La hija del criptógrafo

Pablo de Santis · Capítulo 14 de 59

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La hija del criptógrafo

Maldany

Alexander Maldany era un hombre alto, algo tímido, pero que tenía un encanto personal considerable.

—Era de esas personas a las que basta un par de palabras para convertirse en el centro, como si su sola presencia desgarrara el manto de tedio que existe en toda reunión —me explicaba Colina Ross.

Cuando conoció a Maldany, el profesor le escribió a Marilú Miller: «Él abre la boca y todos sabemos, de pronto, que hasta entonces nos habíamos aburrido, que hasta entonces no habíamos prestado verdadera atención a nada. Pero él nos devuelve la curiosidad, el asombro».

Le pregunté una vez cómo se había acercado a él, y me respondió:

—Yo había asistido a una de sus clases. A cada frase dominada por el entusiasmo oponía otra dominada por la melancolía. Era flojo en griego y no tenía ningún escrúpulo en reconocerlo. Un par de meses más tarde lo encontré en un pasillo. En realidad podría no haberlo reconocido, o no haberme atrevido a interrumpirlo porque siempre andaba apurado y mirando el suelo, como si hablara consigo mismo, pero esa vez se había detenido a ver una especie de abejorro que golpeaba contra una ventana. La luz le daba en la cara y fue por los reflejos rojizos de su cabeza que lo reconocí. Le hice alguna observación acerca de la Scripta Minoa, el volumen en el que el arqueólogo Evans había reunido aquella escritura misteriosa. Al principio me escuchaba con una atención más puesta en el abejorro que en mí, pero cuando le señalé que un grupo de signos se repetían con sorprendente frecuencia me miró. «¿Por qué habla con ese acento? ¿Es italiano?», me preguntó. Le expliqué que era argentino. Bastaron esas pocas palabras para que Maldany me pidiera que colaborara con él. Estaba rodeado de los mayores especialistas en lengua griega del mundo, de arqueólogos, de lingüistas; me vio a mí, que venía de lejos y que estaba perdido, y me sintió un igual. Ninguno de los dos tenía un apellido ilustre, un árbol genealógico, un escudo de armas, una casa en el campo: estábamos perdidos en aquel mundo compartimentado en colleges que libraban guerras secretas desde el siglo XIV. Y yo además era argentino, que en ese mundo era como tener un certificado de inexistencia firmado por la reina y Dios.

Maldany no era arqueólogo, sino arquitecto, pero tenía desde niño un don para las lenguas (el mismo don que tenía Champollion). Había aprendido con facilidad seis idiomas, pero tenía dificultades para el griego. (Es muy habitual, me confió Colina Ross, que personas con extraordinaria facilidad para los idiomas tengan problemas con el griego antiguo, mientras que personas con mucha resistencia al aprendizaje de lenguas puedan traducir griego con facilidad. El latín, el inglés, las matemáticas, la habilidad para el dibujo y la música se alojan en la misma zona del cerebro; el griego antiguo en una muy distinta. No sé de dónde sacaba Colina Ross estas precisiones anatómicas).

La obsesión de Maldany con la escritura de Creta comenzó a partir de una excursión escolar. Tenía 14 años cuando visitó con unos condiscípulos una exposición sobre arqueología en un museo de Londres. La muestra celebraba los 50 años de la Escuela Británica de Atenas. Le tocó asistir, al principio sin mayor entusiasmo, a una conferencia de Arthur Evans, el arqueólogo que había encontrado el palacio de Cnossos y los restos de lo que se dio en llamar la civilización minoica. Evans no era un académico, era un aventurero: había gastado todo lo que tenía en viajes agotadores, en sirvientes peligrosos y en sobornos a las autoridades.

Cuando alguien le preguntó a Evans qué lo había impulsado a buscar ese palacio fantasmal, respondió: «La leyenda del rey Minos, que me contaba una niñera antes de dormir».

Evans gastó la fortuna de su familia en viajes, excavaciones y en los problemas que traen los viajes y las excavaciones, y finalmente dio con el palacio de 1500 habitaciones, y con una cultura entera hasta entonces completamente desconocida. Después de desgranar frente a los escolares los recuerdos de su vida de arqueólogo, Evans habló de las tablillas que había encontrado, escritas en lo que llamaba la lengua de Dédalo. No sólo no habían sido descifradas, sino que ni siquiera se había encontrado alguna lengua con la que pudieran guardar un parentesco. Evans escribió en un pizarrón algunos signos encontrados en las tablillas.

«Parece un laberinto visto de arriba», dijo Maldany. Los signos eran los obstáculos y corredores de esa construcción imaginaria.

El arqueólogo le dio la razón:

«Son mi laberinto portátil».

Maldany levantó la mano y preguntó si había entendido bien, si era cierto que nada, ni siquiera un signo había sido descifrado.

«Ni un signo», respondió Evans.

«Voy a dedicarme a descifrar la lengua de Dédalo», dijo Maldany, que tenía 14 años.

«Me parece una magnífica idea, pero temo que no estaré vivo para cuando usted haya encontrado la solución al acertijo».

Evans tenía razón: la empresa le llevó a Maldany veinte años. Para entonces, y a pesar de que tuvo una larga vida, Evans hacía mucho que había muerto.

Durante la guerra, Maldany sirvió en la RAF como navegante de vuelo de los bombarderos Lancaster que destruyeron las ciudades alemanas desde 1944 hasta la rendición. En una pequeña mesa, iluminado por una luz muy tenue, trataba de descifrar los mapas de Alemania, mientras el avión, con las luces de las alas apagadas, avanzaba en la noche.

Cuando la guerra terminó, se comenzó a hablar del método que habían usado los servicios secretos ingleses para quebrar el código secreto de los alemanes. Eran informaciones en voz baja, confidencias, secretos revelados muy tarde en la noche y después de algunas copas: la verdad saldría a la luz muchos años después. Pero lo que decían los rumores era que se había logrado descifrar los mensajes secretos alemanes gracias a un grupo heterogéneo de expertos en palabras cruzadas. (Venga a nuestra redacción y resuelva un juego de palabras cruzadas en menos de 12 minutos; si lo consigue, un filántropo donará 100 libras a una institución de caridad). Maldany prestaba mucha atención a esos rumores.

—Alexander decía que los rumores son el único oráculo que sigue en pie —recordaba Colina Ross—. Nos advierten que en algún rincón, lejos de nuestra vista, el futuro está empezando a ocurrir.

A Maldany, a quien apasionaban las historias de espías, le pareció que tal vez no fueran tan diferentes los mensajes cifrados del alto mando alemán y las tablillas de Creta y por eso decidió aplicar el método usado contra las máquinas Enigma para resolver el caso de la lengua de Dédalo. Se propuso reunir versiones distintas, contradictorias, jugar con las variantes posibles hasta que apareciera algo que tuviera sentido. Empezó a llamar a sus hipotéticos colaboradores Nuestros expertos en palabras cruzadas. Maldany explicaba al joven Colina Ross:

«A pesar de lo que se dice de los periodistas, yo mismo he podido comprobar lo inteligente que se vuelve la gente en los periódicos, mientras que las facultades de humanidades parecen destruir las neuronas de los académicos. En las redacciones los tontos se vuelven sabios, y en las universidades los sabios se vuelven tontos. Esto ocurre por lo siguiente: por limitado que sea un individuo, en los periódicos trabaja junto a otras cabezas, aprende de los demás, y si se equivoca, será advertido de su error al día siguiente. Cuando consulta en el archivo, ese laberinto alfabético, en general es por algo pertinente, ya que todos los periodistas están muy ocupados, y si dedican un rato del día a buscar en sobres polvorientos es porque tienen una buena razón. En las universidades ocurre todo lo contrario. Las cabezas están aisladas. Cada uno ocupado sólo de su tema. Si alguien avanza por el camino equivocado, pueden pasar años antes de que sea advertido de su error. Para resolver la lengua de Dédalo debemos actuar como periodistas, debemos conectar tantas cabezas como sea posible, como hicieron los especialistas para descifrar los mensajes enviados por las máquinas Enigma».

Colina Ross parecía hacer esfuerzos por no hablar de Maldany en sus clases y en sus conversaciones, pero volvía una y otra vez a mencionarlo, a propósito de cualquier cosa. Yo tomaba notas, a veces frente a él, y otras veces a sus espaldas. Tenía una libreta azul en cuya primera página había escrito: Maldany. A veces le pedía que pusiera en palabras su memoria, pero él escribía algún artículo de vez en cuando sólo para sumar puntos que le permitieran no quedar fuera de carrera en caso de un eventual concurso. Se negaba a escribir libros. Y, sobre todo, se negaba a escribir sobre Maldany.

—Soy un maestro oral, como Sócrates y Jesucristo —se burlaba—. La letra mata, pero el espíritu resignifica.

Durante sus años en Inglaterra, Colina ayudó a Maldany en todas las etapas de su trabajo, inclusive la primera, que fue tal vez la más ardua e inútil, que consistió en redactar y enviar un minucioso cuestionario sobre aquella lengua desconocida a todos los especialistas que habían opinado al respecto. A la oficina de Maldany llegaban —con la tardanza característica de los académicos— decenas de sobres. Colina Ross era el encargado de abrirlos y darles una primera lectura.

A pesar de sus escasas capacidades para la clasificación, Colina Ross colaboró con la reunión y análisis de aquella encuesta, que era en la mayoría de los casos una colección de errores, peleas entre académicos que se odiaban y minuciosos trabajos que acumulaban bibliografía para llegar a la conclusión de que la respuesta a aquel enigma sería siempre una página en blanco. Pero, tal como había previsto Maldany, el hecho de que la información se reuniera en un solo lugar, que se rompiera el aislamiento (como se había roto en la Station X de Bletchley Park, como se rompe cada día en la redacción de un gran periódico) era el camino para encontrar la verdad. Colina Ross lo había ayudado también con el griego, lo que finalmente sería fundamental para el desciframiento de aquella escritura.

A veces Colina Ross lo encontraba en su estudio o en un banco en el parque leyendo novelas policiales. Pero no eran las novelas que le gustaban a Colina Ross, con la trama concentrada en una casa de campo, un tren varado en la nieve o en un gran hotel. Las portadas de los libros que elegía Maldany abundaban en escorpiones, en bolas de cristal, en jeroglíficos egipcios, en manos que sostenían puñales orientales. Sus autores favoritos eran Edgar Wallace —a quien Colina Ross conocía por las ediciones de la editorial Tor de Buenos Aires—, y dos escritores por completo desconocidos para él: Talbot Mundy y Leo Perutz.

En los libros de Wallace personajes misteriosos intercambiaban mensajes en trenes nocturnos; sus asesinatos nunca se libraban de signos misteriosos que prometían más asesinatos. Al final se necesitaban vastas conspiraciones internacionales para explicar las abundantes incoherencias. De Talbot Mundy le gustaba sobre todo Los nueve desconocidos, cuyo título hablaba de una secta de nueve sabios, adoradores de la diosa Kali y guardianes de nueve libros donde estaba cifrada una sabiduría ancestral. Leo Perutz era un escritor checo de habla alemana. Las portadas decían que había sido también un brillante matemático. Sus misterios no eran convencionales: en una de sus novelas los habitantes de una aldea caían en un frenesí religioso sin límites; en otra, una serie de personajes morían a causa de la lectura de un libro.

Chesterton había dividido las novelas policiales entre aquellas que pertenecían al «cuarto amarillo» (un enigma perfectamente definido, un grupo de sospechosos limitado, una explicación económica y racional) y las del «peligro amarillo», con sus conspiraciones de chinos, hindúes o de lo que fuera. Chesterton, por supuesto, prefería las primeras, y Colina Ross también. Pero a lo largo de los meses que pasó con Maldany, el profesor llegó a comprender por qué al arquitecto lo seducían más las conspiraciones exóticas que los enigmas domésticos. Las esperanzas y terrores de sus atolondrados detectives eran las esperanzas y terrores de Maldany. Como ellos, él rechazaba una respuesta moderada. Quería una revelación total y absoluta. Habría odiado una respuesta que acabara con el misterio; deseaba una respuesta que multiplicara el misterio sin fin.

—Todas las novelas policiales me decepcionan —decía Maldany—. Excepto aquellas que no termino de entender.

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