La otra gente

C. J. Tudor · Capítulo 21 de 66

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La otra gente

Capítulo 20

20

 

—¿Está bueno?

Alice asintió, metiéndose un McMuffin de huevo en la boca. Estaba muerta de hambre esa mañana, pensó Fran, sintiéndose culpable. «Mala madre —la reprendió su voz interior, que sonaba como la de su madre—. Estás desatendiendo lo más básico: alimentos, bebida, descanso…, ah, y no dejar que se te ahogue en la bañera». Por el momento, se había andado con pies de plomo al tratar el tema del incidente en la habitación del hotel. Su prioridad había sido asegurarse de que Alice recuperara la temperatura corporal, y de que el ritmo de su respiración y su pulso volvieran a la normalidad. Aunque no había estado mucho rato en el agua helada (y menos mal que había abierto la fría y no la caliente), aquello era una novedad preocupante.

Tomó un sorbo de café.

—Alice, ¿podemos hablar de lo que pasó en el baño?

La chiquilla alzó los ojos desde debajo de la cortina de cabello oscuro. Fran frunció el ceño al fijarse en las raíces. Había que retocarlas un poco. No podían descuidar los pequeños detalles.

—No me acuerdo —dijo Alice.

—¿No te acuerdas de nada? —Fran esperó.

Con un suspiro, Alice bajó la vista a su McMuffin a medias.

—Volví a ver a la chica.

«La chica». Fran notó que su inquietud aumentaba. ¿Quién era esa chica? ¿Una especie de amiga imaginaria? ¿Un producto de la imaginación de Alice, de su trauma? ¿O era otra cosa?

—¿La chica te pidió que abrieras el agua, que te metieras en la bañera? — preguntó Fran.

—No, solo quería enseñarme una cosa.

Apretando los dientes, Fran se colocó el cabello por detrás de las orejas. «Intenta conservar la calma».

—¿Qué quería enseñarte?

Alice jugueteó con la mochila que tenía en el regazo. Clic, clic, clac. Clic, clic, clac. El sonido provocaba que a Fran le zumbaran los empastes. Luchó por reprimir el impulso de gritarle que parara de una puta vez.

—Alice, habrías podido ahogarte o morir de hipotermia. ¿Crees que la chica quiere hacerte daño?

Alice la miró con los ojos muy abiertos.

—No, no lo entiendes. No es eso.

Fran dejó su taza y asió a Alice por el brazo. La mochila cayó al suelo con un golpe sordo.

—Entonces, cuéntame. ¿Quién es la chica? ¿Cómo se llama?

Alice se removió en su silla. Fran la agarró con más fuerza. «Con demasiada fuerza», la reconvino su voz interior.

—No lo sé.

—Intenta… recordarlo.

Algo vibró en la mesa, cerca de su codo. Alice se soltó con brusquedad y se frotó las marcas rojas que le habían dejado en el brazo los dedos de Fran.

—Tu teléfono.

Fran se quedó mirándolo. Solo una persona tenía ese número. Y sabía que no debía contactarla a menos que surgiera algo importante, una emergencia. Ella cogió el móvil con rapidez y se quedó mirando el mensaje de texto.

«Él lo sabe».