La otra gente
Capítulo 5
5
«Lo he encontrado».
¿De verdad era posible, después de tanto tiempo? Además, Gabe tenía muy claro lo que el Samaritano no había dicho. Había dicho «Lo he encontrado», no «La he encontrado». A menos que estuviera ocultándole la verdad a Gabe para protegerlo. Pero entonces, ¿por qué le había pedido que fuera hasta allí? Esas palabras encerraban algo más. Lo intuía. Una mentira por omisión. «Lo he encontrado». ¿Y?
Siguiendo los nombres de lugares extraños, que miraba con ojos entornados, conducía la autocaravana por carreteras que se le antojaban demasiado estrechas y tortuosas. Gabe siempre experimentaba una dislocación momentánea cuando salía de la autopista. Era como cortar una cuerda de seguridad. Como seccionar un cordón umbilical. Como precipitarse en el vacío sin paracaídas.
El pánico le arañaba el subconsciente con garras febriles. Pánico ante la posibilidad de que se hubiera cruzado con ella sin darse cuenta, dejando que se le escurriera entre los dedos. Una vez más. Un pánico irracional, absurdo. Pero no podía evitarlo. La autopista, esa era su única pista. El lugar donde la había visto por última vez. El lugar donde la había perdido.
Se supone que un padre está dispuesto a hacer cualquier cosa por su hijo. Lo que sea. Y él acababa de ver desaparecer a su hija. Había dejado escapar aquellas luces traseras. Se habían esfumado. Desvanecido sin dejar rastro. Él había recreado ese momento en su mente una y otra vez. Ojalá hubiera reaccionado de otra manera. Ojalá no hubiera abandonado la carretera. Ojalá hubiera seguido a aquel viejo cacharro de mierda. Ojalá, ojalá.
«La maravillosa clarividencia a posteriori». Pero en realidad no tenía nada de maravillosa. Era una timadora de tres al cuarto. Una presentadora de un concurso con un vestido de lamé dorado y un peinado hortera que te enseña en tono burlón lo que podrías haber ganado:
«Si hubiera sido usted más rápido y valiente, si se hubiera esforzado más, si no fuera tan cobarde. Pero démosle un aplauso, señoras y señores. Ha sido un gran concursante. Aunque no deja de ser un perdedor. Un puto fracasado».
Agarrando el volante con más fuerza, echó un vistazo al reloj: las 2.47 de la madrugada. El cielo aún era una franja de terciopelo de un negro intenso perforada por unos cuantos puntos de luz diminutos. Faltaba un buen rato para que el amanecer la arrastrara hacia un lado. A mediados de febrero, eso tardaría unas tres horas en ocurrir, por lo menos.
Gabe se alegraba de ello. Prefería la oscuridad. Le gustaba más esa época del año. En octubre, los días empezaban a hacerse más cortos, lo que suponía tanto un alivio como un fastidio para él. Las largas horas de verano ocasionaban que saliera más gente a la autopista: familias apretujadas en sus coches que se dirigían a sus destinos vacacionales. Unos rostros sonrientes, emocionados y contentos. Otros, sudorosos, vociferantes, agotados. Gabe veía a Izzy en todos ellos.
En una o dos ocasiones, al principio, él había estado a punto de echar a correr tras un par de niñas pequeñas, convencido de que eran ella. Ambas veces se había percatado de su error justo a tiempo para no hacer el ridículo (o recibir un puñetazo en la cara de un padre furioso). Se había ahorrado la humillación, pero no una decepción que le había desgarrado las entrañas.
Cuando llegó octubre, las hordas de familias se habían disuelto para volver al colegio y el trabajo, a los desplazamientos rutinarios. Sin embargo, cedieron paso a otros acontecimientos, otras celebraciones: Halloween, la Noche de Guy Fawkes. Al parecer, durante todo el año se realizaban festividades concebidas para evitar que los solitarios se olvidaran de su soledad. Sin hijos, con los ojos iluminados por los destellos y centelleos de los fuegos artificiales. Sin una media naranja a la que abrazar y arrimarse para combatir el frío del otoño.
La Navidad era la peor festividad, la más invasiva. Uno podía evadirse de las demás celebraciones en las carreteras, la autopista, las estaciones de servicio, al menos en buena parte. En cambio, la Navidad —la puñetera Navidad— lo invadía todo, y cada año empezaba un poco antes.
Hasta las estaciones de servicio hacían intentos cutres de poner adornos y árboles de Navidad torcidos, con cajas vacías y mal envueltas debajo. Las tiendas se llenaban de baratijas navideñas para quien se dirigiera a una cena familiar y se hubiera olvidado de comprarle un regalo a la tita Edna. Y luego estaban los villancicos. Eso lo llevaba más allá del borde de la locura. Tener que escuchar una y otra vez la misma docena de villancicos, que ni siquiera eran los originales, sino unas versiones irritantemente malas. Después del primer año, se había comprado unos auriculares muy caros con cancelación de ruido para aislarse de ellos y escuchar su propia selección de canciones más sensibleras y menos alegres.
Gabe odiaba la Navidad. Cualquiera que haya perdido a un ser querido la odia. La Navidad incrementa tu dolor hasta el nivel once. Se mofa de tu pérdida con cada abeto relumbrante y cada nota de The First Noel. Te recuerda que no hay descanso, no hay tregua. Tu angustia es incesante, e incluso si consigues apartarla de ti como una caja de adornos, siempre regresa. Reaparece cada año, tan familiar como el fantasma putrefacto de Jacob Marley.
Cuanto más lejos quedaba la Navidad, más tranquilo se sentía. Pero no contento. Gabe nunca estaba contento. Sospechaba que esa vía emocional ya estaba cerrada para él. Pero había alcanzado cierta resignación, no a que Izzy hubiera desaparecido, sino al hecho de que ahora su vida era así: cruel, triste, cansada, dura. Pero estaba conforme con eso. Hasta que la encontrara. Costara lo que costara.
Un letrero amarillo surgió de las tinieblas más adelante: BARTON MARSH: 3 KILÓMETROS. Siguiente salida a la derecha. Un semáforo con flecha. Puso el intermitente y giró. Laurie Anderson cantaba sobre Hansel y Gretel, que habían crecido y se habían hartado el uno del otro. Los finales felices no existían, pensó Gabe.
La curva lo llevó a una carretera comarcal aún más angosta y tortuosa. No había farolas, solo algunos ojos de gato esporádicos que le dedicaban guiños desde el medio de la calzada. Su teléfono tintineó al recibir un mensaje.
«Cuánto te falta?»
«3 km».
«Has pasado una granja?»
«No».
«Cuando la pases, busca un área de descanso. Aparca. Sigue un sendero por el bosque».
«Vale».
«Un sendero por el bosque», pensó.
Le picaba el cuero cabelludo. Por un momento, se preguntó qué había llevado al Samaritano a un paraje tan apartado. Acto seguido decidió que prefería no saberlo.
Se obligó a concentrarse de nuevo en la carretera. A su izquierda, un letrero emergió de la penumbra: GRANJA OLD MEADOWS. En efecto, solo unos metros más adelante, a la derecha, avistó un área de descanso, con la señal de «P» casi oculta por el follaje de los árboles.
Paró detrás del único otro coche que estaba aparcado allí, un BMW negro. Tenía unos años, y la matrícula medio tapada por el barro, no lo suficiente para llamar la atención de la policía, pero lo justo para que costara leerla a primera vista. Tanto la luneta como las ventanillas traseras estaban tintadas, pero Gabe dudaba que fuera para mayor comodidad de los pasajeros.
Después de apagar el motor de la caravana, cuyos fuertes resoplidos debieron de oírse desde la casa de labranza, abrió la guantera y sacó una linterna pequeña. Acto seguido, cogió su gruesa parka del asiento del copiloto y se la puso. Bajó del vehículo y cerró con llave, aunque seguramente no hacía falta. Estaba remoloneando. Dando largas al momento que tanto temía.
«Un sendero por el bosque».
Gabe dudaba que algo bueno pudiera salir de seguir un sendero para internarse en el bosque, de noche y a solas.
Encendió la linterna y echó a andar.