La hipótesis del amor

Ali Hazelwood · Capítulo 21 de 25

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La hipótesis del amor

Capítulo veinte

HIPÓTESIS: La gente que me cabrea llegará a lamentarlo.

Tuvo que mentir.

De nuevo.

Se estaba convirtiendo en una costumbre y, mientras se inventaba una elaborada patraña para la secretaria del Departamento de Biología de Harvard (según la cual Olive era una doctoranda del doctor Carlsen que necesitaba localizarlo de inmediato para transmitirle un mensaje crucial en persona), se juró a sí misma que sería la última vez. Era demasiado estresante. Demasiado difícil. No valía la pena jugarse así la salud cardiovascular y psicofísica.

Además, se le daba fatal. Le dio la sensación de que la secretaria del departamento no se tragaba ni una sola palabra de lo que Olive le había dicho, pero debió de decidir que contarle adónde se había llevado a cenar a Adam el claustro de Biología no tenía nada de malo; según Yelp, se trataba de un restaurante de lujo que estaba a menos de diez minutos en Uber. Olive bajó la mirada hacia sus vaqueros rotos y sus Converse lilas y se preguntó si la dejarían entrar. Luego se preguntó si Adam se enfadaría. Luego se preguntó si estaría cometiendo un error y arruinándose la vida, arruinándole la vida a Adam y a su conductora de Uber. Se sintió muy tentada de cambiar su destino al hotel del congreso cuando el coche se detuvo junto a la acera y la conductora —Sarah Helen, según la aplicación— se volvió hacia ella con una sonrisa.

—Ya hemos llegado.

—Gracias.

Olive hizo ademán de salir del asiento del copiloto y descubrió que no podía mover las piernas.

—¿Estás bien? —le preguntó Sarah Helen.

—Sí. Solo es…

—¿Vas a vomitarme en el coche?

Olive negó con la cabeza. No. Sí.

—¿A lo mejor?

—Ni se te ocurra o te machaco en la valoración.

Olive asintió y volvió a intentar moverse. Las extremidades seguían sin responderle.

Sarah Helen la miró con preocupación.

—Oye, ¿qué te pasa?

—Solo… —Tenía un nudo en la garganta—. Tengo que hacer una cosa.

Que no quiero hacer.

Sarah Helen dudó.

—¿Es una cosa de trabajo o de amor?

—Eh… Las dos.

—Uf. —Sarah Helen frunció la nariz—. Doble amenaza. ¿Puedes posponerlo?

—No, la verdad es que no.

—¿Puedes pedirle a alguien que lo haga por ti?

—No.

—¿Puedes cambiarte de nombre, cauterizarte las yemas de los dedos, entrar en el programa de protección de testigos y desaparecer?

—Pues no estoy segura. Pero no soy ciudadana estadounidense.

—Entonces seguro que no. ¿Puedes decir «A tomar por culo» y asumir las consecuencias?

Olive cerró los ojos y pensó en ello. ¿Cuáles serían exactamente las consecuencias si no hacía lo que tenía pensado hacer? Para empezar, Tom sería libre de seguir siendo un pedazo de mierda humana. Y Adam jamás se enteraría de que se estaban aprovechando de él. Se mudaría a Boston. Y

Olive no tendría ninguna oportunidad de volver a hablar con él y todo lo que Adam había significado para ella terminaría…

En una mentira.

Una mentira después de muchas mentiras. De las muchas mentiras que había dicho, de las muchas verdades que podría haber contado, pero nunca llegó a contar, y todo porque le daba miedo la verdad, alejar de ella a las personas que quería. Todo porque temía perderlas. Todo porque no quería volver a quedarse sola.

Bueno, lo de las mentiras no le había funcionado demasiado bien. De hecho, en los últimos tiempos había sido una absoluta cagada. Había llegado la hora del plan B, entonces.

La hora de la verdad.

—No. No quiero asumir las consecuencias.

Sarah Helen sonrió.

—Entonces, amiga mía, será mejor que vayas a hacer tu cosa. —Apretó un botón y la puerta del pasajero se desbloqueó con un ruido seco—. Y más te vale hacerme una valoración perfecta. Por la psicoterapia gratuita.

Esta vez, Olive consiguió salir del coche. Le dio a Sarah Helen una propina del ciento cincuenta por ciento, respiró hondo y se encaminó hacia el restaurante.

Localizó a Adam de inmediato. A fin de cuentas, él era grande y el restaurante no, así que la búsqueda fue bastante rápida. Eso por no hablar de que estaba sentado con unas diez personas que tenían mucha pinta de profesores de Harvard muy serios. Y, por supuesto, con Tom.

«Me cago en mi vida», pensó mientras pasaba junto a la ocupada recepcionista y se dirigía hacia Adam. Se imaginó que su trenca de color rojo chillón llamaría su atención y que entonces ella le haría un gesto para que mirara el móvil y le enviaría un mensaje de texto pidiéndole que por favor, por favor, por favor, le dedicara cinco minutos cuando terminara la cena. Se imaginó que decírselo esa noche sería la mejor opción: las entrevistas terminarían al día siguiente y así podría tomar la decisión teniendo la verdad a su disposición. Se imaginó que su plan podría funcionar.

Lo que no se imaginó fue que Adam la vería mientras charlaba con una profesora joven y guapa. No se imaginó que él dejaría de hablar de inmediato, que abriría los ojos como platos y separaría los labios; que murmuraría «Disculpen» sin dejar de mirar a Olive y se levantaría de la mesa ignorando las miradas curiosas que le lanzaban; que se encaminaría hacia la entrada, donde estaba Olive, con zancadas rápidas y largas y una expresión de preocupación en la cara.

—Olive, ¿estás bien? —le preguntó y…

«Oh.» Su voz. Y sus ojos. Y cómo levantó las manos como para tocarla, para asegurarse de que estaba intacta y de verdad estaba allí… Aunque, justo antes de rodearle los bíceps con los dedos, dudó y dejó caer las manos a los costados.

A Olive se le rompió un poco el corazón.

—Estoy bien. —Intentó sonreír—. Perdón… Siento interrumpirte justo ahora. Sé que es importante, que quieres trasladarte a Boston y que… esto es inapropiado. Pero es ahora o nunca, y no estaba segura de si tendría el valor de… —Estaba divagando. Así que respiró hondo y comenzó de nuevo

—. Tengo que contarte una cosa. Me ha pasado una cosa. Con…

—Hola, Olive.

«Tom.» Cómo no.

—Hola, Tom. —Olive sostuvo la mirada de Adam y no se volvió hacia Benton. No se lo merecía—. ¿Nos das un minuto, por favor?

Atisbó la sonrisa untuosa y falsa de Tom por el rabillo del ojo.

—Olive, sé que eres joven y no sabes cómo funcionan estas cosas, pero Adam está aquí porque aspira a acceder a un puesto muy importante y no puede hacer…

—Vete —ordenó Adam con una voz grave y fría.

Olive cerró los ojos, asintió y dio un paso atrás. Nada. No pasaba nada.

Adam estaba en su derecho de no hablar con ella.

—Vale. Lo siento, solo…

—Tú no. Tom, vete.

«Ah.» Ah. Pues vale.

—Tío —dijo Tom en tono divertido—, no puedes levantarte sin más de la mesa en medio de la cena de la entrevista y…

—Vete —repitió Adam.

Tom se echó a reír con descaro.

—No. No a menos que vengas conmigo. Somos colaboradores y, si te comportas como un gilipollas durante una cena con mi departamento por culpa de una alumna a la que te estás tirando, dará mala imagen de mí.

Tienes que volver a la mesa y…

Una chica tan guapa como tú ya debería conocerse el percal. No me mientas y digas que no has escogido ese vestido tan corto en mi honor. Bonitas piernas, por cierto.

Ya entiendo por qué Adam está malgastando el tiempo contigo.

Ni Adam ni Tom habían visto a Olive sacar su teléfono ni pulsar el botón de reproducción. Ambos se quedaron desconcertados un instante, confusos: estaba claro que habían oído las palabras, pero no estaban seguros de dónde salían. Hasta que la grabación se reinició.

Olive. No creerás que te he aceptado en mi laboratorio porque eres buena,

¿verdad? Una chica como tú, que se ha dado cuenta tan al principio de su carrera académica de que follarse a profesores famosos y con éxito es la única forma de salir adelante. Te has follado a Adam, ¿no? Los dos sabemos que también follarás conmigo por la misma razón.

—¿Qué cojones…?

Tom dio un paso al frente con la mano extendida para arrebatarle el teléfono a Olive. No llegó muy lejos, porque Adam lo empujó poniéndole una mano en el pecho y lo hizo retroceder varios pasos tambaleantes.

Adam seguía sin mirar a Tom. Tampoco miraba a Olive. Tenía la vista clavada en el móvil y algo oscuro, peligroso y aterradoramente sereno en la cara. Olive debería haber estado asustada. A lo mejor lo estaba, un poco.

¿Me estás diciendo que crees que han seleccionado tu patética propuesta para una charla debido a su calidad e importancia científica? Por aquí hay alguien que se tiene en muy alta estima, teniendo en cuenta que su investigación es inútil y poco original y que apenas es capaz de juntar dos palabras sin tartamudear como una idiota.

—Era él —susurró Adam. Lo dijo en voz baja, apenas un susurro engañosamente tranquilo. Su mirada resultaba indescifrable—. Era Tom.

Llorabas por él.

Olive solo pudo asentir. De fondo, la voz grabada de Tom continuaba sin tregua. Hablando de lo mediocre que era Olive. De que Adam jamás la creería. Insultándola.

—Esto es ridículo. —Tom se acercó de nuevo, volvió a intentar quitarle el teléfono—. No sé muy bien qué problema tiene esta zorra, pero está claro que…

Adam explotó tan rápido que Olive ni siquiera lo vio moverse. En un momento estaba delante de ella y al siguiente inmovilizando a Tom contra la pared.

—Te mato —le dijo con los dientes apretados, poco más que un gruñido

—. Si dices una sola palabra más sobre la mujer a la que quiero, si la miras, si piensas siquiera en ella, te mato.

—Adam… —Tom apenas tenía aire.

—Mejor dicho, te mataré de todos modos.

La gente corría hacia ellos. La recepcionista, un camarero, unos cuantos profesores de la mesa de Adam. Empezaba a formarse una multitud, gritaban confundidos e intentaban apartar a Adam de Tom… sin conseguirlo. Olive recordó a Adam empujando la camioneta de Cherie y estuvo a punto de echarse a reír en un momento de histeria. A punto.

—Adam —lo llamó. Su voz apenas resultó audible en el caos que los rodeaba, pero fue lo que consiguió captar su atención. Se volvió para mirarla y sus ojos contenían mundos enteros—. Adam, no lo hagas

—susurró Olive—. No merece la pena.

Sin más, Adam dio un paso atrás y soltó a Tom. Un caballero de edad avanzada —seguro que decano de Harvard— empezó a increparlo, a pedirle explicaciones, a decirle lo inaceptable que resultaba su comportamiento.

Adam lo ignoró, a él y a todos los demás. Se encaminó hacia Olive y…

Le sujetó la cabeza con ambas manos, le pasó los dedos por el pelo y la agarró con fuerza mientras bajaba la frente para posarla en la suya.

Transmitía calor y olía a él, a seguridad y a hogar. Le enjugó con los pulgares el caos de lágrimas que le mojaba las mejillas.

—Lo siento. Lo siento mucho. No lo sabía y te pido perdón, perdóname, perdóname…

—No es culpa tuya —logró mascullar ella, pero Adam no pareció escucharla.

—Lo siento. Yo…

—Doctor Carlsen. —Una voz masculina retumbó con fuerza a su espalda y Olive notó que el cuerpo de Adam se tensaba junto al suyo—.

Exijo una explicación.

Adam no prestó atención al hombre y siguió abrazando a Olive.

— Doctor Carlsen —repitió—, esto es inaceptable…

—Adam —susurró Olive—. Tienes que responderle.

Él exhaló y luego le dio un beso largo y prolongado en la frente antes de separarse de ella a regañadientes. Cuando Olive por fin pudo mirarlo bien, le pareció que volvía a ser casi el mismo de siempre.

Tranquilo. Enfadado con el mundo entero. A cargo de la situación.

—Mándame esa grabación inmediatamente —le murmuró a Olive. Ella asintió y Adam se volvió hacia el anciano que acababa de acercarse a ellos

—. Tenemos que hablar. En privado. ¿En su despacho? —El otro hombre pareció sorprendido y ofendido, pero asintió con rigidez. Detrás de él, Tom estaba armando un escándalo y Adam apretó la mandíbula—. Manténganlo alejado de mí.

Se volvió hacia Olive antes de marcharse, se agachó hacia ella y bajó la voz. Entonces la joven sintió el calor de su mano en el codo.

—Voy a ocuparme de esto —le dijo. Había un rescoldo de determinación y seriedad en su mirada. Olive nunca se había sentido más segura, ni más querida—. Y luego iré a buscarte y me ocuparé de ti.

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