La hipótesis del amor
Capítulo cuarto
HIPÓTESIS: Adam Carlsen y yo no tenemos absolutamente nada en común, así que tomar café con él será el doble de doloroso que una endodoncia. Sin anestesia.
Olive llegó al primer miércoles de cita falsa tarde y de muy mal humor, pues se había pasado la mañana gruñendo a sus reactivos baratos, de imitación, por no disolverse, después por no precipitar, después por no hacerlo ni sonicando y después por no ser suficientes para llevar a cabo todo el ensayo.
Se detuvo ante la puerta de la cafetería y cogió aire. Necesitaba un laboratorio mejor si quería producir ciencia decente. Mejores equipos.
Mejores reactivos. Mejores cultivos de bacterias. Mejores todo. La semana siguiente, cuando Tom Benton llegara a Stanford, Olive tenía que estar a tope. Debía preparar su discurso, no desperdiciar el tiempo tomándose un café que no le apetecía mucho con una persona con la que sin duda no quería hablar mientras se encontraba en pleno protocolo experimental.
Uf.
Cuando entró en la cafetería, Adam ya estaba allí, vestido con una camiseta negra con varios botones en el pecho que parecía haber sido ideada, diseñada y producida pensando específicamente en la parte superior de su cuerpo. Olive se quedó atónita un instante, no tanto por que la ropa le sentara bien, sino por que ella se hubiera fijado siquiera en lo que llevaba puesto alguien. No era propio de Olive. Al fin y al cabo, llevaba casi dos años viendo a Adam pasearse por el Edificio de Biología, y eso por no hablar de que en las dos últimas semanas habían hablado una cantidad desmesurada de veces. Incluso se habían besado, si se consideraba lo
ocurrido La Noche como un beso de verdad. Cuando se pusieron en la cola para pedir el café, Olive cayó en la cuenta de algo que le resultó desconcertante y un poco inquietante.
Adam Carlsen era guapo.
Adam Carlsen, con esa nariz alargada y ese pelo ondulado, con esos labios carnosos y esa cara angulosa que no deberían quedar bien juntos, pero que, por algún motivo, encajaban, era muy muy muy guapo. Olive no tenía ni idea de por qué no lo había notado antes, ni de por qué lo que la había hecho fijarse ahora era que se hubiese puesto una sencilla camiseta negra.
Se obligó a clavar la mirada en la carta de bebidas y no en el pecho del profesor. En la cafetería había un total de tres alumnos del Posgrado en Biología, un posdoc de Farmacología y un becario de investigación del último curso de la carrera mirándolos fijamente. «Perfecto.»
—Bueno, ¿cómo estás? —preguntó Olive, porque era lo que había que hacer.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien.
A Olive se le ocurrió que tal vez no hubiera pensado en todo aquello tan en profundidad como debería. Porque quizá su objetivo fuera que los vieran juntos, pero que estuviesen uno al lado del otro en silencio no iba a engañar a nadie para que creyeran que estaban saliendo y eran felices. Y Adam era… Bueno. Parecía poco probable que iniciara algún tipo de conversación.
—Vale. —Olive se balanceó un par de veces cambiando el peso hacia delante y hacia atrás sobre los talones—. ¿Cuál es tu color favorito?
Él la miró, confundido.
—¿Qué?
—Tu color favorito.
—¿Mi color favorito?
—Sí.
Allí estaba aquel ceño fruncido.
—Pues… no lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Son colores. Son todos iguales.
—Tiene que haber uno que te guste más.
—Diría que no.
—¿El rojo?
—No sé.
—¿Amarillo? ¿Verde vómito?
Carlsen entrecerró los ojos.
—¿Por qué me lo preguntas?
Olive esbozó un gesto de indiferencia.
—Me parece que es algo que debería saber.
—¿Por qué?
—Porque sí. Porque si alguien intenta averiguar si es verdad que estamos saliendo, puede que sea una de las primeras preguntas que me haga. Estará entre las cinco primeras, seguro.
La observó durante unos segundos.
—¿Te parece un escenario probable?
—Tan probable como que yo sea tu novia falsa.
Adam asintió, como si reconociera la validez del argumento.
—Vale. El negro, supongo.
Olive resopló.
—No se podía saber.
—¿Qué pasa con el negro?
Volvió a arrugar el ceño.
—Ni siquiera es un color. Técnicamente, es la ausencia de color.
—Es mejor que el verde vómito.
—No, no lo es.
—Claro que sí.
—Ya, bueno. Se ajusta a tu personalidad de vástago de la oscuridad.
—¿Qué narices significa…?
—Buenos días. —El camarero les sonrió con alegría—. ¿Qué van a tomar?
Olive le devolvió la sonrisa y le hizo un gesto a Adam para que pidiera él primero.
—Un café. —Le lanzó una mirada de soslayo a Olive antes de añadir con timidez—: Solo, bien negro.
La chica tuvo que agachar la cabeza para ocultar una sonrisa, pero, cuando volvió a mirarlo, vio que él también tenía la comisura de la boca curvada hacia arriba. Y aquella expresión, tuvo que reconocer Olive a regañadientes, no le sentaba nada mal. La joven ignoró aquel dato y pidió la bebida más grasa y azucarada de la carta con un extra de nata montada. Aún estaba planteándose si debía intentar compensar aquello pidiéndose también una manzana o si solo debía dejarse llevar y rematarlo con una galleta cuando Adam sacó una tarjeta de crédito de la cartera y se la tendió a la cajera.
—Oh, no. No, no, no. No. —Olive puso la mano delante de la de él y bajó la voz—. No puedes pagar lo mío.
La miró boquiabierto.
—¿No?
—Ese no es el tipo de relación falsa que tenemos.
Pareció sorprenderse.
—¿No?
—No. —Olive negó con la cabeza—. Jamás fingiría salir con un tío que cree que tiene que pagarme los cafés solo porque es un tío.
Adam enarcó una ceja.
—Dudo que exista ningún idioma en el que lo que acabas de pedir pueda denominarse «café».
—Eh…
—Y no tiene nada que ver con que sea un «tío» —pronunció la palabra como si se sintiera dolido—, sino con que tú todavía estás haciendo el doctorado. Y con tus ingresos anuales.
Olive dudó un momento: no tenía claro si debía ofenderse. ¿Estaba comportándose como el reputado imbécil que era? ¿Estaba tratándola con condescendencia? ¿Creía que era pobre? Entonces Olive recordó que, en efecto, era pobre y probablemente él ganase cinco veces más que ella. Se encogió de hombros y añadió una galleta de chocolate, un plátano y un paquete de chicles a su café. A favor de Carlsen había que decir que no abrió la boca y pagó los 21,39 dólares resultantes sin pestañear.
Mientras esperaban a que les sirvieran las bebidas, Olive empezó a pensar sin darse cuenta en su proyecto y en si sería capaz de convencer a la doctora Aslan de que le comprara reactivos de mejor calidad lo antes posible. Echó un vistazo distraído en torno a la cafetería y descubrió que, aunque el becario de investigación, el posdoc y uno de los alumnos se habían ido, dos doctorandos (uno de los cuales daba la casualidad de que trabajaba en el laboratorio de Anh) seguían sentados a una mesa junto a la puerta y mirando hacia ellos cada pocos minutos. Excelente.
Apoyó la cadera contra el mostrador y levantó la mirada hacia Adam.
Menos mal que solo iban a ser diez minutos a la semana, porque, de lo contrario, desarrollaría una contractura permanente en el cuello.
—¿Dónde naciste? —le preguntó.
—¿Es otra de esas preguntas de la entrevista para que te concedan el permiso de residencia mediante el matrimonio?
A Olive se le escapó una risita. Él reaccionó sonriendo, como si se alegrara de haberla hecho reír. Aunque seguro que se debía a otra cosa.
—En los Países Bajos. La Haya.
—Caray.
Él también se apoyó en el mostrador, justo frente a ella.
—¿Por qué «caray»?
—No lo sé. —Olive se encogió de hombros—. Creo que me esperaba que fueras de… ¿Nueva York? ¿O de Kansas?
Él negó con la cabeza.
—Mi madre fue embajadora de Estados Unidos en los Países Bajos.
—Vaya.
Le resultaba raro pensar que Adam tuviera madre. Familia. Que, antes de ser alto y aterrador e infame, hubiera sido un crío. A lo mejor hablaba holandés. A lo mejor desayunaba arenques ahumados a menudo. A lo mejor su madre quería que siguiera sus pasos y se hiciera diplomático, pero entonces la chispeante personalidad de su hijo había salido a la luz y la mujer había renunciado a ese sueño. Olive se dio cuenta de que estaba impaciente por averiguar más sobre la infancia de Carlsen y eso era… raro.
Muy raro.
—Aquí tienen.
Los cafés aparecieron en el mostrador. Olive se dijo que el hecho de que la camarera rubia devorara descaradamente a Adam con la mirada cuando este se volvió para coger una tapa para la taza no era asunto suyo. También se recordó que, por mucha curiosidad que le despertaran su madre diplomática, saber cuántos idiomas hablaba y si le gustaban los tulipanes, toda esa información quedaba totalmente fuera de su acuerdo.
Varias personas los habían visto juntos. Cuando volvieran a sus respectivos laboratorios, contarían cosas increíbles sobre el doctor Adam Carlsen y la doctoranda desconocida y anodina con la que lo habían pillado.
Había llegado el momento de que Olive volviese al trabajo.
Se aclaró la garganta.
—Bueno, ha sido divertido.
Adam levantó la mirada de la taza, sorprendido.
—¿Se acabó el miércoles de cita falsa?
—Sí. Buen trabajo, equipo; ahora, a las duchas. Quedáis liberados hasta la semana que viene. —Olive hundió la pajita en su café, bebió un sorbo y sintió que el azúcar le explotaba en la boca. No tenía muy claro qué había pedido, pero estaba repugnantemente bueno. Seguro que estaba desarrollando diabetes en aquel mismo momento—. Nos vemos…
—¿Dónde naciste tú? —preguntó Adam antes de que le diera tiempo a marcharse.
Ah. O sea, que iban a hacerse preguntas. Debía de estar intentando ser educado, así que Olive suspiró para sus adentros pensando con nostalgia en su mesa del laboratorio.
—En Toronto.
—Claro. Eres canadiense —dijo como si ya se lo hubiera imaginado.
—Sí.
—¿Cuándo te mudaste aquí?
—Hace ocho años. Cuando empecé la universidad.
Él asintió. Daba la sensación de que estuviera almacenando la información.
—¿Y por qué Estados Unidos? En Canadá hay universidades excelentes.
—Obtuve una beca completa.
Era la verdad. Aunque no toda la verdad.
Carlsen jugueteó con el portavasos de cartón.
—¿Vas mucho a casa?
—No, no mucho.
Olive lamió un poco de nata montada de la pajita. Se quedó perpleja cuando él desvió la mirada de inmediato.
—¿Piensas volver a Canadá cuando te doctores?
La joven se tensó.
—No, si puedo evitarlo.
Tenía muchos recuerdos dolorosos de Canadá y su única familia, las personas a las que quería tener cerca, eran Anh y Malcolm, ambos ciudadanos estadounidenses. Su amiga y ella incluso habían hecho un pacto por el que, si en algún momento Olive estaba a punto de perder el visado, Anh se casaría con ella. Pensándolo bien, todo el rollo de estar fingiendo que salía con Adam iba a ser un buen entrenamiento para cuando Olive subiera de nivel y empezara a defraudar al Departamento de Seguridad Nacional en serio.
Adam pareció entenderlo y tomó un sorbo de café.
—¿Color favorito?
Olive abrió la boca para decirle cuál era su color favorito, que era mucho mejor que el de él, y entonces…
—Porras.
Él le lanzó una mirada de complicidad.
—¿A que es difícil?
—Es que hay muchos buenos.
—Ya.
—Voy a decir el azul. El azul claro. No, ¡espera!
—Hum.
—Al final me quedo con el blanco. Sí, venga, el blanco.
Adam chasqueó la lengua.
—Bueno, no me parece aceptable, el blanco no es un color de verdad. Es más bien como todos los colores juntos… —Olive le pellizcó la parte carnosa del antebrazo—. ¡Ay! —exclamó él, aunque estaba claro que no le había dolido.
Con una sonrisa socarrona, Carlsen le dijo adiós con la mano y se dio la vuelta para encaminarse hacia el Edificio de Biología.
—Oye, Adam —lo llamó Olive a su espalda. Él se detuvo y se dio la vuelta para mirarla—. Gracias por comprarme comida para tres días.
Adam dudó y luego asintió una sola vez. Eso que estaba haciendo con la boca… Definitivamente le estaba sonriendo. Un poco a regañadientes, pero aun así…
—Un placer, Olive.
Hoy, 14:40
DE: Tom-Benton@harvard.edu
PARA: Olive-Smith@stanford.edu
ASUNTO: Re: Proyecto de detección del cáncer de páncreas Olive:
Mi avión sale el martes por la tarde. ¿Te va bien que nos reunamos el miércoles sobre las 15:00 en el laboratorio de Aysegul Aslan? Mi colaborador puede indicarme dónde se encuentra.
TB
Enviado desde mi iPhone
Olive también llegó tarde a su segundo miércoles de cita falsa, pero por distintos motivos, todos ellos relacionados con Tom Benton.
En primer lugar, se había despertado más tarde de lo debido porque la noche anterior había trasnochado ensayando cómo iba a venderle el
proyecto. Había repetido el discurso tantas veces que Malcolm había empezado a terminarle las frases y, luego, a la una de la madrugada, le había lanzado una nectarina y le había rogado que se fuera a practicarlo a su habitación. Y eso fue lo que hizo Olive hasta las tres.
Después, por la mañana, se había dado cuenta de que, quizá, su habitual atuendo para ir al laboratorio (mallas, alguna camiseta raída de las que te regalan en las carreras benéficas y un moño muy muy despeinado) no le transmitiera al doctor Benton el mensaje de «futura colega valiosa», así que había dedicado un tiempo excesivo a buscar algo apropiado. Por lo de vestirse para triunfar y todo eso.
Por último, había caído en la cuenta de que no tenía ni idea de qué aspecto tenía el doctor Benton, que era sin duda la persona más importante de su vida en ese momento (y, sí, era consciente de lo triste que sonaba, pero decidió no regodearse en ello). Buscó una imagen suya en el móvil y descubrió que debía de rondar los cuarenta años, era rubio con los ojos azules y tenía los dientes muy rectos y muy blancos. Cuando llegó al Starbucks del campus, Olive le estaba susurrando a su foto oficial de Harvard: «Por favor, déjame ir a trabajar a tu laboratorio». Entonces vio a Adam.
Era un día inusualmente nublado. Todavía estaban en agosto, pero parecía casi de finales de otoño. Olive lo miró y enseguida supo que estaba de muy mal humor. Recordó el rumor de que había lanzado una placa de Petri contra la pared porque el experimento no le había funcionado o porque había que reparar el microscopio electrónico o porque había ocurrido cualquier otra cosa igual de intrascendente. La joven se planteó la posibilidad de esconderse bajo una mesa.
«No pasa nada —se dijo—. Merece la pena.» Todo volvía a ser normal entre Anh y ella. Mejor que normal: Jeremy y su amiga estaban saliendo de manera oficial y el fin de semana pasado Anh había ido a la noche de cervezas y chucherías vestida con unas mallas y un jersey del MIT que le quedaba enorme y que sin duda le había cogido prestado a Jeremy. Hacía unos días Olive había ido a comer con ambos y ni siquiera se habían sentido incómodos. Además, los doctorandos de primer, segundo e incluso tercer año le tenían demasiado miedo a la «novia» de Adam Carlsen como para
robarle las pipetas, y eso quería decir que ya no tenía que metérselas en la mochila y llevárselas a casa el fin de semana. Para rematar, Olive estaba sacando de todo aquello bastante comida gratis y de primera calidad. Así que era capaz de aguantar a Adam Carlsen, sí, incluso a Adam Carlsen con un humor de perros. Durante diez minutos a la semana, como mínimo.
—Hola —lo saludó sonriendo. Él respondió con una mirada que destilaba mala leche y angustia existencial. Olive cogió aire para darse ánimos—. ¿Cómo estás?
—Bien.
Contestó en tono cortante y con una expresión más tensa que de costumbre. Llevaba una camisa de cuadros rojos y unos vaqueros, así que su aspecto recordaba más al de un leñador que al de un erudito que reflexiona sobre los misterios de la biología computacional. Olive no pudo evitar fijarse en sus músculos y volver a preguntarse si se haría la ropa a medida. Seguía teniendo el pelo algo largo, pero menos que la semana anterior. Le pareció surrealista que Adam Carlsen y ella estuvieran en un punto en el que Olive era capaz de percatarse tanto de su estado de ánimo como de sus cortes de pelo.
—¿Te apetece tomar café? —preguntó con voz alegre.
Él asintió, distraído, sin apenas mirarla. En una mesa del fondo, un doctorando de quinto año los miraba de soslayo mientras fingía limpiar el monitor de su portátil.
—Siento haber llegado tarde. Es que…
—No pasa nada.
—¿Qué tal te ha ido la semana?
—Bien.
«Vale…»
—Hum… ¿Qué hiciste el fin de semana, algo divertido?
—Trabajar.
Se pusieron en la cola para pedir y Olive tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para no resoplar.
—Ha hecho buen tiempo, ¿verdad? El calor no es agobiante.
Adam respondió con un gruñido.
Aquello empezaba a pasar de castaño oscuro. Había un límite en lo que Olive estaba dispuesta a hacer por esa relación falsa… incluso por los frappuccinos de mango gratis. Suspiró.
—¿Es por el corte de pelo?
Eso llamó la atención de Adam. La miró con el ceño muy fruncido.
—¿Qué?
—El mal humor. ¿Es por el corte de pelo?
—¿Qué mal humor?
Olive hizo un gesto amplio hacia él.
—Este. El mal humor que tienes.
—No estoy de mal humor.
La joven resopló… Aunque quizá no fuese el término adecuado para lo que acababa de hacer. Fue demasiado fuerte y burlón, más bien una risa.
Una carcajada.
—¿Qué? —Adam puso mala cara, la carcajada no le había gustado.
—Venga ya.
—¿Qué?
— Rezumas mal humor.
—No es verdad. —Parecía indignado, algo que a Olive le pareció extrañamente entrañable.
—Sí es verdad. Te he visto la cara y lo he sabido enseguida.
—No es verdad.
—Sí lo es. Es cierto. Pero no pasa nada, tienes derecho a estar de mal humor.
Les tocaba pedir, así que Olive dio un paso adelante y sonrió al cajero.
—Buenos días. Tomaré un pumpkin spice latte. Y ese hojaldre de queso de ahí. Sí, ese, gracias. —Señaló a Adam con el pulgar—. Él tomará una infusión de manzanilla. Sin azúcar —añadió en tono animado y, justo después, se hizo a un lado con la esperanza de evitar que Adam le hiciera daño si decidía lanzarle una placa de Petri.
Se sorprendió cuando Carlsen le entregó su tarjeta de crédito al chico de detrás del mostrador con ademán tranquilo. En realidad, no era tan malo como lo pintaban.
—Odio las infusiones —dijo—. Y la manzanilla.
Olive le sonrió con ganas.
—Qué mala suerte.
—Eres una listilla.
Carlsen continuó mirando al frente, pero Olive estaba casi segura de que estaba a punto de esbozar también una sonrisa. Podían decirse muchas cosas de él, pero no que no tuviera sentido del humor.
—Entonces…, ¿no es el corte de pelo?
—¿Eh? Ah, no. Lo tenía demasiado largo. Se me metía en la cara cuando salía a correr.
Ah. Así que le gustaba correr. Como a Olive.
—Vale. Genial. Porque no te queda mal.
«Te queda bien. Pero bien bien. Es probable que la semana pasada ya fueras uno de los hombres más guapos con los que había hablado en mi vida, pero ahora estás aún mejor. Aunque no es que estas cosas me importen. No me importan nada. Rara vez me fijo en los chicos y no sé por qué me fijo en ti, o en tu pelo, o en tu ropa, o en lo alto y fuerte que eres. De verdad que no lo entiendo. Nunca me importa. En general. Uf.»
—Pues… —Adam pareció aturullarse un segundo y siguió moviendo los labios sin emitir ningún sonido mientras intentaba dar con una respuesta adecuada. Entonces, de repente, dijo—: He hablado con el director del departamento esta mañana. Sigue negándose a liberar mis fondos de investigación.
—Vaya. —Olive lo miró con aire pensativo—. Creía que no lo decidirían hasta finales de septiembre.
—Y así es. Lo de hoy era solo una reunión informal, pero surgió el tema.
Me ha dicho que sigue valorando la situación.
—Entiendo. —Esperó a que continuara. Cuando quedó claro que no lo haría, le preguntó—: Valorándola… ¿cómo?
—No está claro.
Carlsen tenía la mandíbula apretada.
—Lo siento. —Y era cierto. Lo sentía sinceramente. Si había algo con lo que podía empatizar era con los estudios científicos que se interrumpían de forma abrupta por falta de recursos—. ¿Eso quiere decir que no puedes continuar tu investigación?
—Tengo otras becas.
—O sea, que… ¿el problema es que no puedes iniciar estudios nuevos?
—Sí puedo. He tenido que reorganizar varias subvenciones, pero sí, debería permitirme iniciar nuevas líneas de investigación.
«¿Entonces?»
—Entiendo. —Olive carraspeó—. A ver… hagamos un resumen: parece que Stanford te ha congelado los fondos basándose en rumores, y estoy de acuerdo en que es una jugarreta bastante chunga, pero también parece que, de momento, puedes permitirte hacer lo que tenías planeado, así que… no es el fin del mundo.
Adam la fulminó con la mirada, como si lo hubiera ofendido; de repente pareció que estaba aún más enfadado.
«Oh oh.»
—No me malinterpretes, entiendo que es una cuestión de principios y yo también estaría enfadada, pero tienes ¿cuántas becas más? Bueno, mejor no me respondas. No sé si quiero saberlo.
Seguro que tenía quince. Además, era profesor titular y contaba con decenas de publicaciones, y luego estaban todas esas distinciones que aparecían en su página web. Por no hablar de que en su currículum había leído que tenía una patente. Olive, en cambio, tenía reactivos baratos, de imitación, y pipetas viejas que le robaban a menudo. Intentó no machacarse por la enorme ventaja que Carlsen le llevaba en lo profesional, pero no podía olvidarse de lo bien que se le daba a aquel hombre lo que hacía. De lo irritantemente bien que se le daba.
—A lo que me refiero —prosiguió— es a que no se trata de un problema insuperable. Y estamos trabajando de forma activa en ello. Estamos juntos en esto, mostrándole a la gente que vas a quedarte aquí para siempre porque tienes una novia increíble. —Olive se señaló a sí misma con una floritura y la mirada de Adam le siguió la mano. Estaba claro que no era nada fan de racionalizar y gestionar sus emociones—. Aunque también podrías seguir enfadado y que fuéramos a tu laboratorio a lanzarnos tubos de ensayo llenos de reactivos tóxicos hasta que el dolor de las quemaduras de tercer grado acabe con tu humor de mierda. Suena divertido, ¿no?
Él apartó la mirada y puso los ojos en blanco, pero se le curvaron las mejillas y Olive se dio cuenta de que le había hecho gracia. Seguro que en contra de su voluntad.
—Pero qué listilla eres.
—A lo mejor, pero no he sido yo la que ha gruñido cuando te he preguntado qué tal te había ido la semana.
—No he gruñido. Y me has pedido una infusión de manzanilla.
Olive sonrió.
—De nada.
Permanecieron en silencio unos instantes mientras la joven masticaba el primer bocado de su hojaldre de queso. Cuando se lo tragó, dijo:
—Siento lo de los fondos.
Él negó con la cabeza.
—Siento el mal humor.
«Vaya.»
—No pasa nada. Eres famoso por eso.
—¿Yo?
—Sí. Es por lo que te conoce la gente.
—¿En serio?
—Ajá.
Se le curvó la boca.
—A lo mejor a ti quería ahorrártelo.
Olive sonrió, porque en realidad era agradable que le dijera algo así. Y
Adam no era una persona agradable, pero con ella se portaba muy bien la mayor parte del tiempo, si no siempre. Adam casi le estaba devolviendo el gesto, mirándola de una manera que Olive no sabía muy bien cómo interpretar, pero que le provocó pensamientos extraños hasta que el camarero les dejó las bebidas en el mostrador. De repente Carlsen puso cara de estar a punto de vomitar.
—¿Adam? ¿Estás bien?
Él observó el vaso de Olive y dio un paso atrás.
—Es el olor de eso.
Olive inhaló profundamente. El paraíso.
—¿No te gusta el pumpkin spice latte?
Arrugó la nariz y se alejó aún más.
—Qué asco.
—¿Cómo puede no gustarte? Es lo mejor que ha producido tu país en el último siglo.
—Por favor, apártate. Apesta.
—Oye, si tengo que escoger entre el pumpkin spice latte y tú, tal vez deberíamos replantearnos el acuerdo.
Adam miró la taza de Olive como si contuviera residuos radiactivos.
—Pues a lo mejor sí.
Le sujetó la puerta mientras salían de la cafetería, con mucho cuidado de no acercarse demasiado a su bebida. Fuera empezaba a lloviznar. Los alumnos recogían a toda prisa los portátiles y los cuadernos de las mesas de la terraza para dirigirse a sus clases o trasladarse a la biblioteca. Olive estaba enamorada de la lluvia desde que tenía uso de razón. Inhaló con fuerza y se llenó los pulmones de petricor tras detenerse bajo el toldo junto a Adam. Él tomó un sorbo de manzanilla y eso la hizo sonreír.
—Oye —dijo Olive—, tengo una idea. ¿Vas a ir al pícnic de otoño de la unidad de biociencias?
Él asintió.
—No me queda otro remedio. Estoy en el Comité de Relaciones Sociales y Profesionales del Departamento de Biología.
La chica estalló en carcajadas.
—Imposible.
—Pues sí.
—¿Te presentaste voluntario?
—Es obligatorio. Tuve que ocupar el puesto cuando me tocó por rotación.
—Ah. Parece… divertido. —Hizo una mueca compasiva y casi le entró la risa de nuevo ante la expresión horrorizada de Carlsen—. Bueno, yo también iré. La doctora Aslan nos hace ir a todos, dice que refuerza el vínculo entre los compañeros de laboratorio. ¿Tú obligas a tus doctorandos a ir?
—No. Tengo maneras más productivas de amargarles la vida a mis doctorandos.
Se echó a reír. Era divertido, aunque a su manera extraña y oscura.
—Seguro que sí. Bueno, mi idea es la siguiente: tendríamos que pasar un rato juntos cuando estemos allí. Delante del director del departamento, puesto que está «valorando». Yo te haré ojitos; él verá que estamos casi a un paso del altar. Entonces hará una llamada telefónica rápida y mandarán un camión para que descargue tus fondos de investigación en efectivo allí mismo, delante de…
—¡Qué pasa, tío!
Un hombre rubio se acercó a Adam. Olive guardó silencio cuando este se volvió para sonreírle y ambos intercambiaron un apretón de manos, un apretón de manos de colegas de toda la vida. Parpadeó varias veces por si estaba teniendo visiones y bebió un sorbo de pumpkin spice latte.
—Pensé que te levantarías más tarde —dijo Adam.
—Me ha fastidiado la diferencia horaria, así que he pensado que mejor me venía al campus y me ponía a trabajar. Y de paso comía algo. Tío, no tienes comida.
—Hay manzanas en la cocina.
—Pues eso, que no hay comida.
Olive dio un paso atrás, dispuesta a excusarse, cuando el hombre rubio centró su atención en ella. Aquel hombre le resultaba extrañamente familiar, aunque estaba segura de que no lo había visto nunca.
—¿Y esta quién es? —preguntó con curiosidad.
Tenía los ojos de un color azul muy penetrante.
—Es Olive —contestó Adam. Se hizo un silencio después de su nombre en el que tal vez debería haber especificado de qué conocía a Olive, pero no lo hizo y ella pensó que no podía reprocharle que no quisiera soltarle el rollo de su relación falsa a alguien que era a todas luces un buen amigo. Se limitó a seguir sonriendo y dejó que Adam continuara—: Olive, este es mi colaborador…
—Tío. —El hombre fingió ofenderse—. Preséntame como tu amigo.
Adam puso los ojos en blanco; estaba claro que le había hecho gracia.
—Olive, este es mi amigo y colaborador, el doctor Tom Benton.
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