La hija del criptógrafo
Quinta parte: El templo de las sales Colina
QUINTA PARTE
El templo de las sales Colina
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El mundo exterior
Mientras estaba en poder de Blasco, había pensado que lo primero que haría al salir del sótano de Alem era averiguar el destino de Eleonora. Y sin embargo dejé pasar los días sin hacer una llamada a Colina Ross. Blasco me había advertido sobre el peligro de los teléfonos. Pero no era por eso que no llamaba. No quería recibir malas noticias, no quería que me dijera que nadie sabía dónde estaba, que se la habían llevado de tal bar o de tal esquina, que la habían visto en una comisaría o en un cuartel.
Dos semanas después de salir me decidí por fin a hablar con Colina Ross. Era un sábado a la mañana, temprano, y no me disgustó la idea de despertar al profesor. Escuché un «hola» somnoliento, y cuando dije mi nombre se quedó mudo y balbuceó alguna palabra que no llegaba a ser palabra. Yo conocía ese lenguaje. Es el de quien piensa que habla con un muerto, y tiene que tomar una decisión: o corrige su versión de la realidad y acepta que los fantasmas existen, o corrige las imágenes mentales que se ha hecho de esa muerte, y llena en segundos los formularios que lo devuelvan a la vida. Vivo, muerto: táchese lo que no corresponda.
—Aquí me tiene, profesor.
—Dorey. Se salvó. Yo pensé…
—Me salvé.
—¿Y los otros?
—Lemos y Crámer están vivos…
—¿Dónde?
—No sé. Cimer, en cambio… —Iba a decir que estaba muerto, pero tampoco de eso estaba seguro—. De Cimer no se sabe nada.
—No me acuerdo quién era Cimer.
—Uno rubio, pálido. Trabajaba en el archivo de La Razón.
—Ah sí —dijo, pero me di cuenta de que no lo recordaba. Lo envidié: me hubiera gustado no recordar quién era, ni lo que le había pasado.
—A Barnes lo mataron… —dije.
—En un bar. Lo leí en el diario. Habría podido ser un buen profesor. Qué desperdicio. Qué terrible desperdicio… —Se quedó callado unos instantes—. Pero usted llama para saber de Eleonora…
—Sí…
—Eleonora está a salvo —dijo por fin.
—¿Dónde está?
Vaciló un segundo.
—En México.
—¿Desde cuándo?
—No soy bueno para las fechas.
—¿Me da su dirección?
—No la tengo. No sé nada de ella.
—¿No se escriben?
—No.
—¿Hay alguien que pueda saber dónde está?
—No, Dorey. No tengo la menor idea.
Recordé de pronto los papeles de Maldany. La época en que los buscaba me parecía ahora tan lejana y borrosa como los tiempos en que las tablillas habían sido marcadas.
—No busque a nadie —dijo de pronto el profesor—. Ni a mi hija ni a nadie. Váyase en cuanto pueda. Lleve poco equipaje.
Cortó.
Las flores de jacarandá habían empezado a caer y teñían de lila las veredas; a medida que eran pisoteadas y aplastadas se volvían oscuros manchones de tinta. Llevado por una absurda curiosidad me detenía a recoger papeles del piso —volantes, envoltorios de golosinas o cigarrillos, alguna hoja de carpeta de un estudiante— como si todavía estuviera en el sótano de Alem.
Todas las cosas seguían pareciéndome irreales, y podía quedarme durante un largo rato sentado en el banco de piedra de una plaza mirando un árbol, o un escarabajo asediado por una patrulla de hormigas. En lugar de haber salido al mundo exterior, sentía que me había metido en un mundo aún más interior, donde todas las cosas se convertían en señales ocultas. Necesitaba salir, pero todavía no había encontrado la puerta, y el mundo seguía cerrado como un sótano.
Empecé a hacer pequeñas caminatas, en las que continuamente tenía la impresión de que me seguían. Así como antes había indagado en los papeles que traía Blasco, ahora indagaba en las caras de los que me rodeaban. Un cruce casual de miradas, en un bar o en el vagón de subte, me dejaba con una inquietud que me amargaba horas enteras. Una tarde descubrí que una adolescente rubia, vestida con uniforme de algún colegio privado, se apartaba de sus amigas y me miraba, y estuve a punto de creer que me señalaría con el dedo para gritar que había sido descubierto. Si veía dos veces a la misma persona, sentía que se trataba de una trampa, como si fuera antinatural que la gente repitiera costumbres, compras, caminatas. Quería un mundo de piezas únicas, donde los desconocidos mostraran fugazmente su indiferencia y luego desaparecieran para siempre.
Una tarde me animé a ir al centro. Ya para entonces mi piel había empezado a perder su palidez. Me obligaba a una dieta de zanahorias y naranjas. Bajé del subte en el Congreso y caminé por Callao hasta la Avenida Corrientes. Iba con la cabeza gacha, evitando encontrarme con conocidos. En el pasado, cuántas veces había caminado esas mismas cuadras, mirando a través del vidrio el interior de los bares, La Giralda, con sus mesas de mármol, La Paz, La Ópera, Los 36 billares, con sus mesas de madera oscura, en busca de conocidos, de alguna amiga, de algún atajo para no terminar la noche solo. Ahora quería ser el hombre invisible y evitaba las ventanas de los bares por temor a descubrir una cara familiar.
Entré en una librería de usados, fui hasta el fondo, donde no se veía a nadie, y me puse a revisar una mesa de novelas policiales. Compré una de David Goodis de la colección Rastros. Al salir casi me choco con Lemos. Vestía un pantalón blanco y una camisa verde de mangas cortas.
—Miguelito —dijo—. Creí que te habías ido. Veo que no soy el único que decidió quedarse.
Se acercó como para darme un abrazo pero me tendió la mano. Miró hacia los lados, como si alguien estuviera observándonos. Nadie nos prestaba atención.
—¿Y Crámer? —pregunté.
—Nos largaron juntos.
—¿Se fue del país?
—No sé. No volví a verlo. No era buena idea que nos juntáramos, ¿no?
Hizo un gesto con la mano como para empujar a Crámer a esa región a donde van a parar los compañeros de escuela, los viejos amigos del barrio, las novias antiguas que dijeron o recibieron, en una mesa de confitería, las triviales fórmulas del adiós, todos aquellos que recordamos como piezas de la memoria, pero que no tienen un lugar en el presente.
—Estaba por ir a visitarte.
—¿Para qué?
Me tomó del brazo.
—Vamos al subte.
—¿Para ir adónde?
—A cualquier lado. Es para hablar tranquilos. Así vamos a saber si nos siguen.
—¿Blasco?
Se rió.
—Nunca entendiste nada, Dorey. Si alguien nos sigue, no es Blasco. Es por Blasco. El mayor tiene muchos enemigos en los servicios de inteligencia. Es un incomprendido.
Fuimos hasta la estación Callao, y tomamos el primer tren. Toda la gente apurada. A mí, después de tantos meses de inmovilidad, me extrañaba que todos tuvieran obligaciones y urgencias. ¿A dónde iba toda la gente? Lemos hizo el gesto de subir a un vagón pero cambió bruscamente de idea y subió al siguiente. Hice lo mismo.
—Estoy paranoico, ya ves. Siempre creo que alguien me está siguiendo. En especial cuando me siguen.
Pero nadie nos seguía ni nos prestaba atención. Un vendedor ofrecía un juego de biromes de colores, tratando de vencer con su voz el fragor del subterráneo. Una chica de unos doce años esperaba su turno, con un montón de estampitas en la mano.
Entonces supe que nuestro encuentro no había sido casual, porque Lemos me preguntó de pronto:
—Ese mensaje, ¿te acordás?
Había entendido perfectamente, pero fingí que no podía oírlo. El ruido de las ruedas contra las vías. Me gritó en el oído:
—Ese mensaje. ¿Qué decía?
Durante un segundo estuve a punto de decirle la verdad. Eleonora estaba en México, no había nada que temer. ¿Pero si no era así? ¿Si Colina Ross había dicho eso porque era un libreto preparado por Eleonora, y ella seguía en las calles de Buenos Aires? Además ese nombre era lo que yo no había dicho, lo que no había revelado, era un límite, el breve símbolo de que algo había quedado sin decir. Si acababa por pronunciarlo, entonces, ¿qué quedaría de mí?
—No sé. Nunca lo resolví.
—Blasco sigue preguntando.
—Pensé que estabas libre de él.
—Claro que estoy libre.
—¿Y entonces?
—Colaboro con él. Cuando se enoja, me llama 10.027, como antes.
—¿Seguís en el sótano?
Había llegado hasta la última estación, Leandro N. Alem. Muy cerca de allí —yo no sabía a qué altura— en uno de los edificios de la recova, estaba el sótano. Bajamos del vagón.
—Pero ahora por propia voluntad. Montamos una pequeña empresa de seguridad. Hacemos trabajos para compañías financieras. Encriptamos información. También investigamos compañías rivales. El mundo que se viene es el mundo del secreto. A veces la policía nos encarga también alguna cosa. Pero los privados son mejores, el Estado siempre paga con atraso.
Se me acercó con un aire de confidencialidad.
—El sótano de Alem no es un lugar seguro. Ya te dije, Blasco tiene muchos enemigos dentro de la gente de inteligencia. Él tiene esa pasión por el archivo, por la Historia, quiere juntar materiales para el futuro.
—¿Y su tratado sobre la radiación?
—Nunca lo terminó. Le escribimos muchas páginas, vos sobre todo, pero dice que no es suficiente. Siempre cree que está a punto de entender la época que le tocó vivir, pero que le falta un detalle. Por eso vive pendiente de su archivo. Eso no le gusta a sus camaradas de armas. Son tímidos, se conforman con que la Historia la hagan los monumentos, los manuales, los nombres de las calles, las estatuas ecuestres. Les falta esa pasión por el archivo que tiene Blasco. Quieren quemar todo. El ambiente se hizo asfixiante. Por eso nos vamos de ahí. —Empezó a buscar algo en sus bolsillos—. El mes que viene abrimos oficinas propias. Nos decidimos hace poco, estábamos los dos en el sótano y para sellar el acuerdo hicimos un brindis. Un poco patético: en vez de champagne, Suter etiqueta marrón y vasitos descartables. Pero brindamos.
Al fin encontró en sus bolsillos lo que buscaba y me dio una tarjeta. Decía el nombre de la empresa: Security Corp. Había también un nombre, Javier Dobal.
—¿Quién es?
—No pensarás que voy a trabajar en esto con mi nombre verdadero. Somos supersticiosos como los indios: si saben tu nombre, pueden hechizarte. Llamame si resolvés el tema del mensaje: Blasco sigue preguntando por vos. Pero en términos positivos: le dejaste un buen recuerdo. A veces me dice: ¿en qué andará 148?
Quise devolverle la tarjeta, pero me la sacó de la mano y la puso en el bolsillo de mi camisa.
—Además ya terminaron las conspiraciones, terminó la revolución, terminó todo. Es hora de que empecemos a ganarnos la vida, como todo el mundo.
Nos despedimos. Yo eché a caminar rumbo al obelisco.
Había llegado marzo, ya hacía más de cuatro meses que estaba afuera. Decidí ir a pasar unos días a Mar del Plata, a un pequeño departamento de mi familia que estaba en Playa de los Ingleses. Un viernes a la mañana tomé el tren en Constitución. Los guardias, vestidos con viejos uniformes grises, pedían los pasajes con una impaciente brusquedad. Habían empezado las clases, y a la costa sólo iban matrimonios de jubilados. Todos discutían sobre cosas que habían olvidado meter en las valijas.
La ciudad me recibió con una llovizna. El edificio estaba vacío, de cuarenta departamentos sólo había dos o tres habitados, y en el pozo de aire y luz el viento zumbaba lúgubre. Siempre había mirado sin entender a la gente que venía de los pueblos a hacinarse en el verano en Mar del Plata, en playas donde no se podía caminar sin pisar a alguien. Había exaltado, en cambio, el invierno, la soledad y el silencio. Ahora hubiera preferido la música estridente de las radios, la procesión bien provista de sombrillas, paletas y heladeritas portátiles, la multitud horizontal untada de sapolán Ferrini. La soledad era un fenómeno sobrevalorado, a causa de malos poemas y fotografías cursis de playas vacías.
Asistí al melancólico espectáculo de la ciudad que terminaba de vaciarse de turistas. Di caminatas por la costa, tomé vermouth mientras miraba por las ventanas de los bares y compré una corbata para entrar al casino. Las mujeres todas demasiado maquilladas, con vestidos largos como para un casamiento, y jugando sólo a los números de la ruleta; los hombres preferían jugar a columnas, par o impar, negro o rojo, o a las mesas de black jack. Intenté aplicar una martingala que Cimer me había explicado alguna vez, y que combinaba apuestas a negros y a impares: perdí la modesta cifra que tenía en los bolsillos. Me resigné a pasear como un sonámbulo entre las mesas.
Al tercer día la soledad ya se había hecho insoportable y saqué un pasaje de regreso en el tren de la noche.
Al llegar, mi madre me avisó que habían ido a buscarme.
—¿Quién?
—Uno que te conocía de la facultad. Un muchacho saludable, bronceado. Lemus o…
—Lemos.
—Se quedó mirando los muebles, las fotos, los cuadros, como si nunca hubiera estado en una casa como la nuestra. Parecía un poco ido. Me pidió que te hiciera acordar del mensaje. ¿Vos tenías algún mensaje que darle?
A partir de ese momento, cada vez que el timbre o el teléfono sonaban, temía que fuera él. Imaginaba a Blasco azuzándolo, convenciéndolo, los dos solos en el sótano de Alem, ya sin prisioneros ni guardianes.
Empecé a pasar poco tiempo en la casa. Me iba temprano y regresaba a la noche; todo el día en la calle, a veces en el centro, haciendo trayectos absurdos, cambiando el tren por el colectivo y luego el subte, a fin de despistar a imaginarios perseguidores.
Al fin me dispuse a partir: pensé primero en Madrid o Barcelona pero finalmente elegí Roma, porque allí vivía un primo que me podría dar un trabajo. En la familia nadie aprobó ni desaprobó la decisión, pero sentí que respiraban aliviados por la cercanía de la partida.
Para irme no bastaba con comprar el pasaje en una agencia de viajes: primero tenía que sacar el pasaporte en el Departamento Central de Policía. Eran muchos los que habían sido detenidos en ese momento, con los ojos enrojecidos por la noche en vela y los dedos manchados de tinta. Día tras día postergaba el trámite, hasta que al fin me decidí.
El edificio del Departamento Central de Policía, donde había que sacar el pasaporte, estaba rodeado por las casas de fotos carnet 4 por 4, sastrerías con vidrieras llenas de uniformes azules y armerías con sus bastones reglamentarios y sus pistolas 9 milímetros. Gracias a un contacto de mi padre, había reservado el turno para hacer el «trámite acelerado». Había que pagar diez veces más, pero se tenía el pasaporte en el mismo día. Además tenía otra ventaja: los policías que se ocupaban de esa fábrica clandestina de pasaportes, sabiendo que ejercían su oficio en la oscuridad, eran poco proclives a plantear problemas que amenazaran su negocio. Había que preguntar por un tal comisario Aguat. Nunca supe si ese comisario existía de verdad o si era una clave para que a uno lo enviaran escaleras abajo, mientras los otros aspirantes a tener su pasaporte llenaban salas y pasillos desde las 5 de la mañana.
A medida que me adentraba en el edificio, crecía mi temor, y prestaba atención a las caras y gestos de los policías, tratando de adivinar señales de alarma. No las encontré: todos parecían fastidiados, aburridos, cansados de escuchar las mismas preguntas.
Al final me hicieron esperar en un pasillo, para pasar después a un cuarto donde un oficial fumaba frente a una mesa de fórmica. Era un cuartito minúsculo con una ventana que daba a un patio con unas palmeras. En las paredes había afiches con fotografías de guerrilleros. Algunas, se notaba, eran fotos carnet. Otras habían sido tomadas alguna vez que habían sido detenidos.
Si los ve… ¡Denúncielos!
El cartel ya tenía unos años. Me pregunté si de aquellos nombres alguno quedaba vivo todavía.
—¿Adónde piensa viajar?
—A Italia, a ver a unos parientes.
—A Italia, claro. Quién no tiene parientes en Italia —me dijo con algo de suspicacia y me tendió la libreta azul, con letras doradas. Lo tomé con los dedos manchados con esa espesa tinta negra que nunca terminaba de borrarse, por más que uno se lavara y fregara las manos. Ya estaba saliendo cuando me llamó.
—Espere. No se vaya todavía. Tiene que firmar.
Firmé en una planilla que me tendió.
—Y fíjese que sea su pasaporte. No vaya a ser que le demos uno equivocado.
La fecha del viaje estaba prevista para un sábado a la tarde, pero puse la valija en el baúl del auto de mi padre dos días antes, y en mitad de la noche. No quería mostrar ningún equipaje en el momento de la partida. Le pedí a mi madre que no fuera al aeropuerto y me despedí de ella en el interior de la casa, no quería llamar la atención. Salimos con mi padre en el Peugeot 504 como si fuéramos a hacer una compra al supermercado.
Mientras avanzábamos lentamente por las calles del barrio vi a Lemos. Tenía un pantalón claro, unas botas tejanas un poco extravagantes, una camisa violeta. Parecía vestido para salir de noche, para ir a bailar. Fingí que no lo veía. Mientras el coche se alejaba levantó la mano, como si hubiera llegado hasta allí sólo para despedirme.
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