La hija del criptógrafo

Pablo de Santis · Capítulo 41 de 59

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La hija del criptógrafo

Cuarta parte: La oficina de los hombres pálidos

CUARTA PARTE

 

 

La oficina de los hombres pálidos

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La lengua de la radiación

Los que vinieron a buscarme sabían que no era peligroso ni para ellos ni para mí, que no tenía armas ni cápsulas de cianuro escondidas en los bolsillos. Vinieron en un solo auto, no me creyeron merecedor de un operativo más grande. Ocurrió a la salida de un colegio del barrio de Once, en el que había entrado dos meses atrás para dar clases de literatura en quinto año. Acababa de tomar una prueba, tema uno, tema dos, dos preguntas para cada tema, y así me había llevado para corregir treinta hojas llenas con las caligrafías aborrecibles de mis alumnos. Confiaban en que cuanto más intrincada fuera la letra, más posibilidades había de que uno descubriera en la hoja un tesoro escondido. Era una prueba sobre sonetos, y les había dado a leer a Juan Rodolfo Wilcock, delicado y melancólico, y a Almafuerte, vigoroso y desesperado, que me parecía que podía llegar a conmover el ánimo de los adolescentes. No te des por vencido, ni aun vencido,/no te sientas esclavo, ni aun esclavo;/trémulo de pavor, piénsate bravo,/y arremete feroz, ya mal herido.

A la salida del aula me esperaba una alumna que no había podido dar la prueba porque había llegado tarde. Era una chica de pelo negro, que llevaba una vincha. «Cuándo me la va a tomar», preguntó ella, y yo le dije «mañana» y ella volvió a decir «mañana» y suspiró, como si la palabra le causara extrañeza y a la vez melancolía. Yo no la recordaba entonces, y sin embargo ahora es la única cara que recuerdo de aquel curso. La compleja máquina del mundo la había enviado a ella para despedirme de casi todo. Una vez que atravesé el vestíbulo, bajé los escalones de mármol y crucé las rejas pintadas de verde dejé el colegio para siempre. Y los treinta exámenes quedaron tirados sobre la vereda, como señal de una vida que había sido interrumpida, con todas sus ínfimas tareas sin completar.

Es cierto que todos los días se recibían noticias de asesinatos y secuestros; noticias apenas murmuradas en la cola del banco, en el almacén o en llamadas telefónicas que había que interpretar laboriosamente, porque sólo comunicaban alusiones y sobrenombres. Pero no terminaba de parecerme del todo real. Era consciente de que todo aquello ocurría, y sin embargo no alcanzaba a relacionarlo con los titubeos y entusiasmos pasajeros que hasta entonces habían formado mi vida.

Cuando los vi aparecer, me llamó la atención que trabajaran allí mismo, a la luz del día, sin esperar la tarde o la noche o siquiera las nubes. Se movían con prisa pero con tranquilidad, sin ese entusiasmo que despierta la novedad: habían hecho lo mismo otras veces y acaso su tarea ya empezaba a resultarles aburrida. Había un oficial al mando, me di cuenta de inmediato, a pesar de que estaba vestido de civil. El pelo negro, engominado, un pantalón gris, una camisa blanca, lentes negros. El otro, morocho, debía ser un suboficial, también estaba de civil. Había un tercero, un chofer, de jean y zapatillas. Apenas me di cuenta de que venían por mí solté las pruebas de mis alumnos, con la esperanza que se esparcieran y revelaran lo que había pasado. Pero los confusos mensajes fueron arrastrados por el viento sin que el oficial se inmutara en lo más mínimo. Ni él ni el otro se preocuparon en borrar las modestas señales que quería dejar a mi paso. Sabían que nada serviría: los pájaros siempre se comen las migas que Hansel y Gretel dejan en el camino. El último, dijo el oficial, y en ese instante alguien a quien hasta entonces no había visto me cubrió la cabeza con una bolsa de tela. Después supe que era una funda de almohada. Quise quitármela, por puro instinto, y recibí un culatazo sobre la oreja izquierda. Sentí casi de inmediato la tibieza de la sangre. Todo debe haber durado unos diez segundos, pero a mí me pareció un procedimiento interminable. Me metieron en el asiento de atrás, en el piso, la cabeza contra la alfombra de goma. Un borceguí me aplastó con violencia la cabeza, y cuando salí del aturdimiento empecé a sentir el zumbido en los oídos que no me había visitado desde hacía años. El enjambre de avispas había regresado.

Por momentos el auto iba a gran velocidad; después, de pronto, el tráfico lento, los bocinazos, los gritos de los otros conductores. El chofer y el hombre que viajaba en el asiento de atrás, y cuyo borceguí me aplastaba por momentos la espalda y por momentos la cabeza, hacían de tanto en tanto algún comentario cansado sobre el tránsito, pero el oficial, sentado en el asiento del acompañante, permanecía callado, ajeno a ese intercambio de vaguedades, y su silencio fue cohibiendo a los otros hasta enmudecerlos por completo.

El automóvil bajó por una rampa y se fueron apagando los ruidos de la ciudad. Cuando me arrastraron fuera del coche sentí, a pesar de la bolsa de tela, el aire fresco de un lugar amplio y subterráneo. Imaginé que estábamos en el garage de un edificio. Oí el ruido de una puerta que se abría y después, cuando me empujaron adentro, el zumbido de tubos fluorescentes.

Me descubrieron la cabeza y la luz me encegueció. Durante los primeros segundos no pude ver nada, hasta que alcancé a distinguir unos árboles: un bosque de arrayanes y un cielo azul. El póster estaba pegado en la pared, torcido, con los colores apagados, y parecía haber estado allí desde siempre. Mi país: todo por descubrir. Había escritorios y sillas, pero no había dos cosas iguales: una silla de madera de comedor diario, otra de oficina, un escritorio de fórmica, otro que parecía antiguo, un pupitre escolar. Había también otras personas. Aún sin clavar la vista en ellos, los reconocí. Pensé de inmediato que tenía que ocultar que sabía quiénes eran, aunque si me detenía a pensar un poco el asunto, era evidente que nos habían reunido en esa oficina subterránea porque sabían quiénes éramos todos, y los extraños lazos que nos habían unido en el pasado. Me quedé quieto, esperando instrucciones.

Crámer y Cimer estaban sentados frente a escritorios y tenían las manos libres. Trabajaban, o simulaban trabajar en sus papeles. Parecía como si alguien hubiera querido crear la ficción de una oficina, pero no hubiera contado con los elementos apropiados. Un elenco teatral de pueblo que ensaya con lo poco que tiene a mano. A la incongruencia de los muebles se le sumaba la de la ropa. Crámer estaba con una camisa blanca, raída y sucia. El cuello tenía unas manchas pardas que debían ser de sangre. Cimer vestía una de esas tricotas verdes que formaban parte del uniforme de fajina de los soldados conscriptos. No di ninguna señal de conocerlos, ni siquiera fijé la vista en ellos. Ellos tampoco me miraron.

En el fondo de la oficina descubrí a Ramiro Lemos, al que hacía meses que no veía. Estaba muy delgado, se le marcaban los huesos de la frente y los ojos enormes. Igual que los otros, tenía una barba de muchos días. Vestía una remera azul. Hizo un leve gesto de sorpresa al verme; que yo, uno de los jesuitas, hubiera caído también, era algo que estaba fuera de todo cálculo. Mi sola presencia, me diría más adelante, le había dado la pauta de los alcances de la catástrofe. Durante un instante temí ver a Eleonora, temí que hubiera caído junto a Lemos, pero no estaba. Éramos sólo nosotros cuatro.

El oficial que nos había capturado, y cuyo nombre, Blasco, sólo conocí días después, se paró enfrente de mí. No dijo ningún nombre, sólo que lo llamara Mayor. Era oficial de inteligencia, me enteraría más tarde.

Cuando empezó a hablar, los otros dejaron sus papeles y le dedicaron una atención obligatoria. Estaban acostumbrados a sus discursos.

—La subversión no son sólo las armas, la ambición de poder, el odio. Es la radiación que ha estado carcomiendo el lenguaje y a través del lenguaje el pensamiento y a través del pensamiento, la realidad. Las cosas cambian de forma a nuestro alrededor. Entre el hombre y la mujer, la radiación. Entre el padre y el hijo, la radiación. Entre el amigo y el amigo, entre el patrón y el obrero, entre el pastor y su grey: la radiación. Todos ustedes, en mayor o menor medida, se han contaminado. Ya estarían muertos, si no los hubiera puesto en mi lista. Todos estamos infectados, y yo mismo lo estoy. Este trabajo nos va a servir a todos como limpieza y expiación.

Lo que dijo fue mucho más largo y estaba hecho de repeticiones, como si creyera que esa reiteración era la única barrera contra la radiación. Los militares siempre han sido sensibles al carácter repetitivo de la verdad. ¿Cómo puede ser cierto algo que se dice una sola vez, una palabra que apenas brilla y se apaga? Blasco no explicó de qué trabajo se trataba pero no hacía falta, porque me hizo sentar delante de un escritorio, y puso ante mí papeles de todo tipo. Yo pensé que todavía estaba vivo, que sobreviviría, que sólo me faltaba encontrar la oportunidad para aclarar el malentendido que me había llevado hasta allí. Y empecé a buscar entre esos papeles, y a clasificarlos, sin preguntar siquiera de qué se trataba el trabajo.

 

Durante los primeros días no intercambié una sola palabra con los otros. Había siempre junto a la puerta un soldado al que no podíamos dirigirle la palabra. El soldado tenía un fusil en las manos, un FAL, con la correa cruzándole la espalda. Los guardias siempre cambiaban. Elegían soldados nacidos en pueblos del interior, soldados sin ningún lazo con la ciudad, soldados que no sabían qué hacer con sus francos, porque no se animaban a visitar la ciudad por temor a perderse o por falta de dinero, y que pasaban sus tardes libres en el cuartel, jugando al truco o escuchando en la radio la Oral Deportiva. Elegían a aquellos que estaban predestinados por falta de miras, analfabetismo o puro aburrimiento a hacer del cuartel su hogar y a convertirse así en suboficiales, para repetir sobre otros las mismas brutalidades que ahora caían sobre ellos. Los sacaban de los cuarteles de Campo de Mayo, La Tablada o Ciudadela, los traían en camiones, los encerraban en el sótano para vigilarnos. Pero era fácil adivinar que no eran estos soldaditos de juguete nuestros verdaderos guardianes, sino apenas un elemento decorativo.

Los conscriptos nos miraban con temor. Quién sabe lo que les dirían de nosotros; tal vez no éramos para ellos sólo un modelo de perversión moral, sino los poseedores de secretos poderes. Apenas hacíamos un movimiento brusco, para levantar, por ejemplo, un lápiz caído, nos apuntaban y se ponían a gritar que nos quedáramos quietos. A uno, alto y con orejas enormes, se le escapó un tiro que casi pega a Crámer en la cabeza. En el encierro del sótano el disparo sonó como una explosión y pronto entraron cuatro soldados más y tres hombres en jeans y zapatillas Adidas, armados con pistolas. Creían que se había producido una fuga en masa. El soldado casi se pone a llorar cuando se le escapó el tiro, pero Crámer no se inmutó. El agujero de la bala quedó en la pared, y con el correr de los meses se fue haciendo más grande por el revoque que caía.

Dormíamos en una habitación del fondo, irrespirable, en colchones tirados en el suelo. No sabíamos dónde estábamos, pero era evidente que se trataba de un sótano. Cimer y yo habíamos recibido un pase directo a la oficina. Lemos había pasado por las comisarías de La Plata, donde pocos sobrevivían. Crámer había estado detenido en Córdoba, donde había tratado de esconderse, en casa de unos familiares. Yo estaba convencido de que estaba allí por mi prolijo informe sobre la muerte del sindicalista Guzmán, o porque había encontrado en el espejo de una casa arrasada la palabra Nimrod, el número 67. Después me di cuenta de que estaba ahí por mi habilidad como criptoanalista. Aquel sótano era el Círculo de Criptógrafos de Buenos Aires, aunque bajo una nueva forma.

Durante las noches, Crámer y Lemos se movían, respondían a las órdenes, decían basta, pedían agua, se defendían de los golpes y el voltaje de la pesadilla. Todos tenían una palidez amarillenta que pronto fue también la mía. No era sólo la ausencia del aire libre sino como si la misma oscuridad y la luz de los tubos fluorescentes acabaran por señalarnos con su marca amarilla.

Recibíamos como una dádiva todo lo que llegaba del exterior. A veces era una frase dicha por un soldado: sobre el clima, algún partido de fútbol o la vida en el cuartel. Otras veces un papel: un boleto de colectivo que uno de los soldados o Blasco había dejado caer, o un volante de una tintorería pegado a la suela de un zapato, el envoltorio de un paquete de pastillas o de un chocolate. Guardábamos esos pedazos que llegaban del mundo real como un tesoro. No sólo eran señales que nos permitían saber más o menos dónde estábamos (pronto supimos que estábamos en el sótano de un edificio en la avenida Leandro Alem); eran también pruebas de que detrás de las paredes de aquel sótano había una ciudad, y la gente caminaba apurada, y los chicos iban a la escuela y pasaban los colectivos y los trajes manchados iban a parar a las tintorerías.

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