acompañar a la mujer a subir las escaleras en dirección a las habitaciones.
—Sobre el trabajo que se hace en el rancho, te puede asesorar Matt —continuó el ama de llaves.
—¿Matt? —La chica no pudo evitar que la aprehensión se notara en el tono de su voz.
—Sí, pronto lo conocerás. Es un joven adorable y era la mano derecha de tu padre. Lo ayudaba en todo.
Nicole suspiró con frustración. Si Adele hablaba del mismo Matt que ella había tenido el «placer» de conocer, estaba segura de que no le resultaría tan agradable como ella decía. De ser así, entonces Matthew Jackson no era un simple peón, por eso él había ensanchado la sonrisa cuando ella lo fustigó al llegar. Ahora, le costaría más trabajo darle una lección a ese atrevido empleado, ya que dependería de él hasta que conociera todo sobre el rancho.
—Ese Matt, ¿es el administrador? —preguntó con cierta resignación.
—No. Es uno de los dueños. —Nicole quedó petrificada en mitad de la escalera. Adele se giró hacia ella y la observó confusa—. Tu padre le vendió varias acciones antes de morir, parte del ganado es suyo. ¿El abogado no te lo dijo?
La joven maldijo para sus adentros. Aquello no se lo esperaba.