La heredera

Jonaira Campagnuolo · Capítulo 4 de 16

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La heredera

Capítulo 4

 

Nicole despertó antes del amanecer debido a un intenso dolor de cabeza. Después de visitar la tumba de su padre y enterarse de la trágica noticia de cómo había fallecido, buscó a Adele para que le aclarara la situación, pero recibió muy poca información.

Christian Landon había aparecido sin vida una noche entre su ganado, con la cabeza perforada por una bala. Matt lo encontró y movilizó el rancho entero y los alrededores en busca del culpable, pero nada consiguió.

La chica se encerró en su habitación para llorar en privado su pena, ni siquiera se animó a salir a cenar. Adele le había llevado una bandeja con algunos aperitivos, pero la angustia le había cerrado el estómago. Estuvo llorando durante largas horas, rogándole perdón al alma de su padre, hasta que el sueño la reclamó.

Esa mañana, cuando llegó la hora en que Matt debía buscarla para llevarla a recorrer el rancho, ya tenía el dolor de cabeza sosegado, pero no el del corazón. Se vistió con unos viejos vaqueros, se puso unas botas de montar que Sabine le había prestado y una camiseta verde botella de tirantes.

Sobre la cómoda se encontraba el sombrero color crema que había pertenecido a su padre. Adele se lo había traído esa mañana junto con el desayuno; lo necesitaría durante el recorrido por el rancho.

Nicole tomó el sombrero y lo colocó sobre su cabeza mientras se observaba en el espejo. Los cabellos castaños le caían por los hombros, formando suaves rizos en las puntas, y los ojos se le notaban lejanos, cansados y llenos de furia.

—No dejaré que tu sueño caiga en el olvido —susurró, sin dejar de observar su imagen—. Y encontraré al asesino —juró y se regaló unos minutos de calma para asentar las emociones, antes de dirigirse con paso firme a la puerta y salir de la habitación.

Al llegar al vestíbulo se encontró a Matt, con la mirada fija en el retrato de Christian y el sombrero en las manos. Rápidamente Nicole lo evaluó de pies a cabeza. Las botas con espuelas estaban manchadas de barro, los pantalones vaqueros le marcaban las redondeadas nalgas y se aferraban a su cintura gracias a un cinturón grueso del que colgaba una pistola.

Ella amplió los ojos mientras él se giraba. La sonrisa torcida la mantenía en los labios, pero algo había cambiado, en la mirada se le notaba cierta frialdad.

—¿Para qué el arma? —preguntó Nicole con el ceño fruncido.

—Para defendernos —expresó Matt con voz indiferente y paseó la mirada por el cuerpo curvilíneo de la mujer—. No sabemos dónde nos podemos encontrar el peligro.

Ella no comprendió la indirecta, así que le dio la espalda para salir al exterior y comenzar con la faena.

Se dirigieron al establo, donde se encontraba el chico que el día anterior había cepillado a Randy, el caballo de Matt. En esa oportunidad sostenía las riendas del animal, le acariciaba el hocico y le hablaba con suavidad. Cerca de él se hallaba un hombre alto, de cuerpo robusto y cabellos grises, algo largos y enmarañados. El sujeto se giró hacia ella y le ofreció una sonrisa tosca y un saludo con un toque de ala de su sombrero.

—Patrona —le dijo, e hizo brillar un diente de oro.

—Él es Tanner Weiss, nuestro capataz —informó Matt al pasar por su lado. Afincó la pronunciación de la palabra «nuestro» para aguijonear la paciencia de Nicole, pero ella prefirió ignorarlo. Por ahora.

—Bueno días, señor Weiss.

—Tanner, solo llámeme por mi nombre, por favor.

Ella asintió mientras echaba un vistazo al establo. No había un caballo para ella.

—¿Y dónde iré yo? —preguntó.

Matt sonrió con picardía y palmeó el lomo de Randy.

—Aquí. Conmigo.

Nicole achicó los ojos y lo traspasó con una mirada desafiante. No le daría oportunidad a ese imbécil de fastidiarla. Repasó con rapidez el establo en busca de algún animal que montar. No le importaba viajar en burro, incluso, si le daban una vaca ella lo intentaría. Pero sus labios se curvaron en una enorme sonrisa al ver lo que se hallaba en un rincón de la instalación.

—¿Sirven? —le consultó al joven que acariciaba el caballo.

—Sí, patrona, ¿sabe usarlas?

Nicole le sonrió a Matt con triunfalismo y se acercó a los dos cuadriciclos semi ocultos por una lona.

—¿Tienes las llaves? —preguntó al joven, quien después de asentir corrió como un torpedo al interior del cuarto donde guardaban las monturas para caballos.

—¿Estás segura de que las sabes manejar? —inquirió Matt con desconfianza mientras ella evaluaba uno de los vehículos.

—Te haré morder el polvo, vaquero —lo desafió ella. Tanner emitió una risa sonora.

—Que nos lleven los cuernos, la patrona salió igualitica al patrón —expuso el capataz sin dejar de reír. Matt sonrió con poco ánimo y se ajustó el sombrero a la cabeza.

El joven regresó con un manojo de llaves, que le entregó a Nicole.

—¿Cómo te llamas? —inquirió ella, al tiempo que se subía a la moto y engarzaba la llave en el cilindro.

—Chase, patrona —respondió el chico con una gran sonrisa.

—¿Sabes manejar las motos?

—Claro, me encargo de ellas.

—¿Quieres venir?

Chase miró estupefacto a Matt y este abandonó la sonrisa de manera inmediata.

—No vamos a jugar a los cochecitos, sino a administrar un rancho —rebatió el hombre con seriedad.

—Lo sé, pero él es quien conoce el funcionamiento de las motos y si fallan en medio de la pradera, los caballos no podrán remolcarlas —argumentó y encendió el poderoso motor.

Matt puso los ojos en blanco y le dio la espalda para dirigirse a su caballo mientras Chase ponía en marcha el segundo cuatrimotor. Nicole y el joven salieron del establo para comenzar el recorrido, con una inmensa sonrisa en los labios. Matt y Tanner los seguían, este último sin poder detener la risa.

Ese día recorrieron los extensos campos de pastos altos y ayudaron a agrupar el ganado cerca de los abrevaderos, para luego dirigirlos a las mejores áreas de pastizales. Matt y Tanner le explicaban a Nicole todo lo referente a la distribución y el funcionamiento del rancho, pero haciendo hincapié en lo complejo del trabajo. Ella observaba con atención a las reses de pelaje blanco y rojizo que, según los hombres, pertenecían a una de las mejores razas bovinas. Notó que algunas poseían ensartado en las orejas una etiqueta amarilla con una numeración, y otras, uno similar pero de color azul.

—Las amarillas son las de Matt y las azules las suyas, patrona —explicaba Tanner, siempre con una sonrisa sugestiva en los labios.

—Aunque los ganados pastan juntos soy muy cuidadoso con la marcación — expuso Matt—. Christian confiaba plenamente en mí sobre ese asunto, pero si prefieres controlar tu ganado de forma particular, podemos dividir el rancho — expuso con una mirada burlona—. Claro, eso significaría contratar a más personal, establecer diversos horarios de faena, construir otros establos y cercados, supervisar las obras… En fin —alzó los hombros—, lo mejor es que dejes las cosas como están y permitas que hagamos nuestro trabajo, así tú podrás volver a la universidad.

Nicole alzó el rostro y se ajustó el sombrero a la cabeza. Al mirarlo a la cara percibió que el hombre tenía los ojos clavados en su busto, ella se aclaró la garganta obligándolo a subir la vista.

—Mi padre te conocía desde hace años, pero yo no, y la confianza se gana — expuso con altanería—. Y te aclaro que no pienso marcharme de este lugar hasta saber quién es de confianza y quién no. ¿Lo entiendes? —sentenció y le dio la espalda para dirigirse a la moto.

Matt sonrió, aunque la alegría no pareció llegarle a los ojos. La siguió en silencio y se subió a su caballo, pero antes de espolearlo para ponerlo en marcha hacia la casa, dio un repaso al horizonte montañoso del rancho.

Nicole, durante el recorrido, pudo captar el comportamiento aprehensivo del hombre en referencia a los alrededores. Vigilaba los límites con detenimiento y conversaba en murmullo con los empleados, sobre todo, con los de ascendencia indígena que, extrañamente, eran la mayoría.

No obstante, para ser su primer día de trabajo, no quería demostrar su desconfianza. Era evidente que allí ocurría algo extraño y, por lo visto, todos se habían puesto de acuerdo para mantenerla al margen, e insistir en que se fuera. Sugerencia que no pensaba acatar. Bastaba que le dijeran que no debía hacer algo para que ella lo hiciera, y Matt había utilizado aquella mala estrategia para convencerla de marcharse.

Sin que Nicole se diera cuenta pasó una semana. El ambiente en el rancho seguía tenso, pero poco a poco lograba comprender mejor el funcionamiento de esa empresa. Durante esos días aprendió a vigilar a las reses, moverlas de prado para pastar, preparar las raciones de comida para controlar el engorde y hasta reparar vallas. Matt parecía fraguar las situaciones más absurdas y complicadas para persuadirla de dejarle a él el control de la propiedad, mientras ella continuaba con sus estudios; pero Nicole lograba superar cada una de las pruebas impuestas, y aguantaba con temple los desplantes. La insistencia del hombre hacía que ella se esforzara por quedarse. Quería conocer las razones de su comportamiento, no creía que lo hiciera por simple respeto a la memoria de su padre, estaba segura de que había motivos ocultos que de alguna manera descubriría.

Sin embargo, no podía negar que el trabajo significaba un gran reto. El rancho exigía de atención constante, eran innumerables los detalles que debían atenderse, y le era imposible asimilar toda esa información en lo que quedaba de verano.

La chica comenzó a preguntarse qué ocurriría después de esas semanas que le quedaban de vacaciones. Ella quería regresar a la universidad, pero a la vez no deseaba abandonar aquella actividad. Comenzaba a sentir cariño por el rancho y aspiraba a sacarlo adelante, por su padre, por los trabajadores, y por cerrarle el pico a Matt. Odiaba que el hombre le ocultara tantas cosas, y se negara a hablar sobre la muerte de Christian. Pero lo que más le molestaba era que cada vez que podía, hacía ver que las decisiones de él eran las más acertadas, y, en ocasiones, solía ignorar las sugerencias de ella.

A la presión por el trabajo se unía la convivencia en la casa. Sabine la evitaba, Estrella se acercaba con cierto recelo, Eva no se cansaba de seducir a Matt delante de ella para molestarla, y Adele estaba demasiado ocupada con los quehaceres como para conversar.

Al llegar el fin de semana sus emociones comenzaron a hacer estragos en su determinación. Se sentía agotada, enfadada, sola y confusa, empezaba a creer que su presencia en ese lugar no era beneficiosa, y el rencor hacia su padre parecía avivarse.

¿Por qué demonios no le dejó el rancho a Matt y a ella una simple asignación mensual para sobrevivir? Si tanto confiaba en ese hombre debió, al menos, nombrarlo administrador de sus bienes o algo por el estilo.

Por alguna razón Christian prefirió dejarle todo a Nicole y no a ese sujeto. Ese pequeño detalle era lo que la animaba a continuar y a no confiar en el tal Matthew.

Durante la mañana del lunes, mientras hacían un recorrido por los terrenos, se enteraron de que algunas reses se habían acercado mucho al pequeño lago artificial ubicado al este del rancho.

A causa de lluvias pasadas, se creó un charco de lodo en la periferia que volvió inestable el terreno, donde habían quedado atrapadas un par de reses con sus correspondientes terneros. Los peones lograron ayudar a una, pero había otra cuyas patas se habían hundido hasta la mitad y era casi imposible sacarla del lodazal. El ternero que la acompañaba se negaba a dejarse atrapar para ser llevado a tierras secas, prefería quedarse junto a su madre, hundiéndose también en el barro.

—Tendremos que aplicar fuerza bruta —confesó Tanner al ver la situación.

Tanto el capataz como Matt se bajaron del caballo para acercarse y apreciar mejor el problema. Nicole los observaba desde la yegua que había logrado que le asignaran, un espécimen fuerte de pelaje color tierra, y cola y crin negra, llamada Brisa.

—Vamos a enlazarla para sacarla —ordenó Matt—. Yo entraré para desenterrar las patas y empujarla. —Para sorpresa de Nicole, el hombre se quitó el sombrero y el cinto donde llevaba el arma y se los entregó a Chase, luego comenzó a desabotonarse la camisa. Se giró hacia ella con una sonrisa seductora en los labios mientras revelaba su pecho dorado—. Espero la señorita no se ofenda, pero no pienso manchar mi camisa de barro —se mofó, arrancando algunas risas entre los empleados.

Nicole achicó los ojos y lo exterminó con la mirada, el tiempo en que el hombre se quitaba la prenda y dejaba al descubierto su torso definido, con el abdomen surcado por músculos.

Para evitar suspirar por el cuerpo perfecto de aquel idiota, ella se bajó de un salto de la yegua, y se acercó a él admirando con descaro su anatomía.

—¿Sabes que me encantan los todoterreno? —lo aguijoneó—. Sobre todo, cuando están manchados de lodo y tierra —le dijo y estiró una mano para ofrecerse a sostenerle la camisa. Si él jugaba a intimidarla, ella podía participar en aquella divertida contienda.

Matt arqueó las cejas y le entregó la prenda, que ella no dudó en colgar entre sus brazos. Los ojos verdes del hombre brillaron.

—Entonces, disfrute del espectáculo —declaró, e hizo centellear su blanca dentadura con una sonrisa.

—Eso puedes jurarlo —expresó Nicole con una voz suave y vibrante, que parecía el ronroneo de un gato.

Matt se irguió y la observó con cierto desconcierto, pero los gritos autoritarios de Tanner, anunciando que había logrado enlazar a la res y organizaba a los peones para el rescate, lo obligó a encargarse de ese asunto.

Nicole lo miró marcharse con una sonrisa triunfal marcada en el rostro, al tiempo que disfrutaba de la imagen de la poderosa espalda de Matt. Al menos un punto había ganado en aquella batalla y estaba dispuesta a sumarse otros más antes de que culminara el día.

El esfuerzo por sacar al animal del lodo fue titánico. No solo Matt había terminado manchado hasta la cintura de barro, dos peones tuvieron que sacrificarse para ayudarlo a sacar a la testaruda res del fango. El pobre animal estaba lleno de lodo hasta en las orejas y mugía con energía, ya que su ternero aún se encontraba en medio del barro, hundido hasta la mitad.

Los hombres volvieron para sacar al ternero, pero era imposible. Algo le había aprisionado una pata y por más que Matt intentara desenterrarla, no lograba llegar al problema. El lodo estaba muy húmedo.

—Patrón, ¿y si hacemos una polea con las sogas en ese árbol? —planteó Tanner y señaló un gran árbol ubicado al borde del lago. Varias ramas se acercaban a ellos, si pasaban la cuerda por encima de la rama más próxima y la ataban al ternero, podrían elevarlo un poco para sacarlo del fango.

Matt sonrió con cansancio y enseguida se pusieron todos en la labor de engarzar la cuerda. Sin embargo, había ramas más pequeñas que impedían que la soga se ubicara en un punto fuerte. Tanner y otros peones repetían una y mil veces el lanzamiento pero parecía imposible. La soga caía en una zona débil y con el peso del ternero, la rama se rompería en segundos.

Estaban a punto de perder la paciencia cuando vieron que Nicole dejaba su sombrero y la camisa de Matt sobre la yegua y comenzaba a trepar.

—¡Vamos, patrona! —la animaron Tanner y los peones. Matt tuvo que olvidarse por un instante del ternero para mirar con los ojos muy abiertos a la atrevida chica, que ascendía por el árbol con una agilidad sorprendente—. ¡¿Quién hubiera imaginado lo arriesgada que es la patrona?! —se burló el capataz, arrancando risas sonoras en los presentes.

Al llegar a la rama, Nicole se sentó sobre ella a horcajadas y se arrimó con lentitud hasta llegar al punto medio.

—¡Lanza la soga! —gritó a Tanner y en milisegundos su orden fue cumplida.

Cuando la improvisada polea se encontraba en su sitio, Matt amarró al ternero e indicó a los hombres que lo levantaran. Fueron necesarios varios intentos para sacarlo. Una pata había quedado ensartada entre dos piedras y al ser alzado de forma brusca, la piel del animal se rasgó, lo que le produjo un agudo dolor, que lo motivó a patear con desesperación.

Los peones trataron de controlarlo, el ternero hacía fuerza para liberarse y escapar, pero justo cuando lograron sacarlo del hoyo dónde estaba hundido, se escuchó cómo se quebraba la rama que sostenía la soga. Matt subió la mirada y vio el rostro aterrado de Nicole.

—¡No te muevas! —le ordenó.

—¡No tienes que pedírmelo! —se quejó ella mientras se aferraba con fuerza al tronco y no dejaba de observar, con los ojos abiertos en su máxima expresión, el suelo.

Con el rostro endurecido por la preocupación, Matt se separó del grupo para evaluar rápidamente la situación y hallar una forma de bajar a Nicole antes de que se rompiera la rama. Pero cuando los peones pusieron de nuevo al ternero en el suelo para quitarle la soga y sacarlo del lodo, este comenzó a correr con impaciencia esquivando el agarre de ellos.

El animal por instinto buscaba a su madre, sin saber que con su movimiento tiraba más de la rama.

—¡Salta! —le gritó Matt a Nicole, al ver que no había una solución más factible.

—¡¿Estás lo…?! —Ella no pudo terminar la frase, el sonido de la rama al quebrarse le selló los labios.

Tan pálida como un fantasma, se incorporó y saltó hacia Matt, antes de que la rama terminara de despegarse. Él la recibió con los brazos abiertos y el corazón en la boca. Ambos cayeron al suelo mientras el ternero corría desesperado hacia su madre, llevándose arrastrada la rama tras de sí.

Tanner y los peones, ahogados por la risa, se ocuparon en atrapar al asustado animal para quitarle la soga. Matt aún se hallaba de espaldas al fango, completamente empapado, y con Nicole sobre él. La abrazaba con fuerza como si temiese que volviera a caer de nuevo.

—Eres mi héroe, vaquero —le dijo ella después de apoyar las manos sobre su pecho y levantar la cabeza para mirarlo a los ojos. Matt sonrió y le acarició la espalda. Parecía aliviado—. ¿Te he lastimado?

—Un poco —confesó él, pero luego la bañó con una mirada insinuante, llena de fuego y lujuria, que la hizo estremecer.

Por varios segundos Nicole se quedó allí, inmóvil, hundida en esos ojos brillantes, conectada a ellos por una fuerza invisible. Sintió que su corazón comenzaba a palpitar con energía y que, a pesar del baño de agua helada y lodo que había recibido, su cuerpo se calentaba como brasas.

Pero quedó aún más desconcertada cuando Matt se incorporó para llegar hasta sus labios, y así poder besarla.

Las bocas se unieron en un beso suave que los estremeció más que el frío del agua que los cubría. Nicole sintió que todo en su interior se transformaba, enseguida detuvo el beso y lo observó con alarma.

¿Qué demonios hacía ese hombre? Jamás había experimentado una sensación como esa.

Ambos quedaron aturdidos, pero los gritos victoriosos de los peones les pusieron de nuevo los pies en la tierra y los motivaron a levantarse del fango. Se acercaron a la orilla cubiertos de lodo de la cabeza a los pies. Tanner, al verlos, estalló en risas.

—¿Podemos repetir estos rescates más a menudo?

Todos los presentes lo secundaron en la diversión, menos Nicole y Matt, que aún parecían confusos; y Chase, que se acercó a ellos con rostro preocupado.

—El ternero y su madre sangran —informó.

Matt y el capataz se acercaron enseguida a los animales, y, al revisarlos, pudieron notar los profundos cortes que tenían en las patas. Al ternero incluso le costaba caminar.

—Podría tener la pata quebrada —vaticinó Tanner. A Matt no le agradó esa idea, el veterinario del rancho había sido Christian y desde que él había muerto no se habían presentado problemas con los animales, por lo tanto, no se había preocupado todavía de conseguir otro especialista.

—Iré a la cabaña y me daré un baño para viajar a Abilene. En la ciudad debería encontrar a alguien que los atienda —expuso poco convencido de sus propias palabras mientras evaluaba el difícil caminar del animal.

—¿Y si no lo consigues? —preguntó Tanner con el ceño fruncido—. Si se infecta la herida será más difícil tratarla.

—¿Hay algún veterinario en los ranchos vecinos? —examinó Nicole.

—No —respondió Matt con brusquedad. Ella lo observó con irritación, le fastidiaba que él echara de lado, de buenas a primeras, sus ideas y opiniones.

—Hay uno —habló Chase, pero calló al recibir una mirada amenazante de Matt, que Nicole percibió.

—¿Dónde? —consultó ella. Sin embargo, el chico no le respondió. Se encogió por la silenciosa advertencia que le hizo su patrón con la mirada. La mujer apretó los puños y preguntó de nuevo con más energía—. ¡¿Dónde?!

Tanner respiró hondo y se ajustó el sombrero a la cabeza.

—En el rancho Drummond.

Matt alzó la cabeza en dirección al cielo y apoyó las manos en las caderas. Nicole miró de reojo su postura y pudo determinar que le molestaba sobremanera que los empleados hubieran mencionado el rancho vecino.

—Que alguien vaya a buscarlo —ordenó ella.

—¡No! —negó Matt y la traspasó con una mirada inflexible.

Sin perder el contacto visual con él, ella expuso:

—Los animales tienen en sus orejas una etiqueta azul, lo que quiere decir que son míos —recalcó—. No esperaré a que venga un veterinario, si es que lo consigues, teniendo uno a pocos kilómetros de distancia.

—¡Tienes más reses, si enferma una no te afectará!

La absurda negativa de Matt intrigaba a Nicole y le resultaba ideal para poner en su sitio al insolente hombre.

—Es mi ganado, y, por tanto, es mi decisión —enfatizó y le dio la espalda para quedar frente a Tanner—. Quiero que alguien vaya al rancho Drummond y pida al veterinario que venga. Díganle que le pagaré el doble de su salario diario.

El capataz lanzó una mirada interrogante a Matt, gesto que enfureció a Nicole, no permitiría que él eliminara su orden. Tenía que hacer respetar sus mandatos entre los empleados. Sin embargo, por el resoplido sonoro de Matt y el rostro aliviado de Tanner dedujo que había aceptado de mala gana su decisión.

Enseguida, el capataz envió a uno de los peones al rancho vecino y se encargó de enlazar a la res y a su ternero herido para llevarlos a los establos. Nicole se giró hacia Matt y observó como el hombre se colocaba apresurado el sombrero y el cinturón del arma, y subía furioso a su caballo, dejando la camisa abandonada sobre la yegua de ella.

Antes de espolear a Randy para marcharse, él le lanzó una mirada fría a la chica.

Ella se quedó inmóvil mientras el hombre se alejaba a galope. No tenía ni idea de lo que había hecho, solo esperaba no haber cometido un nuevo error por su soberbia.