La hipótesis del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 10 de 25

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La hipótesis del amor

Capítulo nueve

HIPÓTESIS: Cuanto más mencione un archivo adjunto en un correo electrónico, menos probable será que adjunte dicho archivo.

SÁBADO, 18:34

DE: Olive-Smith@stanford.edu

PARA: Tom-Benton@harvard.edu

ASUNTO: Re: Informe sobre el estudio del cáncer de páncreas Hola, Tom:

Aquí está el informe que me pedisteis, con una descripción detallada de lo que he hecho hasta ahora, así como mis ideas sobre las direcciones futuras y los recursos que necesitaré para desarrollarlo. ¡Tengo ganas de conocer tu opinión sobre mi trabajo!

Cordialmente,

Olive

SÁBADO, 18:35

DE: Olive-S mith@stanford.edu

PARA: Tom-Benton@harvard.edu

ASUNTO: Re: Informe sobre el estudio del cáncer de páncreas Hola, Tom:

Lo siento, se me olvidó el archivo adjunto.

Cordialmente,

Olive

Hoy, 15:20

DE: Tom-Benton@harvard.edu

PARA: Olive-Smith@stanford.edu

ASUNTO: Re: Informe sobre el estudio del cáncer de páncreas Olive:

He terminado de leer el informe. ¿Podrías venir a casa de Adam para comentarlo?

¿Te va bien mañana por la mañana (martes) a las nueve? Adam y yo nos vamos a Boston el miércoles por la tarde.

TB

A Olive se le aceleró el corazón, aunque no supo si por la idea de ir a casa de Adam o por pensar en recibir la respuesta de Tom. Le envió un mensaje a Adam enseguida.

Olive: Tom acaba de invitarme a tu casa para hablar del informe que le he enviado. ¿Te parece bien que vaya?

Adam: Por supuesto. ¿Cuándo?

Olive: Mañana a las 9 de la mañana. ¿Tú estarás?

Adam: Lo más seguro. No hay carril bici hasta mi casa. ¿Quieres que te acerque?

Puedo pasar a buscarte.

Lo pensó unos instantes y decidió que la idea le gustaba demasiado.

Olive: Me llevará mi compañero de piso, pero gracias por ofrecerte.

Malcolm la dejó frente a una hermosa casa colonial española con las paredes de estuco y las ventanas arqueadas, y se negó a abandonar el camino de acceso hasta que Olive accedió a guardarse un bote de gas pimienta en la mochila. La joven recorrió el camino de baldosas de ladrillo hasta la entrada, maravillada por el verde del jardín y el ambiente acogedor del porche. Estaba a punto de llamar al timbre cuando oyó su nombre.

Adam estaba detrás de ella, bañado en sudor y sin duda recién llegado de su carrera matutina. Llevaba gafas de sol, pantalones cortos y una camiseta de «Atlemáticos» de Princeton que se le pegaba al pecho. De todo el conjunto, lo único que no era negro eran los AirPods que tenía en las orejas y asomaban entre las ondas húmedas del pelo. Olive sintió que se le curvaban las mejillas hacia arriba e intentó imaginar qué estaría escuchando Adam. Seguro que Coil o Kraftwerk. The Velvet Underground. Una charla TED sobre el uso eficiente del agua en el paisajismo. Ruidos de ballenas.

Habría dado medio sueldo por pasar cinco minutos a solas con el móvil de Adam y jugar con su lista de reproducción. Añadir a Taylor Swift, a Beyoncé, quizá un poco de Ariana. Ampliar sus horizontes. Las gafas oscuras le impedían verle los ojos, pero no le hizo falta. Adam había sonreído nada más verla, una sonrisa leve pero indudable.

—¿Estás bien? —le preguntó él.

Olive se dio cuenta de que llevaba todo ese rato mirándolo sin parar.

—Hum, sí. Perdón. ¿Y tú?

Él asintió.

—¿Te ha costado encontrar la casa?

—No. Estaba a punto de llamar a la puerta.

—No hace falta. —Pasó junto a ella, le abrió la puerta y esperó a que entrara para cerrarla a su espalda. Olive captó su olor durante un segundo (a sudor, jabón y algo oscuro y bueno) y volvió a sorprenderse de lo familiar que se había vuelto para ella—. Supongo que Tom estará por aquí.

La casa de Adam era luminosa, espaciosa y estaba amueblada con sencillez.

—¿No hay animales disecados? —preguntó ella en voz baja.

Adam estaba sin duda a punto de hacerle un gesto grosero con el dedo cuando encontraron a Tom en la cocina tecleando en el portátil. Levantó la mirada hacia Olive y sonrió… Y eso, esperó la joven, era una buena señal.

—Gracias por venir, Olive. No sabía si me daría tiempo a ir al campus antes de marcharme. Siéntate, por favor.

Adam desapareció de la habitación, quizá para ir a darse una ducha, y Olive sintió que se le desbocaba el corazón. Tom había tomado una decisión. Su destino iba a definirse en los próximos minutos.

—¿Puedes aclararme un par de cosas? —preguntó Tom, que giró el portátil hacia ella y señaló una de las figuras que le había enviado—. Solo quiero asegurarme de que entiendo bien tus protocolos.

Cuando Adam regresó veinte minutos más tarde, con el pelo húmedo y vestido con una de sus diez millones de camisetas negras con botones en el pecho (que eran todas un pelín diferentes y, sin embargo, conseguían ajustarse a su cuerpo de la manera más irritantemente perfecta), Olive estaba a punto de concluir una explicación de sus análisis de ARN. Tom iba tomando notas en el portátil.

—Cuando terminéis, te llevo al campus, Olive —se ofreció Adam—.

Tengo que ir para allá, de todos modos.

—Ya hemos terminado —dijo Tom sin dejar de escribir—. Es toda tuya.

«Ah.» Olive asintió y se levantó con cautela. Tom no le había dado una respuesta. Le había hecho muchas preguntas interesantes e inteligentes sobre su proyecto, pero no le había dicho si quería trabajar con ella el año siguiente. ¿Querría decir eso que la respuesta era un no, pero que prefería

no comunicárselo a Olive en casa de su «novio»? ¿Y si en realidad nunca había creído que mereciera la pena financiar su trabajo? ¿Y si solo lo había fingido porque Adam era su amigo? Adam le había dicho que Tom no era de esos, pero ¿y si se equivocaba y ahora…?

—¿Lista para marcharte, entonces? —le preguntó Adam.

Olive cogió la mochila mientras trataba de recuperar la compostura.

Estaba bien. No pasaba nada. Ya lloraría más tarde.

—Sí. —Se balanceó una vez sobre los talones y le lanzó a Tom una última mirada. Por desgracia, parecía absorto en su portátil—. Adiós, Tom.

Ha sido un placer conocerte. Que tengas un buen viaje de vuelta.

—Lo mismo digo —contestó él sin mirarla siquiera—. He tenido muchas conversaciones interesantes.

—Ya.

Seguro que había sido por la parte del pronóstico basado en el genoma, pensó Olive mientras seguía a Adam hacia el exterior de la habitación.

Tenía la sospecha de que no estaba demasiado bien, pero había sido idiota y le había enviado el informe de todos modos. Idiota, idiota, idiota. Tendría que haberla reforzado. Ahora lo más importante era evitar llorar hasta que estuviera…

—Y Olive… —añadió Tom.

Se detuvo bajo el marco de la puerta y se volvió para mirarlo.

—¿Sí?

—Nos vemos el año que viene en Harvard, ¿no? —Por fin apartó la vista del ordenador y la desvió hacia ella—. Tengo la mesa perfecta reservada para ti.

Le estalló el corazón. Le explotó de alegría en el pecho y Olive sintió que una violenta ola de felicidad, orgullo y alivio la inundaba. Podría haberse desplomado contra el suelo sin problema, pero, gracias a algún milagro de la biología, consiguió mantenerse erguida y sonreír a Tom.

—Me muero de ganas —dijo con la voz cargada de lágrimas de felicidad

—. Muchas gracias.

Él le guiñó un ojo y le dedicó una última sonrisa, amable y alentadora.

Olive logró por los pelos esperar a estar fuera antes de golpear el aire con el puño en señal de victoria, saltar unas cuantas veces y repetir lo del puño.

—¿Has terminado? —preguntó Adam.

Se dio la vuelta, recordando que no estaba sola. Adam tenía los brazos cruzados sobre el pecho y se tamborileaba con los dedos en el bíceps. La miraba con una expresión indulgente y… Olive debería haberse avergonzado, pero no pudo evitarlo. Se abalanzó sobre él y se abrazó a su torso con todas sus fuerzas. Cerró los ojos cuando, tras unos segundos de vacilación, él también la rodeó con los brazos.

—Felicidades —le susurró en voz baja junto al pelo.

Y, sin más, Olive volvió a encontrarse al borde de las lágrimas.

Ya en el coche de Adam —un Prius, para sorpresa de exactamente nadie

—, y mientras iban camino del campus, Olive estaba tan feliz que le resultaba imposible estar callada.

—Me llevará a su laboratorio. Ha dicho que me llevará.

—Sería idiota si no lo hiciera. —Adam sonreía con suavidad—. Sabía que lo haría.

—¿Te lo había dicho? —Abrió los ojos como platos—. Lo sabías y ni siquiera me lo habías…

—No lo sabía. No hemos hablado de ti.

—¿No? —Ladeó la cabeza y se recolocó en el asiento del coche para mirarlo mejor—. ¿Por qué?

—Un acuerdo tácito. Podría suponer un conflicto de intereses.

—Claro.

Vale. Tenía sentido. Amigo íntimo y novia. Novia falsa, más bien.

—¿Puedo preguntarte algo? —inquirió él.

Olive asintió.

—Hay muchos laboratorios oncológicos en Estados Unidos. ¿Por qué elegiste el de Tom?

—Bueno, en realidad no lo elegí… Intenté ponerme en contacto por correo con varias personas, dos de las cuales están en la Universidad de California San Francisco, que está mucho más cerca que Boston. Pero Tom fue el único que me contestó. —Apoyó la cabeza en el asiento. Pensó por primera vez en que iba a tener que abandonar su vida durante todo un año.

Su apartamento con Malcolm, sus noches con Anh. Incluso a Adam. Se sacó la idea de la cabeza de inmediato porque no estaba lista para

planteárselo—. A todo esto, ¿por qué los profesores nunca responden a los correos de los alumnos?

—Porque recibimos unos doscientos al día y la mayoría son iteraciones de «¿Por qué me has puesto un cinco?». —Se quedó callado un momento

—. Mi consejo para el futuro es que sea tu directora de tesis quien les escriba en lugar de hacerlo tú.

Ella asintió y tomó buena nota de la información.

—En cualquier caso, me alegro de que me haya salido lo de Harvard. Va a ser genial. Tom tiene muchísimo renombre en este campo y la cantidad de trabajo que puedo hacer en su laboratorio no tiene límites. Me pasaré las veinticuatro horas del día haciendo estudios y, si los resultados son los que creo que serán, podré publicar en revistas de alto impacto y, seguramente, poner en marcha un ensayo clínico dentro de solo unos años. —Se sentía embriagada por la perspectiva—. ¡Oye, ahora tenemos un colaborador en común, además de ser excelentes compañeros de relación falsa! —De repente, sintió curiosidad—. A todo esto, ¿de qué va la gran beca que os han concedido a Tom y a ti?

—Modelos basados en células.

— ¿Off-lattice?

Él asintió.

—Ostras. Eso es genial.

—Es el proyecto más interesante en el que estoy trabajando, sin duda.

Además, hemos conseguido la beca justo en el momento oportuno.

—¿A qué te refieres?

Guardó silencio durante unos segundos mientras se cambiaba de carril.

—Es distinta de mis otras becas, en las que estudio sobre todo cosas genéticas. Es un campo interesante, no me malinterpretes, pero, tras diez años investigando siempre lo mismo, estaba estancado.

—¿Quieres decir… aburrido?

—Como una ostra. Incluso me planteé brevemente marcharme a la industria.

Olive contuvo una exclamación. Abandonar el mundo académico para saltar a la industria se consideraba la máxima traición.

—No te preocupes. —Adam sonrió—. Tom salvó la situación. Cuando le dije que ya no me lo pasaba bien trabajando, hicimos una lluvia de ideas sobre posibles nuevas líneas de investigación, encontramos algo que nos apasionaba a los dos y solicitamos la beca.

Olive experimentó una repentina oleada de gratitud hacia Tom. No solo iba a rescatar su proyecto, sino que además era la razón de que Adam siguiera allí. La razón de que ella hubiera tenido la oportunidad de conocerlo.

—Debe de ser genial volver a sentir ilusión por el trabajo.

—Pues sí. El mundo académico te quita mucho y te devuelve muy poco.

Es difícil seguir adelante cuando no tienes una buena razón para ello.

Olive asintió con aire distraído y pensó que aquellas palabras le sonaban de algo. No solo por el contenido, sino también por la forma de decirlas.

Pero no le sorprendió: era justo lo que El Tío del baño le había dicho hacía años. «El mundo académico es muchísimo esfuerzo a cambio de muy poca recompensa. Lo que importa es si tu razón para entrar en él es lo bastante buena.»

De repente, algo le hizo clic en el cerebro.

La voz profunda. El pelo oscuro borroso. La forma de hablar, escueta y precisa. ¿Serían El Tío del baño y Adam…?

No. Imposible. El Tío era un alumno…, aunque ¿lo había dicho explícitamente? No. No, lo que había dicho era que «Este es el baño de mi laboratorio» y que llevaba allí seis años. Y no le había respondido cuando le había preguntado si le quedaba poco para doctorarse y…

Imposible. Improbable. Inconcebible.

Como todo lo que tenía que ver con Adam y Olive.

Ay Dios. ¿Y si fuera cierto que se habían conocido hacía años? De todas formas, seguro que él no se acordaba. Segurísimo. En aquel entonces Olive era una mindundi. Seguía siendo una mindundi. Pensó en preguntárselo, pero ¿para qué? Él no tenía ni idea de que una conversación de cinco minutos con él había sido justo el empujón que Olive necesitaba. Ni de que llevaba años pensando en él.

Olive recordó las últimas palabras que le había dicho aquel día, «Quizá nos veamos el año que viene», y, ay, si lo hubiera sabido. Sintió una oleada

de algo cálido y suave en aquella parte blanda y tierna de su cuerpo que guardaba con más cuidado. Miró a Adam y creció aún más, se tornó más intenso, más caliente.

«Tú —pensó—. Tú. Eres el tío más…»

«El peor…»

«El mejor…»

Olive se echó a reír y negó con la cabeza.

—¿Qué? —preguntó él, desconcertado.

—Nada. —Le sonrió—. Nada. Oye, ¿sabes qué? Tendríamos que ir a tomarnos un café. Para celebrarlo.

—¿Celebrar qué?

—¡Todo! Tu beca. Mi año en Harvard. Lo bien que va nuestra relación falsa.

Lo más probable era que fuese injusto que se lo pidiera, ya que su falsa cita para tomar café no era hasta el día siguiente. Pero el miércoles anterior no habían tenido más que unos minutos y, desde el viernes por la noche, Olive había tenido que arrancarse el teléfono de las manos a la fuerza unas treinta veces para evitar enviarle mensajes sobre cosas que no debían de importarle lo más mínimo. Adam no quería saber que tenía razón y que el problema de su electrotransferencia era el anticuerpo. Era imposible que él le hubiera contestado si el sábado a las diez de la noche, cuando Olive se moría de ganas de saber si estaba en su despacho, le hubiera mandado aquel

«Eh, ¿qué andas haciendo?» que había escrito y borrado dos veces. Y se alegraba de haber terminado echándose atrás y no haberle reenviado el artículo de The Onion sobre consejos para protegerse del sol.

Lo más probable era que fuese injusto que se lo pidiera, pero, aun así, era un día trascendental y tenía ganas de celebrarlo. Con él.

Adam se mordió el interior de la mejilla con aire pensativo.

—¿Será un café de verdad o una manzanilla?

—Depende. ¿Vas a ponerte borde y de mal humor conmigo?

—Sí, si te pides cosas con sabor a calabaza.

Ella lo miró con mala cara.

—No tienes gusto. —El móvil de Olive emitió el pitido de un recordatorio—. Uy, y también tendríamos que ir al Gripella. Antes del café.

Adam frunció el ceño.

—Me da miedo preguntar qué es eso.

—El Gripella —repitió Olive, aunque, a juzgar por lo profunda que se hizo la arruga que le cruzaba la frente a Adam, no sirvió de nada—. La vacunación masiva contra la gripe para el profesorado, el personal y los alumnos. Gratis.

Adam hizo una mueca.

—¿Se llama Gripella?

—Sí, como el festival. ¿Coachella?

Estaba claro que a Adam no le sonaba de nada.

—¿No recibes los correos electrónicos de la universidad sobre estas cosas? Han mandado al menos cinco.

—Tengo un filtro muy bueno para el correo no deseado.

Ahora fue Olive quien arrugó el entrecejo.

—¿Te bloquea también los correos de Stanford? Porque no debería. A lo mejor acaba filtrándote mensajes importantes de la administración y de los alumnos y…

Adam enarcó una ceja.

—Ah, vale.

«No te rías. No te rías. No tiene por qué saber lo mucho que te hace reír.»

—Bueno —insistió—, tendríamos que ir a ponernos la vacuna contra la gripe.

—No me hace falta.

—¿Ya te las has puesto?

—No.

—Estoy bastante convencida de que es obligatorio para todos.

La posición de los hombros de Adam transmitía con claridad que, por supuesto, él no era todo el mundo.

—Nunca me pongo enfermo.

—Lo dudo.

—Pues allá tú.

—Oye, la gripe es más grave de lo que crees.

—No es tan horrible.

—Lo es, sobre todo para la gente como tú.

—¿Como yo?

—Ya sabes… la gente de cierta edad.

A Adam se le curvó la comisura de los labios cuando entró en el aparcamiento del campus.

—Listilla.

—Venga. —Olive se echó hacia delante y le dio unos golpecitos en el bíceps con el dedo índice. A esas alturas ya se habían tocado mucho. En público, a solas y en una mezcla de ambas situaciones. No era una sensación rara. Era una sensación buena y natural, como cuando Olive estaba con Anh o Malcolm—. Vamos juntos.

Adam no se movió y aparcó en paralelo en un sitio en el que Olive habría tardado unas dos horas de maniobras en entrar.

—No tengo tiempo.

—Acabas de acceder a ir a tomar un café. Algo de tiempo sí debes de tener.

Terminó de aparcar en menos de un minuto y apretó los labios. No le contestó.

—¿Por qué no quieres ponértela? —Lo observó con desconfianza—.

¿No serás una especie de antivacunas?

Ay, si las miradas pudieran matar.

—Vale. —Olive frunció el ceño—. ¿Entonces por qué?

—Es un engorro y no vale la pena.

¿Era eso nerviosismo? ¿Se estaba mordiendo el interior del labio?

—Se tardan literalmente diez minutos. —Se acercó a él y le tiró de la manga de la camiseta—. Llegas allí, escanean tu tarjeta de la universidad.

Te ponen la inyección. —Sintió en las yemas de los dedos que a Adam se le tensaban los músculos cuando pronunció la última palabra—. Está chupado, y lo mejor es que te libras de la gripe durante todo un año. Es lo más… Uy.

Olive se tapó la boca con la mano.

—¿Qué?

—Ay, Dios mío.

—¿Qué?

—¿Te dan…? Uf, Adam.

—¿Qué?

—¿Te dan miedo las agujas?

Se quedó quieto. Inmóvil por completo. Ya ni siquiera respiraba.

—No me dan miedo las agujas.

—No pasa nada —dijo ella en un tono lo más tranquilizador posible.

—Lo sé, porque no me dan…

—Este es un espacio seguro para ti y tu miedo a las agujas.

—No me dan miedo…

—Lo entiendo, las agujas son terroríficas.

—No es…

—Tienes derecho a tener miedo.

— No me dan miedo —replicó, con un poco más de contundencia de la necesaria, y luego se dio la vuelta, carraspeó y se rascó un lado del cuello.

Olive apretó los labios y dijo:

—Pues a mí sí me daban miedo. —Él la miró con curiosidad, así que continuó—: De pequeña. Mi… —Necesitó aclararse la garganta—. Mi madre tenía que sujetarme dándome un abrazo de oso cada vez que tocaba ponerme una vacuna, porque si no me movía demasiado. Y tenía que sobornarme con helado, pero el problema era que yo lo quería inmediatamente después de la inyección. —Se echó a reír—. Así que me compraba un sándwich helado antes de la cita con el médico y, para cuando llegaba el momento de dármelo, se le había derretido en el bolso y montado un desastre horroroso y…

«Porras.» Estaba llorando. Otra vez. Delante de Adam. Otra vez.

—Parece que era una persona encantadora —dijo Adam.

—Lo era.

—Y, para que quede claro, no me dan miedo las agujas —repitió, esta vez con una voz cálida y amable—. Solo me parecen… asquerosas.

Olive se sorbió la nariz y levantó la mirada hacia él. La tentación de abrazarlo era casi irresistible. Pero ya lo había hecho hacía un rato, así que se conformó con darle una palmadita en el brazo.

—Ohhh.

Adam le lanzó una mirada asesina.

—A mí no me vengas con «Ohhh».

Adorable. Era adorable.

—No, en serio, es que son asquerosas. Se te meten dentro y luego sangras. Esa sensación … puaj.

Olive bajó del coche y esperó a que él hiciera lo mismo. Cuando lo tuvo de nuevo al lado, le sonrió con una expresión tranquilizadora.

—Lo entiendo.

—Ah, ¿sí? —No parecía convencido.

—Sí. Son terribles.

Seguía desconfiando un poco.

—Ya lo sé.

—Y aterradoras. —Le rodeó el codo con una mano y empezó a tirar de él en dirección a la carpa del Gripella—. Aun así, tienes que superarlo. Por la ciencia. Voy a llevarte a que te vacunen de la gripe.

—Pero…

—No es negociable. Te agarraré la mano mientras te la ponen.

—No hace falta que me agarres la mano. Porque no voy a ir.

Pero ya estaba yendo. Podría haberse plantado en el sitio y haberse negado a dar un solo paso, y entonces se habría convertido en un objeto inamovible; Olive no habría tenido forma de arrastrarlo a ninguna parte. Y, sin embargo…

Olive fue bajando la mano hasta agarrarle la muñeca y lo miró.

—Claro que vas a ir.

—Por favor. —Parecía estar sufriendo—. No me obligues.

Era tan adorable.

—Es por tu propio bien. Y por el bien de los ancianos que puedas tener cerca. De los aún más ancianos que tú, quiero decir.

Suspiró, derrotado.

—Olive.

—Venga. A lo mejor tenemos suerte y nos ve el director del departamento. Y luego te compraré un sándwich helado.

—¿Tendré que pagarlo yo? —Parecía haberse resignado.

—Seguramente. Aunque, bueno, mejor olvídate de lo del helado, que supongo que de todas maneras tampoco te gusta porque no disfrutas de ninguna de las cosas buenas de la vida. —Siguió caminando, mordiéndose

el labio inferior con aire pensativo—. ¿A lo mejor en la cafetería tienen brócoli crudo?

—No merezco este maltrato verbal además de la vacuna de la gripe.

Olive sonrió de oreja a oreja.

—Eres todo un valiente. Y eso que la gran aguja malota va a por ti.

—Eres una listilla.

Y, aun así, no se resistió cuando continuó tirando de él hacia la carpa.

Eran las diez de una mañana de principios de septiembre y el sol ya brillaba con demasiada fuerza. Olive sentía su calor bajo la camisa de algodón. Las hojas de los liquidámbares seguían siendo de un color verde intenso y no mostraban síntomas de cambio. Era diferente al de los últimos años, ese verano que no parecía querer terminar, que se dilataba pleno y maduro más allá del comienzo del semestre. Los alumnos de grado debían de estar dando cabezadas en sus clases de media mañana o todavía dormidos en la cama, porque, por una vez, faltaba el ambiente de caos agobiado que siempre impregnaba el campus de Stanford. Y Olive… Olive tenía un laboratorio para el año siguiente. Todo aquello por lo que había trabajado desde los quince años iba a suceder al fin.

La vida no podía mejorar mucho más.

Sonrió e inhaló el olor de los macizos de flores; tarareó una melodía en voz baja mientras Adam y ella caminaban en silencio, el uno al lado del otro. Cuando cruzaron el patio interior, bajó los dedos desde la muñeca de Adam hacia la palma y los cerró a su alrededor.

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