La hija del criptógrafo
El triunfo
El descubrimiento no fue obra de un instante, fue una constelación que unía dispersos fragmentos: la semejanza de unos pocos signos con las letras griegas; la posibilidad de que se tratara —por la brevedad de las palabras— de una escritura silábica, el carácter «enumerativo» de muchos de los textos hallados… La lengua de Dédalo confirmó lo que la intuición le había dictado a Maldany (intuición de la que luego se había alejado): era una variante arcaica del griego.
Al resolver lo que los académicos llamaban «el enigma cretense», Maldany se convirtió en la gran figura de la arqueología mundial. La noticia escapó de los medios académicos y llegó a los periódicos, y una y otra vez lo llamaban «el Champollion inglés». «El arquitecto que descubrió la salida del laberinto», tituló algún diario. Periodistas de países lejanos venían a entrevistarlo en su despacho, y le sacaban fotos y él se sonrojaba y simulaba que su participación había sido casual o menor. A los fotógrafos les costaba lograr que mirara al objetivo. Siempre bajaba la vista.
Y sin embargo su triunfo lo sumió en una perdurable melancolía, como si aquellos mensajes venidos del fondo de los tiempos le hubieran transmitido un sentimiento de derrota que sólo a él estaba destinado.
Decía Colina Ross: «Si se hacía una reunión en su honor, uno lo encontraba en el balcón, fumando, solo, como si en lugar de ser el homenajeado fuera uno que llegó por error, uno que no conoce a nadie y a quien no se le ocurre ningún tema de conversación. ¿Vio esos platos que tienen una rajadura que los hace extremadamente frágiles, pero que sólo aparece cuando el plato se calienta? Fue su triunfo lo que hizo que la rajadura, que seguramente estaba ahí desde siempre, saliera a la luz».
La traducción de aquellas sílabas fue revelando que no se trataba de ningún poema. Eran anotaciones comerciales, transacciones, listas de cosas que había que comprar. Bueyes, odres, sacos de harina. Salarios para soldados, cocineros, mensajeros: los rutinarios gastos del palacio. No había nada que a Maldany le interesara menos que la vida cotidiana del remoto palacio. No quería saber nada de bolsas de cereal o de odres de vino o de bueyes o de esclavos. No era un historiador, no era un marxista: era un romántico. Quería un hechizo que volviera a encantar el mundo. A medida que cada signo era alcanzado por la interpretación, Maldany miraba los trazos que quedaban por descifrar, como si «el poema» fuera como un fugitivo que se esconde en refugios cada vez más pequeños, en su huida de traductores implacables. Pero pronto fue evidente que «el poema» ya no tenía dónde ocultarse.
Odres, bueyes, esclavos.
Era lógico que aquella escritura no hubiera pasado la prueba de Zipf, porque era una colección de sustantivos, una lista de cosas y no el reflejo de la lengua real, con sus pronombres, verbos, adjetivos, promesas, vacilaciones y mentiras. Apenas Colina Ross le hizo esta observación, Maldany le pidió que jamás volviera a nombrar a Zipf.
—Al que es alcanzado por la maldición, no le sirve de nada pensar en el oráculo que debió haber obedecido.
La trampa había durado siglos y milenios y él había caído en ella. Le había costado mucho descifrar el mensaje, y ahora hubiera querido devolverlo a la oscuridad.
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