La hija del criptógrafo
Introducción
Cuando aquella mañana helada de 1983 encontré al profesor Colina Ross en su sepulcro de sal pensé, en un instante de miedo y confusión, que sería mejor abandonar la casa y dejar aquella muerte en el secreto. Pero las cosas no ocurrieron así: a las llamadas telefónicas y los inevitables policías y expertos forenses siguieron las necrológicas eruditas, los honores académicos, las placas conmemorativas y los minutos —los veinte segundos— de silencio. Sólo faltó que se lo homenajeara con la verdad; pero ocurre que la verdad nunca sirve de homenaje.
Asistí por primera vez a una clase de Colina Ross en el otoño de 1970, y entré en el círculo de humo y palabras creyendo que seríamos cientos sus acólitos. Pero éramos apenas veinte. Había imaginado que sólo el aula magna correspondía al aura del profesor, pero la cartelera de la facultad, más digna de fe que mis esperanzas, indicaba un antro subterráneo. Bajé las escaleras de cemento hasta llegar a un aula angosta y oscura. En el fondo se arrumbaban bancos rotos patas arriba, un ejército de escarabajos derrotados.
Me senté en el fondo, entre los pocos estudiantes, todos callados, tiritando, a pesar de que el otoño recién empezaba. La mitad fumaba, a nadie le importaba que se tratara de un sótano mal ventilado. Los minutos pasaban y yo era el único que miraba la puerta, esperando que apareciese el profesor; trataba de convencerme de que aquel marco de frío y tedio era el escenario adecuado para el deslumbramiento. En los cuentos de hadas y las viejas leyendas los sabios siempre habitan en chozas, o en cuartos olvidados del gran palacio, o duermen y oran en lo alto de una columna o en una cueva del desierto.
Algún estudiante se marchó, vencido por la demora o la ausencia, y otros empezaron a hablar de exámenes, monografías y manifestaciones. Entonces apareció Colina Ross, con un cigarrito Avanti en un costado de la boca. No se disculpó por su retraso. Puso sobre la mesa un viejo portafolio de cuero marrón del que sacó libros y papeles. En las dos horas que siguieron no miró una sola página.
El tono monocorde de Colina Ross me daba sueño, la criptografía me aburría. ¿Para eso había venido? ¿Para eso me enfrentaba con mi padre? Voy a irme antes del final de la clase, me dije, y no voy a volver nunca más.
El profesor, mientras encendía otro de sus espantosos cigarritos, nos decía: No nos interesa la criptografía por la prolija labor de los espías, ni por los jeroglíficos, ni por las lenguas desconocidas que nadie ha descifrado jamás. Nos interesa la criptografía porque no sabemos qué piensan los que nos rodean y porque a menudo ni siquiera sabemos lo que pensamos nosotros mismos.
Fue como si esa clase hubiera continuado a través de las horas y los días, hasta que quince años después entré en el sepulcro de sal y di por terminada la lección.
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