La hipótesis del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 8 de 25

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La hipótesis del amor

Capítulo siete

HIPÓTESIS: Habrá una correlación significativa y positiva entre la cantidad de crema solar vertida en mis manos y la intensidad de mis ganas de matar a Anh.

Había completado alrededor de un tercio del informe para Tom y ya tenía treinta y cuatro páginas a espacio sencillo, en Arial (11 puntos), sin justificar. Eran las once de la mañana y Olive llevaba trabajando en el laboratorio desde las cinco —analizando muestras de péptidos, redactando notas de protocolo, echando cabezaditas a escondidas mientras la máquina de PCR hacía su función— cuando Greg irrumpió en el laboratorio con cara de estar más que furioso.

Era algo raro, pero no demasiado. Greg ya era de por sí un poco temperamental y hacer el doctorado conllevaba un montón de arrebatos de ira en lugares semipúblicos en general por razones que, Olive era plenamente consciente de ello, le resultarían ridículas a cualquiera que nunca hubiera puesto un pie en el mundo académico. «Me han obligado a dar la asignatura de Introducción a la Biología por cuarta vez consecutiva; el artículo que necesito está colgado en una plataforma de pago; he tenido una reunión con mi directora de tesis y la he llamado “mamá” por error.»

Greg y Olive compartían directora de tesis, la doctora Aslan, y aunque siempre se habían llevado bien, nunca habían estado muy unidos. Olive había elegido una directora femenina con la esperanza de evitar al menos parte de la mezquindad con la que tan a menudo se trataba a las mujeres CTIM. Por desgracia, aun así fue a parar a un laboratorio donde solo había hombres, un entorno… de todo menos ideal. Por eso, cuando Greg entró, dio un portazo y estampó una carpeta contra su mesa, Olive no supo muy

bien qué hacer. Lo observó mientras se sentaba, todavía enfurruñado.

Chase, otro compañero de laboratorio, entró un momento después con cara de preocupación y se puso a darle palmaditas en la espalda con cautela.

Olive miró con anhelo sus muestras de ARN. Luego se acercó a la mesa de Greg y preguntó:

—¿Qué ha pasado?

Esperaba que la respuesta fuera: «Han dejado de producir mi reactivo» o

«Mi valor p es de 0,06» o «Matricularme en la escuela de posgrado ha sido un error, pero ahora es demasiado tarde para echarme atrás porque mi autoestima está inextricablemente ligada a mi rendimiento académico y

¿qué quedaría de mí si decidiera abandonar?».

En cambio, la contestación que obtuvo fue:

—El imbécil de tu novio, eso es lo que pasa.

A aquellas alturas, Adam y ella llevaban más de dos semanas de relación falsa: Olive ya no se sobresaltaba cuando alguien se refería a Carlsen como su novio. Aun así, las palabras de Greg le resultaron tan inesperadas y llenas de veneno que no pudo evitar responder:

—¿Quién?

—Carlsen. —Escupió el nombre como si fuera una maldición.

—Ah.

—Está en el tribunal de control de tesis de Greg —explicó Chase en un tono mucho más suave, pero sin atreverse a mirar a Olive a la cara.

—Ah. Vale. —Eso podía ser malo. Muy malo—. ¿Qué ha pasado?

—Me ha suspendido la propuesta.

—Mierda. —Olive se mordió el labio inferior—. Lo siento, Greg.

—Esto va a retrasarme un montón. Tardaré meses en revisarla y todo porque Carlsen tenía que ir y ponerse quisquilloso. Ni siquiera lo quería en mi tribunal; la doctora Aslan me obligó a añadirlo porque está obsesionada con esas mierdas computacionales suyas.

Olive se mordisqueó el interior de la mejilla mientras intentaba dar con algo elocuente que decir, aunque fracasó de manera estrepitosa.

—Lo siento mucho.

—Olive, ¿tú hablas con él de estas cosas? —preguntó Chase de pronto mirándola con desconfianza—. ¿Te había dicho que no iba a aprobar a

Greg?

—¿Qué? No. No, yo… —«Hablo con él quince minutos a la semana, ni uno más ni uno menos. Y, vale, lo he besado. Dos veces. Y me he sentado en su regazo. Una vez. Pero nada más. Y Adam… habla muy poco. En realidad, me gustaría que hablara más, porque no sé nada de él y me gustaría saber al menos algo.»— No, no me habla de esas cosas. Creo que iría contra las normas.

—¡Dios! —Greg dio una palmada contra el borde de la mesa y Olive dio un respingo—. Qué gilipollas es. Qué sádico de mierda.

Olive abrió la boca para… ¿para qué exactamente? ¿Para defender a Adam? Era cierto que era gilipollas. Ella lo había visto siendo gilipollas. En plena acción. Quizá no en los últimos tiempos, y quizá no con ella, pero, si hubiera querido contar con los dedos el número de conocidos que habían acabado llorando por culpa suya, pues… necesitaría las dos manos y luego los dedos de los pies. Y a lo mejor pedirle unos cuantos prestados a Chase, también.

—¿Te ha dicho por qué, al menos? ¿Qué tienes que cambiar?

—Todo. Quiere que cambie mi grupo de control y añada otro y eso hará que el proyecto me lleve diez veces más tiempo. Y con qué tono lo ha dicho, con qué aires de superioridad… Menudo arrogante.

Bueno. No era nada nuevo, a decir verdad. Olive se rascó la sien e intentó no suspirar.

—Es una mierda. Lo siento —repitió una vez más, puesto que no se le ocurría nada mejor y lamentaba de veras lo que le estaba pasando a Greg.

—Sí, bueno. —El chico se puso de pie y rodeó su mesa hasta detenerse frente a Olive—. Solo faltaba.

Ella se quedó helada. Debía de haber oído mal.

—¿Cómo dices?

—Eres su novia.

—A ver… —«En realidad, no.» Pero, aunque lo hubiera sido…—. Greg, solo estoy saliendo con él. No soy él. ¿Por qué iba a tener nada que ver con…?

—A ti todo esto te parece estupendo. Te parece bien que actúe así, como un imbécil al que se le ha subido el poder a la cabeza. Te importa una

mierda cómo trata a todos los alumnos del programa, porque, de lo contrario, te daría asco estar con él.

El tono de Greg la empujó a dar un paso atrás.

Chase levantó las manos en señal de paz y se interpuso entre ellos.

—Eh, un segundo. No nos pongamos…

—No soy yo quien te ha suspendido, Greg.

—Puede ser. Pero te da exactamente igual que la mitad del departamento viva aterrorizada por tu novio.

Olive sintió que la sangre le hervía de rabia.

—Eso no es cierto. Soy capaz de separar mis relaciones profesionales de mis sentimientos personales por él…

—Porque no te importa una mierda nadie que no seas tú misma.

—Eso es injusto. ¿Qué se supone que tengo que hacer?

—Conseguir que deje de suspender a la gente.

—Conseguir que… —balbuceó Olive—. Greg, ¿de verdad crees que eso es una respuesta racional a que Adam te haya…?

—Ah. Adam, ¿no?

Olive apretó los dientes.

—Sí. Adam. ¿Cómo debería llamar a mi novio para que te parezca bien a ti? ¿Profesor Carlsen?

—Si fueras una aliada medio decente para cualquiera de los doctorandos del departamento, dejarías a tu novio, no me jodas.

—Pero… ¿te das cuenta del poco sentido que tiene…?

Lo que no tenía sentido era terminar su frase, porque Greg ya había salido del laboratorio hecho una furia y dando un portazo, a todas luces indiferente a cualquier otra cosa que Olive quisiera añadir. La chica se pasó una mano por la cara, aturdida por lo que acababa de ocurrir.

—No es… No lo dice en serio. Lo tuyo, al menos —le dijo Chase mientras se rascaba la cabeza. Un buen recordatorio de que había estado allí delante, en la misma sala, durante toda la conversación. En primera fila.

Transcurrirían unos quince minutos antes de que todo el programa se enterara—. Greg tiene que doctorarse en primavera, al mismo tiempo que su esposa. Así ambos podrán pedir posdocs juntos. No quieren vivir separados, ya sabes.

Ella asintió; no lo sabía, pero podía imaginárselo. Parte de su enfado se disipó.

—Ya, bueno. —«Tratarme fatal no lo va a hacer avanzar más rápido en su trabajo de tesis», no añadió.

Chase suspiró.

—No es nada personal. Pero tienes que entender que nos resulte raro.

Porque Carlsen… Puede que no haya estado en ninguno de tus tribunales, pero debes de saber qué tipo de persona es, ¿no?

Olive no supo cómo responder.

—Y ahora estáis saliendo y… —Chase se encogió de hombros y esbozó una sonrisa nerviosa—. No tendría que ser una cuestión de elegir bando, pero a veces lo parece, ¿sabes?

Las palabras de Chase la persiguieron durante el resto del día. Olive pensó en ellas mientras sometía a sus ratones a los protocolos experimentales y, más tarde, mientras intentaba averiguar qué hacer con esos dos valores atípicos que dificultaban la interpretación de sus resultados. Lo rumió mientras volvía a casa en bicicleta, con el viento cálido calentándole las mejillas y alborotándole el pelo, y mientras se comía dos porciones de la pizza más triste de la historia. Malcolm llevaba ya varias semanas con un ataque de vida sana (no sé qué de cultivar el microbioma intestinal) y se negaba a reconocer que la base de coliflor no sabía bien.

De entre sus amigos, tanto Malcolm como Jeremy habían tenido encontronazos desagradables con Adam en el pasado, pero, tras la conmoción inicial, no parecían echarle en cara a Olive su relación con él.

No se había preocupado demasiado por los sentimientos de los demás doctorandos. Siempre había sido un poco solitaria, así que centrarse en la opinión de personas con las que apenas se relacionaba le parecía una pérdida de tiempo y energía. Sin embargo, tal vez hubiera un atisbo de verdad en lo que le había dicho Greg. Con ella, Adam había sido de todo menos imbécil, pero ¿la convertía en mala persona aceptar su ayuda mientras trataba de forma horrible a sus compañeros de promoción?

Olive estaba tumbada en su cama deshecha, mirando las estrellas que brillaban en la oscuridad. Hacía más de dos años que le había cogido la

escalera prestada a Malcolm y las había pegado con mucho cuidado en el techo; estaban empezando a despegarse y el gran cometa que había en la esquina, junto a la ventana, estaba a punto de caerse en cualquier momento.

Sin permitirse pensarlo demasiado, se levantó de la cama y rebuscó en los bolsillos de los vaqueros que se había quitado hasta que encontró su móvil.

Aún no había utilizado el número de Adam desde que este se lo había dado hacía unos días: «Si te surge cualquier cosa o tienes que cancelar una cita, me llamas. Es más rápido que mandar un correo». Cuando pulsó el icono azul que aparecía bajo su nombre, se abrió una pantalla blanca, un vacío sin historial de mensajes anteriores. A Olive le produjo una extraña sensación de ansiedad, hasta el punto de que escribió el mensaje con una mano mientras se mordía la uña del pulgar de la otra.

Olive: ¿Acabas de suspender a Greg?

Adam nunca usaba el móvil. Nunca. En las ocasiones en que había estado con él, Olive no lo había visto mirarlo ni una sola vez a pesar de que, con un laboratorio tan grande como el suyo, debía de recibir unos treinta correos electrónicos nuevos por minuto. La verdad, Olive ni siquiera estaba segura de que Carlsen tuviera móvil. A lo mejor era un extraño jipi contemporáneo y odiaba la tecnología. A lo mejor le había dado el número del teléfono fijo de su oficina y por eso le había dicho que lo llamara. A lo mejor no sabía utilizar las aplicaciones de mensajería instantánea y eso significaba que Olive nunca recibiría una respuesta de…

Le vibró la palma de la mano.

Adam: ¿Olive?

Entonces se dio cuenta de que, cuando Adam le había dado su número, ella se había olvidado de darle también el suyo. Eso quería decir que él no tenía forma de saber quién le estaba enviando los mensajes, así que el hecho de que lo hubiera acertado a la primera revelaba una intuición casi preternatural.

Qué puñetero.

Olive: Síp. Soy yo.

Olive: ¿Has suspendido a Greg Cohen? Me he encontrado con él después de su presentación. Estaba muy molesto.

«Conmigo. Por ti. Por esta estupidez que estamos haciendo.»

Hubo una pausa de alrededor de un minuto en la que, reflexionó Olive, quizá Adam estuviera riéndose maléficamente del inmenso dolor que le había causado a Greg. Luego respondió:

Adam: No puedo comentar contigo las reuniones de control de otros doctorandos.

Olive suspiró e intercambió una mirada cargada de intención con el zorro de peluche que Malcolm le había regalado cuando aprobó el examen de acceso.

Olive: No te estoy pidiendo que me cuentes nada. Ya me lo ha contado Greg. El caso es que me ha cargado el muerto a mí porque soy tu novia.

Olive: «Novia».

En la parte inferior de su pantalla aparecieron tres puntos. Luego desaparecieron y luego volvieron a aparecer. Y entonces, al fin, el teléfono de Olive vibró.

Adam: Los tribunales no suspenden a los alumnos. Suspenden la propuesta.

Olive resopló, medio deseando que él pudiera oírla.

Olive: Sí, bueno. Eso díselo a Greg.

Adam: Ya se lo he dicho. Le he explicado los puntos débiles de su estudio.

Revisará la propuesta teniéndolos en cuenta y después le firmaré la tesis.

Olive: Así que admites que eres tú quien está detrás de la decisión de suspenderlo.

Olive: O, mejor dicho, de suspenderle la propuesta.

Adam: Sí. En su estado actual, la propuesta no producirá resultados de valor científico.

Olive se mordió el interior de la mejilla mientras miraba el teléfono y se planteaba si continuar la conversación sería una idea terrible. Si lo que quería decir era demasiado. Entonces recordó cómo la había tratado Greg hacía un rato, murmuró un «A la mierda» y tecleó: Olive: ¿No crees que podrías haberle hecho esas críticas con más delicadeza?

Adam: ¿Por qué?

Olive: ¿Porque quizá así ahora no estaría tan cabreado?

Adam: Sigo sin entender por qué.

Olive: ¿En serio?

Adam: Mi trabajo no consiste en gestionar las emociones de tu amigo. Está en un programa de doctorado, no en primaria. Si se dedica al mundo académico, va a pasarse el resto de su vida ahogado en críticas que no van a gustarle. El cómo decida lidiar con ellas es asunto suyo.

Olive: Aun así, podrías intentar aparentar que no disfrutas retrasándole la obtención del título.

Adam: Eso es absurdo. Tiene que modificar su propuesta por la sencilla razón de que, tal como está ahora, lo aboca al fracaso. Tanto el resto del tribunal como yo le hemos ofrecido críticas que le permitirán generar conocimientos útiles. Es un científico en formación: debería valorar ese tipo de orientación, no molestarse por ella.

Olive apretó los dientes mientras tecleaba su respuesta.

Olive: Tienes que saber que suspendes a más gente que nadie. Y que tus críticas son innecesariamente crueles. Crueles del palo «dejo el doctorado ahora mismo y no quiero volver a saber nada de todo esto». Tienes que saber cómo te ven los doctorandos.

Adam: Pues no lo sé.

Olive: Hostil. E inaccesible.

Y eso era endulzarlo. «Eres gilipollas —quería decir Olive en realidad

—. Pero yo sé que puedes no serlo y no entiendo por qué conmigo eres tan distinto. No significo nada para ti, así que no tiene sentido que sufras un trasplante de personalidad cada vez que estás en mi presencia.»

Los tres puntos de la parte inferior de la pantalla ondearon durante diez segundos, veinte, treinta. Todo un minuto. Olive releyó su último mensaje y se preguntó si habría llegado el momento, si por fin habría ido demasiado lejos. Puede que Adam estuviera a punto de recordarle que recibir insultos por chat a las nueve de la noche de un viernes no formaba parte de su acuerdo de relación falsa.

Entonces apareció una burbuja azul que le llenó toda la pantalla.

Adam: Estoy haciendo mi trabajo, Olive. Que no consiste en ofrecer críticas con amabilidad ni en hacer que los doctorandos del departamento se sientan bien consigo mismos. Mi trabajo es formar a investigadores rigurosos que no publiquen basura inútil o dañina que haga retroceder nuestro campo. El mundo académico está lleno a rebosar de mala ciencia y de científicos mediocres. No podría darme más igual la imagen que tus amigos tengan de mí siempre y cuando su trabajo esté a la altura. Si quieren abandonar cuando se les dice que no lo está, que así sea. No todo el mundo tiene lo que hay que tener para ser científico, así que hay que cribar a los que no lo tienen.

Olive se quedó mirando el teléfono; detestaba lo insensible y despiadado que parecía Adam. El problema era que… Olive entendía perfectamente lo que le ocurría a Greg, porque ella había pasado por situaciones similares.

Puede que no con Adam, pero su experiencia global en el mundo académico CTIM estaba marcada por la duda, la ansiedad y el sentimiento de inferioridad. Se había pasado las dos semanas anteriores al examen de acceso sin apenas dormir, se planteaba a menudo si su miedo a hablar en público no le impediría desarrollar su carrera y el pánico a ser la persona más tonta de la sala era constante. Sin embargo, dedicaba la mayor parte de su tiempo y energía a intentar ser la mejor científica posible, a intentar abrirse camino y llegar a algo. La idea de que alguien despreciara su trabajo y sus sentimientos con tanta frialdad le llegó a lo más profundo, de ahí que su respuesta fuese tan inmadura, casi fetal.

Olive: Mira, que te den, Adam.

Se arrepintió de inmediato, pero, por alguna razón, no fue capaz de obligarse a enviar una disculpa. Hasta veinte minutos más tarde, no se dio cuenta de que Adam no iba a responder. En la parte superior de la pantalla le apareció la advertencia de que solo le quedaba un cinco por ciento de batería.

Con un suspiro profundo, Olive se levantó de la cama y recorrió la habitación con la mirada en busca del cargador.

—Ahora, a la derecha.

—Entendido. —Malcolm activó la palanca del intermitente con el dedo.

Una sucesión de clics invadió el coche minúsculo —. Hacia la derecha.

—No, no hagas caso a Jeremy. Gira a la izquierda.

Jeremy se echó hacia delante y le dio un puñetazo en el brazo a Anh.

—Malcolm, confía en mí. Anh no ha estado nunca en la granja. Está a la derecha.

—Google Maps dice que a la izquierda.

—Google Maps se equivoca.

—¿Qué hago? —Malcolm le echó un vistazo al espejo retrovisor esbozando una mueca—. ¿Izquierda? ¿Derecha? Ol, ¿qué hago?

En el asiento trasero, Olive apartó la vista de la ventanilla del coche y se encogió de hombros.

—Prueba a la derecha; si nos equivocamos, nos damos la vuelta y listo.

Le lanzó una rápida mirada de disculpa a Anh, pero Jeremy y ella estaban demasiado ocupados fingiendo que se asesinaban con los ojos como para darse cuenta.

Malcolm hizo un mohín.

—Vamos a llegar tarde. Ostras, cómo odio la tontería esta de los pícnics.

—Ya llevamos como… —Olive le echó un vistazo al reloj del coche—

una hora de retraso. Creo que podemos añadirle diez minutos.

«Solo espero que quede algo de comida.» Le sonaban las tripas desde hacía dos horas y era imposible que a los demás les hubiera pasado desapercibido.

Después de haber discutido con Adam tres días antes, se había sentido tentada de saltarse el pícnic. De encerrarse en el laboratorio y continuar con lo que llevaba haciendo todo el fin de semana: ignorar el hecho de que lo había mandado a la mierda, y con muy poco fundamento. No le habría ido nada mal invertir ese tiempo en trabajar en el informe de Tom; estaba resultando más complicado y largo de lo que había pensado en un principio, tal vez porque era incapaz de olvidarse de lo mucho que se jugaba y no paraba de repasar los análisis y de atormentarse con todas y cada una de las frases. Pero había cambiado de opinión en el último momento diciéndose que le había prometido a Adam que harían el paripé delante del jefe del

departamento. Sería injusto por su parte echarse atrás cuando él había cumplido más que con creces su parte del trato en lo que a convencer a Anh se refería.

Eso, por supuesto, en el muy improbable caso de que todavía quisiera tener algo que ver con Olive.

—No te preocupes, Malcolm —dijo Anh—. Terminaremos llegando en algún momento. Si alguien nos pregunta, le decimos que nos ha atacado un puma. Uf, ¿por qué hace tanto calor? Por cierto, he traído protector solar.

Del factor treinta y del cincuenta. De aquí no sale nadie sin echárselo.

En el asiento trasero, Olive y Jeremy intercambiaron una mirada de resignación, familiarizados de sobra con la obsesión de Anh por la crema solar.

El pícnic estaba en pleno apogeo cuando por fin lo encontraron, tan concurrido como la mayoría de las actividades académicas con comida gratis. Olive fue directa a las mesas y saludó a la doctora Aslan, que estaba sentada a la sombra de un roble gigante con otros miembros del profesorado. Su directora de tesis le devolvió el saludo, sin duda encantada de ver que su autoridad se extendía incluso más allá de las ochenta horas semanales que sus doctorandos pasaban ya en el laboratorio. Olive sonrió sin mucho convencimiento en un valeroso intento de no parecer resentida, cogió un racimo de uvas blancas y se metió una en la boca mientras paseaba la mirada por los prados.

Anh tenía razón. Ese mes de septiembre estaba siendo extraordinariamente caluroso. Había gente por todas partes: recostada en las sillas de jardín, tumbada en la hierba, entrando y saliendo de los graneros…

Todos disfrutando del buen tiempo. Algunas personas comían en platos de plástico sentadas a mesas plegables cerca de la casa principal y había al menos tres juegos en marcha: una versión del voleibol en la que los jugadores estaban colocados en círculo, un partido de fútbol y otro juego que implicaba un frisbi y más de una decena de tíos medio desnudos.

—¿A qué narices están jugando? —le preguntó a Anh.

Vio que el doctor Rodrigues placaba a alguien de Inmunología y volvió a mirar hacia las mesas casi vacías, horrorizada. Apenas quedaba nada. Olive quería un sándwich. Una bolsa de patatas fritas. Cualquier cosa.

—Al Ultimate, creo. No lo sé. ¿Te has puesto protector? Llevas una camiseta de tirantes y pantalones cortos, así que tienes que echarte.

Olive se comió otra uva.

—Cómo sois los estadounidenses con los deportes falsos, de verdad…

—Estoy casi segura de que en Canadá también hay torneos de Ultimate.

Pero ¿sabes qué no es falso?

—¿Qué?

—Los melanomas. Ponte crema.

—Vale, mamá. —Olive sonrió—. ¿Puedo comer algo antes?

—¿Comer qué? No queda nada. Bueno, ahí hay un poco de pan de maíz.

—Uf, qué bien. Pásamelo.

—No comáis pan de maíz, chicas. —La cabeza de Jeremy asomó entre Olive y Anh—. Jess me ha dicho que uno de primero de Farmacología ha estornudado encima. ¿Dónde está Malcolm?

—En el aparcamiento… Me cago. En la leche.

Olive dejó de escudriñar la mesa, alarmada por el tono de urgencia de Anh.

—¿Qué?

—Nada, solo que me cago en la leche.

—Sí, ya…

— Me cago en la leche.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque… me cago en la leche.

Olive miró a su alrededor para tratar de entender qué pasaba.

—¿Qué es…? Ah, ahí está Malcolm. ¿Habrá encontrado algo de comer?

—¿Ese es Carlsen?

Olive ya había echado a andar hacia Malcolm con la intención de encontrar algo comestible y saltarse toda la tontería del protector solar, pero, cuando oyó el nombre de Adam, se detuvo en seco. O quizá no fuera por el nombre de Adam, sino por la forma en que Anh lo había pronunciado.

—¿Qué? ¿Dónde?

Jeremy señaló al grupo que jugaba al frisbi.

—Es él, ¿no? ¿Ese que no lleva camiseta?

— Me cago en la leche —repitió Anh, cuyo vocabulario se había vuelto bastante limitado de repente a pesar de sus veintitantos años de educación reglada—. ¿Eso es una tableta de chocolate?

Jeremy estaba alucinado.

—Puede que incluso sean dos.

—¿Esos hombros son suyos? —preguntó Anh—. ¿Se ha hecho una operación de realce de hombros?

—Seguro que se la pagó con la beca MacArthur —contestó Jeremy—.

No creo que la naturaleza pueda generar unos hombros así.

—Madre mía, ¿ese pecho es de Carlsen? —Malcolm apoyó la barbilla en el hombro de Olive—. ¿Todo eso estaba debajo de su camisa mientras destrozaba mi propuesta de tesis? Ol. ¿Por qué no me habías dicho que estaba mazado?

Olive estaba paralizada, plantada en el suelo, con los brazos colgando inútilmente a los costados. «Porque no lo sabía. Porque no tenía ni idea.»

Aunque quizá sí se lo hubiera imaginado, un poco, después de verlo empujar la camioneta el otro día…, pese a que había intentado reprimir esa imagen mental en concreto.

—Increíble. —Anh le cogió la mano a Olive, le dio un tirón y le dio la vuelta para verterle una buena cantidad de loción en la palma—. Toma, ponte esto en los hombros. Y en las piernas. Y también en la cara. Seguro que eres de alto riesgo en todo tipo de mierdas de la piel, doña Pecas. Jer, tú también.

Olive asintió, aturdida, y comenzó a aplicarse el protector solar en los brazos y los muslos. Inhaló el olor del aceite de coco mientras se empeñaba con todas sus fuerzas en no pensar en Adam y en el hecho de que ese era su verdadero aspecto. Fracasó de forma estrepitosa, pero bueno…

—¿Existen estudios reales? —preguntó Jeremy.

—¿Eh?

Anh se estaba recogiendo el pelo en un moño.

—Sobre la relación entre las pecas y el cáncer de piel.

—No lo sé.

—Yo creo que debe de haberlos.

—Cierto. Ahora quiero saberlo.

—Un momento. ¿Aquí hay Wi-Fi?

—Ol, ¿tienes internet?

Olive se limpió las manos en una servilleta que parecía casi sin usar.

—Me he dejado el móvil en el coche de Malcolm.

Se apartó de Anh y Jeremy, que ahora estaban concentrados en la pantalla del iPhone de él, hasta tener una buena perspectiva sobre el grupo que jugaba al frisbi: catorce hombres y cero mujeres. Debía de ser por el exceso general de testosterona en los programas CTIM. Al menos la mitad de los jugadores eran profesores o posdocs. Adam, por supuesto, y Tom, y el doctor Rodrigues, y varios más de Farmacología. Todos igual: sin camiseta. Bueno, no. De igual nada. Adam no tenía igual.

Olive no era así. De verdad que no. Podía contar con los dedos de una mano el número de chicos por los que se había sentido tan visceralmente atraída. En realidad…, con un dedo. Y, en ese momento, dicho chico iba corriendo hacia ella, porque Tom Benton, que Dios lo bendijera, acababa de lanzar el frisbi con mucha torpeza y ahora el disco descansaba sobre la hierba a unos tres metros de Olive. Y daba la casualidad de que Adam, el Adam sin camiseta, era el que estaba más cerca de donde había caído.

—Hala, fíjate en este artículo.

Jeremy parecía emocionado.

—Khalesi et al., 2013. Es un metaanálisis. «Marcadores cutáneos de fotodaño y riesgo de carcinoma de células basales». En Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention. —Jeremy apretó el puño en señal de victoria—. Olive, ¿lo has oído?

No. No lo había oído. Estaba más centrada en intentar vaciarse el cerebro y los ojos. De su novio falso y del dolor repentino y cálido que sentía en el vientre. Solo deseaba estar en otra parte. Quedarse ciega y sorda durante un rato.

—Escucha esto: «Los lentigos solares mostraron asociaciones débiles pero positivas con el carcinoma de células basales, con una razón de momios de uno coma cinco». Vale, esto no me gusta. Jeremy, sujeta el teléfono. Voy a darle más protector solar a Olive. Toma, este es de factor cincuenta; debe de ser el que necesitas.

Olive consiguió apartar la mirada del pecho de Adam, que ya estaba alarmantemente cerca, y darse la vuelta para alejarse de Anh.

—Espera. Ya me lo he echado.

—Ol —dijo Anh en ese tono sensato y maternal que empleaba cada vez que Olive cometía un desliz y confesaba que casi siempre contaba las patatas fritas como raciones de verduras o que lavaba la ropa blanca y la de color a la vez—. Ya conoces la bibliografía.

—No conozco la bibliografía, y tú tampoco, solo conoces una línea de un resumen y…

Anh volvió a agarrarle la mano a Olive y le echó medio litro de crema en la palma. Tanta que Olive tuvo que recurrir también a la mano izquierda para evitar que se le derramara… Y así se quedó, ahí plantada como una idiota, con las manos ahuecadas como las de una pedigüeña y medio ahogada en protector.

—Perfecto. —Anh sonrió muy animada—. Ahora ya puedes protegerte del carcinoma de células basales. Que, la verdad, suena fatal.

—Pues… —Olive se habría dado coscorrones de desesperación con los nudillos si hubiera tenido libertad para mover las extremidades superiores

—. Odio el protector solar. Es pegajoso y me hace oler a piña colada y…

Me has echado demasiado.

—Tú ponte toda la que te absorba la piel. Sobre todo en las zonas con pecas. Y el resto lo compartes con alguien.

—Vale. Entonces, coge tú un poco, Anh. Y tú también, Jeremy. Eres pelirrojo, por el amor de Dios.

—Pero un pelirrojo sin pecas. —Sonrió con orgullo, como si acabara de crear su genotipo él solito—. Y ya me he puesto una tonelada. Gracias, cariño.

Se agachó para darle a Anh un breve beso en la mejilla, que estuvo a punto de convertirse en una sesión de magreo.

Olive intentó no suspirar.

—Chicos, ¿qué hago con esto?

—Busca a alguien a quien dárselo. ¿Dónde está Malcolm?

Jeremy resopló.

—Ahí, con Jude.

—¿Jude?

Anh frunció el ceño.

—Sí, ese que está en quinto año de Neuro.

—¿El médico que se está doctorando? ¿Están saliendo o…?

—Chicos. —Olive tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar—. No puedo moverme. Por favor, arreglad el desastre que me habéis montado con el protector solar.

—Ostras, Ol. —Anh puso cara de aburrimiento—. Qué dramática eres a veces. Espera… —Le hizo un gesto a alguien que había detrás de Olive y, cuando habló, lo hizo levantando mucho la voz—. ¡Eh, doctor Carlsen! ¿Se ha puesto ya crema solar?

En un microsegundo, el cerebro entero de Olive estalló en llamas… y luego quedó reducido a un montoncito de cenizas. Así, sin más, cien mil millones de neuronas, un billón de células gliales y quién sabe cuántos mililitros de líquido cefalorraquídeo dejaron de existir. Al resto de su cuerpo tampoco debía de irle muy bien, porque Olive sintió en tiempo real que dejaban de funcionarle todos los órganos. Desde que había conocido a Adam, Olive había deseado unas diez veces caer muerta en el acto, que la tierra se abriera y se la tragara entera, que se produjera un cataclismo y la liberara de la vergüenza de sus interacciones. Esta vez, sin embargo, lo que sentía era que quizá el mundo se terminara de verdad.

«No te des la vuelta —le dijo lo que le quedaba de sistema nervioso central—. Finge que no has oído a Anh. Haz que esto no haya existido.»

Pero era imposible. Se había formado una especie de triángulo entre Olive, Anh, que estaba delante de ella, y Adam, que probablemente

—seguramente— estaba detrás de ella. Olive no tenía escapatoria. Ninguna escapatoria. Y menos cuando Adam, que de ninguna de las maneras se imaginaba la depravación de los pensamientos de Anh, que de ninguna de las maneras alcanzaba a ver el cubo de crema solar que se había ido a vivir a las manos de Olive, respondió:

—No.

Vaya. Mierda.

Olive se volvió y allí estaba él: sudoroso, con un frisbi en la mano izquierda y sin camiseta. Sin ni siquiera un poquito de camiseta.

—¡Perfecto! —exclamó Anh, que no podía parecer más contenta—.

Olive tiene demasiada y no sabe qué hacer con ella. ¡Que le dé un poco!

No. No, no, no.

—No puedo —siseó Olive—. Sería muy inapropiado.

—¿Por qué? —Anh la miró con aire inocente—. Yo siempre le pongo la crema a Jeremy. Mira. —Se vertió un chorro de protector en la mano y se la estampó a Jeremy en la cara de cualquier manera—. Le estoy echando protector a mi novio. Porque no quiero que le salga un melanoma. ¿Es

«inapropiado»?

Olive iba a matarla. Olive iba a obligarla a lamer hasta la última gota del puñetero protector solar y a observarla mientras se retorcía de dolor y sufría una muerte lenta por intoxicación de oxibenzona.

Aunque más tarde, claro. Por el momento, tenía a Adam contemplándola con una expresión del todo indescifrable, y Olive se habría disculpado, se habría metido debajo de la mesa, lo habría saludado, al menos…, pero lo único que era capaz de hacer era mirarlo de arriba abajo y fijarse en que, aunque la última vez que habían hablado ella lo había insultado, Adam no parecía estar enfadado. Solo pensativo y algo confundido mirando primero la cara de Olive y luego el pequeño lago de pringue blanco que ahora vivía en sus manos. Debía de estar tratando de averiguar si había alguna forma de librarse del último puto desastre… Al final se limitó a darse por vencido.

Asintió una sola vez, de manera casi imperceptible, y se volvió. Los músculos de la espalda se le tensaron cuando le lanzó el frisbi al doctor Rodrigues y le gritó:

—¡Voy a descansar cinco minutos!

Y eso, supuso Olive, significaba que iban a hacerlo. Por supuesto que sí, qué coño. Porque esa era su vida y esas eran sus pésimas, estúpidas y descabelladas decisiones.

—Hola —le dijo Adam cuando estuvieron más cerca.

Se fijó en las manos de la chica, en que debía tenerlas extendidas delante del cuerpo como una suplicante. A Olive no le cabía ninguna duda de que, a su espalda, Anh y Jeremy los estaban observando.

—Hola.

Ella llevaba chanclas y él unas zapatillas de deporte, así que… siempre era alto, pero en aquel momento se alzaba sobre ella como una torre. Los ojos de Olive quedaban justo a la altura de sus pectorales, y… «No.

Nonono. Nada de eso.»

—¿Te das la vuelta, por favor?

Adam dudó un momento, pero luego lo hizo, aunque no era típico de él ser tan obediente. Y aquello acabó resolviendo nada más y nada menos que cero de los problemas de Olive, ya que la espalda de aquel hombre no era ni por asomo menos ancha o impresionante que su pecho.

—¿Puedes, eh… agacharte un poco?

Adam bajó la cabeza hasta que los hombros le quedaron a una altura…

aún anormalmente alta, pero algo más fácil de alcanzar. Cuando Olive levantó la mano derecha, parte de la crema cayó al suelo —«Donde tendría que estar», pensó, despiadada—, y de pronto estaba haciéndolo, estaba haciendo algo que jamás habría pensado que haría en la vida. Ponerle crema a Adam Carlsen.

No era la primera vez que lo tocaba. Por lo tanto, no debería haberse sorprendido de lo duros que tenía los músculos ni de la firmeza de su carne.

Olive lo recordó empujando la camioneta, imaginó que en el gimnasio debía de levantar el triple de lo que ella pesaba y luego se dio la orden de parar, porque, desde luego, ese hilo de pensamiento no era apropiado. Aun así, quedaba el pequeño problema de que no había nada que se interpusiera entre su mano y la piel de Adam. La tenía caliente por el sol, le notaba los hombros relajados e inmóviles bajo los dedos. A pesar de que estaban en público, estaba tan cerca de él que Olive se sentía como si aquello fuera algo íntimo.

—Bueno… —Tenía la boca seca—. Tal vez sea un buen momento para comentarte lo mucho que lamento que nos veamos atrapados en estas situaciones una y otra vez.

—No pasa nada.

—Ya, pero lo siento mucho.

—No es culpa tuya. —Habló con un dejo de crispación.

—¿Estás bien?

—Sí.

Adam asintió, aunque el movimiento resultó tenso. Y eso hizo que Olive se diera cuenta de que quizá no estuviera tan relajado como había pensado en un principio.

—¿Cuánto odias esto, en una escala de uno a «correlación igual a causalidad»?

Él la sorprendió riéndose un poco, aunque seguía pareciendo tenso.

—No lo odio. Y no es culpa tuya.

—Porque sé que esto es lo peor del mundo y…

—No lo es, Olive. —Se volvió un poco para mirarla a los ojos, con una mezcla de diversión y esa rigidez extraña—. Estas cosas no van a dejar de pasar.

—Ya.

Adam le rozó la palma de la mano izquierda con los dedos al robarle un poco de crema para aplicársela en la parte delantera. Y menos mal que lo hizo, porque Olive no tenía ninguna gana de untarle crema en el pecho delante del setenta por ciento de los alumnos de su programa de doctorado… Por no hablar de su jefa, porque seguro que la doctora Aslan no les quitaba el ojo de encima. O a lo mejor no era así. En cualquier caso, Olive no tenía ni la menor intención de volverse para comprobarlo. Prefería vivir en la maldita, más que bendita, ignorancia.

—Sobre todo porque te juntas con gente muy entrometida.

Olive rompió a reír.

—Lo sé. Créeme, ahora mismo me estoy arrepintiendo muchísimo de haberme hecho amiga de Anh. Hasta me estoy planteando asesinarla, la verdad. —Pasó a ponerle crema en los omóplatos. Tenía un montón de lunares pequeños y pecas y Olive se preguntó hasta qué punto sería inapropiado que los utilizara para jugar a unir los puntos con los dedos. Se imaginaba las increíbles imágenes que revelaría—. Pero, oye, los beneficios a largo plazo de la protección solar están científicamente demostrados. Y, además, estás bastante blanco. Venga, agáchate un poco más para que te dé en el cuello.

—Ajá.

Se colocó delante de él para llegarle a la parte delantera de los hombros.

Era tan corpulento que iba a tener que gastar toda la dichosa crema. Tal vez

incluso tuviera que pedirle más a Anh.

—Al menos el jefe del departamento está viendo el numerito. Y diría que tú te lo estás pasando bien. —Adam la miró de reojo mientras le extendía el protector solar por las clavículas. Olive sintió que le ardían las mejillas—. No, me refiero a que… No que te lo estés pasando bien porque yo… Quería decir que parece que te diviertes jugando al frisbi. O lo que sea eso.

Carlsen hizo una mueca.

—Es mejor que las charlas sobre el tiempo, sin duda.

A Olive se le escapó una carcajada.

—Tiene lógica. Seguro que por eso estás tan en forma. Cuando eras pequeño hacías mucho deporte porque así te librabas de hablar con la gente.

También explica por qué ahora que eres adulto tienes una personalidad tan…

Olive se calló enseguida.

Adam enarcó una ceja.

—¿Hostil e inaccesible?

«Porras.»

—No dije eso.

—Solo lo escribiste.

—Perdón. Lo siento mucho. No pretendía… —Apretó los labios, nerviosa. Y luego se dio cuenta de que a Adam se le arrugaban las comisuras de los ojos—. Idiota.

Lo pellizcó con suavidad en la parte inferior del brazo. Él dio un grito y sonrió con más ganas, lo que la llevó a preguntarse cómo reaccionaría Carlsen si se vengara escribiéndole su nombre con crema solar en el pecho, lo justo para que se bronceara un poco alrededor. Intentó imaginarse la cara que pondría cuando se quitara la camiseta y se encontrase las cinco letras impresas en la piel al mirarse en el espejo del baño. La expresión que pondría. Si las acariciaría con la punta de los dedos.

«Loca —se dijo Olive—. Todo este asunto te está volviendo loca. Vale, es guapo y te resulta atractivo. Pues vaya cosa. ¿Y qué?»

Le pasó las manos ya casi sin crema por las columnas que tenía como bíceps y dio un paso atrás.

—Listo, doctor Hostil.

Olía a sudor fresco, a él y a coco. Olive no volvería a hablar con él hasta el miércoles y no tenía ni idea de por qué esa idea le provocaba una extraña punzada de dolor en el pecho.

—Gracias. Y agradéceselo también a Anh, supongo.

—Ya. ¿Qué crees que nos hará hacer la próxima vez?

Hizo un gesto de indiferencia.

—¿Agarrarnos de la mano?

—¿Meternos fresas en la boca el uno al otro?

—Esa ha sido buena.

—A lo mejor nos lo pone más difícil.

—¿Fingir que nos casamos?

—¿Fingir que nos compramos una casa?

—¿Fingir que firmamos el papeleo de la hipoteca?

Olive se rio de nuevo y Adam la miró con una bondad, una curiosidad y una paciencia que… Debía de estar alucinando. No estaba bien de la cabeza. Tendría que haberse llevado una gorra para el sol.

—Hola, Olive.

Se forzó a dejar de mirar a Adam y vio que Tom se acercaba a ellos.

También iba sin camiseta, y también estaba claramente en forma y tenía una enorme cantidad de abdominales lo bastante definidos como para que resultara fácil contarlos. Y, sin embargo, por algún motivo, a Olive no le afectó lo más mínimo.

—Hola, Tom. —Sonrió, aunque la interrupción la había fastidiado un poco—. Me encantó tu charla del otro día.

—Estuvo bien, ¿verdad? ¿Te ha contado Adam lo de nuestro cambio de planes?

Olive lo miró con aire inquisitivo.

—¿Cambio de planes?

—Hemos avanzado mucho con la beca, así que la semana que viene nos vamos a Boston para terminar de preparar las cosas de la parte de Harvard.

—Vaya, qué bien. —Se volvió hacia Adam—. ¿Cuánto tiempo pasarás fuera?

—Solo unos días.

Lo dijo en tono tranquilo. Olive sintió alivio al saber que no iba a ser mucho tiempo. Por razones indiscernibles.

—¿Te daría tiempo a enviarme el informe el sábado, Olive? —preguntó Tom—. Así tendría el fin de semana para mirármelo y lo comentaríamos mientras aún estuviera aquí.

Una oleada de pánico y señales chillonas de alerta roja le invadió el cerebro, pero consiguió mantener la sonrisa.

—Sí, claro. Te lo enviaré el sábado. —Ay Dios. Ay Dios. Iba a tener que trabajar las veinticuatro horas del día. No iba a dormir nada en toda la semana. Iba a tener que llevarse el portátil al baño y escribir mientras meaba—. No hay problema —añadió para hundirse aún más en la mentira.

—Perfecto. —Tom le guiñó un ojo, aunque puede que solo los entornara para protegerse del sol—. ¿Vas a volver a jugar? —le preguntó a Adam y, cuando este asintió, Tom se dio la vuelta y se encaminó de nuevo hacia el grupo del frisbi.

Carlsen titubeó solo un segundo más, luego le hizo un gesto con la cabeza a Olive y se marchó. La joven hizo un enorme esfuerzo por no mirarle la espalda mientras Adam se reunía otra vez con sus compañeros de equipo, que parecieron alegrarse mucho de volver a contar con él. Estaba claro que el deporte era otra de las cosas en las que Adam Carlsen sobresalía. Qué injusticia.

No tuvo ni que darse la vuelta para saber que Anh, Jeremy y casi todos los demás los habían estado observando con atención durante los últimos cinco minutos. Cogió una lata de agua con gas de la nevera más cercana, se recordó que eso era justo lo que perseguían con el acuerdo y luego fue a sentarse a la sombra de un roble junto a sus amigos; tanto lío con la dichosa crema y ahora estaban sentados a la sombra. Qué sorpresa.

Ya ni siquiera tenía tanta hambre, un pequeño milagro por cortesía de tener que aplicarle protector solar a su novio falso de manera muy pública.

—Bueno, ¿cómo es? —preguntó Anh.

Estaba tumbada con la cabeza sobre el regazo de Jeremy. A su lado, Malcolm no apartaba la vista de los jugadores de frisbi, probablemente embelesado por lo guapo que estaba Holden Rodrigues bajo el sol.

—¿Eh?

—Carlsen. Uy, en realidad… —Anh sonrió con expresión burlona—, quería decir Adam. Lo llamas Adam, ¿no? ¿O prefieres doctor Carlsen? Si hacéis juegos de rol sexuales con uniformes de colegiala y reglas, quiero que me lo cuentes todo con pelos y señales.

—Anh.

—Sí, ¿cómo es Carlsen? —quiso saber Jeremy—. Supongo que es distinto contigo. ¿O a ti también te dice una y otra vez que la fuente de tus rótulos de los ejes X e Y es tan pequeña que resulta irritante?

Olive sonrió, medio escondida tras las rodillas, porque no le costaba nada imaginarse a Adam diciendo algo así. Casi lo oía en su cabeza.

—No. Al menos de momento.

—Entonces, ¿cómo es?

Abrió la boca para responder, pensando que sería fácil. Por supuesto, fue de todo menos fácil.

—Es… Bueno, ya sabéis.

—No, no lo sabemos —dijo Anh—. Debe de tener algo más de lo que aparenta a primera vista. Siempre está malhumorado, negativo y enfadado y…

—No —interrumpió Olive. Y luego se arrepintió un poco, porque lo que había dicho no era del todo cierto—. A veces sí. Pero a veces no.

—Si tú lo dices. —Anh no parecía muy convencida—. ¿Cómo empezasteis a salir? No me lo has contado nunca.

—Ah. —Olive apartó la mirada y la dejó vagar a su alrededor. Adam debía de haber hecho algo importante justo entonces, porque el doctor Rodrigues y él estaban chocando los cinco. Se dio cuenta de que Tom la estaba observando desde el campo y lo saludó con una sonrisa—. Pues nada, solo hablamos. Y luego nos tomamos un café. Y luego…

—Pero ¿cómo es posible que ocurra algo así? —interrumpió Jeremy, a todas luces escéptico—. ¿Cómo decides decir que sí a una cita con Carlsen?

Antes de verlo semidesnudo, al menos.

«Lo besas. Lo besas y luego, antes de que te des cuenta, te está salvando el culo y comprándote bollos y llamándote listilla en un tono extrañamente cariñoso e, incluso cuando se comporta como el capullo malhumorado que

es, no te parece tan malo. No te parece malo en absoluto. Y entonces lo mandas a la mierda por teléfono y seguro que lo fastidias todo.»

—Pues me invitó a salir. Y yo le dije que sí.

Aunque estaba claro que era mentira. Alguien con una publicación en Lancet y unos músculos así de definidos en la espalda jamás le pediría salir a alguien como Olive.

—O sea, ¿que no os conocisteis en Tinder?

—¿Qué? No.

—Porque eso es lo que comenta la gente.

—No tengo Tinder.

—¿Y Carlsen?

No. Tal vez. ¿Sí? Olive se masajeó las sienes.

—¿Quién va diciendo por ahí que nos conocimos en Tinder?

—En realidad, se rumorea que os conocisteis en Craigslist —dijo Malcolm, distraído, mientras saludaba a alguien con la mano.

Olive siguió la mirada de su amigo y se dio cuenta de que no le quitaba el ojo de encima a Holden Rodrigues… que sonrió y le devolvió el saludo.

Olive frunció el ceño. Luego analizó lo que Malcolm acababa de decir.

— ¿Craigslist?

Malcolm se encogió de hombros.

—No digo que me lo crea.

—¿Quién es la gente? ¿Y por qué narices tienen que hablar de nosotros?

Anh levantó una mano para darle una palmadita en el hombro a Olive.

—No te preocupes, los chismorreos sobre lo vuestro desaparecieron cuando la doctora Moss y Sloane discutieron en público porque la gente tira las muestras de sangre al baño de mujeres. Bueno, desaparecieron casi por completo. Oye. —Se sentó y le pasó un brazo por los hombros; después tiró de ella y la estrechó contra sí. Anh olía a coco. Dichoso protector solar—.

Relájate. Sé que hay gente que se ha puesto rara con esto, pero Jeremy, Malcolm y yo nos alegramos mucho por ti, Ol. —Anh le dedicó una sonrisa tranquilizadora y Olive sintió que se relajaba—. Sobre todo porque por fin has echado un polvo.

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