La hipótesis del amor
Capítulo dieciocho
HIPÓTESIS: Un corazón se romperá aún más fácilmente que el más débil de los enlaces de hidrógeno.
No fue el sol en lo alto del cielo lo que la despertó, ni el servicio de limpieza del hotel —gracias a Adam, seguro, y a un cartel de NO MOLESTAR
colgado en la puerta—. Lo que sacó a Olive de la cama, a pesar de que no quería, de verdad que no quería enfrentarse al día, fue un zumbido frenético en la mesita de noche.
Enterró la cara en la almohada, estiró el brazo para buscar su teléfono a tientas y luego se lo acercó a la oreja.
—¿Sí? —gimoteó, y entonces descubrió que no se trataba de una llamada, sino de una larguísima hilera de notificaciones.
Entre ellas se contaba un correo electrónico de la doctora Aslan felicitándola por su charla y pidiéndole la grabación, dos mensajes de Greg (¿Has visto la pipeta multicanal? Da igual, ya la he encontrado), uno de Malcolm (Llámame cuando veas esto) y…
Ciento cuarenta y tres de Anh.
—Pero ¿qué…?
Miró la pantalla sin dar crédito, desbloqueó el teléfono y empezó a desplazarse hacia arriba por la conversación. ¿Serían ciento cuarenta y tres recordatorios de que usara protector solar?
Anh: Ay
Anh: Ay mi madre
Anh: Ay la leche
Anh: Ay la hostia
Anh: Ay la hostia ay la hostia AY LA HOSTIA Anh: Dónde coño estás???
Anh: OLIVE
Anh: OLIVE LOUISE SMITH
Anh: (Es coña, sé que no tienes segundo nombre)
Anh: (Pero si lo tuvieras sería Louise Y DE ESE BURRO NO ME BAJO sabes que tengo razón)
Anh: Dónde ESTÁS?????
Anh: Te estás perdiendo un montón de cosas TE ESTÁS PERDIENDO UN
Anh: DÓNDE COÑO ESTÁ TU HABITACIÓN? VOY A BUSCARTE
Anh: OL tenemos que hablar de esto EN PERSONA!!!!!1!!!!!!!!
Anh: Estás MUERTA?
Anh: Más te vale SERÁ LA ÚNICA MANERA DE QUE TE PERDONE POR ESTAR PERDIÉNDOTE
ESTO OL
Anh: Ol esto es la vida real o es UNA FANTASÍA SJFGAJHSGFASF
Anh: OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL
Olive gimió, se frotó la cara y decidió saltarse los otros ciento veinticinco mensajes y enviarle a Anh el número de su habitación. Entró en el cuarto de baño y cogió su cepillo de dientes intentando no fijarse en que el lugar que había ocupado el de Adam ahora estaba vacío. No sabía por qué Anh estaría flipando tanto, pero seguro que no impresionaba nada a Olive. A lo mejor Jeremy había hecho un baile irlandés en la fiesta del departamento o Chase había atado un tallo de cereza con la lengua. Todo muy entretenido, sin duda, pero Olive sobreviviría a haberse perdido cualquiera de esas dos cosas.
Se secó la cara mientras pensaba en que se le estaba dando genial no pensar en lo dolorida que estaba; en que le temblaba el cuerpo, le vibraba como si no tuviera intención de detenerse ni dentro de dos, ni de tres, ni de cinco horas; en el leve y reconfortante aroma a Adam que le impregnaba la piel.
Sí. Se le estaba dando genial.
Cuando salió del baño, alguien estaba a punto de echar la puerta abajo.
La abrió y se encontró a Anh y a Malcolm, que la abrazaron y empezaron a hablar tan alto y tan rápido que apenas conseguía distinguir lo que decían…, aunque sí captó los términos «cambio de paradigma», «punto de inflexión vital» y «momento decisivo en la historia».
Siguieron parloteando hasta llegar a la cama sin usar de Olive y se sentaron. Tras unos segundos más de cháchara superpuesta, Olive decidió intervenir y levantó las manos.
—Esperad. —Ya le estaba entrando dolor de cabeza. Ese día iba a ser una pesadilla, por muchas razones—. ¿Qué ha pasado?
—La cosa más rara del mundo —dijo Anh.
—Más guay —la interrumpió Malcolm—. Quiere decir la cosa más guay.
—¿Dónde te metiste, Ol? Dijiste que vendrías a la fiesta con nosotros.
—Aquí. Es que, bueno, estaba cansada después de la charla, así que me quedé dormida y…
—Qué sosa eres, Ol, sosísima, pero no tengo tiempo de reñirte por soseras porque tengo que ponerte al día de lo que pasó anoche…
—Debería contárselo yo. —Malcolm le lanzó una mirada feroz a Anh—.
Porque va de mí.
—Me parece justo —concedió ella con un gesto grandilocuente.
Malcolm sonrió, satisfecho, y se aclaró la garganta.
—Ol, ¿con quién llevo varios años queriendo acostarme?
—Uf… —Se rascó la sien. Así, a bote pronto, se le ocurrían unas treinta personas—. ¿Victoria Beckham?
—No. Bueno, sí. Pero no.
—¿David Beckham?
—Sí, también. Pero no.
—¿La otra Spice Girl? La del chándal Adidas…
—No. Vale, sí, pero no pienses en famosos, piensa en gente de la vida real…
—Holden Rodrigues —soltó Anh con impaciencia—. Se enrolló con Rodrigues en la fiesta del departamento. Ol, es mi deber informarte, con gran pena, de que te han destronado y ya no eres la presidenta del club Me
Ponen Los Profes. ¿Te retirarás avergonzada o aceptarás el puesto de tesorera?
Olive parpadeó. Varias veces. Una cantidad desmesurada de veces. Y
luego se oyó decir:
—Ostras.
—¿No es la cosa más rara…?
—Más guay, Anh —intervino de nuevo Malcolm—. La cosa más guay.
—Las cosas pueden ser raras de una forma guay.
—Sí, pero esto es puro guay, cien por cien guay, cero por ciento raro…
—Espera —lo interrumpió Olive. El dolor de cabeza le había crecido una talla o dos—. Holden ni siquiera forma parte del departamento. ¿Por qué estaba en la fiesta?
—Ni idea, pero has sacado a relucir un tema importantísimo y es que, como está en Farmacología, podemos hacer lo que queramos sin tener que decírselo a nadie.
Anh lo miró con curiosidad.
—¿En serio?
—Sí. Repasamos el reglamento de socialización de Stanford mientras íbamos camino de la farmacia a comprar condones. Básicamente en los preliminares. —Cerró los ojos, feliz—. ¿Conseguiré volver a entrar en una farmacia sin que se me ponga dura?
Olive carraspeó.
—Me alegro mucho por ti. —Y era cierto. Aunque sí le parecía un poco extraño—. ¿Cómo pasó?
—Le tiré los trastos. Fue glorioso.
—Fue un sinvergüenza, Ol. Además de glorioso. Le saqué unas cuantas fotos.
Malcolm gritó indignado.
—Vale, eso es ilegal y podría denunciarte. Pero, si salgo bien, mándamelas.
—Enseguida, cielo, pero antes queremos saberlo todo con pelos y señales.
El hecho de que Malcolm, que por lo general no se cortaba a la hora de dar detalles sobre su vida sexual, se limitara a cerrar los ojos y sonreír lo
decía todo. Anh y Olive intercambiaron una mirada larga e impresionada.
—Y es que esa ni siquiera es la mejor parte. Quiere volver a verme. Hoy.
Una cita. Usó la palabra «cita» sin que nadie se lo pidiera. —Se dejó caer sobre el colchón—. Es muy sexy. Y divertido. Y simpático. Una bestia dulce y depravada.
Malcolm parecía tan feliz que Olive no pudo evitarlo: se tragó el nudo que se le había alojado en la garganta en algún momento de la noche anterior y se tumbó en la cama a su lado para abrazarlo con todas sus fuerzas. Anh la siguió e hizo lo mismo.
—Me alegro mucho por ti, Malcolm.
—Lo mismo digo. —Anh había enterrado la cabeza entre el pelo de Malcolm y su voz les llegó amortiguada.
—Yo también me alegro por mí —dijo Malcolm—. Espero que vaya en serio. ¿Os acordáis de que os dije que estaba entrenando para el oro?
Bueno, pues Holden es platino.
—Ol, deberías preguntarle a Carlsen si sabe cuáles son las intenciones de Holden —sugirió Anh.
No parecía que fuera a tener oportunidad de hacerlo pronto.
—Lo haré.
Malcolm cambió un poco de postura y se volvió hacia Olive.
—¿De verdad te quedaste dormida anoche? ¿O es que Carlsen y tú lo estuvisteis celebrando de maneras inconfesables?
—¿Celebrando qué?
—Le dije a Holden que estaba preocupado por ti y me contestó que seguro que lo estabais celebrando. No sé qué sobre que han liberado los fondos de Carlsen. Por cierto, no me habías dicho que Carlsen y Holden eran mejores amigos… Yo diría que es un dato que conviene compartir con tu compañero de piso, fundador y miembro más activo del club de fans de Holden Rodrigues.
—Un segundo. —Olive se incorporó con los ojos abiertos como platos
—. Los fondos que le han liberado son… ¿los que le habían congelado?
¿Los que Stanford le tenía retenidos?
—Quizá. Holden dijo algo sobre que el director del departamento por fin se había relajado. Intenté prestar atención, pero hablar de Carlsen es un
poco bajón, sin ánimo de ofender. Además, no paraba de perderme en los ojos de Holden.
—Y en su culo —añadió Anh.
—Y en su culo. —Malcolm suspiró, feliz—. Un culo bien bonito. Tiene unos hoyuelos pequeñitos en la parte baja de la espalda.
—¡Madre mía, Jeremy también! Me entran ganas de mordérselos.
—¿No son preciosos?
Olive dejó de escucharlos y se levantó de la cama; cogió su móvil y leyó la fecha.
29 de septiembre.
Estaban a 29 de septiembre.
Ya lo sabía, por supuesto. Sabía desde hacía más de un mes que la fecha se acercaba, pero durante la última semana había estado demasiado ocupada dándole vueltas a su charla como para pensar en nada más, y Adam no se lo había recordado. Con todo lo que había ocurrido en aquellas veinticuatro horas, no era de extrañar que se hubiera olvidado de comentarle que le habían liberado los fondos. Pero, aun así… Lo que aquello implicaba era…
Cerró los ojos, apretándolos con fuerza, mientras el excitado parloteo de Anh y Malcolm continuaba aumentando de volumen a su espalda. Cuando los abrió, su móvil se iluminó con una notificación nueva. De Adam.
Adam: Tengo entrevistas hasta las 16:30, pero por la noche estoy libre.
¿Quieres que salgamos a cenar? Hay varios restaurantes buenos cerca del campus (aunque con una vergonzosa falta de cintas transportadoras). Si no estás ocupada, podría enseñártelo, quizá incluso el laboratorio de Tom.
Adam: Sin presión, por supuesto.
Eran casi las dos de la tarde. Olive se sentía como si los huesos le pesaran el doble que el día anterior. Respiró hondo, se cuadró de hombros y empezó a teclear su respuesta a Adam.
Sabía lo que tenía que hacer.
Olive llamó a la puerta de Adam a las cinco en punto y él la abrió apenas unos segundos más tarde, todavía vestido con unos pantalones de traje y una camisa que debían de haber sido su atuendo para la entrevista y…
Sonriéndole. No con una de esas sonrisas a medio hacer a las que Olive se había acostumbrado, sino con una sonrisa auténtica, real. Con hoyuelos, arrugas alrededor de los ojos y verdadera alegría de verla. Le rompió el corazón en mil pedazos incluso antes siquiera de que él empezara a hablar.
—Olive.
Todavía no había llegado a entender por qué la forma en que pronunciaba su nombre era tan singular. Había algo contenido detrás, algo que no salía del todo a la superficie. Una sensación de posibilidades. De profundidad. Olive se preguntó si sería real, si sería una alucinación suya, si Adam sería consciente de ello. Olive se preguntó muchas cosas y luego se ordenó dejar de hacerlo. Todo aquello no podía importar menos en esos momentos.
—Pasa.
Era un hotel aún más lujoso, y Olive puso los ojos en blanco al pensar en la necesidad que sentía la gente de gastarse miles de dólares en habitaciones para Adam Carlsen cuando este apenas prestaba atención a su entorno.
Tendrían que limitarse a ponerle un catre y donar el resto del dinero a causas nobles. Las ballenas en peligro de extinción. La psoriasis. Olive.
—He traído esto, supongo que es tuyo.
Dio un par de pasos hacia él y le tendió un cargador de móvil, dejando que el extremo del cable colgara para asegurarse de que Adam no tuviera que tocarla.
—Sí, es mío. Gracias.
—Estaba detrás de la lámpara de la mesilla de noche, así que seguro que te lo olvidaste por eso. —Apretó los labios—. O a lo mejor es por la vejez.
Quizá ya ha empezado la demencia. Todas esas placas amiloides…
Adam la fulminó con la mirada y ella intentó no sonreír, pero no lo consiguió, y Adam puso cara de estar harto y la llamó listilla, y…
Ahí estaban. Haciendo lo mismo otra vez. Mierda.
Se forzó a desviar la mirada, porque… no. Ya no.
—¿Cómo te ha ido la entrevista?
—Bien. Pero solo ha sido el primer día.
—¿De cuántos?
—Demasiados. —Suspiró—. También tengo programadas reuniones con Tom para lo de la beca.
Tom. Sí, claro. Por supuesto. Por supuesto… Por eso había ido hasta allí.
Para explicarle que…
—Gracias por venir —le dijo él con voz tranquila y seria. Como si por subirse a un tren y acceder a verlo Olive le hubiera proporcionado un gran placer—. Supuse que habrías quedado con tus amigos.
Ella negó con la cabeza.
—No. Anh ha salido con Jeremy.
—Lo siento.
Parecía realmente apesadumbrado por ella y Olive tardó varios segundos en recordar su mentira y la suposición, por parte de Adam, de que estaba enamorada de Jeremy. Solo habían pasado unas semanas, pero aquel momento en el que no había sido capaz de imaginar nada peor que el hecho de que Adam descubriera sus sentimientos por él le parecía ya muy lejano.
Le parecía una tontería tremenda después de todo lo que había pasado en los últimos días. Debería confesar, pero ¿qué sentido tenía ya? Que Adam pensara lo que quisiera. A fin de cuentas, le sería más útil que la verdad.
—Y Malcolm está con… Holden.
—Ah, sí. —Asintió con aire de estar agotado.
Olive fantaseó durante unos segundos con la idea de que Holden le hubiera enviado a Adam un mensaje de texto equivalente a lo que Olive y Anh habían tenido que sufrir durante las dos últimas horas y sonrió.
—¿Es muy malo?
—¿Malo?
—El lío entre Malcolm y Holden.
—Ah. —Adam apoyó el hombro en la pared y se cruzó de brazos sobre el pecho—. Creo que puede ser muy bueno. Para Holden, al menos. Le gusta mucho Malcolm.
—¿Te lo ha dicho?
—No ha dejado de hablar de ello. —Puso los ojos en blanco—. ¿Sabías que en el fondo Holden tiene doce años?
Se echó a reír.
—Pues como Malcolm. Queda con mucha gente y se le suele dar bien el manejo de las expectativas, pero este lío con Holden… Me he comido un sándwich a la hora de comer y él me ha soltado, así porque sí, que Holden es alérgico a los cacahuetes. El sándwich ni siquiera era de mantequilla de cacahuete y de mermelada.
—No es alérgico, lo finge porque no le gustan los frutos secos. —Se masajeó la sien—. Esta mañana me he despertado con un haiku sobre los codos de Malcolm. Holden me lo había enviado a las tres de la mañana.
—¿Era bueno?
Adam enarcó una ceja y ella volvió a reírse.
—Son…
—Lo peor. —Adam negó con la cabeza—. Pero creo que a Holden podría venirle bien. Tener a alguien a quien cuidar y que también lo cuide a él.
—A Malcolm también. Es solo que… me preocupa que tal vez él quiera más de lo que Holden está dispuesto a ofrecer…
—Créeme, Holden está más que dispuesto a que hagan la declaración conjunta para ahorrarse impuestos.
—Bien. Me alegro. —Sonrió. Y luego sintió que la sonrisa desaparecía tan rápido como había llegado—. Las relaciones no correspondidas no son… precisamente buenas.
«Lo sé muy bien. Y puede que tú también.»
Adam se miró las manos, sin duda pensando en la mujer que Holden había mencionado.
—No. No lo son.
Los celos eran un tipo de dolor extraño. Confuso, desconocido, algo a lo que no estaba acostumbrada. Medio cortante, medio desorientador y sin sentido, muy diferente al de la soledad que sentía desde los quince años.
Olive echaba de menos a su madre todos los días, pero con el tiempo había sido capaz de aprovechar ese dolor y convertirlo en motivación para el trabajo. En un propósito. Los celos, sin embargo… Esa pena no conllevaba ninguna ganancia. Solo ideas agitadas y algo que le oprimía el pecho cada vez que pensaba en Adam.
—Tengo que preguntarte una cosa —dijo él.
La seriedad de su tono la obligó a levantar la vista.
—Adelante.
—La persona a la que oíste hablar sobre ti ayer en el congreso…
Olive se tensó.
—Prefiero no…
—No voy a forzarte a hacer nada. Pero, fuera quien fuese, quiero… Creo que deberías plantearte denunciar.
Oh, Dios. «Dios.» ¿Era una especie de broma cruel?
—Mira que te gustan las denuncias, ¿eh? —Olive se rio una única vez, un débil intento de tomárselo con humor.
—Hablo en serio, Olive. Y, si decides que quieres hacerlo, te ayudaré en todo lo que pueda. Podría acompañarte a hablar con los organizadores de la SBD, o podríamos recurrir a la oficina del Título IX de Stanford…
—No. Yo… Adam, no. No voy a presentar una denuncia. —Se frotó los ojos con la punta de los dedos; se sentía como si todo aquello fuera una gigantesca y dolorosa broma de mal gusto. Pero Adam no tenía ni idea de nada. Él solo quería protegerla cuando lo único que Olive deseaba era…
protegerlo a él—. Ya lo he decidido. Haría más mal que bien.
—Sé por qué piensas así. A mí me pasaba lo mismo durante el doctorado, con mi mentor. Nos pasaba a todos. Pero hay formas de hacerlo.
Quienquiera que sea esa persona, se…
—Adam, no… —Se pasó una mano por la cara—. Necesito que dejes el tema. Por favor.
La estudió en silencio durante varios minutos y luego asintió.
—De acuerdo. Vale. —Se apartó de la pared y se enderezó, a todas luces renuente a dejar el tema, pero esforzándose por respetar la decisión de Olive
—. ¿Quieres que vayamos a cenar? Hay un restaurante mexicano cerca. O
sushi… sushi de verdad. Y un cine. Quizá haya una o dos películas en las que no mueran caballos.
—No tengo… No tengo hambre, la verdad.
—Ah. —Su expresión se tornó burlona. Amable—. No sabía que eso era posible.
—Yo tampoco. —Se rio sin ganas y se obligó a continuar—. Hoy es 29
de septiembre.
Un segundo de silencio. Adam la observó, paciente y curioso.
—Sí.
Olive se mordió el labio inferior.
—¿Sabes qué ha decidido el presidente respecto a tus fondos?
—Ah, sí. Van a desbloqueármelos. —Parecía feliz, le brillaban los ojos de una manera casi infantil. A Olive se le rompió un poco el corazón—. Iba a contártelo esta noche durante la cena.
—Es fantástico. —Consiguió esbozar una sonrisa, aunque pequeña y patética en su creciente ansiedad—. Es realmente fantástico, Adam. Me alegro por ti.
—Debe de haber sido tu dominio del protector solar.
—Sí. —La risa de Olive sonó falsa—. Tendré que añadirlo al CV. Novia falsa con amplia experiencia. Microsoft Office y excelente dominio del protector solar. Disponible para incorporación inmediata, solo ofertas serias.
—Inmediata no. —La miró con curiosidad. Con ternura—. No estarás disponible durante un tiempo, diría yo.
El peso, el que sentía en el estómago desde que se había dado cuenta de lo que debía hacer, creció aún más. Vale… había llegado el momento. La coda. El instante en que todo terminaba. Olive podía hacerlo, iba a hacerlo, y después las cosas mejorarían muchísimo.
—Creo que debería estarlo. —Tragó saliva y la sintió como ácido en la garganta—. Disponible. —Escudriñó el rostro de Adam, notó su confusión y se aferró al dobladillo de su jersey—. Nos pusimos un plazo, Adam. Y
hemos logrado todo lo que queríamos. La relación de Jeremy y Anh es sólida…, incluso dudo que recuerden que Jeremy y yo salimos juntos. Y a ti te han desbloqueado los fondos y eso es genial. La verdad es que…
Le escocían los ojos. Los cerró con fuerza y consiguió contener las lágrimas. A duras penas.
«La verdad, Adam, es que tu amigo, tu colaborador, una persona a la que está claro que quieres y en la que confías, es horrible y despreciable. Me dijo cosas que quizá sean verdad, o tal vez mentira, no lo sé. No estoy segura. Ya no estoy segura de nada y me encantaría poder preguntártelo a ti,
me muero de ganas de hacerlo. Pero me aterra que Tom tenga razón y que no me creas. Y me aterra aún más que me creas y que lo que te cuente te obligue a renunciar a algo que es muy importante para ti: tu amistad y tu trabajo con él. Me aterra todo, como ves. Así que, en lugar de decirte esa verdad, te diré otra verdad. Una verdad que, creo, será la mejor para ti. Una verdad que me eliminará de la ecuación, pero que mejorará su resultado.
Porque empiezo a preguntarme si estar enamorada es esto: que no te importe hacerte pedazos para que la otra persona pueda permanecer entera.»
Inhaló con fuerza.
—La verdad es que nos ha ido genial. Y ya es hora de que lo dejemos.
—Por cómo separó los labios, por cómo la miró a los ojos con expresión desorientada, Olive se dio cuenta de que Adam todavía no había descifrado lo que le decía—. No creo que tengamos que decírselo explícitamente a nadie —continuó—. La gente dejará de vernos juntos y al cabo de un tiempo pensará que… que no ha salido bien. Que hemos roto. Y tal vez tú… —Esta era la parte más difícil. Pero Adam merecía escucharlo. Al fin y al cabo, él le había dicho lo mismo cuando creyó que estaba enamorada de Jeremy—. Te deseo lo mejor, Adam. En Harvard y… con tu verdadera novia. Con quienquiera que elijas. Me resulta inimaginable que alguien no corresponda a tus sentimientos.
Olive pudo señalar el momento exacto en que Adam lo entendió todo.
Pudo distinguir los sentimientos que se debatían en su rostro: la sorpresa, la confusión, una pizca de terquedad, una milésima de segundo de vulnerabilidad, y todas se fundieron en una expresión vacía, indescifrable.
Luego se fijó en su garganta y vio que tragaba.
—De acuerdo —dijo—. Vale.
Bajó la mirada hacia el suelo y se quedó absolutamente inmóvil mientras aceptaba, despacio, las palabras de Olive.
Ella dio un paso atrás y cambió el peso del cuerpo sobre los talones.
Desde fuera les llegó la melodía de llamada de un iPhone y, unos segundos después, alguien estalló en carcajadas. Ruidos normales, en un día normal.
Normal, todo esto.
—Es lo mejor —dijo Olive, porque el silencio entre ellos… Eso no lo podía soportar—. Es lo que acordamos.
—Haremos lo que quieras. —Su voz sonó ronca y él estaba… ausente.
Refugiado en algún rincón de sí mismo—. Lo que necesites.
—Jamás podré agradecerte lo suficiente todo lo que has hecho por mí.
No es solo lo de Anh. Cuando nos conocimos, me sentía muy sola y…
—Durante un momento, no pudo seguir adelante—. Gracias por todos los pumpkin spice lattes, y por lo de aquella electrotransferencia, y por esconder las ardillas disecadas cuando fui a tu casa, y…
No fue capaz de continuar, no sin atragantarse con sus propias palabras.
Ahora el escozor de los ojos le resultaba abrasador, amenazaba con desbordarse, así que asintió una vez, con decisión, un punto y aparte a esa frase que había dejado colgada sin final a la vista.
Y eso habría sido todo. Seguramente ese habría sido el final. Lo habrían dejado así si Olive no hubiera pasado junto a Adam camino de la puerta. Si él no la hubiera detenido agarrándole la muñeca con una mano. Si no hubiera retirado enseguida esa mano y se la hubiera mirado con expresión de espanto, como si estuviera escandalizado de haberse atrevido a tocarla sin pedirle permiso antes.
Si no le hubiera dicho:
—Olive. Si alguna vez necesitas algo, lo que sea. Cualquier cosa.
Cuando sea. Puedes acudir a mí. —Apretó la mandíbula como si hubiera más palabras, palabras que estaba guardándose dentro—. Quiero que acudas a mí.
Ella apenas se dio cuenta de que se limpiaba la humedad de la mejilla con el dorso de la mano, ni de que se acercaba a él. Fue su olor lo que la puso sobre alerta: a jabón y algo oscuro, sutil pero muy familiar para ella.
El cerebro de Olive lo tenía mapeado por completo, almacenado en todos y cada uno de sus sentidos. Desde los ojos hasta su casi sonrisa, desde las manos a su piel y su olor en las fosas nasales. Ni siquiera tuvo que pensar en lo que tenía que hacer, solo se puso de puntillas, le rodeó los bíceps con los dedos y lo besó suavemente en la mejilla. Sintió su piel suave, cálida y un poco rasposa; algo inesperado, pero no desagradable.
Una despedida apropiada, pensó. Adecuada. Aceptable.
Al igual que la mano de Adam subiendo hasta la parte baja de su espalda, atrayéndola hacia sí e impidiendo que volviera a posarse sobre los
talones; al igual que la forma en que él volvió la cabeza hasta que los labios de Olive dejaron de rozarle la piel de la mejilla. A ella se le entrecortó la respiración, un resuello contra la comisura de la boca de Adam, y durante unos preciosos segundos se limitó a saborearlo, a saborear el profundo placer que los recorría a ambos mientras cerraban los ojos y se dejaban ser sin más, ahí, el uno con el otro.
Silencioso. Tranquilo. Un último momento.
Entonces Olive abrió la boca y giró la cabeza, respirando contra sus labios:
—Por favor.
Adam gimió desde lo más profundo de su pecho. Pero fue ella la que salvó el espacio que los separaba, la que volvió el beso más profundo, la que enredó las manos en su pelo rozándole el cuero cabelludo con las uñas cortas. Ella fue la que lo apretó aún más contra sí y él fue quien la empujó contra la pared y le gimió en la boca.
Era aterrador. Aterrador, lo bien que la hacía sentir aquello. Lo fácil que sería no parar nunca. Dejar que el tiempo se estirase y desenredara, olvidarse de todo lo demás y permanecer en ese momento para siempre.
Pero Adam se apartó antes, sosteniéndole la mirada mientras intentaba recomponerse.
—Ha estado bien, ¿verdad? —preguntó Olive con una sonrisilla nostálgica.
Ni siquiera ella misma tenía muy claro a qué se refería. Tal vez a tener los brazos de Adam a su alrededor. Quizá a ese último beso. Tal vez a todo lo demás. El protector solar, las ridículas respuestas de Adam sobre su color favorito, las conversaciones tranquilas a altas horas de la noche… Todo había estado más que muy bien.
—Sí.
La voz de Adam sonaba demasiado profunda para ser la suya. Cuando la besó en la frente por última vez, Olive sintió que su amor por él se desbordaba más que un río durante una crecida.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo suavemente, los ojos bajos.
Él la dejó alejarse sin decir una sola palabra, así que se marchó.
Cuando Olive oyó el chasquido de la puerta que se cerraba tras ella, fue como si cayera desde una gran altura.
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