La hija del criptógrafo
Segunda visita a la mansión Colina Ross
Había tenido la impresión de que el Círculo de Criptógrafos —o lo que podríamos llamar el Nuevo Círculo de Criptógrafos, con Crámer y Lemos a la cabeza— era un ente marginal, condenado a la hipótesis, la promesa y el insomnio. Había considerado la ejecución de Guzmán como una excepción, una última jugada de Crámer —ante sus misteriosos jefes, ante las borrosas y clandestinas autoridades ante quien debía dar cuenta de sus actos y de los actos de su pequeño grupo— para demostrar que el trabajo intelectual no podía rechazarse del todo. Una última versión de la larga discusión entre las armas y las letras. Pero la voladura del velero había ocupado un lugar central para la organización, para el enemigo, y para todo el mundo. Las muertes de todos los días ya empezaban a confundirse bajo el barniz de la costumbre, pero la voladura de un barco —y sobre todo un velero, que se desplazaba sin motor, sin otro ruido que el murmullo del viento contra las velas— tenía el poder de un símbolo. La ciudad parecía destinada a la violencia, como si los asesinatos no fueran otra cosa que una continuación de los gritos, los bocinazos y los accidentes automovilísticos que ocurrían todos los días, un conflicto extremo en un ambiente donde los conflictos eran la norma. Pero el contraste entre la placidez del río y el estallido se imponía en la imaginación como algo inolvidable. Además, el atentado había servido para recordar que la organización podía actuar en cualquier territorio, inclusive en ese refugio de sauces, silencio y soledad.
Durante los días siguientes no se habló de otra cosa. Todos los días se daban noticias sobre los avances de la investigación. Desde la prefectura aseguraban que los explosivos habían sido traídos del extranjero, que los países comunistas habían colaborado con el atentado, se sospechaba de contactos con países árabes, pero era evidente que ni siquiera sabían de qué explosivos se trataba, porque por momentos hablaban de dinamita y por momentos de trotyl o explosivo plástico. Mientras tanto, las lanchas de la prefectura encontraban fragmentos del barco y ese lento rompecabezas mantenía viva la noticia en los diarios. El eco de la explosión se dejó oír durante días: numerosos arrestos específicos, redadas inespecíficas en locales partidarios, desapariciones, un joven colgado de un árbol cerca del lugar de la explosión.
A veces trataba de pensar que yo no había hecho nada, que la palabra en el espejo de aquella casa arrasada no había tenido nada que ver con el atentado. Pero otras veces, animado por los aires de la época, sentía la vanidad de haber sido un engranaje esencial del atentado. Que yo no supiera nada de la explosión —ni quién la había hecho, ni cómo la había hecho— no significaba nada, porque se hablaba siempre de «compartimentos estancos», complejas acciones que reunían el trabajo de gente que no se conocía. Yo pasaba en una misma noche de la jactancia al arrepentimiento y de la osadía al miedo. Me veía rescatando de la casa en ruinas y del espejo aquella palabra en clave, y luego anotando en un papel: Nimrod. Fuerzas oscuras y poderosas se habían encargado de que ese nombre, hasta entonces secreto, apareciese en la tapa de los diarios y en los noticieros de la televisión.
Hacía tiempo que no veía a Crámer ni a Lemos. Le dije a Eleonora que no se acercara a ellos. Me respondió que los había estado buscando pero que no había forma de encontrarlos. En la facultad, Crámer se había tomado una licencia extraordinaria. Se decía que estaba de viaje. Se seguía reuniendo con los otros, pero las citas eran un procedimiento complicadísimo, con cambios de lugar a última hora, una especie de búsqueda del tesoro.
Con Eleonora casi no nos cruzábamos. Ella salía, yo entraba, ella entraba y yo salía. Cambiábamos unas pocas palabras y no eran de amor. En la primavera del 75 tuvimos una larga discusión y me llevé las cosas de su departamento. Así me alejé de aquello que me era familiar: amigos de la facultad en perpetuo estado de conspiración, artistas que se proponían hacer un arte para las masas y arrastraban a sus exposiciones a perplejos obreros metalúrgicos, documentalistas aficionados que filmaban una olla popular en super 8 y acto seguido proclamaban el fin de la ficción. En los días siguientes me di cuenta de que todo lo que me rodeaba estaba allí porque yo estaba con ella. Al dejarla, el mundo se despobló. Ella había sido la intérprete entre aquel mundo de constantes novedades y yo. Lejos de ella, quedé fuera de las cosas nuevas. Y consideré al peligro como una de esas cosas de las que ya me había alejado.
Aunque nos íbamos de a poco despidiendo, menos con gritos que con monosílabos, ironías y silencios, hubo un incidente que nos separó antes de lo que hubiera imaginado.
Eleonora nunca hablaba de su padre, si no era para insultarlo y exhibir la vergüenza que sentía de llevar ese apellido. Yo, para contrariarla, lo defendía. No se trataba de verdaderas discusiones, porque ella hablaba con palabras inconexas, ruinas de un diálogo interior.
Por ese entonces tenía a mi cargo uno de los dos prácticos de la materia Criptografía, que estaba a punto de ser eliminada del departamento de Letras. El mío era el práctico de la noche, el más populoso. La materia era optativa, y la elegían todos los inadaptados sociales que se refugiaban en la facultad: los expulsados de los partidos de izquierda, que necesitaban un grupo cualquiera al que integrarse; los viudos solitarios que, ya jubilados, habían decidido volver a la facultad para enfrentarse a todo lo que el mundo tiene de incomprensible y, de paso, dar peroratas a los jóvenes sobre las verdades de la vida; los espías de los servicios de inteligencia, a los que se reconocía fácilmente por su aire de perplejidad y aburrimiento, y, por supuesto, los psicóticos que siempre han sido elenco fijo de las facultades de Humanidades. Ya se sabe: los locos estudian Letras y, sobre todo, Filosofía. No quieren saber nada de recibirse de ingenieros o de contadores.
Mientras nada se entendiera, los alumnos permanecían callados, y así yo, siguiendo los pasos de Colina Ross, hablaba largamente de los algoritmos matemáticos o del misterioso Liber Motus —tratado de alquimia desprovisto de palabras—, o de la Polygraphia del Abad Tritemio, o del modo en que Giordano Bruno cifraba en grabados y en relatos alegóricos su arte de la memoria. Mientras los nombres y los incidentes fueran desconocidos para los alumnos, se podía dar clases tranquilamente. Pero bastaba mencionar que Napoleón había llevado al buen Champollion en su campaña a Egipto, para que la elite de los estudiantes se exaltara y comenzara a atacar o a defender a Napoleón, ese colonialista, ese imperialista, ladrón de tumbas egipcias y verdugo de los pueblos. Los psicóticos preferían, en cambio, recordar el secreto encerrado en los jeroglíficos y el poder de las pirámides. ¿Sabe usted, profesor, que si deja una hojita de afeitar en una pirámide durante una semana, la Gillette se carga de tanta energía que no se desafila ni siquiera en un siglo?
Un día en que volvía de una de mis clases vi en la cartelera de la facultad el anuncio de un congreso de Lógica en Mendoza. Entre los asistentes estaba Colina Ross. Cuando volví a la noche al departamento encontré a Eleonora tomando un té con galletitas de agua. Por suerte no teníamos ningún invitado sorpresa. Ahora que casi no teníamos comidas en común estaba cada día más flaca. Hacía calor, y vestía solo una pollera de jean y un corpiño color piel. Estaba descalza. La camisa colgaba de la silla. Iba a acariciarle la espalda —bajo la piel los músculos se dibujaban como en un tratado anatómico— pero me contuve: era como tocar a una desconocida. Le dije:
—Pensé que la Lógica había sido abolida en Argentina, pero van a hacer un congreso en Mendoza, y tu padre va a ser la gran figura.
—El congreso de Mendoza, claro. Tiene que dar la conferencia de apertura. No sé cómo se siguen haciendo congresos, cómo la gente sigue su vida como si nada. No se dan cuenta de que en poco tiempo todo va a cambiar.
—¿En qué va a cambiar?
—Vamos a acentuar las contradicciones hasta que los militares arrasen con esta democracia de papel. Cuando empiecen a aplicar sus programas sin que nadie pueda controlarlos, cuando se vea lo que realmente son, cuando los Estados Unidos claven su bandera sobre nuestro territorio, hasta la clase media va a salir a apoyarnos.
—¿Ustedes quieren el golpe?
—Es un paso obligado. Nunca está más oscuro que antes de amanecer.
Me pregunté de dónde habría sacado esa frase. No quería hablar de política, pero no por la política en sí, sino porque sentía que era todo aquel mundo de urgencias e ideas absolutas lo que me la había arrebatado. «Nunca está más oscuro que antes de amanecer». Ése tenía que ser Lemos, más afecto a los refranes de póster y a los significados rotundos que el elíptico Crámer. Para Crámer, la política estaba hecha de preguntas susurradas al oído, no de versos y aforismos en voz alta.
Abrí la heladera. Vacía. Vacía con esa jactancia de vacío que sólo conocen las heladeras. No sólo dicen: no hay nada para comer. Dicen: tu vida es un desastre. Era tarde para salir a hacer compras. También yo cenaría té con galletitas Express. Si es que quedaba algún saquito de té y alguna Express.
—¿Vas a ir vos a Mendoza? —me preguntó.
—No. Te decía lo de Mendoza porque quiero que me acompañes a la casa de tu padre.
—¿Para qué?
—Quiero dar una mirada a los papeles de Maldany mientras él no está.
—Eso se parece a invasión de propiedad.
—No si vos me acompañás.
—Yo no te acompaño a ninguna parte. Pero si querés ir acá están las llaves.
Estaba perdiendo a Eleonora, ya había perdido mi lugar en el Círculo de Criptógrafos, poco faltaba para que quedara fuera de la facultad y ya era tarde para volver a la senda del Derecho y de mi padre: me aferraba a los papeles de Maldany como a un salvavidas.
Esa vez fui en tren. Había que cambiar de formación en Temperley. Era noviembre, pero el verano se anticipaba con 36 grados. Las calles estaban cubiertas por las flores violetas de los jacarandaes y las amarillas de las tipas. Estaba a una cuadra de la casa cuando vi un retén de la policía. Paraban autos y colectivos, hacían bajar a todos los que consideraban sospechosos, los palpaban de armas, les pedían documentos. A paso lento doblé en la primera esquina.
Subí los escalones de mármol y abrí la puerta con las llaves que me había dado Eleonora. Entraba un poco de luz por las celosías de metal. Probé abrir el mueble: seguía cerrado. Eleonora me había dicho que las llaves del mueble estaban en la mesita de luz. Tuve que encender la luz de la escalera, un globo de vidrio, porque ya no se veía nada y no quería abrir las ventanas. Subí la escalera que llevaba a los dormitorios. Había varias puertas cerradas: los cuartos clausurados sobre los que ya me había advertido Eleonora en mi visita anterior. Pero la puerta del dormitorio estaba abierta y vi la cama matrimonial enorme, de madera oscura, con un gran espaldar de bronce. Encima había quedado la huella de un clavo y la silueta de un crucifijo. Debía de haber colgado durante muchos años, para que los trazos de polvo dibujaran su silueta con tanta precisión. Tenía, al principio, miedo e incomodidad, pero el miedo y la incomodidad pronto desaparecieron. Bajo el vidrio de la mesita de luz había un poema de Ezra Pound cortado de la página de algún periódico inglés, casi ilegible de tan amarillo, y una foto de Eleonora acompañada por su madre, Marilú Miller, con el pelo corto. Estaban en una plaza: en el fondo de la foto se veía un tobogán. Al abrir el cajón de la mesita de luz sentí el olor que venía de una bolsita de lavanda. Había una afeitadora eléctrica Philips, con el cable cortado, unas barritas de alumbre, una libreta con tapas de hule, dos lapiceras con el capuchón de oro. Había también un llavero con cinco llavecitas.
Con el llavero en la mano bajé al comedor. Estaba apurado por irme. Había planeado cómo llegar hasta los papeles, pero no qué hacer con ellos. ¿Los leería allí? ¿Los robaría, para devolverlos cuando se presentara la ocasión? En las películas de espías, los visitantes clandestinos como yo siempre tenían una cámara para hacer microfilmaciones, pero yo ni siquiera había traído conmigo un anotador.
Apenas hice girar la llave en la cerradura más alta del mueble cuando oí que pronunciaban mi nombre.
Dorey.
Por un instante tuve la esperanza de haber enloquecido y de que fuera una alucinación auditiva. Una rémora de mi lejana operación. Pero mi nombre volvió a sonar, con un dejo de impaciencia.
Dorey. Venga, por favor.
Pensé en salir corriendo, pero me contuve. Era una época en que uno estaba obligado a tomar todas las decisiones equivocadas. Entonces pronuncié el nombre del profesor. En la casa silenciosa mi propia voz sonó como la de un desconocido, como cuando uno se escucha en un grabador y piensa: cómo puede ser ésa mi voz, nasal, inexpresiva, aborrecible. Nadie respondió. Seguí por un pasillo y doblé a la derecha. Abrí una puerta de metal pintada de verde y entré en un ambiente de techos altos, abundante en burbujas de humedad.
La claridad me deslumbró. La luz entraba por claraboyas con cristales azules, rojos y amarillos. En el centro de la sala había una pileta de azulejos blancos y verdes, de unos siete metros de largo. Parecía profunda. Estaba cubierta de un agua espesa, saturada de sal. En el borde se veían frascos vacíos de las famosas Sales Colina. Contra una pared había dos biombos art-decó con la imagen de mujeres vagamente cubiertas con hojas, atrapadas en pudorosas enredaderas. El armazón de los biombos era de madera, pero las imágenes eran de cristales unidos con emplomaduras. Había también en las paredes carteles publicitarios de metal enlozado. Las manchas de óxido se abrían paso, tenaces, en la piel tan blanca de las mujeres.
Sales Colina: el secreto de la armonía.
En la pileta flotaba el profesor Colina Ross, desnudo. El cuerpo descarnado, con los huesos marcados. La pileta era algo profunda, pero sólo tenía un metro de agua, de manera que el profesor yacía al menos un metro bajo mis pies.
Sales Colina: la fuente de la eterna juventud.
Eleonora había dicho alguna vez que sabía dónde estaba la fuente de la juventud, pero que yo no querría sumergirme en ella. Estaba allí.
—No se asuste —dijo de pronto Colina, sin abrir los ojos—. Sabía que iba a venir. Eleonora me avisó.
—¿Eleonora?
—Ella se enteró que el congreso de Lógica se suspendió.
—¿Por qué se suspendió? —pregunté, como si me importara algo de todos los congresos de Lógica del mundo.
—Mataron a un estudiante. Era de Santa Fe, vivía en una pensión, era candidato por alguna lista al centro de estudiantes. Le dispararon desde un auto cuando salía de la pensión. Sus compañeros van a salir a protestar y la policía va a salir a pegarles. Las autoridades de la facultad decidieron dejar la Lógica para mejor ocasión. Eleonora me llamó por teléfono hace un rato. Se enteró de todo antes de que usted saliera para acá, y no le dijo nada. Estaba arrepentida por esa omisión. Bueno, las mujeres no se arrepienten, no conocen el arrepentimiento. Digamos que cambió de opinión.
Ahora se había incorporado. El agua le llegaba por encima de la cintura, a la altura del abdomen. Los coágulos de sal quedaban adheridos al vello de su pecho. Tomó del borde uno de los frascos y me lo tiró. Casi lo pierdo, pero logré atajarlo.
—Le voy a revelar un secreto familiar, que no debe decir a nadie: las sales Colina son en parte sal común, en parte sales de sulfato de magnesio, magníficas para flotar. Y tienen un colorante también, que les daba su característico color azul. Mi abuelo inventó el negocio. Quería ser estanciero, pero era muy malo para manejar los asuntos del campo. Para el campo se necesita paciencia, y mi abuelo no tenía nada de paciencia. En cambio era un genio para los negocios farmacéuticos e hizo mucha plata. Fue uno de los primeros que entendió que a la gente le fascinan las enfermedades y que todos adoran tomar tónicos, remedios, vitaminas. Lo del color azul vino después y fue idea de mi padre, que era químico. El color azul hizo que las sales se siguieran vendiendo aún cuando los productos similares de las empresas rivales ya habían desaparecido. Pero al fin las sales, los tónicos, los ungüentos, todos esos productos mágico-farmacéuticos desaparecieron cuando llegaron los tranquilizantes. La gente no quiere curarse, no quiere estar mejor: sólo quiere dormir. —Señaló el frasco que yo tenía en la mano—. Con los años el colorante perdió su poder. Ahora todo es blanco.
Dejé el frasco en el suelo, murmuré una vaga excusa sobre unos papeles que me había pedido Eleonora, y fui hacia la puerta.
—Dorey, debe entender que cada cierto tiempo es necesario borrar. Tantos signos, tantas letras sin sentido. Para eso tengo este templo familiar. Aquí se probaban las famosas sales Colina. Aquí libero mi mente de esos signos que me agobian. Usted sabe de lo que hablo. Esas malditas letras que nos persiguen, que se infiltran en todas partes, pidiendo que encontremos un sentido… Pero el motivo por el cual Eleonora lo envió hacia aquí no es el poder misterioso de las sales Colina.
Dio dos o tres palmadas. Entonces apareció una chica de unos doce o trece años. Era morocha, una chica del interior, tal vez había empezado a trabajar por horas y había terminado así. Estaba descalza, cubierta solo con un toallón amarillo, tan desteñido que era casi blanco. En la pierna izquierda tenía una antigua cicatriz, encima de la rodilla. Estaba nerviosa e intentaba sonreír. Se apartó el pelo de la cara. Colina Ross le había ordenado que apareciera y ella obedecía.
—También ella me ayuda a borrar. Ustedes y yo esperamos lo mismo: algo que nos arranque de la existencia cotidiana. Algo que nos arranque del aburrimiento, de la previsibilidad. No les importa el pueblo, la patria, la revolución, esas abstracciones: les importa no terminar en una oficina, les importa no tener que soportar los reclamos de una esposa, el mal humor de un esposo, el llanto y las demandas de los hijos. No quieren trabajar en farmacias, en escuelas, en estudios contables. No quieren llevar a los niños a darse las vacunas y hacer la fila para pagar las cuentas, los impuestos. Van hacia las obligaciones terribles para escapar de las obligaciones cotidianas. Los entiendo: yo soy igual.
Volvió la mirada hacia la chica, que seguía de pie, con su toallón amarillo, sin saber qué hacer. La sonrisa había desaparecido.
—Dígale a mi hija que ya lo sabe, que no hay secretos entre nosotros.
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