La otra gente
Capítulo 2
2
Lunes, 18 de febrero de 2019
Estación de servicio de Newton Green,
salida 15 de la M1, 1.30 horas
El hombre delgado bebía café solo con mucho azúcar. Rara vez comía algo. En una o quizá dos ocasiones había pedido una tostada y, después de un par de mordiscos, la había dejado en el plato. Por su aspecto, a Katie le daba la impresión de que era alguien que estaba más próximo a la muerte de lo que sería normal a su edad. La ropa le colgaba del cuerpo como a un espantapájaros sin relleno. La delgadez extrema le había esculpido surcos profundos en el rostro, bajo los ojos y los pómulos. Sujetaba la taza de café con dedos largos y delicados, cuyos huesos se marcaban tanto que parecían a punto de rasgar la fina piel que los cubría.
De no ser porque sabía que no era así, Katie habría pensado que el hombre padecía una enfermedad terminal. Un cáncer. Su nana había muerto de eso, y en los últimos días presentaba una apariencia muy similar. Pero la enfermedad que lo aquejaba a él era de naturaleza distinta.
Cuando había empezado a frecuentar la estación de servicio, una o dos veces al mes, repartía octavillas. Incluso Katie le había cogido una. Fotos de una niña pequeña. «¿ME HAS VISTO?» Katie la había visto, por supuesto. Todo el mundo la había visto. La niña pequeña había aparecido en todos los informativos. Ella y su madre.
En aquella época, el hombre delgado aún abrigaba ciertas esperanzas. O algo parecido. Esperanzas insensatas que te devoran como una droga. Algunos no tienen nada más. Se aferran a ellas como a una pipa de crack a pesar de que saben que se han vuelto adictos a ellas. Dicen que el odio y la amargura destruyen a la gente. Se equivocan. Lo que destruye es la esperanza. Te devora por dentro como un parásito. Te deja colgando como un trozo de cebo sobre un tiburón. Pero la esperanza no te mata. No es de esa clase de enfermedades.
Al hombre delgado lo había consumido la esperanza. No le quedaba nada, salvo una gran cantidad de kilómetros recorridos y de puntos acumulados en la tarjeta de fidelidad de la cafetería.
Katie recogió su taza vacía y pasó un trapo por la mesa.
—¿Te traigo otro?
—¿También sirves las mesas?
—Solo para los clientes asiduos.
—Gracias, pero será mejor que me vaya.
—Vale. Nos vemos.
Él asintió de nuevo.
—Sí.
A esto se reducían sus conversaciones. Todas y cada una de ellas. Ella ni siquiera estaba segura de que él fuera consciente de que hablaba con la misma persona siempre que entraba en el establecimiento. Tenía la sensación de que él veía a la mayoría de la gente como un mero telón de fondo.
A Katie le habían contado que aquella no era la única cafetería que frecuentaba, ni tampoco la única estación de servicio. Los empleados iban de acá para allá y charlaban entre sí. También los agentes de policía que acudían a menudo. Corría el rumor de que el hombre se pasaba el día y la noche yendo y viniendo por la autopista y parando en las estaciones de servicio, en busca del coche que se había llevado a su niña. En busca de su hija desaparecida.
Katie esperaba que no fuera cierto. Esperaba que el hombre delgado encontrara la paz algún día. No solo por su propio bien. Había algo en él, en su silenciosa desesperación, que le ponía los nervios a flor de piel. Y, sobre todo, esperaba que un día, cuando entrara a trabajar, él no estuviera allí, y ella jamás tuviera que volver a pensar en él.