La hipótesis del amor
Capítulo veintiuno
HIPÓTESIS: El uso de lentillas caducadas provocará infecciones
bacterianas
o
fúngicas
que
tendrán
repercusiones durante años.
—Holden te ha enviado un mensaje.
Olive apartó la vista de la ventanilla y miró a Malcolm, que había desactivado el modo avión en cuanto habían tocado tierra en Charlotte para hacer escala.
—¿Holden?
—Sí. Bueno, técnicamente es de Carlsen.
Le dio un vuelco el corazón.
—Ha perdido el cargador del móvil y no puede escribirte, pero Holden y él ya están de regreso a San Francisco.
—Ah. —Asintió y notó una pequeña oleada de alivio. Eso explicaba el silencio de Adam. No se había puesto en contacto con ella desde la noche anterior. Estaba preocupada por si lo hubieran arrestado y se estaba planteando vaciar su cuenta de ahorros para contribuir a cubrir su fianza.
Con nada más y nada menos que sus doce dólares con dieciséis centavos—.
¿Dónde hacen escala?
—No hacen escala. —Malcolm puso los ojos en blanco—. Vuelo directo. Llegarán a San Francisco diez minutos después que nosotros a pesar de que aún no han salido de Boston. Hay que comerse a los ricos.
—Te ha dicho Holden algo de…
Malcolm negó con la cabeza.
—Su avión está a punto de despegar, pero podemos esperarlos en San Francisco. Estoy seguro de que Adam tendrá novedades que contarte.
—Solo quieres enrollarte con Holden, ¿verdad?
Malcolm sonrió y le apoyó la cabeza en el hombro.
—Qué bien me conoce mi kalamata.
Parecía imposible que hubiera estado fuera menos de una semana. Que todo el caos se hubiera desatado en el lapso de unos cuantos días. Olive se sentía aturdida, conmocionada, como si tuviera el cerebro agotado tras haber corrido un maratón. Estaba cansada y quería dormir. Tenía hambre y quería comer. Estaba enfadada y quería que Tom recibiera su merecido.
Estaba ansiosa, tan crispada como un nervio dañado, y quería un abrazo.
Preferiblemente de Adam.
En San Francisco, dobló su ahora inútil trenca para guardarla en la maleta y se sentó encima de esta última. Consultó el móvil para ver si tenía mensajes nuevos mientras Malcolm iba a comprar una botella de Coca-Cola Light. Tenía varios de Anh, que seguía en Boston y quería saber cómo estaba, y uno de su casero para informarla de que el ascensor estaba fuera de servicio. Puso los ojos en blanco, cambió a su correo electrónico académico y encontró varios mensajes sin leer marcados como importantes.
Tocó el signo de exclamación rojo y abrió uno.
Hoy, 17:15
DE: Anna-Wiley@berkeley.edu
PARA: Aysegul-Aslan@stanford.edu
CC: Olive-Smith@stanford.edu
ASUNTO: Re: Proyecto de cáncer de páncreas
Aysegul:
Gracias por ponerte en contacto conmigo. Tuve el privilegio de ver la charla de Olive Smith en la SBD (estábamos en el mismo panel) y me impresionó mucho su trabajo sobre herramientas de detección temprana del cáncer de páncreas. ¡Me
encantaría tenerla en mi laboratorio el año que viene! ¿Concertamos una llamada de teléfono a tres pronto para charlar con más calma?
Saludos,
Anna
Olive ahogó un grito. Se tapó la boca con la mano e inmediatamente abrió otro correo electrónico.
Hoy, 15:19
DE: Robert-Gordon@umn.edu
PARA: Aysegul-Aslan@stanford.edu, Olive-Smith@stanford.edu ASUNTO: Proyecto de cáncer de páncreas
Doctora Aslan, señora Smith:
Su trabajo sobre el cáncer de páncreas es fascinante y me gustaría tener la oportunidad de colaborar. Organicemos una reunión por Zoom.
R.
Había dos correos más. Cuatro en total, todos de investigadores oncológicos que respondían al mensaje de presentación de la doctora Aslan y decían que les encantaría tener a Olive en sus respectivos laboratorios.
Sintió una oleada de felicidad tan violenta que casi se mareó.
—Ol, mira con quién me he encontrado.
Olive se levantó de golpe. Malcolm estaba allí, agarrado de la mano de Holden, y apenas un paso detrás de ellos…
Adam. Con aspecto cansado, y atractivo, y tan grande en la vida real como en su mente durante las últimas veinticuatro horas. Mirándola a los ojos. Olive recordó las palabras que él había dicho la noche anterior en el restaurante y sintió que se le calentaban las mejillas, que se le contraía el pecho y que el corazón se le salía de las costillas.
—Una cosita os digo —comenzó Holden sin siquiera decir hola—: nosotros cuatro, cita doble, esta noche.
Adam lo ignoró y se acercó a Olive.
—¿Cómo estás? —le preguntó en voz baja.
—Bien. —Por primera vez desde hacía días, ni siquiera era mentira.
Adam estaba allí. Y tenía todos esos correos en la bandeja de entrada—. ¿Y
tú?
—Bien —respondió él con una media sonrisa, y Olive tuvo la extraña sensación de que, al igual que ella, no estaba mintiendo.
El corazón se le aceleró aún más.
—¿Qué tal un chino? —los interrumpió Holden—. ¿Os gusta a todos la comida china?
—Por mí bien —murmuró Malcolm, aunque no parecía muy entusiasmado con la idea de tener una cita doble, seguramente porque no le apetecía sentarse frente a Adam durante toda la cena y revivir el trauma de las reuniones de su tribunal de control de tesis.
—¿Olive?
—Eh… Sí, me gusta la comida china.
—Perfecto. A Adam también, así que…
—No voy a salir a cenar fuera —respondió Adam.
Holden frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Tengo mejores cosas que hacer.
—¿Cómo qué? Olive también viene.
—Deja en paz a Olive. Está cansada y estamos ocupados.
—Tengo acceso a tu calendario de Google, imbécil. No estás ocupado.
Si no quieres salir conmigo, al menos sé sincero.
—No quiero salir contigo.
—Mira que eres capullo. Después de la semana que acabamos de pasar.
Y el día de mi cumpleaños.
Adam retrocedió ligeramente.
—¿Qué? No es tu cumpleaños.
—Sí es mi cumpleaños.
—Tu cumpleaños es el diez de abril.
—Ah, ¿sí?
Adam cerró los ojos y se rascó la frente.
—Holden, hemos hablado todos los días durante los últimos veinticinco años y he estado en al menos cinco fiestas de cumpleaños tuyas con temática de los Power Rangers. La última cuando cumpliste los diecisiete.
—Malcolm intentó disimular la risa con una tos—. Sé cuándo es tu cumpleaños.
—Siempre has estado equivocado, pero soy demasiado majo y me daba cosa decírtelo. —Agarró a Adam del hombro—. Así que ¿chino para celebrar la bendición de mi nacimiento?
—¿Por qué no tailandés? —sugirió Malcolm dirigiéndose a Holden e ignorando a Adam.
Holden emitió un quejido y empezó a decir algo sobre que en Stanford no había buenos larb, algo que a Olive en circunstancias normales le habría interesado escuchar si no fuera porque…
Adam estaba mirándola de nuevo. Desde varios centímetros por encima de la cabeza de Holden y Malcolm, la observaba con una expresión a medio camino entre la disculpa, el fastidio y… una intimidad profunda. Una sensación familiar que ya habían compartido antes. Olive sintió que algo se derretía en su interior y reprimió una sonrisa.
De repente, la cena le parecía una gran idea.
«Será divertido», dijo moviendo solo los labios mientras Holden y Malcolm discutían si no sería mejor ir a probar la hamburguesería nueva.
«Será insoportable», respondió él también, articulando en silencio con un aspecto resignado, sufrido y tan increíblemente Adam que Olive no pudo evitar soltar una carcajada.
Holden y Malcolm dejaron de discutir y se volvieron hacia ella.
—¿Qué?
—Nada —contestó Olive.
A Adam también se le estaba curvando la comisura de la boca.
—¿De qué te ríes, Ol?
Abrió la boca para soltar alguna excusa, pero Adam se le adelantó.
—Vale. Iremos. —Pronunció ese «iremos», en plural, como si Olive y él formaran un «nosotros», como si al final lo suyo nunca hubiera sido falso, y a ella se le cortó la respiración—. Pero entonces quedo excusado de cualquier otra salida relacionada con los cumpleaños durante el próximo año. Mejor dicho, durante los dos próximos años. Y veto la nueva hamburguesería.
Holden apretó el puño en señal de victoria y luego frunció el ceño.
—¿Por qué vetas las hamburguesas?
—Porque —dijo sosteniéndole la mirada a Olive— las hamburguesas saben a pies.
—Tendríamos que empezar por abordar lo obvio —dijo Holden mientras mordisqueaba los aperitivos de cortesía.
Olive se tensó en su asiento: no estaba segura de querer discutir el asunto de Tom con Malcolm y Holden antes de haberlo hablado con Adam a solas.
Al parecer, no debería haberse preocupado.
—Que es que Malcolm y Adam se odian.
Junto a ella, en el reservado, Adam frunció el ceño, confuso. Malcolm, que estaba sentado frente a Olive, se tapó la cara con las manos y gimió.
—Sé por fuentes fidedignas —continuó Holden sin inmutarse— que Adam se refirió a los experimentos de Malcolm como «chapuceros» y «un desperdicio de fondos de investigación» durante una reunión de tribunal y que Malcolm se ofendió por ello. Bien, Adam, le he explicado a Malcolm que lo más seguro es que solo tuvieras un mal día… Quizá alguno de tus doctorandos hubiera terminado un imperativo en erre en un correo o tu ensalada de rúcula no fuese lo bastante orgánica. ¿Tienes algo que decir a tu favor?
—Eh… —Adam frunció aún más el ceño y Malcolm se tapó aún más la cara. Holden esperó una respuesta sin darse por vencido y Olive se dedicó a observar cómo se desarrollaba toda la situación, preguntándose si no debería sacar el móvil y grabar la catástrofe—. No recuerdo esa reunión de tribunal. Aunque no me extrañaría haber dicho algo así.
—Genial. Ahora dile a Malcolm que no fue nada personal para que podamos pasar página y comer arroz frito.
—Por Dios —murmuró Malcolm—. Holden, por favor.
—Yo no voy a comer arroz frito —informó Adam.
—Pues come bambú crudo mientras la gente normal come arroz frito.
Pero ahora mismo mi novio piensa que el novio de su BFF, que a su vez es mi BFF, se la tiene jurada, y eso me corta el rollo de las citas dobles, así que por favor.
Adam parpadeó despacio.
—¿BFF?
—Adam. —Holden señaló con el pulgar a un Malcolm con cara de estar pasándolo fatal—. Ahora, por favor.
Adam suspiró con fuerza, pero se volvió hacia Malcolm.
—No sé qué dije o hice, pero no fue nada personal. Me han dicho que puedo ser innecesariamente hostil. Y poco accesible.
Olive no llegó a ver la reacción de Malcolm. Porque estaba ocupada observando a Adam y la ligera curva de sus labios, que se convirtió en casi una sonrisa cuando se volvió hacia ella. Durante un segundo, el breve instante durante el que ella le sostuvo la mirada antes de que Adam apartara la vista, solo existieron ellos dos. Y esa especie de pasado que compartían, sus estúpidas bromas internas, la forma en que se metían el uno con el otro a la luz del sol de finales de verano.
—Perfecto. —Holden dio una palmada demasiado fuerte—. Rollos de huevo de entrante, ¿no?
Fue buena idea esa cena. Esa noche, esa mesa, ese momento. Sentada junto a Adam, oliendo el petricor, viendo las manchas oscuras en el algodón gris de su camiseta con botones en el pecho a causa de la tormenta que había empezado justo cuando llegaron al restaurante. Tendrían que hablar más tarde, mantener una conversación seria sobre Tom y muchas otras
cosas. Pero, de momento, todo era como siempre lo había sido entre Adam y ella: como ponerse su vestido favorito, el que creía perdido en su armario, y descubrir que se sentía tan cómoda como siempre con él.
—Sí, yo quiero rollos de huevo. —Miró a Adam. Empezaba a tener el pelo largo de nuevo, así que Olive hizo lo que le resultó natural: estirar la mano y alisarle unos mechones—. Voy a arriesgarme y suponer que odias los rollos de huevo, como todo lo bueno del mundo.
La llamó «listilla» moviendo únicamente los labios justo cuando el camarero les sirvió el agua y dejó las cartas en la mesa. Tres cartas, para ser exactos. Holden y Malcolm cogieron una cada uno y Olive y Adam intercambiaron una mirada cómplice y divertida antes de coger la que quedaba para compartirla. Funcionó a la perfección: Adam la abrió de manera que la sección de verduras quedó de su lado, y la de la gran variedad de entrantes fritos, del de ella. A Olive le pareció tan oportuno que soltó una carcajada.
Adam dio unos toquecitos con el dedo índice en la sección de bebidas.
—Mira qué abominación —murmuró.
Tenía los labios cerca de la oreja de Olive y esta sintió una bocanada de aire caliente que le resultó íntima y agradable bajo el aire acondicionado.
Sonrió.
—Qué va.
—Terrible.
—Increíble, querrás decir.
—Desde luego que no.
—Este es mi nuevo restaurante favorito.
—Todavía no lo has probado.
—Será espectacular.
—Será horroroso…
Alguien se aclaró la garganta para recordarles que no estaban solos.
Tanto Malcolm como Holden los estaban mirando: el primero con una expresión astuta y suspicaz, el segundo con una sonrisa cómplice.
—¿De qué va todo eso?
—Ah. —A Olive se le calentaron un poco las mejillas—. Nada. Es que tienen té de burbujas de calabaza.
Malcolm fingió una arcada.
—Puaj, Ol. Asqueroso.
—Cállate.
—Suena muy bien. —Holden sonrió y se apoyó sobre Malcolm—. ¿Nos pedimos uno para compartir?
—¿Perdona?
Olive intentó no reírse ante la expresión horrorizada de Malcolm.
—No le tires a Malcolm de la lengua con lo de las bebidas con sabor a calabaza —le dijo a Holden en un susurro exagerado.
—Oh, mierda.
Holden se llevó una mano al pecho fingiendo estar aterrorizado.
—Esto es un asunto serio. —Malcolm dejó caer su carta sobre la mesa
—. Esos polvos con sabor a calabaza son la caspa de Satanás, presagio del apocalipsis, y saben como el culo… Y no en el buen sentido. —Junto a Olive, Adam asintió despacio, muy impresionado por la diatriba de Malcolm—. Un pumpkin spice latte contiene la misma cantidad de azúcar que cincuenta caramelos Skittles… y ni rastro de calabaza. Búscalo.
Adam miró a Malcolm con algo muy parecido a la admiración. Holden miró a Olive a los ojos y le dijo en tono conspirador:
—Tu novio y el mío tienen mucho en común.
—Cierto. Creen que odiar familias completas de alimentos inofensivos es un rasgo de la personalidad.
—Las especias con sabor a pastel de calabaza no son inofensivas. Son una bomba de azúcar radiactiva y potentísima que se cuela en todo tipo de productos y es la única responsable de la extinción de la foca monje del Caribe. Y tú —señaló a Holden con un dedo— estás en la cuerda floja.
—¿Qué…? ¿Por qué?
—No puedo salir con alguien que no respeta mi postura sobre esas especias.
—Para ser justos, no es una postura muy respetable… —Holden captó la mirada asesina de Malcolm y levantó las manos como para defenderse—.
No tenía ni idea, cariño.
—Pues deberías.
Adam chasqueó la lengua, divertido.
—Sí, Holden. Esfuérzate un poco.
Se reclinó contra el respaldo del asiento y rozó el hombro de Olive con el suyo. Holden le enseñó el dedo corazón.
—Adam conoce y respeta la postura de Olive sobre las hamburguesas y ellos ni siquiera están… —Fuera lo que fuese lo que Malcolm había estado a punto de decir, tuvo la sensatez de contenerse—. Bueno, si Adam lo sabe, tú también tendrías que saber lo de las especias.
—Pero, a ver, ¿Adam no era gilipollas hasta hace diez segundos?
—Cómo cambian las cosas —murmuró Adam.
Olive alargó la mano para pellizcarlo en el costado, pero él la detuvo rodeándole la muñeca con una mano.
«Eres malo», le dijo sin hablar. Él se limitó a sonreír, con picardía, mirando a Malcolm y a Holden con demasiado regocijo.
—Venga ya. Ni siquiera es comparable —dijo Holden—. Olive y Adam llevan años juntos. Nosotros nos conocimos hace menos de una semana.
—No es verdad —lo corrigió Malcolm moviendo un dedo a un lado y a otro. Adam seguía sujetándole la muñeca a Olive—. Empezaron a salir alrededor de un mes antes que nosotros.
—No —insistió Holden—. Adam lleva siglos colgado de ella. Seguro que ha estudiado sus hábitos alimentarios en secreto, compilado diecisiete bases de datos y creado algoritmos de aprendizaje automático para predecir sus preferencias culinarias…
Olive se echó a reír.
—Qué va. —Bebió un sorbo de agua, aún sonriendo—. Acabamos de empezar a vernos. Al principio del semestre de otoño.
—Sí, pero ya os conocíais de antes. —Holden tenía el ceño fruncido—.
Os conocisteis el año anterior a que empezaras el doctorado, cuando viniste a hacer la entrevista, y desde entonces no ha parado de suspirar por ti.
Olive negó con la cabeza y se rio al mismo tiempo que se volvía hacia Adam para compartir su diversión. Pero Adam ya la estaba mirando y no tenía cara de que le pareciera divertido. Tenía cara de… otra cosa. De preocupado, tal vez, o de arrepentido, o de resignado. ¿De miedo? Y, de pronto, el restaurante se sumió en el silencio. El repiqueteo de la lluvia contra las ventanas, el parloteo de la gente, el tintineo de los cubiertos…
todo desapareció; el suelo se inclinó, tembló un poco y le pareció que el aire acondicionado estaba un pelín demasiado fuerte. En algún momento, Adam le soltó la muñeca.
Olive recordó el incidente del baño. Los ojos abrasados y las mejillas mojadas, el olor a reactivo y a piel masculina limpia. El borrón de una figura grande y oscura de pie frente a ella, con una voz profunda, tranquilizadora y divertida. El pánico de tener veintitrés años, estar sola y no tener ni idea de lo que debía hacer, de adónde debía ir, de cuál era la opción correcta.
«¿Es mi razón una razón suficiente para matricularse en la escuela de posgrado?»
«Es la mejor.»
De repente, después de aquellas palabras, las cosas le habían parecido bastante sencillas.
Al final había sido Adam. Olive no se había equivocado.
En lo que sí se había equivocado era en si la recordaba.
—Sí —dijo Olive. Ya no estaba sonriendo. Adam seguía sosteniéndole la mirada—. Supongo que así ha sido.
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