La hija del criptógrafo

Pablo de Santis · Capítulo 16 de 59

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La hija del criptógrafo

El poema

Aquellas tablillas encontradas en Cnossos se habían salvado del total olvido por una casualidad. Los cretenses no acostumbraban a cocer el barro de las planchas donde escribían, pero a causa de grandes y remotos incendios muchas tablillas habían quedado cocidas, y conservadas así para la provisoria eternidad.

Maldany se quedaba mirando alguna transcripción, mientras recorría con su dedo los espacios en blanco, como si fuera uno de esos laberintos que aparecen en las revistas de juegos. Dejaba que su dedo se perdiera en los muros de la lengua de Dédalo. Se había convertido también para él, como lo había sido para Evans, en un laberinto portátil, y a donde iba se llevaba sus transcripciones.

Esperaba que en aquellos trazos estuviera escondida una obra maestra perdida, un poema escrito ochocientos años antes de La Ilíada. No se dejaba desencantar por el hecho de que, a lo largo de años de investigaciones, eran muy pocos los textos de valor hallados en su soporte original. Si algo se había salvado de la antigüedad, era porque ya en tiempos remotos alguien había descubierto su valor y lo había transcripto por completo en papiros, pergaminos o libros, o había citado algún fragmento en otra obra.

Maldany había empezado a llamarlo «el poema», al principio en tono de broma, y luego sin ninguna ironía. «Cuando aparezca el poema…» decía, pero no completaba la frase. Quien está enamorado, nombra a la amada a propósito de cualquier cosa, sólo por el placer de nombrarla. Así le ocurría a Maldany con «el poema».

¿Era posible que «el poema» mostrara el lazo entre los poemas homéricos y las antiguas culturales orientales? ¿Era posible que ahí estuviera escondida una especie de ur-Ilíada, que narrara la historia del dios ausente, ese dios que, después de las mil transformaciones provocadas por la transmisión oral, había terminado por convertirse en el Aquiles homérico?

Al final de una de sus clases, le pregunté a Colina Ross:

—Si Maldany no había descifrado un solo signo, ¿qué le hacía pensar que había un poema entre aquellos fragmentos?

—Alexander era muy racional para otras cosas, pero tenía la enfermedad que padeció Nerval, que padeció Strindberg, que padeció el pobre Akutagawa.

—¿Cuál?

—La manía de las correspondencias. Hay un nombre griego para eso, pero no lo recuerdo. Es el mal que nos lleva a pensar que cualquier signo que vemos por ahí no es un vestigio del azar, sino algo que ha sido enviado directamente hacia nosotros por el destino. Nerval veía la correspondencia entre las caminatas de unos locos en el hospicio y el movimiento de los planetas. Akutagawa relacionaba una serie de desgracias que lo rondaban con los impermeables que veía a su alrededor. Para él la desgracia llegaba vestida de impermeable en un día de lluvia. Strindberg veía los actos de una mano invisible en curiosas correspondencias de la naturaleza, en nombres de calle que parecían hablar de su vida, en libros abiertos al azar en un párrafo o una palabra que albergaban terribles significados. Maldany llamaba a estas casualidades y señales la oficina de correo de los dioses. Cuántos hombres han creído ver prefigurado su destino en alguna conversación oída al pasar, en unos afiches pegados en la pared de un baldío, o en algún sueño.

—¿Alguna vez Maldany soñó que lo que descifraba era un poema?

—No, era inglés, los ingleses no sueñan. O por lo menos no recuerdan sus sueños. Pero un incidente de su vida lo llevó a la convicción de que lo que lo esperaba después de treinta siglos era un poema.

—¿Qué incidente?

—Algún día se lo contaré. Yo lo llamo el «incidente de la bicicleta verde».

A Maldany le bastó descubrir que aquellos signos no eran letras, sino sílabas, y que eran una forma arcaica del griego, para que el significado comenzara a aparecer. Lento, después de su siesta de siglos, el sentido se dejaba ver.

Para entonces Marilú se había ido. Había estado tres meses en Inglaterra, pero tuvo que volver a La Plata cuando su permiso de residencia se terminó. Cuando partió, su pelo, cortado para su papel de Juana de Arco, ya había crecido. En una de las cartas que Colina Ross le envió a Marilú en los meses siguientes, le decía, tal vez para halagarla, que Maldany había quedado desolado por la partida de su compañera de conversación. El arquitecto estuvo taciturno durante días enteros. Cuando se reunían a trabajar, Maldany interrumpía para hacer reflexiones absurdas sobre las películas que había visto y que Colina Ross había olvidado por completo. Nunca vi las cartas de Marilú (quién sabe si Colina Ross las había conservado), pero según pude deducir a partir de las líneas de su novio, Marilú fingía que no la halagaba esa lejana devoción.

«Le envié, como siempre, tus cariños a Alexander», escribía el profesor.

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