La hija del criptógrafo

Pablo de Santis · Capítulo 58 de 59

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La hija del criptógrafo

Pruebas de galera

Eleonora había terminado su libro y se decidió a buscar editor. Empezó un amargo camino: fotocopias, recepcionistas, envíos por correo. Probó también con algún concurso. Al final alguien le dijo que sí: el editor era un hombre joven, hijo de un librero de la calle Corrientes. Había publicado la conferencia Antígona de Kierkegaard, un ensayo de Siegfried Kracauer, unos artículos inéditos de Martínez Estrada, y ahora quería empezar a editar autores nuevos.

El editor no tenía oficina. Lo visitamos en su departamento, en Rodríguez Peña y Tucumán. Era joven, bajo, llevaba una barba incipiente. Nos sirvió un café en la mesa de la cocina, mientras su esposa caminaba entre los paquetes de libros con un bebé de meses en brazos.

—Quiero vender muchos libros pero no para hacerme rico, sino para poder caminar por mi departamento. Y así salvar mi matrimonio.

—¿Y por qué no dejás los libros en la librería de tu padre? —le pregunté. Sabía que el local tenía un sótano donde habían ido a parar ensayos políticos, libros con causas penales, libros que prometían inconvenientes para el editor y para el librero. La censura nunca había tenido reglas completamente definidas: era un susurro, un llamado a la cautela, un ejercicio de paranoia, un presentimiento. En los últimos tiempos, esos viejos ejemplares estaban volviendo con timidez a las mesas de la superficie.

—¿Y aguantar sus consejos sobre qué debo editar y qué no? Prefiero tener libros en la bañadera.

En dos o tres noches ayudé a Eleonora a corregir el original. Subrayó con rojo lo que iba en bastardilla, con negro las negritas. Me animé a aconsejarle:

—Sacale las notas a pie de página. Cada cita es una baja en el ejército de los lectores.

Increíblemente me hizo caso. Cortó y pegó. El libro resultó unas treinta páginas más corto que en su versión original. Quedó un original colorido, con anotaciones en los márgenes y páginas pegadas con cinta scotch y con plasticola.

El editor la convenció de que hiciera una presentación.

—¿Para qué? Si a lo sumo se venden doce o quince libros.

—Si en cualquier presentación se vendieran doce o quince libros, yo haría presentaciones todos los días y sería feliz.

La presentación finalmente se hizo: fue un día de lluvia y frío. Yo había salido de unas clases en un profesorado, y le había dejado el auto a Eleonora. Tomé un taxi, un viejo Di Tella tripulado por un hombre de ochenta años que iba a veinte kilómetros por hora. A través del parabrisas los autos eran líquidas manchas de luz. «Odio los días de lluvia», decía el taxista. «Pero ustedes trabajan más cuando llueve». «Eso qué importa. Son mayores los peligros». Como para ilustrar su idea estuvo a punto de atropellar a una mujer. Vi durante un segundo la cara despavorida de la mujer, iluminada por los faros. Los neumáticos chirriaron. «La gente debería usar luces, como los autos. No se dan cuenta de que son grises, opacos. Sombras».

El taxi me dejó en la librería, en la calle Talcahuano. Eleonora estaba en la puerta, maquillaje y peinado milagrosamente salvados de la lluvia. Bajamos la escalera rumbo al salón subterráneo donde se haría la presentación. Habían estado haciendo unos arreglos, y el sótano olía a pegamento y humedad. El editor nos esperaba: vestido con un impermeable empapado, vagamente avergonzado por la soledad que nos rodeaba.

—No nos deprimamos todavía: alguien va a llegar —prometió.

Eleonora le propuso levantar todo, pero el editor le pidió paciencia. A pesar de su corta experiencia, sabía lo esencial: todo el mundo llega tarde, y más en los días de lluvia, y aún más si se trata de una presentación de libros. Es tal sacrificio ir a la presentación de un libro, que uno, aunque llegue sólo para las palabras y aplausos finales, se siente cumplido.

Pero la gente empezó a llegar: compañeros de facultad, una pareja de españoles que eran amigos de Eleonora y estaban de paseo por Buenos Aires, los misteriosos alumnos de su taller, que seguían siendo una colección de freaks: una mujer alta, maquillada en exceso, tacos altos y un vestido de fiesta azul; una chica pálida vestida de negro y con la mano vendada; un gordo gigantesco de mirada torva. Eleonora me contó al oído el perfil de sus alumnos. La primera era dueña de una sedería: había encontrado sus diarios de adolescencia y quería publicarlos (con notas al pie «para marcar mis cambios de punto de vista»). La chica de negro quemaba en las macetas del balcón todo lo que escribía. El gordo gigantesco era autor de cinco novelas de ciencia ficción de ochocientas páginas. Los alumnos del taller se conocían entre sí, pero se saludaron con discreción mientras se miraban con encono. El autor de ciencia ficción se había traído dos cajas de maní con chocolate, como si estuviera en un cine. Cuando se terminaron, se quedó dormido.

El micrófono no funcionaba, como suele ocurrir con los micrófonos, pero no era imprescindible. El mismo editor se encargó de presentar el libro. Nombró a otros autores que se habían ocupado del secreto: Georg Simmel, Mircea Eliade, René Guénon, y algún psicoanalista cuyo nombre se me escapa. Después le preguntó a Eleonora de quiénes eran esas cartas que, según decía en el prólogo, le habían inspirado el libro.

—Es un libro que trata de secretos: déjeme guardar ese secreto.

Ése no es tu secreto, pensé. Pero es estrategia clásica de quien esconde algo esconder otra cosa en su lugar. Así, quien descubre algo cree haberlo descubierto todo.

No sé de qué habló esa noche porque no presté atención: miraba hacia la puerta, como si Colina Ross pudiera aparecer de un momento a otro para decir: Dorey me señaló. Dorey entregó mi nombre y ahora tengo la sombra de Lemos sobre mí. Pero su padre no apareció. No se enteró, pensé. O la lluvia lo desanimó. Venirse de tan lejos, en medio de este temporal. Y luego tener que volver a La Plata en un ómnibus.

Al terminar la presentación, Eleonora se sentó en una mesita, firmó seis o siete libros con caligrafía insegura y conversó sin abandonar una cansada sonrisa. Habíamos comprado cuatro botellas de vino, un queso y algunas galletitas saladas. Descorché un par de botellas y lo serví en unos vasitos de plástico.

—Éxito total —decía el editor. Estaba contento: había vendido nueve libros.

El sótano olía a humedad y yo sentía que me quedaba sin aire. Desde mi experiencia en la oficina de los hombres pálidos, evitaba los sótanos tanto como podía. Subí las escaleras, con un vaso de vino en la mano. Me quedé en la puerta de la librería, mirando a la gente apurada y con paraguas. Son opacos, pensé, el taxista tenía razón. Sombras.

Pero hubo alguien que no me pareció una sombra: una mujer con un impermeable verde luchaba por conservar un paraguas a lunares contra la fuerza del viento. Calculé que tendría unos sesenta años. Se refugió bajo el alero de la librería. Los zapatos y la cartera eran de marca; eso era evidente aun para un lego como yo en materia de moda. El paraguas, en cambio, era chino. Luego de domesticar su paraguas me preguntó:

—¿Aquí se presenta el libro de Eleonora Bartoldi?

—Ya terminó. Pero pase, si quiere. La autora está firmando. Y hay vino.

No parecía alumna de Eleonora. No había manifestado aún ninguna anormalidad.

—¿Usted podría darle un mensaje?

—Si conoce a Eleonora, mejor que se lo dé usted misma.

—No, no quiero verla. La habría llamado por teléfono, pero no tengo su número. Me enteré de la presentación porque salió en La Nación. Yo leo el diario entero. Inclusive la sección de actividades culturales, que nadie más lee. Conferencias sobre Egipto y conciertos de órgano en las iglesias.

Sacó un papel de la cartera y una lapicera Parker. Empezó a escribir pero se desanimó.

—Mire lo que es esto, manchones de tinta, escritura acuática. ¿Usted le diría algo por mí?

—Claro.

—No son buenas noticias.

La oficina de correos de los dioses, pensé. Aún en medio de tormentas, sus emisarios salen a entregar sus mensajes.

—¿Quién es usted?

—Soy la tía de Eleonora. Su tía Haydée.

—Eleonora va a querer verla. Si se entera de que no la hice pasar…

—¿Y usted es…?

—Miguel. Yo soy su… —No encontré la palabra adecuada. Por eso la civilización había inventado el matrimonio: para poder definir las cosas de una manera concluyente—. Vivo con ella.

—Es algo delicado lo que tengo para decirle. Es sobre su padre.

—Lo conozco bien.

—Todas las semanas nos vemos, siempre en la misma confitería. Todas las semanas, desde hace… Desde hace no sé cuántos años. Pero ahora no aparece. No responde el teléfono.

—Con esta tormenta…

—En la casa no hay nadie. La correspondencia se junta en el buzón.

—A lo mejor tuvo que viajar.

—No diga estupideces. ¿A dónde va a ir?

¿A dónde iba a ir un hombre solo y con mala salud, sin avisar a la única persona con la que conservaba algún contacto?

Después dijo:

—Yo no tengo llave de la casa, si no, entraría. Es una tontería que Ezequiel nunca me la haya dado.

—No sé si Eleonora tiene llaves…

—Ella podría haber ido a visitarlo, ¿no? Lo dejó abandonado.

—Nunca se llevaron bien del todo.

—Acusaciones. Reproches. Ella no lo entiende. Nadie lo entendió nunca. Ella se atreve a juzgarlo, pero no trata de entenderlo. Todo pasó porque yo lo traicioné.

Bajó la voz. A lo lejos se oyó la frenada de un auto y un largo bocinazo.

—Fue hace muchos años. Entre nosotros dos teníamos el paraíso. Teníamos nuestro árbol de los secretos. Pero lo traicioné.

—¿Usted lo traicionó?

—Crecí. Maduré. Envejecí.

La mujer se alejó por la calle con su maltrecho paraguas a lunares, y retomó la lucha contra las ráfagas.

Volvimos con dos paquetes de libros, que dejamos en el piso, cerca de la puerta. Fue una noche de caminatas por la casa, llamadas inútiles y cafés a la madrugada. Y estornudos: los dos nos habíamos resfriado. De tanto en tanto, Eleonora ensayaba una explicación que incluía congresos, viajes, una mudanza. Yo la dejaba hablar sin contradecirla. Durante unos minutos las palabras le daban una ilusión de control sobre las cosas, pero luego ella misma encontraba obstáculos a sus explicaciones. En algún momento quiso que partiéramos en mitad de la noche, pero me desalentaba la idea de viajar en la oscuridad y con esa lluvia. No tenía ganas de terminar en la banquina o debajo de un camión. La convencí de dormir un rato y esperar el amanecer.

Cuando me desperté encontré los paquetes envueltos en papel madera y atados con cordel amarillo y tardé unos segundos en recordar que eran los libros de Eleonora. La presentación había sido unas horas antes, y sin embargo la noticia de la noche la había convertido en un hecho lejano. Eleonora ni siquiera le había dado una mirada a su libro.

Era una mañana helada. El auto siempre dormía en la calle, y la tormenta lo había cubierto de ramitas y de hojas. El Peugeot 504 tardó en arrancar, como siempre que hacía frío. Le puse el cebador y lo ahogué, con un deseo inconsciente de que nada funcionara, pero al fin arrancó. Ella se había puesto unos guantes de lana rojos. Cada tanto tenía que pasarle un trapo al vidrio que se obstinaba en empañarse. No hablamos en casi todo el camino. Yo encendí la radio, pero Eleonora me pidió que cambiara de estación, que le bajara el volumen y finalmente que la apagara. Era sábado y había pocos autos en la ruta.

Cerca de La Plata pasamos junto a un circo que anunciaba la presencia de Guy Williams, el Zorro. Un elefante atado a una estaca exploraba con su trompa los pastos junto a un coche quemado. Los carteles torcidos anunciaban una serie de cosas asombrosas. Hay una tristeza que sólo pueden despertar en nosotros los circos, los teatros, los carnavales, la gente disfrazada, cualquier intento de representación: como si los artistas detrás del maquillaje y las máscaras quisieran convocar las cosas malas del mundo para vencerlas y desterrarlas, pero al final resultaran vencidos.

Después cruzamos las vías del tren y entramos en la ciudad. Las paredes estaban empapeladas con los afiches de las elecciones. Tuve que hacer un desvío a causa de una calle cortada —la tormenta había tirado un árbol, que había aplastado a un Fiat colorado— y Eleonora empezó a darme instrucciones para que no me perdiera entre las diagonales.

Estacionamos delante de la puerta de Colina Ross. Cuando apagué el motor, los dos nos quedamos quietos. Habremos estado así unos cinco minutos, sin decir nada. Con la calefacción apagada, el coche se enfriaba y perdía su carácter de refugio. Una mujer pasó con el changuito de las compras. Avanzaba lentamente y se tapaba la cara con la mano, por el viento. Un hombre alto paseaba dos temibles perros negros. Giré la llave para que Eleonora prendiera un cigarrillo con el encendedor del auto. Salí del Peugeot para escapar del humo. A los dos minutos ella me siguió.

—Voy a entrar yo —le dije. No podía dejar de tiritar—. Dame las llaves.

—Vamos juntos.

Hacía tanto frío que nos salía vapor de la boca.

—La tía Haydée, siempre tremendista. Colina Ross debe estar de viaje —dijo Eleonora, como si necesitara hacer un resumen de todas las hipótesis de la noche anterior. Sabía, mejor que yo, que Colina Ross odiaba viajar. Fue su último acto especulativo, antes de entrar en la realidad.

Tocamos el timbre un largo rato pero sin convicción. Le dimos una chance a la normalidad para hacerse presente. No aceptó nuestra invitación. La correspondencia se había acumulado. Los últimos sobres habían quedado con la mitad fuera del pequeño buzón, y se habían mojado con la lluvia de la noche anterior. Los saqué: la cuenta de la luz, un sobre de la Universidad de La Plata, un aviso para retirar una encomienda en el correo, sobres con boletas para las elecciones de octubre. Al oírnos una vecina abrió un poco la puerta. Vestía batón, chaleco y pantuflas de lana: el uniforme reservado a las amas de casa entradas en años. Pensé que iba a decirnos algo, pero nos miró con reprobación y volvió a entrar en la casa. No supe qué reprobaba: que estuviéramos ahora ahí o que no hubiéramos estado antes. Mientras tanto, Eleonora buscaba las llaves en la cartera y se le iban cayendo al suelo un paquete de pañuelos descartables, un lápiz labial, unas pastillas de menta. Por fin tuvo las llaves en la mano.

—Ya está. Entremos.

La puerta se abrió con alguna dificultad, porque había más sobres que la trababan. Dentro todo estaba oscuro. La casa tenía ese frío húmedo de los lugares deshabitados.

Cuando Eleonora encendió la luz del comedor, una lamparita estalló. Abrí las celosías de metal y entró una luz blanca. La casa me pareció más ordenada que las tres veces anteriores que la había visitado (una como invitado, otra como frustrado ladrón de los papeles de Maldany, la última como enemigo). Sobre la mesa, una capa de polvo. Ahí estaba el llavero del profesor, con su autito de metal. En una taza había un sedimento de té y junto a ella un bay biscuit intacto. En un tazón de loza, una solitaria manzana roja se pudría.

En el escritorio estaba su máquina de escribir, una Remington portátil, con una hoja en el carro. Temí que Colina Ross hubiera dejado algún mensaje destinado a su hija (Dorey me señaló, Lemos viene a buscarme), pero la hoja estaba en blanco.

Eleonora subió con paso lento las escaleras. Yo la seguí y me adelanté. Fui encendiendo las luces y mirando en los cuartos antes de que ella pudiera asomarse. Abrí un par de cuartos que estaban tan abarrotados de cosas que la puerta no podía moverse más que unos pocos centímetros. En uno de ellos me sobresalté al ver la mano blanca de una escultura. Una vez que comprobé que el primer piso estaba libre de amargas sorpresas dejé sola a Eleonora.

Fui a dar una ojeada a la cocina. No había ningún plato sin lavar. Salvo por un vaso ancho, de whisky, todo estaba en su lugar. Abrí la puerta que daba al jardín, y caminé por un sendero de lajas. La puerta del cuartito de la torre, que nunca antes había pisado, estaba sin llave. Entré. La biblioteca trepaba en espiral, era una obra maestra de la carpintería. Las paredes húmedas habían dejado sobre los escalones restos de pintura y revoque. No pude evitar dar una mirada a los libros, escritos en una docena de idiomas. Encontré inclusive un ejemplar de la Scripta Minoa, la edición de las inscripciones halladas en Creta. Era un libro de tamaño gigantesco. Lo tomé como para abrirlo, pero no lo hice. Años atrás me hubiera encantado poseer aquel ejemplar; ahora me parecía uno de esos objetos capaces de conservar y traer al presente la antigua tristeza de un mundo petrificado. El síndrome de Pompeya, decía Colina Ross.

Ya habíamos recorrido todo y no habíamos encontrado una sola huella de que algo malo hubiera pasado. Entonces me acordé del templo de las sales Colina. Comprendí de inmediato que esa visita era una réplica de aquella anterior, y que hallaría a Colina Ross en el mismo lugar.

Corrí para llegar antes que ella. La puerta estaba sin llave. La luz atravesaba los vitrales, se dejaba teñir de azul y caía sobre el cuerpo que flotaba en la piscina saturada de sal. Tal vez no es exacto decir que flotaba, porque el líquido se había consumido casi por completo y parecía más bien un cuerpo que el mar ha dejado en una playa desierta. En los bordes de la pileta se amontonaban frascos vacíos de Sales Colina, cuyo contenido había sido vertido en el agua. Los frascos estaban ordenados, uno junto a otro, y, aunque vacíos, alguien se había molestado en poner las tapas en su lugar. Como no había a la vista ninguno intacto, supuse que había vaciado hasta el último frasco que había en la casa.

La sal se concentraba en los contornos de su cuerpo y dibujos de escarcha le cruzaban la cara. Los cristales eran un rompecabezas blanco de piezas diminutas. La piel de la cara, una máscara tensa. Su cuerpo había empezado a ser disecado por la labor de la sal. Todo había ocurrido hacía mucho, todo pertenecía a un mundo de fósiles o cristales.

Desde el piso de arriba Eleonora me llamó varias veces y luego oí los pasos cautelosos que bajaban las escaleras. Traté de decirle que no entrara, pero no me salió la voz. Fue como en los sueños, cuando queremos pedir auxilio pero no podemos gritar. La vi llegar, vestida con su tapado negro, tiritando, porque la casa estaba helada. Con esa atención intensa hacia las cosas inútiles que sentimos en los momentos graves, noté que sólo llevaba un guante, el izquierdo. Fui hacia ella, pero me apartó de su camino. Como un niño, sentí que me dejaba afuera del misterioso y agobiante mundo de los adultos.

Los ojos de Eleonora recorrieron la escena, como si el cadáver fuera un elemento más, uno entre tantos; no menos importante que la sal, los frascos vacíos, la luz que llegaba a través de la claraboya. Un gemido salió del fondo de su garganta. No derramó una sola lágrima y no hizo ningún ademán por acercarse al cuerpo. Nos quedamos en silencio frente al sepulcro de sal.

Le dije que iba a llamar por teléfono y me detuvo con una señal imperiosa de la mano enguantada de rojo. Yo empezaba a sentir esa euforia que los sobrevivientes experimentan luego de catástrofes, cuando advierten que tienen en sus manos misiones importantes, cuando miran a su alrededor y ven que todo lo que los rodea está cargado de sentido, y que el día escapa al orden de los días y se vuelve único y memorable.

Entonces descubrí en la mano derecha de Eleonora un sobre cerrado donde el profesor había escrito con letra diminuta: Para mi hija Eleonora. Antes ella nunca había abierto sus cartas, las juntaba en la caja de zapatos, cementerio de las cartas de su padre. Pero ésta era diferente. Ésta, la última, la iba a abrir.

Dorey me señaló, pensé. La sombra de Lemos sobre mí.

Dorey me señaló, ahora Lemos viene a buscarme.

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