La hija del criptógrafo

Pablo de Santis · Capítulo 25 de 59

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La hija del criptógrafo

El maletín de Crámer

 

En las reuniones del Círculo se hablaba de política pero siempre de un modo elíptico, como si la realidad no fuera una cuestión de acciones y reacciones directas, sino un juego muy complicado, donde a cada movimiento correspondían lejanas e inesperadas consecuencias. No tenía sentido juzgar un acto —así predicaban— por sus consecuencias inmediatas (por ejemplo, una muerte, dos muertes, tres muertes) sino por la sucesión de cambios que provocaba a su alrededor. Y si bien en las publicaciones de izquierda la indignación era una emoción repetida —y se le exigía al lector una indignación semejante y continua— en aquellas discusiones no había vestigios de indignación alguna. Con la misma frialdad se exponían los propios movimientos y los del enemigo.

Crámer se había empeñado en que analizáramos los rumores que circulaban en las calles, como si se tratara de mensajes secretos enviados por el inconsciente colectivo de la población. Recopilábamos un rumor tras otro. Algunos breves, epigramáticos, Perón está muerto. Otros eran largos relatos cuyos detalles variaban. Su corazón se detuvo, y lo resucitaron gracias a un ritual egipcio. Eleonora iba con su grabador como una alucinada, tratando de fijar en la cinta magnética los tenaces temores y las vagas profecías. Crámer tenía la esperanza de poder dirigir esos rumores; de que ciertas acciones provocaran versiones preestablecidas de la realidad. Pero los resultados lo desencantaban una y otra vez. Los rumores nunca cumplían con lo que se esperaba de ellos. Era como si el rumor encontrara su ocasión en un elemento inmediato, pero su contenido remitía siempre a algo mucho más lejano en el tiempo.

Barnes, que seguía leyendo a Mircea Eliade, le decía a Crámer:

—Los rumores son el borrador de los mitos.

El rumor más insistente hablaba de guerrilleros que se habían hecho pasar por médicos para llegar hasta el presidente. Los falsos médicos atravesaban todas las vallas y controles que separaban al presidente de la calle. Como había tres equipos médicos atentos a la salud de Perón (uno en la Casa Rosada, otro en la residencia de Olivos y un tercero móvil) no era tan raro que aparecieran médicos que su círculo no conocía. Según el rumor, estos intrusos llegaban hasta Perón y al final dejaban, junto a su lecho de enfermo, un mensaje escrito en un recetario. El mensaje decía que habían podido matarlo y no lo habían hecho. Que meditara sobre ese indulto, que los tuviera en cuenta, que se cuidara. La visita era mantenida en secreto por la seguridad del Estado, para que no se supiera que ellos podían llegar a cualquier sitio. Ni siquiera Perón estaba a salvo de sus jóvenes y furtivos visitantes.

El primero de julio los rumores terminaron. Poco después del mediodía escuché en la radio el anuncio de su muerte. Yo estaba en el departamento, a punto de salir. Me pareció que la ciudad entera hacía silencio, como si bajo su apariencia caótica y heterogénea fuese un organismo que ahora revelaba su verdadera naturaleza de cosa única. Los bocinazos habituales que llegaban desde la avenida Corrientes habían dejado de sonar. Salí a la calle. Tenía que ir a la facultad, pero apenas caminé unas cuadras me di cuenta de que no iba a haber clase. Todo había quedado suspendido. A mi alrededor algunos caminaban por la calle con la radio portátil pegada a la oreja. Muchos tenían la mirada perdida. Se chocaban en las esquinas como sonámbulos.

Las horas pasaron y empezaron a organizarse las honras fúnebres. Asueto en dependencias oficiales, banderas a media asta, brazaletes negros. El cuerpo llevado de la Casa de gobierno a la Catedral, de la Catedral al Congreso. La lluvia colaboraba con el luto, llenando la ciudad de paraguas negros.

Se produjo el previsible velorio interminable, la larga procesión aterida de frío, horas de pie para ver durante un segundo el cuerpo, vestido de uniforme, en el Congreso. En las esquinas los soldados repartían vasos de chocolate caliente y mate cocido. Cuando cerraron las puertas del congreso para llevarse el cuerpo, los que se quedaban afuera, todavía ordenados en interminables columnas, pujaron por entrar. La Guardia de infantería los enfrentó con palos y gases lacrimógenos. Por momentos los deudos parecían formar parte de un grupo organizado, pero enseguida se disolvía en reacciones esporádicas y avances atolondrados. El luto, la perplejidad y la llovizna daban a sus movimientos una especie de coreografía, como si nada, ni siquiera la indignación y sus escaramuzas, pudieran escapar al orden de la ceremonia.

Envuelto en una gruesa capa de nylon transparente, el ataúd fue llevado en su remolque rumbo a la capilla de la residencia de Olivos. Los helicópteros inspeccionaban las nubes, y se perdían de vista y volvían a aparecer, como si jugaran a las escondidas con la multitud: el ruido de sus motores daba una sensación de amenaza y de urgencia. Era la música del futuro, el rumor de los años que vendrían.

 

Una semana después tuvimos una reunión en el Círculo. Hacía tanto frío que nadie se sacó el abrigo. Lemos parecía levemente abatido, como si su peronismo hubiera sido auténtico alguna vez. Hasta propuso hacer un minuto de silencio al comienzo de una reunión. Nos miramos entre nosotros, algo avergonzados, pero finalmente hicimos algunos segundos de silencio. Abrigados y de pie, reunidos en un estrecho círculo, parecíamos espiritistas o magos a la espera de alguna señal de otro mundo.

Crámer, en cambio, lucía exaltado. No era la gran muerte lo que lo entusiasmaba: era el delicado mecanismo de la posibilidad. La naturaleza arborescente del porvenir, sus caminos abiertos y oscuros. Y lo importante era que había que elegir. Crámer conocía el encanto de la decisión, que para la gran mayoría es fuente de angustia. No se detenía en ningún lamento por las puertas que se han cerrado para siempre. No lo desvelaba la cercanía del error.

También Barnes parecía entusiasmado, aliviado por fin de que aquella representación de fidelidad al líder hubiera por fin terminado.

—El dueño de los símbolos está muerto, ahora pertenecen a quien sea capaz de tomarlos.

Crámer le reprochaba:

—¿De qué nos sirven a nosotros los símbolos, las fotografías, las estampitas, los recuerdos de una época de oro que no conocimos?

—Nos sirven.

—Son símbolos, no son cosas reales.

—Estamos en una guerra de símbolos.

Crámer habló del marxismo, de la necesidad de liberarse de las ilusiones de la historia inmediata, de ver los engranajes detrás de la apariencia. Barnes le respondió:

—Marx no hubiera despreciado la fuerza del símbolo. ¿No habla del «fulgor maldito del oro»? A sus hijos les contaba cuentos en los que un juguetero fabricaba unos raros juguetes que funcionaban solos, y que después de irrumpir en la vida de los niños volvían misteriosamente a sus viejas manos. ¿Cómo un materialista se va a dar el lujo de ignorar esos juguetes, los símbolos?

Crámer lo dejaba hablar, pero él ya había pronunciado su profecía: ahora, con el líder muerto, crecería el apoyo a la organización. Ahora se haría más profundo el trabajo en las fábricas, en el conurbano, en las villas miseria. La figura de Perón había paralizado la Historia, pero ahora las fuerzas quedaban libres para ocupar ese lugar. El reloj de la revolución, detenido por aquel confuso liderazgo, volvía a marchar.

 

Nunca supe exactamente cuándo fue que Eleonora se pasó al otro bando, el de la resolución y el de la urgencia. Había empezado a detectar desde mucho antes matices, frases sueltas, un cierto énfasis al decir algunas cosas. Se había dado cuenta de que su padre abominaba de sus nuevas amistades, y sus nuevas ideas, y empezó a cultivarlas con frenesí. Me había hecho jurar que a nadie diría quién era su padre.

—Sólo lo sabés vos y Barnes, porque fuimos compañeros en el Colegio Nacional de La Plata. Barnes nunca hablaría. Si alguien se entera, sé que fuiste vos.

Cuando hablaba, sus opiniones eran más extremas que las del resto. Era como si tuviera que pagar el pecado de haberse mostrado reticente alguna vez. O el otro pecado, el secreto: que era la hija de Colina Ross.

Empezamos a discutir por cualquier cosa. En general las discusiones empezaban porque yo protestaba ante algo que había dicho frente a desconocidos. Seguía existiendo el Círculo de Criptógrafos. ¿Por qué no usar, de vez en cuando, el secreto? ¿Por qué no copiar la cautela de Crámer? Y creo que ahí mismo nos hubiéramos separado, de no haber sido por el encargo de Crámer. El hecho de que necesitara mis servicios hizo que Eleonora me viera bajo una nueva luz.

 

Una noche, a la salida de una de nuestras reuniones en la facultad, Crámer me dijo que quería hablar a solas conmigo.

—Puedo ir a tu casa —le dije. Yo sabía perfectamente que no recibía a nadie en su casa. Nadie sabía dónde vivía.

—Mejor en tu departamento. Mañana a las ocho de la noche.

Al día siguiente, a las ocho en punto sonó el timbre. Crámer llegó con un maletín ajado, que completaba su aspecto de oficinista. Lo puso sobre la mesa de pino. Le ofrecí un café: me aceptó un vaso de agua. Mientras él ordenaba el contenido del maletín yo trataba de poner un poco de orden a nuestro alrededor, levantando ceniceros con el logo de Cinzano robados en bares y pocillos de café de la noche anterior.

—Dejá de acomodar cosas, Miguel. Necesito que hagas un trabajo para nosotros. Algo muy sencillo, que no te va a comprometer en nada. Es como hacer… —buscó la palabra—… una monografía.

Dejé mis afanes domésticos y me senté frente a él.

—¿Qué clase de monografía?

Sacó del maletín una foto en blanco y negro. Un hombre morocho, bajo pero robusto, de 37 a 42 años. Vestía una camisa y una campera de cuero. El hombre estaba abriendo la puerta de un Torino: se notaba que la foto había sido tomada sin que se diera cuenta. Crámer fue sacando del maletín otras fotografías: el frente de una casa, un Renault 12 blanco, la sede de un sindicato. Todas en blanco y negro y reveladas y copiadas, se notaba, por un aficionado. No convenía llevar a las casas de fotografía un material semejante. Unos papeles acompañaban a las fotos: una hoja cuadriculada donde se anotaban los movimientos hora por hora, una breve semblanza del recorrido sindical de un tal Guzmán (que era, imaginaba, el hombre de las fotografías), recortes de diario donde se lo veía en un acto, junto a un líder sindical. También había recortes de diarios de izquierda, que acusaban al tal Guzmán del incendio de un local partidario y de la golpiza a un estudiante de abogacía. Los recortes —que eran de distintos diarios y publicaciones— tenían un sello que decía Archivo diario La Razón, señal de que era Cimer el que había entregado parte de los papeles.

—Cosme Guzmán es un matón de un grupo que está peleando poder dentro del sindicato del plástico. También hizo trabajos para los metalúrgicos. Alguien completamente irrelevante.

Señalé los papeles:

—Para ser alguien irrelevante, le prestaron bastante atención.

—De eso se trata: tenemos que armar un objetivo falso. Quiero que a partir de estas fotos y de estos papeles, des a entender que vamos a matar a Guzmán. Quiero que prepares este maletín con la información necesaria.

Opuse alguna resistencia: yo era un profesor universitario, ése no era un trabajo para mí. Además el trabajo en cuestión me parecía incomprensible. Como hacía siempre que algo lo ponía nervioso, Crámer buscó en los bolsillos de su saco gris hasta que encontró un paquete de caramelos de goma de eucalipto. Se puso uno en la boca, sin convidarme. Respiró hondo antes de explicar, como si tuviera que rebajar su pensamiento al de un retrasado mental:

—Vos sabés que somos un grupo independiente. Colaboramos en lo que podemos, pero no queremos sumarnos del todo a una estructura mayor que nos terminaría de absorber por completo. Pero hay otro grupo, pequeño como el nuestro, que está probablemente infiltrado por los servicios de inteligencia. Tengo cerca alguien que me vigila. Llamémoslo López, por ponerle un nombre. En la organización le tienen mucha confianza a López. Demasiada confianza. Quiero que dejen de confiar en él, porque estoy seguro de que es un infiltrado de la policía. Por eso necesito que López robe esta información… Y me la devuelva después, como hace siempre. Información preparada por nosotros, claro está. Pero no puede ser algo muy evidente. Hay que hacer las cosas de tal manera que sienta que es él el que deduce, que a partir de puntos alejados entre sí va armando la figura, la constelación.

—No entiendo…

—Dudamos de lo que nos dicen, pero jamás dudamos de lo que descubrimos, ¿no es así, Miguel? El que sabe mentir, dice sólo la mitad de la mentira. Hay que hacerlo trabajar… pero sólo un poco. No sobrestimes la inteligencia de este muchacho, no es Maldany… ni Colina Ross. Si no lo resuelve en una tarde, abandona y pasa a otra cosa. Triste sería que López se quedara sin nada.

Volví a mirar los papeles. Era un mundo ajeno, y sin embargo sentí una especie de emoción al tocar esas fotografías, esas hojas atiborradas de insignificancias. El mundo exterior, el peligroso mundo real. Gente viva que caminaba por ahí, no pueblos extinguidos a causa de volcanes o invasiones. Era el presente, no diez siglos antes de Cristo.

Crámer resumió:

—Quiero que López esté convencido de que el sábado 12 de octubre vamos a matar a Guzmán y le pase esa información a la policía. Así, cuando el barrio de este Guzmán se llene de policías de civil, en la organización van a entender que es un infiltrado, algo que vengo diciendo desde hace meses.

Aparté los papeles.

—No quiero hacerlo. Además, no sabría cómo hacerlo.

Los ojos de Crámer me miraron sin emoción. Fijos y vacíos como los ojos de las estatuas. Había convencido a gente de tareas mucho más complicadas.

—No trates de rebajar tus méritos. Podría dárselo a otro, pero el resultado no sería el mismo. Te lo doy a vos porque te tengo confianza, porque sé que vas a ser sutil sin ser oscuro. Sabemos además que tenés problemas económicos…

Sacó un sobre de su bolsillo y lo deslizó entre los papeles. Andaba mal de dinero y no pude evitar hacer un cálculo mental del contenido del sobre.

Agregó, como si se disculpara:

—Tenemos una caja chica para gastos organizativos.

En ese momento se oyó el ruido de una llave en la cerradura y Eleonora entró. Recuerdo que ese día vestía una pollera gris y una blusa rosa, y unos aros de perla que nunca le había visto. Dejó el abrigo en el respaldo de una silla. Estaba, como siempre, sin maquillar, salvo un toque de rouge en los labios. Tenía un guante de lana azul en la mano derecha, el izquierdo lo había perdido. Le sorprendió ver a Crámer. Nunca antes había visitado el departamento.

—Víctor, me hubieras avisado que venías a verme, me habría apurado. Me quedé en un bar hablando con una amiga.

—No te preocupes, no te vine a ver a vos. Vine a ver a Miguel.

Se volvió hacia mí.

—¿Te dejo el maletín, entonces?

Vi en la cara de Eleonora la decepción de que la visita no fuera para ella. Pero vi también una especie de admiración, que trataba de resistir. No importaba lo que hiciera, mis clases, mi trabajo, mis artículos, nada podía compararse con aquellas obligaciones clandestinas. Cualquier honor, cualquier fulgor, sólo podrían salir de esos oscuros encargos: esa lengua secreta que siempre, en algún momento, llegaba a tocar algo en el mundo.

Crámer se paró y le dio a Eleonora un beso en la mejilla. Después me miró:

—Tres días. Mañana tengo que hacer un viajecito. Si tenés alguna dificultad, hablá con Lemos.

 

Esa misma noche me puse a trabajar en los papeles. Eleonora caminaba de un lado para otro.

—¿Por qué confían en vos, que no te interesa nada de esto?

—Deben querer a alguien de afuera.

—Podrían habérmelo pedido a mí.

—No le des tanta importancia.

—Si te lo pide Crámer, es importante.

—Es un trabajo de oficinista. Trabajo de archivo.

—Detrás de cada acción siempre hay papeles, horarios, cosas escritas que hay que quemar después. Creeme: no es trabajo de oficina.

Me quedé leyendo una y otra vez los papeles, para que ningún detalle se me pasara por alto. La lamparita desnuda que caía sobre la mesa se movía levemente a causa de la brisa que entraba por la ventana de la cocina, y la luz bailaba sobre escritos, recortes y fotografías. Ella se fue a la cama enojada, y sin embargo, en los días siguientes, desaparecieron todos los conflictos que había entre nosotros.

 

La vida de Cosme Guzmán se parecía a la de tantos otros matones insignificantes del conurbano: un sueldo como empleado municipal en la intendencia de Morón, miembro destacado de la hinchada de un club de fútbol, guardaespaldas de un sindicalista del plástico que aspiraba a quedarse con la dirección del gremio… Se ocupaba de la pegatina de carteles, de juntar gente para los actos, de amenazas y extorsiones. Tenía una esposa y dos hijos en Merlo, y visitaba los martes y los viernes a una mujer que vivía en Liniers. La mujer se llamaba Beatriz y era dueña de una peluquería. Estas visitas tenían un carácter, según los papeles, bastante regular.

Decidí que la imaginaria ejecución ocurriría en las calles de Liniers, en el momento en que Guzmán se despedía de su amante hasta la semana siguiente.

 

Con la plata que me pagó Crámer invité a Eleonora a comer a un restaurante. Sabía que hubiera sido más razonable guardarla, pero la plata me quemaba los dedos y tenía que gastarla. La dejé elegir, y me llevó a un restaurante de Recoleta. Estaba a mitad de cuadra, y unas cortinas amarillas impedían ver el interior. Yo no sabía nada de restaurantes: fuera de casa, mi dieta consistía en cafés con leche con medialunas, algún tostado, alguna porción de pizza. No estaba acostumbrado a la luz tenue, que volvía indescifrable el menú, a la continua atención del mozo, que no dejaba que se vaciaran nuestras copas, y a las velas en las mesas. Cuando llegó el primer plato estiré el brazo para alcanzar la sal y Eleonora me dijo:

—No te muevas. Hay alguien detrás tuyo que no quiero que me vea.

—¿Quién es?

—Un tío.

—¿Hermano de tu padre o de tu madre?

—Primo segundo de mi padre. Teniente coronel.

Pero la estrategia no sirvió de mucho, porque al rato un hombre canoso, de bigotes, se acercó a Eleonora con los brazos extendidos.

—¡Eleonora! Cuánto tiempo sin verte. Preciosa como siempre.

Eleonora susurró mi nombre. Me puse de pie para tenderle la mano. El hombre me sonrió, pero sus ojos no sonreían: me estudiaban.

—Hace tiempo que no veo a tu padre —dijo.

—Pero la tía Haydée lo ve, toman el té todas las semanas.

La cara del militar cambió por completo.

—¿Sí? No sabía. Bueno, ellos siempre fueron muy cercanos. Además hace tiempo que no visito a Haydée. Vivimos en Belgrano, y a La Plata no vamos nunca. ¿Vas vos a La Plata, a ver a tu padre?

—No.

—Te debe extrañar.

—La facultad me deja poco tiempo libre.

—Por suerte estudiás en Buenos Aires y no en La Plata, allá son todos terroristas. —Me miró—. Mi mujer me dice que cuando salga con el auto no lleve los papeles del ejército, para que no me reconozcan si me para un falso retén.

—¿Un falso retén? —pregunté.

El teniente coronel se acercó a mi oído para explicarme:

—Simulan que son patrullas de la policía pero son terroristas vestidos de policías o de gendarmes. Apenas reconocen que uno es militar le pegan un tiro. Pero yo siempre llevo mi carné del Círculo Militar y mi arma reglamentaria. ¿Qué puedo hacer? Soy un militar, no puedo disfrazarme de otra cosa. Podemos cuidarnos pero sólo hasta cierto punto. Estamos en las manos de Dios. El país está en las manos de Dios.

Eleonora acompañó a su tío hasta su mesa para saludar a su esposa y a otro matrimonio. Cuando volvió me dijo:

—Los militares están asustados. Se inventan sus historias de los falsos controles y después se las creen. Imaginan gente infiltrada en todas partes. Parece la serie Los invasores.

Le pedí que no hablara tan alto, de una mesa vecina se habían dado vuelta para mirarnos. Por suerte la mesa de su tío estaba alejada.

—No sabía que tenías un tío militar.

—Él es Colina por parte de madre. De apellido Porta por parte de padre. Teniente coronel Velmiro Porta. Está retirado, pero asesora en temas de inteligencia, no sé a quién. El teniente coronel Porta siempre odió a mi padre, por celos.

—¿De qué estaba celoso?

—Su hermana Haydée sintió predilección por Colina Ross, desde que eran chicos. Había diferencia de edad entre ellos: cuando mi tía tenía 13 años, Colina Ross tenía 18. Pasaban los veranos en una quinta de City Bell. Ella le decía a todo el mundo que eran novios. Jugaban a los espías. Se mandaban mensajes secretos y los dejaban en un hueco, en el tronco de un árbol. Era una encina enorme que había en los fondos de la quinta. La llamaban «el árbol de los secretos».

—No me digas que así empezó tu padre con la criptografía.

—Así empezó: con una prima lejana que le mandaba cartas de amor. En clave, claro, como se deben mandar las cartas de amor.

Yo había terminado mi plato. Me dejó probar su lenguado a la crema.

—Pero el amor terminó de improviso: hubo un robo, un reloj de oro que desapareció del cajón de una cómoda. Y el futuro teniente coronel acusó a Colina Ross. Dijo que lo había visto guardándose el reloj en el bolsillo del pantalón. Hubo un escándalo familiar, el reloj nunca fue encontrado y los primos dejaron de verse por años. Ya mayores, Colina Ross y Haydée volvieron a reunirse. Si vas un miércoles a la tarde a la confitería Rosales de La Plata, los vas a ver siempre en la misma mesa, junto a la ventana, tomando té con masas. Ella siempre está arreglada, siempre con ropa nueva, los claritos hechos, recién salida de la peluquería. A veces creo que Haydée es la única persona para la que mi padre conserva algún rasgo de humanidad.

 

Trabajé en el informe que me había pedido Crámer con la misma obsesión con la que descifraba los mensajes que proponía Colina Ross, o preparaba mis clases. A medida que me hundía en el juego me olvidaba de los posibles efectos en el mundo real. Cuanto más jugaba, más real se hacía la escena para mí. Pero no real en términos de realidad efectiva, sino de lo que podríamos llamar el convencimiento de la percepción, esa impresión de cosa inmediata que tenemos en los sueños. Podía verlo: Guzmán recorría la ciudad en su Renault blanco en medio de la noche, asistía a reuniones sindicales, donde le cuidaba las espaldas a su jefe, iba a un asado, a un partido de fútbol, escapaba de su hogar (imaginaba las promesas que murmuraba en el oído de su amante, la peluquera) y volvía al hogar con el vago arrepentimiento que da la saciedad. Siempre iba armado: una 22 en el bolsillo de la campera. Yo tomaba nota de sus actos, como si cada uno estuviera lleno de significado.

Me tomé en serio la cosa: tenía que cuidarme de no cometer errores en la planificación del falso asesinato. Por ejemplo, que no hubiera una comisaría en la vereda de enfrente, o algún funcionario o militar de alto grado con guardia permanente cerca de su puerta.

Una tarde me acerqué hasta la casa de su amante, en Liniers. Era una calle de casas bajas, a cuatro cuadras de la estación de tren, del lado norte de la avenida Rivadavia, una zona tranquila donde abundaban los terrenos baldíos. En la esquina había un almacén que parecía de los años treinta, con viejas latas de galletitas, grandes frascos de cristal para caramelos y antiquísimas botellas de caña y ginebra unidas por telarañas. La casa de la peluquera era un PH con tres departamentos, uno de ellos en venta, según anunciaba el cartel de una inmobiliaria. Me detuve en la puerta a atarme los cordones de los zapatos. La calle estaba iluminada en cada esquina por una lámpara de mercurio. No había ningún inconveniente para poner a mis imaginarios justicieros en un automóvil en esa misma calle, aguardando bajo el follaje de las tipas, que los resguardarían de la luz del farol. Guzmán, después de su cita romántica, emergería de aquel mundo de sábanas revueltas, colonia barata y reproches, y emprendería el camino al hogar. En el trayecto entre la puerta y su automóvil —el Renault blanco— mis asesinos le darían alcance.

Como el blanco no era importante, el grupo encargado de la operación debía dar la impresión de gente casi marginal con respecto a la organización, muchachos que estaban haciendo méritos para que les asignaran después ocupaciones más importantes. En manos de uno puse un Fal, el fusil de fabricación belga que daban a los conscriptos en el servicio militar. Era un arma muy buscada por su alcance, pero no era difícil de conseguir, porque ya eran muy comunes los robos a reparticiones militares. Otro tendría una pistola nueve milímetros robada a algún suboficial de la policía. En el baúl habría, como reserva y en caso de que surgieran inconvenientes, una escopeta de caza, con el caño recortado en forma manual. Nada de Itakas, ametralladoras o armas más seguras y sofisticadas. Puse tres armas —un fal, una pistola, una escopeta común— con las que alguna vez había tomado contacto. El fal y la pistola en las prácticas de tiro del servicio militar. La escopeta, cuando había acompañado a un tío mio a cazar perdices. Me parecía que sólo se podía convencer a alguien de lo que uno imaginaba si se incrustaba en la fantasía partículas de realidad.

Redacté una lista de los lugares que Guzmán solía frecuentar: a cada uno atribuí una letra. La casa de su amante era la F. Escribí a máquina un mensaje donde se decía que la «entrega de mercadería» se haría el 13 de octubre entre las 2 y las 3 de la mañana en F. Agregué algunas frases sin mayor sentido, como si quisiera despistar a posibles lectores ajenos al asunto: un deseo de feliz cumpleaños, la mención a una boda.

Al final de la reunión del Círculo de Criptógrafos devolví a Crámer el maletín. No dijo nada. No le dio una sola mirada a mi informe. Se metió en la boca un caramelo de goma de eucalipto y salió apurado. Con su maletín, su saco y su corbata parecía un empleado de oficina que se había quedado trabajando hasta tarde para cumplir con los encargos de su jefe.

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