La hipótesis del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 18 de 25

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La hipótesis del amor

Capítulo diecisiete

HIPÓTESIS: Cuando crea que he tocado fondo, alguien me pasará una pala. Lo más seguro es que ese alguien sea Tom Benton.

Olive se quedó dormida tras la primera vez y soñó con muchas cosas extrañas y sin sentido. Makis con forma de araña. La primera nevada del último año que pasó con su madre en Toronto. Los hoyuelos de Adam. La mueca de desdén de Tom Benton cuando le escupió las palabras «historieta lacrimógena». Adam, de nuevo, esta vez serio, pronunciando el nombre de Olive de esa manera única.

Entonces notó que el colchón se hundía y oyó el ruido de algo que se posaba en la mesilla de noche. Abrió los ojos parpadeando, despacio, desorientada en la penumbra de la habitación. Adam estaba sentado en un lado de la cama, colocándole un mechón de pelo tras la oreja.

—Hola.

Olive sonrió.

—Hola.

Estiró una mano para tocarle el muslo a través de los pantalones que al final no había llegado a quitarse del todo. Seguía estando caliente, firme.

Seguía ahí.

—¿Cuánto rato he dormido?

—No mucho. Puede que media hora.

—Ah. —Se estiró un poco sobre el colchón, levantando los brazos por encima de la cabeza, y se fijó en el vaso de agua fresca que había en la mesita de noche—. ¿Es para mí?

Él asintió, se lo pasó y Olive se incorporó apoyándose sobre un codo para bebérselo. Le sonrió en señal de agradecimiento. Notó que Adam demoraba la mirada en sus pechos, aún irritados y doloridos por efecto de su boca, y luego la desviaba hacia sus propias manos.

«Oh.» Quizá, ahora que ya se habían acostado («Y no ha estado nada mal —pensó Olive—, ha sido increíble; aunque ¿quién sabe lo que opina Adam?»), necesitaba espacio. A lo mejor quería tener su propia almohada.

Le devolvió el vaso vacío y se sentó en la cama.

—Mejor me voy a mi cama.

Él sacudió la cabeza con una intensidad que sugería que no quería que se fuera ni a ningún sitio ni nunca. Le rodeó la cintura con fuerza con la mano libre, como si quisiera atarla a él.

A Olive no le importó.

—¿Estás seguro? Sospecho que podría ser una acaparadora de mantas.

—No pasa nada. Soy caluroso. —Le apartó un mechón de pelo de la frente—. Y, según alguien, tengo pinta de roncar.

Olive ahogó un grito para fingir indignación.

—¿Cómo se atreven? Dime quién te lo ha dicho y te vengaré personalmente… —Soltó un chillido cuando Adam le puso el vaso helado en el cuello y luego estalló en carcajadas, levantó las rodillas y trató de alejarse de él retorciéndose—. Perdón, ¡no roncas! Duermes como un príncipe.

—Eso ya está mucho mejor.

Dejó el vaso en la mesita de noche, apaciguado, pero Olive continuó aovillada, con las mejillas sonrojadas y la respiración agitada tras intentar defenderse de él. Adam estaba sonriendo. Y con hoyuelos, además. Era la misma sonrisa que había esbozado antes contra el cuello de Olive, contra su piel, la que le había hecho cosquillas y la había hecho reír.

—Siento lo de los calcetines, por cierto. —Hizo una mueca—. Sé que es un tema controvertido.

Adam bajó la mirada hacia la tela de color arcoíris que le cubría las pantorrillas a Olive.

—¿Los calcetines son controvertidos?

—Los calcetines en sí no. Dejártelos puestos mientras te acuestas con alguien.

—¿En serio?

—Totalmente en serio. Al menos según el número de Cosmopolitan que guardamos en casa para matar cucarachas.

Él se encogió de hombros, como un hombre que no se rebajaría a leer nada que no fuera el New England Journal of Medicine y, quizá, el Boletín de empujadores de camionetas.

—¿Por qué iba a importar lo de los calcetines?

—Tal vez porque no quieren acostarse con alguien que tenga los dedos horribles y desfigurados sin siquiera saberlo.

—¿Tienes los dedos desfigurados?

—Son grotescos. Dignos de un circo. Antitéticos al sexo. Son casi como llevar un anticonceptivo incorporado.

Adam suspiró; estaba claro que le había hecho gracia. Le estaba costando mantener su pose malhumorada, melancólica e intensa, y eso a Olive le encantaba.

—Te he visto un montón de veces en chanclas. Cosa que, por cierto, no se ajusta a las normas del laboratorio.

—Debes de estar equivocado.

—En serio.

—No me gusta lo que insinúa, doctor Carlsen. Me tomo muy en serio las directrices de salud y seguridad ambiental de Stanford y… ¿Qué estás…?

La sobrepasaba tanto en tamaño que era capaz de sujetarla poniéndole una sola mano en el vientre mientras le quitaba los calcetines a la fuerza con la otra y, por alguna razón, Olive disfrutó de hasta el último momento del proceso. Se resistió con todas sus fuerzas y puede que a Adam incluso le salieran un par de moratones al día siguiente, pero, cuando al final consiguió quitárselos, Olive estaba sin aliento de tanto reírse. Adam le acarició los pies con reverencia, como si pensara que eran delicados y que tenían una forma perfecta en lugar de pertenecer a alguien que corría dos maratones al año.

—Tenías razón —dijo. Con la respiración entrecortada, Olive lo miró con curiosidad—. Tienes unos pies bastante horribles.

—¿Qué? —Olive resolló y se zafó de él; lo empujó por el hombro hasta que terminó tumbado de espaldas debajo de ella. Seguro que, con lo gigante que era, podría habérsela quitado de encima sin problema, y, sin embargo…

—. Retíralo.

—Pero si lo has dicho tú antes.

—Retíralo. Mis pies son preciosos.

—En un sentido horrible, tal vez.

—Eso no existe.

El aliento de la risa de Adam le rozó la mejilla con calidez.

—Seguro que hay una palabra alemana que significa eso: «Bonito pero excepcionalmente feo».

Ella le mordió el labio lo justo para que lo notara y Adam pareció perder ese dominio que siempre tenía sobre sí mismo. De pronto dio la impresión de querer más, se volvió hasta que Olive quedó debajo de él y transformó el mordisco en un beso. O tal vez fuera la propia Olive, ya que ahora estaba lamiéndole el labio con la lengua, justo donde acababa de hacer que le doliera.

Tenía que pedirle que parara. Estaba sudada y pegajosa; debería excusarse e ir a darse una ducha. Sí, eso sonaba a buen protocolo sexual.

Pero sentía a Adam cálido y fuerte, con la piel encendida. Olía delicioso, incluso a pesar de todo lo que habían hecho, así que no pudo evitar desviarse de sus pensamientos y dejarse llevar hasta rodearle el cuello con los brazos. Y tirar de él hacia abajo.

—Pesas una tonelada —le dijo.

Él hizo ademán de levantarse y apartarse, pero Olive le rodeó la cintura con las piernas y lo atrajo hacia sí. Se sentía muy segura con él. Invencible.

Una verdadera tía dura. Adam la convertía en una persona poderosa y feroz, en alguien que podría destruir a Tom Benton y el cáncer de páncreas antes del desayuno.

—No, me encanta. Quédate, por favor.

Ella le sonrió y vio que a Adam se le aceleraba la respiración.

—Al final resulta que sí eres una acaparadora de mantas.

Olive tenía un punto en la base del cuello, un punto que Adam había descubierto antes y que la hacía suspirar y arquearse y derretirse sobre la

almohada. Lo atacó como si fuera su nuevo norte. Tenía una forma de besarla, medio cautelosa y medio desenfrenada, que la hacía preguntarse por qué antes consideraba que besarse era una actividad aburrida y sin sentido.

—Debería ir a limpiarme —dijo Olive, pero no se movió. Adam se deslizó hacia abajo, solo unos cuantos centímetros, lo justo para distraerse con la clavícula de Olive y luego con la curva de un pecho—. Adam.

Él la ignoró y le recorrió los huesos prominentes de la cadera, y las costillas, y la piel tensa del vientre. Le besó hasta el último lunar como si quisiera almacenarlos en la memoria, y tenía muchísimos.

—Estoy toda pegajosa, Adam.

Olive se retorció un poco.

A modo de respuesta, él le puso la palma de la mano en el culo. Para que se estuviera quieta.

—Chis. Yo te limpio.

Introdujo un dedo en el interior de Olive y ella jadeó, porque… Ay Dios.

Uf. Ay Dios. Desde allí abajo le llegaban ruidos húmedos, los suyos propios y los del semen de Adam, y a él debería darle asco, y a ella también, y aun así…

No se lo daba. Y Adam gemía, como si la satisfacción de haberla ensuciado, de haberse corrido dentro de ella, de saber que ella se lo había permitido, le resultara algo embriagador. Olive cerró los ojos y se sumergió en aquellas sensaciones, en cómo le lamía la piel entre el muslo y el abdomen, en oír los gemidos bajos y los jadeos que brotaban de su propia boca, en deslizar los dedos entre el pelo de Adam para apretarlo más contra ella. No cabía duda de que estaba limpia cuando volvió a correrse, unas contracciones lentas que se extendieron en grandes oleadas e hicieron que le temblaran los muslos alrededor de la cabeza de Adam. Fue entonces cuando él le preguntó:

—¿Puedo follarte otra vez?

Ella lo miró, sonrojada y aturdida por el orgasmo, y se mordió el labio.

Lo deseaba. Se moría de ganas de tenerlo encima, dentro de ella, con el pecho presionándola contra el colchón y los brazos rodeándole el cuerpo.

Esa sensación de seguridad, de encajar al fin en algún sitio, que parecía volverse más intensa cuanto más se acercaba Adam a ella.

—Sí que quiero. —Levantó una mano para acariciarle el brazo sobre el que se sostenía—. Es solo que… estoy algo dolorida y…

Adam se arrepintió enseguida de habérselo preguntado. Olive se dio cuenta por la forma en que se le paralizó el cuerpo antes de apartarse de ella, como para no agobiarla, como para darle un espacio que Olive no quería.

—No —dijo en tono de pánico—. No es eso…

—Eh. —Se dio cuenta de lo nerviosa que estaba y se agachó para besarla.

—Quiero…

—Olive. —Se acurrucó a su alrededor. Le rozó la parte baja de la espalda con la polla, pero enseguida apartó las caderas—. Tienes razón.

Vamos a dormir.

—¿Qué? No. —Se incorporó hasta quedar sentada y frunció el ceño—.

No quiero dormir.

Notaba que Adam estaba pasándolo mal. Que intentaba ocultar su erección. Que intentaba no mirarle el cuerpo desnudo.

—Tu avión ha salido temprano esta mañana. Seguro que el cambio horario te ha afectado…

—Pero solo tenemos una noche.

Una única noche. Una noche para que Olive dejara en suspenso el mundo exterior. Para que evitase pensar en Tom y en lo que había pasado aquel día y en la misteriosa mujer de la que Adam estaba enamorado. Una noche para olvidar que, fueran cuales fuesen los sentimientos que ella albergaba hacia él, no eran correspondidos.

—Eh. —Él levantó una mano y le colocó el pelo detrás del hombro—.

No me debes nada. Vamos a dormir un poco y…

—Tenemos una noche. —Decidida, le puso la palma de la mano en el pecho y se sentó a horcajadas sobre él. Notó la suavidad del algodón de los pantalones de Adam contra sus pliegues—. La quiero entera. —Le sonrió, bajó la frente hasta la suya y el pelo de Olive formó una cortina entre ellos y el mundo exterior. Una especie de santuario. Él la agarró por la cintura

como si no pudiera contenerse, apretándola contra sí, y, uf, qué bien encajaban el uno con el otro—. Venga, Adam. Sé que eres viejo, pero no puedes irte a dormir ya.

—Pero… —Pareció olvidarse de lo que iba a decir en el momento en que ella le deslizó una mano por dentro de los pantalones. Cerró los ojos, y exhaló con brusquedad, y… sí. Bien—. Olive.

—¿Sí?

Ella siguió descendiendo por el cuerpo de Adam. Y tirándole de los pantalones hacia abajo. Y él hizo un par de intentos poco entusiastas de detenerla, pero no controlaba la situación por completo y al final dejó que le quitara la ropa que le quedaba. Ella se echó el pelo hacia atrás y se sentó en cuclillas entre los muslos de él.

Adam intentó apartar la mirada, pero no lo consiguió.

—Eres preciosa.

Fueron unas palabras graves y susurradas, como si se le hubieran escapado de la boca. Libres y espontáneas, como todo lo que había ocurrido aquella noche.

—Nunca lo he hecho —le confesó.

No le dio vergüenza, seguramente porque se trataba de Adam.

—No. Ven aquí.

—Así que supongo que no lo haré nada bien.

—Olive… No tienes por qué hacerlo. No deberías hacerlo.

—Tomo nota. —Le dio un beso en la cadera y él gimió como si le hubiera hecho algo especial. Como si aquello fuera más allá de lo posible

—. Pero, si tienes algún deseo…

—Olive. Voy a…

Gruñir. Iba a gruñir, un sonido estruendoso que le salía de lo más profundo del pecho. Ella le pasó la nariz por la piel del abdomen y por el rabillo del ojo vio cómo se le crispaba la polla.

—Me encanta cómo hueles.

—Olive.

Despacio, con precisión, le rodeó la base de la erección con la mano y la estudió mirándola desde abajo. La cabeza ya estaba brillante y… no era que Olive supiera mucho, pero le pareció que estaba a punto. La tenía durísima

y, más arriba, el pecho le subía y bajaba a toda prisa, tenía los labios separados y la piel sonrojada. Daba la sensación de que no le costaría mucho, y eso era… bueno. Aunque, por otro lado, Olive quería disfrutar de su tiempo con él. Quería disfrutar mucho tiempo con Adam.

—Ya te lo han hecho antes, ¿verdad?

Él asintió, como Olive esperaba que hiciera. Adam cerró un puño en torno a las sábanas, temblando ligeramente.

—Bien. Así podrás decírmelo si la fastidio.

Pronunció las últimas palabras ya junto al miembro y fue como si oscilaran, como si vibraran en una especie de frecuencia de onda corta que estalló y se hizo añicos cuando Olive lo tocó de verdad. Antes de abrir los labios sobre la cabeza de la polla de Adam, lo miró, le dedicó una pequeña sonrisa y eso pareció rematarlo. Arqueó la espalda. Gimió y le ordenó en voz baja que por favor le diera un momento, que fuera despacio, que no lo dejara correrse, y Olive se preguntó si su columna vertebral se estaría diluyendo en el mismo placer líquido y abrasador que ella había experimentado antes.

Seguro que no podía haber resultado más obvio que Olive nunca había hecho algo así. Y, sin embargo, pareció excitarlo más allá de lo imaginable.

Estaba claro que no podía contenerse: lanzó las caderas hacia delante, le enredó los dedos en el pelo y le presionó la cabeza contra sí hasta que la garganta de Olive se estrechó contra él. Adam gemía, hablaba y le buscaba los ojos, como si estuviera constantemente fascinado por la forma en que ella lo miraba. Balbuceaba palabras roncas, murmuraba: «Olive, sí».

«Lámeme el…» «Métetela un poquito… más adentro. Haz que me corra.»

Olive oyó las alabanzas y expresiones de cariño que le salían de la boca: lo bien que lo hacía, lo maravillosa que era, lo perfecta que era. Oyó obscenidades sobre sus labios, su cuerpo y sus ojos, y quizá se hubiera sentido avergonzada si no fuera por el placer abundante que los desbordaba a ambos, que les saturaba el cerebro. Le parecía natural que Adam pidiera lo que quería. Que ella se lo diera.

—¿Puedo…? —Olive le rozó con los dientes la parte baja de la cabeza y él gruñó con intensidad—. En la boca.

Solo tuvo que sonreírle y el placer de Adam se volvió atómico, lo arrasó y las palpitaciones le invadieron el cuerpo entero. Lo que Olive acababa de experimentar, un calor abrasador y casi doloroso. Seguía lamiéndolo con suavidad cuando él recuperó el control de las extremidades y le acarició la mejilla.

—Las cosas que quiero hacerte. No tienes ni idea…

—A lo mejor sí las sé. —Se lamió los labios—. Algunas, por lo menos.

Adam tenía los ojos vidriosos cuando le acarició la comisura de la boca y Olive se preguntó cómo iba a ser capaz de terminar con algo así, de terminar con él, en tan solo unas horas.

—Lo dudo.

Olive se inclinó hacia delante y escondió una sonrisa en el pliegue del muslo de Adam.

—Puedes, ya lo sabes. —Le mordisqueó la dura planicie del abdomen y luego lo miró—. Hacérmelas.

Seguía sonriendo cuando él la arrastró hasta su pecho y, durante unos minutos, consiguieron dormir.

Sí que debía de ser una buena habitación de hotel, supuso. Sobre todo por el tamaño de los ventanales. Y las vistas de Boston al anochecer, el tráfico y las nubes y la sensación de que ahí fuera estaba ocurriendo algo, algo de lo que ella no necesitaba formar parte porque estaba allí. Con Adam.

—¿Qué idioma es ese? —se le ocurrió preguntar.

No podía mirarla a la cara, no mientras Olive siguiera con la cabeza acurrucada bajo su barbilla, así que siguió haciéndole dibujos en la cadera con las yemas de los dedos.

—¿Cómo?

—El libro que estás leyendo. El del tigre en la portada. ¿Alemán?

—Holandés.

Olive sintió que a Adam le vibraba el pecho al hablar y aquel temblor le atravesó la carne.

—¿Es un manual de taxidermia?

Él le pellizcó la cadera, con cuidado, y ella soltó una risita.

—¿Te costó aprenderlo? Aprender holandés, quiero decir.

Adam le olió el pelo y pensó un momento.

—No lo sé. Siempre lo he sabido.

—¿Fue raro crecer hablando dos idiomas?

—La verdad es que no. Hasta que nos mudamos aquí, pensaba sobre todo en holandés.

—¿Y a qué edad fue eso?

—Hum. ¿Nueve?

Pensar en Adam de niño le provocó una sonrisa.

—¿Hablabas en holandés con tus padres?

—No. —Se quedó callado un segundo—. Me criaron au pairs, sobre todo. Muchas au pairs.

Olive se levantó para mirarlo, apoyando la barbilla en las manos y las manos en el pecho de Adam. Lo observó observarla mientras disfrutaba del juego de las luces de la calle sobre su rostro fuerte. Siempre le parecía guapo, pero, en ese momento, en la hora de las brujas, la dejaba sin aliento.

—¿Tus padres estaban ocupados?

Él suspiró.

—Estaban muy comprometidos con su trabajo. No se les daba muy bien sacar tiempo para otras cosas.

Olive resopló un poco mientras se formaba una imagen mental: Adam, con cinco años, enseñándoles el dibujo de un monigote de palo a unos padres altos y distraídos, vestidos con traje oscuro y rodeados de agentes secretos que se comunicaban por auriculares. No sabía nada sobre diplomáticos.

—¿Eras un niño feliz?

—Es… complicado. Fue una crianza un poco de manual. Hijo único de padres económicamente ricos pero emocionalmente pobres. Podía hacer lo que quisiera, pero no tenía a nadie con quien hacerlo.

Sonaba triste. Olive y su madre siempre habían tenido muy poco, pero nunca se había sentido sola. Hasta el cáncer.

—¿Excepto a Holden?

Adam sonrió.

—Excepto a Holden, pero eso fue después. Creo que para entonces ya estaba anclado en mis costumbres. Había aprendido a entretenerme con…

cosas. Aficiones. Actividades. Los estudios. Y, cuando tenía que estar con gente, me mostraba… hostil e inaccesible. —Olive puso los ojos en blanco y lo mordió con suavidad hasta hacerlo reír—. Me he convertido en mis padres —reflexionó Adam—. Solo soy capaz de comprometerme con mi trabajo.

—Eso no es verdad. Se te da muy bien sacar tiempo para los demás. Para mí. —Olive sonrió, pero Adam apartó la mirada como si estuviera avergonzado, así que decidió cambiar de tema—. Solo sé decir una cosa en holandés: ik hou van jou.

Debió de pronunciarlo muy mal, porque, durante un momento, Adam fue incapaz de descifrarlo. Cuando lo logró, abrió los ojos como platos.

—Mi compañera de habitación de la universidad tenía un póster con la expresión «Te quiero» escrita en todos los idiomas —explicó Olive—. Justo enfrente de mi cama. Era lo primero que veía todas las mañanas al despertarme.

—¿Y al final del cuarto año te la sabías en todos los idiomas?

—Al final del primer año. En segundo se unió a una hermandad femenina; fue lo mejor. —Bajó la mirada, le acarició el pecho con la cara y luego volvió a mirarlo—. Es una tontería muy grande, si lo piensas.

—¿Una tontería?

—¿Quién necesita saber decir «te quiero» en todos los idiomas? La gente apenas lo dice en uno. A veces ni eso. —Le echó el pelo hacia atrás con los dedos—. «¿Dónde está el baño?», por otro lado…

Adam se deslizó hacia su caricia, como si lo tranquilizara.

— Waar is de WC?

Olive lo miró con sorpresa.

—Quiere decir: «¿Dónde está el baño?» —explicó él.

—Sí, me lo imaginaba. Pero… tu voz… —Carraspeó. Habría estado mucho mejor sin saber lo atractiva que sonaba su voz cuando hablaba en otro idioma—. El caso es que ese sería un póster útil. —Le pasó un dedo por la frente—. ¿De qué es esto?

—¿La cara?

—La pequeña cicatriz. La que tienes encima de la ceja.

—Ah. De una pelea tonta.

—¿Una pelea? —Se echó a reír—. ¿Uno de tus doctorandos intentó matarte?

—No, fue de niño. Aunque no me cuesta imaginarme a mis doctorados echándome acetonitrilo en el café.

—Para nada. —Olive asintió con la cabeza—. Yo también tengo una.

Se echó el pelo hacia atrás y le mostró la fina línea en forma de media luna que tenía justo al lado de la sien.

—Lo sé.

—¿Sabías que tenía una cicatriz?

Adam asintió.

—¿Cuándo la has visto? Casi no se me nota.

Adam no contestó y comenzó a acariciársela con el pulgar.

—¿De qué es?

—No me acuerdo. Pero mi madre me contó que, cuando tenía cuatro años, hubo una tormenta de nieve enorme en Toronto. Centímetros y más centímetros de nieve acumulada, la tormenta más intensa de las cinco últimas décadas y todos esos rollos. El caso es que todo el mundo sabía que se acercaba y ella llevaba días intentando prepararme, diciéndome que quizá acabáramos quedándonos atrapadas en casa unos cuantos días. Yo estaba tan emocionada con la nevada que salí corriendo y me lancé de cabeza a la nieve… Pero lo hice una media hora después de que empezara la tormenta, así que acabé dándome contra una piedra. —Se echó a reír en voz baja y Adam hizo lo mismo. Aquella era una de las historias favoritas de su madre. Y ahora Olive era la única persona que podía contarla. Vivía en ella y en nadie más—. Echo de menos la nieve. California es preciosa y odio el frío. Pero echo mucho de menos la nieve.

Adam siguió acariciándole la cicatriz con una leve sonrisa en los labios.

Y entonces, cuando el silencio se había instalado a su alrededor, dijo:

—En Boston habrá nieve. El año que viene.

A Olive se le desbocó el corazón.

—Sí.

El problema era que ella no iría a Boston, ya no. Tendría que buscarse otro laboratorio. O sencillamente no trabajar.

Adam le subió una mano por el cuello y se la cerró con suavidad alrededor de la nuca.

—Hay buenas rutas de senderismo, Holden y yo las conocimos durante el doctorado. —Dudó un momento antes de añadir—: Me encantaría llevarte.

Olive cerró los ojos y durante un segundo se permitió imaginarlo. El negro del pelo de Adam recortado contra la nieve blanca y los verdes intensos de los árboles. Las botas hundiéndosele en el suelo blando. El aire frío entrándole en los pulmones y una mano cálida envolviendo la suya.

Casi veía los copos revoloteándole detrás de los párpados. La felicidad.

—Pero tú estarás en California —dijo con aire distraído.

Un silencio. Demasiado largo.

Olive abrió los ojos.

—¿Adam?

Él se pasó la lengua por el interior de la mejilla, como si estuviera eligiendo sus palabras con mucho cuidado.

—Cabe la posibilidad de que me mude a Boston.

Ella lo miró de hito en hito, confundida. ¿Mudarse? ¿Iba a mudarse?

—¿Qué?

No. ¿Qué narices decía? Adam no iba a dejar Stanford, ¿no? Nunca se le había… El riesgo de fuga nunca había sido real. ¿Verdad?

Aunque él jamás había llegado a afirmarlo. Olive repasó sus conversaciones y… se había quejado de que el departamento le retuviera los fondos de investigación, de que sospecharan que iba a marcharse, de las teorías que la gente había elaborado a partir de su colaboración con Tom, pero… nunca había afirmado que se equivocaran. Le había dicho que los fondos congelados estaban destinados a la investigación… del año en curso.

Por eso quería que los liberaran lo antes posible.

—Harvard —susurró Olive, que se sintió increíblemente estúpida—. Vas a trasladarte a Harvard.

—Todavía no está decidido. —Seguía rodeándole el cuello con la mano, acariciándole la base de la garganta con el pulgar—. Voy a entrevistarme

con ellos, pero aún no hay ninguna oferta oficial.

—¿Cuándo? ¿Cuándo vas a hacer la entrevista? —le preguntó, pero en realidad no necesitó respuesta. Todo empezaba a encajar en su cabeza—.

Mañana. No te vas a casa. —Él nunca le había dicho que fuera a irse a casa.

Solo le había dicho que se marcharía del congreso antes de tiempo. Ay Dios. «Qué idiota, Olive. Qué idiota.»— Te vas a Harvard. A hacer entrevistas durante el resto de la semana.

—Era la única manera de evitar que el departamento sospechara aún más

—le explicó—. El congreso era una buena tapadera.

Ella asintió. No era buena, era perfecta. Y, Dios, sentía náuseas. Y le fallaban las rodillas, incluso estando tumbada.

—Te ofrecerán la plaza —murmuró Olive, aunque él ya debía de saberlo. A fin de cuentas, era Adam Carlsen. Y le habían pedido una entrevista. Estaban cortejándolo.

—Todavía no es seguro.

Claro que sí. Por supuesto que era seguro.

—¿Por qué Harvard? —soltó de pronto—. ¿Por qué… por qué quieres dejar Stanford?

La voz le temblaba un poco, aunque hacía todo lo posible por parecer tranquila.

—Mis padres viven en la costa este y, aunque tengo mis problemas con ellos, van a necesitarme cerca tarde o temprano. —Se quedó callado, pero Olive se dio cuenta de que no había terminado. Se preparó—. La razón principal es Tom. Y la beca. Quiero pasar a hacer un trabajo más similar al suyo, pero eso solo será posible si mostramos buenos resultados. Estar en el mismo departamento que Tom nos haría infinitamente más productivos.

Desde el punto de vista profesional, mudarse es lo más lógico.

Olive se había preparado, pero aun así se sintió como si un puñetazo en el esternón la hubiera dejado sin aire, le hubiera revuelto el estómago y parado el corazón. Tom. Todo aquello era por Tom.

—Claro —musitó. Ayudaba a que su voz sonara más firme—. Tiene sentido.

—Y también podría ayudarte a adaptarte —sugirió, con bastante más timidez—. Si quieres. A Boston. Al laboratorio de Tom. Enseñarte la ciudad

si… si te sientes sola. Comprarte esas cosas con sabor a calabaza.

Olive no podía responder. De verdad… No podía responder a algo así.

Así que agachó la cabeza durante unos instantes, se ordenó a sí misma que se apretara los puñeteros machos y volvió a levantarla para sonreírle.

Podía hacerlo. Iba a hacerlo.

—¿A qué hora te vas mañana?

Seguro que solo se iba a un hotel más cercano al campus de Harvard.

—Temprano.

—Vale. —Se echó hacia delante y enterró la cara en el cuello de Adam.

No iban a dormir. Ni un segundo. Sería un desperdicio—. No hace falta que me despiertes cuando te vayas.

—¿No vas a bajarme las maletas al vestíbulo?

Se rio, pegada a su garganta, y se hundió aún más en él. Esa, pensó, esa iba a ser su noche perfecta. Y la última.

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